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Publican "lineamenta" del
Sínodo de Obispos
VATICANO, 28
May. 04 -La Secretaría General del Sínodo de los Obispos anunció hoy
en un comunicado que se han publicado los “Lineamenta” (documento
para la discusión) preparatorios del XI Sínodo mundial de Obispos
que se celebrará del 2 al 29 de octubre de 2005.
El tema
escogido por el Papa Juan Pablo II para esta Asamblea General
Ordinaria del Sínodo es: “La Eucaristía, fuente y culmen de la vida
y de la misión de la Iglesia”.
Los
“Lineamenta”, que según el comunicado tiene el objetivo de
“solicitar el estudio, la consulta y la respuesta por parte de
todas las fuerzas vivas de la Iglesia”, se publicará próximamente
en el sitio de Internet del vaticano, en la sección del Sínodo de
los Obispos:
http://www.vatican.va/roman_curia/synod/index_sp.htm
El texto se
compone de siete capítulos, con una presentación del Secretario
General, una introducción sobre la Eucaristía y una breve
conclusión, seguida por el cuestionario y el índice.
SÍNODO DE LOS
OBISPOS
XIª ASAMBLEA
GENERAL ORDINARIA
La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia
LINEAMENTA
INDICE
Presentación
Introducción:
Porqué un Sínodo sobre la Eucaristía
Capítulo I
El Sacramento
de la Nueva y Eterna Alianza
La Eucaristía
en la historia de la salvación
El único
sacrificio y sacerdocio de Jesucristo
La acción de
gracias y de alabanza al Padre
El Memorial
del Misterio Pascual
La Presencia
permanente del Señor
Capítulo II
La Eucaristía:
un don ofrecido a la Iglesia, para develar constantemente
Los Padres y
Doctores de la Iglesia
El sacramento
de la unidad y de la santidad de la Iglesia
La
apostolicidad de la Eucaristía
La catolicidad
de la Eucaristía
Capítulo III
La Eucaristía:
Misterio de Fe proclamado
El Magisterio
de la Iglesia católica
La naturaleza
de la Eucaristía
La Eucaristía
y la encarnación del Verbo
Luces y
sombras en la comprensión del Don
La Eucaristía
signum unitatis
Capítulo IV
La Liturgia de
la Eucaristía
El centro de
la liturgia cósmica
Cuando la
Eucaristía es válidamente celebrada
El acto
penitencial
La Palabra de
Dios y el Símbolo de la fe
La
presentación de los Dones
La Plegaria
eucarística
La institución
de la Eucaristía
La epíclesis
sobre los Dones consagrados
La Iglesia de
los santos en la Eucaristía
La preparación
a la comunión
La santa
comunión
Capítulo V
La Mistagogía
Eucarística para la Nueva Evangelización
Los Padres
La negación
actual del misterio
La mistagogía
hoy
Presidir la
Eucaristía
El decoro de
la celebración eucarística
La dignidad
del canto y de la música sacra
El encuentro
con el misterio a través del arte
La orientación
de la oración
El área
particularmente sagrada del presbiterio o santuario
El altar, mesa
del Señor
El
tabernáculo, tienda de la Presencia
Capítulo VI
La Eucaristía:
un don para adorar
El espíritu de
la liturgia es la adoración
Comunión y
adoración son inseparables
El sentido del
misterio y las actitudes que lo expresan
La Eucaristía:
sacramentum pietatis
Capítulo VII
La Eucaristía:
un Don para la Misión
La
santificación y divinización del hombre
La Eucaristía
vinculum caritatis
La medicina
del cuerpo y del espíritu
El significado
social de la Eucaristía
Conclusión
Cuestionario
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PRESENTACIÓN
Los Padres de
la Décima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, al
final de los trabajos en octubre de 2001, fueron interpelados acerca
del tema de la siguiente asamblea y, entre las diversas propuestas,
sugirieron también el argumento eucarístico. La acostumbrada
consulta a las Conferencias Episcopales, a las Iglesias Orientales
sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de los
Superiores Generales, a su vez, ha indicado, con particular consenso
de opiniones, el tema de la Eucaristía como prioritario.
También los
miembros del Consejo Ordinario de la Secretaría General se
pronunciaron en ese sentido. Precisamente éste es el tema que el
Santo Padre eligió y estableció para ser ofrecido a la meditación
colegial de los Obispos reunidos en la Undécima Asamblea General
Ordinaria. La fórmula evoca la doctrina y el lenguaje del Concilio
Vaticano II en estos términos: “Eucharistia fons et culmen vitae et
missionis Ecclesiae”.
Fue, luego,
tarea del Consejo de la Secretaría General dedicar a este título
algunas sesiones de trabajo, que, con la ayuda de expertos, han
producido como resultado el presente documento de los Lineamenta.
Éste, como es
sabido, es el primer paso de la consulta universal, que dará la
posibilidad a todas las Iglesias particulares dispersas por el mundo
de entrar en el proceso sinodal con la reflexión, la oración y las
sugerencias más oportunas, para permitir la preparación del
Instrumentum laboris, que constituirá el orden del día de la
asamblea sinodal.
La consulta
para la futura asamblea sinodal registra una novedad en la historia
del Sínodo de los Obispos: el tema. Éste, en efecto, corresponde al
de una reciente encíclica pontificia sobre la Eucaristía y su
relación vital con la Iglesia: Ecclesia de Eucharistia. La
circunstancia merece especial consideración a causa de su influencia
directa sobre la consulta y sobre los mismos trabajos sinodales.
No sorprende
que un sínodo sea llamado a reflexionar sobre una materia incluida
en el magisterio pontificio ordinario. Lo que llama la atención es
la proximidad cronológica y la identidad de la promulgación: es el
mismo Papa que en breve nexo de tiempo escribe sobre la Eucaristía y
confía a un sínodo el mismo argumento. Todo esto tiene un profundo
significado para el Pontífice, para los Obispos y para la Iglesia.
Es claro que
la Encíclica manifiesta la voluntad del Pastor de estimular a los
destinatarios, la Iglesia universal, a dedicarse, con nuevas
energías espirituales y con renovado amor, al misterio eucarístico,
que es vital para la Iglesia. En este acto de magisterio ordinario
se expresa así la preocupación por repetir al pueblo del Señor, con
adecuadas referencias a las condiciones actuales, una verdad perenne
y necesaria para la sobrevivencia de la Iglesia en la historia.
La asamblea
sinodal tiene una finalidad consultiva y esta vez los Obispos no son
convocados por el Papa para que den sugerencias en vista de
intervenciones doctrinales. Sin embargo, existen abundantes motivos
para reunir a los pastores, para que sobre un argumento tan decisivo
para la vida y la misión de la Iglesia manifiesten las exigencias y
las implicaciones pastorales de la Eucaristía en la celebración, en
el culto, en la predicación, en la caridad y en las diversas obras
en general.
Pero el punto
más alto de atención es otro. Teniendo presente la evidente analogía
de los títulos, es inevitable preguntarse porqué el Papa ha elegido
un tema ya tratado. La respuesta a esta dificultad dialéctica se
encuentra en la observación actualizada de la vida de la Iglesia.
Existe hoy en la Iglesia, innegablemente, una “urgencia
eucarística”, que tiene que ver, no ya con incertidumbres sobre las
fórmulas, como sucedía en el período del Vaticano II, sino con la
praxis eucarística, que hoy necesita un nueva y amorosa actitud
hecha de gestos de fidelidad a Aquel que está Presente para los que
hoy continúan a buscarlo: “Maestro ¿dónde vives?”.
Se espera que
estos Lineamenta estimulen a las Conferencias Episcopales, a las
Iglesias Orientales sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana
y a la Unión de los Superiores Generales, a la reflexión y a la
verificación pastoral, invitando también a todos los miembros de la
Iglesia a ofrecer la propia colaboración, para que las respuestas al
cuestionario de este mismo documento sean completas y significativas
para permitir un fructuoso trabajo sinodal.
Para un
adecuado desarrollo del proceso sinodal será necesario que las
respuestas lleguen a esta Secretaría General antes del 31 de
diciembre de 2004.
Con estas
respuestas continúa en todas las Iglesias particulares el camino del
Sínodo, en el cual los Obispos, como Pastores del rebaño, en
colegialidad entre ellos y con el Papa, se preparan a reflexionar
sobre este gran Sacramento del cual vive la Iglesia.
25 de febrero
de 2004
Jan P. Card.
Schotte, C.I.C.M
Secretario
General
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INTRODUCCIÓN
Porqué un
Sínodo sobre la Eucaristía
1. El Dios
invisible se ha manifestado en el Verbo hecho carne, el Hijo
Jesucristo; después de la ascensión “lo que fue visible de nuestro
Redentor ha pasado a los sacramentos (ritos sagrados)”.[1] Por ello,
“Nosotros vemos una cosa y entendemos otra. Vemos un hombre (Jesús),
pero creemos en Dios”.[2]
La Iglesia,
sacramento de salvación de Jesucristo para el hombre, vive del culto
centrado en el Verbo encarnado, sacramento del Padre; el Canon
Romano y la anáfora de San Juan Crisóstomo definen la Santa Misa,
“oblationem rationabilem” y “logikèn latreían”, una trasformación de
la Palabra divina en evento, en la cual participan el espíritu y la
razón. Aquel que es la Palabra, el Verbo, se dirige al hombre y de
él espera una respuesta comprensible, razonable (rationabile
obsequium). Así, la palabra humana se hace adoración, sacrificio y
acción de gracias (eucharistia). Este “culto espiritual” (cf Rm
12,1) es el corazón de la “participación” activa y consciente del
pueblo de Dios en el misterio eucarístico,[3] que alcanza la
plenitud en la santa comunión.[4]
2. El Concilio
Ecuménico Vaticano II ha dedicado al Misterio Eucarístico el
capítulo III de la Constitución de sacra liturgia; pero todo lo que
se dice en este documento sobre la liturgia, como fuente y cumbre de
la acción de la Iglesia, se refiere principalmente a la celebración
de la Eucaristía, “la Divina Liturgia”, como acostumbran a decir los
orientales. El tema del próximo Sínodo será la Eucaristía. En ella
el pueblo de Dios participa en virtud del bautismo. Ella es la
‘cumbre’ de la iniciación cristiana, pero también de la acción
apostólica, porque presupone la pertenencia a la comunión de la
Iglesia. Al mismo tiempo ella es ‘fuente’, porque constituye el
alimento para la vida y la misión de la Iglesia.[5] Por ello, la
encíclica del Papa Juan Pablo Ecclesia de Eucharistia, evocando la
Carta apostólica Nuovo millennio ineunte en la cual había exhortado
a conocer, amar e imitar a Cristo, recuerda que “un nuevo vigor de
la vida cristiana pasa por la Eucaristía”.[6]
3. La VI
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos afrontó el tema
de la Reconciliación y, en su ámbito, del Sacramento de la
Penitencia, medio ordinario para retornar a la comunión con Cristo y
con la Iglesia, que culmina en la Eucaristía. La profunda reflexión
se plasmó en la Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et
paenitentia. También la V Asamblea General Ordinaria, tratando de la
familia prestó atención a aquella originaria comunión de sangre y de
espíritu, que encuentra la fuente de su vitalidad precisamente en
otro sacramento, el matrimonio, misterio grande, signo de la unión
entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32). Los cuatro últimos sínodos
ordinarios han reflexionado sobre los componentes fundamentales de
la comunión eclesial: el laicado, el sacerdocio ministerial, los
consagrados y los obispos, comunión eclesial que la Eucaristía
presupone para perfeccionarla.[7] En consecuencia, resulta
comprensible la convocación de una asamblea sinodal sobre el
Sacramento que manifiesta la apostolicidad y la catolicidad de la
Iglesia y que la hace crecer en la unidad y en la santidad.
Esto permitirá
que:
a. la
Eucaristía sea conservada en el centro de la atención de la Iglesia,
a nivel universal y local, especialmente en las parroquias y en las
comunidades, ya durante la fase preparatoria del sínodo;
b. la fe en la
Eucaristía sea adecuadamente profundizada;
c. dando
preeminencia a este tema, la asamblea sinodal revista una particular
importancia en el inicio del tercer milenio de la Cristiandad y
contribuya al programa de renovación de la vida y de la misión
cristiana de las personas y de las comunidades;
d. la especial
atención que la Iglesia ha prestado a la Sagrada Eucaristía a través
de sus enseñanzas - desde el tiempo apostólico, a los padres y
escritores sagrados medievales, desde los concilios, en particular
el de Trento y el del Vaticano II, hasta los principales documentos
interdicasteriales y pontificios, citados también en la reciente
encíclica del Papa Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia - sea
nuevamente y más profundamente acogida en su totalidad.
4. El tema
elegido por el Papa Juan Pablo II para la XIª Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos es Eucharistia fons et culmen
vitae et missionis Ecclesiae. Entre las cuestiones que deberán ser
objeto de estudio, se indican tres en particular:
a. El Hijo de
Dios, Jesucristo, a través de los gestos realizados en la última
Cena y especialmente con las palabras: “Haced esto en recuerdo mío”,
no ha querido simplemente una comida fraterna, sino una liturgia,
verdadero culto de adoración al Padre “en espíritu y verdad” (cf. Jn
4,24);
b. con la
reforma litúrgica no ha sido destruido el patrimonio secular de la
Iglesia católica sino que se ha querido promover, manteniendo la
fidelidad a la tradición católica, la renovación de la liturgia para
favorecer la santificación de los cristianos;
c. la
presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento ha sido querida
por el mismo Señor, para que el Dios Emanuel fuera hoy y siempre un
Dios cercano al hombre, para que fuera su Redentor y Señor.
5. La
preparación de la XIª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos y sus trabajos se ubican en el contexto de todo el
magisterio y la doctrina sobre la Eucaristía, especialmente del
Concilio Vaticano II, que ha dado a la Iglesia una mayor conciencia
del hecho que “nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le
traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y
sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta,
el sacrificio de la cruz”.[8] Como amada esposa, la Iglesia sabe que
debe celebrar “el memorial de su muerte y resurrección: sacramento
de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en
el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia
y se nos da una prenda de la gloria futura”.[9]
La doctrina
eucarística, con sus fundamentos bíblicos, patrísticos y teológicos,
con su dimensión catequística y mistagógica, impregna todos los
documentos del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar,
y desea conducir a todos al misterio de la Santa Eucaristía y a la
adoración del mismo, como es ampliamente ilustrado por las
tradiciones de oriente y occidente, presentes en la única Iglesia
católica. Entre los documentos postconciliares que han aplicado la
Constitución sobre la Sagrada Liturgia, son fundamentales para la
comprensión y la celebración de la Eucaristía, la encíclica
Mysterium fidei de Pablo VI y la Instructio Generalis Missalis
Romani - publicada en el 1970 y reeditada y corregida en el 2000 -
con las normas a observar para la Santa Misa en el rito romano. En
estos textos, así como también en el Catecismo de la Iglesia
Católica,[10] en el código de la Iglesia latina[11] y en el de las
Iglesias orientales,[12] en la Instrucción para la Aplicación de las
Prescripciones Litúrgicas del Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, publicada en el 1996, se encuentran las explicaciones
doctrinales y las indicaciones pastorales que han sido últimamente
citadas en la encíclica del Papa Juan Pablo II, Ecclesia de
Eucharistia.[13]
Capítulo I
El Sacramento
de la Nueva y Eterna Alianza
La Eucaristía
en la historia de la salvación
6. El
ofrecimiento y el sacrificio hechos a Dios como gesto de
agradecimiento, de súplica, de reparación de los pecados,
representan en el Antiguo Testamento el contexto preparatorio remoto
de la última Cena de Jesucristo. Ésta es evocada por la figura del
siervo de Yahveh, que se ofrece en sacrificio, derramando su sangre
para la nueva alianza (cf. Is 42,1-9; 49,8), en substitución y en
favor de la humanidad. También las comidas religiosas de los
hebreos, especialmente la pascual, memorial del Éxodo y del banquete
sacrificial, servían para expresar el agradecimiento a Dios por los
beneficios recibidos y para entrar en comunión con Él gracias a las
víctimas del sacrificio (cf. 1 Cor 10,18-21). También la Eucaristía
hace entrar en comunión con el sacrificio de Jesucristo. Además, en
la tradición y en el culto hebraicos, la bendición (berakà)
constituía, por un lado, la comunicación de la vida de Dios al
hombre, y por otro lado, el reconocimiento, con asombro y adoración,
de la obra de Dios de parte del hombre. Esto sucedía mediante el
sacrificio en el templo y la comida en la casa (cf. Gn 1,28; 9,1;
12,2-3; Lc 1,69-79). La bendición era al mismo tiempo eulogia, es
decir alabanza a Dios, y eucaristía, es decir, acción de gracias;
este último aspecto terminará por identificar en el cristianismo la
forma y el contenido de la anáfora o plegaria eucarística.
Los hebreos
consumían también una comida sacra o sacrificio convival (tôdâ; cf.
Sal 22 y 51), habitual en tiempos de Jesús, caracterizado por la
acción de gracias y por el sacrificio incruento del pan y del vino.
Se puede comprender así otro aspecto de la última Cena: el del
sacrificio convival de acción de gracias. El rito del Antiguo
Testamento sobre la sangre derramada en el sacrificio constituye el
tema de fondo de la alianza que Dios gratuitamente establece con su
pueblo (cf. Gn 24,1-11). Preanunciado por los profetas (cf. Is
55,1-5; Jer 31,31-34; Ez 36,22-28) y absolutamente necesario para
comprender la última Cena y toda la revelación de Cristo, este mismo
rito lleva un nombre (berit, traducido en griego por diatheke) que
indicará también el conjunto de los escritos del Nuevo Testamento.
En efecto, el Señor sancionó en la última Cena la alianza, su
testamento con sus discípulos y con toda la Iglesia.
Los signos
proféticos y el memorial preanunciados en el Antiguo Testamento (la
cena en Egipto, el don del maná, la celebración anual de la Pascua)
se cumplen en los sacramentos o misterios de la Iglesia. En ellos
está contenida la potencia divina de la santificación, de la
transformación y de la divinización de la muerte y resurrección del
Señor, celebrada el domingo y cotidianamente en la Pascua cristiana.
Dice San Ambrosio: “Ahora, presta atención si es más excelente el
pan de los ángeles o la carne de Cristo, la cual es indudablemente
un cuerpo que da la vida... Aquel evento era una figura, éste es la
verdad”.[14]
El único
sacrificio y sacerdocio de Jesucristo
7. El hecho
histórico de la última Cena es narrado en los evangelios de San
Mateo (26, 26-28), San Marcos (14, 22-23), San Lucas (22, 19-20) y
por San Pablo en la primera carta a los Corintios (11, 23-25), que
permiten comprender el sentido del acontecimiento: Jesucristo se
entrega (cf. Jn 13,1) como alimento del hombre, ofrece su cuerpo y
derrama su sangre por nosotros. Esta alianza es nueva porque
inaugura una nueva condición de comunión entre el hombre y Dios (cf.
