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San Gregorio en la provincia de L'Aquila, es la cuna de Antonina De Angelis, nacida  en la madrugada del 24 de octubre de 1880.

Sus padres, Ludovico y Santa Colaianni, el mismo día le dan con el Bautismo la gracia santificante que la hace hija de Dios.

Su familia le enseña las primeras palabras y las primeras oraciones, la devoción a la Virgen, la obligación de la misa dominical y la caridad hacia los pobres.

Antonina desde temprana edad ayuda a su madre en el cuidado de sus hermanos, de los que llegó a ser niñera, maestra y modelo. Al llegar a la adolescencia, se presta también a colaborar con el padre en las tareas agrícolas.

Antonina no quiere casarse. No sabe el por qué.

Pero en el alma de Antonina ha prendido la llama vocacional.

Finalmente después de muchas oraciones y sacrificios, Antonina le confía sus inquietudes y aspiraciones al párroco, hallando en él plena comprensión y aliento.

La familia es muy numerosa y Antonina muy útil en todos los quehaceres de la casa y del campo; por eso sus padres no quieren desprenderse de ella. Las relaciones familiares se vuelven tirantes. Por eso tanto el párroco como Antonina creen oportuno apresurar la partida. El mismo párroco acompaña a las nuevas aspirantes: una hermana suya y Antonina. Se dirigen a Savona.

Allí el 14 de noviembre de 1904, Antonina ingresa como postulante en el Noviciado de las Hijas de la Misericordia.

El 3 de mayo de 1905, Antonina viste el anhelado hábito de Hija de Nuestra Señora de la Misericordia y sucede el cambio de nombre, que significa una ruptura con el pasado. A Antonina le fue impuesto el nombre de Ludovica.

El 3 de mayo de 1906, Sor Ludovica se consagró a Dios a través de la profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Para el año 1907 se programa el envío de un contingente de hermanas para llegar a diversos puertos americanos.

El 14 de noviembre de 1907, Sor Ludovica y cuatro religiosas se embarcan en el vapor "Lombardía", que llega a Buenos Aires el 4 del mes siguiente.

A principios de 1908, Sor Ludovica recibe la orden de ir al Hospital de Niños de La Plata para encargarse de la cocina, despensa y la ropería. En esa época todo el Hospital se reducía a una alambrada, un portón y dos salas de madera para 60 camas.

Sor Ludovica se considera una pobre ignorante y busca el último lugar, para ser la servidora de todos.

El Dr. Cometto, al recorrer diariamente las despensas del modesto hospital queda impactado por el don de gente y sentido de responsabilidad de Sor Ludovica, y piensa proponerla como administradora. La Superiora acepta, pero a quien toma de sorpresa es a Sor Ludovica quien aduce una serie de razones para no aceptar el cargo.

El hospital es una entidad de muy modestas proporciones y urgentemente debe progresar en todos los aspectos. Pero más que nada debe progresar por dentro: sensibilizar y estimular el espíritu de familia.

Sor Ludovica profesa con los votos perpetuos el 3 de mayo de 1911. En el año 1915 muere Sor María Rita Libardi, Superiora del Hospital de Niños. El Dr. Cometto, acompañado de otros médicos, se dirige en misión oficial a la Madre Provincial para pedirle que Sor Ludovica sea nombrada Superiora, a lo que aquélla accede con mucho gusto. Sor Ludovica, hija de la obediencia, acepta el cargo.

En el año 1925 el Hospital de Niños pasa a depender del Ministerio de Salud Pública de la Provincia... Un avance, sin duda, muy positivo y beneficioso. Sor Ludovica se convierte en la portavoz de las necesidades de los niños y de las nuevas exigencias que reclama el progreso.

En 1930, bajo la supervisión de Sor Ludovica, se inicia la construcción de pabellones, varios consultorios, 6 salas para 180 niños y numerosos servicios.

En el año 1935 una dolorosa enfermedad postra a Sor Ludovica. Un riñón está afectado de tumor canceroso, que se le extirpa.

