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Pasado y presente del
catolicismo español en el saludo del cardenal Rouco al Papa.
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 25 enero 2005 -
Saludo que dirigió este lunes el cardenal Antonio María Rouco
Varela, arzobispo de Madrid, a Juan Pablo II al recibir a los
obispos de las provincias eclesiásticas de Burgos, Madrid,
Mérida-Badajoz, Oviedo, Pamplona, Valladolid, Toledo, Zaragoza y al
ordinario militar en el marco de su visita «ad limina apostolorum».
* * *
Santo Padre: damos gracias a Dios por este don de
la visita «ad limina apostolorum» de los hermanos obispos de las
provincias eclesiásticas de Burgos, Madrid, Mérida-Badajoz, Oviedo,
Pamplona, Valladolid, Toledo, Zaragoza y Ordinario Militar. En
nombre de los señores arzobispos y obispos tengo la honda
satisfacción y el gozo de agradecerle de corazón su cariñosa y
paternal acogida.
Venimos a orar, con la mirada que nos donan los
ojos de la fe, ante las tumbas de los santos apóstoles Pedro y
Pablo, a manifestar nuestra comunión con Su Santidad --el Sucesor de
Pedro, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal-- y a
renovar nuestra adhesión a la Católica «cum Petro et sub Petro».
Venimos a Su encuentro los obispos de las diócesis de una gran parte
de la geografía española. Todas ellas son herederas de un rico
legado católico, casi dos veces milenario, y guardan una grandiosa
historia que es hermoso reflejo de nuestras raíces cristianas,
siempre prontas a acoger las riquezas de la Iglesia, Una, Santa,
Católica y Apostólica y a transmitir a las demás Iglesias del orbe
cuanto han recibido.
La Caesaraugustana, la Toletana y la Emeritense,
junto a las otras Iglesias particulares --algunas muy jóvenes, como
ocurre con la Diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid-- son
un glorioso capítulo de la historia eclesial de España, siempre
benéfica para todos los pueblos. No pocas de las Iglesias que
peregrinan en estos lugares guardan con mimo el recuerdo y la
memoria imborrable de sus Visitas Pastorales, especialmente la
realizada los días 3 y 4 de mayo del año 2003. Los cinco nuevos
santos canonizados en esta ocasión, todos ellos de nuestra España
contemporánea son buena prueba de esa fecunda herencia recibida
desde la más temprana evangelización en la Hispania romana.
Su presencia, Santo Padre, su aliento apostólico
y su ejemplo nos empuja a guiar a nuestro pueblo por los caminos de
la santidad. Venimos de una tierra de santos que, al igual que los
otros pueblos de Europa, está viviendo un momento decisivo, con
mutaciones en el orden moral que nos obligan a vivir con especial
fidelidad el legado recibido y a entregarnos sin límites a la nueva
evangelización.
La dolorosa amenaza y la espiral de la violencia
terrorista, una «estructura de pecado» que pervierte las
conciencias, la «cultura de la muerte» que nos aboca a la apostasía
silenciosa, el relativismo que desfigura el auténtico sentido de la
criatura humana, del bien y de la verdad del hombre, hace que
renovemos, con especial hondura, nuestra comunión con el Vicario de
Cristo, con Cristo mismo, «en Quien radica la salvación del mundo».
Confiamos que los jóvenes --los «centinelas del
mañana, la esperanza de la Iglesia y del Papa, el pueblo de las
bienaventuranzas»-- puedan encontrar a Jesucristo, y como auténticos
santos de hoy se conviertan en apóstoles de nuestros contemporáneos.
Ponemos con ilusión nuestra mirada en la próxima Jornada Mundial de
la Juventud en Colonia, donde, Dios mediante, los jóvenes del mundo
podrán proclamar, alentados por la entrega de Su Santidad, que
adorar a Jesucristo es la acción más bella que puede realizar la
criatura humana.
Santidad, queremos escuchar su palabra y sus
orientaciones, ofrecerle lo mejor que conocemos de nuestras Iglesias
particulares, expresarle nuestro mas hondo agradecimiento a Dios por
su entrega, por su servicio incansable, en definitiva, por su vida,
y pedimos al Omnipotente, con la intercesión de la Inmaculada,
Patrona de España, que sus desvelos y sus preocupaciones den frutos
de vida eterna en España y en toda la Iglesia en España, y en toda
la Iglesia, para la salvación de la Humanidad entera.
¡Muchas gracias de corazón, Santo Padre, por
recibirnos! |