Hb 9,12); además es nueva y mejor que la antigua porque el Hijo en
la cruz se entrega a sí mismo y a cuantos lo reciben les da el poder
de ser hijos del Padre (cf Jn 1, 12; Gal 3, 26). El mandamiento
“Haced esto en conmemoración mía” indica la fidelidad y la
continuidad del gesto, que debe permanecer hasta el retorno del
Señor (cf 1 Co 11, 26).
Cumpliendo
este gesto, la Iglesia recuerda al mundo que entre Dios y el hombre
existe una amistad indestructible gracias al amor de Cristo, que
ofreciéndose a sí mismo ha vencido el mal. En este sentido la
Eucaristía es fuerza y lugar de unidad del género humano. Pero la
novedad y el significado de la última Cena están inmediata y
directamente relacionados con el acto redentor de la cruz y con la
resurrección del Señor, “palabra definitiva” de Dios al hombre y al
mundo. De este modo, Cristo, con su deseo ardiente de celebrar la
Pascua, de ofrecerse (cf Lc 22, 14-16), se transforma en nuestra
Pascua (cf. 1 Co 5,7): la cruz comienza en la Cena (cf 1 Co 11, 26).
Es la misma persona, Jesucristo, que, en la Cena en modo incruento y
en la cruz con su propia sangre, es sacerdote y víctima que se
ofrece al Padre: “sacrificio que el Padre aceptó, cambiando esta
entrega total de su Hijo, que se hizo “obediente hasta la muerte” (Flp
2,8), con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva
e inmortal en la resurrección, porque el Padre es el primer origen y
el dador de la vida desde el principio”.[15] Por este motivo no
puede separarse la muerte de Cristo de su resurrección (cf. Rm 4,
24-25), con la vida nueva que surge de ella y en la cual somos
sumergidos en el bautismo (cf Rm 6,4).
8. El
evangelio de Juan se refiere al misterio eucarístico en el capítulo
sexto. Según un esquema similar al de la última Cena, es descripto
el milagro de aquellos pocos panes distribuidos a una multitud y al
mismo tiempo Jesús habla del pan que da la vida, es decir, de su
carne y de su sangre, que son el verdadero alimento y la verdadera
bebida; quien tiene fe en Jesucristo come su carne y logra vivir
eternamente. Es difícil comprender el discurso sobre la Eucaristía:
sólo quien busca a Jesús y no a sí mismo puede entenderlo (cf. Jn
6,14 s. 26). Tal conciencia se ha manifestado, después de
Pentecostés, en la participación frecuente de los bautizados, fieles
a las enseñanzas apostólicas, a la comunión fraterna y a la fractio
panis (cf. Hch 2, 42.46; 20, 7-11), en la “Cena del Señor” (cf. 1 Co
11,20). Éste es el fundamento de la dimensión apostólica de la
Eucaristía. Las narraciones del Nuevo Testamento sobre la
Eucaristía, vivida como acción de gracias y memoria sacramental,
muestran que al reconocer el cuerpo y la sangre del Señor en la
comunión del pan y del vino consagrados, se reconoce su presencia.
Al mismo tiempo se retiene grave, una verdadera falta, confundir la
‘Cena del Señor’ con cualquier otra comida (cf. 1 Co 11, 29).
Además, el Apóstol da por supuesto que la presencia del Señor en su
cuerpo y sangre no depende de la condición de quien lo recibe y que
la comunión con ellos hace de todos un solo cuerpo, porque de ellos
fluye la vida de Cristo. Ser un solo corazón y una sola alma (cf.
Hch 2, 46; 4, 32-33), hasta hacer posible la comunión de los bienes,
era la característica de la Iglesia apostólica, que compartía los
gozos y los sufrimientos de sus miembros, es decir, que vivía la
caridad (cf. 1 Co 12, 26-27).
Del cuadro
bíblico emergen los siguientes puntos de referencia en relación a la
verdad sobre la Eucaristía, que hacen del sacramento del altar una
única realidad sacrificial y sacerdotal: la acción de gracias y de
alabanza al Padre, el memorial del Misterio pascual, la presencia
permanente del Señor.[16]
La acción de
gracias y de alabanza al Padre
9. En la
memoria de la Iglesia, en el centro de la celebración eucarística,
están las palabras de la presencia de Jesús en medio a nosotros.
“Esto es mi cuerpo, ... éste es el cáliz di mi sangre”. Jesús se
ofrece a sí mismo como verdadero y definitivo sacrificio, en el cual
alcanzan su cumplimiento todas las imágenes del Antiguo Testamento.
En Él se recibe lo que siempre había sido deseado y jamás había
hallando realización.
Pero Jesús, a
la luz de la profecía (cf. Is 53, 11s.) sufre por la multitud y
demuestra que en Él se cumple la espera del verdadero sacrificio y
del verdadero culto. Él mismo es aquel que, estando delante de Dios,
intercede, no por sí mismo, sino en favor de todos. Esta intercesión
es el verdadero sacrificio, la oración, la acción de gracias a Dios,
en la cual nosotros mismos y el mundo somos restituidos a Dios. La
Eucaristía es, por lo tanto, sacrificio a Dios en Jesucristo para
recibir el don de su amor.
10. Jesucristo
es el Viviente y está en la gloria, en el santuario del cielo donde
ha entrado gracias a la propia sangre (cf. Hb 9,12); se encuentra en
el estado inmutable y eterno del sumo sacerdote (cf. Hb 8,1-2),
“posee un sacerdocio perpetuo” (Hb 7, 24 s), se ofrece al Padre y en
razón de los infinitos méritos de su vida terrena continúa a
irradiar la redención del hombre y del cosmos que en Él se
transforma y recapitula (cf. Ef 1,10). Todo esto significa que el
Hijo Jesucristo es mediador de la nueva alianza para aquellos que
han sido llamados a la herencia eterna (cf Hb 9,15). Su sacrificio
permanece para siempre en el Espíritu Santo, el cual recuerda a la
Iglesia todo lo que el Señor ha realizado como sumo y eterno
sacerdote (cf Jn 14, 26; 16, 12-15). San Juan Crisóstomo advierte
que el verdadero celebrante de la divina liturgia es Cristo: Aquel
que ha celebrado la Eucaristía “ en la última cena, ése mismo es el
que lo sigue haciendo ahora. Nosotros ocupamos el puesto de los
ministros suyos, mas el que santifica y transforma la ofrenda es
Él”.[17] Por lo tanto, “no es una imagen o una figura del
sacrificio, sino un sacrificio verdadero”.[18]
Dios se ha
dignado aceptar la inmolación de su Hijo como víctima por el pecado
y la Iglesia ora para que el sacrificio aproveche para la salvación
del mundo. Hay una identidad plena entre sacrificio y renovación
sacramental instituida en la Cena, que Cristo ha ordenado celebrar
en memoria suya, como sacrificio de alabanza, de acción de gracias,
de propiciación y de expiación.[19] Por lo tanto, a raíz del amor
sacrificial del Señor “la Misa hace presente el sacrificio de la
cruz, no se le añade y no lo multiplica”.[20] Por ello, el acto
prioritario es el sacrificio. Luego viene el convivio en el cual
recibimos como alimento el Cordero inmolado en la Cruz.
El Memorial
del Misterio Pascual
11. Hacer
memoria de Cristo significa ciertamente recordar toda su vida,
porque en la Misa se hacen presente, en cierto modo durante el curso
del año, los misterios de la redención; pero especialmente, según
San Pablo, la humillación (cf. Flp 2), el amor supremo que lo ha
hecho obediente hasta la cruz. Cada vez que comemos su cuerpo y
bebemos su sangre anunciamos su muerte, hasta que Él vuelva (cf. 1
Co 11,26), y también su resurrección (cf. Hch 2,32-36; Rm 10,9; 1 Co
12,3; Flp 2,9-11). De ahí que Él es el Cordero pascual inmolado (cf.
1 Co 5,7-8), que permanece de pie porque ha resucitado (cf. Ap 5,6).
La institución
de la Eucaristía ha comenzado en la última Cena: las palabras que
allí pronuncia Jesús son la anticipación de su muerte; pero también
ésta restaría vacía, si su amor no fuera más fuerte que la muerte,
para llegar a la resurrección. He aquí el motivo por el cual la
muerte y la resurrección son llamadas en la tradición cristiana
mysterium paschale. Esto significa que la Eucaristía es mucho más
que una simple cena; su precio ha sido una muerte que ha sido
vencida con la resurrección. Por ello, el costado abierto de Cristo
es el lugar originario del cual nace la Iglesia y provienen los
sacramentos que la edifican, el bautismo y la Eucaristía, don y
vínculo de caridad (Jn 19,34). Así, en la Eucaristía adoramos al que
estuvo muerto y ahora “vive por los siglos de los siglos” (Ap 1,18).
El Canon Romano expresa esto inmediatamente después de la
consagración: “Por eso, Señor, nosotros, tus siervos, y todo tu
pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de
Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del
lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos, te
ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos
has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna
y cáliz de eterna salvación”.
Durante la
‘cena mística”,[21] en la persona de Jesucristo coexisten como
pasado el Antiguo Testamento, como presente el Nuevo Testamento y
como futuro la inmolación inminente.[22] Con la Eucaristía entramos
en otra dimensión temporal no ya sujeta a nuestras categorías.
Entramos en un tiempo en el cual el futuro, iluminando el pasado, se
nos ofrece como estable presente; por lo tanto, el misterio de
Cristo, alfa y omega, se hace contemporáneo a cada hombre en todo
tiempo.[23] El tiempo se ha abreviado (cf. 1 Co 7,29), esperamos la
resurrección de los muertos y ya vivimos en el cielo: “Este misterio
hace que la tierra se transforme en cielo”.[24]
La Presencia
permanente del Señor
12. En todos
los sacramentos Jesucristo actúa a través de signos sensibles que,
sin cambiar la apariencia, asumen una capacidad de santificar. En la
Eucaristía, Él está presente con su cuerpo y sangre, alma y
divinidad, entregando al hombre toda su persona y su vida. En el
Antiguo Testamento Dios, a través de sus enviados, señalaba su
presencia en la nube, en el tabernáculo, en el templo; con el Nuevo
Testamento, en la plenitud de los tiempos, Él viene a habitar entre
los hombres en el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), siendo realmente
Emanuel (cf. Mt 1,23) habla por medio del Hijo, su heredero (cf. Hb
1,1-2).
San Pablo,
para explicar lo que sucede en la comunión eucarística, afirma: “Mas
el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él” (1 Co
6,17), en una nueva vida que proviene del Espíritu Santo. San
Agustín ha profundamente comprendido esto, pero antes que él Ignacio
de Antioquía y, después, muchos monjes, místicos y teólogos. La
Divina Liturgia es esta presencia de Cristo “que reúne (ekklesiázon)
a todas las criaturas”,[25] las convoca en torno al santo altar y
“providencialmente las une a sí mismo y entre ellas”.[26] Dice San
Juan Crisóstomo: “Cuando estás por acercarte a la Santa Misa, cree
que allí está presente el Rey de todos”.[27] Por ello la adoración
es inseparable de la comunión.
¡Grande es el
misterio de la presencia real de Jesucristo!.[28] Ella tiene para el
Concilio Vaticano II el mismo sentido de la definición tridentina:
con la transubstanciación el Señor se hace presente en su cuerpo y
sangre.[29] Los padres orientales hablan de metabolismo[30] del pan
y del vino en cuerpo y sangre. Son dos modos significativos de
conjugar razón y misterio, porqué, como afirmó Pablo VI, el modo de
presencia de Cristo en la Eucaristía “constituye en su genero el
mayor de los milagros”.[31]
Capítulo II
La Eucaristía:
un don ofrecido a la Iglesia, para develar constantemente
Los Padres y
Doctores de la Iglesia
13. De la
última Cena la Iglesia ha pasado a la Eucaristía, nombre preferido
respecto a los otros: Cena del Señor, Fracción del pan, Santo
Sacrificio y oblación, Asamblea eucarística, Santa Misa, Cena
mística, Santa y Divina Liturgia,[32] para indicar que ella es sobre
todo un dar gracias (del griego eucharistein). Esto explica el hecho
que la Eucaristía comienza a ser celebrada en la mañana del domingo
por los bautizados, mientras quedan excluidos los catecúmenos y los
penitentes. El esquema de la celebración aparece ya delineado en el
evangelio de San Lucas (cf. 24, 25-31): en Emaús, al atardecer del
día de la Pascua, el Señor resucitado aparece a sus discípulos,
ellos lo escuchan en modo cada vez más profundo, hasta que Él se
deja reconocer en la acción de gracias y en la fracción del pan. En
la Traditio Apostolica la Eucaristía es revelación del Padre en el
misterio de su Hijo que redime al hombre y, al mismo tiempo, es
agradecimiento de la Iglesia por esta redención salvífica.[33] En
este texto, considerado uno de los más antiguos testimonios después
de la edad apostólica, se cita repetidamente a la Iglesia, para
subrayar su nexo indisoluble con la Eucaristía, y después de la
consagración, se invoca la presencia del Espíritu Santo, para que
haga digna a la Iglesia de cumplir la ofrenda.
San Ignacio de
Antioquía se refiere en sus escritos a la importancia del compromiso
a recibir frecuentemente la Eucaristía para reforzar la concordia en
la fe y poder vencer las divisiones que provoca Satanás. También
invita a todos a vivir la Eucaristía en la unidad, porqué una es la
carne y la sangre del Señor, uno el altar y el obispo; y además
exhorta a reconocer en la Eucaristía la carne de Jesucristo, que ha
sufrido por los pecados y ha resucitado.[34] La Eucaristía es el
alimento espiritual para la vida eterna, el sacrificio universal
anunciado por el profeta Malaquías, fuente de la verdadera paz.[35]
Es célebre la descripción que hace San Justino de la Eucaristía
dominical, día en el que ha tenido lugar la creación del mundo y la
resurrección de Jesucristo.[36] San Ireneo refiriéndose a la
Eucaristía afirma la realidad de la encarnación, contra el
gnosticismo. Además subraya muchas veces la presencia real de Cristo
en el cuerpo y la sangre, así como la necesidad de nutrirse de ese
Él para que nuestro cuerpo resucite.[37] También Cipriano insiste en
la identidad del pan y del vino con el cuerpo y la sangre de Cristo,
y sobre los efectos de la comunión: la fuerza de los mártires y la
unidad de los cristianos.[38]
14. Con el
reconocimiento oficial de la Iglesia, comenzó la primera reflexión
teológica que determinará la futura doctrina eucarística sobre la
presencia de Cristo, sobre el modo en el cual se realiza y sobre la
dimensión sacrificial. Así lo demuestran las catequesis de los
Padres que precedían, acompañaban y seguían a la iniciación
cristiana. San Gregorio de Nisa, por ejemplo, sostiene que con la
comunión se adhiere al cuerpo de Cristo, mientras que con la fe se
adhiere a su alma[39] y se recibe la inmortalidad. También el obispo
San Cirilo de Jerusalén, aludiendo a San Pedro, recuerda que la
Eucaristía nos hace partícipes de la naturaleza divina.[40] San Juan
Crisóstomo considera la Eucaristía, en el contexto de la iniciación
bautismal, como alimento de la vida recibida y sostén en la lucha
contra Satanás. Particularmente eficaz, en relación a la tensión
escatológica, es esta explicación suya: “Cuando ves al Señor
inmolado y yaciente, al sacerdote que preside el sacrificio y ora, y
a todos bañados en aquella preciosa sangre, ¿piensas que aún estás
entre los hombres y sobre la tierra y, en cambio, no piensas que al
punto has emigrado al cielo? ¿Desechando todo pensamiento carnal, no
ves, con el alma desnuda y la mente pura, lo que hay en el
cielo?”.[41]
El realismo
eucarístico, conjuntamente con la fuerza santificadora de la pasión
y resurrección de Jesucristo, así como también la epíclesis que
lleva a la unidad cuantos hacen la comunión eucarística,
caracterizan la reflexión doctrinal y ritual de Teodoro de
Mopsuestia.[42] También para él la vida bautismal se nutre de la
Eucaristía. Para San Ambrosio la Eucaristía está entre la economía
del Antiguo Testamento y la escatología;[43] además, las palabras de
Jesús pronunciadas por el sacerdote, a través de las cuales Él
ofrece y es ofrecido al Padre, prueban su presencia real. Varios
Padres comienzan a reflexionar sobre la transformación de la
sustancia del pan y del vino. En San Agustín, a propósito de la
Eucaristía, prevalecen las reflexiones sobre su realismo y sobre sus
símbolos,[44] sobre el nexo con la Iglesia-cuerpo (Christus Totus)[45]
y sobre el valor sacrificial del Sacramento.[46]
15. La
Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo. Esto, afirma
Santo Tomás de Aquino, lo diferencia de los otros sacramentos.[47]
El término representar, por él utilizado, indica que la Eucaristía
no es un devoto recuerdo, sino la presencia efectiva y eficaz del
Señor muerto y resucitado, que desea alcanzar a cada hombre.[48] La
significación del Sacramento es triple: “Una, respecto del pasado,
en cuanto es conmemoración de la pasión del Señor, que fue verdadero
sacrificio ... y así se llama ‘sacrificio’. La segunda, respecto al
presente, y es la unidad eclesiástica, de la que por él participan
los hombres ... La tercera, en relación con lo futuro, por
prefigurar este sacramento la fruición de Dios, que tendremos en la
patria”.[49] En el oficio del Corpus Domini nos ha dejado la célebre
antífona que propone líricamente ese mismo significado: “O Sacrum
Convivium, in quo Christus sumitur, recolitur memoria passionis eius,
mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur”.
También San
Buenaventura ha contribuido a la teología de la Eucaristía,
insistiendo sobre el espíritu de piedad necesario para unirse a
Cristo. Él recuerda que en la Eucaristía, además de las palabras de
la última Cena, se realiza la promesa del Señor: “yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).[50] En
el Sacramento Él está real y verdaderamente presente en la Iglesia.
El sacramento
de la unidad y de la santidad de la Iglesia
16. La
Eucaristía revela también la naturaleza de la Iglesia una, santa,
católica y apostólica, tanto a nivel local como universal. La
reciente encíclica del Papa Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia,
constituye un acto de magisterio iluminador para la comprensión de
la relación entre la Eucaristía y la Iglesia. La grandeza y la
belleza de la Iglesia católica consisten exactamente en el hecho que
ella no permanece inmóvil en una época o en un milenio, sino que
crece, madura, penetra más profundamente en el misterio, lo propone
entre las verdades que deben creerse y en la liturgia que se
celebra. También en esto se observa que en ella continúa a existir
la única Iglesia de Cristo.
