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Preguntas
del Papa a los Jóvenes
1)
Y para vosotros, ¿Cuál será vuestra alegría?
¿Quién
ha dicho que la juventud de hoy ha perdido el sentido de los
valores? ¿Es verdad que no se puede contar con ella?
2)
¿Cuál es el puesto que tenemos ahora, en cuanto jóvenes?
¿Cómo
negar que hay en el mundo moderno muchas amenazas y peligros que los
jóvenes advierten con mayor lucidez e inmediación como por
instinto?
3)
¿Cómo desentenderse del interrogante crucial de nuestros días
acerca del sentido general de la vida hoy: a dónde va el mundo?
¿A
dónde llegará el progreso técnico científico con los innegable
peligros que comporta?
¿Y
cómo excluir la locura que lo trastorna todo en un conflicto
nuclear?
¿Y
qué os corresponde a vosotros queridos jóvenes?
4)
¿Quién es para vosotros Jesús?
¿Es
sólo un hombre, un gran hombre, un reformador social?
¿Es
sólo un profeta mal comprendido entre los suyos, contestando en su
tiempo, y, por eso, condenado a muerte?
¿O
no es, más bien, el "Hijo del Hombre", esto es, el hombre
por excelencia, que en la realidad de la carne asume y resume las
vicisitudes, y tribulaciones de los hombres y sus hermanos, y a la
vez como "Hijo de Dios", las rescata y redime todas?
5)
¿Cómo ha de ser el hombre?
¿Qué
tipo de hombre vale la pena ser?
¿Quién
he de ser yo, para llevar de un contenido justo esta humanidad que
se me ha dado?
6)
¿Qué espera pues Cristo de ti?
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Respuestas
del Papa a los Jóvenes
¿Que
importancia tiene el diálogo y el anuncio?
¿Quién
es Jesucristo?
¿Qué
dice el Evangelio sobre los problemas de hoy?
¿Porqué
el Papa se encuentra con los hombres de estado?
¿Porqué
decimos que la Iglesia es una y Universal?
¿Cómo
lograr la felicidad en el mundo de hoy?
¿Porqué
aceptar las exigencias del orden moral?
¿En
qué consiste la vocación cristiana?
¿En
qué consiste la vocación sacerdotal o religiosa?
¿Qué
importancia tiene la oración hoy?
¿Cuál
es el ministerio del Papa?
¿Cómo
ser fiel a la Palabra de Dios?
¿Confía
el Papa en la unidad entre los cristianos?
¿Cómo
promover la paz y la justicia en el mundo?
¿Cómo
ayudar al desarrollo del tercer mundo?
¿Cómo
ser testigo de Cristo?
¿Cuál
es la tarea de los jóvenes y las jóvenes en la Iglesia?
LAS
RESPUESTAS
Diálogo
y Anuncio
Os
doy gracias por este encuentro que habéis querido organizar como
una especie de diálogo. Habéis querido hablar con el Papa. Lo cual
es muy importante por dos razones.
La
primera, porque este modo de actuar nos traslada directamente a
Cristo; en Él se desarrolla constantemente un diálogo, una
conversación de Dios con el hombre y del hombre con Dios.
Cristo
-como habéis oído- es el Verbo, la Palabra de Dios. Es el Verbo
eterno. Este Verbo de Dios, como el hombre, no es la palabra de un
"gran monólogo", sino que es la Palabra del "diálogo
incesante" que se desarrolla en el Espíritu Santo. Sé que
esta frase es difícil de comprender, pero yo la digo igualmente y
os la dejo para que la meditéis. ¿No hemos, quizá, celebrado esta
mañana el misterio de la Santísima Trinidad?
La
segunda razón es ésta: el diálogo responde a mi convicción
personal de que ser el servidor del Verbo, de la Palabra, quiere
decir "anunciar" en el sentido de "responder".
Para responder conviene conocer las preguntas. Por eso está bien
que las hayáis planteado; de otra forma habría tenido yo que
adivinarlas para poderos hablar, para poderos responder.
He
llegado a esta convicción no sólo a causa de mi antigua
experiencia como profesor a través de la cátedra o en los grupos
de trabajo, sino sobre todo a través de mi experiencia de
predicador; en las homilías o durante los retiros espirituales. Y
la mayoría de las veces yo me dirigía a los jóvenes; era a los jóvenes
a quienes ayudaba a encontrar al Señor, a escucharlo y también a
responderle.
¿Quién
es Jesucristo?
Vuestra
pregunta central se refiere a Jesucristo. Queréis oírme hablar de
Jesucristo y me preguntáis quien es para mí, Jesucristo.
Permitidme
que yo os devuelva la misma pregunta y os diga: para vosotros, ¿quién
es Jesucristo? De ese modo, y sin eludir la cuestión, os diré
también mi respuesta, diciendo lo que es para mí.
El
Evangelio todo entero es el diálogo con el hombre, las diversas
generaciones, con las naciones, con las diversas tradiciones...,
pero siempre y continuamente un diálogo con el hombre, con cada
hombre, uno, único, absolutamente singular.
Al
mismo tiempo, se encuentran muchos diálogos en el Evangelio. Entre
ellos, considero especialmente elocuente el diálogo de Cristo con
el joven rico.
Voy
a leeros el texto, porque quizá no todos vosotros lo recordáis
bien. Es el capítulo 19 del evangelio de Mateo.
"Acercósele
uno y le dijo: 'Maestro, ¿qué obra buena he de realizar para
alcanzar la vida eterna?' Él le dijo: '¿Por qué me preguntas
sobre lo bueno? Uno sólo es bueno: Si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos'. Díjole él: ¿Cuáles? Jesús respondió:
'No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso
testimonio; honra a tu padre y a tu madre, y ama al prójimo como a
ti mismo'. Díjole el joven: 'todo esto lo he guardado. ¿Qué me
queda aún? Dijole Jesús: 'Si quieres ser perfecto ve, vende cuanto
tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y ven
y sígueme'. Al oír esto el joven se fue triste porque tenía
muchos bienes".
¿Por
qué Cristo dialoga con este joven? La respuesta se lee en el texto
evangélico. Y vosotros me preguntáis por qué yo, en todas partes
adonde voy, quiero encontrarme con los jóvenes.
Respondo:
porque "el joven" significa el hombre que, de manera
especial, de manera decisiva; está en trance de "formación".
