Homilía del
Sr. Arzobispo
en el Santuario de San
Cayetano
El Evangelio nos presenta un acontecimiento muy
pequeño, algo que pasó en dos segundos, y fue tan rápido y se
realizó tan secretamente, que nadie se enteró. El único que se dio
cuenta fue Jesús. Él lo valoró y así se lo hizo notar a los
discípulos. Y de allí se convirtió en un gesto grande, en una
enseñanza para todos. En medio de toda la gente que daba limosna,
Jesús se fijó en una humilde mujer que había perdido a su esposo y
cuidaba sola de su familia. Esta señora puso las dos moneditas que
tenía para comer ese día en la alcancía del Templo. Dos moneditas
que no hicieron ruido como hacen las monedas grandes de plata, pero
su tintineo resonó como una plegaria en el Corazón de Jesús.
Hay gente que no entiende estos gestos gratuitos.
Miran a los que venimos a San Cayetano y no entienden y dicen: si no
tienen trabajo, por qué pierden tiempo aquí haciendo la cola. Vienen
a pedir pan y, en vez de comprárselo con las pocas monedas que
tienen, hacen una ofrenda, dan limosna! Hay cosas que si uno no mira
el corazón de la gente, como hace Jesús, no las entiende o las
interpreta mal. El amor y la fe con que esta buena mujer puso su
ofrenda en la alcancía de los pobres, sólo Jesús lo entendió. Ella
confió y se jugó entera a poner toda su esperanza en las manos de
Dios. Su lógica fue: si yo estoy mal, voy a ayudar a otro que esté
peor que yo y con este gesto le voy a rogar al Señor que se acuerde
de mí y bendiga a mis hijos. Y el Señor, que está a la pesca de
estos pequeños detalles que tienen los que aman mucho, la vió y su
gesto quedó grabado en la Palabra viva del Evangelio como el molde
para todos esos pequeños gestos que nos llenan de esperanza. De vez
en cuando salen noticias de éstas en el diario -el otro día una mamá
muy humilde devolvió una suma de dinero que encontró en su
changuito-. Son gestos que en los diarios duran un día, pero en el
corazón de Jesús los gestos de esas manos que dan con esperanza, de
esas manos que devuelven con honradez, quedan grabados para siempre.
El lema de este año es: "No nos desanimemos, de
la mano de San Cayetano encontraremos el camino para volver a
empezar". Fíjense, nos habla de no desanimarnos, de tener esperanza
y concentra todo en la mano de San Cayetano. Si uno quiere saber si
alguien tiene esperanza o está desanimado tiene que mirarle las
manos.
Vamos a mirar hoy las manos. Las manos de San
Cayetano que tienen al Niño Jesús y a la espiga. Y miramos también
nuestras manos, una apretando dos moneditas para la limosna y la
otra con la que acariciaremos la imagen, poniendo allí la fragilidad
de nuestra familia, nuestra propia fragilidad, nuestras peticiones y
nuestros agradecimientos, todas nuestras esperanzas, mojadas con
lágrimas… ¡Tantas cosas van en estas manos que cuidan la fragilidad,
que parten el pan, que toman gracia y que dan de lo que tienen!: en
estas manos está el secreto para volver a empezar, para emprender de
nuevo el camino sin desanimarnos, llenos de una esperanza que nunca
defrauda.
De la mano del Niño Jesús queremos agarrar fuerte
la mano de nuestra familia. Sobre todo en estos tiempos en que se
ataca tanto a la familia y se la quiere destruir de tantas maneras
diversas. Así, bien apretada y cálida, la mano del Niño convierte en
fortaleza nuestra fragilidad. De la mano de San Cayetano queremos
agarrar la mano de todos los argentinos, en especial las de los que
ya no tienen esperanza, para recibir así, en conjunto, el don del
pan y el don del trabajo. Dios nuestro Padre da estos dones a los
que quieren incluir a todos. Y si Él nos los ofrece a todos, sin
exclusión, nadie nos los puede negar. Son un derecho inalienable. El
pan y el trabajo que recibimos juntos y que compartimos hacen a
nuestra dignidad, como personas y como Nación. Puede costar más o
menos lucha recuperarlos para todos. A veces hay que exigirlos, a
veces pedirlos, y compartirlos siempre… Pero con la conciencia de
que no es limosna, es justicia.
Con la mano con la que tomamos gracia queremos
reconocer que todo Don y toda justicia viene primero de las manos de
Dios antes que de ningún hombre, antes que de la mano dura o blanda
de ningún gobierno, antes que de la "mano invisible" de ningún
sistema económico.
Y al dar nuestras dos moneditas con la otra mano,
queremos dar testimonio de que somos libres y soberanos porque somos
dueños de dar, de que desde nuestra pobreza y fragilidad, primero
damos y después pedimos.
¡Danos la mano, Niño Jesús!, como nos la dan
nuestros hijos, que confían en nosotros. Queremos recuperar el
coraje de mirar para adelante y darlo todo por ellos. Ellos son la
esperanza de nuestro pueblo y no los queremos defraudar.
¡Danos la mano, San Cayetano!, esa mano cargada
con la espiga, y que la esperanza del pan y del trabajo de cada día
levante nuestros brazos caídos. Queremos ser un pueblo que trabaja
como trabajaron nuestros mayores y que esta memoria borre toda falsa
ilusión de ganar el pan sin el sudor de nuestra frente.
¡Danos la mano, Padre del Cielo!, que al tomar
gracia del Santo, sintamos tu Providencia de Padre, vos sabés bien
lo que necesitamos, en vos confía nuestra familia, la familia
argentina. Queremos ser un pueblo que se sabe cuidado en su
fragilidad. ¡Que nadie diga que nos abandonas, Señor. Por el honor
de tu nombre!
¡Danos la mano, Virgencita, Madre nuestra!. En
tus manos está nuestra esperanza. Vos sos la que nos dice: "hagan
todo lo que Jesús les diga". Que en tu lenguaje materno, esta
recomendación tierna y exigente nos fortalezca nuestras manos, que
se nos vuelvan ágiles e industriosas para trabajar y que se nos
llenen de la alegría laboriosa de la caridad. Vos sos la mujer
fuerte de nuestra Patria que pone cada día esas dos moneditas que
faltan en la alcancía de cada familia, para que a nadie le falte el
pan.
¡Danos la mano Señor, a través de tus santos!… Y
de la mano de San Cayetano, no nos desanimemos! Que encontraremos el
camino para volver a empezar.
Buenos Aires, 7 de agosto de 2003.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. |