San Agustín
explicaba la Eucaristía a los neófitos durante la noche pascual con
estas palabras: “Debe quedar claro lo qué habéis recibido. Escuchad
pues, brevemente, lo que dice el Apóstol o, mejor aún, Cristo por
medio del Apóstol, sobre el sacramento del cuerpo del Señor: ‘Uno
sólo es el pan, nosotros somos un cuerpo sólo aún siendo muchos’. He
aquí: esto es todo; os lo he dicho rápidamente; pero, vosotros no
contad las palabras, pesadlas!”.[51] En esta frase del Apóstol
existe, según el santo obispo de Hipona, la síntesis del misterio
que ellos reciben.
Pero, desde
los orígenes de la Iglesia se puede constatar la resistencia a esta
realidad de parte de cuantos preferían más bien encerrarse en el
propio círculo (cf. 1 Co 11, 17-22); sin embargo, la Eucaristía, a
causa de su eficacia unificadora[52] ha siempre conservado el
sentido de convocación, de superación de las barreras, de conducción
de los hombres a una nueva unidad en el Señor. La Eucaristía es el
sacramento con el cual Cristo nos une a sí en un solo cuerpo y hace
santa a la Iglesia.
La
apostolicidad de la Eucaristía
17. El Señor
ha dejado los sacramentos a los Apóstoles. Así, la Iglesia, los ha
recibido y desde hace dos mil años los transmite con la misma fe
apostólica. Desde el día de la ascensión, la Iglesia mantiene la
mirada fija en el Señor, que ha dicho “Nadie ha subido al cielo sino
el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3,13). Cristo
resucitado ha subido al cielo con su cuerpo de carne y glorioso,
pero se ha quedado en la tierra en su cuerpo místico que es la
Iglesia, en sus miembros (cf. 1 Co 12,5) y en los sacramentos,
especialmente en la Eucaristía. Él había preanunciado: “si no me
voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7), que había hecho
posible el Corpus Verum en la encarnación y que habría dado vida al
Corpus Mysticum de la Iglesia.
La
apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia no constituye una
noticia meramente histórica, sino la manifestación permanente que
Cristo es contemporáneo a cada hombre y en todo tiempo,[53] y se
refiere a nuestro misterio de comunión. La encíclica Ecclesia de
Eucharistia cita la incisiva afirmación de Agustín: “(vosotros)
recibís el misterio que sois vosotros”.[54] Esta presencia,
consecuencia de la Encarnación, es, por eso mismo, el misterio de la
fe. En esto se revela también el misterio de la Iglesia, que en la
celebración eucarística, llena de asombro,[55] es llevada a
contemplar: Ave verum Corpus, natum da Maria Vergine.
18. El
Concilio Vaticano II ha afirmado que, a través de la obra de la
redención presente en el Sacramento del altar, crece la Iglesia.[56]
Pablo VI recuerda que en el Misal Romano está la prueba de la
tradición ininterrumpida de la Iglesia romana y “la teología del
misterio eucarístico”.[57] El Papa Juan Pablo II, después de haber
insistido en el vínculo inseparable entre Eucaristía e Iglesia con
el conocido aforismo ‘la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia
hace la Eucaristía’, afirma que cuanto se profesa de la Iglesia una,
santa, católica y apostólica en el Símbolo
niceno-constantinopolitano se debe aplicar a la Eucaristía y sobre
todo a la apostolicidad[58] “no porque el Sacramento no se remonte a
Cristo mismo, sino porque....la Iglesia celebra la Eucaristía ....
en continuidad con la acción de los Apóstoles”.[59] Además, “la
sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral conlleva
necesariamente el sacramento del Orden”.[60] Así vivida, la nota
apostólica de la Iglesia es intrínseca a la comunión profunda del
cuerpo místico y causa de transformación interior. Esto ayuda a
comprender mejor aún el hecho que la Eucaristía es ‘don y misterio’,
“que supera radicalmente la potestad de la asamblea”;[61] no es la
comunidad a dárselo desde su interior, sino que viene a la comunidad
desde lo alto. Ello es subrayado con fuerza por el hecho de la
ordenación del ministro, que la Iglesia da a una comunidad local,
para que él pueda celebrar.
Por lo tanto,
“es necesario no olvidar que, si la Iglesia hace la Eucaristía, la
Eucaristía hace a la Iglesia, a tal punto, que se transforma en
criterio para confirmar la recta doctrina.”.[62] También por este
motivo la Eucaristía es un don para descubrir personalmente, como
comunión con Cristo, profundidad del misterio y verdad existencial.
La catolicidad
de la Eucaristía
19. No menos
importante es la catolicidad de la Eucaristía, es decir su relación
con la Iglesia universal y local. La comunión, palabra que “no es
casualidad .... se haya convertido en uno de los nombres específicos
de este sublime Sacramento”,[63] indica también la naturaleza de la
Iglesia. Si es verdad que la Iglesia “vive y crece
continuamente”[64] con la Eucaristía y en ella se expresa, también
es cierto que su celebración “no puede ser el punto de partida de la
comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla
a perfección”.[65] El Concilio Vaticano II recuerda que la comunión
católica se expresa en los ‘vínculos’ de la profesión de fe, de la
doctrina de los Apóstoles, de los sacramentos y del orden
jerárquico.[66] Ella exige, por lo tanto, “un contexto de integridad
de los vínculos, incluso externos, de comunión”,[67] especialmente
el bautismo y el orden sagrado. La Eucaristía como sacramento se
encuentra entre estos vínculos necesarios, mas para que sea
visiblemente católica debe ser celebrada una cum Papa et Episcopo,
principios de unidad visible universal y particular. Es una
“exigencia intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico”,
que “por el carácter mismo de la comunión eclesial, .... aún
celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca
celebración de esa sola comunidad,” sino “imagen y verdadera
presencia de la Iglesia una, santa, católica y apostólica”.[68]
20. En los
primeros siglos de difusión del cristianismo se daba la máxima
importancia al hecho que en cada ciudad existiera un solo obispo y
un solo altar, como expresión de la unidad del único Señor. Él se da
en la Eucaristía todo entero en cada lugar y, por ello, allí donde
es celebrada, la Eucaristía hace plenamente presente el misterio de
Cristo y de la Iglesia. En efecto, Cristo, que es en cada lugar un
único cuerpo con la Iglesia, no puede ser recibido en la discordia.
Precisamente porque el Cristo es indivisible e inseparable de sus
miembros, la Eucaristía tiene sentido sólo si es celebrada con toda
la Iglesia.
Pablo VI, en
la Constitución apostólica Missale Romanum del 1969, manifestaba el
deseo que el misal, renovado según las normas del Concilio Vaticano
II, fuera acogido como medio para testimoniar y afirmar la unidad de
todos y expresar, en la variedad de los idiomas, ‘una sola e
idéntica oración’. Aquí se encuentra el sentido de la observancia de
las normas litúrgicas y canónicas relativas a la Eucaristía. La
Iglesia, cuando dicta las normas sobre la Eucaristía, considera la
orden de Jesús a los Apóstoles de preparar la Pascua (cf. Lc 22,12)
como un mandato dirigido a ella misma.
En
consecuencia: “La íntima relación entre los elementos invisibles y
visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como
sacramento de salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la
celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación
en la misma. Por tanto, resulta una exigencia intrínseca a la
Eucaristía que se celebre en la comunión y concretamente, en la
integridad de todos los vínculos”.[69]
Capítulo III
La Eucaristía:
Misterio de Fe proclamado
El Magisterio
de la Iglesia católica
21. La
tradición apostólica y patrística de oriente y de occidente es la
fuente primaria, de la cual se nutre el magisterio conciliar y
pontificio de la Iglesia católica, para definir la fe en la
Eucaristía y para responder a las desviaciones doctrinales y
pastorales que una y otra vez se han presentado.
El Concilio de
Trento, especialmente en tres decretos, ha definido la doctrina
eucarística después de la Reforma protestante, preocupándose
particularmente por la presencia verdadera, real y substancial del
Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, bajo las especies
del pan y del vino. También ha afirmado que el cuerpo del Señor está
presente no sólo en el pan sino también en el vino y que su sangre
está presente no sólo en el vino sino también en el pan. Además, en
ambas especies el Señor Jesucristo está presente también con su alma
y con su divinidad. Por lo tanto, Cristo, Verbo del Padre, verdadero
Dios y verdadero hombre, está presente todo entero bajo las dos
especies y en cada parte de ellas.[70] El mismo concilio define
también la transubstanciación,[71] el modo de recibir la
comunión[72] y la relación entre el sacrificio incruento de la Misa
y el sacrificio cruento de la cruz.[73] Igualmente ha afirmado que
sería delictuoso e indigno entender en modo figurado, tipológico y
metafórico, las palabras de la institución y el mandato de hacer
memoria de ellas.[74] Por otra parte, la institución del sacrificio
eucarístico hace presente el sacerdocio de Cristo, mientras la
fuerza redentora de la cruz concede a los hombres el perdón de los
pecados, para los vivos y para los difuntos.[75]
La naturaleza
sacrificial de la Misa, profundizada por la Mediator Dei de Pío XII,[76]
es confirmada por el Concilio Vaticano II: Cristo es el único
sacerdote; los ministros obran en su nombre, hacen presente el único
sacrificio del Nuevo Testamento que regenera continuamente la
Iglesia en la espera de su venida;[77] ellos, válidamente
ordenados,[78] obran in persona Christi.[79]
La naturaleza
de la Eucaristía
22. El
Concilio Vaticano II, partiendo de la doctrina tridentina sobre la
Eucaristía, explica los diversos modos de la presencia de Cristo,
mientras ilustra específicamente las diversas características de la
presencia eucarística.[80] Así, la obra de la redención, cumplida de
una vez para siempre por Jesucristo, continúa a extender sus efectos
cada vez que sobre el altar se hace memoria del sacrificio de la
cruz, en el cual Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.[81] En
cuanto a los efectos sacramentales, la Eucaristía completa la
edificación de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y la hace crecer;[82]
por lo tanto, tiene efectos salvíficos sobre los miembros de la
Iglesia, confiriendo a ellos la gracia de la unidad y de la caridad,
puesto que la Eucaristía es alimento espiritual del alma, antídoto
contra el pecado, inicio de la gloria futura y fuente de santidad.
Pablo VI ha
confirmado en la encíclica Mysterium fidei que la Misa es siempre
una acción de Cristo y de la Iglesia, aún cuando sea celebrada
excepcionalmente en privado, es decir, sólo por el sacerdote. Cristo
no está presente en modo espiritual o simbólico, sino realmente, en
la Eucaristía, que es fuente de unidad de la Iglesia, su cuerpo.[83]
Según la fe que la Iglesia ha profesado desde el principio, la
Eucaristía, diversamente de los otros sacramentos, es “la carne de
nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros
pecados, la misma que, por su bondad, fue resucitada por el
Padre”.[84] En lo que se refiere a la transubstanciación de las
especies, además de la encíclica, la Profesión de fe de Pablo VI
confirma el vínculo causal con la presencia: Cristo se hace presente
en la Eucaristía por una conversión de toda la sustancia de las dos
especies.[85]
La enseñanza
de Pablo VI profundiza el argumento de la transubstanciación
declarando que después de esta mutación substancial, las dos
especies “adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que
contienen una nueva realidad que con razón denominamos
ontológica”.[86]
La Eucaristía
y la encarnación del Verbo
23. Jesús es
el Hijo de Dios corporalmente presente en medio de los hombres. Esto
no sólo ha sido afirmado por Él, sino también ha sido atestiguado
concordemente por el Espíritu Santo y por el Padre, especialmente en
el bautismo y en la transfiguración. El Señor está presente
cotidianamente, “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20),
a través de las épocas históricas. Esta presencia, que tiene su
origen en el Padre y que es continuamente referida a Él, se hace
contemporánea para cada hombre en todos los tiempos, gracias al
Espíritu. La plenitud divina del Verbo de la vida estaba en la
humanidad de Jesús de Nazaret. Después de su ascensión (cf. Mc
16,19-20; Lc 24,50-53; Hch 1,9-14) permanece en el misterio de la
Eucaristía, sacramento máximo de la Presencia de Dios ante el
hombre. La ascensión, en efecto, no significa la desaparición de
Cristo en un cielo cerrado; la apertura del cielo alude a un modo de
retorno: “Por eso, ... el hijo del hombre se mostró Hijo de Dios de
una manera más excelente y misteriosa cuando fue recibido en la
gloria de la majestad paterna, y comenzó, de un modo más inefable, a
ser más presente por su divinidad al alejarse más su humanidad ...
Cuando subiré al Padre, entonces me tocaréis más perfecta y
verdaderamente”.[87] Por lo tanto, a partir de la ascensión,
Jesucristo no está ausente en el mundo, sino presente en un modo
nuevo.
Cristo había
dicho: “no me volveréis a ver hasta que digáis: Bendito el que viene
en nombre del Señor” (Mt 23,39). El cáliz de la bendición fue tomado
nuevamente en las manos de los apóstoles, después que Él retornó
resucitado en medio a ellos; desde aquel momento la Iglesia, cuando
se reúne, siempre lo aclama como ‘bendito’ y en la liturgia, después
del triple Santo, agrega: Bendito el que viene en nombre del Señor.
24. En
consecuencia, la fe cristiana no consiste en creer en la existencia
de Dios o de la persona histórica de Jesús, sino en el hecho que, en
Él el Verbo de Dios se ha hecho carne y continúa a habitar entre
nosotros. Al comienzo de su vida terrena, con un cuerpo mortal de
propiedades vinculadas al espacio y al tiempo, después, con un
cuerpo resucitado no ya vinculado a ellas. Por este motivo, el
Resucitado entra mientras las puertas están cerradas, supera en un
instante distancias considerables, para hacerse conocer, oír, ver y
tocar por los suyos. A partir del momento de la resurrección y de la
ascensión su presencia es una realidad nueva.
Esta
metodología de Dios, que atraviesa la historia llegando a cada
hombre, es presentada en la primera carta de San Juan: “Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida, ... os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros” ( 1 Jn 1,1-3). Y San
Ambrosio comenta: “... probamos la verdad del misterio con el mismo
misterio de la encarnación. ¿Acaso fue seguido el curso ordinario de
la naturaleza cuando el Señor Jesús nació de María?... Entonces,
aquello que nosotros presentamos es el cuerpo nacido de la Virgen
... Es la verdadera carne de Cristo que fue crucificada y sepultada.
Es, por lo tanto, verdaderamente el sacramento de su carne”.[88]
Por esta
razón, la verdad y la realidad de la encarnación del Verbo es el
fundamento del Cuerpo eucarístico y del Cuerpo eclesial,[89] de la
doctrina eucarística y de la teología sacramental. San Hilario
afirmaba que “verdaderamente la Palabra se ha hecho carne (cf. Jn 1,
14) y nosotros recibimos verdaderamente la Palabra hecha carne como
alimento del Señor”.[90] De ahí que el Papa Juan Pablo II recuerda:
“La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está
al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en
la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su
cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se
realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las
especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.”[91]
Luces y
sombras en la comprensión del Don
25. El
magisterio del Papa y de los obispos, después del Concilio Vaticano
II, ha intervenido en diversas ocasiones para alentar la aplicación
de la reforma litúrgica y para evaluar sus resultados. En la
encíclica Ecclesia de Eucharistia, el Papa Juan Pablo II, después de
haber señalado entre las luces, principalmente la participación de
los fieles en la liturgia, “con profundo dolor” indica también las
sombras: en algunos lugares el descrédito del culto de adoración
eucarística y los abusos “que contribuyen a oscurecer la recta fe y
la doctrina católica sobre este admirable Sacramento”.[92] Es
necesario distinguir la luz de la Eucaristía como sacramento, de las
sombras que son obra de los hombres. Por ejemplo, en la catequesis y
en la praxis eucarística se notan insistencias unilaterales sobre el
carácter convival de la Eucaristía, sobre el sacerdocio común, sobre
el anuncio retenido eficaz sólo por sí mismo, sobre los ritos
eucarísticos ecuménicos contrarios a la fe y a la disciplina de la
Iglesia.
En el respeto
de las tradiciones rituales, es necesario recuperar la unidad
integral del misterio eucarístico, que comprende: la palabra de Dios
proclamada, la comunidad reunida con el sacerdote celebrante in
persona Christi, la acción de gracias a Dios Padre por sus dones, la
transubstanciación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del
Señor, su presencia sacramental causada por la palabra de Jesús que
consagra, el ofrecimiento al Padre del sacrificio de la cruz, la
comunión con el cuerpo y la sangre del Señor resucitado. Dice el
Papa: “El Misterio eucarístico - sacrificio, presencia, banquete -
no consiente reducciones ni instrumentalizaciones, debe ser vivido
en su integridad... Entonces es cuando se construye firmemente la
Iglesia y se expresa realmente lo que es”.[93]
26. La
encíclica aclara todavía: “La Iglesia vive continuamente del
sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un
recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que
este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en
cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado”.[94]
La Eucaristía contiene la energía del Espíritu que se trasmite al
hombre en la comunión y en la adoración del Señor realmente
presente.
La vida de la
gracia se transmite a través de los signos sensibles en cada
sacramento, pero con más evidencia en la Eucaristía. La Iglesia no
se da la vida ni se edifica a sí misma; ella vive de una realidad
que la precede, es decir, que “la acción conjunta e inseparable del
Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de
su constitución y de su permanencia, continúa en la Eucaristía”.[95]
Por lo tanto, la Iglesia no nace desde abajo, porque la communio es
gracia, don que viene desde lo alto.
