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HOMILÍA DEL CARDENAL
JORGE MARIO BERGOGLIO S.J.
EN EL CONGRESO
EUCARÍSTICO NACIONAL
"Déjense reconciliar
con Dios"
En este clima tan hermoso del Congreso
Eucarístico, ya en nuestro segundo día, la parábola del Hijo Pródigo
quiere hablarnos directamente al corazón.
Abramos, pues, nuestros corazones de par en par.
Que cada uno abra su corazón, mirando a la
Virgen, sintiendo la presencia de Jesús en la Eucaristía que,
silenciosamente, acompaña a la humanidad desde hace dos mil años.
Abramos el corazón de nuestra familia, cada uno
de la suya, sintiendo latir el corazón de sus padres y hermanos, el
de los esposos y el de los jóvenes, el de los niños y los abuelos.
Abramos el corazón como Pueblo fiel de Dios que
peregrina en la Argentina bajo el manto de la Virgen, de María de
Itatí...
Abramos el corazón y dejémonos reconciliar con
nuestro Padre Dios.
Digamos con el hijo pródigo, que en un momento de
gracia se dio cuenta de que la causa más honda de su situación de
miseria estaba en haber apartado el corazón del de su Padre: ¡Me
levantaré e iré a mi Padre!
Cada uno debe decirlo en su propio corazón. Y
debe decirlo también en esa dimensión donde el propio corazón se
sabe corazón común, responsable del de todos, solidario con el
corazón de su pueblo. Desde allí cada uno puede decir: pueblo
pródigo ¡levántate y vuelve al Padre! Es tiempo de que dejes de
soñar con las bellotas de los cerdos. Nadie te las da. Gracias a
Dios. Mejor así. Por que es hora de que vuelvas a anhelar el pan de
los hijos.
Estás empobrecido, parte de tu herencia la has
malgastado y parte te la han robado. Es verdad. Pero te queda lo más
valioso: el rescoldo de tu dignidad siempre intacta y la llamita de
tu esperanza, que se enciende de nuevo cada día. Te queda esa
reserva espiritual que heredaste.
Mira que tu Padre no deja de ir, cada atardecer,
a esperarte en la terraza… a ver si te ve volver.
Emprende el camino de regreso, fijos tus ojos en
los de tu Padre, que te amplía el horizonte para que des todo lo que
puedes dar.
Al ir tras dioses falsos, fuiste convirtiendo
este suelo bendito en una tierra extranjera. Y hoy pareciera que se
ha achicado tu horizonte, que se te encogió la esperanza.
Pero no es así. Si levantas la mirada, si
recuerdas, si pegas la vuelta y te conviertes de corazón, la misma
tierra que pisas se irá transformando nuevamente en Casa del Padre.
Esa casa del Padre en la que se viven los valores
de la humilde casa de José y María en Nazareth.
Casa del Padre que es hospedería donde se curan
las heridas de los que cayeron en mano de los salteadores.
Casa del Padre donde se celebra el banquete de
las bodas del Hijo y están invitados todos, sin exclusión de
ninguno, salvo de los que no quieren participar.
Casa del Padre que, como nos asegura Jesús, tiene
muchas moradas y en la que Él mismo se pone a servirnos, como hizo
en la última cena.
¡Y permítete a ti mismo sentirte pueblo y
familia!
Y dejemos también que el Padre nos diga, como al
otro hijo que estaba contrariado: ¡Entra en la fiesta con tu
hermano! Cada corazón debe escuchar esta invitación, con la que el
Padre quiere convencer a su hijo mayor de que perdonar a su hermano
es el camino que lleva a la vida.
Todos también llevamos dentro algo de ese hijo
mayor. Dejémos que el Padre nos diga:
Es tiempo de que dejes de escuchar la queja
amarga propia de un corazón que no valora lo que tiene, de un
corazón que se compara mal.
Es hora de que te animes a compartir con tu
hermano el pan de los hijos.
Deja de soñar con el cabrito propio, y escucha
estas palabras de tu Padre:
¡Hijo, todo lo mío es tuyo!
¡Dejate reconciliar con Dios, contigo mismo y con
tu hermano!
Pero de corazón.
La Eucaristía es el pan de reconciliación que va
a parar a lo profundo del corazón de cada uno. Y reconcilia y
alimenta ese lugar interior donde la persona es ella misma y más que
ella misma, porque es morada de Dios, donde cada corazón es el
corazón de toda su familia y de su pueblo entero.
Bastan unos pocos corazones así, que se dejen
reconciliar a fondo, para que la reconciliación se contagie a todo
un pueblo.
Corazones como el de San Roque González de Santa
Cruz, que fundó estas tierras y sus ciudades en la cultura del
trabajo y en el perdón a los mismos enemigos. Corazón vulnerado al
que el Señor revistió de incorruptibilidad!
Pueblo pródigo y rebelde; pueblo que sufriste en
manos de salteadores; pueblo con una fuerte reserva espiritual:
¡Déjate reconciliar con Dios!
A nuestra Señora de Itatí le encomendamos esta
reconciliación que transfigura el corazón de las personas y de los
pueblos. Sus milagros más lindos han sido de presencia que retorna y
de transfiguración que atrae con su gloria. Como decía Fray Luis de
Gamarra en 1624: "... se produjo un extraordinario cambio en su
rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto".
Esas transfiguraciones de nuestra Señora, que
brotan de su corazón puro y amante son signo de predilección para
con nuestro pueblo. Y son también anuncio: María de Itatí
transfigurada nos transfigura. Nos dice la Palabra de Dios: "El que
vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha desaparecido, un
ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos
reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el misterio
de la reconciliación".
Mirándola a ella comprendemos que: "Si el pecado
es alejamiento y desencuentro, la reconciliación es acercamiento y
reencuentro, superación de la enemistad y retorno a la comunión.
Dios nos reconcilia en Cristo. Él es el principio y fin de una
reconciliación filial, por la que el hombre arrepentido vuelve
confiado a los brazos amorosos del Padre."
Ella te invita, pueblo de la Patria: ¡déjate
reconciliar con Dios!
Con ella le rogamos a Jesús y le pedimos, con las
palabras del himno:
Que su Eucaristía ocupe el corazón del pueblo
argentino e inspire sus proyectos y esperanzas.
Corrientes 2 de setiembre de 2004.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. |