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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

 "Partió el pan y se lo dio". El relato de la última cena siempre es conmovedor. Y más cuando lo escuchamos en la fiesta solemne del Corpus Christi. Reunidos en esta plaza de Mayo, frente a nuestra catedral, convocados de todas las parroquias, en familia, como pueblo de Dios, las palabras de Jesús, los gestos del Señor, nos tocan profundamente el corazón: "Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: tomen, esto es mi cuerpo". El Señor acaba de confiarse a los suyos, de abrirles su corazón diciendo que uno lo va a entregar. Uno que sopa el pan en su mismo plato. Pero en vez de seguir hablando de la traición, Jesús se concentra en la Alianza que desea hacer con nosotros. Me gustaría que nos detuviéramos un momento en esta imagen de Jesús dando el pan que acaba de bendecir y que va partiendo en pedacitos. Es una imagen de fragilidad. Fragilidad amorosa y compartida.

 

El Jueves Santo, los sacerdotes pedíamos la gracia de "cuidar la fragilidad de nuestro pueblo", haciendo una ofrenda santa con nuestra propia fragilidad. El 25 de Mayo pedíamos para todos, como Nación, la gracia de "ponernos la patria al hombro" siguiendo los pasos de Jesús Buen Samaritano, que carga sobre sus hombros nuestras fragilidades. Hoy el evangelio nos regala una imagen más honda: la de la fragilidad no como herida, no como debilidad que tiene que cargar el más fuerte, sino de la fragilidad necesaria para que haya vida: de la fragilidad amorosa de la Eucaristía.

 

"Frágil" es "lo que con facilidad se hace pedazos". Y la imagen evangélica que contemplamos es la del Señor que "se hace pedacitos"… de pan y se entrega. En el pan partido -frágil- se esconde el secreto de la vida. De la vida de cada persona, de cada familia y de la patria entera.

 

¡Qué curioso! La fragmentación es el peligro que advertimos como el más grande para nuestra vida social y también para nuestra vida interior. En cambio en Jesús, este fragmentarse bajo forma de pan tierno es su gesto más vital, más unificante: para darse entero tiene que partirse! En la Eucaristía, la fragilidad es fortaleza. Fortaleza del amor que se hace débil para poder ser recibido. Fortaleza del amor que se parte para alimentar y dar vida. Fortaleza del amor que se fragmenta para compartirse solidariamente. ¡Jesús partiendo el pan con sus manos! ¡Jesús dándose en la Eucaristía!

 

En esta fragilidad amorosa del Señor hay una buena noticia, un mensaje de esperanza para nosotros. La entrega generosa y total que deseaba hacer Jesús para salvarnos quedó resguardada en la Eucaristía contra todos los intentos de manipulación por parte de los hombres: de Judas, de los sumos sacerdotes y ancianos, del poder romano y también de todas las tergiversaciones que se intenten hacer a lo largo de la historia.

En la cena, con el lavado de los pies y con la Eucaristía, quedó claro el mensaje de Alianza: Jesús no quiere ser otra cosa que Pan de Vida para los hombres. Para el que no vivió esta Alianza, las escenas de la pasión le podrían hacer pensar que la sangre del Señor quedó desperdiciada, que su cuerpo, colgado en la cruz, quedó arruinado, como un despojo inútil. En cambio para los que comulgan con él, este Jesús traspasado y desangrado, está más entero y vivo que nunca. Ya hay esperanza de resurrección en la última cena.

 

El gesto de Jesús de partir el pan -frágil y tierno-, se convirtió en la señal para reconocer al resucitado: "Lo reconocieron al partir el pan". También para nosotros éste es el signo para creer en Jesús resucitado. "Este es el sacramento de nuestra fe", decimos después de la consagración y mostramos la fragilidad del pan, Cuerpo de Cristo, partido y separado de la Sangre del Señor que contiene el cáliz. Éste es el signo para que creamos que el Señor se dio por nosotros. Y al incorporarlo con fe nos da vida, nos une en intimidad con El y con el Padre, nos unifica interiormente, nos hace un solo cuerpo con los demás en la Iglesia. Al contemplar la Eucaristía creemos. Ésa es la fuerza que tiene la fragilidad del pan, sacramento de nuestra fe, hasta que el Señor vuelva.

 

Volvemos ahora la mirada hacia la fragilidad de nuestro pueblo. Con Jesús, nuestra fragilidad adquiere un sentido nuevo. Es verdad que la fragilidad hace sufrir diversas tentaciones: la tentación de vivir a merced de humores cambiantes, la tentación de ilusionarnos con cualquier promesa de soluciones que mejoren un poquito nomás las cosas, la tentación de quedar aislados y fragmentados cada uno en su propia debilidad. Es verdad -no podemos negarlo- que la fragilidad incita a los violentos a despojar a los más débiles. Pero es verdad también, y más honda, que la fragilidad de nuestro pueblo es un fruto de su mansedumbre, de su deseo de paz, de esa constancia -que a veces parece ingenua- de renovar una y otra vez las esperanzas. Es una fragilidad evangelizada, en la que hay mucho de la mansedumbre y de la confianza de ese Jesús que nos fue anunciado aquí en nuestra Patria desde hace más de 500 años y que ha compartido nuestra historia. Por eso, con Jesús, queremos ser un pueblo que toma el pan con las manos, que lo bendice, lo parte y lo comparte. Al Señor que se hace pedazos para darse entero a cada uno le pedimos que nos reconstituya como personas, como Iglesia y como sociedad. Contra la fragmentación que proviene del egoísmo, le pedimos la gracia de la fragilidad amorosa que proviene de la entrega.

Contra la fragmentación que nos vuelve miedosos y agresivos, le pedimos la gracia de ser como el pan que se parte para que alcance. Y no sólo para que alcance sino por la alegría de compartirlo y de intercambiarlo. Contra la fragmentación de estar cada uno aislado y sumido en sus propios intereses, le pedimos la gracia de estar enteros, cada uno en su puesto, luchando por lo de todos, por el bien común.

Contra la fragmentación que brota del escepticismo y de la desconfianza, le pedimos al Señor la gracia de la fe y de la esperanza, que nos lleva a gastarnos y desgastarnos confiando en Él y en nuestros hermanos.

 

Que nuestra Madre y Señora, la Virgen Santísima, que convivió con la fragilidad de Jesús, que la cuidó en el Niño, y la sostuvo al bajar a su Hijo de la Cruz, nos enseñe el secreto de mirar con fe toda fragilidad humana y de cuidarla con caridad, porque de allí, por la presencia real de Jesús en la Eucaristía, brota la auténtica esperanza.

 

Buenos Aires, 21 de junio de 2003.

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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