“La Iglesia ha
recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don
entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por
excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa
humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada
al pasado, pues ‘todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció
por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos
los tiempos’...”.[96]
La Eucaristía,
signum unitatis
27. “Os
congregáis ... en unánime fe y en Jesucristo - dice San Ignacio de
Antioquía - ... rompiendo un solo pan, que es medicina de
inmortalidad”.[97] Para San Juan Crisóstomo “es ésta la unidad de la
fe: cuando todos somos una cosa sola, cuando todos juntos
reconocemos lo que nos une”.[98] La unidad de la fe recibida en el
bautismo es el presupuesto para ser admitidos en la unidad de la
divina Eucaristía, porque con ella entramos en comunión con Aquel
que creemos consubstancial al Padre, según la fe que profesamos en
Él. ¿Cómo sería entonces posible comulgar con Cristo junto con
personas que, en relación a Él, tienen un credo diverso? Seríamos
reos del cuerpo y sangre del Señor (cf. 1 Co 11,27). La Iglesia, que
es madre, advierte el dolor y el amor por cada hombre, no creyente,
catecúmeno, lejano de la fe, pero no tiene el poder de dar la
comunión a los no bautizados, ni a los heterodoxos, ni a los
inmorales”.[99]
Recibiendo el
único Pan, entramos en esta única vida y nos transformamos así en un
único Cuerpo del Señor. Fruto de la Eucaristía es la unión de los
cristianos, antes dispersos, en la unidad del único pan y del único
cuerpo. Y por esta misma razón la Eucaristía puede ser recibida sólo
en unidad con toda la Iglesia, superando toda separación religiosa o
moral.[100]
28. En esta
perspectiva deberíamos tratar acerca de la llamada intercomunión con
la debida humildad y paciencia. En vez de ciertos experimentos que
quitan al misterio su grandeza, reduciendo la Eucaristía a un
instrumento en nuestras manos, es preferible disponerse, en la
oración común y en la esperanza, a “respetar las exigencias que se
derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión
apostólica”.[101]
Con las
Iglesias ortodoxas compartimos la misma fe eucarística, porque ellas
tienen verdaderos sacramentos.[102] Por ello, en ciertos casos la
comunión eucarística es posible.[103] Sin embargo, debe prestarse
especial atención a la relación entre hospitalidad eucarística y
proselitismo. También algunas comunidades eclesiales de la Reforma,
sobre todo luteranas, creen en la presencia de Cristo durante la
celebración, pero a raíz de la falta del sacramento del orden, no
han conservado la genuina e integra sustancia del misterio
eucarístico.[104] Hay acercamientos, pero no existe todavía un pleno
consenso. En consecuencia, sólo en casos de necesidad espiritual un
miembro no católico bien preparado, es decir que profese la misma fe
en la Eucaristía, puede acercarse a ella; mientras un católico puede
hacerlo sólo si el ministro está validamente ordenado.[105]
Capítulo IV
La Liturgia de
la Eucaristía
El centro de
la liturgia cósmica
29. La
encarnación del Señor y su ascensión han hecho posible la
comunicación entre el cielo y la tierra, prefigurada en la visión de
la escalera de Jacob (cf. Gn 28,12) e preanunciada por el mismo
Cristo (cf. Jn 1,51). El Apocalipsis, con el altar del Cordero en el
centro de la Jerusalén que desciende desde el cielo sobre la tierra,
es el arquetipo del culto cristiano: adoración a Dios de parte del
hombre y comunión del hombre con Dios.[106] El Canon Romano en la
invocación Supplices te rogamus menciona “el altar del cielo”,
porque desde allí desciende la gracia de Aquel que es el Resucitado
y el Viviente, cumpliéndose así el maravilloso intercambio que salva
al hombre.
Cristo es el
catholicus Patris sacerdos,[107] a través de cuya humanidad el
Espíritu Santo transmite la vida divina al creado y al hombre,
llevándola a la perfección. La naturaleza humana de Cristo es fuente
de salvación, Él es el supremo liturgo y sacerdote. Según los
orientales, la presencia de la Trinidad confiere a la sináxis
eucarística la característica de una alianza entre la tierra y el
cielo: “la morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3). Dice San
Dionisio el Areopagita que Dios “es llamado belleza ... porque llama
(kaleí) a sí todas las cosas ... y todas las recoge (synagheí)
uniéndolas”.[108] Los términos griegos son sinónimos de la
convocación eclesial. La presencia de Cristo, allí donde se reúnen
los fieles para la Eucaristía, hace de la tierra un cielo: “Este
misterio transforma para ti la tierra en cielo ... Te mostraré en
efecto, sobre la tierra lo que en el cielo existe de más venerable
...No te muestro a los ángeles ni a los arcángeles, sino al mismo
Señor de ellos ...”.[109]
Por lo tanto,
en la celebración de la Eucaristía se puede “experimentar
intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí,
cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de
una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto
sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra.
Abarca e impregna toda la creación”.[110]
Cuando la
Eucaristía es válidamente celebrada
30. El
sacramento es “un signo sensible de la realidad sagrada y una forma
visible de la gracia invisible”.[111] No debe parecer obsoleta esta
definición del concilio de Trento, porque sirve todavía para
recordar los elementos que forman necesariamente parte también del
sacramento eucarístico: el ministro, los que lo reciben y el gesto
sensible.
En cuanto a
los elementos, el gesto de la Eucaristía es posible sólo con el pan,
con el vino y algunas gotas de agua, que expresan la unión del
pueblo santo con el sacrificio de Cristo,[112] aún cuando, para la
validez del gesto, el agua no es necesaria.[113] En cuanto a la
fórmula, para la fe católica, son esenciales y necesarias sólo las
palabras de la consagración.[114] El ministro es el sacerdote
válidamente ordenado.[115] En modo válido pueden recibir la
Eucaristía sólo los bautizados, a los cuales, según la tradición
latina, se pide el uso de la razón, con la finalidad de conocer, en
la medida en que sea posible, los misterios de la fe y acercarse a
ellos con recta intención y devoción. Se pide también el estado de
gracia, que después del pecado mortal, se obtiene con la confesión
sacramental.[116]
De todo esto
se comprende que la liturgia no es una propiedad privada que puede
ser subordinada a la propia creatividad, ya sea en las celebraciones
comunitarias como también en aquellas con pocos fieles o simplemente
sin ellos.[117] La forma de la Misa concelebrada por varios
ministros, en la cual se manifiesta elocuentemente la unidad del
sacerdocio, del sacrificio y del pueblo de Dios, está reglamentada
en el rito romano por normas precisas.[118] En los ritos orientales,
como alta expresión de unidad, la concelebración es desaconsejada
“en particular cuando el número de los concelebrantes es
desproporcionado con respecto al de los fieles laicos
presentes”.[119]
31. El
capítulo I de la Instructio Generalis Missalis Romani, refiriéndose
a la “importancia y dignidad” de la celebración eucarística, declara
que ella, en cuanto acción de Cristo y del pueblo de Dios
jerárquicamente ordenado, es el centro de toda la vida cristiana
para la Iglesia universal, para la iglesia local y individualmente
para los fieles. Los principales “elementos y partes de la
Misa”,[120] en gran parte comunes a todos los ritos de oriente y de
occidente, muestran el profundo simbolismo y la dimensión pastoral
de la Eucaristía, que no permiten ni las interpretaciones parciales
o erradas de la llamada creatividad litúrgica, ni la crítica de lo
que es legítimo.
El acto
penitencial
32. Propio del
rito romano, el acto penitencial tiene como objetivo predisponer a
escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.
En los ritos bizantino, armenio y sirio-antioqueno existen oraciones
preparatorias del sacerdote, junto a gestos de purificación
(lavatorio, incienso), que son propios también de los ritos
maronitas, caldeo y copto. Las fórmulas propuestas por el Misal
Romano favorecen el reconocimiento de nuestro estado de pecadores,
el discernimiento para la contrición del corazón y hacen sentir más
evidentemente el deseo del perdón de Dios y de los hermanos. No se
puede hablar de un examen de conciencia, que requiere tiempo y
profunda reflexión personal y es una condición de la confesión
sacramental. El acto penitencial se concluye con la invocación de la
misericordia de Dios.[121]
La Palabra de
Dios y el Símbolo de la fe
33. En la
primera parte de la Misa, según los ritos orientales, se vive el
misterio de la encarnación del Verbo, que entra en el mundo, para
hacerse escuchar y para alimentar al hombre. Con el alimento y la
bebida eucarísticos, como dice la Didaché, se nos ofrece y recibimos
el conocimiento de Dios.[122]
El Evangelio
tiene por objeto la Palabra, el Verbo, el anuncio gozoso (euangélion):
Dios ha descendido a la tierra para darnos el alimento que no
perece. La Eucaristía nos hace amigos de Cristo, que es la Sabiduría
de Dios. ¡Es el ‘Evangelio de la esperanza’![123]
Como respuesta
a este anuncio, después de la homilía, para los latinos y los
armenios, o después del traslado de los Dones para los bizantinos y
los otros orientales, se proclama el ‘símbolo de la fe’.[124] Éste
no puede ser interpolado ni cambiado: es una de las condiciones
necesarias para acercarse a la Eucaristía, porque la mesa de la
Palabra y la de la Eucaristía[125] son una única mesa del único
Señor, y exigen “un solo acto de culto”.[126]
La
presentación de los Dones
34. En el rito
romano la liturgia eucarística comienza con la preparación de los
dones. En este momento desempeñan una parte importante los fieles
laicos, que llevan el pan y el vino hasta el presbiterio, donde el
sacerdote los recibe para ofrecerlos a Dios Padre. Se admite también
la posibilidad de ofrecer otros dones, cuya finalidad es ayudar a
los pobres o a otras iglesias. La presentación del pan y del vino,
junto con los dones destinados a la caridad, subraya el fuerte
vínculo que existe entre la Eucaristía y el precepto del amor. Sin
embargo, la liturgia dispone que el pan y el vino sean colocados
directamente sobre el altar, mientras los otros dones no deben ser
apoyados sobre la mesa eucarística, sino fuera de ella y en un lugar
adecuado; tal disposición pretende expresar la debida veneración
hacia los elementos que luego se convertirán en el cuerpo y sangre
del Señor.[127]
En la liturgia
bizantina se pone sobre el altar, además del mantel, un lino sacro,
en el cual está representado el descendimiento de Cristo de la cruz;
allí se colocan los dones, que se transformarán en el cuerpo y la
sangre del Señor, con un gesto que simboliza la pasión inmaculada
del Señor y su sepultura.[128] El sacerdote, para ser digno de
ofrecerlos por sí mismo y por los pecados del pueblo, después del
“Gran Ingreso” dirige al Padre una súplica. Él debe ser ajeno al
pecado (amartía); “no por naturaleza, sino ... por la dignidad del
sacerdote”.[129] Después tiene lugar la incensación de los santos
Dones, prefiguración de descendimiento del Espíritu Santo sobre
ellos[130] y de la oración de adoración que, en Cristo, asciende al
Padre. La preparación y presentación de los dones no es simplemente
un momento funcional, sino una parte integrante y altamente
simbólica del Sacrificio.
La Plegaria
eucarística
35. El
sacerdote, o el diácono en los ritos orientales, introduce la
plegaria eucarística con la invitación: “levantemos el corazón”. En
las Constituciones Apostólicas se dice: “Dirigiéndose al Señor, con
temor y temblor permanecemos de pie para ofrecer la oblación”.[131]
El diálogo sirve, dice San Juan Crisóstomo, “para que podamos
presentar erguida - de pie - nuestra alma delante de Dios,
eliminando la postración provocada por los quehaceres de la vida
cotidiana .... Piensa junto a quién estás, en compañía de quién te
preparas a invocar a Dios: en compañía de los Querubines... Ninguno
participe pues en el canto de esos himnos sacros y místicos con un
fervor relajado... Mas cada uno, extirpando del propio espíritu todo
lo que pertenece a la tierra y transfiriéndose enteramente al cielo,
como si se encontrara junto al mismo trono de la gloria y volara
junto a los Serafines, ofrezca de este modo el himno santísimo al
Dios de la gloria y de la magnificencia. He aquí porqué se nos
exhorta a estar bien dispuestos en ese momento..., es decir, a estar
con ‘temor y temblor’ (Flp 2,12), con un alma despierta y
vigilante”.[132]
Esta misma
elevación es significada por la palabra anáfora: la acción de los
creyentes de levantar en alto los corazones.[133] Los Dones no son
llevados sólo al altar terreno, sino levantados hasta el altar del
cielo y esto debe realizarse en paz, en el espacio de la
imperturbable paz del cielo.[134] Además, el sacrificio se ofrece
con una única finalidad: el amor y la misericordia. Esto lo hace
agradable al Señor. Es sacrificio de alabanza porque exalta el amor
del Señor.[135]
36. Los fieles
se unen respondiendo: “Es justo y necesario”. Observa San Juan
Crisóstomo: “La acción de gracias, la Eucaristía, es un acto común:
no agradece, en efecto, sólo el sacerdote, sino todo el pueblo. Toma
primero la palabra el sacerdote; los fieles expresan, inmediatamente
después, el propio consenso: Es cosa digna y justa. Sólo entonces el
sacerdote comienza la acción de gracias, la Eucaristía”.[136] Así se
expresa la participación del pueblo de Dios, su peregrinar hacia la
Iglesia celestial, que culmina en el Sanctus, el himno de la
victoria (epiníkio), fusión del himno angélico en la visión de
Isaías y de la aclamación del pueblo de Jerusalén al Señor que
entraba en la Ciudad Santa para cumplir voluntariamente su pasión.
Al final de la
anáfora los fieles responden con el Amen a la doxología trinitaria y
“con esta aclamación se apropian de todas las expresiones del
sacerdote”.[137]
La institución
de la Eucaristía
37. El Señor
en la vigilia de su pasión tomó el pan, dio gracias, lo partió .....
y dijo. El mandato “Haced esto en conmemoración mía”, dirigido a los
Apóstoles, que en la Cena mística representan a toda la Iglesia,
comenzando por sus sucesores, se refiere a todo el acto eucarístico.
Su punto culminante está en la conversión del pan y del vino en el
cuerpo y la sangre del Señor, y en la fe en sus palabras.
Desde sus
orígenes la Iglesia cumple solemnemente los gestos del Señor,
considerándolos individualmente para meditarlos uno por uno, como
para aprender siempre de nuevo el significado de ellos: la
presentación de los Dones, la consagración, la fracción y
distribución de la Comunión.[138] Por ello, las palabras “Tomad y
comed” no incluyen simultáneamente el gesto de la fracción de la
hostia; en tal caso debería tener lugar enseguida la comunión. Por
el contrario, en este momento altamente místico, la liturgia indica
que el celebrante debe inclinarse y proferir las palabras con voz
clara, no alta, para que sea favorecida la contemplación, como hace
el Obispo en el Jueves Santo cuando exhala sobre el crisma. El
celebrante “en su actitud y en su modo de pronunciar las palabras
divinas debe insinuar a los fieles la presencia viva de
Cristo”.[139] En este momento, en efecto, se cumple el Sacrificio
sacramental.[140]
La epíclesis
sobre los Dones consagrados
38. En los
primeros siglos, una invocación acompañada por el gesto de las manos
extendidas (epíclesi), para la santificación y la transformación del
pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor, era dirigida al
Padre antes de la consagración, para que enviara el Espíritu Santo.
El fundamento de esta oración se encuentra en las palabras
pronunciadas por el Señor después de haber instituido el misterio:
“Cuando venga el Paráclito,...Él dará testimonio de mi...y os
recordará todo lo que yo os he dicho...Él me dará gloria” (Jn 15,26;
14,26; 16,14). A causa de las controversias sobre la divinidad del
Espíritu Santo, entre los siglos IV y V, fue propuesta la epíclesis,
como lo atestiguan algunas tradiciones litúrgicas. La mayor parte de
las anáforas la conserva en su puesto original, como el Canon
Romano, que pide al Padre que envíe el Espíritu, “el poder de su
bendición”.[141]
Los Padres,
que han sostenido la importancia de la epíclesi al Espíritu,
consideraban que ésta debía estar unida a las palabras de la
institución para que el signo sacramental se cumpliera. En efecto,
las palabras del Señor son espíritu y vida (cf. Jn 6,63). Él obra
conjuntamente con el Espíritu Santo y es el único que consagra la
Eucaristía y que dispensa el Espíritu. De todos modos, el Concilio
de Trento ha establecido que la epíclesis no es indispensable para
la validez de la Eucaristía.[142]
Como indica
San Ambrosio: “... ¿qué decir de la bendición de Dios, en la cual
actúan las mismas palabras del Señor y Salvador? Puesto que este
sacramento que tu recibes se cumple con la palabra de Cristo ... La
palabra de Cristo, por lo tanto, que ha podido crear desde la nada
aquello que no existía, ¿no puede cambiar las cosas que son en lo
que no eran? En efecto, no es menos difícil dar a las cosas una
existencia que cambiarlas en otras ... El mismo Señor Jesús
proclama: ‘Esto es mi cuerpo’. Antes de la bendición de las palabras
celestiales la palabra indica un particular elemento. Después, de la
consagración ya designa el cuerpo y la sangre de Cristo. Él mismo la
llama su sangre. Antes de la consagración se llamaba con otro
nombre. Después de la consagración es llamada sangre. Y tu dices:
‘Amén’, es decir, ‘así es’”.[143]
La Iglesia de
los santos en la Eucaristía
39. En la
Divina Liturgia se hace memoria de aquellos en quienes Cristo vive.
San Dionisio el Areopagita dice: “Está presente, inseparablemente,
la multitud de los santos, que demuestra cómo ellos están
indivisiblemente unidos a Él con una unión sobrehumana y
sagrada”.[144] No puede existir, por lo tanto, contraposición entre
el culto al Señor y el culto a los santos. Cuando ellos tenían vida
trataban de hacer todo para la gloria de Dios, ahora se alegran por
el hecho de que por causa de ellos Dios es glorificado.[145] Las
Intercesiones expresan la ofrenda de la Eucaristía en comunión con
toda la Iglesia, celeste y terrena, por todos sus miembros vivos y
difuntos.[146] En primer lugar es invocada la Madre de Dios y
siempre Virgen María, porque la consagración que ella hizo de sí al
Señor, es análoga a la entrega de nuestra vida que se renueva
siempre en el sacrificio eucarístico. Ofrecemos la Eucaristía en
memoria de los santos para honrarlos y para agradecer a Dios, que
nos los ha dado como intercesores en nuestro favor. Ellos mismos,
que representan una acción de gracias de parte de los hombres por
los beneficios divinos, interceden e intervienen en nuestras
eucaristías.
Cristo se
entrega a sí mismo también a los difuntos “según una modalidad -
dice Cabasilas - que solo Él conoce”;[147] si se encuentran en
estado de purificación, reciben una gracia no menor a aquella de los
vivos, observa San Juan Crisóstomo, que obtiene para ellos la
remisión de los pecados.[148]
La preparación
a la comunión
40. La
Eucaristía es la presencia viviente de Cristo en la Iglesia. La
humillación del Señor, lo ha llevado a transformarse en alimento
para el hombre (cf. 1 Co 10,16; 11,23 s). Uno de los símbolos
tradicionales de este misterio es el pez: “... me preparó como
alimento el pez de la fuente ... incontaminado, que la virgen pura
toma y cada día ofrece a los amigos para que coman, con vino
excelente, que ofrece mezclado con el pan”, como indica el célebre
epígrafe de San Abercio, obispo del II siglo, el más antiguo de
contenido eucarístico. Otro símbolo de la donación de sí mismo es el
pelicano: “Pie pellicane Jesu Domine....” exclama Santo Tomás de
Aquino en el himno Adoro te devote. El misterio de la encarnación
del Verbo continúa en el Cuerpo eucarístico, pan del hombre. Jesús
lo ha preanunciado en el discurso de Cafarnaúm: “Yo soy el pan que
ha bajado del cielo” (Jn 6,41). Su carne es verdadero alimento, su
sangre es verdadera bebida (cf. Jn 6,55). En la comunión eucarística
se alimenta la comunión eclesial, la comunión con los santos; en
efecto: “Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo
somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,17).
