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Intervención vaticana
en la ONU en el sexagésimo aniversario del fin de Auschwitz.
NUEVA YORK, martes, 25 enero 2005 - Intervención
del arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa
Sede ante las Naciones Unidas, pronunciada este lunes ante la
Asamblea General de ese organismo dedicada a la Conmemoración del
sexagésimo aniversario de la liberación de los campos de
concentración del nazismo por las Fuerzas Aliadas.
* * *
Señor presidente:
Mi delegación da cordialmente la bienvenida a la
iniciativa que nos ha permitido celebrar esta sesión especial de la
Asamblea General para conmemorar el sexagésimo aniversario de la
liberación de los campos de concentración del nazismo por las
Fuerzas Aliadas.
Nos ofrece una nueva oportunidad para recordar
solemnemente a las víctimas de una visión política inhumana basada
en una ideología extrema. Nos recuerda también las raíces mismas de
esta organización, de sus nobles metas y de la voluntad política que
sigue siendo necesaria para prevenir que este tipo de horrores se
repitan.
Hoy contemplamos las consecuencias de la
intolerancia al recordar a todos aquellos que se convirtieron en
objetivo de la ingeniería política y social de los nazis, elaborada
a tremenda escala y utilizando una brutalidad deliberada y
calculada. Aquellos que eran considerados como inútiles para la
sociedad --los judíos, los pueblos eslavos, los gitanos, los
discapacitados, los homosexuales, entre otros-- fueron destinados al
exterminio; aquellos que se atrevieron a oponerse al régimen con sus
palabras y con los hechos --políticos, líderes religiosos,
ciudadanos privados--, pagaron con frecuencia su oposición con sus
vidas. Se estudiaron las condiciones para hacer que los seres
humanos perdieran su dignidad esencial y se les despojara de toda
decencia y sentimiento humano.
Esos campos de muerte testimonian también un plan
sin precedentes que buscaba la exterminación sistemática y
deliberada de un todo un pueblo, el pueblo judío. La Santa Sede ha
recordado en numerosas ocasiones con sentido de profunda tristeza
los sufrimientos de los judíos a causa del crimen que ahora es
conocido como Shoah. Acaecido en uno de los capítulos más oscuros
del siglo XX, es único en su género y sigue siendo todavía una
mancha vergonzosa en la historia de la humanidad ante la conciencia
de todos.
Durante su visita a Auschwitz en 1979, Juan Pablo
II afirmó que deberíamos hacer que el llanto de las personas allí
martirizadas sirviera para hacer un mundo mejor, sacando las
conclusiones adecuadas de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos.
Señor presidente:
En un siglo caracterizado por catástrofes
causadas por los hombres, los campos de muerte del nazismo son un
recuerdo excepcional de «la inhumanidad del ser humano con sus
semejantes» y de su capacidad para hacer el mal. Sin embargo,
debemos recordar que la humanidad es también capaz de grandes cosas,
del sacrificio personal y del altruismo. Cuando las calamidades
naturales o humanas golpean, como hemos visto en las semanas
recientes, las personas ofrecen la mejor cara de la sociedad humana,
con solidaridad y fraternidad, en ocasiones, a expensas de los
propios intereses. En el contexto de la conmemoración de hoy,
necesitamos pensar sobre todo en estas personas valientes de todos
los ámbitos de la sociedad, muchos de los cuales han sido
reconocidos como «Justos entre las Naciones». Todos los pueblos del
mundo son capaces de hacer mucho bien, algo que se alcanza con
frecuencia a través de la educación y de la guía moral. Y a todo
esto, deberíamos añadir una dimensión espiritual, que sin dar una
falsa esperanza o explicaciones fáciles, nos ayuda a mantener la
humildad, la perspectiva y a afrontar terribles acontecimientos.
Por este motivo mi delegación da la bienvenida a
esta oportunidad de recordar la liberación de los campos de
concentración del nazismo para que la humanidad no olvide el terror
del que es capaz el hombre; los males del extremismo político
arrogante y de la ingeniería social; y recuerde la necesidad de
construir un mundo más seguro y sano para cada hombre, mujer, y niño
que viva en él.
Ojalá muchos hombres y mujeres de buena voluntad
aprovechen esta ocasión para decir «Nunca más» a crímenes como esos,
sin importar cual sea su inspiración política, para que todas las
naciones, así como esta organización, respeten verdaderamente la
vida, la libertad y la dignidad de cada uno de los seres humanos.
Con una voluntad política seria, con los recursos morales y
espirituales seremos capaces de transformar una vez por todas
nuestras respectivas culturas para que las personas del mundo
aprendan a custodiar como un tesoro la vida y a promover la paz.
Gracias, señor presidente. |