|
La Eucaristía: don de Dios y respuesta para toda la humanidad
ROMA, jueves, 30 septiembre 2004 - La
Iglesia católica está a punto de iniciar un año de reflexión y
profundización sobre el «misterio de la fe», la Eucaristía.
Del 10 al 17 de octubre se celebrará
en Guadalajara (México) el 48º Congreso Eucarístico Internacional
con el que empezará el Año de la Eucaristía convocado por Juan Pablo
II. Se cerrará en octubre de 2005 con el Sínodo de los obispos.
Para entender el significado y
objetivos de estas iniciativas, han entrevistado al cardenal Josef
Tomko, uno de los más cercanos colaboradores del Santo Padre,
prefecto emérito de la Congregación vaticana para la Evangelización
de los Pueblos y presidente del Pontificio Comité para los Congresos
Eucarísticos Internacionales.
--¿Cuál es el sentido de las
iniciativas organizadas con ocasión del Año de la Eucaristía?
--Cardenal Tomko: La Eucaristía
constituye el tema central de los tres acontecimientos y moviliza a
toda la Iglesia católica para un año en torno al «misterio de la Fe»
que es la Eucaristía. Se trata de una de las verdades fundamentales
para la fe y para la Iglesia. Tan cierto es que el Concilio Vaticano
II definió la Eucaristía como «fuente y cima de toda la vida
cristiana» («Lumen Gentium», 11) y también «fuente y cima de toda
evangelización» («Presbyterorum Ordinis», 5).
El significado y objetivo de las tres
iniciativas unitarias es la profundización y reforzamiento de la fe
en Dios encarnado en Jesucristo. Sólo quien cree en la divinidad de
Cristo puede creer en la Eucaristía.
Quien refuerza su fe en la
Eucaristía, presencia, sacrificio y memorial de Jesucristo,
profundiza también en su fe en la divinidad de Cristo y en su
encarnación.
La Eucaristía es por lo tanto el
«banco de prueba» para la fe, aquello de lo que tienen necesidad
sobre todo ciertas regiones de Occidente que se encuentran bajo la
presión de una «silenciosa apostasía».
Además, la Eucaristía conserva desde
sus orígenes también un aspecto social que en la primitiva Iglesia
se manifestó en las formas del ágape y del compartir los bienes,
pero es actual en varias formas incluso hoy, porque la Eucaristía
crea la fraternidad, la solidaridad, la comunión, la atmósfera de
paz, de reconciliación, de justicia y de amor.
El mundo avanzado padece una
acentuada decadencia, invierno demográfico, cultura anti-vida,
tentaciones eugenésicas y secularización.
--¿Cómo podrá dar respuestas a las
necesidades de la humanidad y contrarrestar el difundido nihilismo
la reflexión sobre la Eucaristía?
--Cardenal Tomko: Antes de hablar de
los aspectos negativos de algunas «civilizaciones», que no son en
muchos aspectos muy civiles, quiero observar algunas aportaciones
positivas ligadas a la Eucaristía, sobre todo en las Iglesias
jóvenes. Las gozosas celebraciones africanas son, de hecho, también
eventos ricos de fraternidad y de solidaridad que unen tribus y
etnias.
Además no falta la profundidad de
percepción de la Eucaristía como sacrificio, visto que ellos conocen
el sacrificio ritual. La liturgia eucarística es también el lugar de
inculturación, como por ejemplo el rito indio del «arathi» tras la
consagración, las danzas sagradas de adoración, etcétera.
Por lo que respecta a la decadencia
de ciertas «culturas» o incluso «civilizaciones» sobre todo en el
campo de los valores fundamentales de la vida humana y del amor,
basta recordar que la Eucaristía es el «pan de la vida» y don de
Jesucristo «para la vida del mundo», fuente en la cual se purifica y
eleva el amor humano.
En la Eucaristía es adorado el
Hombre-Dios, pero al mismo tiempo aumenta el sentido de la dignidad
y fraternidad del hombre. Y qué decir de la gran dignidad y gozo con
que tantos pobres se acercan a la Eucaristía, donde desaparecen las
divisiones de clase, de raza, de riqueza.
