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Homilía
del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo 2004
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de
costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le
presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el
pasaje donde estaba escrito:
“El Espiritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la
unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a
anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar
la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en
la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a
decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban
de oír”.
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración
por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es
éste el hijo de José?”. Pero él les respondió: “Sin duda ustedes me
citarán el refrán: `Médico, cúrate a ti mismo´. Realiza también aquí
, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún”.
Después agregó: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en
su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el
tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo
lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a
ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en
el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el
tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino
Naamán, el sirio”. Al oír estas palabras, todos los que estaban en
la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de
la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se
levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús,
pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Jesús
bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos
estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. (Lc.
4: 16-32)
1. En estos días finales del tiempo pascual, en vísperas de la
venida del Espíritu Santo, nos reunimos para retornar a las fuentes
del Mayo de los argentinos. Volvemos al núcleo histórico de nuestros
comienzos, no para ejercitar nostalgias formales sino buscando la
huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino andado para abrir
espacios al futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria de la
plenitud se hace posible vislumbrar los nuevos caminos. Del paso
fundante de Dios y de su contundente gracia salvadora en nuestra
historia es posible recomenzar, inspirarse, fortalecerse,
proyectarse. La víspera de Pentecostés, tiempo del Espíritu, reúne a
los vapuleados creyentes de hoy, no menos que a los sacudidos y
frágiles apóstoles de entonces, para recomenzar. La fragilidad de la
barca no debe causar temores ni prevenciones, la inmensidad del mar
de la vida y de la historia es suavizada por el viento, ese soplo de
Dios que desde el primer día nos impulsa y conduce. Alguna
verdadera, misteriosa e inclaudicable confianza nos llevó a los
argentinos a congregarnos, tantas veces a lo largo de nuestra
historia, en este solar de mayo, como en aquel año de 1810, buscando
el viento que nos conduzca por buen camino.
2. También aquellos fieles que oían a Jesús en su Nazaret natal
estaban esperanzados. Había respeto y admiración por la autoridad
que emanaba de su persona y sus palabras parecían mover aires
renovados en el alma del pueblo. La propuesta de aquel joven Rabbi
era algo largamente esperado: una “Buena Noticia para los
pobres”, una manera nueva de “ver” la vida y la tan ansiada
libertad. Esa buena nueva de Jesús es inclusiva. A los mismos que
libera y sana les encomienda liberar y sanar a otros. Hablando con
su pueblo, Jesús mismo siente la confirmación de que las palabras
proféticas se cumplen en el mismo momento en que las pronuncia.
Iluminado y ungido, habla movido por el Espíritu. El relato
evangélico nos lo muestra a las claras: allí estaba el Espíritu, un
tiempo nuevo de Dios, un viento que es seguro. Y la gente sentía lo
mismo: hubo aplausos y gestos de admiración.
Sin embargo, el final del relato nos deja perplejos. Alguien deslizó
sibilinamente “Pero, ¿no es éste el hijo de José” el carpintero? y
entonces cambió el humor de los presentes: lo sacaron a empujones y
lo llevaron a un barranco con la intención de despeñarlo o de
apedrearlo. Pero “Jesús pasó por entre medio de ellos y siguió su
camino”, se fue a Cafarnaún, pueblo de Galilea, a predicar de
nuevo al aire libre, entre la gente sencilla del pueblo fiel. Lo que
al principio parecía el acontecimiento de una gran barca lanzada a
los mares de la conquista de la libertad, se convierte en un ir a
buscar la humilde barca de Simón, el pescador del lago de Genesaret:
el Señor se escabulle y se pierde como uno más entre la multitud. Ni siquiera se comporta como un rebelde dispuesto a poner el
pecho a las pedradas.
3. Jesús, fiel al estilo profético que acompañaba su paso entre los
hombres, realiza gestos simbólicos, ¿qué significa este dejar
Nazaret su “patria”? Me parece ver aquí una fuerte protesta contra
los que se sienten tan incluidos que excluyen a los demás. Tan
clarividentes se creen que se han vuelto ciegos, tan autosuficientes
son en la administración de la ley que se han vuelto inicuos.
