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Duc in altum
"Duc in altum!" –"boga mar adentro!", "sin
vacilaciones!", "a lo profundo!"-. La exhortación de Jesús a Pedro,
que el mismo Juan Pablo II hace suya y nos la transmite con renovado
ardor apostólico, nos anima a adentrarnos hoy en su vasto
pensamiento social. Juan Pablo II es ciertamente el pontífice que
más ha escrito sobre la "cuestión social": tres encíclicas,
innumerables discursos y homilías y la alusión constante a lo social
en todos sus documentos nos sorprenden, no sólo por la vastedad sino
por la amplitud de horizontes, el coraje y la profundidad con que el
Papa asume toda la doctrina social de la Iglesia y la repropone de
modo renovado y fervoroso. Meternos "mar adentro" en su pensamiento
tiene algo de las travesías que hacía el Señor con sus discípulos,
aleccionándolos en medio de la rica y misteriosa realidad del lago
de Genesareth, símbolo del mundo y de la historia. En el molde
acotado de "Laboren Excercens" o de "Sollicitudo rei socialis" late
toda la doctrina social de la Iglesia en un molde universal y
concreto, iluminado por el evangelio. Y se huele en el aire de mar
la promesa de una pesca abundante. Desde el comienzo de su
pontificado, el papa obrero nos invita a entrar allí donde la vida
social del hombre se juega a fuerza de remos, a fuerza de echar las
redes una vez más: en el mundo del trabajo y de la solidaridad.
"Duc in altum": con amplitud de horizontes
Comprometerse con la "cuestión social" es entrar
de lleno en la "cuestión planetaria"
Comienzo con unas palabras de Juan Pablo II en
Novo Milenio Ineunte (2001):
Es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial
ha realizado, sobre todo en el siglo XX, para interpretar la
realidad social a la luz del Evangelio y ofrecer de modo cada vez
más puntual y orgánico su propia contribución a la solución de la
cuestión social, que ha llegado a ser ya una cuestión planetaria (NMI
52).
Para el Papa, "esta vertiente ético-social" debe
proponerse "como una dimensión imprescindible del testimonio
cristiano". Juan Pablo tiene el coraje de rechazar como "tentación"
una "espiritualidad oculta e individualista". Su propuesta es una
espiritualidad de comunión, una espiritualidad que tiene en cuenta
la dimensión social del hombre. La otra, individualista y oculta,
"poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, con la lógica
de la Encarnación y con la tensión escatológica del cristianismo".
Es verdad que la esperanza del cielo nos hace conscientes "del
carácter relativo de la historia". Pero esto "no nos exime en ningún
modo del deber de construirla". Es muy actual a este respecto la
enseñanza del Concilio Vaticano II: «El mensaje cristiano, no aparta
los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa
a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más
a llevar a cabo esto como un deber»
"Duc in altum", en la voz del Papa, es
exhortación que nos consuela y fortalece para remar mar adentro del
nuevo milenio y, con la luz del evangelio, iluminar la "cuestión
social" que ha llegado a ser una cuestión planetaria.
"Duc in altum" es invitación a comprometernos con
la tarea de la construcción del mundo e impulso a preocuparnos por
el bien común de nuestro semejantes como un deber que brota del
evangelio mismo.
Los hitos principales de la doctrina social en el
siglo XX
El esfuerzo del magisterio por interpretar la
realidad social a la luz del evangelio, del que habla el Papa, lo ha
tenido a él mismo como principal protagonista.
En Tertio Millenio Adveniente (1994) Juan Pablo
II nos recuerda los hitos principales del pensamiento social de los
pontífices y del suyo propio:
Los Papas a lo largo del siglo, siguiendo las
huellas de León XIII, han tratado sistemáticamente los temas de la
doctrina social católica, considerando las características de un
sistema justo en el campo de las relaciones entre trabajo y capital.
Basta pensar en la encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, en las
numerosas intervenciones de Pío XII, en la Mater et Magistra y en la
Pacem in terris de Juan XXIII, en la Populorum progressio y en la
carta apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI. Sobre este tema
yo mismo he vuelto repetidamente: he dedicado la encíclica Laborem
exercens de modo particular a la importancia del trabajo humano,
mientras que con la Centesimus annus he intentado reafirmar la
validez de la doctrina de la Rerum novarum después de cien años.