Eso no quiere decir que el hombre no se esté formando durante toda
su vida; se dice que "la educación comienza ya antes del
nacimiento" y dura hasta el último día. Sin embargo, la
juventud, desde el punto de vista de la formación, es un periodo
especialmente importante, rico y decisivo. Y si reflexionáis sobre
el diálogo de Cristo con el joven rico encontraréis la confirmación
de lo que acabo de decir.
Las
preguntas de ser joven son esenciales. Las respuestas lo son también.
El
Evangelio y los problemas de hoy
Esas
preguntas y esas respuestas no son esenciales solamente para el
joven en cuestión, importantes por su situación de entonces; son
igualmente de primera importancia y esenciales para el tiempo
actual. Por eso, a la cuestión de saber si el Evangelio puede
responder a los problemas de los hombres de hoy, yo respondo: no
solamente "es capaz de ello, sino que hay que ir más lejos; sólo
el Evangelio da una respuesta total, que va completamente hasta el
fondo de las cosas".
He
dicho al comienzo que Cristo es el Verbo, la Palabra de un diálogo
incesante. Él es el diálogo, el diálogo con todo hombre, si bien
algunos no se presenten a él, ni todos sepan como llevarlo
adelante, e incluso hay quienes rechazan explícitamente ese diálogo.
Se alejan... Y, sin embargo..., quizás ese diálogo sigue entablado
también con ellos. Yo estoy convencido de que es así. Más de una
vez este diálogo "se desvela" de modo inesperado y
sorprendente.
El
contacto con los hombres de estado
Recojo
también vuestra pregunta con la que queréis saber por qué, en los
diversos países donde voy, y también en Roma, hablo con los
diversos Jefes de Estado.
Simplemente,
porque Cristo habla con todos los hombres, con todo hombre. Por otra
parte, pienso que -no lo dudéis- no hay menos cosas que decir a los
hombres que tiene tan grandes responsabilidades sociales que al
joven del Evangelio, y que a cada uno de vosotros.
A
vuestra pregunta sobre el tema de mis conversaciones con los Jefes
de Estado, responderé que yo les hablo muy a menudo precisamente de
los jóvenes. No en balde, de la juventud depende "el día de
mañana". Estas últimas palabras están sacadas de una canción
que los jóvenes polacos de vuestra edad cantan frecuentemente:
"De nosotros depende el día de mañana. Yo también la he
cantado más de una vez con ellos. Por otra parte, me ha gustado
siempre mucho cantar canciones con los jóvenes, por la música y
por las palabras. Evoco este recuerdo porque me habéis hecho
preguntas sobre mi patria; pero para responder a ello, tendría que
hablaros más detenidamente.
La
Iglesia es una y Universal
Evidentemente
esta pregunta es más amplia y va mucho más allá de cuanto acabo
de decir respecto a la Iglesia en Francia o en Polonia. En efecto,
una y otra son "occidentales", ya que pertenecen al mismo
ámbito de la cultura europea y latina, pero mi respuesta será la
misma. Por su naturaleza, la Iglesia es una y universal. Llega a ser
Iglesia de cada nación, o de los continentes, o de las razas, a
causa y en la medida en que esas sociedades aceptan el Evangelio y
hacen de él, por así decirlo, propiedad suya. Recientemente he
estado en África. Todo indica que las jóvenes Iglesias de ese
continente tiene plena conciencia de ser africanas. Y aspiran
conscientemente a vincular el cristianismo con las tradiciones de
sus culturas. En Asia, y sobre todo en el Extremo Oriente, se cree
frecuentemente que el cristianismo es la religión
"occidental", y, sin embargo, yo no dudo de que las
Iglesia allí establecidas sean Iglesia "asiáticas".
La
felicidad en el mundo de hoy
El
joven del Evangelio pregunta: "Señor ¿qué obra buena he de
realizar para alcanzar la vida eterna?" (Mt. 19, 16).
Y
ahora vosotros planteáis esta cuestión: ¿Se puede ser feliz en el
mundo de hoy?
¡En
verdad os planteáis la misma pregunta del joven! Cristo le responde
-a él y también a vosotros, a cada uno de vosotros-: Sí, se
puede. Esto es, en efecto lo que responde aunque sus palabras sean
aquellas: "Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos" (Mt. 19, 17) Y responderá también más
adelante: "Si quieres ser perfecto, ve vende cuanto tienes,
dalo a los pobres, y ven y sígueme" (cf. Mt. 19, 21)
Estas
palabras significan que el hombre no puede ser feliz más que en la
medida en que es capaz de aceptar las exigencias que le plantea su
propia humanidad, su dignidad de hombre, Las exigencias que le
plantea Dios.
Las
exigencias del orden moral
Así,
pues, Cristo no responde solamente a la pregunta de si se puede ser
feliz, sino que dice además cómo se puede ser feliz, en qué
condiciones. Esta respuesta es totalmente original y no puede ser
superada; ni puede dejar de tener vigencia. Debéis reflexionar
mucho sobre ella y adaptarla a vosotros mismos. La respuesta de
Cristo comprende dos partes. En la primera, se trata de observar los
mandamientos. Y aquí, yo haría una digresión motivada por una de
vuestras preguntas sobre los principios que la Iglesia enseña en el
terreno de la moral sexual. Exponéis vuestra preocupación al ver
que son difíciles y que los jóvenes podrían, precisamente por esa
razón, alejarse de la Iglesia. Y yo os respondo: si pensáis en
esta cuestión seriamente y vais al fondo del problema, os aseguro
que os daréis cuenta de una sola cosa: en este terreno, la Iglesia
plantea solamente las exigencias que están estrechamente ligadas al
amor matrimonial y conyugal verdadero, es decir, responsable. Exige
lo que requiere la dignidad de la persona y el orden social
fundamental. Yo no niego que haya exigencias. Pero es justamente ahí
donde se halla el punto clave del problema: el hombre se realiza a sí
mismo solamente en la medida en que sabe imponerse a sí mismo esas
exigencias. En caso contrario, se aleja "todo triste",
como acabamos de leer en el Evangelio. La permisividad moral no hace
a los hombres felices. La sociedad de consumo no hace a los hombres
felices. No lo han hecho jamás.