Por eso Jesús se aparta y elige el pequeño sendero, irse por
entremedio de su pueblo, “la oscura senda” (de la que hablara Fray
Luis De León), que es precisamente el camino de los pobres; el de
los pobres de cualquier pobreza que signifique despojo al alma y, a
la vez, confianza y entrega a los demás y a Dios. En efecto, el que
sufre el despojo de sus bienes, de su salud, de pérdidas
irreparables, de las seguridades del ego y -en esa pobreza- se deja
conducir por la experiencia de lo sabio, de lo luminoso, del amor
gratuito, solidario y desinteresado de los otros, conoce algo o
mucho de la Buena Nueva.
Los argentinos hemos sufrido todas estas pobrezas, algunos las viven
y testimonian desde años y décadas. Pues bien, hoy como en aquel
tiempo, Jesús sigue escabullido entre los más pequeños y pobres de
nuestro pueblo.
Pero, ¿por qué deja a aquellos exaltados solos con sus piedras y sus
deseos de desbarrancar todo lo que no concuerde con sus ideas? ¿Qué
les impide a estos transitar esta senda de la escucha de la Buena
Nueva? Tal vez el tácito enfrentamiento, en sus vidas, entre
sabiduría e ilustración. Lo sabio es añejamiento de vida donde
campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el sentido de
pertenencia. Lo ilustrado, en cambio, puede correr el riesgo de
dejarse empapar de ideologías –no de ideas- de prejuicios, de
facciosidad. La impaciencia de la elites ilustradas no entiende el
laborioso y cotidiano caminar de un pueblo, ni comprende el mensaje
del sabio. Y en aquel entonces había también elites ilustradas que
aislaban su conciencia de la marcha de su pueblo, que negociaban su
pertenencia y su fe, también existían las izquierdas ateas y las
derechas descreídas abroqueladas en sus seguridades marginales
ajenas a todo sentir popular. Algo de aquella cerrazón emocional, de
esas expectativas no colmadas las sintió Jesús como verdaderas
cegueras del alma. Tal actitud parece evocar los reclamos
histriónicos, inmediatistas; esas reacciones y posturas extremas o
superficiales en las que solemos caer.
4. No pocas veces, el mundo mira asombrado un país como el nuestro,
lleno de posibilidades, que se pierde en posturas y crisis
emergentes y no profundiza en sus hendiduras sociales, culturales y
espirituales, que no trata de comprender las causas, que se
desentiende del futuro. Frente a esta realidad debemos quizá pedir
luz acerca de la segunda promesa profética: ha venido a dar vista a los ciegos,
y plantearnos el hecho de nuestra ceguera.
Admitámoslo. Necesitamos que el Señor nos ilumine porque tantas
veces parecemos cegados y vivimos de encandilamientos efímeros que
nublan y opacan. Es como capricho del que no quiere saber nada con
el resplandor que brota del silencioso pensar y hacer balance de
nuestros aciertos y yerros. No buscamos la luz mansa que brota de la
verdad, no apostamos a la espera laboriosa, que cuida el aceite y
mantiene la lámpara encendida.
El fruto vano de la ceguera es la falsa ilusión. Todos ilusionamos
una fuerza profética y mesiánica que nos libere, pero cuando el
trayecto de la verdadera libertad comienza por la aceptación de
nuestras pequeñeces y de nuestras dolorosas verdades, nos tapamos
los ojos y llenamos nuestras manos con piedras intolerantes. Somos
prontos para la intolerancia. Nos hallamos estancados en nuestros
discursos y contradiscursos, dispuestos a acusar a los otros, antes
que a revisar lo propio. El miedo ciego es reivindicador
y lleva a menudo a despreciar lo distinto, a no ver lo
complementario; a ridiculizar y censurar al que piensa diferente, lo
cual es una nueva forma de presionar y lograr poder. No reconocer
las virtudes y grandezas de los otros, por ejemplo, reduciéndolos a
lo vulgar, es una estrategia común de la mediocridad cultural de
nuestros tiempos. ¡Que no sobresalgan! ¡Que no nos desafíen…a ver si
todavía tenemos que salir de nuestro adormecimiento, de nuestra
cómoda paz de los cementerios! ¡Pensar que es el hijo de José!,
decían..., anticipo en palabras de lo que sucedería en los
hechos; y Jesús ya recibía el primer piedrazo de nuestra vulgaridad.
