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Mensaje del Papa para
la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2005
«Llamados a remar mar adentro»
CUDAD DEL VATICANO, domingo, 9 enero 20050.-
Mensaje que ha escrito Juan Pablo II con motivo de la Jornada
Mundial de Oración por las Vocaciones que tendrá lugar el 17 de
abril de 2005 con el lema «Llamados a remar mar adentro».
«Llamados a remar mar adentro»
Venerados Hermanos en el Episcopado,
queridos Hermanos y Hermanas:
1. «Duc in altum!» Al comienzo de la carta
apostólica «Novo millennio ineunte» cité las palabras con las que
Jesús anima a los primeros discípulos a echar las redes para una
pesca que sería milagrosa. Dice a Pedro: «Duc in altum ? Remar mar
adentro» (Lucas 5, 4). «Pedro y los primeros compañeros se fiaron de
las palabras de Cristo, y echaron las redes» («Novo millennio
ineunte», 1).
Esta conocida escena evangélica sirve de telón de
fondo para la próxima Jornada de Oración para las Vocaciones, que
lleva por lema: «Llamados a remar mar adentro». Privilegiada
oportunidad para reflexionar sobre la llamada a seguir a Jesús y, en
particular, a seguirle en el camino del sacerdocio y de la vida
consagrada.
2. «Duc in altum!» La llamada de Cristo
resulta especialmente actual en nuestro tiempo, en el que una difusa
manera de pensar propicia la falta de esfuerzo personal ante las
dificultades. La primera condición para «remar mar adentro» requiere
cultivar un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha
diaria de la Palabra de Dios. La auténtica vida cristiana se mide
por la hondura en la oración, arte que se aprende humildemente «de
los mismos labios del divino Maestro», implorando casi, «como los
primeros discípulos: "¡Señor, enséñanos a orar!" (Lucas 11, 1). En
la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte
en sus íntimos: "Permaneced en mí, como yo en vosotros" (Juan 15,
4)» («Novo millennio ineunte», 32).
La orante unión con Cristo nos ayuda a descubrir
su presencia incluso en momentos de aparente desilusión, cuando la
fatiga parece inútil, como les sucedía a los mismos apóstoles que
después de haber faenado toda la noche exclamaron: «Maestro, no
hemos pescado nada» (Lucas 5, 5). Frecuentemente en momentos así es
cuando hay que abrir el corazón a la onda de la gracia y dejar que
la palabra del Redentor actúe con toda su fuerza: «Duc in altum!»
(Cf. «Novo millennio ineunte», 38).
3. Quien abra el corazón a Cristo no sólo
comprende el misterio de la propia existencia, sino también el de la
propia vocación, y recoge espléndidos frutos de gracia. Primero,
creciendo en santidad por un camino espiritual que, comenzando con
el don del Bautismo, prosigue hasta alcanzar la perfecta caridad
(Cf. ibid, 30). Viviendo el Evangelio «sine glossa», el cristiano se
hace cada vez más capaz de amar como Cristo, a tenor de la
exhortación: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto» (Mateo 5, 48). Se esfuerza en perseverar en la unidad con
los hermanos dentro de la comunión de la Iglesia, y se pone al
servicio de la nueva evangelización para proclamar y ser testigo de
la impresionante realidad del amor salvífico de Dios.
4. Particularmente a vosotros, queridos
adolescentes y jóvenes, os repito la invitación de Cristo a «remar
mar adentro». Os encontráis en un momento en que tenéis que tomar
una decisión importante para vuestro futuro. Guardo en mi corazón el
recuerdo de numerosos encuentros en años pasados con jóvenes,
convertidos hoy en adultos, tal vez en padres de algunos de
vosotros, en sacerdotes, religiosos, religiosas, vuestros educadores
en la fe. Los vi alegres, como deben ser los jóvenes, pero también
reflexivos, por el empeño en dar un «sentido» pleno a su existencia.
