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El prefecto de la
Congregación para los Obispos lee entre líneas el nuevo libro del
Papa. «¡Levantaos! ¡Vamos!»
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 6 julio 2004 -
Intervención del cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la
Congregación para los Obispos, al presentar el nuevo libro de Juan
Pablo II «¡Levantaos! ¡Vamos!», en la Sala de conferencias del
Quirinal (Roma), el 18 de mayo de 2004.
1. Hasta hace pocos años, los Papas sólo hablaban
con encíclicas, exhortaciones apostólicas, bulas, discursos y
homilías. No se conocen libros escritos por Papas durante su
pontificado, con la única excepción de Benedicto XIV, el cual, como
"doctor privado", publicó el tratado "De canonizatione sanctorum".
Juan Pablo II nos regala ahora su tercer libro.
Es un texto privado autobiográfico, que ayuda a entender a fondo
algunos aspectos del pensamiento, de la actividad y del estilo de
este Papa.
Es un libro muy interesante para los obispos: es
fruto de la experiencia personal de Karol Wojtyla, primero como
obispo auxiliar, luego como arzobispo de la histórica e importante
sede de Cracovia y, por último, como Papa. Sin presentarse como
"Maestro de los obispos", Juan Pablo II les enseña cómo cumplir su
misión de obispos, y lo hace con su experiencia vivida en medio de
la crisis espiritual de nuestro tiempo. Con su estilo evangélico,
humano, transparente, muestra el camino que hay que seguir. Este
libro ofrece a los obispos un modelo concreto al cual mirar para
aprender cómo comportarse en las diversas circunstancias que debe
afrontar un pastor.
Pero también para los laicos es un libro muy
atractivo. En efecto, creo que a todos puede interesar comprender
algo de lo que pasa en el corazón de un obispo: comprender los
trabajos y las alegrías de un guía espiritual en esta sociedad que
cambia. Como dice el Papa en las primeras páginas: "ofrezco este
libro como muestra de amor (...) a todo el pueblo de Dios".
Creo que a todos puede interesar lo que se lee
sobre las relaciones de Juan Pablo II con los hombres de
pensamiento, con los hombres de ciencia, con los artistas, con los
colaboradores, con la gente. Es interesante ver cómo en muchas
páginas se trasluce el sentido de la amistad. Juan Pablo II vive a
fondo el sentimiento de amistad, de gratitud y de fidelidad. También
destaca en él el sentido de paternidad espiritual.
Tal vez haya personas a las que les pueda
interesar saber que también el Papa, a los 38 años, pasó una noche
en un saco de dormir en el piso de una estación de ferrocarril. En
efecto, para ir a ver al cardenal Wyszynski, Karol Wojtyla viajó en
un camión cargado de sacos de harina hasta la estación del tren y
allí pasó la noche en el saco de dormir esperando la mañana para la
salida del tren.
2. Me parece que el libro "¡Levantaos! ¡Vamos!"
nos permite comprender las raíces de lo que hay de más propio y
original en la actividad de este Papa.
Ciertamente, de este Papa se conoce mucho.
La larga duración de este pontificado
(veinticinco años y medio) nos ha ayudado a entender la ráfaga de
novedades que este Papa ha traído, y a valorar la notable
contribución que ha dado a la Iglesia y a la humanidad.
La divina Providencia ha asignado a Juan Pablo II
grandes tareas en la historia mundial de nuestro tiempo. No se puede
negar que Juan Pablo II es un protagonista a escala mundial: a
innumerables personas, en este arco de tiempo, Juan Pablo II les ha
transmitido razones de vida y de esperanza. Es un punto de
referencia de la conciencia moral del mundo contemporáneo. Sus tomas
de posición, sus iniciativas han manifestado la grandeza de su
personalidad y la validez de su pensamiento. Al mismo tiempo, la
gente lo siente cercano, porque él sabe comprender los problemas,
las dudas, la búsqueda de verdad y de libertad que hay en el corazón
humano. Y ahora que lo vemos inclinado bajo el peso de la cruz,
porque le cuesta caminar y sus fuerzas han disminuido sensiblemente,
es cada vez mayor la simpatía hacia él. No se rinde; está débil,
físicamente, pero siempre se encuentra fuerte en su espíritu y en su
testimonio.
