|
Monseñor Luigi
Giussani: «La fe se nos da para transmitirla»
Intervención en la XXI Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para
los Laicos
ROMA,
martes, 22 febrero 2005 - Una de las últimas intervenciones
publicadas por monseñor Luigi Giussani, fundador del movimiento
eclesial «Comunión y Liberación» fallecido este martes en Milán. La
escribió con motivo de la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio
para los Laicos sobre: «Descubrir de nuevo el verdadero rostro de la
parroquia» que se celebró en Roma, del 24 al 28 de noviembre de
2004.
* * *
¿Puede el
hombre salvarse por sí mismo? A esta pregunta Cristo responde: no,
no puede salvarse por sí mismo, sino por la compañía de lo Divino,
del Misterio que se ha puesto al lado del hombre asumiendo su
humanidad; Cristo responde de esta manera a la exigencia suprema del
hombre, que es la de su propia salvación. Una respuesta inconcebible
e imprevisible para la necesidad humana de salvación. Por eso,
cuanto más consciente es el hombre de su propio límite (fragilidad,
error, incapacidad) más puede estar dispuesto a acoger esta
respuesta. Me parece muy significativa la frase de Reinhold Niebhur:
«No hay nada más increíble que la respuesta a un problema que no se
plantea». El obstáculo más grave para reconocer a Cristo es no
reconocer la propia necesidad humana, no atender a la pregunta que
constituye nuestra humanidad.
¿Cómo se
hace presente aquí y ahora lo que sucedió hace dos mil años? Cada
uno de nosotros lo sabe más o menos bien; se hace presente a través
de la Iglesia, cuerpo de Cristo, como escribe san Pablo en la Carta
a los Efesios: la Iglesia «plenitud de Cristo» (Cf. Ef 1, 22-23).
Cristo está
presente en la Iglesia. El Santo Padre lo recuerda en un discurso
memorable para mí: «El nacimiento del cuerpo eclesial como
institución, su fuerza persuasiva y su capacidad de congregar tienen
su raíz en el dinamismo de la gracia sacramental» (Juan Pablo II a
los sacerdotes que participaban en los Ejercicios espirituales
promovidos por Comunión y Liberación, Castel Gandolfo,12 de
septiembre de 1985). Es decir, el nacimiento del cuerpo eclesial,
que es la forma con la que Cristo está presente aquí y ahora, es
obra del Espíritu, Dominum et vivificantem.
Pero, ¿cómo
se relaciona la Iglesia conmigo, cómo alcanza a cada persona? ¿Cómo
se produce esta influencia, este vínculo? El Papa contesta así: el
nacimiento del cuerpo eclesial como institución y fuerza persuasiva
con capacidad de congregar tiene su raíz en el dinamismo de la
gracia sacramental, a partir del Bautismo, «pero encuentra su forma
expresiva, su modalidad operativa, su incidencia histórica concreta
en los diferentes carismas que caracterizan un temperamento y una
historia personal» (ibídem).
El Papa
llama carisma a la modalidad con la que la Iglesia asume una forma
expresiva en una circunstancia histórica concreta. La forma
expresiva implica una determinada circunstancia histórica concreta;
de lo contrario, permanecería abstracto. Su incidencia histórica
concreta se realiza mediante los diferentes carismas que
caracterizan un temperamento y una historia particular. Recordemos
que la palabra carisma tiene la misma raíz que la palabra gracia,
karis, y significa la energía con la que el Espíritu, al intervenir,
recrea al discípulo de Cristo. Si no fuese algo concreto, adecuado a
mi temperamento y a mi historia, la Iglesia sería algo abstracto.
Continuaba
el Papa en el citado discurso: «Los carismas del Espíritu siempre
crean afinidades destinadas a dar a cada persona apoyo para realizar
su tarea objetiva en la Iglesia» (ibídem). Mediante estas afinidades
se crea una comunión: «La creación de esta comunión es una ley
universal. Vivirla forma parte de la obediencia al gran misterio del
Espíritu» (ibídem).
