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MISA Y VIGILIA
EUCARÍSTICA
Homilía del Nuncio Apostólico, monseñor
Adriano Bernardini en la celebración Eucarística y Vigilia Eucarística
4 de setiembre de 2004
“Tomad y comed todos... esto es
mi Cuerpo... esta es mi Sangre”.
Después de haber partido el pan y
mientras lo daba a sus discípulos, Jesús pronunció también algunas
palabras y dijo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo... esta es mi
Sangre” (Mt. 26,26; Lc. 22,19).
Aquí comienza el maravilloso viaje del
ser humano que ha aceptado el mensaje Evangélico, con el Cristo de la
Eucaristía.
Permítanme por lo tanto algunas
reflexiones sobre este Misterio, sobre la Eucaristía desde el aspecto
de alimento: “Tomad y comed; esto es mi Cuerpo... ésta es mi Sangre”.
En primer lugar para introducirnos, si
bien limitadamente, en esta estupenda realidad de la Eucaristía
debemos preguntarnos –según un celebre teólogo: ¿qué significado
tienen para Jesús las palabras “Cuerpo y Sangre”?
a. La palabra Cuerpo (y de esta manera
la entendía Jesús) no indica en la Biblia una componente o una parte
del hombre, que unida a las demás componentes (alma y espíritu), forma
el hombre completo.
En el lenguaje bíblico y por lo tanto
en el de Jesús y Pablo, “cuerpo” indica todo el hombre, en cuanto que
vive su vida en un cuerpo, en una condición corpórea y mortal. Juan en
su Evangelio usará el término “carne”... “el Verbo se ha hecho carne”,
pero también en este caso se indica toda la vida.
En pocas palabras: Jesús instituyendo
la Eucaristía, nos ha dejado como don toda su vida, desde el primer
instante de la encarnación hasta el último momento, con todo lo que
concretamente había llenado tal vida: silencio, sudores, fatigas,
oraciones, luchas, humillaciones... ¡He aquí el significado de cuerpo!
b. Este es el auténtico significado
bíblico del término “cuerpo”. ¿Y cuál es en cambio el auténtico
significado bíblico del término sangre?.. ¡“ésta es mi sangre”!
Qué se agrega ahora con la palabra
sangre si nos ha ya donado toda su vida en su cuerpo? ¡Con la palabra
“sangre” se agrega el significado de “muerte”!
Jesús después de habernos donado la
vida nos dona también la parte más preciosa de ella, ¡su muerte! El
término “sangre” en la Biblia no indica, efectivamente, una parte del
cuerpo, es decir una parte de una parte del hombre. Indica un
acontecimiento: la muerte. Así, si la sangre es la sede de la vida
(así se pensaba entonces) su “derramamiento” es el signo plástico de
la muerte.
“Después de haber amado a los suyos que
estaban en el mundo – escribe Juan – los amó hasta el fin” (Jn. 13,1).
En conclusión: la Eucaristía se nos
presenta, y es, el misterio del cuerpo y de la sangre del Señor, es
decir ¡de la vida y de la muerte del Señor!... ¡de la muerte y de la
resurrección de Cristo!
Pero, ¿cuál es el momento en el cual
yo, bautizado, me introduzco en este misterio, en el Misterio de la
Eucaristía, esto es, en el misterio del cuerpo y de la sangre del
Señor, es decir de la vida y de la muerte del Señor?
Es en el momento de la renovación del
sacrificio de la cruz, de su reactualización y más precisamente en el
momento de la consagración.
Es precisamente allí, cuando yo, en
cuanto bautizado y por lo tanto miembro del Cuerpo Místico de Cristo,
después de haberme ofrecido a Dios en el momento del ofertorio de la
Santa Misa, me encuentro unido al “Cristo total”, a aquel Jesús, que
no es más aquél del Cenáculo, sino el Jesús Resucitado. Se trata de
aquel Jesús que estaba muerto, pero que ahora vive por siempre (Ap.
1.18). Se trata del “Cristo total”, Cabeza y Cuerpo, indivisiblemente
unidos. Y yo, bautizado, formo parte de aquel Cuerpo, del cual Cristo
es la Cabeza.