La
vocación cristiana
En
el diálogo de Cristo con el joven. hay como he dicho, dos fases. En
la primera se trata de los mandamientos del Decálogo, es decir, las
exigencias fundamentales de toda moralidad humana. En la segunda,
Cristo dice: "Si quieres ser perfecto... ven y sígueme"
(Mt. 19, 21)
Este
"ven y sígueme" es un punto central y culminante de todo
este episodio. Esas palabras indican que no se puede aprender del
cristianismo como una lección compuesta de numerosos y diversos capítulos,
sino que hay que enlazarlo siempre con una Persona, con una persona
viviente: con Jesucristo. Jesucristo es el guía, es el modelo. Se
le puede imitar de diversos modos y en diversa medida, hacer de Él
la "regla" de la propia vida.
Cada
uno de nosotros es como un "material" particular del que
se puede -siguiendo a Cristo- obtener cierta forma concreta, única
y absolutamente singular de la vida, que puede llamarse la vocación
cristiana. Sobre este punto se han dicho muchas cosas en el último
Concilio, por lo que se refiere a la vocación de los laicos.
La
vocación sacerdotal o religiosa
Habéis
hecho otra pregunta sobre mi propia vocación sacerdotal. Trataré
de responderos brevemente, siguiendo la línea de vuestra pregunta.
Así, pues, diré en todo: hace dos años que soy Papa hace más de
veinte que soy obispo, y, sin embargo, para mí sigue siendo lo más
importante el hecho de ser sacerdote. El hecho de poder diariamente
celebrar la Eucaristía, de poder renovar el propio sacrificio de
Cristo, ofreciendo en Él todas la cosas al Padre: el mundo, la
humanidad, yo mismo. En eso, ciertamente, consiste la justa dimensión
de la Eucaristía. Por eso también tengo presente en mi memoria ese
desarrollo interior, mediante el cual "yo oí" el
llamamiento Cristo al sacerdocio, ese especial "ven y sígueme".
Al
confiaros estas cosas, yo exhorto a cada uno y cada una de vosotros,
a que prestéis mucha atención a esas palabras evangélicas. Con
ello se formará hasta el fondo vuestra humanidad y se definirá la
vocación cristiana de cada uno de vosotros. Y quizá, por vuestra
parte, oiréis también la llamada al sacerdocio o a la vida
religiosa. Francia, hasta hace poco tiempo, era rica de vocaciones.
Ha dado, entre otras cosas, a la Iglesia muchos misioneros y muchas
religiosas misioneras. Ciertamente Cristo continúa hablando en las
orillas del Sena y dirige siempre la misma llamada. Escuchad
atentamente. Conviene en la Iglesia nunca falten quienes "han
sido escogidos de entre los hombres", a los cuales Cristo
establece de modo especial, "para el bien de los hombres"
(Heb. 5, 1) y envía a los hombres.
La
oración
Habéis
hecho también una pregunta sobre la oración. La oración puede
definirse de muchas maneras. Pero la más frecuente es llamarla un
coloquio, una conversación, un entretenerse con Dios. Al conversar
con alguien no solamente hablamos, sino que demás escuchamos. La
oración, por lo tanto, es también una escucha. Consiste en ponerse
a escuchar la voz interior de la gracia. A escuchar la llamada. Y
entonces, ya que me preguntáis como reza el Papa, os respondo: como
todo cristiano; habla y escucha. A veces, reza sin palabras, y es
entonces cuando más escucha. Lo más importante es precisamente lo
que "oye". Trata también de unir la oración a su
obligaciones, a sus actividades, a su trabajo y unir su trabajo a la
oración. De esa mera, día tras día, trata de cumplir su
"servicio", su "ministerio", que se deriva de la
voluntad de Cristo y de la tradición viviente de la Iglesia.
El
ministerio del Papa
Me
preguntáis también como veo yo ese servicio ahora que va ha hacer
dos años que fui llamado a ser Sucesor de Pedro. Lo veo sobre todo
como una maduración en el sacerdocio y como la permanencia en la
oración como María, la Madre de Cristo, a ejemplo de los Apóstoles,
que eran asiduos en la oración, dentro del cenáculo de Jerusalén,
cuando recibieron el Espíritu Santo. Además de esto, encontraréis
mi respuesta a esa pregunta al examinar las restantes. Y sobre todo
la que se refiere a la realización del Concilio Vaticano II
(pregunta número 14) Preguntáis si es posible. Y yo respondo: no
solamente es posible la realización del Concilio. Sino que es
necesaria. Y esta respuesta es ante todo la respuesta de la fe. Es
la primer respuesta que di la mañana siguiente a mi elección. ante
los cardenales reunidos en la capilla Sixtina. Es la respuesta que
me di a mismo y los demás primeramente como obispo y como cardenal
y es la respuesta que doy constantemente, es ese el problema
principal. Creo que, a través del Concilio, se han realizado para
la Iglesia en nuestra época las palabras de Cristo, con las que
prometio a su Iglesia el Espíritu de verdad, que conducía a las
almas y los corazones de los Apóstoles y de sus sucesores, permitiéndoles
permanecer en la verdad, realizando a la luz de esa verdad "los
signos de los tiempos". Es justamente lo que el Concilio ha
hecho en función de las necesidades de nuestro tiempo, de nuestra
época, Creo que, gracias al Concilio, el Espíritu Santo
"habla" a la Iglesia. Digo esto, recogiendo la expresión
de San Juan. Nuestro deber es comprender, de modo firme y honrado,
lo que "dice el Espíritu" y ponerlo en práctica,
evitando las posibles desviaciones, desde cualquier punto de vista,
del camino que el Concilio ha trazado.
Fidelidad
a la Palabra de Dios
El
servicio del obispo, y en particular el del Papa, esta ligado a una
responsabilidad especial en relación a lo que dice el Espíritu:
está ligado a esa responsabilidad por lo que respecta al conjunto
de la fe de la Iglesia y de la moral cristiana. En efecto, son esa
fe y esa moral las que deben enseñar en la Iglesia los Obispos con
el Papa, vigilando a la luz de la Tradición siempre viva, sobre su
conformidad, con la palabra de Dios revelada. Por eso deben a veces
darse cuenta también de que ciertas opiniones, ciertas
publicaciones manifiestan claramente la falta de esa conformidad. No
constituyen una doctrina autentica de la fe cristiana y de la moral.
Y al hablar de esto respondo a una de vuestras preguntas . Si tuviéramos
más tiempo, podría dedicar a este problema una exposición más
amplia, sobre todo porque en este terreno abundan las informaciones
falsas y las explicaciones erróneas; pero hoy hemos de contentarnos
con esta pocas palabras.
El
don de la unidad entre los cristianos
Querríais
saber si yo espero la unidad de las iglesias y cómo me la figuro.