Además anteriormente con la encíclica Sollicitudo rei socialis había
propuesto de nuevo en forma sistemática toda la doctrina social de
la Iglesia desde la perspectiva del enfrentamiento entre los dos
bloques Este-Oeste y del peligro de una guerra nuclear. Los dos
elementos de la doctrina social de la Iglesia -la tutela de la
dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa
relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz- se
encontraron en este texto y se fusionaron (TMA 22).
Una espiritualidad del trabajo
Teniendo en cuenta los dos elementos de la
doctrina social de la Iglesia que señala el Papa –"la tutela de la
dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa
relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz"- en esta
breve exposición nos centraremos en la cuestión del trabajo. Y lo
haremos desde la perspectiva de la "espiritualidad del trabajo".
Explico el por qué de esta opción. En Novo
Millennio Ineunte, esa espiritualidad nueva, solidaria, de comunión,
que menciona el Papa, tiene una concreción llamativa en lo que él
califica como "una espiritualidad del trabajo":
Gran impacto tuvo el encuentro de los
trabajadores, desarrollado el 1 de mayo dentro de la tradicional
fecha de la fiesta del trabajo. A ellos les pedí que vivieran la
espiritualidad del trabajo, a imitación de San José y de Jesús
mismo. Su jubileo me ofreció, además, la ocasión para lanzar una
fuerte llamada a remediar los desequilibrios económicos y sociales
existentes en el mundo del trabajo, y a gestionar con decisión los
procesos de la globalización económica en función de la solidaridad
y del respeto debido a cada persona humana (NMI 10).
Explícitamente, el Papa unía el trabajo
exhortando a esa Espiritualidad de Comunión, que quiere ser el
paradigma de la Iglesia del nuevo milenio. Las características de
esta espiritualidad están bellamente señaladas:
Espiritualidad de la comunión significa ante todo
una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad
que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en
el rostro de los hermanos que están a nuestro lado (NMI 43).
Seguidamente, el Papa especifica tres ámbitos en
los que nos tenemos que "capacitar" para la comunión a la luz de
esta presencia de Dios en el rostro de cada hombre. Las
caracterizaríamos así:
Capacitarnos en el sentido de pertenencia a un
cuerpo:
Espiritualidad de la comunión significa, además,
capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del
Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber
compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y
atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda
amistad (NMI 43)..
Capacitarnos en una visión que valora
orgánicamente:
Espiritualidad de la comunión es también
capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para
acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además
de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente (NMI
43).
Capacitarnos en dar espacio al otro y no en
dominar espacios:
En fin, espiritualidad de la comunión es saber
«dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros
(cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente
nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera,
desconfianza y envidias (NMI 43).
Pensamos que esta espiritualidad de comunión, de
múltiples resonancias en cada ámbito concreto de la vida eclesial,
tiene un sabor especial si la aplicamos a esa espiritualidad del
trabajo que el Papa invitaba a cultivar a los obreros. Notemos,
dicho sea de paso, que comunión y trabajo son las dos únicas
realidades que en el documento connotan a la espiritualidad.
"Duc in altum": con el coraje de entrar en el
tema de fondo
El trabajo, clave de la cuestión social
Veamos porqué.
Preguntémonos ¿cuál es la concepción de Juan
Pablo II sobre el trabajo humano?
Todos sabemos que Redemptor Hominis, su primera
encíclica (1979), fue programática. El Papa pensaba que había que
partir del hombre, de ese hombre cuyo sentido profundo y final sólo
se encuentra en Jesucristo, Redentor del hombre. Dos años después,
en 1981 Juan Pablo II publicó Laborem Excercens. Otra encíclica
programática que Juan Pablo II dedicó "al hombre" en el vasto
contexto de esa realidad que es el trabajo":
Deseo dedicar este documento precisamente al
trabajo humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto
contexto de esa realidad que es el trabajo. En efecto, si como he
dicho en la Encíclica Redemptor Hominis, publicada al principio de
mi servicio en la sede romana de San Pedro, el hombre "es el camino
primero y fundamental de la Iglesia", y ello precisamente a causa
del insondable misterio de la Redención en Cristo, entonces hay que
volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre nuevamente en
sus varios aspectos en los que se revela toda la riqueza y a la vez
toda la fatiga de la existencia humana sobre la tierra (LE 1).