3. Un elemento notable que se desprende del libro
y que confirman estos veinticinco años y medio de pontificado, es
que la característica primera y fundamental de este Papa es
religiosa. El año pasado, con ocasión del 25° aniversario de su
pontificado, lo que más pusieron de relieve los medios de
comunicación sobre Juan Pablo II no fue su imagen eclesial, sino la
dimensión política de su actividad.
Nadie pone en duda el papel que desempeñó la
actividad de este Papa también en los acontecimientos que marcaron
la caída de la Unión Soviética. Cuando Juan Pablo II fue elegido
Papa, la Unión Soviética era sólida, compacta; parecía
indestructible. El mundo estaba dividido en dos por lo que Churchill
llamó "el telón de acero".
Poco más de diez años después, el mismo Gorbachov
reconoció que lo que había sucedido en Europa del Este no habría
sido posible sin la presencia y el papel de este Papa.
Con todo, quisiera destacar que el objetivo de
todo el pontificado, el motivo inspirador de todas las iniciativas,
ha sido religioso: todos los esfuerzos del Papa se ordenan a hacer
que Dios vuelva a entrar en este mundo, buscan devolver a la
humanidad el sentido de Dios.
Es verdad que este Papa iba contra el comunismo.
Pero el motivo por el que el Papa iba contra el comunismo no era
político, sino religioso y antropológico: el comunismo era un
sistema que profesaba el ateísmo y perseguía a la Iglesia y, al
mismo tiempo, oprimía al hombre, negándole plena libertad. Es un
motivo religioso y más propiamente cristológico el que ha inspirado
la actividad de Juan Pablo II.
En la página 54 se lee que en Cracovia, cuando,
juntamente con sus colaboradores, estudiaba cómo afrontar un
problema, siempre comenzaba ahondando en las motivaciones religiosas
para actuar.
4. Otro elemento característico de este Papa es
la valentía.
Es un hombre que sabe afrontar sin temores las
situaciones difíciles y lo hace por la gran causa que lo inspira y
lo guía, es decir, Dios y el bien de los hombres.
Un episodio significativo de su valentía es el
que se recoge en las páginas 77-81.
En el ámbito de la archidiócesis de Cracovia, y
más exactamente en Nowa Huta, surgió un extenso barrio, habitado por
miles de obreros de la industria metalúrgica con sus familias. Según
el proyecto de las autoridades, no debía tener ninguna relación con
la Iglesia; debía ser un barrio modelo desde el punto de vista
marxista, pero los obreros, en su inmensa mayoría, eran católicos.
Entonces se produjo un enfrentamiento entre el
arzobispo Wojtyla y las autoridades comunistas. "Este fue uno de los
primeros episodios -escribe en la página 78- de una larga batalla
por la libertad y la dignidad de aquella población". Fue una
agotadora "guerra de nervios".
El arzobispo llevó las negociaciones con las
autoridades, sobre todo con el jefe de la oficina provincial
encargada de las cuestiones religiosas: un hombre afable en las
conversaciones, pero duro e intransigente en las decisiones.
Mientras entablaba las negociaciones, el cardenal Wojtyla nombró un
párroco para esa población. Aunque no había aún iglesia, al menos
había sacerdote. Se trataba de un sacerdote con el que mantenía una
gran amistad y que había nacido en su mismo pueblo: Wadowice.
En Navidad, a media noche, el arzobispo Wojtyla
fue a celebrar la misa al aire libre, sin iglesia, con una
temperatura de por lo menos diez grados bajo cero. Y mucha gente
participó en esa misa. Esto constituyó un ulterior argumento en las
negociaciones con las autoridades: el derecho de la gente a
participar en las celebraciones religiosas en condiciones más
humanas que las de la misa de la noche de Navidad.
Al final ganó la batalla. Para construir la
iglesia, el párroco tuvo luego la feliz idea de pedir a todos los
fieles que cada uno llevara una piedra, de forma que todos se
sintieron involucrados en la construcción del templo. Y en 1977 el
arzobispo Wojtyla consagró la iglesia de Nowa Huta.
Otro episodio de valentía, más lejano en el
tiempo, se puede leer en la página 57. En 1936 hubo una gran
peregrinación de la juventud universitaria al santuario de la Virgen
de Czestochowa. Desde entonces, cada año la Universidad
Jaguellónica, que Karol Wojtyla frecuentaba, hacía la peregrinación.