41. La
Eucaristía es el convivio pascual del Cordero inmolado, Cristo el
Señor. La plena participación de los fieles en la Misa se cumple en
la santa comunión, recibida con las debidas disposiciones externas e
internas.[149] Por lo tanto, así como no es aceptable la abstención
prolongada por exceso de escrúpulo, así tampoco debe alentarse la
frecuencia indiscriminada.
La exclusión
de la comunión a causa de pecados graves es atestiguada por las
mismas palabras de la institución: “sangre de la Alianza, que es
derramada ..... para perdón de los pecados” (Mt 26,28) y también por
las antiguas anáforas.[150] Desde los orígenes la Iglesia ha exigido
un itinerario para los catecúmenos y para los penitentes; estos
últimos podían participar en la Mesa como akoinônetôi (privados de
la comunión); para los pecados graves era necesario recurrir a la
penitencia canónica. El hecho de que muchos Padres insistan en la
necesidad de ser dignos, demuestra que el pedido de la remisión de
los pecados, también en la epíclesi postconsagratoria, no es una
invitación dirigida a los reos de pecados graves a acercarse a la
Eucaristía sin la previa penitencia. Si bien es posible participar
válidamente en la Misa también sin la comunión, que es parte
integrante, pero no esencial, del sacrificio,[151] sin embargo se
afirma que la participación plena en el cuerpo de Cristo no se
realiza sin una buena disposición.[152]
42. La
preparación personal se perfecciona a través de los ritos de la
Comunión:
- Padre
nuestro: en esta oración está el pedido del pan cotidiano, que es
también el pan eucarístico, mientras “se implora la purificación de
los pecados, de modo que realmente los santos Dones sean dados a los
santos”[153] Pidiendo el perdón, se pide también saber perdonar,
para que el Reino y la voluntad de Dios se cumplan en nosotros y
seamos hechos dignos de recibir el Sacramento.
- El rito de
la paz: el saludo de la paz, es decir del perdón, que en las
liturgias orientales y en la ambrosiana se hace antes de la anáfora,
en el rito romano tiene lugar antes de la comunión. El Señor
resucitado apareció en medio a los suyos y ofreció su paz, preparó,
dice San Juan Crisóstomo, “la mesa de la paz”.[154] La Eucaristía da
la paz y la salvación de las almas, que es el mismo Cristo (cf. Ef
2,13-17); Él ha sido inmolado para pacificar las realidades celestes
y terrenas, para vivir en paz con los hermanos.[155] Por ello, la
Eucaristía es el vínculo de la paz (cf. Ef 4,3): “Así como la paz
establece la unidad entre las cosas diversas, así la agitación
divide lo que es uno en muchos”.[156] En efecto, “paz ... es la
Iglesia de Cristo”.[157] El cristiano, pidiendo la paz, en realidad
pide el Cristo: “Quien busca la paz busca a Cristo pues Él es la
paz.”.[158] La liturgia es el misterio con el cual la paz de Cristo
llega de nuevo a toda la creación.
Las
Constituciones Apostólicas describen así el rito de la paz: “Los
miembros del clero saluden al obispo y, entre los laicos, los
hombres saluden a los hombres y las mujeres a las mujeres.”.[159] El
beso de la paz es una acción sagrada, una experiencia de unidad que
aúna a los fieles entre ellos y con el Verbo.[160] En consecuencia,
la paz se implora principalmente con la oración que pide también la
unidad para la Iglesia y para la familia humana, expresando el amor
recíproco con un breve diálogo entre el sacerdote y los fieles. El
rito, de todos modos, no obliga al intercambio del gesto de la paz,
que se cumple según la oportunidad.[161] En tal caso, tanto en el
estilo sobrio de la liturgia romana como en estilo rico del rito
bizantino, cada uno da el saludo de la paz a aquellos inmediatamente
vecinos, evitando abandonar el propio puesto y procurando no crear
distracción. Sería oportuno, por lo tanto, disciplinar este rito
para el decoro de la liturgia.
“Paz” es uno
de los nombres que los primeros cristianos daban a la Eucaristía,
porque ella significa reunir, superar las barreras, conducir a los
hombres a una nueva unidad. Con la comunión eucarística los
cristianos, perdonándose unos a otros antes de comulgar, han creado
condiciones de paz en un mundo sin paz.
- Fracción del
Pan: este rito significa que, aún siendo muchos, al compartir el pan
partido nos trasformamos en un solo cuerpo. Dice San Juan
Crisóstomo: “Lo que Cristo no ha padecido en la cruz lo padece en la
oblación por causa tuya y acepta ser partido para poder saciar a
todos”[162] Pero el Cristo aún partido no se divide. Después de la
fracción cada partícula del santo pan es Cristo entero. [163] Todos
aquellos que se acercan a la comunión reciben todo el Cristo, que
satisface totalmente. Ninguna comunidad puede recibir Cristo sino
con toda la Iglesia.
- Unión de las
especies: es un gesto simple en el rito romano pero de gran
significado, que exalta la obra del Espíritu, desde la encarnación a
la resurrección del Señor. La liturgia bizantina lo explica como
“Plenitud del Espíritu Santo”; además, en el singular rito del zéon,
vertiendo agua caliente, se dice: “Fervor del Espíritu Santo. ¡Ahora
Cristo resucita!”
-Preparación
personal: la realiza el sacerdote con espléndidas oraciones
recitadas en voz baja y con algún instante de silencio, que anticipa
aquel más prolongado después de la comunión. Es un ejemplo para
ayudar a los fieles en la propia preparación.
La santa
comunión
43. El
sacerdote eleva la Hostia consagrada, como el Cuerpo de Cristo fue
elevado sobre la cruz,[164] diciendo en la liturgia latina: “Éste es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los
llamados a la cena del Señor”; y en la bizantina: “Las cosas santas
a los santos”. Además, “dado que la comunión a los misterios no es
permitida indiferentemente a todos, el sacerdote no invita a todos
... invita a comulgar a cuantos están en la condición de participar
dignamente: Las cosas santas a los santos ... él aquí llama “santos”
a quienes son perfectos en la virtud, y también a cuantos tienden a
aquella perfección, aunque todavía les falte para tenerla. En
efecto, nada impide a éstos que, participando en los santos
misterios, sean santificados”[165]
La Eucaristía
es el sacramento de los reconciliados, ofrecido por el Señor a
quienes son una sola cosa con Él. Por este motivo, desde el inicio,
el discernimiento precede a la Eucaristía (cf 1 Co 11,27 s) bajo
pena de sacrilegio.[166] La Didaché asume esta tradición apostólica
y hace pronunciar al sacerdote, antes de la distribución del
sacramento, estas palabras: “Si uno es santo, venga; se no lo es, se
arrepienta”.[167] La liturgia bizantina contiene todavía este
llamado. En la liturgia romana el sacerdote invita a la comunión y
con los fieles pronuncia la frase evangélica “Señor, no soy digno”
para expresar sentimientos de humildad;[168] la respuesta es el Amén
personal de cada fiel al comulgar.
44. De las
fuentes antiguas se deduce que la comunión no se toma sino que se
recibe, como símbolo de lo que significa, es decir Don recibido en
actitud de adoración. En los casos previstos de comunión bajo las
dos especies, en el rito latino, debe recordarse la doctrina
católica al respecto.[169] En los ritos orientales debe observarse
la tradición según los respectivos cánones.[170]
Se recomienda
una verdadera devoción al acercarse a recibir la comunión. San
Francisco de Asís “ardía de amor hacia el sacramento del Cuerpo del
Señor, con todas las fibras de su ser, lleno de estupor, más allá de
todo límite, por tan benévola dignación y generosísima caridad ...
Comulgaba frecuentemente y con tanta devoción, que conmovía a los
otros”.[171] Y Cabasilas invita a reflexionar que “mientras
comulgamos con una carne y una sangre humanas, recibimos en el alma
a Dios: cuerpo de Dios no menos que de hombre, sangre y alma de
Dios, mente y voluntad de Dios no menos que de hombre”[172] La
realidad del Cuerpo de Cristo es su persona y su vida, misterio y
verdad salvífica para abrazar, como Santo Tomás de Aquino, con la fe
y la razón.
Finalmente, la
oración después de la comunión pide los frutos del misterio
celebrado y recibido, puesto que a la obtención de los mismos está
ordenada la Santa Misa.[173]
Capítulo V
La Mistagogía
Eucarística para la Nueva Evangelización
Los Padres
45. El Señor
ha prometido: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). No somos nosotros quienes lo
hacemos presente, sino que es Él quien se hace presente entre
nosotros y permanece todos los días. Para tener acceso al misterio
de su presencia permanente, los fieles son instruidos a través de la
catequesis para los catecúmenos, íntimamente unida a la liturgia, y
la mistagogía o catequesis postbautismal para los iniciados.[174]
La iniciación
cristiana alcanzó su estructuración teológico-litúrgica en los
comienzos del V siglo, gracias a las homilías catequísticas. Los
alejandrinos, comenzando con Orígenes y terminando con el Pseudo
Dionisio, proponían una mistagogía alegórica: consideraban la
liturgia y la Escritura, como un camino de elevación de la letra al
espíritu, de los misterios visibles, los sacramentos, al misterio
invisible. Así la liturgia seguía la narración bíblica y proponía
una escatología moral personal como itinerario de esta vida hacia
Dios. La mistagogía de los antioquenos, especialmente San Cirilo de
Jerusalén, San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia, consistía en
describir a través de la liturgia los hechos históricos y mistéricos
de la salvación, vistos como tipológicos. Para ellos los sacramentos
reproducen imitando (mímesis) o hacen memoria (anánmnesis) de los
gestos salvíficos de la vida de Jesús y anticipan la liturgia
definitiva, más aún, la transfieren al presente a causa de la
presencia del Señor resucitado entre aquellos que se reúnen para el
culto.
La negación
actual del misterio
46. Mientras
en algunas partes del mundo el sentido del misterio permanece
verdaderamente fuerte, en otras, en cambio, se nota una difundida
mentalidad que no niega formalmente el misterio de Dios, sino la
posibilidad de reconocerlo con la razón y adherir a él libremente.
Un neopaganismo ofrece mensajes que invitan a evadirse de la
realidad y a refugiarse en los mitos, en los ídolos, que pueden
consolar la existencia sólo por un instante. Al mismo tiempo, se
manifiesta ampliamente también una exigencia de espiritualidad.[175]
Además, avanzan las tendencias gnósticas que llevan a buscar el
sentido de la historia en pocos privilegiados, que lo conocerían por
presunta revelación.
La Iglesia
quiere ayudar a la humanidad a encontrar nuevamente el misterio
escondido desde siglos y manifestado en Jesucristo (cf. Ef 3,5-6).
Dado que mistagogía significa conducir por un camino que lleva al
misterio, se comprende porqué no basta un itinerario litúrgico sin
una comprensión personal.
La mistagogía
hoy
47. El Señor
camina con su pueblo, acompaña siempre la misión de la Iglesia con
su presencia, que nos transforma y nos hace entrar en el tiempo
definitivo (éschaton). Al principio de la mistagogía hay un
encuentro de fe con el Señor a través de su gracia. La costumbre de
las Iglesias orientales de dar la comunión a los niños junto con el
bautismo y la confirmación indica claramente que la gracia de la
Eucaristía viene antes que cualquier intervención humana. ¿Cómo
podría hacerse mistagogía sin ser atraídos por Jesús? El Evangelio
narra encuentros de Jesús con hombres y mujeres de distintas
condiciones. Del encuentro de Cristo con el hombre nace un camino de
conocimiento que se despliega en experiencia de fe: “¿dónde vives?
.... y se quedaron con él aquel día” (Jn 1,38-39). Así sucedió que
algunos lo siguieron. Ésta es la mistagogía de Dios hacia el hombre:
comienza por tomar nuestra realidad humana para llevarla a la
redención.
La mistagogía
hoy en día deberá evitar el alegorismo, que a menudo resulta
incomprensible y abstracto e induce a comentarios confusos; en
cambio, la mistagogía confiará en la fuerza del Espíritu, que se
comunica mediante la sobriedad de las palabras y de los gestos
sacramentales. La misión del Espíritu Santo es hacer comprender lo
que Jesucristo ha revelado. Él es el mistagogo invisible. Según San
Basilio Magno, aún cuando las personas de Trinidad cumplan
individualmente algo en modo exclusivo, permanece en las tres el
mismo plan de conjunto.[176]
Por lo tanto,
volver a descubrir la metodología de los padres es importante para
responder a la necesidad visual de imágenes y símbolos, que
caracteriza al hombre contemporáneo. La misma contribución de los
teólogos medievales es útil para responder a la exigencia racional
de la adhesión al misterio. Este patrimonio es conservado en las
oraciones y en los ritos litúrgicos: de su comprensión depende en
parte la participación al misterio eucarístico.[177] Pero también la
catequesis debe ayudar a los sacerdotes y a los fieles a comprender
y a poner en práctica los diversos aspectos de la celebración de la
Eucaristía.[178]
Presidir la
Eucaristía
48. El método
mistagógico consiste en leer en los ritos el misterio de Cristo y
contemplar la subyacente realidad invisible. Por ello, el mistagogo
en la liturgia no habla en nombre propio, sino que se hace eco de la
Iglesia, la cual le ha confiado aquello que a su vez ella ha
recibido. La liturgia no puede ser tratada por el celebrante y por
la comunidad “como propiedad privada”.[179]
San Juan
Bautista es la figura más emblemática del ministro que se hace
pequeño para dejar crecer al Señor. Éste es el fundamento del poder
sacro, exousía en el Espíritu Santo, confiado a la Iglesia por
Cristo, sacerdocio de Cristo participado en sus ministros. San
Cirilo de Jerusalén recuerda que la palabra ecclesía se encuentra
por primera vez en el pasaje en el cual es asignado a Aarón el
ministerio sacerdotal. Sacerdocio e Iglesia nacen en el mismo
momento y son partes inseparables uno del otro.[180] El Canon Romano
dice: “Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de
toda tu familia santa”. Respetando la diferencia de funciones
propias del Cuerpo, en la Misa el sacerdote cumple la función de
Cristo cabeza, mientras todos los fieles ejercitan la función de los
miembros de Cristo. El sacerdote obra in persona Christi, en el
sentido que no es él que obra sino Cristo en él (cf. Gal 2, 20).
49. La
Eucaristía extiende su eficacia a todo el obrar del ministro, puesto
que la función sacerdotal no incluye solo la santificación, sino
también el gobierno y la enseñanza. Ésta es la verdad del ministerio
del obispo cuando celebra la Eucaristía. Además, en él se muestra en
plenitud, y “con mayor evidencia”,[181] la Iglesia sacramento de
unidad . La misma verdad constituye el fundamento del ministerio del
presbítero “cuando celebra la Eucaristía ... con dignidad y
humildad”;[182] pero es también el modelo de las funciones
diaconales, de los ministros, en particular el acólito, del ministro
extraordinario de la comunión, de todos los fieles, que deben
“ofrecerse a sí mismos....”con profundo sentido religioso y caridad
hacia los hermanos.[183]
El decoro de
la celebración eucarística
50. La
mistagogía supone el decoro de la celebración. La liturgia romana,
en su sobriedad, quiere que “los edificios sagrados y las cosas
destinadas al culto divino sean en verdad dignas y bellas y símbolos
de las realidades celestiales”.[184] En efecto, el misterio es
puesto en luz “también por el sentir y la expresión exterior de suma
reverencia y de adoración que tienen lugar en el transcurso de la
liturgia eucarística”.[185] Por esta razón, Juan Pablo II, hablando
del decoro de la celebración eucarística, ha invitado a observar las
reglas litúrgicas de la Iglesia, que se traducen en expresiones
externas.[186] El término latino ordo, usado para los ritos
litúrgicos, nace del precepto apostólico paulino (cf. 1 Co 14, 40),
que establece que en la asamblea litúrgica todo sea moderado por el
decoro y el orden jerárquico.[187] En primer lugar, según el
profundo espíritu de la liturgia “el vestir un hábito especial para
cumplir una acción sagrada indica el salir fuera de la común
dimensión de la vida cotidiana para entrar en la presencia de Dios
en la celebración de los divinos Misterios”.[188] Responden a esta
exigencia las normas sobre todos los objetos sacros. Todo esto
expresa el sentido del misterio. San Francisco de Asís exigía a los
frailes que los cálices, los copones y los linos destinados a la
Eucaristía fueran preciosos y fueran tratados con sumo respeto y
veneración.[189]
La dignidad
del canto y de la música sacra
51. El canto y
la música deben ser dignos del misterio que se celebra, como lo
atestiguan los salmos, los himnos y los cánticos inspirados de la
Sagrada Escritura (cf. Col 3, 16). Por ello, desde los primeros
siglos, la Iglesia ha siempre considerado la música sacra como una
parte integrante de la liturgia. A pesar de haber aceptado diversas
formas musicales, el Magisterio de la Iglesia ha constantemente
confirmado que es conveniente “que estas diversas formas musicales
sean acordes con el espíritu de la acción litúrgica”,[190] para
evitar que el culto del misterio sea contaminado por elementos
profanos inadecuados.
El encuentro
con el misterio a través del arte
52. En la
encarnación del Verbo no sólo se realiza el encuentro de Dios con la
humanidad que espera la salvación, sino que también se hace visible
a los hombres la imagen de Dios (cf. Jn 14,9). A su vez, con el
misterio pascual de Cristo el hombre es implicado en un movimiento
de ascensión hacia Dios, que pasa necesariamente a través de la
cruz, y por lo tanto a través de la realidad humana (cf. Col 1,
15-20). La celebración de estos misterios encuentra una profunda
analogía con “las actividades más nobles del ingenio humano”, entre
las cuales, con todo derecho, se cuentan las artes liberales, y
sobre todo el arte religioso. Éste, en efecto, como la liturgia,
eleva el espíritu a la contemplación a través de la experiencia
sensible, y por ello, es particularmente adecuado para “orientar
santamente los hombres hacia Dios”.[191]
No podían, por
lo tanto, faltar en la vida de la Iglesia expresiones de fe a través
de un rico patrimonio artístico. Es por este motivo que “la
arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar
por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa
o indirectamente, un motivo de gran inspiración”.[192] Así, para el
decoro del espacio sacro destinado a la celebración eucarística han
sido construidos espléndidos monumentos arquitectónicos; para hacer
venerable el altar en occidente y el iconostasio en oriente han sido
realizadas maravillosas obras de arte; y para la dignidad del
servicio litúrgico han sido creados preciosos objetos sagrados.