Después de semejante operación la Congregación le propone a Sor Ludovica un período de descanso. Ya en Savona aprovecha para dar un paseo por la Riviera Lígure. Visita allí varias casas consagradas a la recuperación de niños débiles, se le enciende la creatividad: va a renovar en tierras argentinas esas mismas experiencias tan beneficiosas.

El 16 de septiembre de 1937, de acuerdo con el Director del Hospital, Sor Ludovica se dirige al Ministerio de Obras Públicas para solicitarle la cesión de una quinta en City Bell, para la instalación del Solario.

El Poder Ejecutivo Provincial otorga la Quinta N° 12 y luego la N° 13 por un total de 47.000 m2.

Sor Ludovica decide transformar los terrenos de City Bell en una quinta para obtener hortalizas y fruta abundante, y en una granja de cría de aves y cerdos para brindar a sus niños, huevos, pollos y embutidos de cerdo de primera calidad.

Sor Ludovica comienza a ponderar el abandono religioso en que vivían los chacareros vecinos. Se presenta ante el Arzobispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti, para manifestarle los problemas religiosos de City Bell, ofrecer su colaboración y la de las Hermanas para resolverlos y le pide permiso para organizar una misión. Como consecuencia de los resultados obtenidos, surge la idea de levantar una Capilla en uno de los ángulos de la chacra. Trazados los planos, son aprobados y luego bendecida la obra por el Arzobispo de La Plata, el 13 de junio de 1938.

Debido a la extirpación del riñón, su salud se debilita. Para recuperarse, se le obliga a tomar un descanso en Mar del Plata, sintiendo en sí misma los beneficios que sacarían los niños débiles. El 28 de febrero de 1938, el Gobierno Provincial le cede una fracción de 100 metros de playa. La construcción comienza a todo ritmo, súbitamente se levanta una recia tempestad de protestas, denuncias y críticas, que obligan a paralizar la obra. Luego de titánicas luchas que duran 7 años, la buena causa triunfa. El Solario se inaugura en el año 1943.

Los años, más de 80, el desgaste diario, la sucesión de edemas pulmonares... van deteriorando rápidamente el organismo de Sor Ludovica.

Vive sus enfermedades con gran entrega y aceptación de la voluntad de Dios, con una paz, serenidad y tranquilidad de espíritu de que ello es permitido por Dios. Los últimos días sufre muchísimo...

El Arzobispo de La Plata, Monseñor Antonio José Plaza, la visita y le da la bendición. Poco antes de las 18 horas, "con un fuerte quejido", expiró. Era el domingo 25 de febrero de 1962. Tenía 82 años.

La Superiora Ludovica es un ejemplo de consagración al cumplimiento de la elevada misión que se le confiara. Su trayectoria resulta un verdadero apostolado, pues mitiga el dolor con su bondad y la dulzura de su palabra.

Sor Ludovica manifiesta la permanente preocupación por dotar a esta casa junto con los elementos materiales, de un espíritu de unión fraternal, de un nexo afectivo de humana comprensión.

Y esta acción trascendió los límites del Hospital y se extendió por todas las capas sociales de nuestra ciudad. Fue ayuda providencial y ángel tutelar, consejera excepcional por el conocimiento que poseía de las virtudes y de los defectos humanos.

Contribuyó a mitigar el dolor de los que sufren reconfortándolos en su espíritu con la bondad y dulzura.

Así cesaba una vida fecundísima en obras, cálida en caridad sostenida, vigorosa en empeños, firme en decisiones constructivas, sólida en su fe religiosa.

Si hay un sello que marca la vida de Sor Ludovica, es el de su vocación de servicio a los hombres por amor a Dios y a ellos. A esta vocación de servicio ella la encauzó por una vía particular: la atención cariñosa, maternal del niño desvalido y enfermo.

Acción y oración, labor y contemplación fueron en ella armónicamente juntos toda su vida. Reside aquí, tal vez, la clave de sus muchos logros. Ella se sintió instrumento del Señor para la misión de consuelo y ayuda hospitalaria.

 

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