Destacamos pues, en primer lugar, esta visión del
Papa que nos habla de una espiritualidad que "comienza y se mete mar
adentro" por el camino del hombre. De un hombre, bueno es
subrayarlo, sumergido en el misterio de Jesucristo Redentor, pero no
de un hombre sólo en su dimensión vertical, sino de un hombre
contextuado en la realidad y en la historia desde el punto de vista
del trabajo.
¿De dónde esta importancia del trabajo? ¿No se
destacan más otros valores como el de la solidaridad y el de la paz
que supone la justicia…?
Oigamos lo que piensa el Papa del trabajo en
relación a la cuestión social:
Si en el presente documento volvemos de nuevo
sobre este problema (el de "la cuestión social") -sin querer por lo
demás tocar todos los argumentos que a él se refieren- no es para
recoger y repetir lo que ya se encuentra en las enseñanzas de la
Iglesia, sino más bien para poner de relieve -quizá más de lo que se
ha hecho hasta ahora- que el trabajo humano es una clave, quizá la
clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla
verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la
solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se
presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja,
debe buscarse en la dirección de "hacer la vida humana más humana",
entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una
importancia fundamental y decisiva (LE 3), (Catecismo de la Iglesia
católica, n. 2427).
Hace apenas dos años, con ocasión del XX
aniversario de Laborem Excercens, Juan Pablo II ratificó esta
intuición del comienzo de su pontificado:
Mientras exista el hombre, existirá el gesto
libre de auténtica participación en la creación que es el trabajo.
Es uno de los componentes esenciales para la realización de la
vocación del hombre, que se manifiesta y se descubre siempre como el
que está llamado por Dios a "dominar la tierra". Ni aunque lo
quiera, puede dejar de ser "un sujeto que decide de sí mismo" (LE,
6). A él Dios le ha confiado esta suprema y comprometedora libertad.
Desde esta perspectiva, hoy más que ayer, podemos repetir que "el
trabajo es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión
social" (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a la Conferencia
Internacional "El Trabajo, Clave de la Cuestión Social" en el XX
Aniversario de la Laborem Excercens; 14 de Setiembre de 2001)
Esta repetición la hace el Papa desde la
perspectiva de la esencia misma del hombre, esencia de la que brota
la misión de "dominar la tierra" y que implica la "libre decisión de
ser colaborador de su Creador. Subyace aquí la profecía de Romano
Guardini, cuando en su libro sobre El Poder señalaba el motivo
fundamental del cambio de paradigma que se venía operando de manera
creciente en nuestro mundo moderno. Guardini decía que el rasgo más
abarcador y decisivo de nuestra civilización actual era que el poder
se estaba convirtiendo, de manera creciente, en algo anónimo. De
allí provienen, como de una raíz, todos los peligros y las
injusticias que sufrimos actualmente. Y el antídoto que proponía
Guardini no era otro sino el hacerse responsable cada uno y de
manera solidaria del poder. En este preciso punto se sitúa la visión
de Juan Pablo II sobre el trabajo humano como el lugar donde el
hombre se decide líbremente por la utilización del poder como
servicio y colaboración en la obra creadora de Dios para el bien de
sus hermanos.
El hombre que trabaja, libre, creativa,
participativa y solidariamente
El trabajo es el lugar donde todos los principios
de la doctrina social de la Iglesia y de la sociedad adquieren
concreción real. Juan Pablo II siempre ha reafirmado que el primer
punto firme de la Doctrina Social, de donde derivan todos los demás,
es que: el orden social tiene por centro al hombre... Al hombre que
trabaja, nos animamos a agregar; al hombre que trabaja, libre,
creativa, participativa y solidariamente.
En este hombre que trabaja se centran y se
vinculan los demás principios de manera concreta.
Por el trabajo se hace real el principio de la
"destinación universal de los bienes".
Por el trabajo se torna real "la legitimidad de
la propiedad privada, como condición indispensable de autonomía
personal y familiar".