Llegó la ocupación nazi y no se pudo hacer la peregrinación. Pero,
para mantener la tradición, tres estudiantes fueron al santuario de
Czestochowa: Karol Wojtyla y otros dos. Czestochowa en aquellos días
estaba rodeada por el ejército de Hitler. Los padres del santuario
acogieron y dieron hospitalidad a los tres estudiantes, que tuvieron
la alegría de haber logrado conservar, en esas circunstancias
difíciles, aquella tradición. Todo salió bien. Sobre el hecho se
guardó secreto.
Otro episodio de valentía, recordado en el libro,
es la defensa de la facultad teológica en la Universidad
Jaguellónica. En 1953, las autoridades la suprimieron, con el
pretexto de que en Varsovia se había creado una Academia teológica
dependiente del Estado. El Arzobispo consideró que debía defender la
conservación de dicha facultad. No logró impedir su supresión, pero
sí que naciera luego en Cracovia una facultad análoga a la
suprimida; en cierto modo la sustituía.
¿De dónde sacaba tanta valentía este Papa?
Nos lo revela la sexta parte, es decir, la
última, que lleva por título: "El Señor es mi fuerza". El
razonamiento del Papa se puede resumir así: la fortaleza en la fe y
el sentido de responsabilidad que impulsan a un obispo en su elevada
misión deben llevarlo a no tener miedo cuando se trata de proclamar
la verdad, de defender los valores y tutelar a las personas.
En su primera encíclica, Redemptor hominis, dirá:
"En el camino que conduce de Cristo al hombre (...) la Iglesia no
puede ser detenida por nadie" (n. 13).
Tanto en el arzobispo de Cracovia como en el Papa
encontramos la misma línea valiente de acción, entre otras cosas
porque Juan Pablo II está convencido de que no es manipulando la
verdad o renunciando a las propias certezas como se puede ayudar al
hombre en sus problemas. Sobre la valentía se recogen en el libro
algunas afirmaciones del cardenal Wyszynski. Cito dos (cf. p. 163):
"Para un obispo, la falta de fortaleza es el comienzo de la
derrota". "La falta más grande del apóstol es el miedo".
Para el Papa Juan Pablo II, un obispo "con Dios
en el corazón y rodeado de sus sacerdotes y fieles", debe tener la
valentía de afrontar los desafíos que implica nuestra época. Al
respecto, Juan Pablo II nos ha dado ejemplo: ni siquiera las balas
que le dispararon lo han detenido o lo han atemorizado.
También Karol Wojtyla tuvo un modelo a quien
mirar en los años de seminario y en los primeros años de sacerdocio:
su arzobispo, el cardenal Sapieha, al que el Papa cita en más de una
ocasión, llamándolo "el Príncipe intrépido". Príncipe, porque era
originario de una familia noble que gozaba de ese título. Intrépido,
porque dio grandes pruebas de valentía, primero en los tiempos del
nazismo y luego en los del comunismo. Fue un arzobispo que nunca se
doblegó.
Con estos antecedentes, se comprende cómo, en la
primera homilía en la plaza de San Pedro, al iniciar su pontificado,
dijo (tal vez sería más preciso decir: gritó): "¡No tengáis miedo!
Abrid de par en par las puertas a Cristo". Con ese grito señalaba la
línea de orientación de todo su pontificado.
En el arco de estos años de pontificado, Juan
Pablo II ha propuesto con valentía y confianza al mundo de hoy que
vuelva al camino de la verdad y de los valores morales y
espirituales: es el único camino que puede asegurar a la humanidad
la justicia, la solidaridad y la paz.
Relación con las personas
5. Para un obispo es importante la relación con
las personas. El Papa dice que, en este campo, le ha ayudado mucho
"el personalismo", sobre el que ahondó en sus estudios filosóficos.
Cada hombre, cada mujer, es una persona única e irrepetible.
A este respecto, me ha impresionado lo que
escribe en la página 69: "Cuando encuentro una persona, ya rezo por
ella". Quienes se han encontrado personalmente con este Papa saben
ahora que él ha orado por ellos, sean católicos, judíos, ortodoxos,
musulmanes o ateos.
También escribe: "El interés por el otro comienza
en la oración del obispo, en su coloquio con Cristo, que le confía
"a los suyos"".
