El tesoro de nuestro barro
"Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de
barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede
de nosotros, sino de Dios." 2° Corintios 4,7
Durante todo este año, estamos intentando, como
Iglesia Arquidiocesana, cuidar la "fragilidad de nuestro pueblo"
haciéndolo incluso tema y estilo de la misión arquidiocesana.
En esta línea, quisiera que también el tema de la
"fragilidad" esté presente en la carta que año tras año les escribo
con motivo de la Fiesta de San Pío X, patrono de los catequistas.
En el 2002 los invitaba a reflexionar sobre la
misión del catequista como adorador, como aquél que se sabe ante un
misterio tan grande y maravilloso que lo desborda hasta convertirse
en plegaria y alabanza. Hoy me animo a insistirles en este aspecto.
Ante un mundo fragmentado, ante la tentación de nuevas fracturas
fraticidas de nuestro país, ante la experiencia dolorosa de nuestra
propia fragilidad, se hace necesario y urgente, me animaría a decir,
imprescindible, ahondar en la oración y la adoración. Ella nos
ayudará a unificar nuestro corazón y nos dará "entrañas de
misericordia" para ser hombres de encuentro y comunión, que asumen
como vocación propia el hacerse cargo de la herida del hermano. No
priven a la Iglesia de su ministerio de oración, que les permite
oxigenar el cansancio cotidiano dando testimonio de un Dios tan
cercano, tan Otro: Padre, Hermano, y Espíritu; Pan, Compañero de
Camino y dador de Vida.
Hace un año les escribía: "...Hoy más que nunca
se hace necesario adorar para hacer posible la projimidad que
reclaman estos tiempos de crisis. Sólo en la contemplación del
misterio de Amor que vence distancias y se hace cercanía,
encontraremos la fuerza para no caer en la tentación de seguir de
largo, sin detenernos en el camino..."
Justamente el texto del Buen Samaritano (Lc
10,25-37) fue el que iluminó el Tedeum del 25 de mayo de este año.
En el mismo invitaba a "resignificar toda nuestra vida -como
personas y como Nación- desde el gozo de Cristo resucitado para
permitir que brote, en la fragilidad misma de nuestra carne, la
esperanza de vivir como una verdadera comunidad..."
Anunciar el Kerygma, resignificar la vida, formar
comunidad, son tareas que la Iglesia les confía de un modo
particular a los catequistas. Tarea grande que nos sobrepasa y hasta
por momentos nos abruma. De alguna manera nos sentimos reflejados en
el joven Gedeón que ante el envío para combatir ante los madianitas
se siente desamparado y perplejo ante la aparente superioridad del
enemigo invasor (Ju 6,11-24). También nosotros, ante esta nueva
invasión pseudocultural que nos presenta los nuevos rostros paganos
de los "baales" de antaño, experimentamos la desproporción de las
fuerzas y la pequeñez del enviado. Pero es justamente desde la
experiencia de la fragilidad propia en donde se evidencia la fuerza
de lo alto, la presencia de Aquél que es nuestro garante y nuestra
paz.
Por eso, me animo en este año a invitarte a que
con la misma mirada contemplativa con la cual descubres la cercanía
del Señor de la Historia, reconozcas en tu fragilidad el tesoro
escondido, que confunde a los soberbios y derriba a los poderosos.
Hoy el Señor nos invita a abrazar nuestra fragilidad como fuente de
un gran tesoro evangelizador. Reconocernos barro, vasija y camino,
es también darle culto al verdadero Dios.
Porque sólo aquel que se reconoce vulnerable es
capaz de una acción solidaria. Pues conmoverse ("moverse-con"),
compadecerse ("padecer-con") de quien está caído al borde del
camino, son actitudes de quien sabe reconocer en el otro su propia
imagen, mezcla de tierra y tesoro, y por eso no la rechaza. Al
contrario la ama, se acerca a ella y sin buscarlo, descubre que las
heridas que cura en el hermano son ungüento para las propias. La
compasión se convierte en comunión, en puente que acerca y estrecha
lazos. Ni los salteadores ni quienes siguen de largo ante el caído,
tienen conciencia de su tesoro ni de su barro. Por eso los primeros
no valoran la vida del otro y se atreven a dejarlo casi muerto. Si
no valoran la propia, ¿cómo podrán reconocer como un tesoro la de
los demás? Los que siguen de largo a su vez, valoran su vida pero
parcialmente, se atreven a mirar sólo una parte, la que ellos creen
valiosa: se saben elegidos y amados por Dios (llamativamente en la
parábola son dos personajes religiosos en tiempos de Jesús: un
levita y un sacerdote) pero no se atreven a reconocerse arcilla,
barro frágil. Por eso el caído les da miedo y no saben reconocerlo,
¿cómo podrán reconocer el barro de los demás si no aceptan el
propio?
Si algo caracteriza la pedagogía catequística, si
en algo debería ser experto todo catequista, es en su capacidad de
acogida, de hacerse cargo del otro, de ocuparse de que nadie quede
al margen del camino. Por eso, ante la gravedad y lo extenso de la
crisis, ante el desafío como Iglesia Arquidiocesana de
comprometernos en "cuidar la fragilidad de nuestro pueblo" te invito
a que renueves tu vocación de catequista y pongas toda tu
creatividad en "saber estar" cerca del que sufre, haciendo realidad
una "pedagogía de la presencia", en el que la escucha y la
projimidad no sólo sean un estilo sino contenido de la catequesis.
Y en esta hermosa vocación artesanal de ser
"crisma y caricia del que sufre" no tengas miedo de cuidar la
fragilidad del hermano desde tu propia fragilidad: tu dolor, tu
cansancio, tus quiebres; Dios las transforma en riqueza, ungüento,
sacramento. Recordá lo que juntos meditábamos el día de Corpus: hay
una fragilidad, la Eucarística, que esconde el secreto del
compartir. Hay una fragmentación que permite, en el gesto tierno del
darse, alimentar, unificar, dar sentido a la vida. Que en esta
fiesta de San Pío X, puedas en oración presentarle al Señor tus
cansancios y fatigas, como la de las personas que el Señor te ha
puesto en tu camino. Y dejes que el Señor abrace tu fragilidad, tu
barro, para transformarlo en fuerza evangelizadora y en fuente de
fortaleza. Así lo experimentó el Apóstol Pablo:
"Estamos atribulados por todas partes, pero no
abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no
abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas
partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de
Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro
cuerpo."
2° Corintios 4,8-10
Es en la fragilidad donde somos llamados a ser
catequistas. La vocación no sería plena si
excluyera nuestro barro, nuestras caídas, nuestros fracasos,
nuestras luchas cotidianas: es en ella donde la vida de Jesús se
manifiesta y se hace anuncio salvador. Gracias a ella descubrimos
los dolores del hermano como propios. Y desde ella, la voz del
profeta se hace Buena Nueva para todos:
"Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las
rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: «¡Sean
fuertes, no teman: ahí está su Dios!... Él mismo viene a
salvarlos!». Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se
destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como
un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo, los
acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se
alejarán."
Isaías 35, 3.5
Que María, nos conceda valorar el tesoro de
nuestro barro, para poder cantar con ella el Magníficat de nuestra
pequeñez junto con la grandeza de Dios.
No dejes de rezar por mí para que también viva
esta experiencia de límite y de gracia. Que Jesús te bendiga y la
Virgen Santa te cuide. Con todo cariño.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j
21 de Agosto de 2003 |