En la valoración del trabajo –de todos los
trabajos- como la fuente de donde surgen todos los bienes que
permiten la vida de la sociedad, radica la concepción de los deberes
y derechos que debe regular el Estado y se clarifica el propio papel
del Estado como promotor y tutor del bien común.
El trabajo: lugar donde se operan gradualmente
todas las transformaciones sociales
Esta perspectiva anclada en el hombre que
trabaja, echa por tierra todas las concepciones fatalistas y
mecanicistas a la hora de juzgar cómo y dónde se operan las grandes
transformaciones sociales.
Sería un grave error creer que las
transformaciones actuales acaecen de modo determinista. El factor
decisivo, dicho de otro modo, "el árbitro" de esta compleja fase de
cambio, es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el
verdadero protagonista de su trabajo. Puede y debe hacerse cargo de
modo creativo y responsable de las actuales transformaciones, para
que contribuyan al crecimiento de la persona, de la familia, de la
sociedad en la que vive y de la entera familia humana (cf. Laborem
exercens, 10).
Visión personalista y orgánica de la dimensión
social del trabajo
Diez años después de su primera Encíclica social,
en Centesimus Annus (1991), volvía a situar el Papa al hombre que
trabaja en el centro de la vida económico-social:
Con el propósito de esclarecer el conflicto que
se había creado entre capital y trabajo, León XIII defendía los
derechos fundamentales de los trabajadores. De ahí que la clave de
lectura del texto leoniano sea la dignidad del trabajador en cuanto
tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como «la
actividad ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y en
concreto a su conservación» (CA 6). .
El Pontífice califica el trabajo como «personal»,
ya que «la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente
propia de quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada». El
trabajo pertenece, por tanto, a la vocación de toda persona; es más,
el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al
mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión social, por su íntima
relación bien sea con la familia, bien sea con el bien común,
«porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es
el que produce la riqueza de los Estados». Todo esto ha quedado
recogido y desarrollado en mi encíclica Laborem Exercens 15 (CA 6).
Este número 15 de Laborem Excercens es clave una visión orgánica de
la dignidad del trabajo desde la perspectiva del argumento
personalista.
La relación entre trabajo y capital
En la relación necesaria que se da entre trabajo
y capital, el trabajo tiene prioridad, puesto que el hombre "desea
que los frutos del trabajo estén a su servicio y al de los demás" y
también desea ser corresponsable y coartífice del trabajo que
realiza. Desea que se lo "tome en consideración en el proceso mismo
de la producción, desea sentir que está trabajando "en algo propio"
.
Esta conciencia se extingue en él dentro del
sistema de una excesiva centralización burocrática, donde el
trabajador se siente engranaje de un mecanismo movido desde arriba;
se siente por una u otra razón un simple instrumento de producción,
más que un verdadero sujeto de trabajo dotado de iniciativa propia.
Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción
firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la
economía, sino que implica además y sobre todo, los valores
personales (LE 15).
La relación entre trabajo y propiedad privada
Desde esta perspectiva de los valores personales,
Juan Pablo II se sitúa en el núcleo de la discusión entre propiedad
privada o socialización de los medios de producción y dice que lo
importante, en cualquiera de los dos sistemas que se adopten a nivel
macro-estructural, es que el hombre que trabaja, tenga conciencia de
estar trabajando "en algo propio".
El mismo sistema económico y el proceso de
producción redundan en provecho propio, cuando estos valores
personales son plenamente respetados. Según el pensamiento de Santo
Tomás de Aquino, es primordialmente esta razón la que atestigua en
favor de la propiedad privada de los mismos medios de producción. Si
admitimos que algunos ponen fundados reparos al principio de la
propiedad privada -y en nuestro tiempo somos incluso testigos de la
introducción del sistema de la propiedad "socializada"- el argumento
personalista sin embargo no pierde su fuerza, ni a nivel de
principios ni a nivel práctico. Para ser racional y fructuosa, toda
socialización de los medios de producción debe tomar en
consideración este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que
el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la
conciencia de trabajar en "algo propio". En caso contrario, en todo
el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables;
daños no sólo económicos, sino ante todo daños para el hombre (LE
15).
