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Homilía
del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25/5/2003
"Y entonces, un doctor de la ley se levantó y le
preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que
hacer para heredar la Vida Eterna?" Jesús le preguntó a su vez:
"¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Él le respondió:
"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma,
con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a
ti mismo".
" Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra
así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su
intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de
Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo
despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió
de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su
camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a
él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas,
cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia
montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día
siguiente sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue,
diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al
volver" ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del
hombre asaltado por los ladrones?" "El que tuvo compasión de él", le
respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma
manera".
(Lc. 10, 25-37)
El tiempo pascual es un llamado a renacer de lo
alto. Al mismo tiempo es un desafío a hacer un profundo replanteo, a
resignificar toda nuestra vida -como personas y como Nación- desde
el gozo de Cristo resucitado para permitir que brote, en la
fragilidad misma de nuestra carne, la esperanza de vivir como una
verdadera comunidad. Desde este misterio de alegría íntima y
compartida, sentimos resurgir un sol de Mayo al que los argentinos,
como siempre, deseamos ver como un recuerdo que es destello de
resurrección. Es el esperanzado llamado de Jesucristo a que resurja
nuestra vocación de ciudadanos constructores de un nuevo vínculo
social. Llamado nuevo, que está escrito, sin embargo, desde siempre
como ley fundamental de nuestro ser: que la sociedad se encamine a
la prosecución del Bien Común y, a partir de esta finalidad,
reconstruya una y otra vez su orden político y social.
La parábola del Buen Samaritano es un ícono
iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que
debemos tomar para reconstruir esta Patria que nos duele. Ante tanto
dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el Buen
Samaritano. Toda otra opción termina o bien del lado de los
salteadores o bien del lado de los que pasan de largo, sin
compadecerse del dolor del herido del camino. Y "la patria no ha de
ser para nosotros -como decía un poeta nuestro- sino un dolor que se
lleva en el costado". La parábola del Buen Samaritano nos muestra
con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de
hombres y mujeres que sienten y obran como verdaderos socios (en el
sentido antiguo de conciudadanos). Hombres y mujeres que hacen
propia y acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan que se
erija una sociedad de exclusión, sino que se aproximan -se hacen
prójimos- y levantan y rehabilitan al caído, para que el Bien sea
Común. Al mismo tiempo la Parábola nos advierte sobre ciertas
actitudes que sólo se miran a sí mismas y no se hacen cargo de las
exigencias ineludibles de la realidad humana.
Desde el comienzo de la vida de la Iglesia, y
especialmente por los Padres capadocios, el buen samaritano fue
identificado con el mismo Cristo. Él es el que se hace nuestro
prójimo, el que levanta de los márgenes de la vida al ser humano, el
que lo pone sobre sus hombros, se hace cargo de su dolor y abandono
y lo rehabilita. El relato del buen Samaritano, digámoslo
claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se
circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético-social. Sino
que es la Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta
tocar nuestra fragilidad más cotidiana. Esa Palabra nos revela una
característica esencial del hombre, tantas veces olvidada: que hemos
sido hechos para la plenitud de ser; por tanto no podemos vivir
indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede "a un
costado de la vida", marginado de su dignidad. Esto nos debe
in-dignar. Esto debe hacernos bajar de nuestra serenidad para
"alterarnos" por el dolor humano, el de nuestro prójimo, el de
nuestro vecino, el de nuestro socio en esta comunidad de argentinos.
En esa entrega encontraremos nuestra vocación existencial, nos
haremos dignos de este suelo, que nunca tuvo vocación de marginar a
nadie.
El relato se nos presenta con la linealidad de
una narración sencilla, pero tiene toda la dinámica de esa lucha
interna que se da en la elaboración de nuestra identidad, en toda
existencia "lanzada al camino" de hacer patria. Me explico: puestos
en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy
y cada vez más ese herido es mayoría. En la humanidad y en nuestra
patria. La inclusión o la exclusión del herido al costado del camino
define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y
religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser buenos
samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si
extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho
y largo de la Patria, todos somos o hemos sido como estos
personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de
los que pasan de largo y algo del Buen Samaritano. Es notable cómo
las diferencias de los personajes del relato quedan totalmente
transformadas al confrontarse con la dolorosa manifestación del
caído, del humillado. Ya no hay distinción entre habitante de Judea
y habitante de Samaria, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente
están dos tipos de hombre: los que se hacen cargo del dolor y los
que pasan de largo, los que se inclinan reconociéndose en el caído,
y los que distraen su mirada y aceleran el paso. En efecto, nuestras
múltiples máscaras, nuestras etiquetas y disfraces se caen: es la
hora de la verdad, ¿nos inclinaremos para tocar nuestras heridas?
