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HOMILIA DEL CARDENAL BERGOGLIO EL 8-04-2004

Queridos hermanos en el sacerdocio:

La preocupación pastoral del año pasado de “cuidar la fragilidad de nuestro pueblo” nos lleva a rezar y a preguntarle al Señor con sencillez de servidores: ¿a dónde llevamos la fragilidad que salimos a buscar y que estamos cuidando? ¿Cuál es la gracia que te debemos pedir para cuidar bien a los más vulnerables, a tus preferidos?

Traigamos hoy al corazón la mirada del Señor en tantas ocasiones en las que conmovido, se detenía a contemplar la fragilidad de su pueblo. La compasión entrañable de Jesús no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario: era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza, con audacia, para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar, como dice el pasaje del evangelio que acabamos de leer.

Allí contemplamos al Señor asumiendo con parresía la misión de evangelizar. Fijémonos en los verbos que el Señor toma de Isaías: son “anunciar” (euangelizein) y “predicar” (keruzein), dos acciones que realiza impulsado por el Espíritu que lo unge para la misión. Notemos, por ejemplo, lo que dice de los “oprimidos”; no se trata de un simple liberar cautivos! El evangelio dice que el Señor viene “para enviarlos (aposteilai) en misión liberados de su esclavitud”. De entre los mismos que antes eran cautivos el Señor elige a sus enviados. Nuestro Señor Jesucristo irrumpe en nuestra historia-marcada por la vulnerabilidad- con un dinamismo imparable, lleno de fuerza y de coraje. Ese es el kerygma, el núcleo de nuestra predicación: la proclamación rotunda de esa irrupción de Jesucristo encarnadao, muerto y resucitado, en nuestra historia.

En el diagnóstico que hace Jesús de la situación del mundo no hay nada de quejumbroso, nada de paralizante...por el contrario: es una invitación a la acción fervorosa. Y la mayor audacia consiste precisamente en que se trata de una acción inclusiva, en la que asocia a Sí a los más pobres, a los oprimidos, a los ciegos..., a los pequeñitos del Padre. Asociarlos haciéndolos partícipes de la buena noticia, partícipes de su nueva misión de incluir a otros, una vez liberados. Podríamos decir, en nuestro lenguaje actual, que la mirada de Jesús no es para nada una visión “asistencialista” de la fragilidad. El Señor no viene a sanar a los ciegos para que puedan ver el espectáculo mediático de este mundo, sino para que vean las maravillas que Dios hace en medio de su pueblo. El señor no viene a liberar a los oprimidos-por sus culpas y por las de las estructuras injustas- para que se sientan bien, sino para enviarlos en misión. El Señor no anuncia un año de gracia para que cada uno, sanado del mal, se tome un año sabático, sino para que, con Él en medio de nosotros, vivamos nuestra vida participando activamente en todo lo que hace  a nuestra dignidad de hijos del Dios vivo.

El Señor cuando mira nuestra fragilidad, nos invita a cuidarla no con temor sino con audacia. “¡No teman! Yo he vencido al mundo”. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Por ello, la conciencia de la propia fragilidad, humildemente confesada por Pedro, no suscita por parte del Señor una invitación al repliegue sino que lo mueve a enviarlo en misión, a exhortarlo a que navegue mar adentro, a que se anime a ser pescador  de hombres. La magnitud de la vulnerabilidad del pueblo fiel, que llena de compasión al Señor, no lo lleva a un cálculo prudente de nuestras posibilidades limitadas, tal como le sugieren los apóstoles, sino que los urge a la confianza sin límites, a la generosidad y al derroche evangélico, como sucedió en la multiplicación de los panes. El envío del Señor resucitado, que corona el Evangelio, está en consonancia con el pasaje de hoy, que es inaugural: “vayan y enseñen a todas las gentes, bautizándolas...y enseñándoles a guardar todas cuantas cosas les mandé” (Mt.28, 19)

La audacia y el coraje apostólicos son constitutivos de la misión. La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del kerygma y del anuncio evangélico. Es esa actitud de “libertad interior” para decir abiertamente lo que hay que decir; ese sano orgullo que nos lleva a “gloriarnos” del Evangelio que anunciamos; esa confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que da a los testigos de Cristo la seguridad de que “nada los puede separar del amor de Dios” (Rm.8, 38 ss.). Si los pastores tenemos esta actitud, entonces está bien cuidada y conducida la fragilidad de nuestro pueblo. Ésa es, entonces, la gracia que queremos pedirle al Señor para cuidar bien la fragilidad de nuestro pueblo: la gracia de la audacia apostólica, audacia fuerte y fervorosa en el Espíritu.

A Nuestra Señora se la pedimos humilde y confiadamente. A ella que ha sido llamada “la primera evangelizadora”. A ella, la mujer eucarística que nos entrega a Cristo, ella es la que nos exhorta para que “hagamos todo lo que Jesús nos dice”. Ella es la primera que experimenta en su interior la alegría de salir a evangelizar y la que participa primero de la audacia inaudita del Hijo y contempla y anuncia cómo Dios “muestra el poder de su brazo, desbarata a los soberbios en los proyectos de su corazón, derroca a los potentados y enaltece a los humildes, llena de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos”. De esta audacia de María estamos invitados a participar como sacerdotes de la Iglesia santa. A este ámbito de alegría evangélica-que es nuestra fortaleza- es a donde debemos conducir  la fragilidad de nuestro pueblo que salimos a buscar. Ésa es la buena noticia: que pobres, frágiles y vulnerables, pequeños como somos, hemos sido mirados, como ella, con bondad en nuestra pequeñez y somos parte de un pueblo sobre el que se extiende, de generación en generación, la misericordia del Dios de nuestros padres.

Buenos Aires, 8 de abril de 2004

Jorge Mario Bergoglio s.j.   

 

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