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El
papel de María en la espera del Espíritu Santo, según un teólogo
vaticano
ROMA, viernes, 28 mayo 2004 - El
próximo domingo la Iglesia universal celebrará la solemnidad de
Pentecostés, un momento en el que la figura de María es de singular
importancia, revela en esta entrevista el padre Jesús Castellano
Cervera, carmelita descalzo, especialista en estudios marianos y
consultor de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.
--El tiempo que estamos viviendo es
también conclusión del tiempo pascual y del mes de mayo. ¿Tiene una
especial relevancia mariana?
--P. Castellano Cervera: El tiempo
comprendido entre la Ascensión y Pentecostés me parece que es un
tiempo particularmente mariano. El dato subrayado en los Hechos de
los Apóstoles (Hch 1, 14), que recuerda la presencia de María en el
Cenáculo, hay que recalcarlo. La iconografía antigua, la liturgia
bizantina y las antiguas noticias de María son unánimes al recordar
a la Virgen María ya en el episodio de la Ascensión del Señor al
Cielo.
María aparece con los discípulos en
oración mientras Jesús sube al Cielo, y la Madre se convierte así en
el testigo de toda la vida humana de Cristo, desde la venida del
seno del Padre a su maternidad y desde la ascensión al seno del
Padre con la carne tomada de la Madre.
--¿Cuál es el significado de la
presencia de María entre los discípulos en el Cenáculo?
--P. Castellano Cervera: Pienso que
Jesús confió sus discípulos a María antes de la venida del Espíritu
Santo. La Virgen María en realidad, en un tiempo de «vacío», cuando
Jesús ya no está y el Espíritu no ha descendido todavía, parece la
persona más apropiada para llenar de alguna forma estas dos
presencias en un momento de recuerdo y de espera.
De recuerdo porque María es memoria
viviente de Cristo, de su vida desde el principio, de sus palabras.
Su presencia materna habla de Él en todo. Y de espera porque la
Virgen María, que ha recibido el Espíritu Santo en plenitud, se
convierte en la garantía y la esperanza del cumplimiento de la
promesa de Jesús. Vendrá el Espíritu prometido --parece asegurar
María-- así como vino sobre mí. Dios es fiel a sus promesas.
--¿Es tal vez esta presencia la raíz
del título a Ella reconocido: «Reina de los Apóstoles»?
--P. Castellano Cervera: Creo que es
precisamente así. Padres de la Iglesia y autores medievales dicen
con claridad que María en el Cenáculo se convierte en la Madre y la
Maestra de los Apóstoles con su testimonio sobre Cristo.
Juan Pablo II habla en la Encíclica
Redemptoris Mater, en el número 26, de tal presencia en medio de los
discípulos de Jesús como singular testigo del misterio de Cristo. Su
papel materno en este tiempo es evidente.
Podemos pensar que las palabras de
Hch 1, 14 reflejan la obra materna de María, que ayuda a los
discípulos a «perseverar» cada día en la espera del acontecimiento
prometido de la venida del Espíritu, a estar «de acuerdo y unidos»,
a abrir sus corazones «en la oración» con una actitud de invocación
y de confiada espera. María forja maternalmente a los apóstoles, los
hace hermanos, prepara la comunidad a acoger el Espíritu Santo.
--Puesto que María ya había recibido
el Espíritu Santo, ¿no era tal vez para Ella superfluo esperar
Pentecostés?
--P. Castellano Cervera: María, de
acuerdo con las imágenes más antiguas de Pentecostés, aparece entre
los discípulos y recibe el Espíritu Santo con toda la Iglesia. Su
circunstancia, ligada al misterio del Hijo y a su misión, está ahora
indisolublemente unida al misterio de la Iglesia.
Forma parte de ella como miembro
excelentísimo y como Madre, como afirma el Concilio Vaticano II. La
nueva venida del Espíritu sobre Ella la une aún más a la Iglesia, a
su comunión y misión. No es posible pensar en la Iglesia sin María y
en María sin la Iglesia.
La centralidad de la Madre de Jesús
en medio de los discípulos con la misma llama del Espíritu Santo en
una actitud de acogida del don y de acción de gracias nos habla del
«perfil mariano» de la Iglesia, donde Ella representa la esencia
misma de la Iglesia: pura acogida y transmisión del don de Dios.
María es el deber ser de la Iglesia y del cristiano, bajo la acción
del Espíritu Santo y en profunda comunión con todos.
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