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Predicador del Papa: En Cristo, Dios pronuncia un perentorio «no» a
la violencia
CIUDAD DEL
VATICANO, viernes, 9 abril 2004 - La pasión y muerte de Cristo
«tiene un mensaje especial para los tiempos que estamos viviendo:
¡No a la violencia!», aseguró el predicador del Papa, en la homilía
que pronunció durante la celebración de la Pasión del Señor de este
Viernes Santo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, en
presencia de Juan Pablo II.
Haciendo un
recorrido por el Cuarto Canto del Siervo, del profeta Isaías (Cf. Is
52,3-53,12), que hace referencia a Cristo, el padre Raniero
Cantalamessa subrayó que en todo el canto la mayor novedad «no es
que el Siervo permanezca como cordero manso y no invoque justicia y
venganza de Dios».
«La novedad
mayor es que ni siquiera Dios trata de vengar al Siervo y hacerle
justicia --señaló el predicador de la Casa Pontificia--. Es más, la
justicia que Él hace al Siervo no consiste en castigar a los
perseguidores, sino en salvarlos; ¡no en hacer justicia a los
pecadores, sino en hacer justos a los pecadores!».
«Este es el
hecho “nunca oído” que el apóstol Pablo vio realizado en Cristo y
proclama triunfalmente en la Carta a los Romanos: “Todos pecaron y
están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don
de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús”»,
subrayó el padre Cantalamessa
«Vino el
Espíritu Santo, “convenció al mundo de pecado” y he aquí que brota
la fe pascual de la Iglesia: “¡Cristo murió por nuestros pecados!”
(Cf. Rm 4, 25); “Él, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su
cuerpo”» (1 P 2, 24), explicó.
Igualmente
advirtió de que «nos horrorizamos ante el pensamiento de un Dios que
“se complace” con hacer sufrir a su propio Hijo (...)». Pero es que
«¡no ha querido el medio, sino el fin! No el sufrimiento del Siervo,
sino la salvación de muchos. (...) No le complace la muerte del
Hijo, sino su voluntad de morir espontáneamente para la salvación
del mundo».
«La pasión de
Cristo, descrita proféticamente en Isaías e históricamente en los
Evangelios --destacó el predicador del Papa-- tiene un mensaje
especial para los tiempos que estamos viviendo. El mensaje es: ¡No a
la violencia!», .
Aunque no
cometió violencia, sobre el Siervo se concentró «toda la violencia
del mundo» y Él «se comportó como cordero manso llevado al matadero
--recordó--, no amenazó con venganza, se ofreció a sí mismo en
expiación e intercedió por los que le daban muerte».
«Así venció a
la violencia --añadió--; la venció no oponiendo a ésta una violencia
mayor, sino sufriéndola y mostrando toda su injusticia e
inutilidad», inaugurando «un nuevo tipo de victoria que San Agustín
ha condensado en tres palabras: “Victor quia victima”: vencedor
porque es víctima».
En un tiempo
en que la violencia «ha inventado atemorizantes formas nuevas de
crueldad y de obtusidad», este fenómeno «nos angustia, nos
escandaliza», y «los cristianos reaccionamos horrorizados a la idea
de que se pueda hacer violencia y matar en nombre de Dios»,
constató.
Pero «Dios
pronuncia en Cristo un definitivo y perentorio “No” a la violencia,
oponiendo a ésta no simplemente la no-violencia, sino, más, el
perdón, la benignidad, la dulzura», recalcó el predicador del Papa.
«Si hay aún
violencia, ya no podrá ni remotamente motivarse en Dios y recubrirse
de su autoridad», advirtió.
Tampoco «se
podrá ni siquiera justificar la violencia en nombre del progreso»,
pues el hecho de que «sea necesario acudir a la violencia para
enderezar el mal» «revela el estado de desorden en que se encuentra
el mundo».
El padre
Cantalamessa aludió a la encíclica «Centesimus annus», en la que,
reflexionando sobre los acontecimientos que en 1989 llevaron a la
caída de los regímenes totalitarios del Este sin derramamiento de
sangre, Juan Pablo II «veía ahí el resultado de la acción de hombres
y mujeres que habían sabido dar testimonio de la verdad sin recurrir
a la violencia».
«Concluía
formulando un deseo que, a quince años de distancia, resuena hoy más
urgente que nunca: “Ojalá los hombres aprendan a luchar por la
justicia sin violencia”», finalizó el predicador de la Casa
Pontificia.
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