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Buenos
Aires, 15 de septiembre de 2004
Intervención del Sr. Arzobispo durante el rito de Rosh Hashaná
Este último sábado, 11 de septiembre,
Monseñor Bergoglio realizó una intervención en la Sinagoga de la
calle Vidal 2049 de Buenos Aires.
La misma se realizó con
motivo del rito de Rosh Hashaná, celebrado por la comunidad judía
esta semana.
Se anexan
a continuación, las palabras del Sr. Arzobispo de Buenos Aires:
Intervención del Sr. Arzobispo durante el rito de Rosh Hashaná
en la
Sinagoga de la calle Vidal 2049 de Buenos Aires.
Hoy venimos a presentarnos delante del Señor. Podemos imaginar la
escena como al comienzo del libro de Job (1:6). Allí el Señor
interroga y sus preguntas mueven el corazón, descubren las
intenciones. Estamos delante de Él y con deseos de escuchar. Dejar
que sus preguntas nos muevan por dentro, nos hagan transparentes. No
tengamos miedo a la Verdad si la reconocemos o proclamamos delante
de Él porque Él “es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de
gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni guarda rencor
eternamente”. (Salmo 103 (102):8-9).
Y como en aquel atardecer del comienzo hoy nos pregunta a cada uno
por nosotros mismos: Adán “dónde estás” (Gen. 3:9). Interroga sobre
nuestra orientación. ¿Sabemos dónde estamos en relación a Él, en
relación a lo que Él quiere de nosotros?” ¿O acaso hemos comido del
árbol que nos prohibió y procuramos escondernos? (cfr. Gen. 3:11).
La pregunta nos hace caer en la cuenta de nuestros límites, nuestras
falencias, nuestras desnudeces. Nos quedan solo dos caminos; o
camuflarlas o reconocerlas. ¿Dónde estoy? respecto de Dios. ¿Dónde
estoy? respecto de mí mismo. Hoy es el “tiempo oportuno” para
resituarnos. ¡Tantas veces nos desplazamos del camino!, ¡tantas
veces nuestra brújula se enloquece y perdemos el sentido de la
orientación! Hoy debemos responder con verdad; mirar dentro de
nuestro corazón. No tener miedo, pero decir la verdad. ¿Dónde estoy
situado?” Y no tratar de echar la culpa a otro: “La mujer que
pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él” (Gen. 3:12).
Resituarme en mí mismo y delante de Dios. Y volver a orientar mi
corazón convirtiéndome a Él.
Hoy también nos hace una segunda pregunta: “¿dónde está tu hermano?”
(Gen. 4:9). Antes nos interrogaba sobre nuestra situación respecto
de nosotros mismos y de Él; ahora en referencia a nuestros prójimos.
Él no nos quiso solitarios sino formando un pueblo, una familia.
Cuando andamos desorientados respecto de nosotros mismos y de Dios,
esta desorientación también afecta nuestra relación con los
hermanos; y entonces contestamos: “no lo sé” (Gen. 4:9) o vamos más
allá y queremos justificarnos: “acaso soy yo el guardián de mi
hermano?” (id.). Mi hermano: tantos hombres y mujeres a los que mi
egoísmo me hace olvidar. El Señor nos pregunta por el huérfano y la
viuda, por el forastero y el esclavo. Hagamos silencio en nuestro
corazón y respondamos por nuestro hermano.
Estas dos preguntas actualizan su mandato: “Escucha Israel: el
Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut.
6: 4-5) y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”
(Lev. 19:18); se nos pide actualizar ese mandato que debe hacerse
carne en nuestras vidas y doctrina para nuestros hijos: “Graba en tu
corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos y
háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje,
al acostarte y al levantarte” (Deut. 6: 6-7).
Esta es nuestra memoria. No la perdamos. Y, al escuchar hoy las dos
preguntas, esforcémonos también por recuperar la memoria. En la vida
de todos los días la fascinación de los ídolos nos lleva a debilitar
la memoria. Junto a estas dos preguntas hoy también se nos pide
recuperar la memoria: “Presta atención y ten cuidado, para no
olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que
se aparten de tu corazón un solo instante” (Deut. 4:9). Recuperemos
la memoria de nuestra historia personal y de nuestra historia como
pueblo: “Yo los hice caminar por el desierto durante cuarenta años,
sin que se les gastara la ropa que llevaban puesta ni las sandalias
que tenían en los pies” (Deut. 29:4). Cuando perdemos la memoria de
nuestro camino andado también evadimos las dos preguntas anteriores.
Ya no sabemos qué responder al “Adán, dónde estás” y al “dónde está
tu hermano”, simplemente porque hemos olvidado de dónde venimos,
porque hemos perdido el norte de nuestra pertenencia a un pueblo. Y,
cuando se pierde este norte, se ha caído en la idolatría. Cabe hoy
también preguntarnos por esto recordando el mandato del Señor: “No
vayan detrás de otros dioses, de los dioses de los pueblos que están
alrededor de Ustedes” (Deut. 6:14). La idolatría se nos filtra de
mil maneras, los ídolos nos son ofrecidos a cada paso, pero el ídolo
más peligroso somos nosotros mismos cuando queremos ocupar el lugar
de Dios. Ese egoísmo sutil que nos convierte en única referencia de
toda la existencia.
Recuperar la memoria con la piedad de un niño y –mientras nos
examinamos acerca de las dos preguntas que el Señor nos hace-
balbucear nuestra historia con un corazón que quiere convertirse al
Señor: “Mi padre era un arameo errante que bajó y se refugió allí
con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación
grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos
oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos
auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra
voz. El vió nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y
nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su
brazo, en medio de un gran fervor, de signos y prodigios. Él nos
trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel” (Deut.
26: 5-9). Ésta es la memoria que hoy nos ha de llevar a la
conversión.
Y nuestra memoria apunta también a la memoria del Señor: Él nos
espera, Él se acuerda de nosotros con la ilusión de que volvamos a
los primeros tiempos: “Recuerdo muy bien la fidelidad de tu
juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el
desierto, por una tierra sin cultivar...” (Jerem. 2:2). Recordamos
sintiéndonos recordados; queremos amar sintiéndonos primero amados.
Él nos espera, Él nos “primerea” como la flor del almendro.
Convertirse así, contemplando tanto amor, se transforma en fiesta y,
en medio del arrepentimiento y propósito de conversión repitámonos
fraternalmente: “Este es un día consagrado al Señor... no estén
tristes ni lloren... No estén tristes, porque la alegría en el
Señor es la fortaleza de Ustedes” (cfr. Nehem. 8: 9-11).
Buenos Aires,
11 de Septiembre de
2004.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. |