La orientación
de la oración
53. La
concepción cósmica de la salvación que llega, como “una Luz de la
altura” (Lc 1,78), ha inspirado la tradición apostólica de la
orientación hacia el Este de los edificios cristianos y la posición
del altar, con la finalidad de celebrar la Eucaristía hacia el
Señor, como sucede actualmente entre los orientales. “No se trata en
este caso, como frecuentemente se dice, de presidir la celebración
dando la espalda al pueblo, sino de guiar al pueblo en el
peregrinaje hacia el Reino, invocado en la oración hasta el retorno
del Señor”.[193]
En el rito
romano la colocación diversa del ambón y del altar provoca una
espontánea variación de la mirada y también de la atención sobre las
diferentes acciones litúrgicas que allí se cumplen. También en el
culto eucarístico fuera de la Misa los fieles, desde que entran en
la iglesia, dirigen la mirada hacia la custodia del Santísimo
Sacramento.
El área
particularmente sagrada del presbiterio o santuario
54. La
tradición neotestamentaria, en continuidad con la liturgia hebraica
del templo, ha querido separar el santuario, lugar santo de Dios (cf.
Gn 28, 17; Es 3, 5), donde los ministros cumplen los divinos
misterios, del lugar que ocupan los fieles, los catecúmenos y los
penitentes. Es el espacio sagrado del culto divino, que en las
Iglesias de oriente, como en las de rito latino debe
“distinguirse”[194] en el interior del templo.
El altar, mesa
del Señor
55. La imagen
bíblica y patrística del cielo que desciende sobre la tierra, se
manifiesta en la Eucaristía celebrada sobre el altar.
No es
necesario que el altar sea grande, sino que tenga una forma
proporcionada al espacio presbiteral. El sacerdote sube allí para
los ritos de las ofrendas, mientras que en la concelebración los
sacerdotes se disponen alrededor del mismo en el momento de la
anáfora.[195] La especial recomendación de que exista en cada
iglesia un altar fijo es expresión de la veneración debida al mismo,
como signo de Jesucristo, piedra viva (1 Pe 2,4).[196] Por idéntico
motivo el altar es ornamentado y recubierto, al menos por un mantel
digno.[197]
56. El altar
es símbolo de Cristo, del Calvario y del Sepulcro del cual resurge
glorioso el Señor,[198] y es también mesa,[199] sobre la cual es
preparado el Cordero de Dios, mientras la comunión de los fieles es
distribuida fuera del santuario. Por ello, el altar es venerado,
incensado junto al libro de los Evangelios colocado sobre el
mismo.[200] He aquí lo que afirma el Catecismo al respecto: “El
altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la
Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el
altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto
que el altar cristiano es símbolo de Cristo mismo, presente en medio
de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por
nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.
‘¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de
Cristo?’ dice san Ambrosio (De Sacramentis 5,7) y en otro lugar: ‘El
altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está
sobre el altar’ (Ibidem 4,7)”[201]
El
tabernáculo, tienda de la Presencia
57. La
adoración no se contrapone a la comunión y ni siquiera puede ser
considerada al margen de ella: la comunión alcanza la profundidad de
la persona cuando va acompañada por la adoración. No hay conflicto
de signos entre el tabernáculo y el altar de la celebración
eucarística. La presencia eucarística no es cronológica, limitada a
la Misa. Es un misterio que perdura en el tiempo hasta la parusía
del Señor glorioso.
Los
orientales, aún cuando no tienen la adoración eucarística, conservan
frecuentemente sobre el altar el artofòrio, reserva de los Santos
Dones para los enfermos y los ausentes, y colocan allí también el
libro de los Evangelios.
58. La
necesaria proporción entre el altar, el tabernáculo y la sede es
debida a la preeminencia del Señor respecto a su ministro. La
posición central del tabernáculo y de la cruz no debe ser
comprometida por la sede del celebrante, para la cual la liturgia
recomienda que se evite “la forma di trono”.[202] Si el altar
central comprende el tabernáculo, conviene que la sede no sea
antepuesta, dado que el celebrante debe ser y aparecer humilde. Si
además, con el altar al centro del presbiterio, la sede es colocada
detrás, será necesario buscar soluciones significativas y
funcionales para favorecer “la comunicación entre el sacerdote y la
asamblea de los fieles”.[203]
En conclusión,
es oportuno recordar que, tanto en occidente como en oriente, “la
disposición de los lugares, las imágenes, los ornamentos litúrgicos,
los objetos sagrados no quedan librados al gusto de cada uno, sino
que deben corresponder a las exigencias intrínsecas de las
celebraciones y ser coherentes entre ellos.”.[204]
Capítulo VI
La Eucaristía:
un don para adorar
El espíritu de
la liturgia es la adoración
59. San Cirilo
de Jerusalén exhorta: “Después que tu habrás comulgado con el cuerpo
de Cristo, acércate también al cáliz de su sangre, no extendiendo
las manos, sino inclinándote y diciendo Amén en actitud de adoración
y veneración”.[205] De la comunión sacramental, se puede decir que
nace la adoración, término que indica un gesto de inclinación
profunda del cuerpo y del alma. Los principales gestos de adoración,
que, entre otras cosas, unen a católicos y ortodoxos, son el
inclinarse (proskýnesis) y la genuflexión (gonyklisía). Así como el
estar en pie es significativo de la resurrección, la postración a
tierra es signo de adoración a Aquel que, resucitado, es el
Viviente. En el Nuevo Testamento, especialmente en la liturgia del
Apocalipsis, se repite varias veces el término proskýnesis y aquella
liturgia celestial es presentada a la Iglesia como modelo y criterio
para la liturgia terrestre. Los gestos de adoración, que la liturgia
pide que sean observados, corresponden al reconocimiento de la
majestad del Señor y de la pertenencia del hombre a Dios.
Arrodillarse o
estar en pie son dos actitudes de la única adoración. Esos gestos
deben cumplirse durante la plegaria eucarística y la comunión.
Además, la adoración devota alude al misterio presente y recuerda
que la Misa no es sólo un convivio fraterno. Es necesario reforzar
el espíritu de la liturgia cristiana como comunión con Cristo,
adoración a Dios y ofrenda a Él de todas las cosas, de la historia,
del cosmos, de sí mismo.
Comunión y
adoración son inseparables
60. Comulgar
significa entrar en comunión con el Señor y con los santos de la
Iglesia terrestre y celeste. Por esta razón la comunión y la
contemplación se implican recíprocamente. No podemos comulgar
sacramentalmente, sin hacerlo de manera personal: “Mira que estoy a
la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré
en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Ésta es también
la verdad más profunda de la piedad eucarística.
Para la
Iglesia católica la actitud de adoración está reservada no sólo a la
celebración de la Eucaristía, sino también a su culto fuera de la
Misa, como “valor inestimable” destinado a la “comunión sacramental
y espiritual” de los fieles.[206] En la liturgia bizantina durante
los ritos de la comunión se canta “Hemos visto la Luz”; en efecto,
contemplar la Eucaristía no es una presunción, mientras es un abuso
alimentarse de ella sin discernimiento (Cf. 1 Co 11,28). En la
Iglesia latina es necesario custodiar y reforzar cuanto ha sido
trasmitido por la fe de dos milenios.[207]
La adoración
de la Eucaristía comienza con la comunión y se prolonga en los actos
de la piedad eucarística, adorando a Dios Padre en Espíritu y
Verdad, en Cristo resucitado y viviente, realmente presente entre
nosotros.
El sentido del
misterio y las actitudes que lo expresan
61. Lo sagrado
es un signo del Espíritu Santo. Dice San Basilio Magno: “Hacia Él se
vuelve todo lo que tiene necesidad de santificación”.[208] No
obstante en el tiempo de la desacralización se piensa que el límite
entre lo sacro y lo profano no existe más, Dios no se retira del
mondo para abandonarlo a su mundanidad. Mientras el mundo no sea
transformado, y Dios no sea todavía “todo en todo” (1 Co 15,28), se
conserva la distinción entre sacro y profano.
La nota
mística de la Eucaristía se percibe también en las oraciones
preparatorias del sacerdote para la Misa y para la comunión, en las
de acción de gracias; además en el silencio,[209] en los gestos de
purificación,[210] en la incensación,[211] en las genuflexiones y en
las reverencias.[212] Ésto hace que la participación sea, sobre
todo, íntima.[213] Se nos hace partícipes de una acción que no es
nuestra, aún cuando se realice en modo humano, porque Él, que es la
Palabra, después se hizo carne; la verdadera acción de la liturgia
es una acción de Dios mismo. Ésta es la novedad y la particularidad
de la liturgia cristiana: es Dios mismo el que obra y el que cumple
lo esencial. Sin la conciencia de ser hechos partícipes, las
actitudes que se asumen en la liturgia son solo exteriores.
La Eucaristía:
sacramentum pietatis
62. La
liturgia es la fiesta de la resurrección de Cristo. Para un
cristiano, éste es el sentido de la fiesta y sobre todo del domingo.
Las expresiones de piedad del pueblo de Dios, especialmente las del
culto eucarístico fuera de la Misa, tienen con la liturgia
eucarística un vínculo originario, que exige atento discernimiento.
En la liturgia
se ejercita en modo especial la inculturación de la fe. Puede
decirse que ésta se realizó por primera vez en la encarnación,
cuando la Palabra asumió la naturaleza humana y comenzó a expresarse
con la palabra del hombre, en el tiempo, en el lugar y en la cultura
particulares en que Jesús vivió. El Concilio Vaticano II ha puesto
en evidencia cómo de este evento nace la intención de llevar el
evangelio, la liturgia y la doctrina cristiana a las culturas
locales, para llegar eficazmente a los destinatarios, en especial a
los pobres y a los simples de corazón.
63. De la
liturgia se distingue la piedad popular, que, en la unidad de la fe,
une grandes espacios y abraza culturas diversas. Ella puede ser
considerada como manifestación espontánea que surge de la liturgia.
Del ámbito litúrgico, en efecto, nacen formas de adoración
eucarística antiguas y nuevas, como la bendición del Santísimo, la
procesión eucarística, la Hora santa, las Cuarenta Horas, la
Adoración perpetua, los Congresos eucarísticos.[214]
Liturgia y
piedad popular son ambas expresiones de la fe y de la vida del
pueblo cristiano. Paralelamente a la preocupación por la
inculturación del cristianismo en culturas no cristianas, debe
prestarse atención y cuidar las culturas y las tradiciones
religiosas populares florecidas en el seno del cristianismo. Es el
mismo Espíritu Santo que suscita la liturgia y, en la fe, también la
piedad popular.
64. En el
culto dado a la Eucaristía fuera de la Misa se perciben las líneas
de una espiritualidad eucarística, que, “tiende a la comunión
sacramental y espiritual ......La Eucaristía es un tesoro
inestimable; no sólo su celebración, sino también estar ante ella
fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo
de la gracia”.[215] La contemplación y la adoración hacen más fuerte
el deseo de la unión total de la creatura con su Señor y creador, y
al mismo tiempo iluminan la conciencia de nuestra indignidad. Por
ello, el Santo Padre recuerda también la práctica de la “comunión
espiritual”, recomendada por los maestros de vida espiritual, para
cuantos no pueden comulgar sacramentalmente.[216]
Por lo tanto,
también fuera de la Santa Misa, el Señor Jesús es pan de vida
espiritual. Es el arcano misterio del Dios-con-nosotros que nos
acompaña en nuestro camino.
Capítulo VII
La Eucaristía:
un Don para la Misión
La
santificación y divinización del hombre
65. El
significado personal de la Eucaristía es puesto en evidencia, puede
decirse, por San Cirilo de Jerusalén, el cual observa que con el
sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo el hombre se transforma
en “un solo cuerpo (sýssomos) e una sola sangre (sýnaimos) con
él”.[217] San Juan Crisóstomo, por otra parte, siente la voz de
Cristo que le dice: “He descendido nuevamente sobre la tierra, no
sólo para mezclarme entre tu gente, sino también para abrazarte: me
dejo comer por ti y me dejo desmenuzar en pequeñas partes, para que
nuestra unión y ligazón sean verdaderamente perfectas. En efecto,
mientras los seres que se unen conservan separadamente la propia
individualidad, yo en cambio, constituyo un todo contigo. Por otra
parte, deseo que nada se interponga entre nosotros; sólo quiero
esto: que ambos seamos una cosa sola”.[218] Por esta razón el cuerpo
del fiel se transforma en demora del Dios trinitario: “Cristo habita
en él mismo, junto con el Padre y el Paráclito”.[219] Así, en la
Divina Liturgia bizantina, durante la comunión, se canta: “Hemos
visto la luz verdadera; hemos recibido el Espíritu celestial; hemos
encontrado la verdadera fe, adorando a la Trinidad inseparable,
porque la Trinidad nos ha salvado”.
Por lo tanto,
la comunión tiene eficacia ontológica, en cuanto es unión a la vida
de Cristo que transforma la vida del hombre. Por medio de ella se
establece una pertenencia vital, que perfecciona y cumple la
adopción filial del bautismo.
66. Otro
aspecto de la gracia sacramental eucarística es el de ser antídoto
que libera[220] y preserva del pecado.[221] La Eucaristía fortifica
la vida sobrenatural del cristiano y la protege contra la pérdida de
las virtudes teologales. Es un sacramento de vivos, es decir, de
aquellos que gozan de la unión con Cristo y con la Iglesia. El
pecado mortal, en efecto, provoca la separación de Dios y de la
Iglesia, impidiendo así acercarse a la Eucaristía. Por ello, la
Eucaristía es antídoto, medicina eficaz para sanar las heridas del
pecado mediante la misericordia divina, por ella significada y
actuada: “El Señor, amante del hombre, vio inmediatamente cuanto
había sucedido y la grandeza de la herida y se apuró a proceder a la
cura, para que ella, extendiéndose, no se convirtiera en una herida
incurable ... Ni siquiera por un instante cesó, movido por su
bondad, de cuidad al hombre.”[222]
En
consecuencia, la Eucaristía es un don que nos interpela
personalmente y este carácter personal del sacramento debe ser
reafirmado en la pastoral.
La Eucaristía
vinculum caritatis
67. El efecto
primario real de la Eucaristía es la verdad de la Carne y de la
Sangre presentes en ella. Como se lee en una epístola del papa
Inocencio III: “La forma es del pan y del vino, la verdad es de la
carne y de la sangre, la potencia es de la unidad y de la
caridad”.[223] Santo Tomás de Aquino confirma esta verdad diciendo
que el efecto inmediato es el cuerpo verdadero de Cristo,[224]
inmolado y vivo, presente en el sacramento. Esta presencia
sustancial es actual para aquellos que participan de ella en un
lugar y en un tiempo determinados. En ellos la Eucaristía realiza
esa transformación, que es una prenda del banquete celestial. El
Concilio Vaticano II recuerda que “en toda comunidad de altar, bajo
el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de
aquella caridad y unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede
haber salvación”.[225]
La unidad con
Cristo, cabeza del cuerpo místico que es la Iglesia, es el fruto
principal de la Eucaristía, que así manifiesta su significado.
La pertenencia
a Cristo y la incorporación a la Iglesia es el efecto inmediato y
específico del bautismo (cf. Rm 6, 1-11), el cual, sin embargo, se
perfecciona en la Eucaristía. Así, precisamente a raíz de su
inserción en el cuerpo de Cristo por el bautismo, el fiel cristiano
puede participar en la Eucaristía. Por tanto, la Eucaristía
presupone la comunión eclesial recibida en el bautismo.[226] En ella
se ejercita el sacerdocio bautismal y se crece en la relación vital
con Cristo (cf. Jn 6, 55-57). Íntimamente unido a este aspecto está
la unidad de los fieles, que atestiguan la caridad recíproca, como
miembros del mismo cuerpo, unidad necesaria para que el mundo crea (cf.
Jn 10, 9-17; 15, 1-11; 17, 20-23). Cristo en la Eucaristía nos
invita a la caridad dentro y fuera de la Iglesia.
La medicina
del cuerpo y del espíritu
68. La
Eucaristía, sobre todo en el momento de la enfermedad y de la
muerte, es llamada viático para la vida eterna. Con este sacramento
se ofrece una prenda de la gloria futura, de la visión de Dios como
Él es. El concilio de Trento se vincula así con la tradición
patrística, que llamaba a la Eucaristía medicina de la inmortalidad
del hombre e invitaba a alimentarse de ella hasta el retorno del
Señor en la gloria, cuando, según la promesa (cf. Jn 6, 54), se
cumplirá el último efecto de la Eucaristía: la resurrección de la
carne.[227]
La Eucaristía
es el banquete para vencer la muerte[228] y con ella “se asimila,
por decirlo así, el ‘secreto’ de la resurrección”[229] para vivir
eternamente. La vida eterna no es una vida larga, ni simplemente un
tiempo sin fin, sino otro nivel de existencia. San Juan distingue
entre bios, como vida transitoria de este mundo, y zoé, como
verdadera vida que entra en nosotros al encontrarnos con el Señor.
Éste es el sentido de su promesa: “el que escucha mi Palabra y cree
en el que me ha enviado, tiene vida eterna.....ha pasado de la
muerte a la vida” (Jn 5, 24), “Yo soy la resurrección y la vida; el
que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en
mí no morirá jamás” (Jn 11,25). En virtud de este significado
escatológico de la Eucaristía esperamos la resurrección definitiva,
cuando Dios será todo en todo (cf. 1 Co 15, 28).
69. El
cristianismo no promete sólo la inmortalidad del alma, sino la
resurrección de la carne, es decir, de todo el ser humano. La gracia
transformadora de la Eucaristía compenetra todo ámbito
antropológico, extiende su influencia a los aspectos existenciales
de cada hombre, como la libertad, el sentido de la vida, del
sufrimiento y de la muerte. Si no respondiera a estas preguntas
fundamentales del hombre, sería muy difícil confiar en este
sacramento como instrumento de salvación y de transformación del
hombre en Cristo.
El significado
social de la Eucaristía
70.
Alimentándose de la Eucaristía, los cristianos nutren la propia alma
y se transforman ellos mismos en alma que sostiene el mundo,[230]
dando así a la vita el sentido cristiano,[231] que es un sentido
sacramental. Es del sacramento que surge el don de la caridad y de
la solidaridad, porque el sacramento del altar no se puede separar
del mandamiento nuevo del amor recíproco.
La Eucaristía
es la fuerza que nos transforma[232] y nos hace fuertes en las
virtudes. Ella “da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una
semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a
sus propias tareas”,[233] en la familia, en el trabajo, en el
compromiso político. La misión de cada uno en la Iglesia recibe
fuerza y confianza de esta connotación social de la Eucaristía.
