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MISIONAR: Evangelizar, texto extraído de
"Reza con Juan Pablo II"
EVANGELIZAR
En un mundo
secularizado, ¿quién ayudará a los que dudan y están tentados de
indiferencia,
sino los
cristianos transparentes, felices de creer y valientes para
manifestar su Fe?
§
Me habéis
preguntado cuál es el problema de la humanidad que más me preocupa.
Precisamente éste: pensar en los hombres que aún no conocen a
Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver
una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de
Dios o incluso negando su existencia. Una humanidad sin Padre, y por
consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir
matando a los hombres que ya no considera como hermanos, y así
preparar su propia autodestrucción y aniquilamiento. Por eso, mis
queridos jóvenes, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles
de una nueva evangelización para construir la civilización del amor.
§
Dad
testimonio, más bien, con vuestra palabra y ejemplo, sobre todo con
vuestra vida. En vuestros días la aceptación o no del mensaje
depende de la credibilidad del mensajero, de su capacidad de
testimonio.
§
Para ser
testigos de Cristo, para dar testimonio de Él, ante todo hay que
seguirle. Hay que aprender a conocerle, hay que ponerse, por decirlo
así, en su escuela, penetrar todo su misterio.
§
Por medio de
la oración poseeréis a Cristo y podréis comunicarlo a los demás. Y
ésta es la mayor contribución que podéis hacer en vuestra vida:
comunicar a Cristo al mundo.
§
Todas las
personas necesitan el Evangelio. Sabéis cuántas guerras y cuánta
hambre hay en la tierra. Incluso en países en los que predomina el
bienestar, hay muchas personas que están tristes, que no son capaces
de hacer nada positivo con su vida. Muchos han perdido la relación
con Dios. Todos ellos necesitan el Evangelio, como lo necesitaba
aquella gente reunida a la puerta de casa de los apóstoles el día de
Pentecostés. ¡Sed también vosotros apóstoles de esta gente!
§
Estáis
llamados a ser lámparas que iluminan la senda por la que caminan
muchos hermanos y hermanas esparcidos por el mundo: sabed ayudar
siempre a quien tenga necesidad de vuestra oración y de vuestra
serenidad. Ellos os ofrecen la inquietud de la humanidad; vosotros
les hacéis descubrir que Dios es la fuente de la verdadera paz.
§
Cualquier
actividad apostólica que no se funda en la oración, está condenada a
la esterilidad.
§
Es preciso
saber que en todo hombre hay siempre una ventana orientada al cielo
azul de los supremos valores del espíritu, aunque muchos la tengan
cerrada. Es necesario invitar a los hombres de nuestro tiempo a
abrir esa ventana, a abrirla de par en par, para que entre con
abundancia en ellos el viento fresco y purificador, que dé nuevo
aliento y mayor vigor al desarrollo de sus actividades.
§
Sed valientes.
El mundo tiene necesidad de testigos, convencidos e intrépidos. No
basta discutir, es necesario actuar. Que vuestra coherencia se
transforme en testimonio, y la primera forma de este compromiso sea
la «disponibilidad». Como el buen samaritano, sentíos siempre
disponibles a amar, a socorrer, a ayudar, en la familia, en el
trabajo, en las diversiones, con los cercanos y con los alejados.
§
En una
palabra, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas: millones de
vuestros hermanos incluyendo innumerables no cristianos, os hablan a
vosotros con las palabras dirigidas un día al apóstol Felipe en
Jerusalén: «Queremos ver a Jesús.» Sí, hermanos y hermanas míos,
tenéis que mostrar a Jesús a vuestro pueblo; tenéis que compartir a
Jesús con vuestro pueblo; el Jesús que oraba, el Jesús de las
bienaventuranzas, el Jesús que, en vosotros, desea ser obediente y
pobre, manso, humilde y misericordioso, puro, pacífico, paciente y
justo.
§
Id también
vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los
sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a
todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el
Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del
mundo. Lo recuerda san Gregorio Magno quien, predicando al pueblo,
comenta de este modo la parábola de los obreros de la viña: «Fijaos
en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya
sois Obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si
trabaja en la viña del Señor.»
§
Transformar el
mundo quiere decir para el cristiano, abierto hacia el Padre,
formado en el Espíritu, comprometerse responsablemente a elevar y
enriquecer con su mismo don todas las realidades y comunidades con
que entra en contacto: la familia, ante todo; luego, el ambiente de
los amigos, el ambiente de la escuela, el lugar de trabajo, el mundo
de la cultura, la vida social, la vida nacional.