¿Nos inclinaremos a cargarnos al hombro unos a otros? Este es el
desafío de la hora presente, al que no hemos de tenerle miedo. En
los momentos de crisis la opción se vuelve acuciante: podríamos
decir que en este momento, todo el que no es salteador o todo el que
no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre sus
hombros a algún herido.
La historia del buen Samaritano se repite: se
torna cada vez más visible que nuestra desidia social y política
está logrando hacer de esta tierra un camino desolado, en el que las
disputas internas y los saqueos de oportunidades nos van dejando a
todos marginados, tirados a un costado del camino. En su parábola,
el Señor no plantea vías alternativas, ¿qué hubiera sido de aquel
malherido o del que lo ayudó, si la ira o la sed de venganza
hubieran ganado espacio en sus corazones? Jesucristo confía en lo
mejor del espíritu humano y con la Parábola lo alienta a que se
adhiera al amor de Dios, reintegre al dolido y construya una
sociedad digna de tal nombre.
La Parábola comienza con los salteadores. El
punto de partida que elige el Señor es un asalto ya consumado. Pero
no hace que nos detengamos a lamentar el hecho, no dirige nuestra
mirada hacia los salteadores. Los conocemos. Hemos visto avanzar en
nuestra Patria las densas sombras del abandono, de la violencia
utilizada para mezquinos intereses de poder y división, también
existe la ambición de la función pública buscada como botín. La
pregunta ante los salteadores podría ser: ¿Haremos nosotros de
nuestra vida nacional un relato que se queda en esta parte de la
parábola? ¿Dejaremos tirado al herido para correr cada uno a
guarecerse de la violencia o a perseguir a los ladrones? ¿Será
siempre el herido la justificación de nuestras divisiones
irreconciliables, de nuestras indiferencias crueles, de nuestros
enfrentamientos internos? La poética profecía del Martin Fierro debe
prevenirnos: nuestros eternos y estériles odios e individualismos
abren las puertas a los que nos devoran de afuera
El pueblo de nuestra Nación demuestra, una y otra
vez, la clara voluntad de responder a su vocación de ser buenos
samaritanos unos con otros: ha confiado nuevamente en nuestro
sistema democrático a pesar de sus debilidades y carencias, y vemos
cómo se redoblan los esfuerzos solidarios para volver a tejer una
sociedad que se fractura. Nuestro pueblo responde con silencio de
Cruz a las propuestas disolutorias y soporta hasta el límite la
violencia descontrolada de quienes están presos del caos
delincuencial.
La Parábola nos hace poner la mirada,
redobladamente, en los que pasan de largo.
Esta peligrosa indiferencia de pasar de largo,
inocente o no, producto del desprecio o de una triste distracción,
hace de los personajes del sacerdote y del levita un no menos triste
reflejo de esa distancia cercenadora, que muchos se ven tentados a
poner frente a la realidad y a la voluntad de ser Nación. Hay muchas
maneras de pasar de largo que se complementan: una ensimismarse,
desentenderse de los demás, ser indiferente, otra: un solo mirar
hacia afuera. Respecto a esta última manera de pasar de largo, en
algunos es acendrado el vivir con la mirada puesta hacia fuera de
nuestra realidad, anhelando siempre las características de otras
sociedades, no para integrarlas a nuestros elementos culturales,
sino para reemplazarlos. Como si un proyecto de país impostado
intentara forzar su lugar empujando al otro; en ese sentido podemos
leer hoy experiencias históricas de rechazo al esfuerzo de ganar
espacios y recursos, de crecer con identidad, prefiriendo el
ventajismo del contrabando, la especulación meramente financiera y
la expoliación de nuestra naturaleza y -peor aún- de nuestro pueblo.
Aún intelectualmente, persiste la incapacidad de
aceptar características y procesos propios, como lo han hecho tantos
pueblos, insistiendo en un menosprecio de la propia identidad. Sería
ingenuo no ver algo más que ideologías o refinamientos cosmopolitas
detrás de estas tendencias; más bien afloran intereses de poder que
se benefician de la permanente conflictividad en el seno de nuestro
pueblo.
Inclinación similar se ve en quienes,
aparentemente por ideas contrarias, se entregan al juego mezquino de
las descalificaciones, los enfrentamientos hasta lo violento, o a la
ya conocida esterilidad de muchas intelectualidades para las que
"nada es salvable si no es como lo pienso yo". Lo que debe ser un
normal ejercicio de debate o autocrítica, que sabe dejar a buen
recaudo el ideario y las metas comunes, aquí parece ser manipulado
hacia el permanente estado de cuestionamiento y confrontación de los
principios más fundamentales. ¿Es incapacidad de ceder en beneficio
de un proyecto mínimo común o la irrefrenable compulsión de quienes
sólo se alían para satisfacer su ambición de poder?
