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Hacer conocer y amar al Espíritu Santo, misión de los carismáticos
ROMA, lunes, 31 mayo 2004 - Ayudar a
que tome forma la «cultura de Pentecostés», que es capaz de hacer
fecundar la civilización del amor, es misión de los carismáticos en
el mundo --según Juan Pablo II--, explica Salvatore Martínez
--coordinador en Italia del «Rinnovamento nello Spirito» (RnS) o
«Renovación en el Espíritu»--.
En Italia, más de 200.000 personas en
unas 1.800 comunidades y grupos de oración participan de la
espiritualidad del RnS, una de las expresiones de la Renovación
Carismática Católica (RCC).
La RCC surgió en 1967 cuando algunos
estudiantes de la Universidad de Duquesne (Pittsburgh, Pennsylvania
- EE. UU.) participaron en un retiro durante el cual experimentaron
la efusión del Espíritu Santo y la manifestación de algunos dones
carismáticos. Desde entonces, la RCC se ha difundido rápidamente por
todo el mundo.
Actualmente más de 100 millones de
católicos participan de la espiritualidad de la RCC en 200 países.
Tiene un Consejo Internacional (ICCRS - International Catholic
Charismatic Renewal Services) reconocido por el Consejo Pontificio
para los Laicos.
El sábado pasado, Juan Pablo II, en
la vigilia de Pentecostés que presidió en la Plaza de San Pedro en
el Vaticano, alentó el proyecto «Zarza ardiente» promovido por el
RnS.
--¿Qué representa Pentecostés para la
«Renovación en el Espíritu»?
--Salvatore Martínez: La «Renovación
en el Espíritu» quiere ser un signo elocuente del prodigio
inagotable de Pentecostés y del florecimiento de la fe en los
carismas del Espíritu, una «admonición» para que la Iglesia
redescubra la estructura fisiológica de la existencia cristiana, que
es, por su naturaleza, una existencia en el Espíritu Santo.
La «Renovación en el Espíritu», desde
que surge, parece como una concesión de las audaces esperanzas
proféticas formuladas por Juan XXIII, desde la apertura del Concilio
Vaticano II. Hay dos etapas relevantes: en un primer momento la
afirmación de la «corriente de gracia», de una espiritualidad
apoyada por la experiencia comunitaria de los carismas, imagen de
una Iglesia que ama estar «en el Cenáculo» para «hablar del mundo a
Dios» y «fuera del Cenáculo» para «hablar del mundo a Dios»;
progresivamente, la afirmación de la noción de «movimiento
eclesial», en un creciente compromiso apostólico, de comunión con
los pastores, de formación permanente que hace manifiesta la vida
nueva en el Espíritu en los «ministerios laicales carismáticos»
activados en la Iglesia y en el mundo.
--¿Qué es el «Espíritu» para ustedes?
--Salvatore Martínez: Sin el Espíritu
la evangelización es como un río que se estanca, la caridad un fuego
sin calor, la Palabra algo indeclinable, la Eucaristía un misterio
impenetrable, el otro nunca será prójimo, el mundo un infierno, el
paraíso una realidad olvidada, la Iglesia una madre sin amor.
En mi experiencia personal he visto a
miles de pecadores volver a Dios, enfermos en el cuerpo y en el
espíritu recobrar la salud, hombre y mujeres que habían perdido su
dignidad humana y peregrinaban sin esperanza entre mil pobrezas
reencontrar el gozo de vivir y de llamarse «hijos, hijas de Dios».
Esto y mucho más aún hace el Espíritu
en quien se hace dócil a Su Poder, según las promesas de Jesús. Este
poder se manifestó en la vida de los apóstoles y se manifiesta en la
vida de todo creyente por libre, imprevisible iniciativa del
Espíritu: he aquí por qué hablamos de «efusión pentecostal,
carismática del Espíritu» junto a las efusiones del Espíritu
«programadas» y eficaces en los sacramentos de la vida cristiana.
--Decenas de millones de personas
participan de la espiritualidad de la «Renovación en el Espíritu».
¿De qué forma piensan ustedes comunicar y testimoniar el Espíritu de
Dios entre la gente? ¿Qué proyecto de vida proponen?
--Salvatore Martínez: La efusión del
Espíritu representa la experiencia fundamental de la específica
espiritualidad carismática de la «Renovación en el Espíritu»; es el
«carisma desencadenante»; la experiencia específica de la
«Renovación en el Espíritu». Juan Pablo II la define: «causa de una
experiencia cada vez más profunda de la presencia de Cristo».