El salario digno
Dentro de esta visión de "trabajar en algo
propio", la cuestión del salario digno es clave:
Esta consideración no tiene un significado
puramente descriptivo; no es un tratado breve de economía o de
política. Se trata de poner en evidencia el aspecto deontológico y
moral. El problema-clave de la ética social es el de la justa
remuneración por el trabajo realizado. No existe en el contexto
actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones
trabajador-empresario que el constituido precisamente por la
remuneración del trabajo. Independientemente del hecho de que este
trabajo se lleve a efecto dentro del sistema de la propiedad privada
de los medios de producción o en un sistema en que esta propiedad
haya sufrido una especie de "socialización", la relación entre el
empresario (principalmente directo) y el trabajador se resuelve en
base al salario: es decir, mediante la justa remuneración del
trabajo realizado" (LE 19).
En este punto concentra el Papa toda su visión
del hombre que trabaja. El salario digno se convierte en el punto
clave para verificar la justicia o injusticia de todo sistema
socio-económico, ya que es lo que vuelve real el principio del "uso
común de los bienes".
Hay que subrayar también que la justicia de un
sistema socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento
merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera
justamente el trabajo humano dentro de tal sistema. A este respecto
volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento
ético-social: el principio del uso común de los bienes. En todo
sistema que no tenga en cuenta las relaciones fundamentales
existentes entre el capital y el trabajo, el salario, es decir, la
remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de
la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes
que están destinados al uso común: tanto los bienes de la naturaleza
como los que son fruto de la producción. Los unos y los otros se
hacen accesibles al hombres del trabajo gracias al salario que
recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente
el salario justo se convierta en todo caso en la verificación
concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de
todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única
verificación, pero es particularmente importante y es en cierto
sentido la verificación-clave. (LE 19)
Crear estructuras que tutelen la dignidad del
trabajo
Dado que en torno al trabajo dignamente
remunerado se juega la participación real de todo hombre en la
destinación universal de los bienes, el Papa exhorta a las
instituciones a "crear estructuras que tutelen la dignidad del
trabajo":
Ante estos problemas, hay que imaginar y
construir nuevas formas de solidaridad, teniendo en cuenta la
interdependencia que une entre sí a los hombres del trabajo. Aunque
el cambio actual es profundo, deberá ser más intenso aún el esfuerzo
de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la dignidad del
trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones
afectadas. Es grande la responsabilidad de los Gobiernos, pero no
menos importante es la de las organizaciones encargadas de tutelar
los intereses colectivos de los trabajadores y de los empresarios.
Todos están llamados no sólo a promover estos intereses de forma
honrada y por el camino del diálogo, sino también a renovar sus
mismas funciones, su estructura, su naturaleza y sus modalidades de
acción. Como escribí en la encíclica Centesimus annus, estas
organizaciones pueden y deben convertirse en "lugares donde se
expresa la personalidad de los trabajadores" (CA. 15) (Mensaje del
Santo Padre Juan Pablo II a la Conferencia Internacional "El
Trabajo, Clave de la Cuestión Social" en el XX Aniversario de la
Laborem Excercens; 14 de Setiembre de 2001)
Esta tarea de crear estructuras que tutelen la
dignidad del trabajo comporta una doble exigencia. Para los
pensadores e investigadores de distintas disciplinas, el desafío
está en "pensar con rigor científico y con sabiduría" el tema del
trabajo, de manera que ayuden a comprender el cambio que se está
dando en el mundo del trabajo y a señalar ocasiones y riesgos. Y
para todos los cristianos, el desafío radica en hacer "una opción
preferencial de amor" por los más pobres, por los excluidos del
trabajo":
Hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido
la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que
nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres
de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre
todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la
existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al
"rico Epulón" que fingió no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su
puerta (cf. Lc 16, 19-31) (SRS 42).
Uniendo, en una mirada, espiritualidad de
comunión y espiritualidad de trabajo podemos afirmar que:
Lo común de toda espiritualidad de comunión,
desde el punto de vista del sujeto, es esa mirada del corazón. Una
mirada cordial es una mirada integradora. Frente a la concepción que
reduce el trabajo a un mero empleo, que tiene por fin la producción
de bienes que sólo sirven para algunos, la mirada espiritual
considera al trabajo como expresión de todas las dimensiones del
hombre: desde la más básica, que hace al "realizarse de la persona"
hasta la más alta, que lo considera "servicio" de amor.