71. Ya desde
el comienzo del siglo II, San Ignacio de Antioquía definía a los
cristianos como aquellos que “viven según el domingo”,[234] en la fe
de la resurrección del Señor y de su presencia en la celebración
eucarística.[235] San Justino, en cambio, ponía de manifiesto la
urgencia ética al terminar la Eucaristía dominical: “Aquellos que
están en la abundancia, y desean dar, dan a discreción lo que cada
uno quiere, y cuanto se recoge es depositado ante el que preside; y
él mismo socorre a los huérfanos y a las viudas, y a quienes están
descuidados a raíz de una enfermedad o de otra causa, y a los que
están en la cárcel, y a los que viven como extranjeros: en pocas
palabras, [él] provee a todos los que se encuentran en la
necesidad”.[236]
La Eucaristía
fundamenta y perfecciona la missio ad gentes.[237] De la Eucaristía
nace el deber de cada cristiano de cooperar al crecimiento del
Cuerpo eclesial.[238] La actividad misionera, en efecto, “por la
palabra de la predicación y por la celebración de los sacramentos,
cuyo centro y cima es la santísima Eucaristía, ... hace presente a
Cristo, autor de la salvación”.[239] El mandato misionero, que ha
implicado no pocas veces el martirio, sufrido aún en nuestros días
por pastores y fieles precisamente durante la celebración de la
Eucaristía, tiende a hacer llegar a la multitud de los hombres la
salvación ofrecida en el sacramento del pan y del vino.
Por lo tanto,
la santa comunión ofrece todos sus frutos: nos hace crecer en
nuestra unión con Cristo, nos separa del pecado, consolida la
comunión eclesial, nos compromete en relación a los pobres, aumenta
la gracia y da la prenda de la vida eterna.[240]
CONCLUSIÓN
72. El Señor
Jesús ha instituido la Eucaristía como sacramento de comunión y de
revelación del Padre. A este método ha adherido, en primer lugar, la
Virgen María: “En cierto sentido, María ha practicado su fe
eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho
mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del
Verbo de Dios... Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat
pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada
fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le
pidió creer que quien concibió ‘por obra del Espíritu Santo’ era el
‘Hijo de Dios’ (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la
Virgen, en el misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo
Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su
ser humano-divino en las especies del pan y del vino”.[241]
Desde la
primera Pascua, en la cual el Señor Jesús ha cumplido con sus
discípulos el nuevo y definitivo éxodo de la esclavitud del pecado,
no existe más la sangre de un cordero, sino Pan y Vino distribuidos
a todos, Cuerpo y Sangre del verdadero Cordero de Dios. Así se da
cumplimiento a la nueva alianza.
Como recuerda
el Catecismo de la Iglesia católica, citando a San Ireneo: “La
Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: ‘Nuestra manera
de pensar armoniza con la Eucaristía y a su vez la Eucaristía
confirma nuestra manera de pensar’”.[242]
73. En el
Sacramento de la presencia real, la fe encuentra fuerza e impulso
para que realmente la lex orandi permanezca vinculada a la lex
credendi y se traduzca en la lex agendi de la vida y de la misión de
la Iglesia. Por esta razón la Eucaristía tiene también un dinamismo
personal: es don para celebrar, que ayuda a entrar en un
conocimiento más profundo del misterio de la salvación, lleva a la
comunión, conduce a la adoración y finalmente interpela a la vida a
través de la misión y del ministerio pastoral, dando impulso a la
caridad dentro y fuera de la Iglesia.
La Eucaristía
por su naturaleza permanece inseparablemente ligada a las notas de
unidad, santidad, apostolicidad y catolicidad de la Iglesia[243]
profesadas en el Credo. Así, la vida y la misión de las comunidades
cristianas en el mundo conservan el carácter propio de la Iglesia,
cuando de ella custodian y promueven la entera riqueza de aquellos
dones. El tema del Sínodo indica que la Iglesia vive de la
Eucaristía, en el sentido que recibe de ella, como fuente, la vida
divina que viene de lo alto, y en su misión tiende a ella como punto
culminante de su misterio de comunión: “Así, la Eucaristía es la
fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización,
puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y,
en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.”[244]
CUESTIONARIO
1. La
Eucaristía en la vida de la Iglesia: ¿Qué importancia tiene, en la
vida de vuestras comunidades y de los fieles, la celebración de la
Eucaristía? ¿Cual es el porcentaje de participación en la Santa Misa
de los domingos, de los días de semana, de las grandes fiestas del
año litúrgico? ¿Existen estadísticas aproximativas a este respecto?
2. La doctrina
eucarística y la formación: ¿Qué esfuerzos se realizan para
transmitir a vuestras comunidades e individualmente a los fieles la
doctrina integral y completa sobre la Eucaristía? Especialmente,
¿qué uso se hace del Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
1322-1419, y de la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, sobre todo
de parte de los sacerdotes, de los diáconos, de las personas
consagradas, de los laicos comprometidos pastoralmente? ¿Cómo se
asegura la formación sobre la fe en la Eucaristía: en la catequesis
de iniciación, en las homilías, en los programas de formación
continua de sacerdotes, de diáconos permanentes, de seminaristas, de
personas consagradas y de laicos?
3. Percepción
del misterio eucarístico: ¿Cuál es la idea predominante sobre la
Eucaristía entre los sacerdotes y entre los fieles de vuestras
comunidades: sacrificio, memorial del misterio pascual, precepto
dominical, convivio fraterno, acto de adoración, u otras
concepciones? ¿Se manifiesta en la práctica el predominio de uno de
estos aspectos? ¿Cuáles podrían ser las motivaciones que llevan a
acentuar tal preferencia?
4. Sombras en
la celebración de la Eucaristía: En la encíclica Ecclesia de
Eucharistia (n.10) el Papa habla de “sombras” en la celebración
eucarística. ¿Cuáles son los aspectos negativos (abusos, equívocos)
que pueden constatarse en el culto de la Eucaristía? ¿Qué elementos
o gestos cumplidos en la praxis pueden oscurecer el sentido más
profundo del Misterio eucarístico? ¿Cuáles pueden ser las razones
que llevan a esta situación que desorienta a los fieles?
5. Celebración
eucarística y normas litúrgicas: ¿Se verifican en el modo de
celebrar de los sacerdotes algunas acciones en explícita o implícita
contradicción con las normas litúrgicas establecidas por la Iglesia
católica (cf. Ordenación General del Misal Romano, cap. IV;
Instrucción para la Aplicación de las Prescripciones Litúrgicas del
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales), buscando
personalismo y protagonismo? ¿Qué elementos o gestos cumplidos
durante la celebración de la Santa Misa y también en el culto
eucarístico fuera de ella, según las respectivas normas y
disposiciones, deberían ser especialmente observados para poner en
evidencia el sentido más profundo del gran Misterio de la fe
escondido en el don de la Eucaristía?
6. Los
sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación: La conversión
es la primera condición para participar plenamente en la Comunión
Eucarística. ¿Cómo perciben los fieles la relación entre el
sacramento de la reconciliación y el de la Eucaristía? La
celebración de la Santa Misa es también una fiesta por la salvación
del pecado y de la muerte. ¿Cómo se responde a ese retorno de los
pecadores, sobre todo en el Día del Señor, de modo que los fieles
puedan acercarse oportunamente al sacramento de la Penitencia para
participar en la Eucaristía? En la vida de las comunidades
cristianas, se verifica una afluencia indiscriminada a la
Eucaristía, o bien una abstención injustificada de la misma? ¿Qué se
hace para ayudar a los fieles a discernir si ellos se encuentran en
la debida disposición para acercarse a este gran Sacramento?
7. El sentido
de lo sagrado en la Eucaristía: La Eucaristía es el misterio de la
presencia real de Dios entre nosotros, pero al mismo tiempo es un
misterio inefable. ¿Cómo debería expresarse el sentido de lo sagrado
en referencia a la Eucaristía? ¿Cómo los sacerdotes y los fieles lo
manifiestan en la cotidiana celebración de la Santa Misa y en las
grandes festividades litúrgicas durante el año? ¿Existen actitudes o
prácticas culturales que oscurecen este sentido de lo sagrado?
8. La Santa
Misa y la celebración de la Palabra: En referencia a las
celebraciones de la Liturgia de la Palabra con la distribución de la
Eucaristía, frecuentemente guiadas por un laico o ministro
extraordinario en parroquias que esperan recibir un sacerdote: ¿cuál
es la difusión de tal fenómeno en vuestras parroquias? ¿qué
formación específica reciben los responsables? ¿Logran los fieles
comprender la diferencia entre estas celebraciones y la Santa Misa?
¿Conocen adecuadamente la distinción esencial entre el ministro
ordenado y el no ordenado?
9. La
Eucaristía y los otros sacramentos: ¿En qué medida y con qué
criterios los otros sacramentos son celebrados durante la Santa
Misa? En ocasión de la celebración de sacramentos y sacramentales en
el curso de la Santa Misa (matrimonios, funerales, bautismos, etc.)
frecuentemente se verifica la presencia de no practicantes, de no
católicos y de no creyentes; ¿qué medidas se toman para evitar la
superficialidad o la falta de respeto en relación a la Eucaristía?
10. La
presencia real de Cristo en la Eucaristía: ¿Han conservado los
fieles de vuestras parroquias la fe en la presencia real del Señor
en el Sacramento de la Eucaristía? ¿Perciben con claridad el don de
la presencia real del Señor? ¿Se verifican en la liturgia de la
Santa Misa o en el culto eucarístico hechos que pueden llevar a una
menor consideración de la Presencia Real? Si tales fenómenos se
verifican, ¿cuáles podrían ser las causas?
11. La
devoción eucarística: ¿Ocupa el culto del Santísimo Sacramento el
debido lugar en la vida de la parroquia y de las comunidades? ¿Qué
importancia dan los pastores a la Adoración del Santísimo
Sacramento, a la Adoración perpetua, a la Bendición del Santísimo
Sacramento, a la oración personal ante el Tabernáculo, a la
Procesión del Corpus Domini, a la devoción eucarística en las
misiones populares?
12. La Santa
Misa y la vida litúrgico-devocional: ¿Logran los fieles percibir la
diferencia entre la Santa Misa y otras prácticas devocionales, como
la Liturgia de las Horas, la celebración de los sacramentos y los
sacramentales fuera de la Misa, la Liturgia de la Palabra, las
procesiones, etc? ¿Cómo se manifiesta la diferencia sustancial entre
la celebración eucarística y las otras celebraciones litúrgicas y
para-litúrgicas?
13. El decoro
en la celebración de la Eucaristía: ¿Se presta atención al decoro de
la celebración eucarística en vuestras iglesias? ¿Cuál es el
contexto artístico-arquitectónico en el cual se desarrollan las
liturgias eucarísticas, ya sean las solemnes como las feriales?
¿Resulta evidente a partir de esta ambientación que el banquete
eucarístico es verdaderamente un banquete “sacro” (cf. Ecclesia de
Eucharistia, 48)? ¿Con qué frecuencia y con qué motivos pastorales
es celebrada la Eucaristía fuera de los lugares de culto?
14. Eucaristía
e inculturación: ¿En qué medida hay que dar espacio a la
inculturación en la celebración del Sacramento de la Eucaristía,
para que sea evitada una malentendida creatividad que persigue modas
fantasiosas y extrañas? ¿Cuáles son los criterios seguidos en la
práctica para la inculturación? ¿Son tenidas en cuenta en la Iglesia
occidental las normas propuestas por la instrucción “De Liturgia
Romana et Inculturatione”? ¿Cómo se afronta el tema de la
inculturación de la Eucaristía en las Iglesias orientales?
15. La nota
escatológica de la Eucaristía: ¿Es suficientemente puesta en
evidencia la nota escatológica de la Eucaristía en la catequesis, en
la formación permanente, en la homilética y en la celebración
litúrgica? ¿Cómo se expresa la tensión escatológica suscitada por la
Eucaristía en la vida pastoral? ¿Cómo se manifiesta en la
celebración de la Santa Misa “la comunión de los santos”, que es una
anticipación de la realidad escatológica?
16.
Eucaristía, ecumenismo, diálogo interreligioso y sectas: Frente a
las concepciones de la Eucaristía propias de los hermanos separados
de Occidente, a los desafíos de las otras religiones y de las
sectas: ¿cómo es preservado y presentado el Misterio del Santísimo
Sacramento en su integridad, de modo que los fieles no sean
inducidos a confusiones ni equívocos, especialmente en ocasión de
los encuentros ecuménicos e interreligiosos?
17. Eucaristía
e intercomunión eclesial: “La celebración de la Eucaristía .... no
puede ser el punto de partida de la comunión” (Ecclesia de
Eucharistia, 35). ¿Cómo son aplicadas las normas de la llamada
intercomunión (cf. CIC 844)? Conocen los fieles la norma según la
cual un católico no puede recibir la Eucaristía en las comunidades
que carecen del válido sacramento del Orden (cf. Ecclesia de
Eucharistia, 46)?
18. Eucaristía
y vida moral: La Eucaristía hace crecer la vida moral del cristiano.
¿Qué piensan los fieles acerca de la necesidad de la gracia
sacramental para vivir según el Espíritu y llegar a ser santos? ¿Qué
piensan los fieles sobre la relación entre la recepción del
sacramento de la Eucaristía y los otros aspectos de la vida
cristiana: la santificación personal, el compromiso moral, la
caridad fraterna, la construcción de la sociedad terrena, etc?
19. Eucaristía
y misión: La Eucaristía es también un don para la misión. ¿Son
conscientes los fieles que el Sacramento de la Eucaristía lleva a la
misión que ellos mismos tienen que cumplir en el mundo según el
propio estado de vida?
20. Todavía
sobre la Eucaristía: ¿Qué otros aspectos no comprendidos en las
preguntas precedentes deberían todavía ser tenidos en consideración
en relación al Sacramento de la Eucaristía en vista de la
preparación del Instrumentum laboris de la discusión sinodal?
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[1] S. Leonis
Magni, Sermo 2 de Ascensione, 61 (74), 2: SCh 74bis, 278.
[2] Origenis,
In epistulam ad Romanos, 4, 2: PG 14, 968B.
[3] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 14
e 48; II Coetus Extraordinarii Generalis Synodi Episcoporum (1985),
Relationem finalem, II.B.b.1.
[4] Cf.
Institution Generalem Missalis Romani (20.IV.2000), 13; Conc. Oecum.
Tridentin., sess. XXII, cap. 6.
[5] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 10.
[6] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 60: AAS 95
(2003), 473.
[7] Cf. ibidem,
35: AAS 95 (2003), 457.
[8] Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 47.
[9] Ibidem.
[10]Catechismus
Catholicae Ecclesiae, 1322-1419.
[11] Codex
Iuris Canonici, c. 897-958.
[12] Codex
Canonum Ecclesiarum Orientalim, c. 698-717.
[13] Cf.
Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003),
9: AAS 95 (2003), 438-439.
[14] De Mysteriis, 47: SCh 25bis, 182.
[15] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Redemptor hominis (4.III.1979),
IV, 20: AAS 71 (1979), 309-316.
[16] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae,
1356-1381.
[17] In S. Matthaeum, 82, 5: PG 58, 744.
[18] N. Cabasilae, Expositio divinae liturgiae,
32, 10: SCh 4bis, 204.
[19] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 2; Conc. Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia
Sacrosanctum concilium, 3, 28; Decr. de Presbyterorum ministerio et
vita Presbyterorum ordinis, 2,4,5.
[20] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 12: AAS 95
(2003), 441.
[21] Esta
expresión de los Orientales, muy hermosa y significativa, indica la
"última Cena" o "Cena del Señor"; el adjetivo "última" debe
entenderse en relación al deseo de Cristo de comer por última vez la
Pascua, según el rito judío, antes de morir, para darle el
significado "nuevo y eterno", como "alianza mística". En este
sentido puede ser considerada la >clave hermenéutica= de la
Eucaristía, inseparable del misterio pascual, que comprende no sólo
la muerte y resurrección, sino también la encarnación.
[22] Cf. S. Ioannis Chrysostomi, In S. Matthaeum,
82, 1: PG 58, 737-738.
[23] Cf. N. Cabasilae, De vita in Christo, I, 1:
SCh 355, 74.
[24] S. Ioannis Chrysostomi, In epistula I ad
Corinthios, 24, 5: PG 61, 205.
[25] S. Gregorii Nisseni, Homilia in Ecclesiastem,
III: PG 44, 469.
[26] S. Maximi Confessoris, Mystagogia, 1: PG 91,
664.
[27] Homilia in Oziam, 6, 4: PG 56, 140.
[28] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 15: AAS
95 (2003), 442-443.
[29] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 7,
47; Decr. de Presbyterorum ministerio et vita Presbyterorum ordinis,
5,18; Institutionem Generalem Missalis Romani (20.IV.2000), 3.
[30] Cf., e.g.,
S. Cyrilli Ierosolomitani, Catechesin mystagogicam, IV, 2, 1-3; IV,
7,5-6; V, 22, 5: SCh 126bis, 136. 154. 172.
[31] Pauli VI,
Litt. encycl. Mysterium fidei (3.IX.1965), 26: AAS 57 (1965), 766.
[32] Cf.
Catechismum Catholicae Ecclesiae, 1328-1332.
[33] Cf. VIII: SCh 11,79.
[34] Cf. Ad Ephesios, 13, 1; Ad Philadelphienses,
4; Ad Smyrnenses, 7, 1: Patres Apostolici, F.X. Funk ed., Tübingen
1992, p. 186; 220; 230.
[35] Cf. Didachen 9-10. 14: J.P. Audet ed.,
Parisiis 1958, 235-236; 240.
[36] Cf. I Apologiam 67, 1-6; 66, 1-4: Corpus
Apologetarum Christianorum Secundi Saeculi, vol. I, pars 1,
Wiesbaden 1969, p. 180-182; 184-188.
[37] Cf. Adversus Haereses, 4. 17, 5; 18, 5: SCh
100, 592. 610.
[38] Cf. Epistulam 63, 13: PL 4, 383-384.
[39] Cf. Catechesin magnam, 37: SCh 453, 315-325.
[40] Cf. Catechesin mystagogicam, 4, 3: SCh
126bis, 136.
[41] De Sacerdotio, III, 4: SCh 272, 142-144.
[42] Cf. Homilias Catecheticas 15 et 16: R.
Tonneau-R.Devresse, ed., ST 145, in Civitate Vaticana 1949, 461-605.
[43] Cf. De Sacramentis, 4-5; De Mysteriis, 8-9: SCh
25bis, 102-137; 178-193.
[44] Cf. e.g. Sermonem 132: PL 38, 743-737.
[45] Cf. Sermonem 227, 1: PL 38, 1099-1101.
[46] Cf. De Civitate Dei, X, 5-6: PL 41, 281-284.
[47] Cf. Summam Theologiae, III, 73, a.1.
[48] Cf ibidem, 74, a.1; 79, a.1.