La efusión del Espíritu actualiza y
reactiva nuestro bautismo «desaprisionando» al Espíritu Santo. Es
una llamada a la conversión permanente, como en el día del
descendimiento pentecostal del Espíritu en Jerusalén; es un nuevo
conocimiento del señorío de Jesús en nuestra vida, aquel Jesús que
es Señor y sólo mediante el Espíritu puede ser amado, adorado,
anunciado, testimoniado, compartido.
A Pablo VI debemos el primer,
convencido, inmediato y «profético» reconocimiento del papel de la
«Renovación en el Espíritu» en la Iglesia y en el mundo. Él decía en
1975: «La Renovación debe rejuvenecer el mundo, debe darle una
espiritualidad, un alma, Será una oportunidad para la Iglesia si
gritáis al mundo la gloria del Dios de Pentecostés».
Estamos agradecidos a Juan Pablo II
por haber impulsado a la «Renovación en el Espíritu» a convertirse
“como nos dijo desde la primera audiencia en 1980” en «esperanza
para el mundo», una vanguardia de testigos de la «nueva
evangelización» en la docilidad al Espíritu.
La incidencia del pontificado de Juan
Pablo II, sus continuos apremios en nuestra dirección, han sido el
impulso más audaz a la maduración eclesial de la «Renovación en el
Espíritu». Desde 1998, además, recibimos anualmente una carta
autógrafa del Sumo Pontífice con ocasión del mayor evento que
organizamos nosotros en Rímini: un congreso ecuménico en el que
intervienen una media de veinticinco mil personas, muchos cardenales
y obispos, más de seiscientos sacerdotes y religiosos, cinco mil
núcleos familiares, más de seiscientos voluntarios y un ministerio
de animación formado por más de ciento veinte personas entre
cantantes e instrumentistas.
--¿Basta con confiarse al Señor para
vivir más humanamente?
--Salvatore Martínez: Miles de
bautizados no tienen experiencia de la presencia y de la acción del
Espíritu Santo en su vida. El Espíritu nos ha sido dejado por Jesús
como Paráclito “esto es, «Aquel que está llamado a permanecer al
lado»--, pero muchos cristianos no sólo no se valen de Su amable
compañía, sino que incluso no Lo invocan, no Lo buscan, no confían a
Él la dirección de su vida.
Resulta hasta demasiado evidente,
mientras, encontrar las «señales» de la «ausencia» del Espíritu
Santo: la desintegración de la vida familiar, la caída de las
vocaciones, la indiferencia hacia tantas pobrezas de nuestro tiempo,
el debilitamiento del testimonio de los cristianos.
Quien se abre al Espíritu y mediante
al oración redescubre la primacía de la vida interior y la belleza
de la intimidad con Dios, ve sus propias «aspiraciones naturales»
transformarse en esperanza; las interpretaciones humanas y
racionales de la realidad reavivarse en la fe; el amor humano
regenerarse en caridad; la búsqueda humana de justicia sublimarse en
el compromiso a edificar el Reino de Dios en la tierra.
--¿Qué papel desempeña la oración en
la propuesta espiritual de ustedes?
--Salvatore Martínez: La experiencia
de la oración de alabanza y de intercesión hechas «en el Espíritu»
es dimensión central de Pentecostés, como ya en 1964 afirmaba Pablo
VI. La oración es nuestra misma alma ante Dios: cuanto más se
somete, «aferrada desde el Espíritu», tanto más experimenta la
«loable locura» de David ante el Arca de la Alianza, o como nos ha
recordado Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte (n. 34), «el
ardor de afectos hasta un verdadero “enamoramiento” del corazón».
Del Papa, con ocasión de la audiencia
especial por nuestro 30º aniversario, en 2002, hemos recibido una
consigna especial: «convertirnos en la Iglesia en un ?gimnasio de
oración?, de forma particular haciendo amar la oración de alabanza,
forma de oración que da gloria a Dios por lo que Él es, antes aún
que por lo que hace». Es en este dinamismo espiritual específico de
la «Renovación en el Espíritu» que nace y se desarrolla el proyecto
«Zarza ardiente».
--¿Podría explicar las
características, motivaciones y objetivos de este proyecto?
--Salvatore Martínez: Desde 1997, en
muchos países del mundo --de modo especial de Europa-- la «visión»
de la Zarza ardiente se ha abierto camino y representa una auténtica
oportunidad para muchas comunidades eclesiales apagadas o débiles en
la oración y en el abandono al Espíritu Santo. De hecho estoy
persuadido de que la fe en el tercer milenio tendrá cada vez más
necesidad de estar sostenida por una «espiritualidad carismática»,
que halla en la presencia imprevisible e insustituible del Espíritu
su fuerza de mayor incidencia.