Os responderé lo mismo que a propósito de la aplicación del
Concilio. También ahí veo una llama particular del Espíritu
Santo. Por lo que respecta a su realización a las diversas etapas
de esta realización, encontramos en la enseñanza del Concilio
todos los elementos fundamentales. Estos son los que hay que poner
en práctica, buscando sus aplicaciones concretas y, sobre todo,
rogando siempre con fervor, constancia y humildad. La unión de los
cristianos no puede realizarse más que con una maduración profunda
en la verdad una conversión constante de los corazones. Todo esto
debemos hacerlo según nuestras capacidades humanas, revisando todos
los "procesos históricos" que han durado tantos siglos,
Pero, en definitiva, esta unión, por la que no debemos ahorrar ni
esfuerzo ni trabajos, será el don de Cristo a su Iglesia. Como ya
es de hecho un don suyo el que hayamos entrado en el camino de la
unidad.
Promover
la paz y la justicia en el mundo
Siguiendo
con la lista de vuestras preguntas os respondo. Ya he hablado muchas
veces de los deberes de la Iglesia en el campo de la justicia y de
la paz, siguiendo la estela de las actividades de mis grandes
predecesores Juan XXIII y Pablo VI. Hago referencia a todo esto
porque me habéis preguntado: ¿qué podemos hacer por esta causa
nosotros lo jóvenes? ¿Podemos hacer algo para impedir una nueva
guerra, una catástrofe que sería incomparablemente más terrible
que la anterior? Creo que, en la formulación misma de vuestras
preguntas, encontraréis la respuesta esperada. Leed esas preguntas,
meditadlas. Haced de ellas un programa comunitario, un programa de
vida. Vosotros los jóvenes tenéis ya la posibilidad de promover la
paz y la justicia allí donde estáis, en vuestro mundo. Eso supone
ya actitudes precisas de acierto al enjuiciar la verdad sobre
vosotros mismos y sobre los otros, un deseo de justicia basado sobre
el respeto de los demás a sus diferencias, a sus derechos
importantes; así se prepara un clima de fraternidad para el mañana,
cuando vosotros tengáis grandes responsabilidades en la sociedad.
Si se quiere hacer un mundo nuevo y fraternal, conviene preparar
hombres nuevos.
Ayudar
al desarrollo del tercer mundo
Y
ahora, la pregunta sobre el Tercer Mundo. Es un gran tema histórico,
cultural, de civilización. Pero es sobre todo un problema moral.
Preguntáis con toda razón cuales deben ser las relaciones entre
nuestro país y los países del Tercer Mundo: de África y de Asia,
Hay ahí, efectivamente, grandes obligaciones de orden moral.
Nuestro mundo "occidental" es al mismo tiempo
"septentrional" (europeo o Atlántico) Sus riquezas y su
progreso deben mucho a los recursos y a los hombre de estos
continentes. En la nueva situación en que nos encontramos después
del Concilio, no se puede continuar buscando allí solamente la
fuente de un enriquecimiento ulterior y del propio progreso. Se debe
conscientemente y organizándose para ello, ayudarles en su
desarrollo. Ese es quizá el problema más importante por lo que
respecta a la justicia y a la paz en el mundo de hoy y de mañana.
La solución de ese problema depende de la generación actual, y
dependerá de vuestra generación y de las que seguirán. Aquí
también se trata de continuar el testimonio dado a Cristo y a la
Iglesia por muchas generaciones anteriores de misiones, religiosos y
laicos.
Ser
testigo de Cristo
Y
ahora la pregunta sobre cómo ser hoy testigos de Cristo. Es la
cuestión fundamental, la continuación de la meditación central de
nuestro diálogo, la conversación de Jesús con el joven. Cristo le
dice "sígueme". Es lo que le dijo a Simón, hijo de Juan,
a quien dio el nombre de Pedro; a su hermano Andrés, a los hijos de
Zebedeo, a Natanael. Dijo "sígueme" para repetir luego,
después de la resurrección "seréis mis testigos" (Act.
1, 8). Para ser testigos de Cristo, para dar testimonio de El, ante
todo hay que seguirle. Hay que aprender a conocerle, hay que ponerse
por decirlo así, en su escuela, penetrar todo su misterio. Es una
tarea fundamental y central. Sino lo hacemos así, si no estamos
dispuestos a hacerlo constante y honradamente, nuestro testimonio
corre el riesgo de ser superficial y exterior. Corre el riesgo de no
ser un testimonio, Si, por el contrario seguimos atentos a esto, el
mismo Cristo nos enseñará, mediante su Espíritu, lo que tenemos
que hacer, cómo debemos comportarnos, en qué y cómo debemos
comprometernos, cómo llevar adelante el diálogo con el mundo
contemporáneo, ese diálogo que Pablo VI denominó dialogo de
salvación.
Tarea
de los jóvenes en la Iglesia
Por
consiguiente, si me preguntáis "¿Qué debemos hacer en la
Iglesia, sobre todo nosotros los jóvenes?" tengo que
responderos: aprender a conocer a Cristo. Constantemente. Aprender
de Cristo. En Él se encuentran verdaderamente los tesoros
insondables de la sabiduría y de la ciencia. En el, el hombre,
sobre quien pesan sus limitaciones, sus vicios, sus debilidades y
sus pecados, se convierte realmente el "hombre nuevo", se
convierte en el hombre "para los demás" y se convierte
también en la gloria de Dios, porque la gloria de Dios, como dijo
en el siglo II San Ireneo de Lyon, obispo y mártir, es el
"hombre viviente". La experiencia de dos milenios nos enseña
que, en esta obra fundamental, la misión de todo el Pueblo de Dios
no existe ninguna diferencia esencial entre el hombre y la mujer.
Cada uno en su genero según as característica específicas de la
feminidad y la masculinidad, llega a ser ese "hombre
nuevo", es decir, ese hombre "para los demás" y,
como hombre viviente, llega hacer la gloria de Dios, en el sentido
jerárquico, está dirigida por los sucesores de los apóstoles, y,
por lo tanto, por hombres, es todavía más verdad que, en el
sentido carismático, las mujeres la "conducen"
igualmente, e incluso mejor todavía: os invito pensar
frecuentemente en María, la Madre de Cristo.
Antes
de concluir este testimonio basado en vuestras preguntas, quisiera
una vez más dar las gracias muy especialmente a los numerosos
representantes de la juventud francesa que, antes de mi llegada a
París, me enviaron millares de cartas. Os agradezco el que hayáis
manifestado este vínculo, esta comunión, esta corresponsabilidad.