§
Unidos a
Jesús, en la oración, descubriréis más plenamente las necesidades de
vuestros hermanos y hermanas. Apreciaréis más vivamente el dolor y
el sufrimiento que agobian el corazón de innumerables personas. Por
medio de la oración, especialmente a Jesús durante la comunión,
entenderéis muchas cosas sobre el mundo y su relación a él, y
estaréis en condiciones de leer cuidadosamente lo que se refiere a
los «signos de los tiempos». Sobre todo, tendréis algo que ofrecer a
los necesitados que vienen a vosotros. Por medio de la oración
poseeréis a Cristo y podréis comunicarlo a los demás. Y ésta es la
mayor contribución que podéis hacer en vuestra vida: comunicar a
Cristo al mundo.
§
Se nos encoge
el corazón pensando en tantas muertes repentinas que se dan cada día
sobre la faz de la tierra. ¿Cuántas de esas personas se hallan
preparadas para afrontar el juicio de Dios? Este pensamiento nos
obliga a aumentar nuestro celo apostólico por las almas.
§
Mientras
celebramos la Eucaristía, resulta claro también para nosotros que
estamos llamados a vivir esa misma vida y con ese mismo Espíritu. Se
trata de una de las grandes tareas de nuestra generación, de todos
los cristianos de este tiempo: llevar la luz de Cristo a la vida
diaria. Llevarla a los «areópagos modernos», a los amplios espacios
de la civilización y la cultura. Contemporáneas, de la política y de
la economía. La fe no se puede vivir sólo en lo íntimo del espíritu
humano. Debe manifestarse exteriormente en la vida social. «Quien no
ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.»
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame
también a su hermano. Ésta es la gran tarea que nos corresponde a
los creyentes.
§
Ellos quieren
ver a Cristo en vosotros. Quieren escuchar su mensaje de vuestros
labios, aun cuando este mensaje habla de la cruz y de la muerte de
nuestra vieja vida y de nuestro modo humano de pensar, para nacer a
una nueva vida de Dios. Quieren ser estimulados por vuestras
palabras y vuestros ejemplos, de modo que puedan cumplir con las
obligaciones de su estado de vida conforme a la voluntad de Dios. Y
aunque ellos no puedan admitir esto, muchos de quienes pretenden ser
no creyentes tienen el secreto deseo de que Dios los encuentre.
§
¿Hay que
quedarse de brazos caídos porque la tarea sea dura? Bien sabéis que
esto no es posible, que no es digno del hombre. Os he dicho que
teníais que asumir vuestras responsabilidades en la comunidad
cristiana; también os digo que asumáis vuestras responsabilidades en
la sociedad de vuestro país, como cristianos que no pueden perder su
esperanza en el hombre.
§
La presencia
de Cristo nos fortifica y nos sostiene. Jesús está con nosotros,
como lo estuvo con los apóstoles, en todos los malos momentos con
que se encontraron al dar testimonio de su nombre. Y, del mismo modo
que los apóstoles experimentaron numerosas dificultades por hablar
en nombre de Jesús, también nosotros llegaremos a entender cada vez
más que una vida auténticamente cristiana exige constantes
esfuerzos. Hay mil clases de obstáculos, pero Dios está en nosotros
con su gracia, urgiéndonos continuamente a la fidelidad,
invitándonos continuamente a vivir en conformidad con el mensaje que
hemos recibido.
§
Jamás os
acobardéis ante la tarea de predicar el Evangelio y profesar vuestra
fe ante aquellos que son indiferentes o no creen. Jamás perdáis la
confianza en la bondad fundamental del hombre, creado a imagen de
Dios y redimido en Cristo. Mediante la gracia de Dios, incluso el
más indiferente e incrédulo de los corazones puede abrirse a la
verdad, la belleza y la bondad para las que fuimos creados. Sobre
todo, jamás perdáis la confianza en el poder de Dios que acompaña
nuestra proclamación de la Palabra, poder que es capaz de «realizar
todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o
pensar».
§
Son muchos
vuestros coetáneos que no conocen a Cristo, o no lo conocen lo
suficiente. Por consiguiente, no podéis permanecer callados e
indiferentes. Debéis tener el valor de hablar de Cristo, de dar
testimonio de vuestra fe a través de vuestro estilo de vida
inspirado en el Evangelio. San Pablo escribe: «iAy de mí si no
predicara el Evangelio!» Ciertamente, la mies es mucha, y se
necesitan obreros en abundancia. Cristo confía en vosotros y cuenta
con vuestra colaboración. |