El 14 de marzo de 2002, Juan Pablo II,
al recibir en audiencia privada a los responsables nacionales de la
«Renovación en el Espíritu» con ocasión del 30º aniversario del
nacimiento de la Renovación en Italia, así se expresaba entregando a
la RnS un específico mandato apostólico a la Renovación refiriéndose
al proyecto «Zarza ardiente»: «El proyecto “Zarza ardiente” es una
invitación a la adoración incesante, día y noche. Habéis querido
promover esta oportuna iniciativa para ayudar a los fieles a “volver
al Cenáculo” para que, unidos en la contemplación del Misterio
eucarístico, intercedan a través del Espíritu por la plena unidad de
los cristianos y por la conversión de los pecadores. Se trata de un
terreno apostólico en el que vuestra experiencia puede dar un muy
providencial testimonio... De forma especial, continuad amando y
haciendo amar la oración de alabanza, forma de oración que más
inmediatamente reconoce que Dios es Dios; le canta por sí mismo, le
da gloria porque Él es, antes aún que por lo que hace».
«En nuestro tiempo, ávido de
esperaza, haced conocer y amar el Espíritu Santo. Ayudaréis entonces
a hacer que tome forma esa “cultura de Pentecostés” que sola puede
fecundar la civilización del amor y de la convivencia entre los
pueblos. Con ferviente insistencia, no os canséis de invocar: ?¡Ven,
oh Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!?».
El Santo Padre Juan Pablo II, en
línea de continuidad con León XIII, Juan XXIII y Pablo VI, siempre
ha señalado en su magisterio la actualidad y la necesidad de un
«retorno al Espíritu Santo».
En la «Zarza ardiente» Moisés «ve» el
amor de Dios que quema sin agotarse; «oye» la voz de Dios que le
llama por su nombre; «recibe un mandato de Dios» para hacer saber a
todos que «Dios es» y opera signos y prodigios para la salvación de
su pueblo (Cf. Ex, 3).
También nosotros, como Moisés, somos
convocados por el Espíritu de Dios para penetrar y vivir la realidad
de la «Zarza ardiente»: contemplando el «misterio» de la «Zarza
ardiente» en la adoración de Jesús, Aquél que nos ha amado con un
amor «apasionado» en la cruz y sigue amándonos mediante Su Espíritu
que nos ha sido dado. «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra
y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49) dice
Jesús, hablando del «fuego» de su pasión y del «fuego» de
Pentecostés; deteniéndose ante la Eucaristía, «fuego de amor», para
ser educados por el Espíritu a dar amor a Jesús, es como más nos
entregamos, y más Él se entrega a nosotros; más nos abrasamos de
amor por Él y más este amor no se extingue, es más, es capaz de
«incendiar» otros corazones. Adorando al Vivo y Poderoso Señor
Jesús, para proclamar en nuestras oraciones de alabanza y de súplica
su victoria sobre el mal y sobre la muerte, reclamando Su
intervención en el tiempo presente, para que Su salvación rodee
nuestras familias, los ambientes sociales, todo el mundo.
--En la «Renovación en el Espíritu»
son «entusiastas» de nuestra época. ¿De donde nace el entusiasmo y
la esperaza que les anima?
--Salvatore Martínez: Los apóstoles
fueron «obligados» por Jesús a permanecer en oración y a no tener
prisa por conocer los «tiempos de Dios». En el Cenáculo,
perseverando en la oración, los primeros seguidores de Jesús fueron
llenados del poder del Espíritu y pudieron iniciar su misión
evangelizadora.
El primer don que recibieron fue el
de «lenguas», un «signo» de la novedad del Espíritu en los
apóstoles, indicador de la nueva capacidad de «anunciar a todas las
gentes» el Evangelio de Jesús con el nuevo lenguaje del Espíritu.
También nosotros, como los apóstoles, estamos llamados a volver al
Cenáculo para invocar una nueva manifestación del Espíritu Santo en
la Iglesia y en el mundo: es Él el «fuego» de Dios; es Él quien
quema en nosotros; es Él quien hace nuestras lenguas «abrasadas»,
irresistibles en el anuncio del Evangelio; para «llevar» el mundo al
Cenáculo, para hablar a Dios del mundo, corazón a corazón, con un
lenguaje nuevo «no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino
aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en
términos espirituales» (1 Co 2, 13); para tener experiencia de una
nueva intimidad con el Señor, de manera especial recurriendo a la
adoración, a la alabanza, a la intercesión, a la súplica en el
Espíritu, o sea, mediante una oración hecha «en el Espíritu».
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