Y además: "Tengo como principio acoger a cada uno
como una persona que el Señor me envía y, al mismo tiempo, me
confía".
Trabajando al lado del Papa Juan Pablo II, lo que
más me ha impresionado siempre es la intensidad de su oración.
Es admirable constatar cómo se sumerge en la
oración. Siempre me ha conmovido la facilidad con que, en los
viajes, pasaba del contacto humano con la gente al recogimiento del
diálogo con Dios.
He podido comprobar cómo, antes de cualquier
decisión, suele orar largo rato. Cuanto más importante es la
decisión, tanto más prolongada es su oración.
En el encabezado de las hojas en que escribe sus
homilías, sus discursos, sus apuntes..., pone siempre una
jaculatoria, para comenzar cada hoja con una oración.
En la oración está el manantial de su dinamismo y
el secreto de su entrega incansable. Sé también que ahora, que por
los achaques de su salud puede hacer menos que antes, dedica más
tiempo a la oración.
Relación con el mundo de la cultura
6. "En la lectura y el estudio he intentado unir
siempre de manera armónica las cuestiones de fe, del pensamiento y
del corazón. No son campos separados. Cada uno de ellos se adentra y
anima los otros" (p. 92).
Fe, pensamiento, corazón.
En el libro, Juan Pablo II nos dice que durante
su juventud, además del teatro, le atraía la literatura. Su padre le
leía pasajes de la literatura polaca. Se inscribió en la universidad
para obtener el doctorado en literatura...; sin embargo, al madurar
su vocación sacerdotal, decidió doctorarse en teología y luego en
filosofía.
Aunque se sentía inclinado hacia la literatura y
su primera opción se había orientado en esa dirección, hay que
reconocer que es más filósofo.
En el Papa Juan Pablo II se nota una fuerte
mentalidad filosófica, que siempre está presente en la estructura de
su pensamiento; una mentalidad formada por el tomismo aristotélico y
luego también por la fenomenología. Su tesis filosófica fue sobre la
obra de Max Scheler. La tesis en teología versó sobre san Juan de la
Cruz, uno de los místicos más sublimes.
Juan Pablo II es, personalmente, un místico. La
mística es una dimensión que destaca en toda su vida. Así, no
sorprende que, cuando frecuentaba el seminario clandestino en
Cracovia, le viniera la idea de hacerse carmelita. Consideraba más
adecuada para él la vida de un carmelita que la de un párroco.
Y debemos dar las gracias al cardenal Sapieha, su
arzobispo, que le hizo cambiar de opinión, convenciéndolo de que
debía seguir en el seminario.
Es conmovedor el afecto y la veneración de Karol
Wojtyla por su arzobispo, también él hombre de gran oración,
valentía y prudencia.
El cardenal Sapieha fue quien lo acogió en el
seminario, quien lo ordenó sacerdote y quien lo envió a Roma para
completar sus estudios. Fue él quien formó al joven Karol para unas
tareas que no pudo ver..., que no imaginó, incluido el pontificado,
pero que de hecho preparó (cf. pp. 121-122).
Un obispo debe preparar a quien en el futuro
puede ser llamado al episcopado.
El proyecto de viaje a Ur de los caldeos
7. Por lo que atañe al tema de los viajes
apostólicos, tan significativos en este pontificado, en el libro se
alude también al proyecto de viaje a Ur de los caldeos, que Juan
Pablo II no pudo realizar con ocasión del jubileo del año 2000
porque el presidente Sadam no lo permitió. (Yo personalmente no
entendí por qué Sadam no quiso; era políticamente útil para él que
el Papa fuera a Irak, rompiendo el embargo con el permiso de la ONU.
La finalidad del Papa era religiosa y él mismo la había explicado
públicamente).
El Concilio
8. En estos años, Juan Pablo II ha aplicado con
fidelidad las enseñanzas del mayor acontecimiento espiritual de
nuestro tiempo: el concilio ecuménico Vaticano II.
Podemos decir que es el Papa formado por el
Concilio.
Llevaba un año de obispo auxiliar cuando se
anunció el Concilio.
Participó en todas las sesiones. Fue miembro de
algunas comisiones importantes, como la del Esquema 13, que se
convertiría luego en la constitución pastoral Gaudium et spes sobre
la Iglesia en el mundo actual.