Ello se concreta también en los
Congresos internacionales, donde las familias locales ofrecen la
hospitalidad a los participantes que provienen de otros países o
continentes. En tales celebraciones eucarísticas crece visiblemente
una nueva humanidad y una nueva civilización, la del amor.
Una cierta cultura secularizada,
«políticamente correcta», ha debilitado la práctica de los
sacramentos, sobre todo en lo relativo a la confesión antes de
acceder a la Eucaristía. Aunque es verdad que cuando hay
confesionarios abiertos la gente se pone en fila para confesarse, es
cierto que es práctica difundida la de auto-absolverse.
--¿Cuál es su opinión al respecto?
--Cardenal Tomko: También hoy es
ciertamente válida la severa advertencia de San Pablo: «Quien coma
el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y
de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el
pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Co 11, 27-29).
Y el Catecismo de la Iglesia Católica
especifica: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe
recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a
comulgar» (CIC n. 1385).
--Ha suscitado clamor la toma de
posición de algunos obispos estadounidenses de no dar la comunión a
personajes públicos que aún diciéndose católicos apoyan también
públicamente leyes e iniciativas a favor del aborto, de los
matrimonios homosexuales, etcétera. ¿Qué piensa?
--Cardenal Tomko: Sin ánimo de aludir
a ningún hecho concreto, me parece que los textos antes citados
están muy autorizados y son muy útiles.
--La Eucaristía es el corazón de la
Iglesia y de la vida de los cristianos. Pero el sacrificio de Cristo
vale para toda la humanidad. ¿Qué argumentos utilizaría usted para
explicar a los creyentes que no practican, a los fieles de otras
religiones y también a los no creyentes las razones de nuestra fe?
--Cardenal Tomko: La fe es un don de
Dios. El razonamiento sobre la Eucaristía pareció ya en tiempos de
Jesús un «lenguaje duro». Requiere al menos buena voluntad y no
rechazarlo «a priori». Pero se trata también de un razonamiento
extremadamente gratificante, profundo y bello.
Revela el inmenso amor de Dios y de
Jesucristo por la humanidad; si se comprende que la Eucaristía es el
don de Dios a la humanidad y «para la vida del mundo», para los
creyentes y para los no creyentes, ello hace intuir la grandeza del
corazón de Dios.
Por otra parte, la Eucaristía revela
la inventiva de Jesucristo que ha querido entrar en comunión íntima
con quien le recibe y convertirse en «pan» para nuestro alimento,
pero también ofrecerse en un sacrificio que representa de manera
incruenta el único sacrificio cruento de la Cruz por toda la
humanidad.
Cuando se lee la historia de la
institución de la Eucaristía en el Cenáculo pocas horas antes de la
muerte redentora de Cristo en la Cruz, la verdad sobre la Eucaristía
aparece sencilla como el rayo de luz que penetra el cristal por un
lado y por el otro sale con un prisma formado por varios colores.
Es el mayor don de Jesús, que «amó a
los suyos hasta el extremo». Obviamente, con un no creyente
empezaría antes por el razonamiento fundamental de Dios, de
Jesucristo, por ejemplo, a través de una aproximación del relato
evangélico sobre la Resurrección.
Con un agnóstico que ignora y evita
todo razonamiento sobre Dios, hay que desbrozar el terreno de la
explícita o implícita soberbia autosuficiente y autosalvífica de un
cierto humanismo nihilista moderno y mostrarle los valores de la
Eucaristía para la grandeza del hombre a los ojos de Dios.
Precisamente este agnosticismo que
hoy se difunde en Occidente necesita del «suplemento del alma» que
le da el sentido de la existencia y de la belleza de Dios contra el
vacío, el egoísmo que destruye al otro pero también a uno mismo,
contra la falta de perspectiva y de esperanza existencial.
Creo que el testimonio de los
creyentes en los Congresos eucarísticos, en nuestras celebraciones,
en la adoración silenciosa de nuestras iglesias es también un
argumento para quien hoy no cree o no cree suficientemente en la
Eucaristía.
Tal testimonio además ayuda también
al propio creyente: «La fe se refuerza dándola», escribió una vez
Juan Pablo II. |