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La Eucaristía y la
unidad de los cristianos
MADRID,
lunes, 28 febrero 2005 - Intervención del profesor Alfonso Carrasco
Rouco, de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid en la
última videoconferencia mundial de teología celebrada por la
Congregación para el Clero sobre «El año de la Eucaristía»
* * *
El
sacramento de la Eucaristía ha sido instituido por nuestro Señor en
la Última Cena para dar su forma definitiva a la unidad de sus
discípulos con Él, ofreciéndoles una participación en su humanidad,
en su Cuerpo y en su Sangre, que sobrepasa las capacidades del amor
y del entendimiento humano. El Señor Jesús llevó a cabo en la cruz y
en la resurrección este misterio de comunión con los hombres,
prefigurado en la Última Cena, haciendo posible, por el don de su
Espíritu, que todas las generaciones puedan celebrar este sacramento
y, por Él, con Él y en Él, dar gloria al Padre unidos en un solo
Cuerpo.
De esta
manera, desde el inicio y para siempre, con la entrega de Sí mismo
en los dones eucarísticos, el Señor conduce a sus discípulos a la fe
plena, les hace posible la íntima unión con su Persona, la
participación en su misión, cumplida en su oblación pascual.
Por ello,
no será posible nunca separar la Eucaristía del Evangelio: la
escucha de la Palabra de Dios no alcanza sus dimensiones verdaderas
sin la acogida de su Encarnación, de la comunicación de sí que
ofrece gratuitamente Jesús en el don de su Cuerpo y de su Sangre; y,
del mismo modo, la Eucaristía es verdadera y legítima sólo como
presencia y celebración del único Señor que se entregó en la cruz,
como sacramento de la única comunión fundada por Cristo con los
suyos, como expresión del único Evangelio predicado por los
apóstoles.
Así pues,
la Eucaristía es la expresión sacramental suprema de la fe en
Jesucristo, de la unidad de los fieles en la verdad del único
Evangelio, unidad visible, fundamentada en la iniciativa y la
entrega por Cristo de sí mismo y del propio Espíritu, y a cuyo
servicio envió a los apóstoles como pastores.
Por el
contrario, la celebración eucarística dejaría de ser fuente y culmen
de la unidad de los cristianos si en ella se separase el sacramento
de la fe; es decir, si no fuese recibida como el don sustancial de
sí realizado y ofrecido por Cristo a los suyos y para siempre, o
bien si se la comprendiese como algo ajeno a la única comunión con
los discípulos generada por Cristo, encomendada a Pedro y siempre
permanente en la historia por obra de su Espíritu.
Una
celebración que no significase la plena confesión de la propia fe no
sería signo de acogida creyente y respetuosa del misterio
eucarístico, de la unidad por la que Cristo se entregó y que el
sacramento expresa y hace presente, sino que pondría de manifiesto
la pretensión de realizar la comunión sobre base diferente que la
común fe en la obra y en la presencia del Señor, y, por tanto, la
obstaculizaría.
Una «intercomunión»
semejante expresaría quizá los buenos deseos de los participantes,
pero no la fe y la esperanza común en el don de la Eucaristía, como
signo e instrumento de unidad de los cristianos en el único Cuerpo y
en el único Espíritu del Señor.
Por el
contrario, la acogida creyente del misterio de la Eucaristía, su
salvaguarda celosa como expresión del corazón mismo de la propia fe,
el deseo de vivirla y celebrarla en toda la verdad del Evangelio
transmitido por los apóstoles, será sin duda siempre vía segura para
el crecimiento de los cristianos en la unidad.
Pues el
Espíritu no rehúsa servirse de aquellos dones que provienen de
Cristo y pertenecen a su Iglesia, impulsando así a los cristianos
hacia la unidad católica. |