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Predicador del Papa: «¿son pocos los que se salvan?»
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 20
agosto 2004 - Comentario que ha escrito el padre Raniero
Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al pasaje evangélico
de la liturgia de este domingo, 22 de agosto, Lucas 13, 22-30, en el
que una persona le preguntó a Jesús: «Señor, ¿son pocos los que se
salvan?».
* * *
Hay una pregunta que desde siempre se
han planteado los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan?
En ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que llevó a
algunas personas a una angustia terrible. El Evangelio nos informa
que un día este problema fue planteado a Jesús: «Una persona le
preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?"». La
pregunta, como se ve, se refiere al número: ¿cuántos se salvan,
muchos o pocos? Jesús cambia el centro de la atención del cuántos al
cómo es posible salvarse, es decir, entrando por «la puerta
estrecha».
Es la misma actitud que se constata
al afrontar el tema del regreso final de Cristo. Los discípulos le
preguntaron cuándo regresará el Hijo del Hombre y Jesús responde
indicando cómo prepararse para ese regreso (Cf. Mateo 24,3-4). Esta
manera de actuar de Jesús no es extraña ni descortés. Es simplemente
la actuación de quien quiere educar a los discípulos a pasar del
nivel de la curiosidad al de la auténtica sabiduría; de las
cuestiones ociosas que apasionan a la gente a los auténticos
problemas de la vida. De aquí podemos comprender la absurdidad de
aquellos, como los Testigos de Jehová, que creen saber incluso el
número exacto de los salvados: 144 mil. Este número, que aparece en
el Apocalipsis, tiene un valor meramente simbólico (el cuadrado de
12, el número de las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se
explica en esta expresión: «una multitud inmensa, que nadie podía
contar» (Apocalipsis 7, 4. 9). Después de todo, si ése es realmente
el número de los salvados, entonces podríamos ahorrar todo esfuerzo,
nosotros y ellos. En la puerta del paraíso deberían haber escrito
desde hace tiempo, como en el ingreso de algunos aparcamientos, el
cartel «Completo».
Si, por tanto, a Jesús no le interesa
revelarnos el número de los salvados, sino más bien la manera de
salvarse, veamos qué es lo que nos dice en este sentido. Dos cosas
esencialmente: una negativa y una positiva; la primera, lo que no
sirve, después lo que sirve para salvarse. No sirve, o no basta, el
hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza,
tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que
procede el Salvador. Lo que lleva a la salvación no es la posesión
de algún título («Hemos comido y bebido contigo»), sino una decisión
personal, seguida por una conducta de vida coherente.
Esto queda más claro todavía en el
texto de Mateo, que pone en contraste entre sí dos caminos y dos
puertas, una estrecha y la otra amplia (Cf. Mateo 7, 13-14). ¿Por
qué les llama a estos dos caminos respectivamente el "amplio" y el
"estrecho"? ¿Es siempre fácil y agradable el camino del mal, y duro
y cansado el del bien? En esto hay que estar atentos para no caer en
la típica tentación de creer que a los malvados todo les va
magníficamente bien aquí, mientras que por el contrario a los buenos
todo les sale mal.
La senda de los impíos es amplia, sí,
pero sólo al inicio. En la medida en que se adentran en ella, se
hace estrecha y amarga. Se hace, en todo caso, sumamente estrecha al
final, pues acaba en un callejón sin salida. La alegría que en ella
se experimenta tiene como característica el disminuir según se
experimenta, hasta crear náuseas y tristeza.
Se puede constatar en cierto tipo de
embriaguez, como con la droga, el alcohol o el sexo. Se necesita una
dosis o un estímulo cada vez más fuerte para producir un placer de
la misma intensidad. Hasta que el organismo deja de responder y
entonces tiene lugar es derrumbe, con frecuencia incluso físico.
La senda de los justos, por el
contrario, es estrecha al inicio, pero después se hace amplia, pues
en ella encuentran esperanza, alegría y paz del corazón. Lleva a la
vida y no a la muerte. |