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Homilía de Monseñor Bergoglio en la peregrinación a Luján de 1999

Escuchamos como Jesús miró a su Madre. Desde la cruz, la miró y nos mostró a todos nosotros y le dijo "este es tu Hijo, esos son tus hijos". Y María, al sentir esa mirada de Jesús, habrá recordado cuando jovencita, treinta y tantos años antes, sintió aquella otra mirada que la hizo cantar de júbilo: la mirada del Padre. Y sintió que el Padre había mirado su pequeñez. La pequeña María, nuestra Madre a quien hoy vinimos a ver, y a quien vinimos acá a encontrar y encontrarnos con su mirada. Porque su mirada es como la continuación de la mirada del Padre que la miró pequeñita y la hizo Madre de Dios. Como la mirada del hijo en la cruz que la hizo la Madre nuestra y con esa mirada que hoy nos mira. Y hoy nosotros, después de un largo camino, vinimos a este lugar de descanso, porque la mirada de la Virgen es un lugar de descanso, y venimos a contarle nuestras cosas.

 

Nosotros necesitamos de su mirada tierna, su mirada de Madre, esa que nos destapa el alma. Su mirada que está llena de compasión y de cuidado. Y por eso hoy le decimos: Madre, regálanos tu mirada. Porque la mirada de la Virgen es un regalo, no se compra. Es un regalo de ella. Es un regalo del Padre y un regalo de Jesús en la cruz. Madre, regálanos tu mirada.

 

Venimos a agradecer que su mirada esté en nuestras historias. En esa que sabemos cada uno de nosotros, la historia escondida de nuestras vidas. Esa historia con problemas y con alegrías. Y luego de este largo caminio, cansados encontrarnos con su mirada que nos consuela y le decimos: Madre, regálanos tu mirada.

 

En la mirada de la Virgen, tenemos un regalo permanente. Es el regalo de la misericordia de Dios, que la miró pequeñita, y la hizo su Madre. De la misericordia de Dios, que la miró desde la cruz, y la hizo Madre nuestra. Esa misericordia del Padre bueno, que nos espera en cada recodo del camino. Y para encontrarnos con ese Padre, hoy le decimos a nuestra Madre: Madre, regálanos tu mirada.

 

Pero no estamos solos, somos muchos, somos un pueblo, y la mirada de la Virgen, nos ayuda a mirarnos entre nosotros de otra manera. Aprendemos a ser más hermanos, porque nos mira la Madre. A tener esa mirada que busca rescatar, acompañar, proteger. Aprendemos a mirarnos en su mirada de Madre.

 

La mirada de la Virgen nos enseña a mirar a los que naturalmente miramos menos, y que más necesitan: a los más desamparados, los que están solos, los enfermos, los que no tienen con qué vivir, los chicos de la calle, los que no conocen a Jesús, los que no conocen la ternura de la Virgen, los jóvenes que están mal.

 

No tengamos miedo para salir a mirar a nuestros hermanos con esa mirada de la Virgen, que nos hermana y así iremos tejiendo con nuestros corazones y con nuestra mirada esa cultura del encuentro que tanto necesitamos, que tanto necesita nuestra Patria.

 

Finalmente, no dejemos que nada se interponga a la mirada de la Virgen: Madre, regálanos tu mirada. Que nadie me la oculte. Que mi corazón de hijo la sepa defender de tantos mercachifles que prometen ilusiones; de los que tienen la mirada ávida de vida fácil, de promesas que no pueden cumplirse. Que no nos roben la mirada de la Virgen, que es la mirada de ternura y mirada que nos fortalece desde dentro. Mirada que nos hace fuertes de fibra, que nos hace hermanos, que nos hace solidarios. Madre, que no me desoriente de tu mirada, le pedimos... Regálamela madre, que no dude nunca que me estás mirando con la ternura de siempre, y que esa mirada me ayude a mirar mejor a lo demás, a encontrarme con Jesucristo, a trabajar para ser más hermano, más solidario, más encontrado con los demás. Y así juntos podamos venir a esta casa de descanso bajo la ternura de tu mirada. Madre, regálanos tu mirada.

 

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