Y deseo que ese vinculo, esta comunión y esa corresponsabilidad
continúen ahondándose y desarrollándose tras nuestro encuentro de
esta noche.
Os
pido también que reforcéis vuestra unión con los jóvenes de toda
la Iglesia y de todo el mundo, en el Espíritu de esta certeza de
que Cristo es nuestro camino, la verdad y la vida (cf. Jn. 14, 6)
Unámonos
ahora en esa oración que Él mismo nos enseñó, cantando el
"Padre Nuestro". Y recibid todos, para vosotros, para los
chicos y chicas de vuestra edad, para vuestras familia y para los
hombres que más sufren la bendición del Obispo de Roma, Sucesor de
San Pedro.
"Padre
nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a
nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el
cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos
nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y
no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal, Amén".
El
Papa a los jóvenes de Francia, Junio de 1980
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María
y Tú
El
largo y silencioso itinerario de la Virgen que se inició con el
"Fiat" gozoso de Nazaret y se cubrió de oscuros presagios
en la presentación del Primogénito en el templo, encontró en el
Calvario su coronamiento salvífico. "La Madre miraba con ojos
de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que iba a venir la
redención del mundo" (ib., 49). Crucificada con el Hijo
crucificado (cf. Gál 2, 20), contemplaba con angustia de Madre y
con heroica fe de discípula, la muerte de su Dios;
"consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que
Ella misma había engendrado" (Lumen Gentium, 58) para ese
Sacrificio.
Entonces
pronunció su último "Fiat", cumpliendo la voluntad del
Padre en favor nuestro y acogiéndonos a todos como a hijos, en
virtud del testamento de Cristo: "Mujer, he ahí a tu
hijo" (Jn 19, 26)."He ahí a tu Madre", dijo; "y
el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27): el discípulo
virgen acogió a la Virgen Madre como su luz, su tesoro, su bien,
como el don más querido heredado del Señor. Y la amó tiernamente
con corazón de hijo. "Por esto, no me maravillo -escribe
Ambrosio- de que haya narrado los divinos misterios mejor que los
otros aquel que tuvo frente a sí a la morada de los misterios
celestes" (Ambrosio, ib., 50).
Jóvenes:
Acoged también vosotros a María en vuestro corazón y en vuestra
vida: que sea Ella la idea inspiradora de vuestra fe, la estrella
luminosa de vuestro camino pascual, para construir un mundo nuevo en
la luz del Resucitado, esperando la Pascua eterna del reino.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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La
verdadera Juventud
Si
sabéis mirar el mundo con los ojos nuevos, que os da la fe,
entonces sabréis salir a su encuentro con las manos tendidas en un
gesto de amor. Sabréis descubrir en él, en medio de tanta miseria
y tanta injusticia, presencias insospechadas de bondad, fascinadoras
perspectivas de belleza, motivos fundados de esperanza en un mañana
mejor. Si dejáis que la Palabra de Dios entre en vuestro corazón y
lo renueve comprenderéis que no es necesario rechazar todo lo que
los adultos, y en particular vuestros padres, os han transmitido. Sólo
hay que discernir con sabiduría cada cosa, para descartar lo que es
caduco y conservar lo que es válido y duradero. Más aún,
descubriréis cuánta gratitud debéis a los que os han precedido,
porque también ellos han esperado, luchado, sufrido. Y todo esto lo
han hecho por vosotros. Ésta es, en efecto, la verdad: las jóvenes
generaciones de ayer, las de vuestros padres y vuestros abuelos,
afrontaron fatigas, dolores, renuncias por vosotros, con la
esperanza de que se os ahorrasen las pruebas que se abatieron sobre
ellos. Quizá no han conseguido transmitirnos la mejor parte de sí.
Pero, si abrís los ojos, descubriréis el amor que ha inspirado sus
intentos y podréis reconocer en el pasado una fuerza más que un
peso: una propuesta y una posibilidad más que un condicionamiento.
Si
sabéis responder a la llamada de Dios descubriréis -y muchos de
vosotros sin duda lo han hecho- que la verdadera juventud es la que
da Dios mismo. No la de la edad, anotada en el registro oficial,
sino la que desborda de un corazón renovado por Dios. Descubriréis
que el más joven puede ponerse al lado del mayor que él y entablar
un diálogo dando y recibiendo algo con enriquecimiento recíproco y
alegría siempre nueva.
Descubriréis
que el más pobre, el más probado en el propio cuerpo, el más
desprovisto humana y socialmente, puede ser en realidad el primero
en el reino de los cielos, puede ser aquél o aquella de cuya
mediación se sirve Dios para traer la salvación al mundo.
Descubriréis que un enfermo, un moribundo puede unir su vida a la
de Cristo y contribuir a cambiar el curso de las cosas lo mismo que
el más fuerte y el más sabio. Descubriréis dónde está la
verdadera fuerza que puede transformar el mundo.
La
verdadera fuerza está en Cristo, el Redentor del mundo. Este es el
punto central de todo el discurso. Y éste es el momento de plantear
la pregunta crucial: Este Jesús que fue joven como vosotros, que
vivió ejemplarmente en una familia y conoció a fondo el mundo de
los hombres, ¿quién es para vosotros? ¿Es sólo un hombre, un
gran hombre, un reformador social? ¿Es sólo un profeta mal
comprendido entre los suyos (cf. Jn. 1, 11) , y contestado en su
tiempo (cf. Lc. 2, 34), y, por esto, condenado a muerte? ¿O no es,
más bien, el "Hijo del hombre", esto es, el hombre por
excelencia, que en la realidad de la carne asume y resume las
vicisitudes, las tribulaciones de los hombres sus hermanos, y a la
vez, como "Hijo de Dios", las rescata y redime todas? Yo sé
que Cristo hombre y Dios es para vosotros el punto supremo de
referencia. ¡Lo sé!.
En
el pórtico de la pasión que la liturgia pascual va a conmemorar,
sentimos resonar precisamente en el Evangelio de hoy, entre las líneas
de una cínica trama, la arcana palabra de Caifás que pensaba
sacrificar al inocente "para que no perezca la nación entera.
