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Predicador del Papa: La
Eucaristía, permanente «no» de Dios a la violencia
CIUDAD DEL
VATICANO, viernes, 11 marzo 2005 - Gracias a la Eucaristía, «el "no"
absoluto de Dios a la violencia, pronunciado en la Cruz, se mantiene
vivo en los siglos», recordó en la mañana de este viernes el
predicador de la Casa Pontificia.
Y es que
con su sacrificio, «Cristo venció la violencia: no oponiendo a ella
una violencia mayor, sino sufriéndola y poniendo al desnudo toda la
injusticia y la inutilidad», constató al ofrecer su tercera
meditación de Cuaresma a la Curia Romana, una reflexión a la que se
vio obligado a faltar Juan Pablo II, quien recupera la salud en el
Policlínico Gemelli.
En la
Capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico del Vaticano, en
su meditación --otra de las que cada año, durante cuatro viernes de
Cuaresma, ayudan al Papa y a sus colaboradores a prepararse para la
Pascua-- el padre Raniero Cantalamessa OFMcap prosiguió la reflexión
del himno eucarístico «Adoro te devote» que propuso en Adviento y
que ha reanudado estos últimos viernes.
En la época
en que se compuso el «Adoro te devote» «muchos factores acabaron por
hacer tácitamente de la Eucaristía el sacramento del Cuerpo de
Cristo y mucho menos de su sangre», explica el padre Cantalamesa
haciendo una síntesis de su predicación.
Pero un
símbolo, el pelícano, introduce el tema de la Sangre de Cristo en la
sexta estrofa del himno eucarístico: «Señor Jesús, Pelícano bueno, /
Límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, / De la que una sola gota
puede liberar / De todos los crímenes al mundo entero».
Y es que
«era creencia común en la antigüedad y en la Edad Media que el
pelícano se abriera, con el pico, una herida en el pecho para
alimentar, con su propia sangre, a sus pequeños hambrientos o
incluso para despertarles a la vida si estaban muertos», aclara.
Apunta el
religioso que «el contenido teológico de esta estrofa es un solemne
acto de fe en el valor universal de la sangre de Cristo, de la que
una sola gota basta para salvar al mundo entero», pero la
«dificultad más actual que plantea» el himno «se refiere al medio
elegido para realizar esta salvación universal».
«¿Por qué
precisamente la sangre? ¿Hay que pensar tal vez que el sacrificio de
Cristo "y por lo tanto, la Eucaristía, que lo renueva
sacramentalmente" no hace sino confirmar la afirmación según la cual
"la violencia es el corazón y el alma secreta de lo sagrado"?»,
plantea.
Pero
«nosotros tenemos hoy la posibilidad de arrojar una luz nueva y
liberadora sobre la Eucaristía, precisamente siguiendo el camino que
llevó a René Girard de la afirmación de que la violencia es
intrínseca a lo sagrado, a la convicción de que el misterio pascual
de Cristo ha desenmascarado y roto para siempre la alianza entre lo
sagrado y violencia», asegura.
«Con su
doctrina y su vida, Jesús, según este pensador, desenmascara y
despedaza el mecanismo del chivo expiatorio que sacraliza la
violencia, haciéndose él inocente, la víctima de toda violencia»,
recuerda el padre Cantalamessa.
En este
sentido es «emblemático el hecho de que sobre su muerte se aliaron
"Herodes y
Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel" (Hch 4,27);
los enemigos de antes se hicieron amigos, exactamente como en cada
crisis de chivo expiatorio», constata.
«Cristo
venció la violencia --expresa--: no oponiendo a ella una violencia
mayor, sino sufriéndola y poniendo al descubierto la injusticia y la
inutilidad. Inauguró un nuevo género de victoria que San Agustín
condensó en tres palabras: "Victor quia victima": vencedor porque es
víctima».
Y
«resucitándolo de la muerte, el Padre declaró, de una vez por todas,
de qué parte está la verdad y la justicia y de qué parte el error y
la mentira», puntualiza el predicador del Papa.
Incide en
que «la novedad del sacrificio de Cristo se pone de relevancia desde
distintos puntos de vista en la Carta a los Hebreos: Cristo no tiene
necesidad de ofrecer víctimas primero por sus propios pecados, como
cada sacerdote (7,27); no tiene necesidad de repetir más veces el
sacrifico, sino que "que se ha manifestado ahora una sola vez, en la
plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante el
sacrificio de sí mismo" (9,26)».
Refiriéndose a los textos sobre el sacrificio de Cristo y la
redención, para el predicador de la Casa Pontificia «los sucesos y
las experiencias del siglo XX, nunca antes vividos en estas
proporciones por la humanidad, plantearon a la Escritura
interrogantes nuevos, y la Escritura, como siempre, se reveló capaz
de respuestas a la medida de los interrogantes».
«También la
abolición de la pena de muerte recibe una luz nueva del análisis
sobre la violencia y lo sagrado. Algo del mecanismo del chivo
expiatorio está en marcha en toda ejecución capital, incluso en las
avaladas por la ley», alerta.
«"Uno murió
por todos" (2Co 5, 14): el creyente tiene un motivo más,
eucarístico, para oponerse a la pena de muerte. ¿Cómo pueden los
cristianos, en ciertos países, aprobar y alegrarse de la noticia de
que un criminal haya sido condenado a muerte, cuando leemos en la
Biblia: "Acaso me complazco yo en la muerte del malvado --oráculo
del Señor Yahveh-- y no más bien en que se convierta de su conducta
y viva" (Ez 18,23)», interroga el padre Cantalamessa.
En su
opinión, «el debate moderno sobre la violencia y lo sagrado nos
ayuda así a acoger una dimensión nueva de la Eucaristía», gracias a
la cual «el "no" absoluto de Dios a la violencia, pronunciado sobre
la cruz, se mantiene vivo en los siglos.
¡La
Eucaristía es el sacramento de la no-violencia!».
Al mismo
tiempo --añade--, la Eucaristía «aparece, positivamente, como el
"sí" de Dios a las víctimas inocentes, el lugar donde cada día la
sangre derramada sobre la tierra se une a la de Cristo que grita a
Dios "con voz más poderosa que la de Abel" (Hb 12,24)».
«De aquí se
entiende también qué se quita a la Misa (¡y al mundo!) si se le
quita este carácter dramático, expresado desde siempre con el
término de sacrificio», concluye. |