Arzobispado
de Buenos Aires
OFICINA DE PRENSA
Homilía
del Sr. Arzobispo en la Santa Misa del 25 de marzo de 2004
en
la fiesta de la Anunciación celebrada en la UCA
con
motivo de la Jornada Por la Vida
El
Sí de María abre la puerta a un largo camino: el del Hijo de Dios
entre nosotros. Hoy comienza este andar del Señor quien “pasó
haciendo el bien”, curó nuestras heridas con sus llagas, proclamó
nuestro triunfo con su Resurrección. Jesús camina en medio de su
pueblo ya desde el seno de su Madre; quiere seguir todos nuestros
pasos incluso el camino del niño por nacer. Se hizo igual a
nosotros en todo menos en el pecado. Este acontecimiento cambia
radicalmente la existencia humana. El Señor asume nuestra vida y la
eleva al orden sobrenatural. La presencia del Verbo de Dios venido
en carne transforma, sin negarlo, todo lo humano, lo eleva, lo
coloca en la dimensión del Reino de Dios. Así, Jesús por nacer
ilumina también la vida de la persona en el vientre de su madre.
Desde nuestra fe –por el misterio de la Encarnación del Verbo- lo
humano, lo que está en el orden de la ley natural, adquiere la
nueva dimensión sobrenatural que, sin negar la naturaleza, la
perfecciona, la lleva a su plenitud.
Con
este acontecimiento se abre una nueva perspectiva para considerar el
origen y el desarrollo de nuestra vida y, en el caso que nos ocupa,
Cristo en el seno de María es clave hermenéutica para comprender e
interpretar el camino, la vida. Y los derechos del niño por nacer,
para entender más nítidamente lo que ya, al respecto, nos dice la
ley natural.
Jesús
se hace niño. Jesús comienza como todo niño y se integra en la
vida de familia. La ternura de la madre hacia ese hijo que viene, la
esperanza del padre (adoptivo en este caso) que ha apostado al
futuro de la promesa, el paciente crecer cada día un poco más
hasta el momento de ver la luz, todo esto que se da en la gestación
de los niños, con Jesús adquiere una nueva significación que
ilumina la comprensión del misterio del hombre y marca nuestra
existencia con valores que florecen en actitudes: ternura,
esperanza, paciencia. Sin estas tres actitudes (ternura, esperanza,
paciencia) no se puede respetar la vida y el crecimiento del niño
por nacer. La ternura nos compromete, la esperanza nos lanza hacia
el futuro, la paciencia acompaña nuestra espera en el cansino pasar
de los días. Y las tres actitudes constituyen una suerte de engarce
para esa vida que va creciendo día a día.
Cuando
estas actitudes no están, entonces el niño pasa a ser un
“objeto”, alejado de su padre y de su madre, y muchas veces
“algo” que molesta, alguien intruso en la vida de los adultos,
quienes pretenden vivir tranquilos, replegados sobre sí mismos en
un egoísmo paralizante. Desde el seno de su Madre Jesús acepta
correr todos los riesgos del egoísmo. Ya nacido, pero niño aún,
fue sometido a la persecución de Herodes quien “mataba a los niños
en su carne porque a él lo mataba el miedo en su corazón”. Hoy
también a los niños, y a los niños por nacer, los amenaza el egoísmo
de quienes sufren la sombra de la desesperanza en su corazón, la
desesperanza que siembra miedo y lleva a matar. Hoy también nuestra
cultura individualista se niega a ser fecunda, se refugia en un
permisivismo que nivela hacia abajo, aunque el precio de esa
no-fecundidad sea sangre inocente. Hoy también estamos
influenciados por un teísmo biodegradador de lo humano; ese teísmo
spray que pretende suplir a la gran Verdad: “el Verbo es venido en
carne”. Hoy también la propuesta cultural a replegarse sobre sí
mismo en una dimensión egoísticamente individualista se construye
a costa de los derechos de las personas, de los niños. Estos son
rasgos del Herodes moderno.
La
Encarnación del Verbo, Jesús niño por nacer en el Vientre de María,
nos convoca una vez más a la valentía. No queremos degradarnos en
la cultura facilista que nos anula y que siempre –porque mata de a
poco- termina siendo cultura de la muerte. Queremos reivindicar la
presencia de Cristo ya en el seno de su Madre, presencia que resitúa
la realidad del niño por nacer. Aquí se fundamenta nuestro Sí a
la vida, un Sí motivado por la Vida que quiso compartir el que es
nuestro Camino. En Cristo la centralidad del hombre como obra
maestra de la creación llega a su plenitud. Participando de esa
plenitud comprendemos más profundamente el misterio del hombre
desde el instante de su concepción y el orden deontológico natural
que regula esta vida.
En
este día de la Encarnación del Verbo quiero pedirle a nuestra
Madre, la Virgen María, que nos ponga junto a Jesús. Que haga
crecer en nuestros corazones actitudes de ternura, de esperanza, y
de paciencia para custodiar toda vida humana, especialmente la más
frágil, la más marginada, la que menos puede defenderse. Así sea.
Buenos
Aires, 25 de marzo de 2004.
Card.
Jorge Mario Bergoglio s.j.
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