Qué magnífica descripción hace San
Agustín en la “Ciudad de Dios” (X, 6) de esta realidad: “Toda la
ciudad redimida, es decir la asamblea comunitaria de los santos es
ofrecida a Dios como sacrificio universal por la mediación del
sacerdote grande que en la pasión se ofreció a sí mismo por nosotros
en la forma de siervo, para que fuésemos el Cuerpo de una Cabeza tan
grande”.
Por lo tanto, la Iglesia, es decir la
unión de los bautizados, es, en la Eucaristía, oferente y ofrecida al
mismo tiempo y en cada uno de sus miembros. No se pueden dividir y
repartir las dos cosas, como si la Iglesia ministerial (el sacerdote)
sea el oferente y el resto de la Iglesia (los laicos) los ofrecidos.
Cada miembro de la Iglesia es,
simultáneamente, sacerdote y víctima, permaneciendo firme, se
entiende, la diferencia entre sacerdocio ministerial y sacerdocio
universal de todos los bautizados.
Todo, entonces, está claro y seguro en
esta visión de la consagración eucarística. Hay dos cuerpos de Cristo
sobre el altar: su cuerpo real (el cuerpo nacido de María Virgen,
resucitado y subido al cielo) y su cuerpo místico que es la iglesia.
Así sobre el altar está realmente presente su cuerpo real y está
místicamente presente su cuerpo místico, donde “místicamente”
significa: en fuerza de su indivisible unión con la Cabeza.
Ninguna confusión entre las dos
presencias, que son bien distintas, pero tampoco ninguna división. El
ofrecimiento de nosotros y de la iglesia, sin aquélla de Jesús, sería
nada: no sería ni santa, ni agradable a Dios, porque sólo somos
criaturas pecadoras. Por otra parte, tampoco el ofrecimiento de Jesús,
sin aquélla de la Iglesia que es su cuerpo, sería completa. Tan cierto
es que la Iglesia puede decir, con San Pablo: “completo en mi carne
aquello que falta a la pasión de Cristo” (Cfr. Col. 1, 24)
En realidad si yo me alimento de Cristo
y vivo en Cristo, participo de su pasión con mi “cruz cotidiana”, si
bien modesta.
Por último, en cuanto son dos los
“ofrecimientos” y dos los “dones” sobre el altar –el que debe
convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo (el pan y el vino) y el
que debe convertirse en el cuerpo místico de Cristo– he aquí que hay
dos “epíclesis” en la Misa, es decir dos invocaciones al Espíritu
Santo:
- en la primera se dice: “ahora te
pedimos humildemente: manda tu Espíritu a santificar los dones que te
ofrecemos, para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de
Jesucristo”;
- en la segunda, que se recita después
de la consagración, se dice: “danos la plenitud del Espíritu Santo,
para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. El haga
de nosotros un sacrificio perenne y agradable a ti”.
Como conclusión de estas reflexiones,
ahora sabemos que la Eucaristía hace la Iglesia y la Eucaristía hace
la Iglesia, ¡haciendo de la Iglesia una Eucaristía! La Eucaristía
además no es sólo la causa de la santidad de la Iglesia, ni es tampoco
la “forma”, es decir el modelo. La santidad del cristiano debe ser por
lo tanto una santidad eucarística... una santidad que hace vivir al
bautizado en Cristo. El cristiano no puede limitarse a celebrar la
Eucaristía, debe ser Eucaristía con Jesús: ofrecimiento perenne al
Padre en comunión con Cristo por el bien de los hermanos.
¡Oh, si todos nosotros entendiéramos
esta realidad!
Aquí está el inicio de la
reconstrucción o avance de la sociedad y no sólo en lo religioso, sino
también en lo civil.
¡En vez no! Por un falso concepto de
libertad o por prevenciones innatas o circunstanciales se quieren
emprender nuevos caminos, lejanos de estos principios de unidad y de
amor evangélico, concentrados en el Misterio Eucarístico. Y lo que es
aún más grave, no haciendo tesoro de la historia, se repiten errores
ya cometidos en el pasado, innumerables cantidades de veces.
Pidamos a la Virgen María, que nos
ayude a comprender la necesidad de hacernos eucaristía, alimentándonos
del cuerpo y de la sangre de Cristo y uniéndonos a su muerte y
resurrección. Sólo entonces podremos estar seguros de haber celebrado
bien este Congreso Eucarístico.
Mons. Adriano Bernardini, Nuncio
Apostólico |