Desde el punto de vista objetivo, esa mirada
cordial, que se dirige simultáneamente "al misterio de la Trinidad y
al misterio de cada rostro humano", nos hace valorar el carácter
vinculante del trabajo, nos lleva a ver a todo hombre como "alguien
que me pertenece" y realza el esfuerzo propio de cada uno como un
"don para todos". En torno a estos valores se teje una sociedad
humana sin exclusiones de ninguna clase. Al mismo tiempo, el trabajo
abre por sí mismo esos "espacios de participación" de que habla el
Papa, y los convierte en espacios de una participación real,
concreta, digna.
"Duc in altum": hacia la profundidad teológica de
la dignidad del trabajo
La dignidad sobreeminente del trabajo de
Jesucristo
El trabajo hace a la dignidad del hombre,
vinculando su dimensión personal y su dimensión social, pero no solo
esto, sino que tiene una dignidad sobreemintente cuya razón última
radica en Jesucristo. Así lo expresa el Papa en Christifidelis
laici:
Con el trabajo, el hombre provee ordinariamente a
la propia vida y a la de sus familiares; se une a sus hermanos los
hombres y les hace un servicio; puede practicar la verdadera caridad
y cooperar con la propia actividad al perfeccionamiento de la
creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su
trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de
Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente,
laborando con sus propias manos en Nazaret " (CL 43).
Si valoramos en su justa medida lo que significa
que el Señor nos redimió con toda su vida –acciones, palabras y
gestos, alegrías y padecimientos…- sus largos años de trabajo
silencioso y cotidiano en el pequeño mundo de Nazareth deben pesar
en nuestro ánimo con toda su magnitud. Si laten en silencio en el
Evangelio es precisamente por eso: porque el valor de una
espiritualidad del trabajo es de por sí silenciosa, humilde,
contenida. "Dignidad sobreeminente del trabajo", así califica el
Papa al trabajo de Jesús, hecho con sus propias manos.
Es que el trabajo hunde la raíz de su dignidad en
la Trinidad misma: "Mi Padre trabaja y Yo también trabajo", dice el
Señor. Es precisamente una imagen de trabajo la que destaca el Papa
para que la guardemos en el corazón de manera de poder enfrentar los
problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo:
Baste pensar en la urgencia de trabajar por la
paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las
relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su
concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las
tantas contradicciones de un mundo «globalizado», donde los más
débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco
que esperar?
En este mundo, dice el Papa, "es donde tiene que
brillar la esperanza cristiana". ¿Y cuál es, pues, la imagen
universal y concreta, que nos presenta como la más clara y eficaz de
la esperanza cristiana? Es la imagen de Jesús, Maestro de comunión y
servicio. Es significativo –dice el Papa- que el Evangelio de Juan,
allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía,
propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del
«lavatorio de los pies», en el cual Jesús se hace maestro de
comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El Señor ha querido quedarse
con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia
sacrificial y convivial (en el servicio humilde del lavatorio de los
pies, trabajo de esclavo) la promesa de una humanidad renovada por
su amor (Ecclesia de Eucharistia…).
En la celebración de ese "trabajo" en el que,
imitando al Redentor, la Iglesia "hace la Eucaristía", se condensa
toda la tensión escatológica del cristianismo: el compromiso de
transformar el mundo y toda la existencia para que se vuelva
eucarística":
Anunciar la muerte del Señor «hasta que venga» (1
Co 11, 26), comporta para los que participan en la Eucaristía el
compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser
en cierto modo «eucarística». Precisamente este fruto de
transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el
mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica
de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana (Ecclesia
de Eucharistía 20).
Quiero concluir estas reflexiones expresando al
Santo Padre los sentimientos de gratitud de todos nosotros por toda
esta rica doctrina acerca de la cuestión social tal como nos la
propone: con amplitud de horizontes, con el coraje de entrar en el
tema de fondo y apuntando hacia la profundidad teológica de la
dignidad del trabajo. Santo Padre, muchas gracias.
Buenos Aires, 7 de junio de 2003.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. |