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Homilía del cardenal
Walter Kasper en el tercer aniversario de la muerte de monseñor
Jorge Novak - Catedral de Quilmes, 9 de julio de 2004
Querido hermano obispo Luis Stöckler
Queridos sacerdotes presentes
Queridos diáconos permanentes
Queridos hermanos y hermanas
"Ut omnes unum sint" (Que todos sean uno). Para
que todos sean una sola cosa.
Este texto del Evangelio era la oración ferviente
de Jesús en la vigilia de su muerte; este era el testamento de Jesús
para nosotros.
Estas sagradas palabras también son el testamento
que nos ha dejado el inolvidable obispo Jorge Novak, de feliz
memoria.
Con gran alegría he aceptado la invitación de su
obispo Luis para presidir esta Eucaristía en memoria de este gran y
venerable obispo que presidiera por casi 25 años esta diócesis. ¡Les
saludo de todo corazón a todos ustedes!
Hay dos estrechos lazos que me unieron con el
difunto Jorge Novak.
El primero: por diez años fui obispo de la
diócesis de Rottemburg-Stuttgart en Alemania; una diócesis que
estaba en estrecha relación con monseñor Novak, porque buscábamos
ayudar a las diócesis más pobres y, a través de ellas, buscábamos
ayudar a los mismos pobres. Monseñor Novak era el apóstol y el amigo
de los pobres, era el defensor de los derechos humanos, sobre todo
en los momentos difíciles y tristes de los años setenta; Él
realizaba más que los otros la opción preferencial del Evangelio por
los pobres y por los perseguidos. Él estaba empeñado por las
familias sin trabajo, por los niños abandonados, por los familiares
de los desaparecidos. Esto no era -cómo él ha escrito- marxismo
¡Esto era para él el Evangelio! El mismo Jesús se hizo pobre por los
pobres. Monseñor Novak ha vivido el seguimiento de Jesús.
El segundo lazo con el obispo Novak es su empeño
y su celo por el ecumenismo, esto es, por la unidad de todos los
discípulos de Cristo. Como saben, el Santo Padre me ha encargado la
labor ecuménica y me ha confiado el Pontificio Consejo para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos. En este difícil y delicado
encargo espero tener un buen intercesor en Monseñor Novak.
Él tenía muchos amigos en las otras confesiones y
era venerado por ellos. Antes de su muerte ha ofrecido su vida por
la unidad de los cristianos. Tenía siempre en mente las palabras de
despedida de Jesús "Para que todos sean una sola cosa". Le estamos
agradecidos de corazón.
La unidad de los cristianos no es un objetivo
cualquiera. La unidad de los cristianos pertenece al centro del
Evangelio.
Creemos en un solo Dios, en un solo Jesucristo,
en un Espíritu santo, en un bautismo, en una santa Iglesia. Sí,
Jesús ha querido una sola Iglesia y antes de su muerte ha orado por
la unidad de sus discípulos. Por eso, el Santo Padre ha escrito en
su encíclica sobre el ecumenismo y lo ha repetido solamente hace un
semana durante la visita del Patriarca ecuménico Bartolomé l en
Roma:
Creer en Jesús quiere decir querer la unidad de
la Iglesia. Esta unidad no es un fin en sí mismo: la unidad de los
cristianos es necesaria para que la Iglesia sea un signo e
instrumento de la unidad, de la reconciliación y de la paz en el
mundo.
Por eso, el restablecimiento de la unidad fue uno
de los principales intentos del Concilio vaticano II y de su decreto
sobre el ecumenismo, cuyos cuarenta años estamos celebrando en este
año. Con este decreto hemos hecho muchos progresos en el
acercamiento de los cristianos separados. El clima y la atmósfera
han cambiado completamente. Es verdad, no hemos ya superado todas
las diversidades. ¡Más bien! Pero los cristianos de las diversas
iglesias y comunidades eclesiales no se comprenden más como enemigos
o como extraños: Se ven como hermanos y como amigos; viven juntos,
trabajan juntos, orar juntos y dan juntos testimonio de su fe en un
mundo que siempre más piensa no tener necesidad de Dios.
El ecumenismo para nada significa abandonar la
propia fe u olvidar la propia tradición
El ecumenismo significa compartir la fe con los
otros, significa intercambiar las propias riquezas de la fe y estar
dispuesto también en aprender de las riquezas de los otros. El Santo
Padre define el ecumenismo como intercambio de dones. Nosotros, los
católicos, fuimos enriquecidos por Cristo y por su Espíritu no sólo
para nosotros sino también para todos los demás.
Seguramente me preguntan: ¿Qué podemos hacer
nosotros para realizar la Voluntad de Jesús y su Testamento?
Quiero decir solamente dos cosas: el óptimo
ecumenismo es vivir el Evangelio. Vivir como buenos cristianos.
Vivir como testigos de Cristo. Vivir el amor de Cristo. Los cismas
en la historia de la Iglesia y las deplorables divisiones son
emergentes a causa de una falta de amor y de comprensión. Donde está
el amor, allí está Dios también y allí estará igualmente la unidad.
Como Monseñor Novak debemos ser amigos de los otros y hacer amistad.
El amor es el gran mandamiento de nuestro Señor. Desde el amor se
lo debe reconocer al cristiano.
Un segundo consejo: nosotros los hombres no
podemos "hacer" la unidad, no la podemos organizar o manipular. La
unidad es un regalo del Espíritu Santo. Él es el Espíritu del amor y
de la unidad. Por consiguiente, no podemos hacer otra cosa que lo
que han hecho María, al madre de Jesús, y los apóstoles después de
la ascensión del Señor: volvieron a Jerusalén, se reunieron en el
cenáculo y han orado por la venida del Espíritu.
La unidad de la Iglesia será un Pentecostés
renovado, como lo ha previsto el beato Papa Juan XXIII. Debemos
orar, orar insistentemente y orar con fervor por la unidad y por el
Espíritu de la unidad. Debemos unirnos con la oración de Jesús "para
que todos sean una sola cosa". Les pido y les ruego que oren por la
unidad.
Monseñor Novak era amigo de los pobres, defensor
de los derechos humanos y promotor del ecumenismo. Era un verdadero
cristiano. Así era profeta de la esperanza. De tales profetas
tenemos hoy necesidad. Nos faltan. Estamos, por tanto, agradecidos
de haber tenido este gran obispo profético, este verdadero
cristiano. La óptima expresión de nuestra gratitud es la de realizar
su programa pastoral, un programa que no era el suyo, sino del
Concilio Vaticano II, el del Evangelio de Cristo.
Él ha vivido y testimoniado el evangelio del
amor. Dios se lo recompense. Amén.
Catedral de Quilmes, 9 julio 2004(AICA) |