Durante el Concilio hizo muchas amistades entre
los obispos y también entre los peritos; así conoció a muchos
teólogos, entre ellos el entonces profesor Joseph Ratzinger.
En la página 153 afirma que el Concilio lo
enriqueció mucho. Para él fue "una experiencia inolvidable" de un
gran acontecimiento.
Durante los años que siguieron en Cracovia y
luego los del Pontificado ha puesto todo su empeño en aplicar las
disposiciones del concilio Vaticano II. Fidelidad al Evangelio y
fidelidad al concilio Vaticano II han sido los dos motivos
inspiradores de la actividad de este Papa.
Autoridad como servicio
9. Desde que fue consagrado obispo, Karol Wojtyla
siempre ha considerado su autoridad como un servicio. Más que
mandar, ha tratado de servir.
En la página 53 anota que cuando el obispo adopta
una actitud de servicio, los fieles se sienten espontáneamente
dispuestos a escucharle y se someten gustosos a su autoridad. Por
eso, la casa del arzobispo de Cracovia estaba abierta a todos, en
primer lugar porque el arzobispo Wojtyla estaba íntimamente
convencido de que el obispo debe vivir con la gente, para la gente,
al servicio de la gente.
Su casa estaba abierta a los hombres de
pensamiento y de ciencia, a los laicos, a los sacerdotes, a todos.
La colegialidad
10. Ya como arzobispo metropolitano de Cracovia,
trató siempre de tomar las decisiones de modo colegial, es decir,
consultando con los obispos auxiliares y con sus colaboradores.
Cada semana había una reunión de todos los
colaboradores de la curia, y todas las cuestiones se estudiaban y
discutían desde la perspectiva del mayor bien de la archidiócesis.
Siempre tenía la preocupación de encontrar la persona adecuada para
realizar la tarea de la que se trataba.
Como Papa, Juan Pablo II promovió una aplicación
más visible y amplia del afecto colegial y de la colaboración
efectiva del colegio episcopal, valorando las diversas instancias de
comunión.
Trabajó por la unidad interna de la Iglesia
fomentando una progresiva implicación de los obispos y de las
Conferencias episcopales para lograr un provechoso intercambio de
ideas. Así favoreció también un renovado acercamiento cultural a la
situación del mundo contemporáneo.
Lo hizo con el trato afectuoso y familiar que
siempre ha tenido con cada obispo. Con entrega incansable, en estos
años se ha encontrado con numerosísimos obispos en las innumerables
conversaciones personales, y con ellos ha concelebrado la eucaristía
en su capilla privada. También los ha invitado a su mesa (rompiendo
la tradición según la cual normalmente los Papas comían solos).
Con los obispos individualmente o con grupos de
obispos ha examinado a fondo los problemas de la Iglesia en una
diócesis, en una nación o en un continente determinados, o en la
Iglesia universal. Ha hecho más internacional el colegio
cardenalicio: ahora están representados en él 67 naciones, de los
cinco continentes.
Contemplando el dinamismo del Papa en estos años
y su trabajo incansable en favor de la unidad interna de la Iglesia,
se debe reconocer que Juan Pablo II ha valorado la colegialidad y a
la vez ha ejercido el primado como un servicio en nombre de Cristo:
un servicio a la comunión en la Iglesia, un servicio a la unidad, un
servicio a las diversas Iglesias, un servicio a sus hermanos
obispos, ofreciéndoles su ayuda y apoyo; por consiguiente, un
servicio también a la colegialidad episcopal, promoviendo y
sosteniendo una cooperación más visible en la Iglesia.
Conclusión
11. Hoy es el cumpleaños del Papa.
En toda familia los cumpleaños se recuerdan con
alegría y con felicitaciones.
Las felicitaciones por el cumpleaños de Juan
Pablo II se inspiran en un profundo sentido de gratitud por el bien
que ha sembrado en favor de la Iglesia y de la sociedad. Tal vez
alguno de nosotros también haya cambiado gracias a la fidelidad y a
la valentía con las que este Papa ha proclamado la verdad y
defendido los valores. El ejemplo de este Papa, como reflejan
también las páginas del libro, nos sirve a todos de gran
inspiración.
Que el testimonio que nos da con su fe y su
valentía siga iluminando el camino de la Iglesia y de la humanidad. |