[49] Cf. Ibidem, 73, a.4.
[50] Cf.
Breviloquium, VI, 9: Opera omnia, Opuscoli Teologici / 2, Romae
1966, 276.
[51] Semo 229,
A (Guelferbytanus 7), Tractatus de Dominica Sanctae Paschae, 1; PLS
2, 555; E.D.G. Morin, Miscellanea Agostiniana, I, Romae 1930, 462.
[52] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 23: AAS
95 (2003), 448-449.
[53] Cf.
ibidem, 59: AAS 95 (2003), 472-473.
[54] Ibidem,
40: AAS 95 (2003), 460.
[55] Cf.
ibidem, 5: AAS 95 (2003), 436.
[56] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 3; Ioannis
Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 21:
AAS 95 (2003), 447.
[57] Pauli VI,
Institutio Generalis Missalis Romani (26.III.1970), 8.
[58] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 26: AAS
95 (2003), 451.
[59] Ibidem,
27: AAS 95 (2003), 451.
[60] Ibidem,
28: AAS 95 (2003), 451-452.
[61] Ibidem,
29: AAS 95 (2003), 452-453.
[62] Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
32.
[63] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 34: AAS 95
(2003), 456.
[64] Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia
Lumen gentium, 26.
[65] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 35: AAS 95
(2003), 457.
[66] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 14.
[67] Ioannis
Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 38:
AAS 95 (2003), 458-459.
[68] Ibidem, 39: AAS 95 (2003), 459-460; cf.
Congregationis pro Doctrina Fidei, Litt. Communionis notio
(28.V.1992), 11: AAS 85 (1993), 844.
[69] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 35: AAS 95
(2003), 457.
[70] Cf. Conc.
Oecum. Tridentin., Decr. de ss. Eucharistia, sess. XIII, cap. 1, De
reali praesentia D.N.I. Christi in ss. Eucharistiae sacramento, cap.
2, De ratione institutionis ss. huius sacramenti: DS 1637-41; Can.
1-5: DS 1651-55.
[71] Cf.
ibidem, Decr. de ss. Eucharistia, sess. XIII, cap. 4, De
Transsubstantiatione: DS 1642.
[72] Cf. ibidem, Decr. de communione euch., sess.
XXI: DS 1725-1734.
[73] Cf. ibidem, Decr. de Missa, sess. XXII: DS
1738-1759.
[74] Cf. ibidem, Decr. de ss. Eucharistia, sess.
XIII, cap. 1, De reali praesentia D.N.I. Christi in ss.
Eucharistiae sacramento: DS
1636-1637, cap. 2, De ratione institutionis ss. huius sacramenti: DS
1638.
[75] Cf.
ibidem, Decr. de Eucharistia, sess.
XIII, cap. 5 - 8: DS 1643-1750; can. 1 - 3: DS
1751-1753.
[76] Cf. Pii XII, Litt. encycl. Mediator Dei
(20XI.1947), II: AAS 39 (1947), 547-552.
[77] Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 28.
[78] Cf. Innocentii III, Professionem fidei
Waldensibus praescriptam, DS 794; Conc. Oecum. Lateranens. IV,
Definitionem contra Albigenses et Catharos: DS 802; Conc. Oecum.
Tridentin., Decr. de Missa, sess. XXII, cap. 1, De institutione
sacrosancti Missae sacrificii: DS 1740, can. 2: DS 1752.
[79] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. Ap.
Dominicae Cenae (24.II.1980), 8: AAS 72 (1980),
127-130; Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 28-29:
AAS 95 (2003), 451-453.
[80] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 7;
Decr. de activitate missionali Ecclesiae Ad gentes, 14.
[81] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 3; Decr. de
presbyterorum ministerio et vita Presbyterorum ordinis, 4-5.
[82] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 17; Decr. de
Oecumenismo Unitatis redintegratio, 2,15.
[83] Cf. Pauli VI, Litt. encycl.
Mysterium fidei (3.IX.1965),
17-25: AAS 57 (1965), 762-766.
[84] S. Ignatii Antiocheni, Ad Smyrnenses 7, 1:
Patres Apostolici, F.X. Funk ed., Tübingen 1992, p. 230.
[85] Cf. Pauli VI, Sollemnem Professionem fidei
(30.VI.1968), 25: AAS (1968), 442-443.
[86] Pauli VI, Litt. encycl. Mysterium fidei
(3.IX.1965), 27: AAS 57 (1965), 766.
[87] S. Leonis Magni, Sermo 2 in Ascensione, 61
(74), 4: SCh 74bis, 280-282.
[88] De Mysteriis, 53: SCh 25bis, 186.
[89] Cf. Congregationis pro Doctrina Fidei,
Declarationem Dominus Jesus (6.VIII.2000), 16: AAS 92 (2000),
756-758.
[90] De Trinitate, 8, 13: SCh 448, 396.
[91] Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de
Eucharistia (17.IV.2003), 55: AAS 95 (2003), 470.
[92] Ibidem, 10: AAS 95 (2003), 439.
[93] Ibidem, 61: AAS 95 (2003), 473-474.
[94] Ibidem, 12: AAS 95 (2003), 441.
[95] Ibidem, 23: AAS 95 (2003), 448-449.
[96] Ibidem, 11: AAS 95 (2003), 440-441.
[97] Ad Ephesios, 20, 2: Patres Apostolici, F.X.
Funk ed., Tübingen 1992, p. 190.
[98] In epistulam ad Ephesios, 11, 3: PG 62, 83.
[99] Cf. S. Cyrilli Alexandrini, De adoratione in
spiritu et veritate, 11: PG 68, 761D.
[100] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003),
30.44-45: AAS 95 (2003), 453-454, 462-463.
[101] Ibidem,
61: AAS 95 (2003), 473-474.
[102] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Decr. de Oecumenismo Unitatis redintegratio, 15.
[103] Cf.
Codex Iuris Canonici, c. 844.
[104] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Decr. de Oecumenismo Unitatis redintegratio, 22.
[105] Cf.
Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003),
46: AAS 95 (2003), 463-464.
[106] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 8;
Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003),
19: AAS 95 (2003), 445-446.
[107] Cf.
Tertulliani, Contra Marcionem, IV, 9, 9: SCh 456,124.
[108] De divinis nominibus, 4, 7: PG 3, 701C.
[109] S. Ioannis Chrysostomi, In epistulam I ad
Corinthios, 24, 5: PG 61, 205s.
[110] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 8: AAS 95
(2003), 437438.
[111] Conc.
Oecum. Tridentin., Decr. de Eucharistia, cap. 3, De excellentia ss.
Eucharistiae super reliqua sacramenta: DS 1639.
[112] Cf. Conc.
Florentin., Decr. pro Graecis: DS 1303, Decr. pro Armeniis: DS 1320,
Conc. Oecum. Tridentin., Decr. de Eucharistia, sess. XIII, cap. 4,
De Transsubstantiatione: DS 1642; etiam Institutionem Generalem
Missalis Romani (20.IV.2000), 319-324.
[113] Cf. Conc.
Oecum. Tridentin., Decr. de Missa, sess. XXII, cap. 7, De aqua in
calice offerendo vino miscenda: DS 1748.
[114]
Cf. Conc. Florentin.: Decr. pro Armeniis: DS 1321; Decr. pro
Iacobitis: DS 1352; Conc.
Oecum. Tridentin., Decr. de Missa, sess. XXII, cap. 1, De
institutione sacrosancti Missae sacrificii: DS 1740.
[115] Cf. Conc. Oecum. Tridentin., Decr. de Missa,
sess. XXII, cap. 1, De institutione sacrosancti Missae sacrificii:
DS 1740; can. 2: DS 1752.
[116] Cf. ibidem, cap. 7, De praeparatione, quae
adhibenda est, ut digne quis s. Eucharistiam percipiat: DS
1646-1647, cap. 8, De usu admirabilis huius sacramenti: DS
1648-1650, can. 11: DS 1661
[117] Cf. Institutioem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000) 19; Ioannis Pauli II Litt. encycl. Ecclesia de
Eucharistia (17.IV.2003), 52: AAS 95 (2003), 467-468.
[118] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 199.
[119] Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
57.
[120] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), cap. II.
[121] Cf. ibidem, 51.
[122] Cf. IX,3: Audet, 323.
[123] Cf. Ioannis Pauli II, Adhort. Ap. postsynod.
Ecclesia in Europa (28.VI.2003), 13:
AAS 95 (2003), 657-658.
[124] Cf.
Institutionem Generalem Missalis Romani (20.IV.2000), 67.
[125] Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 56.
[126]
Institutio Generalis Missalis Romani (20.IV.2000), 28.
[127] Cf.
ibidem, 73.
[128] Cf.
Theodori Andidensis, De divinae liturgiae symbolis ac mysteriis, 18:
PG 140, 441C.
[129] De
Sacerdotio, VI, 11: SCh 272,340.
[130] Cf. S.
Germani Costantinopolitani, Historiam Ecclesiasticam et mysticam
contemplationem: PG 98, 400C.
[131] VIII,12,2: F.X. Funk ed., Paderborn 1905,
I, 494.
[132] De incomprehensibilitate Dei, 4, 5: SCh 28bis,
260.
[133] Cf. S. Anastasii Synaitae, Orationem de sacra
Synaxi: PG 89, 833BC.
[134] Cf. S. Ioannis Chrysostomi, Homiliam in
diem natalem Domini nostri Iesu Christi, 7: PG 49, 361.
[135] Cf. S. Basilii Magni, Homiliam in psalmum
115: PG 30, 113B.
[136] In epistulam II ad Corinthios, 18, 3: PG
61, 527.
[137] Cf. N. Cabasilae, Commentarium in divinam
liturgiam, 15, 2: SCh 4bis, 125.
[138] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 72.
[139] Ibidem, 93; etiam Catechismus Catholicae
Ecclesiae, 1348.
[140] Cf. Institutionem Generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 79 d.
[141] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae, 1353.
[142] Cf. Benedicti XII, Lib. "Cum dudum"
(VIII.1341): DS 1017; Pii VII, Breve "Adorabile Eucharistiae"
(8.V.1822): DS 2718; Pii X, Ep. "Ex quo, nono" (26.XII.1910): DS
3556.
[143] De Mysteriis, 52.54: SCh 25bis, 188.
[144] De ecclesiastica hierarchia, 3, 9: PG 3,
464.
[145] Cf. N. Cabasilae, Commentarium in divinam
liturgiam, 48, 5: SCh 4bis, 271-273.
[146] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 79g.
[147] N. Cabasilae, Commentarium in divinam
liturgiam, 42, 3: SCh 4bis, 241.
[148] Cf. S. Ioannis Chrysostomi, In epistulam ad
Philippenses, 3,4: PG 62, 204.
[149] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae,
1384-1390.
[150] Cf. Constitutiones Apostolicas, VIII, 12,
39: F. X. Funk, ed., Paderborn 1905, I, 510, et Anaphoras
alexandrinas Marci, Serapionis, Basilii copti.
[151] Cf. Conc. Oecum. Tridentin., Decr. de Missa,
sess. XXII, cap. 6, De Missa, in qua solus sacerdos communicat: DS,
1747, can. 8: DS, 1758.
[152] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 80.
[153] Ibidem, 81.
[154] Pseudo Chrysostomi, De proditione Iudae, 1, 6:
PG 49, 381.
[155] Cf. ibidem, 381-382.
[156] N. Cabasilae, Commentarium divinae liturgiae,
12, 8: SCh 4bis, 111.
[157] Constitutiones Apostolicae, II, 20, 10: F.X.
Funk ed., Paderborn 1905, I, 77.
[158] S. Basilii Magni, Homilia in psalmum, 33,
10: PG 29, 376.
[159] VIII, 11, 9-10: F. X. Funk ed., Paderborn
1905, I, 494.
[160] Cf. S. Maximi Confessoris, Mystagogiam, 13:
PG 91, 691.
[161] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 82.
[162] In epistulam I ad Corinthios, 24, 2: PG 61,
200.
[163] Cf. S. Germani Costantinopolitani,
Historiam ecclesiasticam et mysticam contemplationem: PG 98, 449B.
[164] Cf. S. Ioannis Damasceni, In epistulam ad
Zachariam ep. de immaculato corpore, 5: PG 95, 409.
[165] N. Cabasilae, Commentarium divinae
liturgiae, 36, 1: SCh 4bis, 223.
[166] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae, 2120.
[167] X, 6: Audet, 236.
[168] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 84.
[169] Cf. ibidem, 282.
[170] Cf. Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
59.
[171] Thomae a Celano, Vita Seconda, 201(789):
Fonti Francescane, Padova 1980, 713.
[172] De vita in Christo, IV, 26: SCh 355, 288.
[173] Cf. Institutionem Generalem Missalis Romani
(20.IV.2000), 17. 89.
[174] Cf. Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
30.
[175] Cf. Ioannis Pauli II, Ep. Ap. Novo
millennio ineunte (6.I.2001), 33: AAS 93 (2001), 289-290.
[176] Cf. De Spiritu Sancto, V, 10: SCh 17bis, 280.
[177] Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const. de sacra
Liturgia Sacrosanctum concilium, 48.
[178] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae,
1135-1186.
[179] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 52: AAS 95
(2003), 467-468.
[180] Cf. Catechesin illuminandorum, 18, 24: PG 33,
1046.
[181] Institutio Generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 92.
[182] Ibidem, 93; cf. 84.
[183] Ibidem, 95.
[184] Ibidem, 288.
[185] Ibidem, Proœmium, 3.
[186] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 49: AAS
95 (2003), 465-466.
[187] Cf. Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
34.
[188] Ibidem, 66.
[189] Cf. Fonti Francescane, I, Testamento, 13: 114;
Lettere 208, 224.
[190] Ioannis Pauli II, Discorso ai partecipanti al
Convegno Internazionale di Musica Sacra (25-27.I.2001): AAS 93
(2001), 351; cf. Lett. Ap. Spiritus et Sponsa (4.XII.2003), 4: L'Osservatore
Romano (7.XII.2003), 7.
[191] Conc. Oecum. Vat. II, Const. de sacra Liturgia
Sacrosanctum concilium, 122.
[192] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 49: AAS 95
(2003), 465-466.
[193] Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
107.
[194] Institutio Generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 295.
[195] Cf. ibidem, 215.
[196] Cf. ibidem, 297.
[197] Cf. ibidem, 304.
[198] Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
103.
[199] Cf. Institutio Generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 296.
[200] Cf. ibidem, 273.
[201]Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1383.
[202] Institutio generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 310.
[203] Ibidem.
[204] Istruzione per l'Applicazione delle
Prescrizioni Liturgiche del Codice dei Canoni delle Chiese Orientali,
108.
[205]
Catechesis mystagogica, 5, 22: SCh 126bis, 172.
[206] Ioannis
Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 25:
AAS 95 (2003), 449-450.
[207] Para el
culto eucarístico renovado dopo el Concilio Vaticano II se vea:
Eucharisticum Mysterium, Instrucción de la Congregación de los Ritos
y del Consilium aprovada y confirmada por Pablo VI (25 mayo 1967):
EV, vol II, 1084-1153; Eucharistiae Sacramentum, con el cual la
Congregación para el Culto Divino ha hecho la revisión del Rito de
la Comunión y del Culto eucarístico fuera de la Misa (21 de junio
1973): ivi, vol. IV, 1624-1659; Inestimabile Donum della
Congregazione per il Culto Divino sobre algunas normas relativas al
culto eucarístico (3 abril 1980): Cf. ibidem, vol VII, 282-303.
[208] De Spiritu Sancto, 9, 22: SCh 17bis, 324.
[209] Cf. Institutionem Generalis Missalis Romani
(20.IV.2000), 45.
[210] Cf. ibidem, 76; 278-280.
[211] Cf. ibidem, 276-277.
[212] Cf. ibidem, 274-275.
[213] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia
de Eucharistia (17.IV.2003), 10: AAS 95 (2003), 439.
[214] Cf.
Congregationis de Cultu Divino et Disciplina Sacramentorum,
Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, ed. Vaticana 2002,
n. 160-165.
[215] Ioannis
Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 25:
AAS 95 (2003), 449-450.
[216] Cf.
ibidem, 34: AAS 95 (2003), 456.
[217] Catechesis mystagogica, 4, 1: SCh 126bis,
134.
[218] In epistulam I ad Timotheum, 15, 4: PG 62,
586.
[219] Exhortatio ad Theodorum lapsum, 1: PG 47,
278.
[220] Cf. Summam Theologiae, III, 79, 1.
[221] Cf. Conc.
Oecum. Tridentin., Decr. de Eucharistia, sess. XIII,
cap. 2, De ratione institutionis ss. huius sacramenti: DS 1638.
[222] S. Ioannis Chrysostomi, In Genesin, 17, 2:
PG 53, 136.
[223] Innocentii III, Ep. "Cum Marthae circa" ad
Ioannem quondam archiep. Lugdun. (29.XI.1202): DS 783.
[224] Cf. Summam Theologiae, III, 73, 6.
[225] Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 26.
[226] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 35: AAS
95 (2003), 457.
[227] Cf. Conc. Oecum. Tridentin., Decr. de
Eucharistia, sess. XIII, cap. 2, De ratione institutionis ss. huius
sacramenti: DS 1638; cap. 8, De usu admirabilis huius sacramenti: DS
1649.
[228] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 17: AAS
95 (2003), 444-445.
[229] Ibidem, 18: AAS 95 (2003), 445.
[230] Cf. Ad Diognetum, V, 5.9.11; VI, 1-2.7:
Patres Apostolici, F.X. Funk ed., Tübingen 1992, p. 312-314.
[231] Cf. Orationem post Communionem I Dominicae
Adventus, Missale Romanum, Typis Vaticanis 2002, 121.
[232] Cf. Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 62: AAS
95 (2003), 474-475.
[233] Ibidem,
20: AAS 95 (2003), 446-447.
[234] Ad
Magnesios, 9, 1: Patres Apostolici, F.X. Funk ed., Tübingen 1992,
196.
[235] Cf.
Ioannis Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003),
41: AAS 95 (2003), 460-461.
[236] I Apologia, 67, 6: Corpus Apologetarum
Christianorum Secundi Saeculi, vol. I, pars 1, Wiesbaden 1969,
186-188.
[237] Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Decr. de
activitate missionali ecclesiae Ad gentes, 39.
[238] Cf. ibidem, 36.
[239] Ibidem, 9.
[240] Cf. Catechismum Catholicae Ecclesiae,
1391-1405.
[241] Ioannis Pauli II, Litt. encycl.
Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 55: AAS 95
(2003), 470.
[242]Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1327.
[243] Cf. ibidem, partem II, sess.
I, cap. II.
[244] Ioannis
Pauli II, Litt. encycl. Ecclesia de Eucharistia (17.IV.2003), 22:
AAS 95 (2003), 448
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