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POR QUE “DUC IN ALTUM”?
Caminemos
con esperanza ¡¡Duc in altum!, contemplemos a Cristo, amemoslo y
sigamos el camino que Él nos invita a recorrer: “Id pues y haced
discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19). Este mandato
de Cristo nos llena de Esperanza en nuestro caminar como fieles
discipulos de la Palabra y de las enseñanzas del Santo Padre Juan
Pablo II. Continuemos nuestra tarea de formar nuevos
“Comunicadores Catolicos” pero todos unidos por la única comunión
que cada día se nutre de la mesa del pan Eucarístico y de la
Palabra de Vida. En este camino de la Formación y Autoformación,
nos acompaña la Stma. Virgen María que es la estrella de la Nueva
Evangelización en nuestro continente.
Duc
in altum! Esta
invitación de Cristo, vale para cada uno de nosotros, para cada
familia, para cada una de nuestras comunidades. ¡Duc
in altum! Levanta
las anclas; no te quedes en la orilla, ni con la nostalgia de no
haber pescado nada, ni con la mirada puesta en la barca, ni con las
manos ocupadas en lavar redes.
¡Duc
in altum!
¡Rema
mar adentro!, siguiendo mi ejemplo, con confianza en mi Palabra. Sal
de temores y de costumbres paganas, sal de egoísmos y rencores. Adéntrate
por los caminos de la comunión, date a mí y a mis hermanos.
Procura que llegue a todos ellos el caudal de agua viva que les
ofrezco, que vivifica el amor y la esperanza, y que les impulsa a
prolongar el amor con que yo los amo. Ten confianza en los dones del
Espíritu que vivifica tu consagración y tu misión en la Iglesia y
en el mundo. Cuando lances las redes en mi nombre, no lo olvides, la
pesca será sobreabundante, realmente milagrosa. En las manos de María
dejo este profundo anhelo de comunión y participación que palpita
entre nosotros.
58.
¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia
como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con
la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años
por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la
vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para
convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás
para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza,
por lo que hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y
amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues
y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato
misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener
el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para
ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue
enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por
la esperanza «que no defrauda» (Rm 5,5).
Nuestra
andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida
al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada
uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos,
pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única
comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan
eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado
nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día
«primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos para «exhalar»
sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la
gran aventura de la evangelización.
Nos
acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos
meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las
partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en
estos años la he presentado e invocado como «Estrella de la nueva
evangelización». La indico aún como aurora luminosa y guía
segura de nuestro camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito,
evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz,
ante ella, del cariño filial de toda la Iglesia.
59.
¡Queridos hermanos y hermanas! El símbolo de la Puerta Santa se
cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca
la puerta viva que es Cristo. Después del entusiasmo jubilar ya no
volvemos a un anodino día a día. Al contrario, si nuestra
peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer nuestras
piernas para el camino que nos espera. Tenemos que imitar la
intrepidez del apóstol Pablo: «Lanzándome hacia lo que está por
delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me
llama desde lo alto, en Cristo Jesús» (Flp 13,14). Al mismo
tiempo, hemos de imitar la contemplación de María, la cual, después
de la peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su
casa de Nazareth meditando en su corazón el misterio del Hijo (cf.
Lc 2,51).
Que
Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose
reconocer como a los discípulos de Emaús «al partir el pan» (Lc
24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su
rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran
anuncio: «¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20,25).
Éste
es el fruto tan deseado del Jubileo del Año dos mil, Jubileo que
nos ha presentado de manera palpable el misterio de Jesús de
Nazaret, Hijo de Dios y Redentor del hombre.
Mientras
se concluye y nos abre a un futuro de esperanza, suba hasta el
Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la alabanza y el
agradecimiento de toda la Iglesia.
Con
estos augurios y desde lo más profundo del corazón, imparto a
todos mi Bendición.
Vaticano,
6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor, del año 2001,
vigésimo tercero de Pontificado. (S.S. Juan Pablo II, Novo
Millennio Ineunte) (CONCLUSIÓN
¡DUC IN ALTUM!)
Es
nuestra intención responder al llamado del Papa Juan Pablo II,
quien en su mensaje "Internet: un nuevo foro para la proclamación
del Evangelio” ha dicho que “para la Iglesia, el nuevo mundo del
ciberespacio es una llamada a la gran aventura de usar su potencial
para proclamar el mensaje evangélico”. Queremos responder a este
desafío e ir más lejos con nuestro trabajo. Deseamos seguir el
mandato del Señor de «remar mar adentro»: «Duc in altum» (Lc 5,
4).
Al
comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el
que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se
abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en
nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después
de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó
al Apóstol a «remar mar adentro» para pescar: «Duc in altum»
(Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra
de Cristo y echaron las redes. «Y habiéndolo hecho, recogieron una
cantidad enorme de peces» (Lc 5,6).
¡Duc
in altum! Esta
palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar
con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos
con confianza al futuro: «Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y
siempre» (Hb 13,8).
El
Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo
Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración
apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su
sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer
Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada
a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino
espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha
perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado
por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!),
para anunciar, más aún, "proclamar" a Cristo al mundo
como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14,
6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los
deseos de la historia y de la civilización».
El
Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es
una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus
partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico,
del cual es como un compendio.2 En él resuena la oración de María,
su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su
seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a
contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la
profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene
abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la
Madre del Redentor.
“¡Duc
in altum!” - recordando las palabras del Divino Maestro a los Apóstoles,
el Papa Juan Pablo II exhorta a los cristianos a “remar mar
adentro”, en el amplio océano de las almas que están a la espera
del mensaje cristiano. (Novo Millennio Ineunte, 1)
Desde
que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa
misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "Cuando sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,
32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión
de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda
realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante
llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin
vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace
poco ha resonado en esta plaza: "Duc in altum!". Lo
transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la
Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico.
Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar
adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la
pesca" (Lc 5, 4).
Santo
Padre: Su ánimo ecuménico, su apertura en la defensa de los
derechos humanos y su mano firme en el timón de la nave de Pedro,
nos permiten en estos días postjubilares avizorar el futuro con
serenidad y confianza. El ejemplo de su fortaleza extraordinaria y
ánimo inquebrantable nos hace posible exclamar ¡Duc in altum! (Lc
5, 4), como nos apremia en la Novo millennio ineunte. ¡Mar
adentro!, de la mano de Cristo y guiados por Su Vicario.
Internet
es ciertamente un nuevo «foro», entendido en el antiguo sentido
romano de lugar público donde se trataba de política y negocios,
se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba gran parte de
la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo mejor y lo peor de
la naturaleza humana. Era un lugar de la ciudad muy concurrido y
animado, que no sólo reflejaba la cultura del ambiente, sino que
también creaba una cultura propia. Esto mismo sucede con el
ciberespacio, que es, por decirlo así, una nueva frontera que se
abre al inicio de este nuevo milenio. Como en las nuevas fronteras
de otros tiempos, ésta entraña también peligros y promesas, con
el mismo sentido de aventura que caracterizó otros grandes períodos
de cambio. Para la Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una
llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el
mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que
significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de
«remar mar adentro»: «Duc in altum» (Lc 5, 4).
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