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Catolicismo
del Vaticano II y Devociones tradicionales
(Jornadas
de verano – Buenos Aires: 19 de febrero de 2004)
En
primer lugar deseo expresar mi sentido agradecimiento por la
invitación que me han hecho para participar en
estas jornadas y, especialmente, en la Liturgia Eucarística.
Me
auguro que ella no tendrá nada que reprocharme si, en estas
reflexiones que estoy por presentarles, no me detendré en el
comentario de la Palabra, que acabamos de escuchar, sino más bien
sobre la circunstancia.
Más
de una vez en estos cuarenta años de Post-Concilio me he encontrado
con personas, a las cuales el Concilio les ha producido una cierta
desanimación. Y esto sobre todo en lo que concierne a las devociones
populares.
En
efecto, alguno me ha dicho: “¿Qué ha sucedido? ¡Han trastocado todo! Nos han cambiado la religión”.
Algún otro, en cambio: “¡Oh,
no es el caso de preocuparse ... se ha hecho tanto ruido, pero después,
para nada. Todo permanece como antes!”.
Naturalmente
los dos se equivocan: los primeros por exceso, los segundos por
defecto. En realidad la obra del Concilio no ha sido la de un
Bulldozer, que atropella y arrasa con todo lo que encuentra en su
camino, para poder rehacer todas las cosas desde sus fundamentos.
Asimismo la obra del Concilio no ha sido algo puramente académico!
A
título de relax, pero refiriendo una cosa realmente sucedida, deseo
señalar un episodio que servirá para comprender con suficiente
aproximación, lo que aconteció.
Estaba
en África y no mucho después de la clausura del Concilio. Una
comunidad bastante numerosa de misioneros desde hacía tiempo estaba
debatiendo un problema: aquél de la barba.
Las
posiciones son muy claras: los jóvenes desean que se saque,
mientras los viejos se oponen. Los de edad media, en vez están
indecisos... están prácticamente por un “ni”. El Superior que
debe tomar una decisión y no sabe cómo resolver el problema piensa
en ganar tiempo y parte para Europa, donde la barba del misionero es
siempre apreciada y puede procurar muchas ayudas en medio de los
fieles.
Al
regreso en vez de tener las ideas claras, las tiene más oscuras que
antes. Los más jóvenes de los misioneros, cansados de esperar,
pasaron a los hechos ... lo aferraron de noche y cumplen con el
crimen: le cortan la larga barba.
Lógicamente,
de inmediato después del hecho abominable, el Superior se encierra
en su habitación y por varios días no se hace ver en medio de sus
fieles africanos. Pero no podía permanecer siempre dentro de su
habitación, y un día decidió salir. El primer negrito que lo
encuentra, lo mira bien y luego, sonriendo, exclama: “¡Padre! ¡Ahora
parece más limpio!
¡Más limpio! Algo semejante ha sucedido también en la
Iglesia. Después del Concilio ha presentado un rostro más limpio,
o sea más auténtico, más conforme al modelo divino.
Por
otra parte, era precisamente ésta la intención que se prefijó el
Papa Juan: “Devolver el
esplendor al rostro de la Iglesia de Cristo, a las líneas más
simples y más puras de su nacimiento. Y presentarla así como el
divino fundador la hizo: “sin mancha ni arruga”. He
aquí el rostro “más limpio”.
Han
caído ciertas cosas inútiles que se habían ido acumulando en el
curso de los siglos, para hacer aparecer un rostro “original”: más
bello, más atrayente.
La
actualización –y esto vale también para las devociones varias-
querido por el Concilio, se articula sobre dos polos:
-
un retorno a Cristo y una sensibilidad por los problemas de
hoy;
-
una capacidad de “mirar atrás”, retornando a las fuentes
originales y al mismo tiempo, atención a los “signos de los
tiempos”;
-
fidelidad a Cristo y fidelidad al hombre;
-
fidelidad a los orígenes y fidelidad al mundo de hoy.
Si
se descuida uno de los dos polos, se cae o en el más oscuro
tradicionalismo o en la más falsa modernidad y no se tiene así una
verdadera renovación y plena actualización. Esta se obtiene
solamente integrando y armonizando el pasado con el presente en
vista del porvenir.
¿De
este modo se quiere quizá volver a poner en discusión las verdades
fundamentales de la Fe? Ni siquiera en sueño. Simplemente se busca
profundizarla, desarrollarla, tomar las implicancias con los
problemas presentados por la realidad actual, traduciendo la
totalidad en un lenguaje comprensible a los hombres de hoy.
He
aquí una vez más el pensamiento del Papa Juan: “...
Nuestro deber no es sólo el de custodiar este precioso tesoro de la
Fe, como si únicamente nos preocupáramos de la antigüedad ... es
otra la sustancia de la antigua doctrina del depósito de la Fe y
otra es la formulación de su revestimiento ... y es
esto lo que se debe tener en gran cuenta”.
¿Rechazo
entonces de la tradición?
No. Rechazo solamente de una tradición que hace pesado el paso y
hace mirar solamente hacia el pasado e impide comprender las
exigencias de hoy. En sustancia solamente rechazo de una tradición
que se convierte en un ídolo!
Apliquemos
ahora cuanto se ha dicho a las devociones
tradicionales. Con el tiempo a algunas de ellas se les ha pegado
algún peso. Es así como alguna vez estamos más que frente a una pía
devoción a algo que sabe mucho de superstición o que está muy
pesado por el aspecto folklórico y no del devociónal.
Sin
embargo no es difícil
reconocer cuándo las devociones son verdaderas. Según las enseñanzas
del Evangelio los valores fundamentales están dados por la oración
y por la vida divina que se nos transmite a través de los
sacramentos. Ahora podemos constatar con alegría que por medio
de casi todas las devociones se reza y en los distintos santuarios
se brinda abundantemente la vida divina a través de los
sacramentos. Y esto sobre todo a través de los sacramentos de la
Penitencia y de la Eucaristía.
Que
la Virgen ayude de modo especial a los sacerdotes a reconocer en la
Iglesia aquellos elementos extraños a la pureza de la fe de los
fieles y a encaminarlos sobre el recto camino, con el único fin de
volver más limpio y resplandeciente el rostro de la Iglesia y
nuestro encuentro con el Señor.
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