La difamación y el chisme, la trasgresión con mucha propaganda, el
negar los límites, bastardear o eliminar las instituciones, son
parte de una larga lista de estratagemas con las que la mediocridad
se encubre y protege, dispuesta a desbarrancar ciegamente todo lo
que la amenace. Es la época del “pensamiento débil”. Y si una
palabra sabia asoma, es decir si alguien que encarna el desafío de
la sublimidad aun a costa de no poder cumplir muchos de nuestros
anhelos, entonces nuestra mediocridad no se para hasta despeñarlo.
Despeñados mueren próceres, prohombres, artistas, científicos, o
simplemente cualquiera que piense más allá del inconsciente discurso
dominante. No los descubrimos sino tarde. Despreciamos al “hijo del
carpintero”… Pero no hay empacho en poner en el candelero la luz
fatua de cualquier perversión, refregada día y noche por la imagen y
la abundante información; un embeleso de voyeurismo donde todo está
permitido, donde el goce marketinero de lo morboso parece atrapar
los sentidos y los sumerge en la nada. Prohibido pensar y crear.
Prohibido el arrojo, el heroísmo y la santidad. Para estos ciegos
tampoco son bien vistos lo sugerente y lo sutil, la armonía propia
de lo bello, porque implican el trabajo modesto y humilde del
talento.
5. La vitalidad y creatividad de un pueblo, y de todo ser humano,
sólo se da y se puede contemplar luego de un largo camino acompañado
de limitaciones, de intentos y fracasos, de crisis y reconstrucción…
Y el pecado mayor de todos los cultores de la ceguera es el vacío de
identidad que producen, esa terrible insatisfacción que nos
proyectan y no permiten que nos sintamos a gusto en nuestra propia
patria. Se despoja lo identitativo profundo y se propone una
identidad “artificial”, “de cartón”, maquillada, de utilería. Es la
contraposición entre lo identitativo de un pueblo y esa otra
identidad importada, construída a uso y conveniencia de sectores
privados. Jesús, dejando a los ciegos, elige el sendero humilde que
lo lleva al pueblo fiel, el que se admira con sencillez ante esa
doctrina que devuelve la vista a los ciegos que desean ver.
6. ¿Qué vemos cuando se nos permite abrir los ojos? Vemos a Dios
escabullido en medio de su pueblo, caminando con su pueblo.
Vemos a un Jesús con los pies en la tierra, cultivando corazones
como buen Sembrador (y cultivar es la raíz de cultura), elaborando
la verdadera comida del espíritu, ésa que cimienta la comunión entre
los habitantes de la Nación. Se trata de esa comida espiritual, ese
pan que, partido, permite ver; el que se saborea acompañando a los
que sufren cotidianamente, sin pretender sacar provecho o rédito; el
que abraza a todos aun a los que no lo reconocen.
El que, con su misericordia, se hace cargo de miserias y maldades,
sin adulaciones ni justificativos demagógicos, sin conceder a modas
y costumbres.
Es sabiduría: el pan que nos abre los ojos y nos previene de la
ceguera de la mediocridad, proponiéndonos una vida que tiende hacia
lo mejor y no la ética del minimalismo o el eticismo exquisito de
laboratorio, a la vez es la Sabiduría que comprende profundamente y
perdona todo.
Es el pan que nos hace sentir el respaldo que da la sapiencial
constancia de recorrer y de tocar el dolor humano concreto, sin
mediaciones ideológicas ni interpretaciones evasivas o hechas para
la opinión pública.