Esto -observa el Evangelista psicólogo- no lo dijo por propio
impulso, sino que... habló proféticamente anunciando que Jesús
iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también
para reunir a los hijos de Dios dispersos" (Jn. 11, 50-51)
Esta
profecía, queridos jóvenes, se ha cumplido. Cristo murió por los
hombres, por los hombres de todas las generaciones que se suceden en
la faz de la tierra. Cristo murió y con su muerte ha reunido,
hermanándolos, a los hijos de Dios. La redención humana es obra
suya: la unidad de los hombres es obra suya; y una y otra tienen un
valor universal y duran para siempre, porque se alimentan en la
inagotable virtud de su resurrección.
Es
esencial, pues, creer en Cristo hombre y Dios: en Cristo muerto y
resucitado; en Cristo redentor y que recapitula toda la humanidad.
Si es viva e inquebrantable vuestra adhesión a Él, os resultará más
fácil resolver los problemas -pequeños y grandes- que se presentan
en nuestra vida, tanto de individuos como de representantes de la
nueva generación. En toda circunstancia de la vida jamás olvidéis
que Dios amó tanto al mundo que dio su Hijo unigénito para
nosotros (cf. Jn. 3, 16). Buscad en vuestra fe las razones de
esperar y el modelo de reaccionar, que es propio de los discípulos
de Cristo.
Vigorizad,
pues, vuestra fe; revividla si es débil. ¡Abrid las puertas a
Cristo! Abrid vuestros corazones a Cristo, acogedlo como compañero
guía de vuestro camino.
En
su nombre, estaréis en disposición de preparar un porvenir más
sereno, más humano para vosotros y para vuestros hermanos. Está en
vosotros, sobre todo en vosotros, consagrarle el tercer milenio, que
ya se perfila en el horizonte humano.
Amadísimos
jóvenes de lengua española: Vuestra presencia en Roma durante
estos días del Jubileo, ha sido una abierta profesión de fe en
Cristo: Él no es solamente un gran hombre o un reformador social.
Es el Hijo de Dios que se hizo hombre como nosotros. Él es el
Redentor del hombre, que con su muerte ha redimido a todos haciéndolos
hijos de Dios. Avivad vuestra fe en Cristo, queridos jóvenes, y
sacad de Él inspiración para vuestra vida. El mundo ofrece tantos
ejemplos de mal, de injusticia, de opresión del hombre, de muerte y
amenazas de catástrofes. Vosotros debéis denunciar el mal, pero
sobre todo debéis vivir el bien; debéis denunciar la cultura de
muerte que aflige al mundo con la eliminación de tantos seres aún
no nacidos, con la guerra, con la marginación de los inhábiles y
ancianos. Frente a todo ello, elegid la vida, y no sucumbáis a la
cultura de muerte que es también la droga, el terrorismo, el
erotismo y otras formas de vicio. Pedid vuestro puesto en la
sociedad, pero sabed colaborar con las generaciones pasadas, que
lucharon como vosotros y por vosotros. En una palabra: Abrid el
corazón a Cristo. Y con la fe y amor a Él, hacedle vuestro compañero
de viaje, trabajando para que el próximo milenio sea más pacífico,
más justo, más moral y solidario.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Construir
un mundo más humano
¿Y
qué os corresponde a vosotros, queridos jóvenes? Yo diría, de
acuerdo con todo lo que acabo de insinuar, que os corresponde una
especie de función profética: podéis desarrollar una acción de
denuncia contra los males de hoy, hablando ante todo contra esa
difundida "cultura de muerte" que, al menos en ciertos
contextos étnico-sociales (afortunadamente no en todas partes); se
manifiesta como un peligroso plano inclinado de resbalamiento y de
ruina. Mirad es un derecho-deber vuestro reaccionar contra dicha
cultura: vosotros debéis apreciar siempre y esforzaros por hacer
apreciar la vida, rechazando las violaciones sistemáticas que
comienzan con la supresión del que va a nacer, se desarrollan con
las innúmeras violencias de las guerras, llegan a la exclusión de
los inhábiles y de los ancianos, para terminar en la solución
final de la eutanasia. Os corresponde a vosotros en virtud de la
innata sensibilidad que tenéis por los valores que Cristo ha
anunciado, en virtud de vuestra alegría a los compromisos,
afanaros, juntamente con quienes son mayores que vosotros y que no
se han resignado a tales compromisos, para que se superen las
injusticias persistentes y todas sus prometeiformes manifestaciones,
las cuales, lo mismo que los males antes citados, tiene su raíz en
el corazón del hombre.
Por
otra parte, todo esto no tendría sentido, si no supieseis afrontar
también una valiente autodenuncia, individuando los límites de
todo lo que tienen de excesivo ciertas reclamaciones, venciendo la
tentación, a veces insistente y siempre irracional, de la
contestación total y de la aversión ciega. A vosotros os
corresponde verificar si algún bacilo de esa "cultura de
muerte" por ejemplo, la droga, el recurso al terror, el
erotismo, las múltiples formas del vicio anida también dentro de
vosotros y este allí contaminando y destruyendo -¡desgraciadamente!-
vuestra juventud.
Os
lo repito de nuevo, querídisimos jóvenes: no cedáis a la
"cultura de muerte". Elegid la vida. Alineaos con cuantos
no aceptan rebajar su cuerpo al rango de objeto. Respetad vuestro
cuerpo. Formad parte de vuestra condición humana: es templo del Espíritu
Santo. Os pertenece porque os lo ha donado Dios. No se os ha donado
como un objeto del que podéis usar y abusar. Forma parte de vuestra
persona como expresión de vosotros mismos, como un lenguaje para
entrar en comunicación con los otros en un diálogo de verdad, de
respeto, de amor. Con vuestro cuerpo podéis expresar la parte más
secreta de vuestra alma, el sentido más personal de vuestra vida:
vuestra libertad, vuestra vocación "¡Glorificad a Dios en
vuestro cuerpo"! (1 Cor. 6, 20)
Y
glorificadlo en vuestra vida. Queridísimos jóvenes, no lo olvidéis:
vuestra denuncia respecto a las contradicciones del mundo de los
adultos será tanto más eficaz y creíble, cuanto mejor sepáis
daros a vosotros mismos, los primeros, el ejemplo de una voluntad
templada en la rectitud y en la honestidad de una iniciativa madura,
de una coherente fidelidad a las líneas positivas de la vida y a
los valores constantes que se llaman religiosidad, libertad,
justicia, laboriosidad, corrección, colaboración, paz.
