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EL LEGADO DE JUAN PABLO II: COOPERAR EN BUENAS OBRAS
Y RESPETO MUTUO
Juan Pablo II
estrecha la mano del rabino Israel Singer, chairman de la Junta
Directiva
del Congreso Judío Mundial, cuyo presidente, Edgar M. Bronfman, está
a la izquierda.
En el centro, el cardenal Walter Kasper. Foto captada en el
Vaticano, mayo de 2003.
Nueva York (CJL-OJI) – El Papa Juan Pablo II produjo un cambio
esencial en las relaciones
entre la Iglesia Católica y el pueblo judío. Lo hizo tratando de
comprender y respetar a los
judíos, no solamente con su mente sino también con su corazón.
Por cerca de 2000 años la teología del desprecio propugnada por la
Iglesia fomentó un
antisemitismo violento. A través de una sincera introspección y su
valeroso ejemplo público,
Juan Pablo II reconoció que el odio a los judíos basado en la
religión estaba equivocado y
comenzó a corregir activamente esas faltas.
Cuando era un sacerdote joven, Karol Wojtyla se negó a bautizar a un
niño judío huérfano que
había sido adoptado por una familia católica. Sesenta años después
esta sensibilidad suya,
infundida en tantos de sus discípulos, se había condensado en un
renovado compromiso a hacer
pública la información sobre los niños judíos que fueron bautizados
durante y después del
Holocausto.
En 1979, después de haber retornado a Polonia por primera vez desde
su elección al Pontificado,
Juan Pablo oró en el que fue campo de concentración de Auschwitz.
Caminando por ese campo,
que es un monumento a la memoria de todos los que allí fueron
asesinados, el Papa subrayó que
es imposible que una persona pase semejante sitio “con
indiferencia”.
Durante el tramo posterior del papado de Juan Pablo, y como
resultado de la coordinación
establecida con el Congreso Judío Mundial, integrantes dedicados de
la clerecía católica
comenzaron a brindar ayuda a comunidades judías para ubicar y
restaurar tumbas masivas de la
era de la Shoá, en ciudades y aldeas a lo largo y ancho de Europa
Oriental.
En 1986 Juan Pablo fue el primer Papa de la historia que visitó una
sinagoga, señalando así
que los judíos ya no iban a ser perseguidos por sus creencias y
debían ser respetados por los
feligreses católicos como gente de fe.
Este respeto al distinto como hijos todos de D’os es evidente en
ciudades del mundo entero,
donde rabinos, sacerdotes y obispos locales trabajan en conjunto
para promover el respeto y la
comprensión mutuos en sus respectivas comunidades.
El 11 de noviembre de 1993 culminaron muchos años de negociaciones
previas con una reunión
efectuada en el estudio privado del Papa. Allí, en presencia de
Edgar Bronfman – presidente
del Congreso Judío Mundial -, el cardenal Edward Cassidy y yo mismo,
Juan Pablo II declaró que
el antisemitismo es un pecado contra D’os y contra el hombre.
Además, él se comprometió en dicha ocasión a trasladar un convento
ubicado en los terrenos de
Auschwitz. Finalmente, nos aseguró que hacia fines de ese año, la
Santa Sede iba a entablar
relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.
Poco después la Santa Sede y el Estado de Israel intercambiaron
embajadores. El convento en
Auschwitz fue transformado en un centro interreligioso de estudios.
Ahora, una década más tarde, el Vaticano ha establecido una relación
formal con el Gran
Rabinato de Israel y ha condenado al antisionismo como una forma de
antisemitismo.
Juan Pablo II se enfrentó al mal que hay en el mundo y sintió como
propio el dolor que otros
sufren. Al proceder así con la comunidad judía mediante su pedido de
perdón por los pecados
cometidos por la Iglesia en tiempos pasados, y al predicar una
doctrina dirigida a enderezar
anteriores agravios, él acercó a nuestras comunidades a un momento
en la historia en el cual
ya podíamos trabajar juntos para satisfacer un propósito humano
común a todos, aportando comida
al hambriento, abrigo al pobre y medicina al enfermo.
El 22 de mayo de 2003 Juan Pablo II le dio su bienvenida a una
delegación del Congreso Judío
Mundial en el que para nosotros fue nuestro encuentro final con él.
En esa ocasión él esbozó
una visión para el futuro de las relaciones entre nuestras
respectivas comunidades.
“A la luz de la rica herencia religiosa común que compartimos,
podemos considerar a la presente
como una oportunidad clave para emprender iniciativas conjuntas de
paz y justicia en nuestro
mundo” – dijo el Papa, agregando que “Esta clase de cooperación
práctica entre cristianos y
judíos requiere coraje y visión”.
En ese momento se entendió, tal como se entiende en la actualidad,
que en el mundo público de
las iniciativas humanas, la comunicación entre comunidades
religiosas distintas realza nuestro
propósito común. Tal como eruditos judíos han sostenido, el Papa
enseñó que lo que debemos
emprender juntos son materias tan importantes como la paz y la
justicia, y no el debate
teológico.
Pasaron dos años y debido a la crisis económica que castigó a la
Argentina, el Congreso Judío
Mundial comenzó a llevar a la práctica un programa en el cual los
liderazgos locales judío y
católico trabajaron aunadamente para administrar trascendentales
programas de ayuda social para
ayudar a los que habían sido peor heridos por la situación. Tras el
éxito de ese emprendimiento,
el Congreso Judío Mundial unió fuerzas con cardenales de todo el
mundo para iniciar un esfuerzo
común a fin de ayudar a los afectados por la difusión del sida en el
África.
Ahora, recién estamos comenzando a darnos cuenta del potencial que
contiene nuestra relación de
cooperación mutua.
Aquél que en su momento fue alumno de escuela primaria en Wadowice y
después obispo de Cracovia, trascendió milenarias divisiones de
religión y nacionalidad para entregar un mensaje universal de paz,
de libertad y de la dignidad que corresponde a cada ser humano. Sus
lecciones y logros son un legado tanto para los católicos como para
los judíos y para la humanidad entera.
Abrigamos la esperanza en que todos juntos vamos a honrar este
legado construyendo sobre sus
bases para las generaciones futuras.
Israel Singer representó al Congreso Judío Mundial en el funeral del
Papa.
El rabino Israel Singer, chairman de la Junta Directiva del Congreso
Judío Mundial, asistió al
funeral del Papa Juan Pablo II. “En mi opinión, declaró, este Papa
fue la fuerza más importante
de esta generación en la forja de una buena comprensión y
relacionamiento entre no-judíos y
judíos, entre católicos y judíos, y dedicó su esfuerzo personal a
esto durante toda su vida”.
El rabino Henry Sobel en las exequias de Juan Pablo II.
El rabino Henry I. Sobel, co-presidente de la Comisión de Asuntos
Interreligiosos del Congreso
Judío Mundial y presidente del Rabinato de la Congregação Israelita
Paulista, participó en los
funerales de Juan Pablo II integrando la delegación oficial
brasileña que acompañó al presidente
Lula. |
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