Y porque se da como Pan, es la Sabiduría que con su testimonio y su
palabra sabe que el alma de un pueblo crece cuando hay trabajo del
espíritu en lo más profundo, sensible y creativo. Ése es su
incansable desafío educativo, lejos de la pura información
enciclopedista o tecnocrática, más lejos aún de la subordinación a
esquemas de poder. Porque su verdadero poder es el del amor infinito
y confiado de Dios, que no se ata a razas ni a formas culturales ni
a sistemas, sino que les da su sentido y significado último: ayudar
a ser y disfrutar de la alegría de ser, que exige renuncia y se
resiste a quedar encerrado en los propios horizontes mezquinos.
7. La ceguera del alma nos impide ser libres.
En el episodio evangélico de hoy, muchos de los que anhelaban la
libertad, al levantar sus piedras intolerantes, demostraban la misma
crueldad que el imperio invasor. Querían librarse del enemigo de
afuera sin aceptar al enemigo interior. Y sabemos que copiar el odio
y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ser su
heredero. Por eso, cuando Jesús propone, siguiendo a Isaías, la liberación de la cautividad y la opresión,
podemos preguntarnos: ¿ de qué cautividad y de cuál opresión? Y
responder: primero la de nosotros mismos: la de nuestra
desorientación e inmadurez, para poder reclamar la libertad de
opresiones externas. Si las cadenas fueran de hierro, si la
presencia de ejércitos externos fuera evidente, lo sería también la
necesidad de libertad. Pero cuando la cautividad proviene de
nuestras sangrantes heridas y luchas internas, de la ambición
compulsiva, de las componendas de poder que absorben las
instituciones, entonces ya estamos cautivos de nosotros mismos. Una
cautividad que se expresa –entre otras cosas- en la dinámica de la
exclusión. No sólo la exclusión que se hace a través de las
estructuras injustas, sino también las que potenciamos nosotros, esa
otra forma de exclusión por medio de actitudes: indiferencia,
intolerancia, individualismo exacerbado, sectarismo. Excluimos de la
identidad y quedamos cautivos de la máscara; excluímos de la
identidad y resquebrajamos la pertenencia...porque “identificarse”
supone “pertenecer”. Sólo desde la pertenencia a un pueblo podemos
entender el hondo mensaje de su historia, los rasgos de su
identidad. Toda otra maniobra de afuera es nada más que un eslabón
de la cadena, en todo caso hay un cambio de amos, pero el status es
el mismo.
8. La propuesta es liberarnos de nuestra mediocridad, esa
mediocridad que es el mejor narcótico para esclavizar a los pueblos.
No hacen falta ejércitos opresores. Parafraseando a nuestro poema
nacional podemos decir que un pueblo dividido y desorientado ya está
dominado.
Una confusa cultura mediática mediocrizada nos mantiene en la
perplejidad del caos y de la anomia, de la permanente confrontación
interna y de “internas”, distraídos por la noticia espectacular para
no ver nuestra incapacidad frente a los problemas cotidianos. Es el
mundo de los falsos modelos y de los libretos. La opresión más sutil
es entonces la opresión de la mentira y del ocultamiento,…eso sí; a
base de mucha información,
información opaca y, por tal, equívoca.
Curiosamente tenemos más información que nunca y, sin embargo, no
sabemos qué pasa. Cercenada, deformada, reinterpretada, la
sobreabundante información global empacha el alma con datos e
imágenes, pero no hay profundidad en el saber. Confunde el realismo
con el morbo manipulador, invasivo, para el que nadie está preparado
pero que, en la paralizante perplejidad, obtiene réditos de
propaganda. Deja imágenes descarnadas, sin esperanza.