Cada vez estoy más convencido de que, en el ánimo de las nuevas
generaciones es mayor la atracción hacia los valores del espíritu,
mayor el ansia de santidad. Los jóvenes necesitan de Cristo, pero
saben también que Cristo quiere contar con ellos.
Queridos muchachos y muchachas, confiad en Él,
escuchad sus enseñanzas, mirad su rostro, perseverad en la escucha
de su Palabra. Dejad que sea Él quien oriente vuestras búsquedas y
aspiraciones, vuestros ideales y los anhelos de vuestro corazón.
5. Me dirijo ahora a los queridos padres y
educadores cristianos, a los amados sacerdotes, consagrados y
catequistas. Dios os ha confiado el quehacer peculiar de guiar a la
juventud por el camino de la santidad. Sed para ellos ejemplo de
generosa fidelidad a Cristo. Animadles a no dudar en «remar mar
adentro», respondiendo sin tardanza a la invitación del Señor. Él
llama a unos a la vida familiar, a otros a la vida consagrada o al
ministerio sacerdotal. Ayudadles para que sepan discernir cuál es su
camino, y lleguen a ser verdaderos amigos de Cristo y sus auténticos
discípulos. Cuando los adultos creyentes hacen visible el rostro de
Cristo con la palabra y con el ejemplo, los jóvenes están dispuestos
más fácilmente a acoger su exigente mensaje marcado por el misterio
de la Cruz.
¡No olvidéis, además, que hoy también se
necesitan sacerdotes santos, personas totalmente consagradas al
servicio de Dios! Por eso querría repetir una vez más: «Es necesario
y urgente enfocar una vasta y capilar pastoral de las vocaciones que
llegue a las parroquias, los centros educativos, a las familias,
suscitando una reflexión más atenta a los valores esenciales de la
vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno
está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide
la entrega total de sí y de las propias fuerzas para la causa del
Reino» («Novo millennio ineunte», 46).
A los jóvenes les vuelvo a decir las palabras de
Jesús: «Duc in altum!» Al repetir de nuevo esta exhortación, pienso
también en las palabras dirigidas por María, su Madre, a los
servidores en Caná de Galilea: «Haced lo que Él os diga» (Juan 2,
5). Cristo, queridos jóvenes, os pide «remar mar adentro» y la
Virgen os anima a no dudar en seguirle.
6. Suba desde cada rincón de la tierra, reforzada
con la materna intercesión de la Virgen, la ardiente plegaria al
Padre celestial para conseguir «obreros para su mies» (Mateo 9, 38).
Quiera Él conceder fervorosos y santos sacerdotes a cada porción de
su grey. Confiadamente nos dirigimos a Cristo, Sumo Sacerdote, y Le
decimos con renovada esperanza:
Jesús, Hijo de Dios,
en quien habita la plenitud de la divinidad,
que llamas a todos los bautizados a "remar mar
adentro",
recorriendo el camino de la santidad,
suscita en el corazón de los jóvenes
el anhelo de ser en el mundo de hoy
testigos del poder de tu amor.
Llénalos con tu Espíritu de fortaleza y de
prudencia
para que lleguen a descubrir su auténtico ser
y su verdadera vocación.
Salvador de los hombres,
enviado por el Padre para revelar el amor
misericordioso,
concede a tu Iglesia el regalo
de jóvenes dispuestos a remar mar a dentro,
siendo entre sus hermanos
manifestación de tu presencia que renueva y
salva.
Virgen Santísima, Madre del Redentor,
guía segura en el camino hacia Dios y el prójimo,
que guardaste sus palabras en lo profundo de tu
corazón,
protege con tu maternal intercesión
a las familias y a las comunidades cristianas,
para que ayuden a los adolescentes y a los
jóvenes
a responder generosamente a la llamada del Señor.
Amén.
Castel Gandolfo, 11 de agosto del 2004
IOANNES PAULUS II |