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Discurso de Juan
Pablo II sobre estado vegetativo y eutanasia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 2 abril 2004- Publicamos el discurso
que pronunció Juan Pablo II el 20 de marzo a los participantes en el
Congreso sobre «Tratamientos de mantenimiento vital y estado
vegetativo», organizado en Roma por la Academia Pontificia para la
Vida, y la Federación Internacional de Asociaciones de Médicos
Católicos.
Ilustres señoras y señores:
1. Os saludo muy cordialmente a todos vosotros, participantes en el
congreso internacional sobre "Tratamientos de mantenimiento vital y
estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos". Deseo
dirigir un saludo, en particular, a monseñor Elio Sgreccia,
vicepresidente de la Academia pontificia para la vida, y al profesor
Gian Luigi Gigli, presidente de la Federación internacional de
asociaciones de médicos católicos y generoso defensor del valor
fundamental de la vida, el cual se ha hecho amablemente intérprete
de los sentimientos comunes.
Este importante congreso, organizado conjuntamente por la Academia
pontificia para la vida y la Federación internacional de
asociaciones de médicos católicos, está afrontando un tema de gran
importancia: la condición clínica denominada "estado vegetativo".
Las complejas implicaciones científicas, éticas, sociales y
pastorales de esa condición necesitan una profunda reflexión y un
fecundo diálogo interdisciplinar, como lo demuestra el denso y
articulado programa de vuestros trabajos.
2. La Iglesia, con gran estima y sincera esperanza, estimula los
esfuerzos de los hombres de ciencia que se dedican diariamente, a
veces con grandes sacrificios, al estudio y a la investigación para
mejorar las posibilidades diagnósticas, terapéuticas, de pronóstico
y de rehabilitación de estos pacientes totalmente confiados a quien
los cuida y asiste. En efecto, la persona en estado vegetativo no da
ningún signo evidente de conciencia de sí o del ambiente, y parece
incapaz de interaccionar con los demás o de reaccionar a estímulos
adecuados.
Los estudiosos consideran que es necesario ante todo llegar a un
diagnóstico correcto, que normalmente requiere una larga y atenta
observación en centros especializados, teniendo en cuenta también el
gran número de errores de diagnóstico referidos en la literatura.
Además, no pocas de estas personas, con una atención apropiada y con
programas específicos de rehabilitación, son capaces de salir del
estado vegetativo. Al contrario, muchos otros, por desgracia,
permanecen prisioneros de su estado, incluso durante períodos de
tiempo muy largos y sin necesitar soportes tecnológicos.
En particular, para indicar la condición de aquellos cuyo "estado
vegetativo" se prolonga más de un año, se ha acuñado la expresión
estado vegetativo permanente. En realidad, a esta definición no
corresponde un diagnóstico diverso, sino sólo un juicio de previsión
convencional, que se refiere al hecho de que, desde el punto de
vista estadístico, cuanto más se prolonga en el tiempo la condición
de estado vegetativo, tanto más improbable es la recuperación del
paciente.
Sin embargo, no hay que olvidar o subestimar que existen casos bien
documentados de recuperación, al menos parcial, incluso a distancia
de muchos años, hasta el punto de que se puede afirmar que la
ciencia médica, hasta el día de hoy, no es aún capaz de predecir con
certeza quién entre los pacientes en estas condiciones podrá
recuperarse y quién no.
3. Ante un paciente en esas condiciones clínicas, hay quienes llegan
a poner en duda incluso la permanencia de su "calidad humana", casi
como si el adjetivo "vegetal" (cuyo uso ya se ha consolidado),
simbólicamente descriptivo de un estado clínico, pudiera o debiera
referirse en cambio al enfermo en cuanto tal, degradando de hecho su
valor y su dignidad personal. En este sentido, es preciso notar que
el término citado, aunque se utilice sólo en el ámbito clínico,
ciertamente no es el más adecuado para referirse a sujetos humanos.
En oposición a esas tendencias de pensamiento, siento el deber de
reafirmar con vigor que el valor intrínseco y la dignidad personal
de todo ser humano no cambian, cualesquiera que sean las
circunstancias concretas de su vida. Un hombre, aunque esté
gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus
funciones más elevadas, es y será siempre un hombre; jamás se
convertirá en un "vegetal" o en un "animal".
También nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en la
condición clínica de "estado vegetativo" conservan toda su dignidad
humana. La mirada amorosa de Dios Padre sigue posándose sobre ellos,
reconociéndolos como hijos suyos particularmente necesitados de
asistencia.
4. Los médicos y los agentes sanitarios, la sociedad y la Iglesia
tienen, con respecto a esas personas, deberes morales de los que no
pueden eximirse sin incumplir las exigencias tanto de la deontología
profesional como de la solidaridad humana y cristiana.
Por tanto, el enfermo en estado vegetativo, en espera de su
recuperación o de su fin natural, tiene derecho a una asistencia
sanitaria básica (alimentación, hidratación, higiene, calefacción,
etc.), y a la prevención de las complicaciones vinculadas al hecho
de estar en cama. Tiene derecho también a una intervención
específica de rehabilitación y a la monitorización de los signos
clínicos de eventual recuperación.
