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Texto
del Papa en "Cruzando el Umbral de la Esperanza"
¿Qué es la
oración? ¿Cómo hacerla?
Juan Pablo
II explica qué es la oración Cristiana y nos explica cómo
comunicarnos con Dios.
PREGUNTA
Santidad, si
me lo permite: ¿Cómo se dialoga con Jesús? ¿Cómo dialoga en la
oración con ese Cristo que entregó a Pedro (para que llegaran hasta
Usted, a través de la sucesión apostólica) las «llaves del Reino de
los cielos», confiriéndole el poder de «atar y desatar» todas las
cosas?
RESPUESTA
Usted hace una
pregunta sobre la oración, pregunta al Papa cómo reza. Se lo
agradezco. Quizá convenga iniciar la contestación con lo que san
Pablo escribe en la Carta a los Romanos. El apóstol entra
directamente in medias res cuando dice: «El Espíritu viene en ayuda
de nuestra debilidad porque ni siquiera sabemos qué nos conviene
pedir, pero el Espíritu mismo intercede con insistencia por
nosotros, con gemidos inefables» (8,26).
¿Qué es la
oración? Comúnmente se considera una conversación. En una
conversación hay siempre un «yo» y un «tú». En este caso un Tú con
la T mayúscula. La experiencia de la oración enseña que si
inicialmente el «yo» parece el elemento más importante, uno se da
cuenta luego de que en realidad las cosas son de otro modo. Más
importante es el Tú, porque nuestra oración parte de la iniciativa
de Dios. San Pablo en la Carta a los Romanos enseña exactamente
esto. Según el apóstol, la oración refleja toda la realidad creada,
tiene en cierto sentido una función cósmica.
El hombre es
sacerdote de toda la creación, habla en nombre de ella, pero en
cuanto guiado por el Espíritu. Se debería meditar detenidamente
sobre este pasaje de la Carta a los Romanos para entrar en el
profundo centro de lo que es la oración. Leamos: «La creación misma
espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios; pues fue
sometida a la caducidad -no por su voluntad, sino por el querer de
aquel que la ha sometido-, y fomenta la esperanza de ser también
ella liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la
libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que
efectivamente toda la creación gime y sufre hasta hoy los dolores
del parto; no sólo ella, sino que también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, gemimos interiormente esperando la adopción
de los hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza
hemos sido salvados» (8,19-24). Y aquí encontramos de nuevo las
palabras ya citadas del apóstol: «El Espíritu viene en ayuda de
nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos qué nos conviene
pedir, pero el Espíritu mismo intercede con insistencia por
nosotros, con gemidos inefables» (8,26).
En la oración,
pues, el verdadero protagonista es Dios. El protagonista es Cristo,
que constantemente libera la criatura de la esclavitud de la
corrupción y la conduce hacia la libertad, para la gloria de los
hijos de Dios. Protagonista es el Espfiritu Santo, que «viene en
ayuda de nuestra debilidad». Nosotros empezamos a rezar con la
impresión de que es una iniciativa nuestra; en cambio, es siempre
una iniciativa de Dios en nosotros. Es exactamente así, como escribe
san Pablo. Esta iniciativa nos reintegra en nuestra verdadera
humanidad, nos reintegra en nuestra especial dignidad. Sí, nos
introduce en la superior dignidad de los hijos de Dios, hijos de
Dios que son lo que toda la creación espera.
Se puede y se
debe rezar de varios modos, como la Biblia nos enseña con abundantes
ejemplos. El Libro de los Salmos es insustituible. Hay que rezar con
«gemidos inefables» para entrar en el ritmo de las súplicas del
Espíritu mismo. Hay que implorar para obtener el perdón,
integrándose en el profundo grito de Cristo Redentor (cfr. Hebreos
5,7). Y a través de todo esto hay que proclamar la gloria. La
oración siempre es un opus gloriae (obra, trabajo de gloria). El
hombre es sacerdote de la creación. Cristo ha confirmado para él una
vocación y dignidad tales. La criatura realiza su opus gloriae por
el mero hecho de ser lo que es, y por medio del esfuerzo de llegar a
ser lo que debe ser.
También la
ciencia y la técnica sirven en cierto modo al mismo fin. Sin
embargo, en cuanto obras del hombre, pueden desviarse de este fin.
Ese riesgo está particularmente presente en nuestra civilización
que, por eso, encuentra tan difícil ser la civilización de la vida y
del amor. Falta en ella el opus gloriae, que es el destino
fundamental de toda criatura, y sobre todo del hombre, el cual ha
sido creado para llegar a ser, en Cristo, sacerdote, profeta y rey
de toda terrena criatura.
Sobre la
oración se ha escrito muchísimo y, aún más, se ha experimentado en
la historia del género humano, de modo especial en la historia de
Israel y en la del cristianismo. El hombre alcanza la plenitud de la
oración no cuando se expresa principalmente a sí mismo, sino cuando
permite que en ella se haga más plenamente presente el propio Dios.
Lo testimonia la historia de la oración mística en Oriente y en
Occidente: san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Juan de
la Cruz, san Ignacio de Loyola y, en Oriente, por ejemplo, san
Serafín de Sarov y muchos otros. |