¿En qué
consiste la obediencia al gran misterio del Espíritu? En una sola
cosa: «En creer en Jesucristo». Cristo se hace presente aquí y ahora
mediante un carisma que, al valorar un temperamento, una
personalidad y una sensibilidad, una historia personal, crea una
afinidad y establece una comunión; obedecer a esta comunión es
obedecer al gran misterio del Espíritu. ¡Es ir hacia Cristo!
Imaginemos
una parroquia de tres mil habitantes con un solo sacerdote. Todos
los domingos predica desde el púlpito y, sin embargo, deja
indiferentes a los fieles. En ese pueblo la fe languidece, siguen
yendo a la iglesia por ciertos recuerdos que perduran; los que
tienen una cierta vivacidad es simplemente por una costumbre
piadosa; la personalidad de ese sacerdote no es incidente. En un
determinado momento le trasladan a un destino con más prestigio.
Llega otro sacerdote que han enviado allí por tener problemas con la
curia.
Habla el
primer domingo en la iglesia y enseguida cinco personas de las
quinientas que están presentes quedan impresionadas y empiezan de
nuevo a interesarse por la Iglesia y por la fe. Si esas cinco
personas van al párroco y le dicen de diferentes maneras: «Oiga, me
conmovió su predicación del domingo, comprendí que la fe tiene que
ver con mi vida y quiero que mi vida tenga que ver con la fe»;
entonces el párroco, como en ese pueblo no hay nada, dice: «Vamos a
reunirnos y formamos un pequeño consejo pastoral». En el consejo
pastoral recién creado tratará sobre todo de cuidar a esos cinco y
con ellos intentará afrontar los problemas de la parroquia; como dos
de ellos son marido y mujer y están bien situados porque él es
médico y ella profesora, crean enseguida algo en el pueblo, tal vez
un ambulatorio gratuito para los pobres o un centro de refuerzo
escolar para los niños. Después se unen a ellos otras familias. Unos
meses después la parroquia es irreconocible: hay una intensa
participación en la vida de la Iglesia, una familiaridad entre los
fieles y su pastor, esa gente tiene una esperanza y un deseo de
conocer la fe y la doctrina que antes no tenía; porque el sacerdote
que llegó tenía una personalidad, una sensibilidad, un temperamento
y una historia personal que los ha movido, ha creado movimiento. Lo
que ha nacido se llama "movimiento". Con el párroco anterior no
había sucedido, no por su culpa, sino porque los tiempos del
Espíritu son los tiempos del Espíritu. Por tanto, en el caso del
segundo párroco ha actuado un carisma y el carisma se identifica
precisamente por tener una incidencia histórica.
Sin el
movimiento que he tratado de describir una parroquia es árida, queda
como una simple institución. He contado muchas veces a mis amigos la
historia de mi madre y del sacerdote de Desio, don Amedeo. Desde el
confesionario, más que desde el oratorio femenino --las actividades
de la parroquia--, este sacerdote creó una realidad de un centenar
de mujeres, todas de familias cristianas y pertenecientes a la
parroquia, todas hijas de María; respondían a las necesidades de la
parroquia, iban a misa a las cinco todas las mañanas y acudían
cuando había alguna necesidad. Eran conocidas en el pueblo. Ese
sacerdote desde el confesionario creó en la parroquia y en el pueblo
un movimiento. Si en vez de cien hubieran sido cien mil ¡habrían
hablado de ellas en el Corriere della Sera! Hace sesenta años, don
Amedeo, coadjutor de mi parroquia, había guiado desde el
confesionario a muchos jóvenes hacia una madurez cristiana que
permitió que después formaran muchas familias muy cristianas y que
estaban siempre disponibles para ayudar al párroco en las diferentes
necesidades de la parroquia.