En particular, quisiera poner de relieve que la administración de
agua y alimento, aunque se lleve a cabo por vías artificiales,
representa siempre un medio natural de conservación de la vida, no
un acto médico. Por tanto, su uso se debe considerar, en principio,
ordinario y proporcionado, y como tal moralmente obligatorio, en la
medida y hasta que demuestre alcanzar su finalidad propia, que en
este caso consiste en proporcionar alimento al paciente y alivio a
sus sufrimientos.
En efecto, la obligación de proporcionar "los cuidados normales
debidos al enfermo en esos casos" (Congregación para la doctrina de
la fe, Iura et bona, p. IV), incluye también el empleo de la
alimentación y la hidratación (cf. Consejo pontificio "Cor unum",
Dans le cadre, 2. 4. 4; Consejo pontificio para la pastoral de la
salud, Carta de los agentes sanitarios, n. 120). La valoración de
las probabilidades, fundada en las escasas esperanzas de
recuperación cuando el estado vegetativo se prolonga más de un año,
no puede justificar éticamente el abandono o la interrupción de los
cuidados mínimos al paciente, incluidas la alimentación y la
hidratación. En efecto, el único resultado posible de su suspensión
es la muerte por hambre y sed. En este sentido, si se efectúa
consciente y deliberadamente, termina siendo una verdadera eutanasia
por omisión.
A este propósito, recuerdo lo que escribí en la encíclica Evangelium
vitae, aclarando que "por eutanasia, en sentido verdadero y propio,
se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en
la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier
dolor"; esta acción constituye siempre "una grave violación de la
ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente
inaceptable de una persona humana" (n. 65).
Por otra parte, es conocido el principio moral según el cual incluso
la simple duda de estar en presencia de una persona viva implica ya
la obligación de su pleno respeto y de la abstención de cualquier
acción orientada a anticipar su muerte.
5. Sobre esta referencia general no pueden prevalecer
consideraciones acerca de la "calidad de vida", a menudo dictadas en
realidad por presiones de carácter psicológico, social y económico.
Ante todo, ninguna evaluación de costes puede prevalecer sobre el
valor del bien fundamental que se trata de proteger: la vida humana.
Además, admitir que se puede decidir sobre la vida del hombre
basándose en un reconocimiento exterior de su calidad equivale a
reconocer que a cualquier sujeto pueden atribuírsele desde fuera
niveles crecientes o decrecientes de calidad de vida, y por tanto de
dignidad humana, introduciendo un principio discriminatorio y
eugenésico en las relaciones sociales.
Asimismo, no se puede excluir a priori que la supresión de la
alimentación y la hidratación, según cuanto refieren estudios
serios, sea causa de grandes sufrimientos para el sujeto enfermo,
aunque sólo podamos ver las reacciones a nivel de sistema nervioso
autónomo o de mímica. En efecto, las técnicas modernas de
neurofisiología clínica y de diagnóstico cerebral por imágenes
parecen indicar que en estos pacientes siguen existiendo formas
elementales de comunicación y de análisis de los estímulos.
6. Sin embargo, no basta reafirmar el principio general según el
cual el valor de la vida de un hombre no puede someterse a un juicio
de calidad expresado por otros hombres; es necesario promover
acciones positivas para contrastar las presiones orientadas a la
suspensión de la hidratación y la alimentación, como medio para
poner fin a la vida de estos pacientes.
Ante todo, es preciso sostener a las familias que han tenido a un
ser querido afectado por esta terrible condición clínica. No se las
puede dejar solas con su pesada carga humana, psicológica y
económica. Aunque, por lo general, la asistencia a estos pacientes
no es particularmente costosa, la sociedad debe invertir recursos
suficientes para la ayuda a este tipo de fragilidad, a través de la
realización de oportunas iniciativas concretas como, por ejemplo, la
creación de una extensa red de unidades de reanimación, con
programas específicos de asistencia y rehabilitación; el apoyo
económico y la asistencia a domicilio a las familias, cuando el
paciente es trasladado a su casa al final de los programas de
rehabilitación intensiva; la creación de centros de acogida para los
casos de familias incapaces de afrontar el problema, o para ofrecer
períodos de "pausa" asistencial a las que corren el riesgo de
agotamiento psicológico y moral.
Además, la asistencia apropiada a estos pacientes y a sus familias
debería prever la presencia y el testimonio del médico y del equipo
de asistencia, a los cuales se les pide que ayuden a los familiares
a comprender que son sus aliados y luchan con ellos; también la
participación del voluntariado representa un apoyo fundamental para
hacer que las familias salgan del aislamiento y ayudarles a sentirse
parte valiosa, y no abandonada, del entramado social.
En estas situaciones reviste, asimismo, particular importancia el
asesoramiento espiritual y la ayuda pastoral, como apoyo para
recuperar el sentido más profundo de una condición aparentemente
desesperada.
7. Ilustres señoras y señores, para concluir, os exhorto, como
personas de ciencia, responsables de la dignidad de la profesión
médica, a custodiar celosamente el principio según el cual el
verdadero cometido de la medicina es "curar si es posible, pero
prestar asistencia siempre" (to cure if possible, always to care).
Como sello y apoyo de vuestra auténtica misión humanitaria de
consuelo y asistencia a los hermanos que sufren, os recuerdo las
palabras de Jesús: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
A esta luz, invoco sobre vosotros la asistencia de Aquel a quien una
sugestiva fórmula patrística califica como Christus medicus; y,
encomendando vuestro trabajo a la protección de María, Consoladora
de los afligidos y consuelo de los moribundos, con afecto imparto a
todos una especial bendición apostólica. |