No
basta denunciar: hay que hacer. Hay que comprometerse en primera
persona, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, en la
construcción de un mundo que sea realmente a medida del hombre, más
aún, a medida de los hijos de Dios. Con esperanza renovada cada día,
debéis luchar, al lado de quienes antes que vosotros emprendieron
ya batalla, para reparar el mal, consolar a los afligidos, ofrecer
la palabra de la esperanza que puede convertir los corazones y
llevar a bendecir en vez de maldecir, a amar en vez de odiar. De
este modo, seréis testigos de la luz de Cristo en un mundo donde
las tinieblas del mal continúan insinuando peligrosamente a los
corazones humanos.
Vuestro
valor y vuestra fuerza serán tanto mayores cuanto mejor comprendáis
que, en este combate entre la luz y las tinieblas, no nos
corresponde determinar cuáles deben ser sus desarrollos y, mucho
menos, cuál debe ser su compromiso. Sólo nos corresponde realizar
en él nuestra parte con lealtad y coherencia, contando con la
fuerza de Cristo resucitado, hasta que el Padre, que guía la
historia hacia su trascendente destino juzgue que ha llegado la
plenitud de los tiempos.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Denunciar
la Cultura de Muerte, anunciar la Cultura de Vida
Un
problema real de la vida es el de verificar ante todo, cuál es el
puesto de la juventud en el mundo presente. Pero prefiero en vez de
hablar en abstracto, dirigirme directamente a vosotros y dialogar
con vosotros: hablaré pues, de vuestro puesto, y diré sin
vacilaciones que está garantizado, os está "reservado",
es vuestro con todo derecho por la sencilla y elemental razón del
recambio generacional.
Donde
están hoy los adultos o los ancianos, ahí estaréis un día
vosotros mismos y, por añadidura, en un porvenir que el desarrollo
tecnológico y la legislación social, que nadie puede detener,
hacen más cercano de lo que se cree. Es una afirmación casi banal
decir que el futuro es de los jóvenes aun cuando también se da por
descontado de la misma manera que no podrán construir este futuro
sin asumir la heredad de las generaciones precedentes, sin
"honrar al padre y a la madre" (cf. Dt. 5, 16) que les han
transmitido el don de la vida con los valores y los ideales más
entrañables para ellos.
Pero
la pregunta se vuelve más sutil e insidiosa, desde momento en que
de una meta que no esta lejana, o cada vez nos lejana ("tendréis
un día el puesto que os corresponde") se pasa a la actualidad
¿cuál es el puesto que tenéis ahora, en cuanto jóvenes?
efectivamente aquí puede surgir alguna duda ante la evidencia de
ciertos hechos, ¿cómo negar, por ejemplo que a veces el mundo de
los adultos tiende a excluir a los más jóvenes? ¿Cómo negar que
hay en el mundo moderno muchas amenazas y peligros que los jóvenes
advierten con mayor lucidez e inmediación y como por instinto? Ante
tales amenazas ¿Cómo desentenderse del interrogante crucial de
nuestros días acerca del sentido general de la vida: a donde va el
mundo? y ¿a dónde llegará el progreso técnico-científico con
los innegables peligros que comporta? ¿y cómo excluir la locura
que lo trastorna todo en un conflicto nuclear?
Vosotros
os sentís amenazados por un sociedad que no habéis elegido, una
sociedad que no habéis construido, pero que sin embargo formáis
parte de ella con responsabilidades crecientes. Esta sociedad parece
volverse loca cuando moviliza todas sus energías para lanzarse a lo
que constituye su destrucción. El progreso científico y tecnológico
aparentemente ha hecho al hombre dueño del mundo material. La
experiencia demuestra por desgracia que no se trata de un domino
científico neutro, como han pensado algunos. Efectivamente el
hombre moderno tiene la tentación de considerarlo todo como un
objeto de manipulación y con frecuencia ha terminado por situarse
también a sí mismo entre dichos objetos ¡Esta es la gran amenaza
de nuestra época!
En
vosotros está queridos jóvenes, con esa atenta ponderación que
pueden conjuntarse muy bien con vuestro natural entusiasmo, ofrecer
una aportación personal a la superación de situaciones que no
satisfacen, sacando inspiración de vuestra fe y fuerza de vuestro
dinamismo. Vosotros lo podéis hacer, manteniendo abierto el dialogo
con los adultos y hablándoles con franquezas, libre de toda
acritud: Nosotros -les diréis- reconocemos y sacamos provecho de lo
que nos ofrecéis, nosotros no os acusamos de los frutos y
"conforts" del progreso; no negamos vuestros méritos;
pero os pedimos poder esta a vuestro lado para eliminar ciertas
aberraciones, para superar las injusticias persistentes. Queremos
que el progreso sea positivo y no mortífero; que sea de todos y
para todos, no sólo para algunos; que sirva a la causa de la paz, y
no a la de la guerra; que promueva hacia lo alto la autenticidad de
la humanitas y no rebaje ni degrade -nunca jamás- el divino
destello en el hombre.
Algunos
de vosotros se sienten ignorados y marginados; no aceptamos
soluciones que sean trámite y factor de decadencia, queremos
ofreceros la fuerza de nuestra esperanza. La carga vital que hay en
nosotros y es don de Dios, está disponible para una utilización
que esté siempre en favor del hombre y nunca contra el hombre.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Abrid
las puertas al Redentor
Muy
queridos jóvenes "¡Abrid las puertas al Redentor!" Me
viene a los labios espontáneamente este llamamiento que hice al
mundo al comienzo de mi pontificado y que después elegí para lema
y guía de la celebración de este Año Santo extraordinario. Me
salta espontáneamente a los labios esta tarde en este encuentro con
vosotros que habéis venido en representación de los jóvenes de
todo el mundo. Dáis testimonio de que el mensaje de Cristo no os
deja indiferentes. Intuís que en su palabra puede estar la
respuesta que vais buscando ansiosamente. Aun en medio de
interrogantes y dudas, perplejidades y desánimos, percibís en lo
hondo de vuestro corazón que Él posee la clave capaz de resolver
el enigma que anida hoy en todo ser humano. No os hubierais puesto
en camino hacia Roma, si no os hubiera espoleado este atisbo en el
que vibra ya el gozo de un descubrimiento que puede dotar de sentido
y meta a toda una vida.