9. Pero gracias a Dios, nuestro pueblo también conoce el camino
humilde del machacar diario, el mismo de tantos años de vida
oculta. El de apostar al bien y sostener sin estar seguros del
resultado. Conoce el silencio dolorido y pacífico pero –a la vez-
rebelde, de muchos años de desencuentros, promesas falsas,
violencias e injusticias expoliadoras. Sin embargo, encara
diariamente sus tareas, con mucho desgaste social y un tendal de
marginaciones. Año a año renueva su confiada espera marchando
peregrino a tantos lugares donde Dios y su Madre lo esperan para el
diálogo reconfortante, fortalecedor.
Este pueblo no cree en las estratagemas mentirosas y mediocres.
Tiene esperanzas pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas
nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo
confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo,
el consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes. Para su
conciencia colectiva- ésa que brota del alma profunda de nuestro
pueblo- estas cosas son sólo “piedrazos”. Nuestro pueblo sabe, tiene alma,
y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podemos hablar de una
hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia.
Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su
dignidad. Es una conciencia histórica que se ha ido moldeando en
hitos significativos. Nuestro pueblo
sabe que la única salida es el camino silencioso, pero constante y
firme. El de proyectos claros, previsibles, que exijan continuidad y
compromiso de todos los actores de la sociedad y con todos los
argentinos. Nuestro pueblo quiere
vivir y realizar la convocatoria del Cristo que camina entre
nosotros, animando nuestros corazones, uno a uno, reavivando las
reservas de nuestra memoria cultural. Nuestro pueblo sabe
y quiere
porque ama la Creación del Padre y lo comunitario, como lo hicieron
y lo hacen nuestros aborígenes; porque se arroja y compromete con
sus ideales, como nos lo legaron los españoles que poblaron nuestro
suelo; porque es humilde, piadoso y festivo como nuestros criollos;
porque es laborioso e incansable como nuestros mayores inmigrantes.
10. Vimos al Señor proclamando su mensaje en medio de su pueblo.
Observamos cómo las elites ilustradas no toleran el paciente camino
cotidiano de los humildes y sencillos y, llevados de su histeria
exquisita, procuran desbarrancar y apedrear. Señalamos los valores
de un pueblo con Dios metido en su humilde sendero. Recorrimos
nuestro camino histórico como pueblo y observamos nuestras
contradicciones. Notamos la necesidad de ser curados de nuestra ceguera y librados de la cautividad y la
opresión.
La apelación sapiencial que hoy podemos hacer, inspirándonos en el
Evangelio es a todas luces muy clara: toda transformación profunda
que se encamine hacia la serenidad de espíritu, hacia la convivencia
y hacia una mayor dignidad y armonía en nuestra Patria, solamente
puede lograrse desde nuestras raíces; apelando a la conciencia que
busca y se duele, que goza y se compromete con los otros, que acepta
el orden pacificador de la ley justa y la memoria de los logros
colectivos que van formando nuestro ser común. Apelando a la
conciencia que no se pierde en la ceguera de las contradicciones
secundarias, sino que se concentra en los grandes desafíos, y que
además compromete sus recursos prioritarios para hacer de esto su
proyecto educativo, para todas las generaciones y sin límites.
La Palabra, como la historia, nos deja un código donde espejarnos.
Pero, además, hay también espejismos. Hoy como siempre los
argentinos debemos optar. No hacerlo es ya una opción, pero trágica.
O elegimos el espejismo de la adhesión a la mediocridad que nos
enceguece y esclaviza o nos miramos en el espejo de nuestra
historia, asumiendo también todas sus oscuridades y antivalores, y
adherimos de corazón a la grandeza de aquellos que lo dejaron todo
por la Patria, sin ver los resultados, de aquellos que transitaron y
transitan el camino humilde de nuestro pueblo, siguiendo las huellas
de ese Jesús que pasa en medio de los soberbios, los deja
desconcertados en sus propias contradicciones y busca el camino que
exalta a los humildes, camino que lleva a la cruz, en la que está
crucificado nuestro pueblo, pero que es camino de esperanza cierta
de resurrección; esperanza de la que todavía ningún poder o
ideología lo ha podido despojar.
Buenos Aires, 25 de mayo de 2004.
Card.
Jorge
Mario Bergoglio s.j.
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