Con esto he
querido subrayar la naturaleza absolutamente personal de la
modalidad con la que Cristo, presente aquí y ahora en la realidad de
la Iglesia, se hace expresivo, persuasivo, pedagógicamente eficaz y
edificador, construye un pueblo.
Creo que el
Papa ha introducido con el término "movimiento" una categoría
eclesial fundamental en la descripción del dinamismo pastoral.
La palabra
movimiento no describe un fenómeno especial que tiene que ver
conmigo porque nosotros constituimos un movimiento reconocido por la
Iglesia, sino que es algo que, ante todo, indica una modalidad
permanente en la historia de la Iglesia para que la fe sea
persuasiva, pedagógicamente eficaz y constructiva y cambie la vida.
Esto se ve muy claro al leer la alusión a Áquila y Priscila en las
cartas de San Pablo. El Espíritu descendió al corazón de las
personas que fueron a casa de unos o de otros mediante un
temperamento y una historia personal. Y si nosotros no entendemos
bien este origen de un movimiento, no podemos conocer la modalidad
con la que la institución que tenemos entre manos "parroquia,
asociación, grupo" puede cobrar vida y, por tanto, podemos tener
pretensiones y volvernos cínicos, perder la esperanza. Por ejemplo,
si como párroco veo llegar a personas que me dicen: «Queremos
colaborar» y me doy cuenta de que son entusiastas y de que están
vivas por algo que las ha movido (puede ser el encuentro con un
movimiento), lo primero que debo desear es que profundicen con
fidelidad en lo que las ha despertado, en la experiencia que les ha
movido. Porque sólo así pueden ser útiles para la comunidad
parroquial.
La
finalidad de todo lo que sucede en la Iglesia es la adhesión a
Cristo para hacer presente su victoria en el mundo y, por tanto,
para anticipar el final del mundo.
En la
siguiente frase se subraya, desde el punto de vista existencial, el
contenido doctrinal, el objeto vivo de la fe, la adhesión de la
vida: «Ya comáis, ya bebáis; ya veléis, ya durmáis, en la vida y en
la muerte» (Cf. 1Ts 5,10), es decir, en todo, para que el mundo esté
cada vez más impregnado del milagro de un testimonio, para que el
mundo Le reconozca cada vez más: esto es la misión. Cristo mismo
definió la finalidad por la que vino al mundo en el XVII capítulo de
San Juan: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo» (Cf. Jn 17,3-4).
La
finalidad de la fe que hemos recibido es la misión: la misión no
para el más allá, sino en este mundo. Esta es la categoría propia de
nuestra relación con el mundo, cuyo primer aspecto se da en nosotros
mismos: la misión arranca del asombro por vernos creados de nuevo y
vivificados. La parroquia estará viva en la medida en que tenga
párrocos y fieles para los cuales la sorpresa del acontecimiento de
Cristo encontrado y reconocido sea el horizonte totalizador de su
pensamiento y de su acción, la conciencia de sí mismos y el amor
apasionado por el misterio y el destino de los hombres hermanos.
Por tanto,
la palabra "movimiento" describe la modalidad existencial histórica
con la que la Iglesia está viva. Y, a mi entender, un sacerdote
responsable de una parroquia o de la comunidad de un movimiento, si
no reza al Espíritu y no tiende a suscitar una realidad "en
movimiento" deja a la Iglesia como una tumba, su parroquia como la
gestión de unos locales y su comunidad como un grupo con un mero
valor psicológico o sociológico.
Si una
parroquia está viva, es movimiento "en el sentido en el que lo
afirmaba Juan Pablo II: «La Iglesia misma es "un movimiento"» (A los
participantes en el Congreso "Los movimientos en la Iglesia", Castel
Gandolfo, 27 de septiembre de 1981). Por eso el movimiento no es
alternativo en ningún sentido a la institución, sino que indica la
modalidad con la que la institución cobra vida, es misionera; porque
la fe no se nos ha dado para conservarla, sino para comunicarla; no
se puede conservar si no se tiene pasión por comunicarla. |