Amadísimos
hermanos. A Cristo se le descubre dejándole caminar junto a
nosotros en nuestro camino. Es ésta mi invitación: dejad queridísimos
jóvenes que Cristo se ponga a vuestro lado con la palabra de su
Evangelio y la energía vital de sus sacramentos. La suya es
presencia exigente. Puede parecer una presencia incómoda al
principio, y podéis sentiros tentados de rechazarla. Pero si tenéis
el coraje de abrirle las puertas del corazón y acogerlo en la vida,
descubriréis en Él el gozo de la verdadera libertad, que os da la
posibilidad de construir vuestra existencia sobre la única realidad
capaz de resistir al desgaste del tiempo y de lanzaros más allá de
las fronteras de la muerte, la realidad indestructible del amor.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Amor
El
tercer tema de nuestra reflexión queridos amigos jóvenes, es la
fascinante verdad del amor; el amor entre los hombres, el amor con
que Dios nos ha amado primero, el amor que en todo momento debemos a
Dios y a los otros.
Oid
el testimonio del evangelista San Juan: "Porque tanto amó Dios
al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea
en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn. 3, 16).
Cristo es el amor del Padre hecho carne, "la bondad y el amor
de Dios, nuestro salvador hacia los hombres" (Tit. 3, 4); Él
incluso durante su gran humillación de la cruz pidió por sus
verdugos y los perdonó. En su pasión y muerte. Cristo pasó también
el oscuro abismo del amor; Él experimentó la entrega total de la
propia persona a causa del amor; del que Él mismo dijo: "Nadie
tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos"
(Jn. 15, 13)
¡Mirad
sobre todo a este Jesús! ¡Mirad a su cruz! Él es en persona lo
que la palabra amor significa. Él mismo quiere y debe ser también
la medida de vuestro amor. Por eso, su nuevo y mayor mandamiento es:
"Que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así,
también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis
discípulos: si tenéis amor unos para con otros" (Jn. 13,
34-35). Cuán hambriento de amor está el mundo enfermo, hambriento
del amor salvífico de Jesucristo del Salvador, El viejo mundo exige
un amor que sea joven y que regale energía juvenil. ¡Sed vosotros
su mensajeros! ¡Llevad vosotros este amor a los hombres, como habéis
llevado la luz de las antorchas por las calles este atardecer! Dejad
que el fuego del Espíritu Santo brille en vosotros para llevar al
mundo la luz y el calor del amor de Dios.
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Libertad
Queridos
jóvenes:
La
gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo esté con todos
vosotros siempre.
Me
siento feliz de recibiros hoy en el Vaticano que ha sido la meta de
vuestra marcha. Habéis venido libremente a demostrar vuestro amor a
Cristo y a su Iglesia, y reunirnos en su nombre.
La
libertad es un gran don que habéis recibido de Dios. Quiere decir
que tenéis el poder de decir sí a Cristo. Pero vuestro sí no
significaría nada si no pudiérais decir también no. Diciendo sí
a Cristo, os entregáis a El; le ofrecéis el corazón, reconocéis
su puesto en vuestra vida, ya que por ser hijos de Dios, hermanos y
hermanas en Cristo, habéis sido creados para decir sí al amor de
Dios. Fue Cristo quien os compró la libertad. Murió para hacernos
libres. Sólo Jesús os hace libre. Nos dice Él mismo en el
Evangelio de San Juan: "Si el Hijo os librare, seréis
verdaderamente libres" (Jn. 8, 36).
El
mayor obstáculo de vuestra libertad es el pecado que significa
decir no a Dios. Pero Jesucristo Hijo de Dios esta pronto a perdonar
todo pecado, y esto es lo que hace en la confesión, en el
sacramento de la penitencia. Es el mismo Jesús quien perdona
vuestros pecados en la confesión y os devuelve la libertad que perdísteis
cuando dijísteis no a Dios. Queridos jóvenes: Amad vuestra
libertad y ejercedla diciendo sí a Dios; no la enajeneis.
Recobradla cuando la hayáis perdido y reforzadla en la confesión
cuando flaquea. Acordaos de las palabras de Jesús: "Si el Hijo
os librare, seréis verdaderamente libres".
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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Alegría
En
este encuentro, cuando las sombras de la noche van cayendo, se que
queréis orar como los discípulos de Emáus: Señor, el día ya
declina, quédate con nosotros (cf. Lc. 24, 28).
Quédate
para iluminar nuestras dudas y temores.
Quédate
para que fortifiquemos nuestra luz con la tuya.
Quédate
para ayudarnos a ser solidarios y generosos.
Quédate
para que en un mundo con poca fe y esperanza, nos alentemos los unos
a los otros y sembremos fe y esperanza.
Quédate,
para que también nosotros aprendamos de Ti a ser luz para los otros
jóvenes y para el mundo. (...)
¡Alegría!
Mirad a vuestra experiencia y acoged los numerosos gozos que son
dones de Dios: salud del cuerpo y vida del Espíritu, generosidad de
corazón, admiración de la naturaleza y de las obras del hombre, y
plenitud de amistad y amor. Pero aspirad a dones más altos, a la
alegría perfecta que Dios revela.
Remontaos
al gozo de Abraham, Padre de los creyentes (cf. Jn. 8, 56)
Contemplad la alegría de María, "bienaventurada por haber creído",
"que exulta de júbilo en Dios su Salvador" (Lc. 1,
45,47). Escuchad a Juan Bautista, el amigo del Esposo (cf. Jn. 3,
29). Mirad a San Francisco, a San Juan Bosco, a todos los Santos.
Y
sobre todo contemplad la alegría única de Jesús: es el Hijo muy
amado, en El está todo el amor del Padre (cf. Mt. 3, 17). Se
regocija al ver revelado el reino a los pequeños (cf. Lc. 10,21) y
entrega su vida para dar "a los afligidos el consuelo"
(Oración eucarística 4).
Y
para vosotros, ¿cuál será vuestra alegría?
Os
dice el Señor: "Si alguno me abre la puerta, entrare en su
casa y me sentaré a su mesa; yo con él y él conmigo" (cf.
Ap. 3, 20). "Donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos" (Mt. 18, 20). "Dichosos
los pobres. Dichosos los corazones puros que difunden paz, los que
tiene hambre y sed de justicia" (cf. Mt. 5, 3-9).
Sí,
queridos amigos, situaos en la alegría incluso de sufrir por el
nombre de Cristo y sed hermanos con El de los que sufren. Y la
resurrección de Cristo os colme del gozo que perdura (cf. Jn.
20,20) con el Espíritu Santo que os ha sido dado (cf. Rm. 5, 5).
Más
allá de todos los gozos que iluminan vuestro camino, buscad a Aquel
que os da la alegría. "Esa alegría que nadie podrá
arrebataros" (Jn. 16,22)
Jubileo
de los Jóvenes, Abril de 1984
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