Tácitamente los "salteadores del camino" han
conseguido como aliados a los que "pasan por el camino mirando a
otro lado". Se cierra el círculo entre los que usan y engañan a
nuestra sociedad para esquilmarla, y los que supuestamente mantienen
la pureza en su función crítica, pero viven de este sistema y de
nuestros recursos para disfrutarlos afuera o mantienen la
posibilidad del caos para ganar su propio terreno.
No debemos llamarnos a engaño, la impunidad del
delito, del uso de las instituciones de la comunidad para el
provecho personal o corporativo y otros males que no logramos
desterrar, tienen como contracara la permanente desinformación y
descalificación de todo, la constante siembra de sospecha que hace
cundir la desconfianza y la perplejidad. El engaño del "todo está
mal" es respondido con un "nadie puede arreglarlo". Y, de esta
manera, se nutre el desencanto y la desesperanza. Hundir a un pueblo
en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: la
dictadura invisible de los verdaderos intereses, esos intereses
ocultos que se adueñaron de los recursos y de nuestra capacidad de
opinar y pensar.
Todos, desde nuestras responsabilidades, debemos
ponernos la patria al hombro, porque los tiempos se acortan. La
posible disolución la advertimos en otras oportunidades, en esta
misma fecha patria. Sin embargo muchos seguían su camino de ambición
y superficialidad, sin mirar a los que caían al costado: esto sigue
amenazándonos.
Miremos finalmente al herido. Los ciudadanos nos
sentimos como él, malheridos y tirados al costado del camino. Nos
sentimos también desamparados de nuestras instituciones desarmadas y
desprovistas, ayunos de la capacidad y la formación que el amor a la
patria exigen.
Todos los días hemos de comenzar una nueva etapa,
un nuevo punto de partida. No tenemos que esperar todo de los que
nos gobiernan: esto sería infantil, sino más bien hemos de ser parte
activa en la rehabilitación y el auxilio del país herido. Hoy
estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia
religiosa, filial y fraterna para sentirnos beneficiados con el don
de la Patria, con el don de nuestro pueblo, de ser otros buenos
samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de
acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de
nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de
querer ser Nación, de ser constantes e incansables en la labor de
incluir, de integrar, de levantar al caído. Aunque se automarginen
los violentos, los que sólo se ambicionan a sí mismos, los difusores
de la confusión y la mentira. Y que otros sigan pensando en lo
político para sus juegos de poder, nosotros pongámonos al servicio
de lo mejor posible para todos. Comenzar de abajo y de a uno, pugnar
por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria,
con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo por cada llaga
del herido. No confiemos en los repetidos discursos y en los
supuestos informes acerca de la realidad. Hagámonos cargo de la
realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia,
porque allí está el Resucitado. Donde había una piedra y un
sepulcro, estaba la vida esperando. Donde había una tierra desolada
nuestros padres aborígenes y luego los demás que poblaron nuestra
Patria, hicieron brotar trabajo y heroísmo, organización y
protección social.
Las dificultades que aparecen enormes son la
oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que
favorece el sometimiento. Renunciemos a la mezquindad y el
resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos
sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las pérdidas y hagámonos
cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras, porque sólo la
reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo
a nosotros mismos. No se trata de predicar un eticismo reivindicador
, sino de encarar las cosas desde una perspectiva ética, que siempre
está enraizada en la realidad.
El samaritano del camino se fue sin esperar
reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la
satisfacción frente a su Dios y su vida, y por eso, un deber. El
pueblo de esta Nación anhela ver este ejemplo en quienes hacen
pública su imagen: hace falta grandeza de alma, porque sólo la
grandeza de alma despierta vida y convoca.
No tenemos derecho a la indiferencia y al
desinterés o a mirar hacia otro lado. No podemos "pasar de largo"
como lo hicieron los de la parábola. Tenemos responsabilidad sobre
el herido que es la Nación y su pueblo. Se inicia hoy una nueva
etapa en nuestra Patria signada muy profundamente por la fragilidad:
fragilidad de nuestros hermanos más pobres y excluidos, fragilidad
de nuestras instituciones, fragilidad de nuestros vínculos sociales…
¡Cuidemos la fragilidad de nuestro Pueblo herido!
Cada uno con su vino, con su aceite y su cabalgadura.
Cuidemos la fragilidad de nuestra Patria. Cada
uno pagando de su bolsillo lo que haga falta para que nuestra tierra
sea verdadera Posada para todos, sin exclusión de ninguno.
Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada
mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y
atenta, actitud de projimidad del Buen Samaritano.
Que nuestra Madre, María Santísima de Luján, que
se ha quedado con nosotros y nos acompaña por el camino de nuestra
historia como signo de consuelo y de esperanza, escuche nuestra
plegaria de caminantes, nos conforte y nos anime a seguir el ejemplo
de Cristo, el que carga sobre sus hombros nuestra fragilidad.
Buenos Aires, 25 de mayo de 2003.
Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires |