EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES LAICI
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
A los Obispos
A los sacerdotes y diáconos
A los religiosos y religiosas
A todos los fieles laicos
INTRODUCCIÓN
1. LOS
FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya «vocación y misión en la
Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II» ha
sido
el tema del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen a aquel Pueblo
de
Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla el
Evangelio
de Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que
salió
a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
Habiéndose
ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña»
(Mt
20, 1-2).
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad
de la
viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son
llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña
es el
mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el
designio
divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.
Id también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la mañana, vió otros que estaban
en la
plaza desocupados y les dijo: "Id también vosotros a mi viña"» (Mt
20,
3-4).
El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no
cesa de
resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige
a
cada hombre que viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu de
Pentecostés que
tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha madurado una
conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de
nuevo la
voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de
salvación».(1)
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a
los
sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a
todos:
también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor,
de
quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo
recuerda
San Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo
la
parábola de los obreros de la viña: «Fijaos en vuestro modo de
vivir,
queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor.
Examine
cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del
Señor».(2)
De modo particular, el Concilio, con su riquísimo patrimonio
doctrinal,
espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente
espléndidas
sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y
responsabilidad de
los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al
llamamiento
de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y
mujeres, a
trabajar en la viña: «Este Sacrosanto Concilio ruega en el Señor a
todos
los laicos que respondan con ánimo generoso y prontitud de corazón a
la
voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con mayor
insistencia, y a
los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que esta
llamada va
dirigida a ellos de manera especialísima; recíbanla con entusiasmo y
magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de nuevo a todos los
laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan cada día
más
íntimamente y a que, haciendo propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se
asocien a su misión salvadora; de nuevo los envía a todas las
ciudades y
lugares adonde Él está por venir (cf. Lc 10, 1».(3)
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han resonado
espiritualmente, una vez más, durante la celebración del Sínodo de
los
Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre el 1º y el 30 de octubre
de
1987. Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz
de
las experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los
Padres,
enriquecidos por los Sínodos precedentes, han afrontado de modo
específico
y amplio el tema de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia
y en
el mundo.
En esta Asamblea episcopal no ha faltado una cualificada
representación de
fieles laicos, hombres y mujeres, que han aportado una valiosa
contribución a los trabajos del Sínodo, como ha sido públicamente
reconocido en la homilía conclusiva: «Damos gracias por el hecho de
que en
el curso del Sínodo hemos podido contar con la participación de los
laicos
(auditores y auditrices), pero más aún porque el desarrollo de las
discusiones sinodales nos ha permitido escuchar la voz de los
invitados,
los representantes del laicado provenientes de todas las partes del
mundo,
de los diversos Países, y nos ha dado ocasión de aprovechar sus
experiencias, sus consejos, las sugerencias que proceden de su amor
a la
causa común».(4)
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido
comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo la
Iglesia,
suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos
fieles
laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo
estilo de
colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la
participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de
Dios y
en la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiados a
los
fieles laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de
grupos,
asociaciones y movimientos de espiritualidad y de compromiso
laicales; por
la participación más amplia y significativa de la mujer en la vida
de la
Iglesia y en el desarrollo de la sociedad.
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de
los
fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En
particular, se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre
han
sabido sustraerse: la tentación de reservar un interés tan marcado
por los
servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se
ha
llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas
en el
mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la
tentación
de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la
acogida del
Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades
temporales y
terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia
constantemente
al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el laicado, a veinte
años
de distancia, se ha manifestado de sorprendente actualidad y tal vez
de
alcance profético: tal magisterio es capaz de iluminar y de guiar
las
respuestas que se deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad,
el
desafío que los Padres sinodales han afrontado ha sido el de
individuar
las vías concretas para lograr que la espléndida «teoría» sobre el
laicado
expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica «praxis»
eclesial.
Además, algunos problemas se imponen por una cierta «novedad» suya,
tanto
que se los puede llamar posconciliares, al menos en sentido
cronológico: a
ellos los Padres sinodales han reservado con razón una particular
atención
en el curso de sus discusiones y reflexiones. Entre estos problemas
se
deben recordar los relativos a los ministerios y servicios
eclesiales
confiados o por confiar a los fieles laicos, la difusión y el
desarrollo
de nuevos «movimientos» junto a otras formas de agregación de los
laicos,
el puesto y el papel de la mujer tanto en la Iglesia como en la
sociedad.
Los Padres sinodales, al término de sus trabajos, llevados a cabo
con gran
empeño, competencia y generosidad, me han manifestado su deseo y me
han
pedido que, a su debido tiempo, ofreciese a la Iglesia universal un
documento conclusivo sobre los fieles laicos.(5)
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar todo su valor a
la
entera riqueza de los trabajos sinodales: desde los Lineamenta hasta
el
Instrumentum laboris; desde la relación introductoria hasta las
intervenciones de cada uno de los obispos y de los laicos y la
relación de
síntesis al final de las sesiones en el aula; desde los trabajos y
relaciones de los «círculos menores» hasta las «proposiciones»
finales y
el Mensaje final. Por eso el presente documento no es paralelo al
Sínodo,
sino que constituye su fiel y coherente expresión; es fruto de un
trabajo
colegial, a cuyo resultado final el Consejo de la Secretaría General
del
Sínodo y la misma Secretaría han sumado su propia aportación.
El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es suscitar y
alimentar una
más decidida toma de conciencia del don y de la responsabilidad que
todos
los fieles laicos —y cada uno de ellos en particular— tienen en la
comunión y en la misión de la Iglesia.
Las actuales cuestiones urgentes del mundo: ¿Porqué estáis aquí
ociosos
todo el día?
3. El significado fundamental de este Sínodo, y por tanto el fruto
más
valioso deseado por él, es la acogida por parte de los fieles laicos
del
llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa,
consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta
magnífica y
dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer
milenio.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas,
políticas
y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de
los
fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo
inaceptable, el
tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito
permanecer
ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica: «Todavía salió a
eso
de las cinco de la tarde, vió otros que estaban allí, y les dijo:
"¿Por
qué estáis aquí todo el día parados?" Le respondieron: "Es que nadie
nos
ha contratado". Y él les dijo: "Id también vosotros a mi viña"» (Mt
20,
6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en
la
viña del Señor. El «dueño de casa» repite con más fuerza su
invitación:
«Id vosotros también a mi viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en lo más íntimo del ser mismo
de
cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la
iniciación
cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado como
miembro
vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación.
Pero la
voz del Señor también pasa a través de las vicisitudes históricas de
la
Iglesia y de la humanidad, como nos lo recuerda el Concilio: «El
Pueblo de
Dios, movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce
es el
Espíritu del Señor que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa
juntamente
con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o del
designio de Dios. En efecto, la fe todo lo ilumina con nueva luz, y
manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por
ello
orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas».(6)
Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus
valores
y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y
derrotas: un
mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales
presentan problemas y dificultades más graves respecto a aquél que
describía el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium et
spes.(7) De
todas formas, es ésta la viña, y es éste el campo en que los fieles
laicos
están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos sus
discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14). Pero
¿cuál
es el rostro actual de la «tierra» y del «mundo» en el que los
cristianos
han de ser «sal» y «luz»?
Es muy grande la diversidad de situaciones y problemas que hoy
existen en
el mundo, y que además están caracterizadas por la creciente
aceleración
del cambio. Por esto es absolutamente necesario guardarse de las
generalizaciones y simplificaciones indebidas. Sin embargo, es
posible
advertir algunas líneas de tendencia que sobresalen en la sociedad
actual.
Así como en el campo evangélico crecen juntamente la cizaña y el
buen
grano, también en la historia, teatro cotidiano de un ejercicio a
menudo
contradictorio de la libertad humana, se encuentran, arrimados el
uno al
otro y a veces profundamente entrelazados, el mal y el bien, la
injusticia
y la justicia, la angustia y la esperanza.
Secularismo y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la persistente difusión de la
indiferencia
religiosa y del ateismo en sus más diversas formas, particularmente
en
aquella —hoy quizás más difundida— del secularismo? Embriagado por
las
prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo
científico-técnico, y
fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación de
querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una
libertad sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que
están en
su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su
propia
existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos
«ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no
sólo
afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a
comunidades enteras, como ya observó el Concilio: «Crecientes
multitudes
se alejan prácticamente de la religión».(8) Varias veces yo mismo he
recordado el fenómeno de la descristianización que aflige los
pueblos de
antigua tradición cristiana y que reclama, sin dilación alguna, una
nueva
evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso no pueden
ser
suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el
coraje de afrontar los interrogantes más graves de la existencia
humana, y
en particular el del sentido de la vida, del sufrimiento y de la
muerte,
no puede dejar de hacer propia aquella palabra de verdad proclamada
a
voces por San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro
corazón
está inquieto hasta que no descansa en Ti».(9) Así también, el mundo
actual testifica, siempre de manera más amplia y viva, la apertura a
una
visión espiritual y trascendente de la vida, el despertar de una
búsqueda
religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la oración, la
voluntad
de ser libres en el invocar el Nombre del Señor.
La persona humana: una dignidad despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones a las que hoy está
sometida la persona humana. Cuando no es reconocido y amado en su
dignidad
de imagen viviente de Dios (cf. Gn 1, 26), el ser humano queda
expuesto a
las formas más humillantes y aberrantes de «instrumentalización»,
que lo
convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y «el más
fuerte»
puede asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas
políticos inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por
parte de
los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud de
personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales
son
violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y
hasta de
la patente injusticia de ciertas leyes civiles: el derecho a la vida
y a
la integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho
a la
familia y a la procreación responsable, el derecho a la
participación en
la vida pública y política, el derecho a la libertad de conciencia y
de
profesión de fe religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque han sido
matados en
el seno de sus madres, los niños abandonados y maltratados por sus
mismos
padres, los niños que crecen sin afecto ni educación? En algunos
países,
poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo;
les
faltan los medios más indispensables para llevar una vida digna del
ser
humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su propia
subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y
moral a
la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia de
las
grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos
humanos.
Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más
que sea
despreciada y violada tan a menudo. Al tener su indestructible
fundamento
en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona vuelve a
imponerse,
de nuevo y siempre.
De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse siempre con mayor
fuerza
del sentido de la dignidad personal de cada ser humano. Una
beneficiosa
corriente atraviesa y penetra ya todos los pueblos de la tierra,
cada vez
más conscientes de la dignidad del hombre: éste no es una «cosa» o
un
«objeto» del cual servirse; sino que es siempre y sólo un «sujeto»,
dotado
de conciencia y de libertad, llamado a vivir responsablemente en la
sociedad y en la historia, ordenado a valores espirituales y
religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los «humanismos». Si
algunos,
por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente por
humillar y
anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta el punto de
llegar a
una verdadera y propia idolatría; y otros, finalmente, reconocen
según la
verdad la grandeza y la miseria del hombre, manifestando,
sosteniendo y
favoreciendo su dignidad total.
Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la creciente
necesidad de
participación. Indudablemente es éste uno de los rasgos
característicos de
la humanidad actual, un auténtico «signo de los tiempos» que madura
en
diversos campos y en diversas direcciones: sobre todo en lo relativo
a la
mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de la vida no sólo
familiar y
escolar, sino también cultural, económica, social y política. El ser
protagonistas, creadores de algún modo de una nueva cultura
humanista, es
una exigencia universal e individual.(10)
Conflictividad y paz
6. Por último, no podemos dejar de recordar otro fenómeno que
caracteriza
la presente humanidad. Quizás como nunca en su historia, la
humanidad es
cotidiana y profundamente atacada y desquiciada por la
conflictividad. Es
éste un fenómeno pluriforme, que se distingue del legítimo
pluralismo de
las mentalidades y de las iniciativas, y que se manifiesta en el
nefasto
enfrentamiento entre personas, grupos, categorías, naciones y
bloques de
naciones. Es un antagonismo que asume formas de violencia, de
terrorismo,
de guerra. Una vez más, pero en proporciones mucho más amplias,
diversos
sectores de la humanidad contemporánea, queriendo demostrar su
«omnipotencia», renuevan la necia experiencia de la construcción de
la
«torre de Babel» (cf. Gn 11, 1-9), que, sin embargo, hace proliferar
la
confusión, la lucha, la disgregación y la opresión. La familia
humana se
en cuentra así dramáticamente turbada y desgarrada en sí misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración de los
individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en la
justicia.
La bienaventuranza evangélica: «dichosos los que obran la paz» (Mt
5, 9)
encuentra en los hombres de nuestro tiempo una nueva y significativa
resonancia: para que vengan la paz y la justicia, enteras
poblaciones
viven, sufren y trabajan. La participación de tantas personas y
grupos en
la vida social es hoy el camino más recorrido para que la paz
anhelada se
haga realidad. En este camino encontramos a tantos fieles laicos que
se
han empeñado generosamente en el campo social y político, y de los
modos
más diversos, sean institucionales o bien de asistencia voluntaria y
de
servicio a los necesitados.
Jesucristo, la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y apesadumbrado que está ante los
obreros
enviados por el «dueño de casa» para trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos nosotros,
pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las situaciones
que
acabamos de recordar afectan profundamente a la Iglesia; por ellas
está en
parte condicionada, pero no dominada ni muchos menos aplastada,
porque el
Espíritu Santo, que es su alma, la sostiene en su misión.
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la
humanidad
para llegar a la comunión y a la participación, a pesar de todas las
dificultades, retrasos y contradicciones causadas por las
limitaciones
humanas, por el pecado y por el Maligno, encuentran una respuesta
plena en
Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e instrumento de
la
íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano».(11)
En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar, debe
esperar.
El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la «noticia»
nueva y
portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia cada día a
todos
los hombres.
En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un
puesto
original e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de Cristo
está
presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente
de
esperanza y de amor.
CAPÍTULO I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La dignidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misterio
El misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas maneras y con
significados diversos; de modo particular, sirve para expresar el
misterio
del Pueblo de Dios. Desde este punto de vista más interior, los
fieles
laicos no son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino
que
forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos»
(Jn 15, 5), dice Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron a la imagen de
la
viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña de Dios, la
obra
del Señor, la alegría de su corazón: «Yo te había plantado de la
cepa
selecta» (Jr 2, 21); «Tu madre era como una vid plantada a orillas
de las
aguas. Era lozana y frondosa, por la abundancia de agua (...)» (Ez
19,
10); «Una viña tenía mi amado en una fértil colina. La cavó y
despedregó,
y la plantó de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa para revelar algunos
aspectos
del Reino de Dios: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una
cerca, cavó
un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos viñadores y se marchó
lejos» (Mc 12, 1; cf. Mt 21, 28ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y nos lleva a
descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la figura, no
sólo
del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él es la vid y nosotros,
sus
discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid verdadera» a la que
los
sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las diversas imágenes
bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a presentar
la
imagen de la vid y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid,
que
comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que
permanecemos en Él por medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos
hacer
(Jn 15, 1-5)».(12) La Iglesia misma es, por tanto, la viña
evangélica. Es
misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo
son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido
del
agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma
comunión de
Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel
día
—dice Jesús— comprenderéis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí
y yo
en vosotros» (Jn 14, 20).
Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión se revela la
«identidad» de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo
dentro de
esta dignidad se pueden definir su vocación y misión en la Iglesia y
en el
mundo.
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón la necesidad de
individuar y de proponer una descripción positiva de la vocación y
de la
misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio de la
doctrina
del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del
Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada
por
el Espíritu Santo.(13)
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los fieles
laicos», el
Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente
negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha
manifestado
su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los
fieles
laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su
vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar el
Reino de
Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según
Dios».(14)
«Con el nombre de laicos —así los describe la Constitución Lumen
gentium—
se designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los
miembros
del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por la
Iglesia; es
decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el
Bautismo,
integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del
oficio
sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en
el
mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos
les
corresponde».(15)
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se
encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por
ellos la
Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto
ellos,
ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no
sólo
de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la
comunidad
de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa,
y de
los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (...)».(16)
Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos —al igual que
todos
los miembros de la Iglesia— son sarmientos radicados en Cristo, la
verdadera vid, convertidos por Él en una realidad viva y
vivificante.
Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de
la
iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición
del
cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más
profunda
«fisonomía», la que está en la base de todas las vocaciones y del
dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo
Jesús,
muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una «nueva creación»
(Ga 6,
15; 2 Co 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por
la
gracia.
De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al
cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la «figura» del
fiel
laico.
El Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico
tiene como
objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que
deriva del
Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus
compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios.
Para
describir la «figura» del fiel laico consideraremos ahora de modo
directo
y explícito —entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el
Bautismo
nos regenera a la vida de loshijos de Dios; nos une a Jesucristo y a
su
Cuerpo que es la Iglesia; nos unge en el Espíritu Santo
constituyéndonos
en templos espirituales.
Hijos en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En verdad, en
verdad te
digo, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el
Reino de
Dios» (Jn 3, 5). El santo Bautismo es, por tanto, un nuevo
nacimiento, es
una regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del don bautismal, el apóstol
Pedro
irrumpe en este canto: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, quien, por su gran misericordia nos ha regenerado,
mediante la
Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza
viva,
para una herencia que no se corrompe, no se mancha y no se marchita»
(1 P
1, 3-4). Y designa a los cristianos como aquellos que «no han sido
reengendrados de un germen corruptible, sino incorruptible, por
medio de
la Palabra de Dios viva y permanente» (1 P 1, 23).
Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito
Hijo,
Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada
cristiano
vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río
Jordán: «Tú
eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende que
ha sido
asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4,
4-7)
y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada uno el
eterno
designio del Padre: «a los que de antemano conoció, también los
predestinó
a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito
entre
muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).
El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de
Dios y,
al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. Lo recuerda Pablo
a los
cristianos de Corinto: «En un solo Espíritu hemos sido todos
bautizados,
para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12, 13); de modo tal que el
apóstol puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois
el
Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1 Co 12,
27); «La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el
Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf. Rm 8, 15-16).
Un solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo», los bautizados son
inseparablemente «miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la
Iglesia»,
como enseña el Concilio de Florencia.(17)
El Bautismo significa y produce una incorporación mística pero real
al
cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante este sacramento,
Jesús
une al bautizado con su muerte para unirlo a su resurrección (cf. Rm
6,
3-5); lo despoja del «hombre viejo» y lo reviste del «hombre nuevo»,
es
decir, de Sí mismo: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo
—proclama el apóstol Pablo— os habéis revestido de Cristo» (Ga 3,
27; cf.
Ef 4, 22-24; Col 3, 9-10). De ello resulta que «nosotros, siendo
muchos,
no formamos más que un solo cuerpo en Cristo» (Rm 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco fiel de las
enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la misteriosa unidad
de
sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y
prolongación
de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al
Padre en
el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21). Es la misma unidad
de la
que habla Jesús con la imagen de la vid y de los sarmientos: «Yo soy
la
vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5); imagen que da luz no sólo
para
comprender la profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino
también
la comunión vital de los discípulos entre sí: todos son sarmientos
de la
única Vid.
Templos vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el apóstol Pedro define a
los
bautizados como «piedras vivas» cimentadas en Cristo, la «piedra
angular»,
y destinadas a la «construcción de un edificio espiritual» (1 P 2, 5
ss.).
La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad bautismal, que
el
Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por la regeneración y
la
unción del Espíritu Santo, los bautizados son consagrados como casa
espiritual».(18)
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le imprime su sello indeleble
(cf.
2 Co 1, 21-22), y lo constituye en templo espiritual; es decir, le
llena
de la santa presencia de Dios gracias a la unión y conformación con
Cristo.
Con esta «unción» espiritual, el cristiano puede, a su modo, repetir
las
palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual
me ha
ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la
liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en
libertad a
los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,
18-19; cf.
Is 61, 1-2). De esta manera, mediante la efusión bautismal y
crismal, el
bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías
Salvador.
Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a «niños recién nacidos», el
apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por
los
hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual
piedras
vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual,
para
un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos
a Dios
por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje
elegido,
el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha
adquirido
para que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las
tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal:
los
fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el
triple
oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es este un
aspecto
que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como
se
desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San Agustín
del
Salmo 26. Escribe así: «David fué ungido rey. En aquel tiempo, se
ungía
sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba
prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto
"Cristo"
viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino
que
también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la
unción
es propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del
Antiguo
Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el
Cuerpo
de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él somos cristos y
Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el
Cristo en
su integridad».(19)
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II,(20) ya
desde el
inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad
sacerdotal,
profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha
nacido
de la Virgen María, el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—,
el
Hijo de Dios vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para hacer de
todos
nosotros "un reino de sacerdotes". El Concilio Vaticano II nos ha
recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión
de
Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia.
Todos,
todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión».(21)
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los
fieles
laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con
amor, el
rico y fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el
triple
oficio de Cristo.(22) He aquí entonces, sintéticamente, los
elementos
esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que
Jesús se
ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en la
celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria
del
Padre. Incorporados a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y
a su
sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus
actividades (cf.
Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de los fieles laicos: «Todas
sus
obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y
familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal,
si son
hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se
sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales
aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la
celebración de
la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la
oblación
del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como
adoradores que
en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo
mismo».(23)
La participación en el oficio profético de Cristo, «que proclamó el
Reino
del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la
palabra»,(24)
habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el
Evangelio y a
anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar
el mal
con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y
constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los
fieles
laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de
la
Iglesia, que «no puede equivocarse cuando cree»,(25) cuanto de la
gracia
de la palabra (cf. Hch 2, 17-18;Ap 19, 10). Son igualmente llamados
a
hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su
vida
cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y
valentía,
en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza
en la
gloria «también a través de las estructuras de la vida secular».(26)
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles
laicos
participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al
Reino de
Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes
que
nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino
del
pecado (cf. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir,
en la
justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus
hermanos,
especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de
nuevo
a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una
actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al
verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel
poder, con
el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las
somete,
junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos
(cf.
Jn 12, 32; 1 Co 15, 28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo
Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del
Bautismo,
su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica
sustentación en la Eucaristía. Se trata de una participación donada
a cada
uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto
que
forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece
con
sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa.
De
este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque
es
miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro,
el
cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio
real,
la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9).
Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la participación
de
los fieles laicos en el triple oficio de Cristo exige ser vivida y
actuada
en la comunión y para acrecentar esta comunión. Escribía San
Agustín: «Así
como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así
también
llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único
sacerdote».(27)
Los fieles laicos y la índole secular
15. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad
de
todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de
Dios:
«común es la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo,
común
la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una sola
salvación,
una sola esperanza e indivisa caridad».(28) En razón de la común
dignidad
bautismal, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros
ordenados y con los religiosos y las religiosas, de la misión de la
Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una
modalidad que
lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la
religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la
índole
secular: «El carácter secular es propio y peculiar de los
laicos».(29)
Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente
la
condición eclesial del fiel laico es necesario profundizar el
alcance
teológico del concepto de la índole secular a la luz del designio
salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión
secular,
inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en
el
misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en
todos sus
miembros».(30)
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cf.
Jn
17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; la
cual,
«al mismo tiempo que mira de suyo a la salvación de los hombres,
abarca
también la restauración de todo el orden temporal».(31)
Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su
dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la
participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de
actuación
y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de
ellos. Tal
modalidad se designa con la expresión «índole secular».(32)
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles
laicos
indicándola, primero, como el lugar en que les es dirigida la
llamada de
Dios: «Allí son llamados por Dios».(33) Se trata de un «lugar» que
viene
presentado en términos dinámicos: los fieles laicos «viven en el
mundo,
esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y
trabajos del
mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social,
de la
que su existencia se encuentra como entretejida».(34) Ellos son
personas
que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan
relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El
Concilio considera su condición no como un dato exterior y
ambiental, sino
como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de
su
significado.(35) Es más, afirma que «el mismo Verbo encarnado quiso
participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos
humanos,
en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las
relaciones
sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria.
Quiso
llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región».(36)
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la
vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está
destinado a
dar gloria a Dios Padre en Cristo. El Concilio puede indicar
entonces cuál
es el sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a los
fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan
en el
mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el
apóstol
Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en
que se
encontraba cuando fué llamado» (1 Co 7, 24); sino que les confía una
vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. En
efecto,
los fieles laicos, «son llamados por Dios para contribuir, desde
dentro a
modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio
de
sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así
manifiestan
a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida
y con
el fulgor de su fe, esperanza y caridad».(37) De este modo, el ser y
el
actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad
antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una
realidad
teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su designio en
su
situación intramundana, y les comunica la particular vocación de
«buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según
Dios».(38)
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado
lo
siguiente: «La índole secular del fiel laico no debe ser definida
solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido
teológico. El
carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y
redentor
de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres,
para que
participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del
pecado y
se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en
la
profesión y en las diversas actividades sociales».(39)
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra radicalmente
definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole
secular.(40)
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura,
aunque se
refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen
también
una aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes
espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la plena
participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la
tierra,
en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo,
expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta
participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que
salva.
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud
cuando
consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige
a
todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la
santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el
testimonio
más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas
sobre
la vocación universal a la santidad. Se puede decir que precisamente
esta
llamada ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e
hijas
de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación
evangélica de
la vida cristiana.(41) Esta consigna no es una simple exhortación
moral,
sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Ella es
la
Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos viven y crecen con
la
misma linfa santa y santificante de Cristo; es el Cuerpo místico,
cuyos
miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que
es
Cristo; es la Esposa amada del Señor Jesús, por quien Él se ha
entregado
para santificarla (cf. Ef 5, 25 ss.). El Espíritu que santificó la
naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1,
35), es
el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de
comunicarle
la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a
emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo
generosamente
la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1 P 1,
15).
El Sínodo Extraordinario de 1985, a los veinte años de la conclusión
del
Concilio, ha insistido muy oportunamente en esta urgencia: «Puesto
que la
Iglesia es en Cristo un misterio, debe ser considerada como signo e
instrumento de santidad (...).
Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de
renovación en
las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia.
Hoy
tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar
asiduamente a
Dios».(42)
Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben
y, por
tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos
están
llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna
diferencia
respecto de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles de
cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección de la caridad»;(43) «todos los fieles
están
invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el
propio
estado».(44)
La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y se pone
de
nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente en
la
Eucaristía. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los
cristianos son «santos», y por eso quedan capacitados y
comprometidos a
manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El
apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos para
que
vivan «como conviene a los santos» (Ef 5, 3).
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6,
22;
Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados
el
seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus
Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la
participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental
de la
Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el
hambre y
sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor
en
todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos,
especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de
los que
sufren.
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la
vida
según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las
realidades temporales y en su participación en las actividades
terrenas.
De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis, de
palabra
o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias
por su
medio a Dios Padre» (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del
apóstol a
los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la
atención de
la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la
orientación espiritual de la vida».(45) A su vez los Padres
sinodales han
dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran
importancia.
Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social
ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los
fieles
laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como
ocasión
de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también
de
servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en
Cristo».(46)
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes
que
como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso
del
infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad.
Tal
vocación, por tanto, constituye una componente esencial e
inseparable de
la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento
constitutivo de
su dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está ligada
íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas a los
fieles
laicos en la Iglesia y en el mundo. En efecto, la misma santidad
vivida,
que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia,
representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación
de la
misma Iglesia en cuanto «Comunión de los Santos». Ante la mirada
iluminada
por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos
fieles
laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos
por
los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—,
hombres y
mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada,
son
los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los
humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios,
ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia.
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto fundamental
y una
condición insustituible para realizar la misión salvífica de la
Iglesia.
La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida
infalible de
su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la
medida en
que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le
corresponde,
llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.
Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el expanderse de
los
sarmientos depende de su inserción en la vid. «Lo mismo que el
sarmiento
no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así
tampoco
vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí
no
podéis hacer nada» (Jn 15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne proclamación de algunos fieles
laicos,
hombres y mujeres, como beatos y santos, durante el mes en el que se
celebró el Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en
particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y
nuevos
testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes
y
ordinarias de la existencia humana. Como han dicho los Padres
sinodales:
«Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes,
deben
reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y
mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las condiciones
ordinarias de
vida en el mundo y el estado conyugal) el testimonio de una vida
santa, y
que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que, si se
diera el
caso, los propongan para la beatificación y canonización».(47)
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición
eclesial
del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de San
León
Magno: «Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam».(48) Es la misma
admonición que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a quienes habían
recibido la unción del santo Bautismo: «¡Considerad el honor que se
os
hace en este misterio!».(49) Todos los bautizados están invitados a
escuchar de nuevo estas palabras de San Agustín: «¡Alegrémonos y
demos
gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo
(...).
Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».(50)
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros
de la
Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión y de
fraternidad y,
al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del
dinamismo
apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad
exigente; es
la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su
viña.
«Grava sobre todos los laicos —leemos en el Concilio— la gloriosa
carga de
trabajar para que el designio divino de salvación alcance cada día
más a
todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra».(51)
CAPÍTULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación de los fieles laicos en la vida de la
Iglesia-Comunión
El misterio de la Iglesia-Comunión
18. Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: «Yo soy la vid
verdadera, y mi
Padre es el viñador (...). Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn
15,
1-4).
Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa comunión
que
vincula en unidad al Señor con los discípulos, a Cristo con los
bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cual los
cristianos ya
no se pertenecen a sí mismos, sino que son propiedad de Cristo, como
los
sarmientos unidos a la vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y
meta
la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu
Santo: los
cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso
del
Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5).
La
comunión de los cristianos entre sí nace de su comunión con Cristo:
todos
somos sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor Jesús nos
indica
que esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa
participación en la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del
Espíritu
Santo. Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en
mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo
crea
que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo recuerda
el
Concilio Vaticano II, con la célebre expresión de San Cipriano: «La
Iglesia universal se presenta como "un pueblo congregado en la
unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"».(52) Al inicio de la
celebración
eucarística, cuando el sacerdote nos acoge con el saludo del apóstol
Pablo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y
la
comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13),
se
nos recuerda habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los fieles laicos en el
marco de
la dignidad que les es propia, debemos reflexionar ahora sobre su
misión y
responsabilidad en la Iglesia y en el mundo. Sin embargo, sólo
podremos
comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto vivo de
la
Iglesia-Comunión.
El Concilio y la eclesiología de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano II, la
Iglesia ha
vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha recordado el Sínodo
extraordinario de 1985, celebrado a los veinte años del evento
conciliar:
«La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los
documentos del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la Sagrada
Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las
Iglesias
orientales hasta nuestros días. Por esto el Concilio Vaticano II ha
realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en cuanto comunión
fuese
comprendida con mayor claridad y concretamente traducida en la vida
práctica. ¿Qué significa la compleja palabra "comunión"? Se trata
fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en
el
Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra de Dios y en
los
sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión
en la
Iglesia. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana
(cf.
Lumen gentium, 11). La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo
significa
y produce, es decir edifica, la íntima comunión de todos los fieles
en el
cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. 1 Co 10, 16 s.)».(53)
Poco después del Concilio, Pablo VI se dirigía a los fieles con
estas
palabras: «La Iglesia es una comunión. ¿Qué quiere decir en este
caso
comunión? Nos os remitimos al parágrafo del catecismo que habla
sobre la
sanctorum communionem, la comunión de los santos. Iglesia quiere
decir
comunión de los santos. Y comunión de los santos quiere decir una
doble
participación vital: la incorporación de los cristianos a la vida de
Cristo, y la circulación de una idéntica caridad en todos los
fieles, en
este y en el otro mundo. Unión a Cristo y en Cristo; y unión entre
los
cristianos dentro la Iglesia».(54)
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha querido
introducirnos en
la contemplación del misterio de la Iglesia, iluminan la realidad de
la
Iglesia-Comunión en su inseparable dimensión de comunión de los
cristianos
con Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son las
imágenes del
ovil, de la grey, de la vid, del edificio espiritual, de la ciudad
santa.(55) Sobre todo es la imagen del cuerpo tal y como la presenta
el
apóstol Pablo, cuya doctrina reverbera fresca y atrayente en
numerosas
páginas del Concilio.(56) Éste, a su vez, inicia considerando la
entera
historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia como
Pueblo de
Dios: «Ha querido Dios santificar y salvar a los hombres no
individualmente y sin ninguna relación entre ellos, sino
constituyendo con
ellos un pueblo que lo reconociese en la verdad y le sirviera
santamente».(57) Ya en sus primeras líneas, la constitución Lumen
gentium
compendia maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en
Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la
íntima
unión del hombre con Dios y de la unidad de todo el género
humano».(58)
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces parte integrante, más
aún,
representa el contenido central del «misterio» o sea del designio
divino
de salvación de la humanidad. Por esto la comunión eclesial no puede
ser
captada adecuadamente cuando se la entiende como una simple realidad
sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión es el pueblo «nuevo»,
el
pueblo «mesiánico», el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...)
como
condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley
el
nuevo precepto de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por
fin el
Reino de Dios (...) (y es) constituido por Cristo en comunión de
vida, de
caridad y de verdad».(59) Los vínculos que unen a los miembros del
nuevo
Pueblo entre sí —y antes aún, con Cristo— no son aquellos de la
«carne» y
de la «sangre», sino aquellos del espíritu; más precisamente,
aquellos del
Espíritu Santo, que reciben todos los bautizados (cf. Jl 3, 1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la única e
indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en la plenitud de los
tiempos» (Ga
4, 4) unió indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel
mismo e
idéntico Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones
cristianas, el
inagotable manantial del que brota sin cesar la comunión en la
Iglesia y
de la Iglesia.
Una comunión orgánica: diversidad y complementariedad
20. La comunión eclesial se configura, más precisamente, como
comunión
«orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto,
está
caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la
complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los
ministerios, de los carismas y de las responsabilidades. Gracias a
esta
diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra en
relación
con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión orgánica del
Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar de nuevo sus ricas
enseñanzas
en la síntesis trazada por el Concilio. Jesucristo —leemos en la
constitución Lumen gentium— «comunicando su Espíritu, constituye
místicamente como cuerpo suyo a sus hermanos, llamados de entre
todas las
gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo se derrama en los creyentes
(...). Como todos los miembros del cuerpo humano, aunque numerosos,
forman
un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12, 12).
También en la edificación del cuerpo de Cristo vige la diversidad de
miembros y funciones. Uno es el Espíritu que, para la utilidad de la
Iglesia, distribuye sus múltiples dones con magnificencia
proporcionada a
su riqueza y a las necesidades de los servicios (cf. 1 Co 12, 1-11).
Entre
estos dones ocupa el primer puesto la gracia de los Apóstoles, a
cuya
autoridad el mismo Espíritu somete incluso los carismáticos (cf. 1
Co 14).
Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza y mediante la
íntima
conexión de los miembros, produce y estimula la caridad entre todos
los
fieles. Y por tanto, si un miembro sufre, sufren con él todos los
demás
miembros; si a un miembro lo honoran, de ello se gozan con él todos
los
demás miembros (cf. 1 Co 12, 26)».(60)
Es siempre el único e idéntico Espíritu el principio dinámico de la
variedad y de la unidad en la Iglesia y de la Iglesia. Leemos
nuevamente
en la constitución Lumen gentium: «Para que nos renovásemos
continuamente
en Él (Cristo) (cf. Ef 4, 23), nos ha dado su Espíritu, el cual,
único e
idéntico en la Cabeza y en los miembros, da vida, unidad y
movimiento a
todo el cuerpo, de manera que los santos Padres pudieron paragonar
su
función con la que ejerce el principio vital, es decir el alma, en
el
cuerpo humano».(61) En otro texto, particularmente denso y valioso
para
captar la «organicidad» propia de la comunión eclesial, también en
su
aspecto de crecimiento incesante hacia la comunión perfecta, el
Concilio
escribe: «El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los
fieles como en un templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y
da
testimonio de la adopción filial (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él
guía
la Iglesia hacia la completa verdad (cf .Jn 16, 13 ), la unifica en
la
comunión y en el servicio, la instruye y dirige con diversos dones
jerárquicos y carismáticos, la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,
11-12;
1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Hace rejuvenecer la Iglesia con la fuerza del
Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la perfecta
unión con
su Esposo. Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
¡"Ven"!
(cf. Ap 22, 17)».(62)
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu
Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y,
al
mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad. El
modo
concreto de actuarlo es a través de la participación en la vida y
misión
de la Iglesia, a cuyo servicio los fieles laicos contribuyen con sus
diversas y complementarias funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose
espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir en un continuo
intercambio con los demás, con un vivo sentido de fraternidad, en el
gozo
de una igual dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto
con los
demás, el inmenso tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor
le
confiere, como también a los demás, múltiples carismas; le invita a
tomar
parte en diferentes ministerios y encargos; le recuerda, como
también
recuerda a los otros en relación con él, que todo aquello que le
distingue
no significa una mayor dignidad, sino una especial y complementaria
habilitación al servicio (...). De esta manera, los carismas, los
ministerios, los encargos y los servicios del fiel laico existen en
la
comunión y para la comunión. Son riquezas que se complementan entre
sí en
favor de todos, bajo la guía prudente de los Pastores».(63)
Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas
como
dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo y
para
el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo.(64) La Iglesia,
en
efecto, es dirigida y guiada por el Espíritu, que generosamente
distribuye
diversos dones jerárquicos y carismáticos entre todos los
bautizados,
llamándolos a ser —cada uno a su modo— activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa
referencia a
los fieles laicos y a su participación en la vida de la
Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con
modalidades diversas, son todos una participación en el ministerio
de
Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,
11),
el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos
(cf.
Mc 10, 45). Pablo es completamente claro al hablar de la
constitución
ministerial de las Iglesias apostólicas. En la Primera Carta a los
Corintios escribe: «A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia, en
primer
lugar como apóstoles, en segundo lugar como profetas, en tercer
lugar como
maestros (...)» (1 Co 12, 28). En la Carta a los Efesios leemos: «A
cada
uno de nosotros nos ha sido dada la gracia según la medida del don
de
Cristo (...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles,
por
otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros,
para
hacer idóneos los hermanos para la realización del ministerio, con
el fin
de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la
unidad de
la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre
perfecto,
según la medida que corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,
7.11-13; cf. Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y de otros textos
del
Nuevo Testamento, son múltiples y diversos los ministerios, como
también
los dones y las tareas eclesiales.
Los ministerios que derivan del Orden
22. En la Iglesia encontramos, en primer lugar, los ministerios
ordenados;
es decir, los ministerios que derivan del sacramento del Orden. En
efecto,
el Señor Jesús escogió y constituyó los Apóstoles —germen del Pueblo
de la
nueva Alianza y origen de la sagrada Jerarquía(65)— con el mandato
de
convertir en discípulos todas las naciones (cf. Mt 28, 19), de
formar y de
regir el pueblo sacerdotal. La misión de los Apóstoles, que el Señor
Jesús
continúa confiando a los pastores de su pueblo, es un verdadero
servicio,
llamado significativamente «diakonia» en la Sagrada Escritura; esto
es,
servicio, ministerio. Los ministros —en la ininterrumpida sucesión
apostólica— reciben de Cristo Resucitado el carisma del Espíritu
Santo,
mediante el sacramento del Orden; reciben así la autoridad y el
poder
sacro para servir a la Iglesia «in persona Christi capitis»
(personificando a Cristo Cabeza),(66) y para congregarla en el
Espíritu
Santo por medio del Evangelio y de los Sacramentos.
Los ministerios ordenados —antes que para las personas que los
reciben—
son una gracia para la Iglesia entera. Expresan y llevan a cabo una
participación en el sacerdocio de Jesucristo que es distinta, non
sólo por
grado sino por esencia, de la participación otorgada con el Bautismo
y con
la Confirmación a todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio
ministerial, como ha recordado el Concilio Vaticano II, está
esencialmente
finalizado al sacerdocio real de todos los fieles y a éste
ordenado.(67)
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la Iglesia, y
concretamente en el ámbito de los distintos y complementarios
ministerios,
los pastores deben reconocer que su ministerio está radicalmente
ordenado
al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles
laicos
han de reconocer, a su vez, que el sacerdocio ministerial es
enteramente
necesario para su vida y para su participación en la misión de la
Iglesia.(68)
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo
no
sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino
también
por todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud de su
condición
bautismal y de su específica vocación, participan en el oficio
sacerdotal,
profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los
ministerios,
oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento
sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de
ellos,
además en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija,
los
pastores —según las normas establecidas por el derecho universal—
pueden
confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están
conectadas a
su propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el
carácter del
Orden. El Código de Derecho Canónico escribe: «Donde lo aconseje la
necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los
laicos,
aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus
funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir
oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada
Comunión,
según las prescripciones del derecho».(69) Sin embargo, el ejercicio
de
estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es la
tarea
lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental.
Sólo el
sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado una peculiar
participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y en su
sacerdocio
eterno.(70) La tarea realizada en calidad de suplente tiene su
legitimación —formal e inmediatamente— en el encargo oficial hecho
por los
pastores, y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de la
autoridad eclesiástica.(71)
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo
panorama
de la situación eclesial acerca de los ministerios, los oficios y
las
funciones de los bautizados. Los Padres han apreciado vivamente la
aportación apostólica de los fieles laicos, hombres y mujeres, en
favor de
la evangelización, de la santificación y de la animación cristiana
de las
realidades temporales, como también su generosa disponibilidad a la
suplencia en situaciones de emergencia y de necesidad crónica.(72)
Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el
Concilio,
los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las
tareas
que les corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y
se
han manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto,
la
celebración litúrgica es una acción sacra no sólo del clero, sino de
toda
la asamblea. Por tanto, es natural que las tareas no propias de los
ministros ordenados sean desempeñadas por los fieles laicos.(73)
Después,
ha sido espontáneo el paso de una efectiva implicación de los fieles
laicos en la acción litúrgica a aquélla en el anuncio de la Palabra
de
Dios y en la cura pastoral.(74)
En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a
los
positivos, otros juicios críticos sobre el uso indiscriminado del
término
«ministerio», la confusión y tal vez la igualación entre el
sacerdocio
común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de ciertas
leyes
y normas eclesiásticas, la interpretación arbitraria del concepto de
«suplencia», la tendencia a la «clericalización» de los fieles
laicos y el
riesgo de crear de hecho una estructura eclesial de servicio
paralela a la
fundada en el sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han
insistido en la necesidad de que se expresen con claridad
—sirviéndose
también de una terminología más precisa—,(75) tanto la unidad de
misión de
la Iglesia, en la que participan todos los bautizados, como la
sustancial
diversidad del ministerio de los pastores, que tiene su raíz en el
sacramento del Orden, respecto de los otros ministerios, oficios y
funciones eclesiales, que tienen su raíz en los sacramentos del
Bautismo y
de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y
al
conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y
funciones,
pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal
de
estas tareas. Es necesario también que los pastores estén vigilantes
para
que se evite un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones de
emergencia» o de «necesaria suplencia», allí donde no se dan
objetivamente
o donde es posible remediarlo con una programación pastoral más
racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos
pueden
desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión de la fe
y en
las estructuras pastorales de la Iglesia, deberán ser ejercitados en
conformidad con su específica vocación laical, distinta de aquélla
de los
sagrados ministros. En este sentido, la exhortación Evangelii
nuntiandi,
que tanta y tan beneficiosa parte ha tenido en el estimular la
diversificada colaboración de los fieles laicos en la vida y en la
misión
evangelizadora de la Iglesia, recuerda que «el campo propio de su
actividad evangelizadora es el dilatado y complejo mundo de la
política,
de la realidad social, de la economía; así como también de la
cultura, de
las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los
órganos de
comunicación social; y también de otras realidades particularmente
abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación
de
los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el
sufrimiento.
Cuantos más laicos haya compenetrados con el espíritu evangélico,
responsables de estas realidades y explícitamente comprometidos en
ellas,
competentes en su promoción y conscientes de tener que desarrollar
toda su
capacidad cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto más se
encontrarán estas realidades al servicio del Reino de Dios —y por
tanto de
la salvación en Jesucristo—, sin perder ni sacrificar nada de su
coeficiente humano, sino manifestando una dimensión trascendente a
menudo
desconocida».(76)
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no poca
atención
al Lectorado y al Acolitado. Mientras en el pasado existían en la
Iglesia
Latina sólo como etapas espirituales del itinerario hacia los
ministerios
ordenados, con el Motu proprio de Pablo VI Ministeria quaedam (15
Agosto
1972) han recibido una autonomía y estabilidad propias, como también
una
posible destinación a los mismos fieles laicos, si bien sólo a los
varones. En el mismo sentido se ha expresado el nuevo Código de
Derecho
Canónico.(77) Los Padres sinodales han manifestado ahora el deseo de
que
«el Motu proprio "Ministeria quaedam" sea revisado, teniendo en
cuenta el
uso de las Iglesias locales e indicando, sobre todo, los criterios
según
los cuales han de ser elegidos los destinatarios de cada
ministerio».(78)
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no sólo
para
responder a este deseo manifestado por los Padres sinodales, sino
también,
y sobre todo, para estudiar en profundidad los diversos problemas
teológicos, litúrgicos, jurídicos y pastorales surgidos a partir del
gran
florecimiento actual de los ministerios confiados a los fieles
laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los
fieles
laicos resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión concluye
su
estudio, deberán ser fielmente respetados por todas las Iglesias
particulares los principios teológicos arriba recordados, en
particular la
diferencia esencial entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio
común
y, por consiguiente, la diferencia entre los ministerios derivantes
del
Orden y los ministerios que derivan de los sacramentos del Bautismo
y de
la Confirmación.
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la
Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones e
impulsos
particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más
diversas
formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del
Espíritu que
los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la
historia de
la Iglesia. La descripción y clasificación que los textos
neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran
variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu
para la
utilidad común. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de
sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu;
a
otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el
único
Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el don de profecía; a
otro,
el don de discernir los espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a
otro,
finalmente, el don de interpretarlas» (1 Co 12, 7-10; cf. 1 Co 12,
4-6.28-31; Rm 12, 6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son
siempre
gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una
utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la
Iglesia,
al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos
carismas
entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden
a la
persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y,
de
este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia,
que
genera una particular afinidad espiritual entre las personas.
Refiriéndose
precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II
escribe:
«Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la
santificación del Pueblo de Dios por medio del ministerio y de los
sacramentos, otorga también a los fieles dones particulares (cf. 1
Co 12,
7), "distribuyendo a cada uno según quiere" (cf. 1 Co 12, 11), para
que
"poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás",
contribuyan también ellos "como buenos dispensadores de la
multiforme
gracia recibida de Dios" (1 P 4, 10), a la edificación de todo el
cuerpo
en la caridad (cf. Ef 4,16)».(79)
Los dones del Espíritu Santo exigen —según la lógica de la
originaria
donación de la que proceden— que cuantos los han recibido, los
ejerzan
para el crecimiento de toda la Iglesia, como lo recuerda el
Concilio.(80)
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de
quien
los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto,
una
singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la
santidad
del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que
verdaderamente
provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con
los
auténticos impulsos del Espíritu. En este sentido siempre es
necesario el
discernimiento de los carismas. En realidad, como han dicho los
Padres
sinodales, «la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no
siempre es fácil de reconocer y de acoger. Sabemos que Dios actúa en
todos
los fieles cristianos y somos conscientes de los beneficios que
provienen
de los carismas, tanto para los individuos como para toda la
comunidad
cristiana. Sin embargo, somos también conscientes de la potencia del
pecado y de sus esfuerzos tendientes a turbar y confundir la vida de
los
fieles y de la comunidad».(81)
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y sumisión a los
Pastores de la Iglesia. El Concilio dice claramente: «El juicio
sobre su
autenticidad (de los carismas) y sobre su ordenado ejercicio
pertenece a
aquellos que presiden en la Iglesia, a quienes especialmente
corresponde
no extinguir el Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es
bueno
(cf. 1 Ts 5, 12.19-21)»,(82) con el fin de que todos los carismas
cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común.(83)
La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia
25. Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia no sólo
llevando
a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino también de
otros
muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria expresión en la
vida y
misión de las Iglesias particulares, de las diócesis, en las que
«verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una,
santa,
católica y apostólica».(84)
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo
urgente que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de
la
Iglesia particular en su relación originaria con la Iglesia
universal. La
Iglesia particular no nace a partir de una especie de fragmentación
de la
Iglesia universal, ni la Iglesia universal se constituye con la
simple
agregación de las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo
vivo,
esencial y constante que las une entre sí, en cuanto que la Iglesia
universal existe y se manifiesta en las Iglesias particulares. Por
esto
dice el Concilio que las Iglesias particulares están «formadas a
imagen de
la Iglesia universal, en las cuales y a partir de las cuales existe
una
sola y única Iglesia católica».(85)
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan
activamente su
pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al mismo tiempo una
amplitud de miras cada vez más «católica». «Cultiven constantemente
—leemos en el Decreto sobre el apostolado de los laicos— el sentido
de la
diócesis, de la cual es la parroquia como una célula, siempre
dispuestos,
cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a
las
iniciativas diocesanas. Es más, para responder a las necesidades de
la
ciudad y de las zonas rurales, no deben limitar su cooperación a los
confines de la parroquia o de la diócesis, sino que han de procurar
ampliarla al ámbito interparroquial, interdiocesano, nacional o
internacional; tanto más cuando los crecientes desplazamientos
demográficos, el desarrollo de las mutuas relaciones y la facilidad
de las
comunicaciones no consienten ya a ningún sector de la sociedad
permanecer
cerrado en sí mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo
de
Dios esparcido por toda la tierra».(86)
En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca
la
creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda
recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de
colaboración
y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano. La
participación de los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar
el
recurso a la consultación, y hará que el principio de colaboración
—que en
determinados casos es también de decisión— sea aplicado de un modo
más
fuerte y extenso.(87)
Está prevista en el Código de Derecho Canónico la participación de
los
fieles laicos en los Sínodos diocesanos y en los Concilios
particulares,
provinciales o plenarios.(88) Esta participación podrá contribuir a
la
comunión y misión eclesial de la Iglesia particular, tanto en su
ámbito
propio, como en relación con las demás Iglesias particulares de la
provincia eclesiástica o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo más
oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la
consultación y
colaboración de los fieles laicos, hombres y mujeres. Así, los
problemas
comunes podrán ser bien sopesados y se manifestará mejor la comunión
eclesial de todos.(89)
La parroquia
26. La comunión eclesial, aún conservando siempre su dimensión
universal,
encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella
es la
última localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma
Iglesia
que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas.(90)
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero
rostro de la parroquia; o sea, el «misterio» mismo de la Iglesia
presente
y operante en ella. Aunque a veces le falten las personas y los
medios
necesarios, aunque otras veces se encuentre desperdigada en
dilatados
territorios o casi perdida en medio de populosos y caóticos barrios
modernos, la parroquia no es principalmente una estructura, un
territorio,
un edificio; ella es «la familia de Dios, como una fraternidad
animada por
el Espíritu de unidad»,(91) es «una casa de familia, fraterna y
acogedora»,(92) es la «comunidad de los fieles».(93) En definitiva,
la
parroquia está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es
una
comunidad eucarística.(94) Esto significa que es una comunidad
idónea para
celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz viva de su
edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena comunión
con
toda la Iglesia. Tal idoneidad radica en el hecho de ser la
parroquia una
comunidad de fe y una comunidad orgánica, es decir, constituida por
los
ministros ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco
—que
representa al Obispo diocesano(95)— es el vínculo jerárquico con
toda la
Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en
nuestros
días; y para llevarla a cabo no basta la parroquia sola. Por ésto,
el
Código de Derecho Canónico prevé formas de colaboración entre
parroquias
en el ámbito del territorio(96) y recomienda al Obispo el cuidado
pastoral
de todas las categorías de fieles, también de aquéllas a las que no
llega
la cura pastoral ordinaria.(97) En efecto, son necesarios muchos
lugares y
formas de presencia y de acción, para poder llevar la palabra y la
gracia
del Evangelio a las múltiples y variadas condiciones de vida de los
hombres de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación
religiosa y de apostolado de ambiente en el campo cultural, social,
educativo, profesional, etc., no pueden tener como centro o punto de
partida la parroquia. Y sin embargo, también en nuestros días la
parroquia
está conociendo una época nueva y prometedora. Como decía Pablo VI,
al
inicio de su pontificado, dirigiéndose al Clero romano: «Creemos
simplemente que la antigua y venerada estructura de la Parroquia
tiene una
misión indispensable y de gran actualidad; a ella corresponde crear
la
primera comunidad del pueblo cristiano; iniciar y congregar al
pueblo en
la normal expresión de la vida litúrgica; conservar y reavivar la fe
en la
gente de hoy; suministrarle la doctrina salvadora de Cristo;
practicar en
el sentimiento y en las obras la caridad sencilla de las obras
buenas y
fraternas».(98)
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la
situación actual de muchas parroquias, solicitando una decidida
renovación
de las mismas: «Muchas parroquias, sea en regiones urbanas, sea en
tierras
de misión, no pueden funcionar con plenitud efectiva debido a la
falta de
medios materiales o de ministros ordenados, o también a causa de la
excesiva extensión geográfica y por la condición especial de algunos
cristianos (como, por ejemplo, los exiliados y los emigrantes). Para
que
todas estas parroquias sean verdaderamente comunidades cristianas,
las
autoridades locales deben favorecer: a) la adaptación de las
estructuras
parroquiales con la amplia flexibilidad que concede el Derecho
Canónico,
sobre todo promoviendo la participación de los laicos en las
responsabilidades pastorales; b) las pequeñas comunidades eclesiales
de
base, también llamadas comunidades vivas, donde los fieles pueden
comunicarse mutuamente la Palabra de Dios y manifestarse en el
recíproco
servicio y en el amor; estas comunidades son verdaderas expresiones
de la
comunión eclesial y centros de evangelización, en comunión con sus
Pastores».(99) Para la renovación de las parroquias y para asegurar
mejor
su eficacia operativa, también se deben favorecer formas
institucionales
de cooperación entre las diversas parroquias de un mismo territorio.
El compromiso apostólico en la parroquia
27. Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión y la
participación de los fieles laicos en la vida de la parroquia. En
este
sentido, se debe llamar la atención de todos los fieles laicos,
hombres y
mujeres, sobre una expresión muy cierta, significativa y estimulante
del
Concilio: «Dentro de las comunidades de la Iglesia —leemos en el
Decreto
sobre el apostolado de los laicos— su acción es tan necesaria, que
sin
ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría alcanzar, la
mayor
parte de las veces, su plena eficacia».(100) Esta afirmación radical
se
debe entender, evidentemente, a la luz de la «eclesiología de
comunión»:
siendo distintos y complementarios, los ministerios y los carismas
son
necesarios para el crecimiento de la Iglesia, cada uno según su
propia
modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del
particular
significado que asume el compromiso apostólico en su parroquia. Es
de
nuevo el Concilio quien lo pone de relieve autorizadamente: «La
parroquia
ofrece un ejemplo luminoso de apostolado comunitario, fundiendo en
la
unidad todas las diferencias humanas que allí se dan e insertándolas
en la
universalidad de la Iglesia. Los laicos han de habituarse a trabajar
en la
parroquia en íntima unión con sus sacerdotes, a exponer a la
comunidad
eclesial sus problemas y los del mundo y las cuestiones que se
refieren a
la salvación de los hombres, para que sean examinados y resueltos
con la
colaboración de todos; a dar, según sus propias posibilidades, su
personal
contribución en las iniciativas apostólicas y misioneras de su
propia
familia eclesiástica».(101)
La indicación conciliar respecto al examen y solución de los
problemas
pastorales «con la colaboración de todos», debe encontrar un
desarrollo
adecuado y estructurado en la valorización más convencida, amplia y
decidida de los Consejos pastorales parroquiales, en los que han
insistido, con justa razón, los Padres sinodales.(102)
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben
prestar
una gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión eclesial en
sus
respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al afán misionero
dirigido
hacia los no creyentes y hacia los mismos creyentes que han
abandonado o
limitado la práctica de la vida cristiana.
Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de
los
hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la
sociedad
humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas. A
menudo el
contexto social, sobre todo en ciertos países y ambientes, está
sacudido
violentamente por fuerzas de disgregación y deshumanización. El
hombre se
encuentra perdido y desorientado; pero en su corazón permanece
siempre el
deseo de poder experimentar y cultivar unas relaciones más fraternas
y
humanas. La respuesta a este deseo puede encontrarse en la
parroquia,
cuando ésta, con la participación viva de los fieles laicos,
permanece
fiel a su originaria vocación y misión: ser en el mundo el «lugar»
de la
comunión de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento» de la
común
vocación a la comunión; en una palabra ser la casa abierta a todos y
al
servicio de todos, o, como prefería llamarla el Papa Juan XXIII, ser
la
fuente de la aldea, a la que todos acuden para calmar su sed.
Formas de participación en la vida de la Iglesia
28. Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y
religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada
cristiano
sea un ser «único e irrepetible», sino que garantiza y promueve el
sentido
más profundo de su unicidad e irrepetibilidad, en cuanto fuente de
variedad y de riqueza para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios
llama a
cada uno en Cristo por su nombre propio e inconfundible. El
llamamiento
del Señor: «Id también vosotros a mi viña», se dirige a cada uno
personalmente; y entonces resuena de este modo en la conciencia:
«¡Ven
también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su
ser y
con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión
eclesial;
así como, por otra parte, recibe personalmente y hace suya la
riqueza
común de toda la Iglesia. Ésta es la «Comunión de los Santos» que
profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de
cada
uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos. «En la
Santa
Iglesia —escribe San Gregorio Magno— cada uno sostiene a los demás y
los
demás le sostienen a él».(103)
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una
viva
conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a quien se le ha
confiado
una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a
cabo
para el bien de todos. En esta perspectiva asume todo su significado
la
afirmación del Concilio sobre la absoluta necesidad del apostolado
de cada
persona singular: «El apostolado que cada uno debe realizar, y que
fluye
con abundancia de la fuente de una vida auténticamente cristiana
(cf. Jn
4, 14), es la forma primordial y la condición de todo el apostolado
de los
laicos, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo. A este
apostolado,
siempre y en todas partes provechoso, y en ciertas circunstancias el
único
apto y posible, están llamados y obligados todos los laicos,
cualquiera
que sea su condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de
colaborar
en las asociaciones».(104)
En el apostolado personal existen grandes riquezas que reclaman ser
descubiertas, en vista de una intensificación del dinamismo
misionero de
cada uno de los fieles laicos. A través de esta forma de apostolado,
la
irradiación del Evangelio puede hacerse extremadamente capilar,
llegando a
tantos lugares y ambientes como son aquéllos ligados a la vida
cotidiana y
concreta de los laicos. Se trata, además, de una irradiación
constante,
pues es inseparable de la continua coherencia de la vida personal
con la
fe; y se configura también como una forma de apostolado
particularmente
incisiva, ya que al compartir plenamente las condiciones de vida y
de
trabajo, las dificultades y esperanzas de sus hermanos, los fieles
laicos
pueden llegar al corazón de sus vecinos, amigos o colegas,
abriéndolo al
horizonte total, al sentido pleno de la existencia humana: la
comunión con
Dios y entre los hombres.
Formas agregativas de participación
29. La comunión eclesial, ya presente y operante en la acción
personal de
cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar
asociado de
los fieles laicos; es decir, en la acción solidaria que ellos llevan
a
cabo participando responsablemente en la vida y misión de la
Iglesia.
En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha
caracterizado
por una particular variedad y vivacidad. La asociación de los fieles
siempre ha representado una línea en cierto modo constante en la
historia
de la Iglesia, como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas
confraternidades, las terceras órdenes y los diversos sodalicios.
Sin
embargo, en los tiempos modernos este fenómeno ha experimentado un
singular impulso, y se han visto nacer y difundirse múltiples formas
agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos. Podemos
hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En
efecto,
«junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas
raíces,
han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomías y
finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los
recursos que el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es
la
capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado».(105)
Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy diferenciadas
unas
de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en
los
caminos y métodos educativos y en los campos operativos. Sin
embargo, se
puede encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad
que las
anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la
Iglesia
de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza
para
el hombre y de renovación para la sociedad.
El asociarse de los fieles laicos por razones espirituales y
apostólicas
nace de diversas fuentes y responde a variadas exigencias. Expresa,
efectivamente, la naturaleza social de la persona, y obedece a
instancias
de una más dilatada e incisiva eficacia operativa. En realidad, la
incidencia «cultural», que es fuente y estímulo, pero también fruto
y
signo de cualquier transformación del ambiente y de la sociedad,
puede
realizarse, no tanto con la labor de un individuo, cuanto con la de
un
«sujeto social», o sea, de un grupo, de una comunidad, de una
asociación,
de un movimiento. Esto resulta particularmente cierto en el contexto
de
una sociedad pluralista y fraccionada —como es la actual en tantas
partes
del mundo—, y cuando se está frente a problemas enormemente
complejos y
difíciles. Por otra parte, sobre todo en un mundo secularizado, las
diversas formas asociadas pueden representar, para muchos, una
preciosa
ayuda para llevar una vida cristiana coherente con las exigencias
del
Evangelio y para comprometerse en una acción misionera y apostólica.
Más allá de estos motivos, la razón profunda que justifica y exige
la
asociación de los fieles laicos es de orden teológico, es una razón
eclesiológica, como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II,
cuando
ve en el apostolado asociado un «signo de la comunión y de la unidad
de la
Iglesia en Cristo».(106)
Es un «signo» que debe manifestarse en las relaciones de «comunión»,
tanto
dentro como fuera de las diversas formas asociativas, en el contexto
más
amplio de la comunidad cristiana. Precisamente la razón
eclesiológica
indicada explica, por una parte, el «derecho» de asociación que es
propio
de los fieles laicos; y, por otra, la necesidad de unos «criterios»
de
discernimiento acerca de la autenticidad eclesial de esas formas de
asociarse.
Ante todo debe reconocerse la libertad de asociación de los fieles
laicos
en la Iglesia. Tal libertad es un verdadero y propio derecho que no
proviene de una especie de «concesión» de la autoridad, sino que
deriva
del Bautismo, en cuanto sacramento que llama a todos los fieles
laicos a
participar activamente en la comunión y misión de la Iglesia. El
Concilio
es del todo claro a este respecto: «Guardada la debida relación con
la
autoridad eclesiástica, los laicos tienen el derecho de fundar y
dirigir
asociaciones y de inscribirse en aquellas fundadas».(107) Y el
reciente
Código afirma textualmente: «Los fieles tienen derecho a fundar y
dirigir
libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para
fomentar la
vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar
en
común esos mismos fines».(108)
Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad
eclesiástica y que debe ser ejercida siempre y sólo en la comunión
de la
Iglesia. En este sentido, el derecho a asociarse de los fieles
laicos es
algo esencialmente relativo a la vida de comunión y a la misión de
la
misma Iglesia.
Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales
30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de
discernimiento y
reconocimiento de las asociaciones laicales, también llamados
«criterios
de eclesialidad», es algo que se comprende siempre en la perspectiva
de la
comunión y misión de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con
la
libertad de asociación.
Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada
una de
las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden
considerar,
unitariamente, los siguientes:
— El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la
santidad, y
que se manifiesta «en los frutos de gracia que el Espíritu Santo
produce
en los fieles»(109) como crecimiento hacia la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección en la caridad.(110)
En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una
de
ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad
en la
Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la
vida
práctica y la fe de sus miembros».(111)
— La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y
proclamando
la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la
obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta
auténticamente.
Por esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar
en el
que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para
practicarla
en todo su contenido.
— El testimonio de una comunión firme y convencida en filial
relación con
el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia
universal,(112)
y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad»(113) en
la
Iglesia particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de
apostolado en la Iglesia».(114)
La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en
la
leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus
orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el
reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas
asociadas
de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la
disponibilidad
a la recíproca colaboración.
— La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la
Iglesia»,
que es «la evangelización y santificación de los hombres y la
formación
cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el
espíritu
evangélico las diversas comunidades y ambientes».(115)
Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles
laicos,
y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que
les
lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.
—El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la
luz de
la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la
dignidad
integral del hombre.
En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser
corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas
condiciones más justas y fraternas en la sociedad.
Los criterios fundamentales que han sido enumerados, se comprueban
en los
frutos concretos que acompañan la vida y las obras de las diversas
formas
asociadas; como son el renovado gusto por la oración, la
contemplación, la
vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan
vocaciones al
matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida
consagrada; la
disponibilidad a participar en los programas y actividades de la
Iglesia
sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño
catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos;
el
impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la
vida
social, y el crear y animar obras caritativas, culturales y
espirituales;
el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a
desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la
vida
cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados».
El servicio de los Pastores a la comunión
31. Los Pastores en la Iglesia no pueden renunciar al servicio de su
autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades de
algunas
formas asociativas y ante el afianzamiento de otras nuevas, no sólo
por el
bien de la Iglesia, sino además por el bien de las mismas
asociaciones
laicales. Así, habrán de acompañar la labor de discernimiento con la
guía
y, sobre todo, con el estímulo a un crecimiento de las asociaciones
de los
fieles laicos en la comunión y misión de la Iglesia.
Es del todo oportuno que algunas nuevas asociaciones y movimientos,
por su
difusión nacional e incluso internacional, tengan a bien recibir un
reconocimiento oficial, una aprobación explícita de la autoridad
eclesiástica competente. El Concilio ya había afirmado lo siguiente
en
este sentido: «El apostolado de los laicos admite varios tipos de
relaciones con la Jerarquía, según las diferentes formas y objetos
de
dicho apostolado (...). La Jerarquía reconoce explícitamente, de
distintas
maneras, algunas formas de apostolado laical. Puede, además, la
autoridad
eclesiástica, por exigencias del bien común de la Iglesia, elegir de
entre
las asociaciones y obras apostólicas que tienden inmediatamente a un
fin
espiritual, algunas de ellas, y promoverlas de modo peculiar,
asumiendo
respecto de ellas una responsabilidad especial».(116)
Entre las diversas formas apostólicas de los laicos que tienen una
particular relación con la Jerarquía, los Padres sinodales han
recordado
explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción
Católica, en
los cuales «los laicos se asocian libremente de modo orgánico y
estable,
bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el Obispo y con
los
sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según
el modo
que es propio a su vocación y con un método particular, al
incremento de
toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la
animación
evangélica de todos los ámbitos de la vida».(117)
El Pontificio Consejo para los Laicos está encargado de preparar un
elenco
de las asociaciones que tienen la aprobación oficial de la Santa
Sede, y
de definir, juntamente con el Pontificio Consejo para la Unión de
los
Cristianos, las condiciones en base a las cuales puede ser aprobada
una
asociación ecuménica con mayoría católica y minoría no católica,
estableciendo también los casos en los que no podrá llegarse a un
juicio
positivo.(118)
Todos, Pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y alimentar
continuamente vínculos y relaciones fraternas de estima, cordialidad
y
colaboración entre las diversas formas asociativas de los laicos.
Solamente así las riquezas de los dones y carismas que el Señor nos
ofrece
puede dar su fecunda y armónica contribución a la edificación de la
casa
común. «Para edificar solidariamente la casa común es necesario,
además,
que sea depuesto todo espíritu de antagonismo y de contienda y que
se
compita más bien en la estimación mutua (cf. Rm 12, 10), en el
adelantarse
en el recíproco afecto y en la voluntad de colaborar, con la
paciencia, la
clarividencia y la disponibilidad al sacrificio que ésto a veces
pueda
comportar».(119)
Volvemos una vez más a las palabras de Jesús: «Yo soy la vid,
vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5), para dar gracias a Dios por el gran don de
la
comunión eclesial, reflejo en el tiempo de la eterna e inefable
comunión
de amor de Dios Uno y Trino. La conciencia de este don debe ir
acompañada
de un fuerte sentido de responsabilidad. Es, en efecto, un don que,
como
el talento evangélico, exige ser negociado en una vida de creciente
comunión.
Ser responsables del don de la comunión significa, antes que nada,
estar
decididos a vencer toda tentación de división y de contraposición
que
insidie la vida y el empeño apostólico de los cristianos. El lamento
de
dolor y de desconcierto del apóstol Pablo: «Me refiero a que cada
uno de
vosotros dice: ¡"Yo soy de Pablo", "yo en cambio de Apolo", "yo de
Cefas",
"yo de Cristo"! ¿Está acaso dividido Cristo?» (1 Co 1, 12-13),
continúa
oyéndose hoy como reproche por las «laceraciones al Cuerpo de
Cristo».
Resuenen, en cambio, como persuasiva llamada, estas otras palabras
del
apóstol: «Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo,
a que tengáis todos un mismo sentir, y no haya entre vosotros
disensiones;
antes bien, viváis bien unidos en un mismo pensar y en un mismo
sentir» (1
Co 1, 10).
La vida de comunión eclesial será así un signo para el mundo y una
fuerza
atractiva que conduce a creer en Cristo: «Como tú Padre, en mí y yo
en ti,
que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me
has enviado» (Jn 17, 21). De este modo la comunión se abre a la
misión,
haciéndose ella misma misión.
CAPíTULO III
OS HE DESTINADO PARA QUE VAYÁIS Y DEIS FRUTO
La corresponsabilidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misión
Comunión misionera
32. Volvamos una vez más a la imagen bíblica de la vid y los
sarmientos.
Ella nos introduce, de modo inmediato y natural, a la consideración
de la
fecundidad y de la vida. Enraizados y vivificados por la vid, los
sarmientos son llamados a dar fruto: «Yo soy la vid, vosotros, los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto»
(Jn 15,
5). Dar fruto es una exigencia esencial de la vida cristiana y
eclesial.
El que no da fruto no permanece en la comunión: «Todo sarmiento que
en mí
no da fruto, (mi Padre) lo corta» (Jn 15, 2).
La comunión con Jesús, de la cual deriva la comunión de los
cristianos
entre sí, es condición absolutamente indispensable para dar fruto:
«Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Y la comunión con
los
otros es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar: es don
de
Cristo y de su Espíritu.
Ahora bien, la comunión genera comunión, y esencialmente se
configura como
comunión misionera. En efecto, Jesús dice a sus discípulos: «No me
habéis
elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he
destinado a que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn
15,
16).
La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se
compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la
comunión
representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión
es
misionera y la misión es para la comunión. Siempre es el único e
idéntico
Espíritu el que convoca y une la Iglesia y el que la envía a
predicar el
Evangelio «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Por su
parte, la
Iglesia sabe que la comunión, que le ha sido entregada como don,
tiene una
destinación universal. De esta manera la Iglesia se siente deudora,
respecto de la humanidad entera y de cada hombre, del don recibido
del
Espíritu que derrama en los corazones de los creyentes la caridad de
Jesucristo, fuerza prodigiosa de cohesión interna y, a la vez, de
expansión externa. La misión de la Iglesia deriva de su misma
naturaleza,
tal como Cristo la ha querido: la de ser «signo e instrumento (...)
de
unidad de todo el género humano».(120) Tal misión tiene como
finalidad dar
a conocer a todos y llevarles a vivir la«nueva» comunión que en el
Hijo de
Dios hecho hombre ha entrado en la historia del mundo. En tal
sentido, el
testimonio del evangelista Juan define —y ahora de modo irrevocable—
ese
fin que llena de gozo, y al que se dirige la entera misión de la
Iglesia:
«Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también
vosotros
estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con
el
Padre y con su Hijo, Jesucristo» (1 Jn 1, 3).
En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los
fieles
laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios,
una
gran parte de responsabilidad. Los Padres del Concilio Vaticano II
eran
plenamente conscientes de esta realidad: «Los sagrados Pastores
saben muy
bien cuánto contribuyen los laicos al bien de toda la Iglesia. Saben
que
no han sido constituidos por Cristo para asumir ellos solos toda la
misión
de salvación que la Iglesia ha recibido con respecto al mundo, sino
que su
magnífico encargo consiste en apacentar los fieles y reconocer sus
servicios y carismas, de modo que todos, en la medida de sus
posibilidades, cooperen de manera concorde en la obra común».(121)
Esa
misma convicción se ha hecho después presente, con renovada claridad
y
acrecentado vigor, en todos los trabajos del Sínodo.
Anunciar el Evangelio
33. Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia,
tienen
la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son
habilitados y
comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación
cristiana
y por los dones del Espíritu Santo.
Leemos en un texto límpido y denso de significado del Concilio
Vaticano
II: «Como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey,
los
laicos tienen su parte activa en la vida y en la acción de la
Iglesia
(...). Alimentados por la activa participación en la vida litúrgica
de la
propia comunidad, participan con diligencia en las obras apostólicas
de la
misma; conducen a la Iglesia a los hombres que quizás viven alejados
de
Ella; cooperan con empeño en comunicar la palabra de Dios,
especialmente
mediante la enseñanza del catecismo; poniendo a disposición su
competencia, hacen más eficaz la cura de almas y también la
administración
de los bienes de la Iglesia».(122)
Es en la evangelización donde se concentra y se despliega la entera
misión
de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza movido por la
gracia y
el mandato de Jesucristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva
a toda la creación» (Mc 16, 15); «Y sabed que yo estoy con vosotros
todos
los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). «Evangelizar —ha
escrito
Pablo VI— es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su
identidad
más profunda».(123)
Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como
comunidad
de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la
adhesión
a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la
caridad
como alma de la existencia moral cristiana. En efecto, la «buena
nueva»
tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la
conversión y la
adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo
y a
la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de
la
nueva vida según el Espíritu.
En verdad, el imperativo de Jesús: «Id y predicad el Evangelio»
mantiene
siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede
decaer.
Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo, sino también de
tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de
Cristo
reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es
llamado en
primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia
respuesta:
«¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16).
Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización
34. Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y
la
vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a
comunidades
de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e
incluso
alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo
difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateismo. Se
trata, en
concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que
el
bienestar económico y el consumismo —si bien entremezclado con
espantosas
situaciones de pobreza y miseria— inspiran y sostienen una
existencia
vivida «como si no hubiera Dios». Ahora bien, el indiferentismo
religioso
y la total irrelevancia práctica de Dios para resolver los
problemas,
incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores
que el
ateismo declarado. Y también la fe cristiana —aunque sobrevive en
algunas
manifestaciones tradicionales y ceremoniales— tiende a ser arrancada
de
cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana,
como son
los momentos del nacer, del sufrir y del morir. De ahí proviene el
afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin
respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables
decepciones, o
a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos
problemas.
En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy
vivas las
tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este
patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser
desperdigado bajo
el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la
secularización
y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede
asegurar
el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas
tradiciones una fuerza de auténtica libertad.
Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de
la
sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana
trabazón
de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o
naciones.
Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético
de
Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En
concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o
menos
conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única
respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la
vida
plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los
fieles
laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio
y la
vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y
en la
sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra
inspiración y
fuerza para realizarse en plenitud.
Repito, una vez más, a todos los hombres contemporáneos el grito
apasionado con el que inicié mi servicio pastoral: «¡No tengáis
miedo!
¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su
potestad
salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos
como
políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización,
del
desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del
hombre.
¡Solo Él lo sabe! Tantas veces hoy el hombre no sabe qué lleva
dentro, en
lo profundo de su alma, de su corazón. Tan a menudo se muestra
incierto
ante el sentido de su vida sobre esta tierra. Está invadido por la
duda
que se convierte en desesperación. Permitid, por tanto —os ruego, os
imploro con humildad y con confianza— permitid a Cristo que hable al
hombre. Solo Él tiene palabras de vida, ¡sí! de vida eterna».(124)
Abrir de par en par las puertas a Cristo, acogerlo en el ámbito de
la
propia humanidad no es en absoluto una amenaza para el hombre, sino
que
es, más bien, el único camino a recorrer si se quiere reconocer al
hombre
en su entera verdad y exaltarlo en sus valores.
La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la
vida
que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y
convincente
testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a
Cristo
son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para
que se
configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana.
¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente
anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La
palabra y la
vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio:
¡Dios te
ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es «el Camino, la
Verdad, y
la Vida!» (Jn 14, 6).
Esta nueva evangelización —dirigida no sólo a cada una de las
personas,
sino también a enteros grupos de poblaciones en sus más variadas
situaciones, ambientes y culturas— está destinada a la formación de
comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar
y
realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de
Cristo
y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de
existencia vivida en la caridad y en el servicio.
Los fieles laicos tienen su parte que cumplir en la formación de
tales
comunidades eclesiales, no sólo con una participación activa y
responsable
en la vida comunitaria y, por tanto, con su insustituible
testimonio, sino
también con el empuje y la acción misionera entre quienes todavía no
creen
o ya no viven la fe recibida con el Bautismo.
En relación con la nuevas generaciones, los fieles laicos deben
ofrecer
una preciosa contribución, más necesaria que nunca, con una
sistemática
labor de catequesis. Los Padres sinodales han acogido con gratitud
el
trabajo de los catequistas, reconociendo que éstos «tienen una tarea
de
gran peso en la animación de las comunidades eclesiales».(125) Los
padres
cristianos son, desde luego, los primeros e insustituibles
catequistas de
sus hijos, habilitados para ello por el sacramento del Matrimonio;
pero,
al mismo tiempo, todos debemos ser conscientes del «derecho» que
todo
bautizado tiene de ser instruido, educado, acompañado en la fe y en
la
vida cristiana.
Id por todo el mundo
35. La Iglesia, mientras advierte y vive la actual urgencia de una
nueva
evangelización, no puede sustraerse a la perenne misión de llevar el
Evangelio a cuantos —y son millones y millones de hombres y mujeres—
no
conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Ésta es la
responsabilidad
más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente
vuelve a
confiar a su Iglesia.
La acción de los fieles laicos —que, por otra parte, nunca ha
faltado en
este ámbito— se revela hoy cada vez más necesaria y valiosa. En
realidad,
el mandato del Señor «Id por todo el mundo» sigue encontrando muchos
laicos generosos, dispuestos a abandonar su ambiente de vida, su
trabajo,
su región o patria, para trasladarse, al menos por un determinado
tiempo,
en zona de misiones. Se dan también matrimonios cristianos que, a
imitación de Aquila y Priscila (cf. Hch 18; Rm 16 3 s.), están
ofreciendo
un confortante testimonio de amor apasionado a Cristo y a la
Iglesia,
mediante su presencia activa en tierras de misión. Auténtica
presencia
misionera es también la de quienes, viviendo por diversos motivos en
países o ambientes donde aún no está establecida la Iglesia, dan
testimonio de su fe.
Pero el problema misionero se presenta actualmente a la Iglesia con
una
amplitud y con una gravedad tales, que sólo una solidaria asunción
de
responsabilidades por parte de todos los miembros de la Iglesia
—tanto
personal como comunitariamente— puede hacer esperar una respuesta
más
eficaz.
La invitación que el Concilio Vaticano II ha dirigido a las Iglesias
particulares conserva todo su valor; es más, exige hoy una acogida
más
generalizada y más decidida: «La Iglesia particular, debiendo
representar
en el modo más perfecto la Iglesia universal, ha de tener la plena
conciencia de haber sido también enviada a los que no creen en
Cristo».(126)
La Iglesia tiene que dar hoy un gran paso adelante en su
evangelización;
debe entrar en una nueva etapa histórica de su dinamismo misionero.
En un
mundo que, con la desaparición de las distancias, se hace cada vez
más
pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí,
intercambiarse energías y medios, comprometerse a una en la única y
común
misión de anunciar y de vivir el Evangelio. «Las llamadas Iglesias
más
jóvenes —han dicho los Padres sinodales— necesitan la fuerza de las
antiguas, mientras que éstas tienen necesidad del testimonio y del
empuje
de las más jóvenes, de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las
riquezas de las otras Iglesias».(127)
En esta nueva etapa, la formación no sólo del clero local, sino
también de
un laicado maduro y responsable, se presenta en las jóvenes Iglesias
como
elemento esencial e irrenunciable de la plantatio Ecclesiae.(128) De
este
modo, las mismas comunidades evangelizadas se lanzan hacia nuevos
rincones
del mundo, para responder ellas también a la misión de anunciar y
testificar el Evangelio de Cristo.
Los fieles laicos, con el ejemplo de su vida y con la propia acción,
pueden favorecer la mejora de las relaciones entre los seguidores de
las
diversas religiones, como oportunamente han subrayado los Padres
sinodales: «Hoy la Iglesia vive por todas partes en medio de hombres
de
distintas religiones (...). Todos los fieles, especialmente los
laicos que
viven en medio de pueblos de otras religiones, tanto en las regiones
de
origen como en tierras de emigración, han de ser para éstos un signo
del
Señor y de su Iglesia, en modo adecuado a las circunstancias de vida
de
cada lugar. El diálogo entre las religiones tiene una importancia
preeminente, porque conduce al amor y al respeto recíprocos,
elimina, o al
menos disminuye, prejuicios entre los seguidores de las distintas
religiones, y promueve la unidad y amistad entre los pueblos».(129)
Para la evangelización del mundo hacen falta, sobre todo,
evangelizadores.
Por eso, todos, comenzando desde las familias cristianas, debemos
sentir
la responsabilidad de favorecer el surgir y madurar de vocaciones
específicamente misioneras, ya sacerdotales y religiosas, ya
laicales,
recurriendo a todo medio oportuno, sin abandonar jamás el medio
privilegiado de la oración, según las mismas palabras del Señor
Jesús: «La
mies es mucha y los obreros pocos. Pues, ¡rogad al dueño de la mies
que
envíe obreros a su mies!» (Mt 9, 37-38).
Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad
36. Acogiendo y anunciando el Evangelio con la fuerza del Espíritu,
la
Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y evangelizadora y,
precisamente por esto, se hace sierva de los hombres. En ella los
fieles
laicos participan en la misión de servir a las personas y a la
sociedad.
Es cierto que la Iglesia tiene como fin supremo el Reino de Dios,
del que
«constituye en la tierra el germen e inicio»,(130) y está, por
tanto,
totalmente consagrada a la glorificación del Padre. Pero el Reino es
fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres:
con
éstos, pues, la Iglesia camina y vive, realmente y enteramente
solidaria
con su historia.
Habiendo recibido el encargo de manifestar al mundo el misterio de
Dios
que resplandece en Cristo Jesús, al mismo tiempo la Iglesia revela
el
hombre al hombre, le hace conocer el sentido de su existencia, le
abre a
la entera verdad sobre él y sobre su destino.(131) Desde esta
perspectiva
la Iglesia está llamada, a causa de su misma misión evangelizadora,
a
servir al hombre. Tal servicio se enraiza primariamente en el hecho
prodigioso y sorprendente de que, «con la encarnación, el Hijo de
Dios se
ha unido en cierto modo a cada hombre».(132)
Por eso el hombre «es el primer camino que la Iglesia debe recorrer
en el
cumplimiento de su misión: él es la primera vía fundamental de la
Iglesia,
vía trazada por el mismo Cristo, vía que inalterablemente pasa a
través de
la Encarnación y de la Redención».(133)
Precisamente en este sentido se había expresado, repetidamente y con
singular claridad y fuerza, el Concilio Vaticano II en sus diversos
documentos. Volvamos a leer un texto —especialmente clarificador— de
la
Constitución Gaudium et spes: «Ciertamente la Iglesia, persiguiendo
su
propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina,
sino que,
en cierto modo, también difunde el reflejo de su luz sobre el
universo
mundo, sobre todo por el hecho de que sana y eleva la dignidad
humana,
consolida la cohesión de la sociedad, y llena de más profundo
sentido la
actividad cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de esta
manera,
por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede
ofrecer
una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su
historia».(134)
En esta contribución a la familia humana de la que es responsable la
Iglesia entera, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa
de su
«índole secular», que les compromete, con modos propios e
insustituibles,
en la animación cristiana del orden temporal.
Promover la dignidad de la persona
37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada
persona
humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es
la
tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella
los
fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana.
Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es «persona»,
sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, «centro y
vértice» de
todo lo que existe sobre la tierra.(135)
La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee,
gracias
al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras de
Jesús:
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde
su
alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación
antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» —¡aunque
poseyera el
mundo entero!—, sino por lo que «es». No cuentan tanto los bienes de
la
tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona
misma.
La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se
consideran
su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y
redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está
llamado a
ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a
esa
eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda
violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza
delante de
Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.
A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor
en sí
mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y
al
contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto
utilizable, un instrumento, una cosa.
La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de
todos los
hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las
más
variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan
dividiendo
y humillando la familia humana: desde las raciales y económicas a
las
sociales y culturales, desde las políticas a las geográficas, etc.
Toda
discriminación constituye una injusticia completamente intolerable,
no
tanto por las tensiones y conflictos que puede acarrear a la
sociedad,
cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y
no
sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino
todavía más
a la de quien comete la injusticia.
Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal
es
también el fundamento de la participación y la solidaridad de los
hombres
entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en
lo que
los hombres «son», antes y mucho más que en lo que ellos «tienen».
La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano.
Es
fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que
se
basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En
consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo
aquello que
lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de
las
instituciones, de las estructuras, del sistema. En su
individualidad, la
persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un
engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el
valor
de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el
seno de
una mujer. También de esto continúa hablándonos la Navidad
cristiana.(136)
Venerar el inviolable derecho a la vida
38. El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser
humano
exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la
persona
humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables.
Nadie,
ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado
pueden
modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos
provienen de
Dios mismo.
La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta
inviolabilidad del
mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la
inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con
razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho
a la
salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos
modos,
esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la
máxima
determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal,
condición de todos los otros derechos de la persona.
La Iglesia no se ha dado nunca por vencida frente a todas las
violaciones
que el derecho a la vida, propio de todo ser humano, ha recibido y
continúa recibiendo por parte tanto de los individuos como de las
mismas
autoridades. El titular de tal derecho es el ser humano, en cada
fase de
su desarrollo, desde el momento de la concepción hasta la muerte
natural;
y cualquiera que sea su condición, ya sea de salud que de
enfermedad, de
integridad física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria. El
Concilio
Vaticano II proclama abiertamente: «Cuanto atenta contra la vida
—homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el
mismo
suicidio deliberado—; cuanto viola la integridad de la persona
humana,
como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas,
los
conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la
dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones
laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la
responsabilidad de
la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí
mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a
sus
autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor
debido al
Creador».(137)
Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la dignidad
personal
de todo ser humano y de defender el derecho a la vida es tarea de
todos,
algunos fieles laicos son llamados a ello por un motivo particular.
Se
trata de los padres, los educadores, los que trabajan en el campo de
la
medicina y de la salud, y los que detentan el poder económico y
político.
En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo
si es
débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su
misión,
tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una «cultura de
muerte».
En efecto, «la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque
débil y
enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra
el
pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en
favor de
la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel
"Sí",
de aquel "Amén" que es Cristo mismo (cf. 2 Co 1, 19; Ap 3, 14).
Frente al
"no" que invade y aflige al mundo, pone este "Sí" viviente,
defendiendo de
este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la
vida»,(138)
Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación
o
profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y
eficaz
el "sí" de la Iglesia a la vida humana.
Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto
al
sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días
nuevas
posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana.
En
efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de «observar», sino
también de
«manipular» la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras
etapas de
desarrollo.
La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o
indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una
potencia
tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y
profundo
sobre los dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases
de
desarrollo de la vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy,
la
sabiduría se presenta como la única tabla de salvación, para que el
hombre, tanto en la investigación científica teórica como en la
aplicada,
pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir,
respetando,
todavía más, venerando la inviolable dignidad personal de todo ser
humano,
desde el primer momento de su existencia. Esto ocurre cuando la
ciencia y
la técnica se comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la
vida y
en la curación de las enfermedades desde los comienzos, rechazando
en
cambio —por la dignidad misma de la investigación— intervenciones
que
resultan alteradoras del patrimonio genético del individuo y de la
generación humana.(139)
Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso
nivel en
el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito
médico,
social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los
«desafíos»
planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han dicho
los
Padres sinodales, «Los cristianos han de ejercitar su
responsabilidad como
dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella
(...).
Ante la perspectiva de esos "desafíos" morales, que están a punto de
ser
provocados por la nueva e inmensa potencia tecnológica, y que ponen
en
peligro no sólo los derechos fundamentales de los hombres sino la
misma
esencia biológica de la especie humana, es de máxima importancia que
los
laicos cristianos —con la ayuda de toda la Iglesia— asuman la
responsabilidad de hacer volver la cultura a los principios de un
auténtico humanismo, con el fin de que la promoción y la defensa de
los
derechos humanos puedan encontrar fundamento dinámico y seguro en la
misma
esencia del hombre, aquella esencia que la predicación evangélica ha
revelado a los hombres».(140)
Urge hoy la máxima vigilancia por parte de todos ante el fenómeno de
la
concentración del poder, y en primer lugar del poder tecnológico.
Tal
concentración, en efecto, tiende a manipular no sólo la esencia
biológica,
sino también el contenido de la misma conciencia de los hombres y
sus
modelos de vida, agravando así la discriminación y la marginación de
pueblos enteros.
Libres para invocar el Nombre del Señor
39. El respeto de la dignidad personal, que comporta la defensa y
promoción de los derechos humanos, exige el reconocimiento de la
dimensión
religiosa del hombre. No es ésta una exigencia simplemente
«confesional»,
sino más bien una exigencia que encuentra su raíz inextirpable en la
realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios es
elemento
constitutivo del mismo «ser» y «existir» del hombre: es en Dios
donde
nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Si no
todos
creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el
derecho a
ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o
comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad
de
conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo
está
entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo
que
verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la
sociedad. «La
libertad religiosa, exigencia insuprimible de la dignidad de todo
hombre,
es piedra angular del edificio de los derechos humanos y, por tanto,
es un
factor insustituible del bien de la persona y de toda la sociedad,
así
como de la propia realización de cada uno. De ello resulta que la
libertad, de los individuos y de las comunidades, de profesar y
practicar
la propia religión es un elemento esencial de la pacífica
convivencia de
los hombres (...). El derecho civil y social a la libertad
religiosa, en
cuanto alcanza la esfera más íntima del espíritu, se revela punto de
referencia y, en cierto modo, se convierte en medida de los otros
derechos
fundamentales».(141)
El Sínodo no ha olvidado a tantos hermanos y hermanas que todavía no
gozan
de tal derecho y que deben afrontar contradicciones, marginación,
sufrimientos, persecuciones, y tal vez la muerte a causa de la
confesión
de la fe. En su mayoría son hermanos y hermanas del laicado
cristiano. El
anuncio del Evangelio y el testimonio cristiano de la vida en el
sufrimiento y en el martirio constituyen el ápice del apostolado de
los
discípulos de Cristo, de modo análogo a como el amor a Jesucristo
hasta la
entrega de la propia vida constituye un manantial de extraordinaria
fecundidad para la edificación de la Iglesia. La mística vid
corrobora así
su lozanía, tal como ya hacía notar San Agustín: «Pero aquella vid,
como
había sido preanunciado por los Profetas y por el mismo Señor, que
esparcía por todo el mundo sus fructuosos sarmientos, tanto más se
hacía
lozana cuanto más era irrigada por la mucha sangre de los
mártires».(142)
Toda la Iglesia está profundamente agradecida por este ejemplo y por
este
don. En estos hijos suyos encuentra motivo para renovar su brío de
vida
santa y apostólica. En este sentido los Padres sinodales han
considerado
como un especial deber «dar las gracias a los laicos que viven como
incansables testigos de la fe, en fiel unión con la Sede Apostólica,
a
pesar de las restricciones de la libertad y de estar privados de
ministros
sagrados. Ellos se lo juegan todo, incluso la vida. De este modo,
los
laicos testifican una propiedad esencial de la Iglesia: la Iglesia
de Dios
nace de la gracia de Dios, y esto se manifiesta del modo más sublime
en el
martirio».(143)
Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad
personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta
sin duda
a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero
inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste hoy
una
dimensión mundial. En efecto, es una cuestión que ahora atañe a
enteros
grupos humanos; más aún, a pueblos enteros que son violentamente
vilipendiados en sus derechos fundamentales. De aquí la existencia
de esas
formas de desigualdad de desarrollo entre los diversos Mundos, que
han
sido abiertamente denunciados en la reciente Encíclica Sollicitudo
rei
socialis.
El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una
moral
individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental
para la
estructuración de la misma sociedad, estando la sociedad enteramente
dirigida hacia la persona.
Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona,
está
la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad
general de
aquella animación cristiana del orden temporal, a la que son
llamados los
fieles laicos según sus propias y específicas modalidades.
La familia, primer campo en el compromiso social
40. La persona humana tiene una nativa y estructural dimensión
social en
cuanto que es llamada, desde lo más íntimo de sí, a la comunión con
los
demás y a la entrega a los demás: «Dios, que cuida de todos con
paterna
solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y
se
traten entre sí con espíritu de hermanos».(144) Y así, la sociedad,
fruto
y señal de la sociabilidad del hombre, revela su plena verdad en el
ser
una comunidad de personas.
Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las personas y
la
sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona es también
un
servicio prestado a la sociedad, y todo lo que se realiza en favor
de la
sociedad acaba siendo en beneficio de la persona. Por eso, el
trabajo
apostólico de los fieles laicos en el orden temporal reviste siempre
e
inseparablemente el significado del servicio al individuo en su
unicidad e
irrepetibilidad, y del servicio a todos los hombres.
Ahora bien, la expresión primera y originaria de la dimensión social
de la
persona es el matrimonio y la familia: «Pero Dios no creó al hombre
en
solitario. Desde el principio "los hizo hombre y mujer" (Gn 1, 27),
y esta
sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión
entre
personas humanas».(145) Jesús se ha preocupado de restituir al
matrimonio
su entera dignidad y a la familia su solidez (cf. Mt 19, 3-9); y San
Pablo
ha mostrado la profunda relación del matrimonio con el misterio de
Cristo
y de la Iglesia (cf. Ef 5, 22-6, 4; Col 3, 18-21; 1 P 3, 1-7).
El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el
compromiso
social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede
llevarse a
cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e
insustituible
de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma
Iglesia.
La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida
y del
amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta
comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el
egoísmo
humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y
también
las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral,
además
de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de
la
vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a
formas de
desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de
la
familia.
Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida
no
sólo por la cultura sino también por medios económicos e
instrumentos
legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar
primario
de «humanización» de la persona y de la sociedad.
El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante
todo
el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo
social
de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta
cada
vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento
y de
la propia participación en la vida social. De este modo, la familia
podrá
y deberá exigir a todos —comenzando por las autoridades públicas— el
respeto a los derechos que, salvando la familia, salvan la misma
sociedad.
Todo lo que está escrito en la Exhortación Familiaris consortio
sobre la
participación de la familia en el desarrollo de la sociedad (146) y
todo
lo que la Santa Sede, a invitación del Sínodo de los Obispos de
1980, ha
formulado con la «Carta de los Derechos de la Familia», representa
un
programa operativo, completo y orgánico para todos aquellos fieles
laicos
que, por distintos motivos, están implicados en la promoción de los
valores y exigencias de la familia; un programa cuya ejecución ha de
urgirse con tanto mayor sentido de oportunidad y decisión, cuanto
más
graves se hacen las amenazas a la estabilidad y fecundidad de la
familia,
y cuanto más presiona y más sistemático se hace el intento de
marginar la
familia y de quitar importancia a su peso social.
Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los
pueblos depende sobre todo de la calidad humana de sus familias. Por
eso,
el compromiso apostólico orientado en favor de la familia adquiere
un
incomparable valor social. Por su parte, la Iglesia está
profundamente
convencida de ello, sabiendo perfectamente que «el futuro de la
humanidad
pasa a través de la familia».(147)
La caridad, alma y apoyo de la solidaridad
41. El servicio a la sociedad se manifiesta y se realiza de modos
diversos: desde los libres e informales hasta los institucionales,
desde
la ayuda ofrecida al individuo a la dirigida a grupos diversos y
comunidades de personas.
Toda la Iglesia como tal está directamente llamada al servicio de la
caridad: «La Santa Iglesia, como en sus orígenes, uniendo el "ágape"
con
la Cena Eucarística se manifestaba unida con el vínculo de la
caridad en
torno a Cristo, así, en nuestros días, se reconoce por este
distintivo de
la caridad y, mientras goza con las iniciativas de los demás,
reivindica
las obras de caridad como su deber y derecho inalienable. Por eso la
misericordia con los pobres y enfermos, así como las llamadas obras
de
caridad y de ayuda mutua, dirigidas a aliviar las necesidades
humanas de
todo género, la Iglesia las considera un especial honor».(148) La
caridad
con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras
de
misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más
inmediato,
común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal,
que
constituye el compromiso específico de los fieles laicos.
Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y
manifiestan su
participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder del
Hijo
del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,
45).
Ellos viven y manifiestan tal realeza del modo más simple, posible a
todos
y siempre, y a la vez del modo más engrandecedor, porque la caridad
es el
más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación de la
Iglesia (cf.
1 Co 13, 13) y para el bien de la humanidad. La caridad, en efecto,
anima
y sostiene una activa solidaridad, atenta a todas las necesidades
del ser
humano.
Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino
también
solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre
necesaria.
Nada ni nadie la puede ni podrá sustituir; ni siquiera las múltiples
instituciones e iniciativas públicas, que también se esfuerzan en
dar
respuesta a las necesidades —a menudo, tan graves y difundidas en
nuestros
días— de una población. Paradójicamente esta caridad se hace más
necesaria, cuanto más las instituciones, volviéndose complejas en su
organización y pretendiendo gestionar toda área a disposición,
terminan
por ser abatidas por el funcionalismo impersonal, por la exagerada
burocracia, por los injustos intereses privados, por el fácil y
generalizado encogerse de hombros.
Precisamente en este contexto continúan surgiendo y difundiéndose,
en
concreto en las sociedades organizadas, distintas formas de
voluntariado,
que actúan en una multiplicidad de servicios y obras. El
voluntariado, si
se vive en su verdad de servicio desinteresado al bien de las
personas,
especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas por los
mismos
servicios sociales, debe considerarse una importante manifestación
de
apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres,
desempeñan un
papel de primera importancia.
Todos destinatarios y protagonistas de la política
42. La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás ser
separada de
la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el efectivo
reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está
ordenada
la sociedad con todas sus estructuras e instituciones.(149)
Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado
de
servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún
modo
pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la
multiforme y variada acción económica, social, legislativa,
administrativa
y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el
bien
común. Como repetidamente han afirmado los Padres sinodales, todos y
cada
uno tienen el derecho y el deber de participar en la política, si
bien con
diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y
responsabilidades. Las acusaciones de arribismo, de idolatría del
poder,
de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los
hombres del
gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido
político,
como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de
necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia
ni el
escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública.
Son, en cambio, más que significativas estas palabras del Concilio
Vaticano II: «La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al
servicio
del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el
peso de
las correspondientes responsabilidades».(150)
Una política para la persona y para la sociedad encuentra su
criterio
básico en la consecución del bien común, como bien de todos los
hombres y
de todo el hombre, correctamente ofrecido y garantizado a la libre y
responsable aceptación de las personas, individualmente o asociadas.
«La
comunidad política —leemos en la Constitución Gaudium et spes—
existe
precisamente en función de ese bien común, en el que encuentra su
justificación plena y su sentido, y del que deriva su legitimidad
primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas
condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias
y las
asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia
perfección».(151)
Además, una política para la persona y para la sociedad encuentra su
rumbo
constante de camino en la defensa y promoción de la justicia,
entendida
como «virtud» a la que todos deben ser educados, y como «fuerza»
moral que
sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y
cada
uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano.
En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de
servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el
único
capaz de hacer «transparente» o «limpia» la actividad de los hombres
políticos, como justamente, además, la gente exige. Esto urge la
lucha
abierta y la decidida superación de algunas tentaciones, como el
recurso a
la deslealtad y a la mentira, el despilfarro de la hacienda pública
para
que redunde en provecho de unos pocos y con intención de crear una
masa de
gente dependiente, el uso de medios equívocos o ilícitos para
conquistar,
mantener y aumentar el poder a cualquier precio.
Los fieles laicos que trabajan en la política, han de respetar,
desde
luego, la autonomía de las realidades terrenas rectamente entendida.
Tal
como leemos en la Constitución Gaudium et spes, «es de suma
importancia,
sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística, tener un
recto
concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia
y
distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de
acuerdo
con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de
la
Iglesia, en comunión con sus pastores. La Iglesia, que por razón de
su
misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la
comunidad
política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo
y
salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana»,(152)
Al
mismo tiempo —y ésto se advierte hoy como una urgencia y una
responsabilidad— los fieles laicos han de testificar aquellos
valores
humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con la
misma
actividad política; como son la libertad y la justicia, la
solidaridad, la
dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo
de
vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige
que
los fieles laicos estén cada vez más animados de una real
participación en
la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En ésto
podrán
ser acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la
comunidad
cristiana y de sus Pastores.(153)
La solidaridad es el estilo y el medio para la realización de una
política
que quiera mirar al verdadero desarrollo humano. Esta reclama la
participación activa y responsable de todos en la vida política,
desde
cada uno de los ciudadanos a los diversos grupos, desde los
sindicatos a
los partidos. Juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y
protagonistas de la política. En este ámbito, como he escrito en la
Encíclica Sollicitudo rei socialis, la solidaridad «no es un
sentimiento
de vaga compasión o de superficial enternecimiento por los males de
tantas
personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación
firme y
perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien
de
todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables
de
todos».(154)
La solidaridad política exige hoy un horizonte de actuación que,
superando
la nación o el bloque de naciones, se configure como continental y
mundial.
El fruto de la actividad política solidaria —tan deseado por todos
y, sin
embargo, siempre tan inmaduro— es la paz. Los fieles laicos no
pueden
permanecer indiferentes, extraños o perezosos ante todo lo que es
negación
o puesta en peligro de la paz: violencia y guerra, tortura y
terrorismo,
campos de concentración, militarización de la política, carrera de
armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos de
Jesucristo
«Príncipe de la paz» (Is 9, 5) y «Nuestra paz» (Ef 2, 14), los
fieles
laicos han de asumir la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt 5, 9),
tanto
mediante la conversión del «corazón», como mediante la acción en
favor de
la verdad, de la libertad, de la justicia y de la caridad, que son
los
fundamentos irrenunciables de la paz.(155)
Colaborando con todos aquellos que verdaderamente buscan la paz y
sirviéndose de los específicos organismos e instituciones nacionales
e
internacionales, los fieles laicos deben promover una labor
educativa
capilar, destinada a derrotar la imperante cultura del egoísmo, del
odio,
de la venganza y de la enemistad, y a desarrollar a todos los
niveles la
cultura de la solidaridad. Efectivamente, tal solidaridad «es camino
hacia
la paz y, a la vez, hacia el desarrollo».(156) Desde esta
perspectiva, los
Padres sinodales han invitado a los cristianos a rechazar formas
inaceptables de violencia, a promover actitudes de diálogo y de paz,
y a
comprometerse en instaurar un justo orden social e
internacional.(157)
Situar al hombre en el centro de la vida económico-social
43. El servicio a la sociedad por parte de los fieles laicos
encuentra su
momento esencial en la cuestión económico-social, que tiene por
clave la
organización del trabajo.
La gravedad actual de los problemas que implica tal cuestión,
considerada
bajo el punto de vista del desarrollo y según la solución propuesta
por la
doctrina social de la Iglesia, ha sido recordada recientemente en la
Encíclica Sollicitudo rei socialis, a la que remito encarecidamente
a
todos, especialmente a los fieles laicos.
Entre los baluartes de la doctrina social de la Iglesia está el
principio
de la destinación universal de los bienes. Los bienes de la tierra
se
ofrecen, en el designio divino, a todos los hombres y a cada hombre
como
medio para el desarrollo de una vida auténticamente humana. Al
servicio de
esta destinación se encuentra la propiedad privada, que
—precisamente por
esto— posee una intrínseca función social. Concretamente el trabajo
del
hombre y de la mujer representa el instrumento más común e inmediato
para
el desarrollo de la vida económica, instrumento, que, al mismo
tiempo,
constituye un derecho y un deber de cada hombre.
Todo este campo viene a formar parte, en modo particular, de la
misión de
los fieles laicos. El fin y el criterio de su presencia y de su
acción han
sido formulados en términos generales por el Concilio Vaticano II:
«También enla vida económico-social deben respetarse y promoverse la
dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda
la
sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda
la vida
económico-social».(158)
En el contexto de las perturbadoras transformaciones que hoy se dan
en el
mundo de la economía y del trabajo, los fieles laicos han de
comprometerse, en primera fila, a resolver los gravísimos problemas
de la
creciente desocupación, a pelear por la más tempestiva superación de
numerosas injusticias provenientes de deformadas organizaciones del
trabajo, a convertir el lugar de trabajo en una comunidad de
personas
respetadas en su subjetividad y en su derecho a la participación, a
desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en
el
trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa empresarial y
a
revisar los sistemas de comercio, de financiación y de intercambios
tecnológicos.
Con ese fin, los fieles laicos han de cumplir su trabajo con
competencia
profesional, con honestidad humana, con espíritu cristiano, como
camino de
la propia santificación,(159) según la explícita invitación del
Concilio:
«Con el trabajo, el hombre provee ordinariamente a la propia vida y
a la
de sus familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un
servicio; puede practicar la verdadera caridad y cooperar con la
propia
actividad al perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto.
Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se
asocian
a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dió al trabajo una
dignidad sobreeminente, laborando con sus propias manos en
Nazaret».(160)
En relación con la vida económico-social y con el trabajo, se
plantea hoy,
de modo cada vez más agudo, la llamada cuestión «ecológica». Es
cierto que
el hombre ha recibido de Dios mismo el encargo de «dominar» las
cosas
creadas y de «cultivar el jardín» del mundo; pero ésta es una tarea
que el
hombre ha de llevar a cabo respetando la imagen divina recibida, y,
por
tanto, con inteligencia y amor: debe sentirse responsable de los
dones que
Dios le ha concedido y continuamente le concede. El hombre tiene en
sus
manos un don que debe pasar —y, si fuera posible, incluso mejorado—
a las
futuras generaciones, que también son destinatarias de los dones del
Señor. «El dominio confiado al hombre por el Creador (...) no es un
poder
absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de
disponer
de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo
Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la
prohibición
de "comer del fruto del árbol" (cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente
que,
ante la naturaleza visible (...), estamos sometidos a las leyes no
sólo
biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune.
Una
justa concepción del desarrollo no puede prescindir de estas
consideraciones, relativas al uso de los elementos de la naturaleza,
a la
renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una
industrialización desordenada; las cuales ponen ante nuestra
conciencia la
dimensión moral, que debe distinguir el desarrollo».(161)
Evangelizar la cultura y las culturas del hombre
44. El servicio a la persona y a la sociedad humana se manifiesta y
se
actúa a través de la creación y la transmisión de la cultura, que
especialmente en nuestros días constituye una de las más graves
responsabilidades de la convivencia humana y de la evolución social.
A la
luz del Concilio, entendemos por «cultura» todos aquellos «medios
con los
que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades
espirituales
y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su
conocimiento
y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como
en la
sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e
instituciones;
finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en
sus
obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que
sirvan al
progreso de muchos, e incluso de todo el género humano».(162) En
este
sentido, la cultura debe considerarse como el bien común de cada
pueblo,
la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio
de su
camino histórico. En concreto, sólo desde dentro y a través de la
cultura,
la fe cristiana llega a hacerse histórica y creadora de historia.
Frente al desarrollo de una cultura que se configura como escindida,
no
sólo de la fe cristiana, sino incluso de los mismos valores
humanos,(163)
como también frente a una cierta cultura científica y tecnológica,
impotente para dar respuesta a la apremiante exigencia de verdad y
de bien
que arde en el corazón de los hombres, la Iglesia es plenamente
consciente
de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima
atención.
Por eso la Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes, con
la
insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, en los
puestos
privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la
universidad, los ambientes de investigación científica y técnica,
los
lugares de la creación artística y de la reflexión humanista. Tal
presencia está destinada no sólo al reconocimiento y a la eventual
purificación de los elementos de la cultura existente críticamente
ponderados, sino también a su elevación mediante las riquezas
originales
del Evangelio y de la fe cristiana. Lo que el Concilio Vaticano II
escribe
sobre las relaciones entre el Evangelio y la cultura representa un
hecho
histórico constante y, a la vez, un ideal práctico de singular
actualidad
y urgencia; es un programa exigente consignado a la responsabilidad
pastoral de la Iglesia entera y, dentro de ella, a la específica
responsabilidad de los fieles laicos: «La grata noticia de Cristo
renueva
constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y
elimina
los errores y males que provienen de la seducción permanente del
pecado.
Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos (...). Así,
la
Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por este mismo
hecho, a
la cultura humana y la impulsa, y con su actividad —incluso
litúrgica—
educa al hombre en la libertad interior».(164)
Merecen volver a ser consideradas aquí algunas frases
particularmente
significativas de la Exhortación Evangelii nuntiandi de Pablo VI:
«La
Iglesia evangeliza siempre que, en virtud de la sola potencia divina
del
Mensaje que proclama (cf. Rm 1, 16; 1 Co 1, 18, 2, 4), intenta
convertir
la conciencia personal y a la vez colectiva de los hombres, las
actividades en las que trabajan, su vida y ambiente concreto.
Estratos de
la sociedad que se transforman: para la Iglesia no se trata sólo de
predicar el Evangelio en zonas geográficas siempre más amplias o a
poblaciones cada vez más extendidas, sino también de alcanzar y casi
trastornar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio,
los
valores determinantes, los puntos de interés, la línea de
pensamiento, las
fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están
en
contraste con la Palabra de Dios y con su plan de salvación. Se
podría
expresar todo ésto del siguiente modo: es necesario evangelizar —no
decorativamente, a manera de un barniz superficial, sino en modo
vital, en
profundidad y hasta las raíces— la cultura y las culturas del hombre
(...). La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda el drama de
nuestra época, como también lo fue de otras. Es necesario, por
tanto,
hacer todos los esfuerzos en pro de una generosa evangelización de
la
cultura, más exactamente, de las culturas».(165)
Actualmente el camino privilegiado para la creación y para la
transmisión
de la cultura son los instrumentos de comunicación social.(166)
También el
mundo de los mass-media, como consecuencia del acelerado desarrollo
innovador y del influjo, a la vez planetario y capilar, sobre la
formación
de la mentalidad y de las costumbres, representa una nueva frontera
de la
misión de la Iglesia. En particular, la responsabilidad profesional
de los
fieles laicos en este campo, ejercitada bien a título personal bien
mediante iniciativas e instituciones comunitarias, exige ser
reconocida en
todo su valor y sostenida con los más adecuados recursos materiales,
intelectuales y pastorales.
En el uso y recepción de los instrumentos de comunicación urge tanto
una
labor educativa del sentido crítico animado por la pasión por la
verdad,
como una labor de defensa de la libertad, del respeto a la dignidad
personal, de la elevación de la auténtica cultura de los pueblos,
mediante
el rechazo firme y valiente de toda forma de monopolización y
manipulación.
Tampoco en esta acción de defensa termina la responsabilidad
apostólica de
los fieles laicos. En todos los caminos del mundo, también en
aquellos
principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y
del
teatro, debe ser anunciado el Evangelio que salva.
CAPÍTULO IV
LOS OBREROS DE LA VIÑA DEL SEÑOR
Buenos administradores de la multiforme gracia de Dios
La variedad de las vocaciones
45. Según la parábola evangélica, el «dueño de casa» llama a los
obreros a
su viña a distintas horas de la jornada: a algunos al alba, a otros
hacia
las nueve de la mañana, todavía a otros al mediodía y a las tres, a
los
últimos hacia las cinco (cf. Mt 20, 1 ss.). En el comentario a esta
página
del Evangelio, San Gregorio Magno interpreta las diversas horas de
la
llamada poniéndolas en relación con las edades de la vida. «Es
posible
—escribe— aplicar la diversidad de las horas a las diversas edades
del
hombre. En esta interpretación nuestra, la mañana puede representar
ciertamente la infancia. Después, la tercera hora se puede entender
como
la adolescencia: el sol sube hacia lo alto del cielo, es decir crece
el
ardor de la edad. La sexta hora es la juventud: el sol está como en
el
medio del cielo, esto es, en esta edad se refuerza la plenitud del
vigor.
La ancianidad representa la hora novena, porque como el sol declina
desde
lo alto de su eje, así comienza a perder esta edad el ardor de la
juventud. La hora undécima es la edad de aquéllos muy avanzados en
los
años (...). Los obreros, por tanto, son llamados a la viña a
distintas
horas, como para indicar que a la vida santa uno es conducido
durante la
infancia, otro en la juventud, otro en la ancianidad y otro en la
edad más
avanzada».(167) Podemos asumir y ampliar el comentario de San
Gregorio
Magno en relación a la extraordinaria variedad de personas presentes
en la
Iglesia, todas y cada una llamadas a trabajar por el advenimiento
del
Reino de Dios, según la diversidad de vocaciones y situaciones,
carismas y
funciones. Es una variedad ligada no sólo a la edad, sino también a
las
diferencias de sexo y a la diversidad de dotes, a las vocaciones y
condiciones de vida; es una variedad que hace más viva y concreta la
riqueza de la Iglesia.
Jóvenes, niños, ancianos
Los jóvenes, esperanza de la Iglesia
46. El Sínodo ha querido dedicar una particular atención a los
jóvenes. Y
con toda razón. En tantos países del mundo, ellos representan la
mitad de
la entera población y, a menudo, la mitad numérica del mismo Pueblo
de
Dios que vive en esos países. Ya bajo este aspecto los jóvenes
constituyen
una fuerza excepcional y son un gran desafío para el futuro de la
Iglesia.
En efecto, en los jóvenes la Iglesia percibe su caminar hacia el
futuro
que le espera y encuentra la imagen y la llamada de aquella alegre
juventud, con la que el Espíritu de Cristo incesantemente la
enriquece. En
este sentido el Concilio ha definido a los jóvenes como «la
esperanza de
la Iglesia».(168)
Leemos en la carta dirigida a los jóvenes del mundo el 31 de marzo
de
1985: «La Iglesia mira a los jóvenes; es más, la Iglesia de manera
especial se mira a sí misma en los jóvenes, en todos vosotros y, a
la vez,
en cada una y en cada uno de vosotros. Así ha sido desde el
principio,
desde los tiempos apostólicos. Las palabras de San Juan en su
Primera
Carta pueden ser un singular testimonio: "Os escribo, jóvenes,
porque
habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijos míos, porque
habéis conocido al Padre (...). Os escribo, jóvenes, porque sois
fuertes y
la palabra de Dios habita en vosotros" (1 Jn 2, 13 ss.) (...). En
nuestra
generación, al final del segundo Milenio después de Cristo, también
la
Iglesia se mira a sí misma en los jóvenes».(169)
Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la
solicitud
pastoral de la Iglesia; son de hecho —y deben ser incitados a serlo—
sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de
la
renovación social.(170) La juventud es el tiempo de un
descubrimiento
particularmente intenso del propio «yo» y del propio «proyecto de
vida»;
es el tiempo de un crecimiento que ha de realizarse «en sabiduría,
en edad
y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).
Como han dicho los Padres sinodales, «la sensibilidad de la juventud
percibe profundamente los valores de la justicia, de la no violencia
y de
la paz. Su corazón está abierto a la fraternidad, a la amistad y a
la
solidaridad. Se movilizan al máximo por las causas que afectan a la
calidad de vida y a la conservación de la naturaleza. Pero también
están
llenos de inquietudes, de desilusiones, de angustias y miedo del
mundo,
además de las tentaciones propias de su estado».(171)
La Iglesia ha de revivir el amor de predilección que Jesús ha
manifestado
por el joven del Evangelio: «Jesús, fijando en él su mirada, le amó»
(Mc
10, 21). Por eso la Iglesia no se cansa de anunciar a Jesucristo, de
proclamar su Evangelio como la única y sobreabundante respuesta a
las más
radicales aspiraciones de los jóvenes, como la propuesta fuerte y
enaltecedora de un seguimiento personal («ven y sígueme» [Mc 10,
21]), que
supone compartir el amor filial de Jesús por el Padre y la
participación
en su misión de salvación de la humanidad.
La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, y los jóvenes
tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. Este recíproco diálogo
—que se
ha de llevar a cabo con gran cordialidad, claridad y valentía—
favorecerá
el encuentro y el intercambio entre generaciones, y será fuente de
riqueza
y de juventud para la Iglesia y para la sociedad civil. Dice el
Concilio
en su mensaje a los jóvenes: «La Iglesia os mira con confianza y con
amor
(...). Ella es la verdadera juventud del mundo (...) miradla y
encontraréis en ella el rostro de Cristo».(172)
Los niños y el Reino de los cielos
47. Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y
generoso de
Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún,
les
asegura el Reino de los cielos (cf. Mt 19, 13-15; Mc 10, 14). En
particular, Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en
el
Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de
aquellas
condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar
en el
Reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor:
«Yo
os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis
en el
Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño,
ése
es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno
solo
de estos niños en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18, 3-5; cf. Lc 9,
48).
La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia
tiene su
raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don
absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de
los
niños, como también los sufrimientos que injustamente les son
infligidos,
en virtud de la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento
espiritual
para ellos y para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una
conciencia más viva y agradecida.
Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y
de la
niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la
edificación
de la Iglesia como para la humanización de la sociedad. Lo que el
Concilio
dice de la presencia benéfica y constructiva de los hijos en la
familia
«Iglesia doméstica»: «Los hijos, como miembros vivos de la familia,
contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres»,(173) se
ha de
repetir de los niños en relación con la Iglesia particular y
universal. Ya
lo hacía notar Juan Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para
quien
«los niños y los adolescentes no son, ciertamente, una parte de la
Iglesia
que se pueda descuidar».(174)
Los ancianos y el don de la sabiduría
48. A las personas ancianas —muchas veces injustamente consideradas
inútiles, cuando no incluso como carga insoportable— recuerdo que la
Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y
misionera, que no sólo es posible y obligada también a esa edad,
sino que
esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y
original.
La Biblia siente una particular preferencia en presentar al anciano
como
el símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios
(cf.
Si 25, 4-6). En este mismo sentido, el «don» del anciano podría
calificarse como el de ser, en la Iglesia y en la sociedad, el
testigo de
la tradición de fe (cf. Sal 44, 2; Ex 12, 26-27), el maestro de vida
(cf.
Si 6, 34; 8, 11-12), el que obra con caridad.
El acrecentado número de personas ancianas en diversos países del
mundo, y
la cesación anticipada de la actividad profesional y laboral, abren
un
espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos. Es un deber que
hay
que asumir, por un lado, superando decididamente la tentación de
refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá más, o de
renunciar
a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un
mundo
de continuas novedades; y, por otra parte, tomando conciencia cada
vez más
clara de que su propio papel en la Iglesia y en la sociedad de
ningún modo
conoce interrupciones debidas a la edad, sino que conoce sólo nuevos
modos. Como dice el salmista: «Todavía en la vejez darán frutos,
serán
frescos y lozanos, para anunciar lo recto que es Yahvéh» (Sal 92,
15-16).
Repito lo que dije durante la celebración del Jubileo de los
Ancianos: «La
entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; y
no
sólo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino
también
y sobre todo porque éste es el período de las posibilidades
concretas de
volver a considerar mejor el pasado, de conocer y de vivir más
profundamente el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la
Iglesia
para todo el Pueblo de Dios (...). No obstante la complejidad de los
problemas que debéis resolver y el progresivo debilitamiento de las
fuerzas, y a pesar de las insuficiencias de las organizaciones
sociales,
los retrasos de la legislación oficial, las incomprensiones de una
sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen de
la vida
de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo movimiento,
sino
sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la
existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda
que
dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una
vida
en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el
último
respiro».(175)
Mujeres y hombres
49. Los Padres sinodales han dedicado una atención particular a la
condición y al papel de la mujer, con una doble intención:
reconocer, e
invitar a reconocer por parte de todos y una vez más, la
indispensable
contribución de la mujer a la edificación de la Iglesia y al
desarrollo de
la sociedad; y además, analizar más específicamente la participación
de la
mujer en la vida y en la misión de la Iglesia.
Refiriéndose a Juan XXIII, que vió un signo de nuestro tiempo en la
conciencia que tiene la mujer de su propia dignidad y en el ingreso
de la
mujer en la vida pública,(176) los Padres sinodales —frente a las
más
variadas formas de discriminación y de marginación a las que está
sometida
por el simple hecho de ser mujer— han afirmado repetidamente y con
fuerza
la urgencia de defender y promover la dignidad personal de la mujer
y, por
tanto, su igualdad con el varon.
Si es éste un deber de todos en la Iglesia y en la sociedad, lo es
de modo
particular de las mujeres, las cuales deben sentirse comprometidas
como
protagonistas en primera línea. Todavía queda mucho por hacer en
bastantes
partes del mundo y en diversos ámbitos, para destruir aquella
injusta y
demoledora mentalidad que considera al ser humano como una cosa,
como un
objeto de compraventa, como un instrumento del interés egoísta o del
solo
placer; tanto más cuanto la mujer misma es precisamente la primera
víctima
de tal mentalidad. Al contrario, sólo el abierto reconocimiento de
la
dignidad personal de la mujer constituye el primer paso a realizar
para
promover su plena participación tanto en la vida eclesial como en
aquella
social y pública. Se debe dar más amplia y decisiva respuesta a la
petición hecha por la Exhortación Familiares consortio en relación
con las
múltiples discriminaciones de las que son víctimas las mujeres: «que
por
parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica, más
enérgica
e incisiva, a fin de que estas situaciones sean vencidas
definitivamente,
de tal modo que se alcance la plena estima de la imagen de Dios que
se
refleja en todos los seres humanos sin excepción alguna».(177) En la
misma
línea han afirmado los Padres sinodales: «La Iglesia, como expresión
de su
misión, debe oponerse con firmeza a todas las formas de
discriminación y
de abuso de la mujer»,(178) y también señalaron que «la dignidad de
la
mujer —gravemente vulnerada en la opinión pública— debe ser
recuperada
mediante el efectivo respeto de los derechos de la persona humana y
por
medio de la práctica de la doctrina de la Iglesia».(179)
Concretamente, y en relación con la participación activa y
responsable en
la vida y en la misión de la Iglesia, se ha de hacer notar que ya el
Concilio Vaticano II fue muy explícito en demandarla: «Ya que en
nuestros
días las mujeres toman cada vez más parte activa en toda la vida de
la
sociedad, es de gran importancia una mayor participación suya
también en
los varios campos del apostolado de la Iglesia».(180)
La conciencia de que la mujer —con sus dones y responsabilidades
propias—
tiene una específica vocación, ha ido creciendo y haciéndose más
profunda
en el período posconciliar, volviendo a encontrar su inspiración más
original en el Evangelio y en la historia de la Iglesia. En efecto,
para
el creyente, el Evangelio —o sea, la palabra y el ejemplo de
Jesucristo—
permanece como el necesario y decisivo punto de referencia, y es
fecundo e
innovador al máximo, también en el actual momento histórico.
Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por tanto
al
sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su
ministerio
y asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están
presentes al
pie de la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al entierro de Jesús (cf. Lc
23,
55) y la mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la
resurrección (cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles en el
Cenáculo a
la espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los
orígenes se
separa de la cultura de la época y llama a la mujer a desempeñar
tareas
conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo recuerda,
también
por su propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias funciones
dentro
y al servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16,
1-15; Flp
4, 2-3; Col 4, 15; 1 Co 11, 5; 1 Tm 5, 16). «Si el testimonio de los
Apóstoles funda la Iglesia —ha dicho Pablo VI—, el de las mujeres
contribuye en gran manera a nutrir la fe de las comunidades
cristianas».(181)
Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la
Iglesia
siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos
acentos—
mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han
ejercido
funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una
historia de
inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las
veces,
pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la
santidad de
la Iglesia. Es necesario que esta historia se continúe, es más que
se
amplíe e intensifique ante la acrecentada y universal conciencia de
la
dignidad personal de la mujer y de su vocación, y ante la urgencia
de una
«nueva evangelización» y de una mayor «humanización» de las
relaciones
sociales.
Recogiendo la consigna del Concilio Vaticano II —en la que se
refleja el
mensaje del Evangelio y de la historia de la Iglesia—, los Padres
del
Sínodo han formulado, entre otras, esta precisa «recomendación»:
«Para su
vida y su misión, es necesario que la Iglesia reconozca todos los
dones de
las mujeres y de los hombres, y los traduzca en vida concreta».(182)
Y más
adelante agregaron: «Este Sínodo proclama que la Iglesia exige el
reconocimiento y la utilización de estos dones, experiencias y
aptitudes
de los hombres y de las mujeres, para que su misión se haga más
eficaz
(cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instructio de libertate
christiana et liberatione, 72)».(183)
Fundamentos antropológicos y teológicos
50. La condición para asegurar la justa presencia de la mujer en la
Iglesia y en la sociedad es una más penetrante y cuidadosa
consideración
de los fundamentos antropológicos de la condición masculina y
femenina,
destinada a precisar la identidad personal propia de la mujer en su
relación de diversidad y de recíproca complementariedad con el
hombre, no
sólo por lo que se refiere a los papeles a asumir y las funciones a
desempeñar, sino también, y más profundamente, por lo que se refiere
a su
estructura y a su significado personal. Los Padres sinodales han
sentido
vivamente esta exigencia, afirmando que «los fundamentos
antropológicos y
teológicos tienen necesidad de profundos estudios para resolver los
problemas relativos al verdadero significado y a la dignidad de los
dos
sexos».(184)
Empeñándose en la reflexión sobre los fundamentos antropológicos y
teológicos de la condición femenina, la Iglesia se hace presente en
el
proceso histórico de los distintos movimientos de promoción de la
mujer y,
calando en las raíces mismas del ser personal de la mujer, aporta a
ese
proceso su más valiosa contribución. Pero antes, y más todavía, la
Iglesia
quiere obedecer a Dios, quien, creando al hombre «a imagen suya»,
«varón y
mujer los creó» (Gn 1, 27); así como también quiere acoger la
llamada de
Dios a conocer, a admirar y a vivir su designio. Es un designio que
«al
principio» ha sido impreso de modo indeleble en el mismo ser de la
persona
humana —varón y mujer— y, por tanto, en sus estructuras
significativas y
en sus profundos dinamismos. Precisamente este designio,
sapientísimo y
amoroso, exige ser explorado en toda la riqueza de su contenido: es
la
riqueza que desde el «principio» se ha ido manifestando
progresivamente y
realizando a lo largo de la entera historia de la salvación, y ha
culminado en la «plenitud del tiempo», cuando «Dios mandó su Hijo,
nacido
de mujer» (Ga 4, 4). Aquella «plenitud» continúa en la historia: la
lectura del designio de Dios acerca de la mujer se realiza
incesantemente
y se ha de llevar a cabo en la fe de la Iglesia, también gracias a
la
existencia concreta de tantas mujeres cristianas; sin olvidar la
ayuda que
pueda provenir de las diversas ciencias humanas y de las distintas
culturas. Éstas, gracias a un luminoso discernimiento, podrán ayudar
a
captar y precisar los valores y exigencias que pertenecen a la
esencia
perenne de la mujer, y aquéllos que están ligados a la evolución
histórica
de las mismas culturas. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II,
«la
Iglesia afirma que, bajo todos los cambios, hay muchas cosas que no
cambian; éstas encuentran su fundamento último en Cristo, que es
siempre
el mismo: ayer, hoy y para siempre (cf. Hb 13, 8)».(185)
La Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer se
detiene
en los fundamentos antropológicos y teológicos de la dignidad
personal de
la mujer. El documento —que vuelve a asumir, proseguir y especificar
las
reflexiones de la catequesis de los miércoles dedicada por largo
tiempo a
la «teología del cuerpo»— quiere ser, a la vez, el cumplimiento de
una
promesa hecha en la Encíclica Redemptoris Mater(186) y también la
respuesta a la petición de los Padres sinodales.
La lectura de la Carta Mulieris dignitatem, también por su carácter
de
meditación bíblicoteológica, podrá estimular a todos, hombres y
mujeres, y
en particular a los cultores de las ciencias humanas y de las
disciplinas
teológicas, a que prosigan el estudio crítico, de modo que
profundicen
siempre mejor —sobre la base de la dignidad personal del varón y de
la
mujer y de su recíproca relación— los valores y las dotes
específicas de
la femineidad y de la masculinidad, no sólo en el ámbito del vivir
social,
sino también y sobre todo en el de la existencia cristiana y
eclesial.
La meditación sobre los fundamentos antropológicos y teológicos de
la
mujer debe iluminar y guiar la respuesta cristiana a la pregunta,
tan
frecuente, y a veces tan aguda, acerca del espacio que la mujer
puede y
debe ocupar en la Iglesia y en la sociedad.
De la palabra y de la actitud de Jesús —que son normativos para la
Iglesia— resulta con gran claridad que no existe ninguna
discriminación en
el plano de la relación con Cristo, en quien «no existe más varón y
mujer,
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28); ni
tampoco en
el plano de la participación en la vida y en la santidad de la
Iglesia,
como testifica espléndidamente la profecía de Joel, que se cumplió
en
Pentecostés: «Yo derramaré mi espíritu sobre cada hombre y vuestros
hijos
y vuestras hijas se convertirán en profetas» (Jl 3, 1; cf. Hch 2, 17
ss.).
Como se lee en la Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación
de la
mujer, «uno y otro —tanto la mujer como el varón— (...) son capaces,
en
igual medida, de recibir el don de la verdad divina y del amor en el
Espíritu Santo. Los dos acogen sus "visitaciones" salvíficas y
santificantes».(187)
Misión en la Iglesia y en el mundo
51. Después, acerca de la participación en la misión apostólica de
la
Iglesia, es indudable que —en virtud del Bautismo y de la
Confirmación— la
mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple oficio
de
Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y
comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia: la
evangelización. Por otra parte, precisamente en la realización de
este
apostolado, la mujer está llamada a ejercitar sus propios «dones»:
en
primer lugar, el don de su misma dignidad personal, mediante la
palabra y
el testimonio de vida; y después los dones relacionados con su
vocación
femenina.
En la participación en la vida y en la misión de la Iglesia, la
mujer no
puede recibir el sacramento del Orden; ni, por tanto, puede realizar
las
funciones propias del sacerdocio ministerial. Es ésta una
disposición que
la Iglesia ha comprobado siempre en la voluntad precisa —totalmente
libre
y soberana— de Jesucristo, el cual ha llamado solamente a varones
para ser
sus apóstoles;(188) una disposición que puede ser iluminada desde la
relación entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa.(189) Nos
encontramos en
el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad.
En realidad, se debe afirmar que, «aunque la Iglesia posee una
estructura
"jerárquica", sin embargo esta estructura está totalmente ordenada a
la
santidad de los miembros de Cristo».(190)
Pero, como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el
comportamiento de nuestro Señor ni la llamada por Él dirigida a las
mujeres, sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la
mujer en
la misión evangelizadora y en la vida de la comunidad
cristiana».(191)
Es del todo necesario, entonces, pasar del reconocimiento teórico de
la
presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la
realización
práctica. Y en este preciso sentido debe leerse la presente
Exhortación,
la cual se dirige a los fieles laicos con deliberada y repetida
especificación «hombres y mujeres». Además, el nuevo Código de
Derecho
Canónico contiene múltiples disposiciones acerca de la participación
de la
mujer en la vida y en la misión de la Iglesia. Son disposiciones que
exigen ser más ampliamente conocidas, y puestas en práctica con
mayor
tempestividad y determinación, si bien teniendo en cuenta las
diversas
sensibilidades culturales y oportunidades pastorales.
Ha de pensarse, por ejemplo, en la participación de las mujeres en
los
Consejos pastorales diocesanos y parroquiales, como también en los
Sínodos
diocesanos y en los Concilios particulares. En este sentido, los
Padres
sinodales han escrito: «Participen las mujeres en la vida de la
Iglesia
sin ninguna discriminación, también en las consultaciones y en la
elaboración de las decisiones».(192. Y además han dicho: «Las
mujeres—las
cuales tienen ya una gran importancia en la transmisión de la fe y
en la
prestación de servicios de todo tipo en la vida de la Iglesia— deben
ser
asociadas a la preparación de los documentos pastorales y de las
iniciativas misioneras, y deben ser reconocidas como cooperadoras de
la
misión de la Iglesia en la familia, en la profesión y en la
comunidad
civil».(193)
En el ámbito más específico de la evangelización y de la catequesis
hay
que promover con más fuerza la responsabilidad particular que tiene
la
mujer en la transmisión de la fe, no sólo en la familia sino también
en
los más diversos lugares educativos y, en términos más amplios, en
todo
aquello que se refiere a la recepción de la Palabra de Dios, su
comprensión y su comunicación, también mediante el estudio, la
investigación y la docencia teológica.
Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la mujer sentirá
más
vivamente la necesidad de ser evangelizada. Así, con los ojos
iluminados
por la fe (cf. Ef 1, 18), la mujer podrá distinguir lo que
verdaderamente
responde a su dignidad personal y a su vocación, de todo aquello que
—quizás con el pretexto de esta «dignidad» y en nombre de la
«libertad» y
del «progreso»— hace que la mujer no sirva a la consolidación de los
verdaderos valores, sino que, al contrario, se haga responsable de
la
degradación moral de las personas, de los ambientes y de la
sociedad.
Llevar a cabo un «discernimiento» semejante es una urgencia
histórica
impostergable; y, al mismo tiempo, es una posibilidad y una
exigencia que
derivan de la participación, por parte de la mujer cristiana, en el
oficio
profético de Cristo y de su Iglesia. El «discernimiento», del que
habla
muchas veces el apóstol Pablo, no consiste sólo en la ponderación de
las
realidades y de los acontecimientos a la luz de la fe; es también
decisión
concreta y compromiso operativo, no sólo en el ámbito de la Iglesia,
sino
también en aquél otro de la sociedad humana.
Se puede decir que todos los problemas del mundo actual —de los que
ya
hablaba la segunda parte de la Constitución conciliar Gaudium et
spes, y
que el tiempo no ha resuelto en absoluto, ni los ha atenuado— deben
ver a
las mujeres presentes y comprometidas, y precisamente con su
aportación
típica e insustituible.
En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser
propuestas a la atención de todos.
En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida
matrimonial y a la maternidad. Nuevas posibilidades se abren hoy a
la
mujer en orden a una comprensión más profunda y a una más rica
realización
de los valores humanos y cristianos implicados en la vida conyugal y
en la
experiencia de la maternidad. El mismo varón _el marido y el padre_
puede
superar formas de ausencia o presencia episódica y parcial, es más,
puede
involucrarse en nuevas y significativas relaciones de comunión
interpersonal, gracias precisamente al hacer inteligente, amoroso y
decisivo de la mujer.
Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura, esto
es,
de una cultura digna del hombre, de su vida personal y social. El
Concilio
Vaticano II parece relacionar la dimensión moral de la cultura con
la
participación de los laicos en la misión real de Cristo. «Los laicos
—dice—, también asociando fuerzas, purifiquen las instituciones y
las
condiciones de vida en el mundo, si se dieran aquéllas que empujan
las
costumbres al pecado, de modo que todas sean hechas conformes con
las
normas de la justicia y, en vez de obstaculizar, favorezcan el
ejercicio
de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la
cultura y los trabajos del hombre».(194)
A medida que la mujer participa activa y responsablemente en la
función de
aquellas instituciones de las que depende la salvaguardia del
primado que
se ha de dar a los valores humanos en la vida de las comunidades
políticas, las palabras recién citadas del Concilio señalan un
importante
campo de apostolado femenino. En todas las dimensiones de la vida de
estas
comunidades, desde la dimensión socioeconómica a la socio-política,
deben
ser respetadas y promovidas la dignidad personal de la mujer y su
específica vocación: no sólo en el ámbito individual, sino también
en el
comunitario; no sólo en las formas dejadas a la libertad responsable
de
las personas, sino también en las formas garantizadas por las justas
leyes
civiles.
«No es bueno que el hombre esté solo; quiero hacerle una ayuda
semejante a
él» (Gn 2, 18). Dios creador ha confiado el hombre a la mujer. Es
cierto
que el hombre ha sido confiado a cada hombre, pero lo ha sido en
modo
particular a la mujer, porque precisamente la mujer parece tener una
específica sensibilidad —gracias a su especial experiencia de su
maternidad— por el hombre y por todo aquello que constituye su
verdadero
bien, comenzando por el valor fundamental de la vida. ¡Qué grandes
son las
posibilidades y las responsabilidades de la mujer en este campo!;
especialmente en una época en la que el desarrollo de la ciencia y
de la
técnica no está siempre inspirado ni medido por la verdadera
sabiduría,
con el riesgo inevitable de «deshumanizar» la vida humana, sobre
todo
cuando ella está exigiendo un amor más intenso y una más generosa
acogida.
La participación de la mujer en la vida de la Iglesia y de la
sociedad,
mediante sus dones, constituye el camino necesario de su realización
personal —sobre la que hoy tanto se insiste con justa razón— y, a la
vez,
la aportación original de la mujer al enriquecimiento de la comunión
eclesial y al dinamismo apostólico del Pueblo de Dios.
En esta perspectiva se debe considerar también la presencia del
varón,
junto con la mujer.
Copresencia y colaboración de los hombres y de las mujeres
52. En el aula sinodal no ha faltado la voz de los que han expresado
el
temor de que una excesiva insistencia centrada sobre la condición y
el
papel de las mujeres pudiera desembocar en un inaceptable olvido: el
referente a los hombres. En realidad, diversas situaciones
eclesiales
tienen que lamentar la ausencia o escasísima presencia de los
hombres, de
los que una parte abdica de las propias responsabilidades
eclesiales,
déjando que sean asumidas sólo por las mujeres, como, por ejemplo,
la
participación en la oración litúrgica en la iglesia, la educación y
concretamente la catequesis de los propios hijos y de otros niños,
la
presencia en encuentros religiosos y culturales, la colaboración en
iniciativas caritativas y misioneras.
Se ha de urgir pastoralmente la presencia coordinada de los hombres
y de
las mujeres para hacer más completa, armónica y rica la
participación de
los fieles laicos en la misión salvífica de la Iglesia.
La razón fundamental que exige y explica la simultánea presencia y
la
colaboración de los hombres y de las mujeres no es sólo, como se ha
hecho
notar, la mayor significatividad y eficacia de la acción pastoral de
la
Iglesia; ni mucho menos el simple dato sociológico de una
convivencia
humana, que está naturalmente hecha de hombres y de mujeres. Es, más
bien,
el designio originario del Creador que desde el «principio» ha
querido al
ser humano como «unidad de los dos»; ha querido al hombre y a la
mujer
como primera comunidad de personas, raíz de cualquier otra comunidad
y, al
mismo tiempo, como «signo» de aquella comunión interpersonal de amor
que
constituye la misteriosa vida íntima de Dios Uno y Trino.
Precisamente por esto, el modo más común y capilar, y al mismo
tiempo
fundamental, para asegurar esta presencia coordinada y armónica de
hombres
y mujeres en la vida y en la misión de la Iglesia, es el ejercicio
de los
deberes y responsabilidades del matrimonio y de la familia
cristiana, en
el que se transparenta y comunica la variedad de las diversas formas
de
amor y de vida: la forma conyugal, paterna y materna, filial y
fraterna.
Leemos en la Exhortación Familiaris consortio: «Si la familia
cristiana es
esa comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo mediante la fe
y los
sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia debe
realizarse
según una modalidad comunitaria. Juntos, por tanto, los cónyuges en
cuanto
matrimonio, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su
servicio a la Iglesia y al mundo (...). La familia cristiana edifica
además el Reino de Dios en la historia mediante esas mismas
realidades
cotidianas que hacen relación y singularizan su condición de vida.
Es
entonces en el amor conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria
riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y
fecundidad— donde se expresa y realiza la participación de la
familia
cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y
de su
Iglesia».(195)
Situándose en esta perspectiva, los Padres sinodales han reafirmado
el
significado que el sacramento del Matrimonio debe asumir en la
Iglesia y
en la sociedad, para iluminar e inspirar todas las relaciones entre
el
hombre y la mujer. En tal sentido, han afirmado «la urgente
necesidad de
que cada cristiano viva y anuncie el mensaje de esperanza contenido
en la
relación entre hombre y mujer. El sacramento del Matrimonio, que
consagra
esta relación en su forma conyugal y la revela como signo de la
relación
de Cristo con su Iglesia, contiene una enseñanza de gran importancia
para
la vida de la Iglesia. Esta enseñanza debe llegar por medio de la
Iglesia
al mundo de hoy; todas las relaciones entre el hombre y la mujer han
de
inspirarse en este espíritu. La Iglesia debe utilizar esta riqueza
todavía
más plenamente».(196) Los mismos Padres sinodales han hecho notar
justamente que «han de ser recuperadas la estima de la virginidad y
el
respeto por la maternidad»:(197) una vez más, para el desarrollo de
vocaciones diversas y complementarias en el contexto vivo de la
comunión
eclesial y al servicio de su continuo crecimiento.
Los enfermos y los que sufren
53. El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta
diariamente
tantísimas formas de sufrimiento y de dolor. En su Mensaje final,
los
Padres sinodales se han dirigido con estas palabras a los hombres y
mujeres afectados de las más diversas formas de sufrimiento y de
dolor,
con estas palabras: «Vosotros, los abandonados y marginados por
nuestra
sociedad consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres,
hambrientos, emigrantes, prófugos, prisioneros, desocupados,
ancianos,
niños abandonados y personas solas; vosotros, víctimas de la guerra
y de
toda violencia que emana de nuestra sociedad permisiva: la Iglesia
participa de vuestro sufrimiento que conduce al Señor, el cual os
asocia a
su Pasión redentora y os hace vivir a la luz de su Redención.
Contamos con
vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor. Haremos todo
lo
posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en la
sociedad
y en la Iglesia».(198)
En el contexto de un mundo sin confines, como es el del sufrimiento
humano, dirijamos ahora la atención a los aquejados por la
enfermedad en
sus más diversas formas. Los enfermos, en efecto, son la expresión
más
frecuente y más común del sufrir humano.
A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también los
enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime los
miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de
retraerles
del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y
cristiana
y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas
modalidades,
incluso más valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de
convertirse en
su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer
a sus
ojos el significado de gracia de su misma situación: «Completo en mi
carne
lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo,
que es
la Iglesia» (Col 1, 24). Precisamente haciendo este descubrimiento,
el
apóstol arribó a la alegría: «Ahora me alegro por los padecimientos
que
soporto por vosotros» (Col 1, 24). Del mismo modo, muchos enfermos
pueden
convertirse en portadores del «gozo del Espíritu Santo en medio de
muchas
tribulaciones» (1 Ts 1, 6) y ser testigos de la Resurrección de
Jesús.
Como ha manifestado un minusválido en su intervención en el aula
sinodal,
«es de gran importancia aclarar el hecho de que los cristianos que
viven
en situaciones de enfermedad, de dolor y de vejez, no están
invitados por
Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a
acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de
la
renovación y la alegría de Cristo resucitado (cf. 2 Co 4, 10-11; 1 P
4,
13; Rm 8, 18 ss.)».(199)
Por su parte —como se lee en la Carta Apostólica Salvifici doloris—
«la
Iglesia que nace del misterio de la redención en la Cruz de Cristo,
está
obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular, en
el
camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el hombre
"constituye el camino de la Iglesia", y es éste uno de los caminos
más
importantes».(200) El hombre que sufre es camino de la Iglesia
porque,
antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que
«no
pasó de largo», sino que «tuvo compasión y acercándose, vendó sus
heridas
(...) y cuidó de él» (Lc 10, 32-34).
A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar
la
parábola evangélica del buen Samaritano en la inmensa multitud de
personas
enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y
consolación de Jesucristo. Esto ha tenidó lugar mediante el
testimonio de
la vida religiosa consagrada al servicio de los enfermos y mediante
el
infatigable esfuerzo de todo el personal sanitario. Además hoy,
incluso en
los mismos hospitales y nosocomios católicos, se hace cada vez más
numerosa, y quizá también total y exclusiva, la presencia de fieles
laicos, hombres y mujeres. Precisamente ellos, médicos, enfermeros,
otros
miembros del personal sanitario, voluntarios, están llamados a ser
la
imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos y
los que
sufren.
Acción pastoral renovada
54. Es necesario que esta preciosísima herencia, que la Iglesia ha
recibido de Jesucristo «médico de la carne y del espíritu»,(201) no
sólo
no disminuya jamás, sino que sea valorizada y enriquecida cada vez
más
mediante una recuperación y un decidido relanzamiento de la acción
pastoral para y con los enfermos y los que sufren. Ha de ser una
acción
capaz de sostener y de promover atención, cercanía, presencia,
escucha,
diálogo, participación y ayuda concreta para con el hombre, en
momentos en
los que la enfermedad y el sufrimiento ponen a dura prueba, no sólo
su
confianza en la vida, sino también su misma fe en Dios y en su amor
de
Padre. Este relanzamiento pastoral tiene su expresión más
significativa en
la celebración sacramental con y para los enfermos, como fortaleza
en el
dolor y en la debilidad, como esperanza en la desesperación, como
lugar de
encuentro y de fiesta.
Uno de los objetivos fundamentales de esta renovada e intensificada
acción
pastoral —que no puede dejar de implicar coordinadamente a todos los
componentes de la comunidad eclesial— es considerar al enfermo, al
minusválido, al que sufre, no simplemente como término del amor y
del
servicio de la Iglesia, sino más bien como sujeto activo y
responsable de
la obra de evangelización y de salvación. Desde este punto de vista,
la
Iglesia tiene un buen mensaje que hacer resonar dentro de la
sociedad y de
las culturas que, habiendo perdido el sentido del sufrir humano,
silencian
cualquier forma de hablar sobre esta dura realidad de la vida. Y la
buena
nueva está en el anuncio de que el sufrir puede tener también un
significado positivo para el hombre y para la misma sociedad,
llamado como
esta a convertirse en una forma de participación en el sufrimiento
salvador de Cristo y en su alegría de resucitado, y, por tanto, una
fuerza
de santificación y edificación de la Iglesia.
El anuncio de esta buena nueva resulta convincente cuando no resuena
simplemente en los labios, sino que pasa a través del testimonio de
vida,
tanto de los que cuidan con amor a los enfermos, los minusválidos y
los
que sufren, como de estos mismos, hechos cada vez más conscientes y
responsables de su lugar y tarea en la Iglesia y por la Iglesia.
Para que la «civilización del amor» pueda florecer y fructificar en
el
inmenso mundo del dolor humano, podrá ser de gran utilidad la
frecuente
meditación de la Carta Apostólica Salvifici doloris, de la que
recordamos
las líneas finales: «Es necesario, por tanto, que a los pies de la
Cruz
del Calvario acudan espiritualmente todos los que sufren y creen en
Cristo
y, en concreto, los que sufren a causa de su fe en el Crucificado y
Resucitado, para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el
cumplimiento de la oración del mismo Salvador por la unidad de todos
(cf.
Jn 17, 11. 21-22). Acudan también allí los hombres de buena
voluntad,
porque en la Cruz está el "Redentor del hombre", el Varón de
dolores, que
ha asumido para sí los sufrimientos físicos y morales de los hombres
de
todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido
salvífico de su dolor y respuestas válidas a todos sus
interrogantes.
Junto a María, Madre de Cristo, que estaba al pie de la Cruz (cf. Jn
19,
25), nos detenemos junto a todas las cruces del hombre de hoy (...).
Y a
todos vosotros, los que sufrís, os pedimos que nos sostengáis.
Precisamente a vosotros que sois débiles, os pedimos que os
convirtáis en
fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. ¡En el
terrible
combate entre las fuerzas del bien y del mal, que nuestro mundo
contemporáneo nos ofrece de espectáculo, venza vuestro sufrimiento
en
unión con la Cruz de Cristo!».(202)
Estados de vida y vocaciones
55. Obreros de la viña son todos los miembros del Pueblo de Dios:
los
sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos, todos a
la vez
objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación
en su
misión de salvación. Todos y cada uno trabajamos en la única y común
viña
del Señor con carismas y ministerios diversos y complementarios.
Ya en el plano del ser, antes todavía que en el del obrar, los
cristianos
son sarmientos de la única vid fecunda que es Cristo; son miembros
vivos
del único Cuerpo del Señor edificado en la fuerza del Espíritu. En
el
plano del ser: no significa sólo mediante la vida de gracia y
santidad,
que es la primera y más lozana fuente de fecundidad apostólica y
misionera
de la Santa Madre Iglesia; sino que significa también el estado de
vida
que caracteriza a los sacerdotes y los diáconos, los religiosos y
religiosas, los miembros de institutos seculares, los fieles laicos.
En la Iglesia-Comunión los estados de vida están de tal modo
relacionados
entre sí que están ordenados el uno al otro. Ciertamente es común
—mejor
dicho, único— su profundo significado: el de ser modalidad según la
cual
se vive la igual dignidad cristiana y la universal vocación a la
santidad
en la perfección del amor. Son modalidades a la vez diversas y
complementarias, de modo que cada una de ellas tiene su original e
inconfundible fisionomía, y al mismo tiempo cada una de ellas está
en
relación con las otras y a su servicio.
Así el estado de vida laical tiene en la índole secular su
especificidad y
realiza un servicio eclesial testificando y volviendo a hacer
presente, a
su modo, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, el
significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el
designio
salvífico de Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la
garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor
en los
diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole
escatológica de la Iglesia, es decir, su tensión hacia el Reino de
Dios,
que viene prefigurado y, de algún modo, anticipado y pregustado por
los
votos de castidad, pobreza y obediencia.
Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de
ellos
en relación con los otros, están al servicio del crecimiento de la
Iglesia; son modalidades distintas que se unifican profundamente en
el
«misterio de comunión» de la Iglesia y que se coordinan
dinámicamente en
su única misión.
De este modo, el único e idéntico misterio de la Iglesia revela y
revive,
en la diversidad de estados de vida y en la variedad de vocaciones,
la
infinita riqueza del misterio de Jesucristo. Como gusta repetir a
los
Padres, la Iglesia es como un campo de fascinante y maravillosa
variedad
de hierbas, plantas, flores y frutos. San Ambrosio escribe: «Un
campo
produce muchos frutos, pero es mejor el que abunda en frutos y en
flores.
Ahora bien, el campo de la santa Iglesia es fecundo en unos y otras.
Aquí
puedes ver florecer las gemas de la virginidad, allá la viudez
dominar
austera como los bosques en la llanura; más allá la rica cosecha de
las
bodas bendecidas por la Iglesia colmar de mies abundante los grandes
graneros del mundo, y los lagares del Señor Jesús sobreabundar de
los
frutos de vid lozana, frutos de los cuales están llenos los
matrimonios
cristianos».(203)
Las diversas vocaciones laicales
56. La rica variedad de la Iglesia encuentra su ulterior
manifestación
dentro de cada uno de los estados de vida. Así, dentro del estado de
vida
laical se dan diversas «vocaciones», o sea, diversos caminos
espirituales
y apostólicos que afectan a cada uno de los fieles laicos. En el
álveo de
una vocación laical «común» florecen vocaciones laicales
«particulares».
En este campo podemos recordar también la experiencia espiritual que
ha
madurado recientemente en la Iglesia con el florecer de diversas
formas de
Institutos seculares. A los fieles laicos, y también a los mismos
sacerdotes, está abierta la posibilidad de profesar los consejos
evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos
o las
promesas, conservando plenamente la propia condición laical o
clerical.(204) Como han puesto de manifiesto los Padres sinodales,
«el
Espíritu Santo promueve también otras formas de entrega de sí mismo
a las
que se dedican personas que permanecen plenamente en la vida
laical».(205)
Podemos concluir releyendo una hermosa página de San Francisco de
Sales,
que tanto ha promovido la espiritualidad de los laicos.(206)
Hablando de
la «devoción», es decir de la perfección cristiana o «vida según el
Espíritu», presenta de manera simple y espléndida la vocación de
todos los
cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el modo específico con
que
cada cristiano la realiza: «En la Creación Dios mandó a las plantas
producir sus frutos, cada una "según su especie" (Gn 1, 11). El
mismo
mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su
Iglesia,
para que produzcan frutos de devoción, cada uno según su estado y
condición. La devoción debe ser practicada en modo diverso por el
hidalgo,
por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda,
por la
mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario
además
conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas, con las
obligaciones
y deberes de cada persona (...). Es un error —mejor dicho, una
herejía—
pretender excluir el ejercicio de la devoción del ambiente militar,
del
taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de los
hogares de
los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente
contemplativa,
monástica y religiosa sólo puede ser vivida en estos estados, pero
además
de estos tres tipos de devoción, hay muchos otros capaces de hacer
perfectos a quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en
cualquier
lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida
perfecta».(207)
Colocándose en esa misma línea, el Concilio Vaticano II escribe:
«Este
comportamiento espiritual de los laicos debe asumir una peculiar
característica del estado de matrimonio y familia, de celibato o de
viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y
social. No dejen, por tanto, de cultivar constantemente las
cualidades y
las dotes otorgadas correspondientes a tales condiciones, y de
servirse de
los propios dones recibidos del Espíritu Santo».(208)
Lo que vale para las vocaciones espirituales vale también, y en
cierto
sentido con mayor motivo, para las infinitas diversas modalidades
según
las cuales todos y cada uno de los miembros de la Iglesia son
obreros que
trabajan en la viña del Señor, edificando el Cuerpo místico de
Cristo. En
verdad, cada uno es llamado por su nombre, en la unicidad e
irrepetibilidad de su historia personal, a aportar su propia
contribución
al advenimiento del Reino de Dios. Ningún talento, ni siquiera el
más
pequeño, puede ser escondido o quedar inutilizado (cf. Mt 25,
24-27).
El apóstol Pedro nos advierte: «Que cada cual ponga al servicio de
los
demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las
diversas gracias de Dios» (1 P 4, 10).
CAPÍTULO V
PARA QUE DÉIS MÁS FRUTO
La formación de los fieles laicos
Madurar continuamente
57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro
aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos:
La
llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.
Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña. La presencia
solícita
de Dios es invocada ardientemente por Israel, que reza así: «¡Oh
Dios
Sebaot, vuélvete ya, / desde los cielos mira y ve, / visita esta
viña,
cuídala, / a ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El
mismo
Jesús habla del trabajo del Padre: «Yo soy la vid verdadera, y mi
Padre es
el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo
el que
da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados
en la
vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí como yo en él, ése
da
mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,
5).
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a
crecer, a
madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de
asumir su personal responsabilidad. A esta responsabilidad, tremenda
y
enaltecedora, aluden las palabras graves de Jesús: «Si alguno no
permanece
en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo
recogen,
lo echan al fuego y lo queman» (Jn 15, 6).
En este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su
responsabilidad se sitúa la posibilidad —es más, la necesidad— de
una
formación integral y permanente de los fieles laicos, a la que los
Padres
sinodales han reservado justamente una buena parte de su trabajo. En
concreto, después de haber descrito la formación cristiana como «un
continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración
con
Cristo, según la voluntad del Padre, con la guía del Espíritu
Santo», han
afirmado claramente que «la formación de los fieles laicos se ha de
colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en
los
programas de acción pastoral de modo que todos los esfuerzos de la
comunidad (sacerdotes, laicos y religiosos) concurran a este
fin».(209)
Descubrir y vivir la propia vocación y misión
58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo
fundamental el
descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la
disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la
propia
misión.
Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía
a
trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta
vocación y
misión personal define la dignidad y la responsabilidad de cada fiel
laico
y constituye el punto de apoyo de toda la obra formativa, ordenada
al
reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad y al desempeño
fiel y
generoso de tal responsabilidad.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha
amado
como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por
nuestro
nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una
por su
nombre» (Jn 10, 3). Pero el eterno plan de Dios se nos revela a cada
uno
sólo a través del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus
acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en cierto sentido,
de
día en día.
Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida
son
siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de
Dios y
de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una
sabia y
amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y
talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones
sociales
e históricas en las que se está inmerso.
En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente
significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para
acoger
la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la
adolescencia
y de la juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor,
como el
dueño con los obreros de la viña, llama —en el sentido de hacer
concreta y
precisa su santa voluntad— a todas las horas de la vida: por eso la
vigilancia, como atención solícita a la voz de Dios, es una actitud
fundamental y permanente del discípulo.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de
nosotros,
de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de la vida. Es
necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo recuerdan las
palabras
de María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná:
«Haced
lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad a la
voluntad de
Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. Desde luego,
con la
gracia del Señor, que no falta nunca, como dice San León Magno:
«¡Dará la
fuerza quien ha conferido la dignidad!»;(210) pero también con la
libre y
responsable colaboración de cada uno de nosotros.
Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los
fieles
laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada vez
más las
riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud.
El
apóstol Pedro hablando del nacimento y crecimiento como de dos
etapas de
la vida cristiana, nos exhorta: «Como niños recién nacidos, desead
la
leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la
salvación»
(1 P 2, 2).
Una formación integral para vivir en la unidad
59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles
laicos
han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está
marcado su
mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad
humana.
En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte,
la
denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por
otra, la
denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del
trabajo, de
las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El
sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector
de su
actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos
de la
vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el
«lugar
histórico» del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo
para
gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda
situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia
profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a
la
familia y a la educación de los hijos, el servicio social y
político, la
propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ocasiones
providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza
y de
la caridad».(211)
El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta
unidad de vida, denunciando con fuerza la gravedad de la fractura
entre fe
y vida, entre Evangelio y cultura: «El Concilio exhorta a los
cristianos,
ciudadanos de una y otra ciudad, a esforzarse por cumplir fielmente
sus
deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se
equivocan los cristianos que, sabiendo que no tenemos aquí ciudad
permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia
fe es
un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas
según
la vocación personal de cada uno (...). La separación entre la fe y
la
vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más
graves
errores de nuestra época».(212) Por eso he afirmado que una fe que
no se
hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no enteramente
pensada, no
fielmente vivida».(212)
Aspectos de la formación
60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y
coordinados
aspectos de la formación integral de los fieles laicos.
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado
en la
vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en
la
intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en
la
entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el
Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la
Iglesia
con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles,
sobre todo
con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos
deben
usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los
mismos
deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de
la
propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella
desempeñando su
propia actividad de acuerdo con el querer divino».(214)
Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los
fieles
laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe,
sino
también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en
ellos,
frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así
absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que
se
graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una
más
decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los
eternos
interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.
En concreto, es absolutamente indispensable —sobre todo para los
fieles
laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y
político— un
conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como
repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus
intervenciones.
Hablando de la participación política de los fieles laicos, se han
expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar
activamente este noble propósito en la política (es decir, el
propósito de
hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no
bastan las
exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación
de la
conciencia social, especialmente en la doctrina social de la
Iglesia, la
cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y
directrices
prácticas (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. sobre
libertad cristiana y liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar
presente
en la instrucción catequética general, en las reuniones
especializadas y
en las escuelas y universidades. Esta doctrina social de la Iglesia
es,
sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los
tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer
los
principios morales también sobre el orden social, y deber de todos
los
cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin
embargo, la
participación activa en los partidos políticos está reservada a los
laicos».(215)
Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de
los
fieles laicos es particularmente significativo, por su acción
misionera y
apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos.
Precisamente
en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan también
muy
en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el
sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones
sociales,
es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la
cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede
haber
verdadera vida cristiana».(216)
Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que
es a la
vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz
cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos
por
el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.
Colaboradores de Dios educador
61. ¿Cuáles son los lugares y los medios de la formación cristiana
de los
fieles laicos? ¿Cuáles son las personas y las comunidades llamadas a
asumir la tarea de la formación integral y unitaria de los fieles
laicos?
Del mismo modo que la acción educativa humana está íntimamente unida
a la
paternidad y maternidad, así también la formación cristiana
encuentra su
raíz y su fuerza en Dios, el Padre que ama y educa a sus hijos. Sí,
Dios
es el primer y gran educador de su Pueblo, como dice el magnífico
pasaje
del Canto de Moisés: «En tierra desierta le encuentra, / en el
rugiente
caos del desierto. / Y le envuelve, le sustenta, le cuida, como a la
niña
de sus ojos. / Como un águila incita a su nidada, / revolotea sobre
sus
polluelos, así él despliega sus alas y le toma, / y le lleva sobre
su
plumaje. / Sólo Yavéh le guía a su destino, / no había con él ningún
Dios
extranjero» (Dt 32, 10-12; cf. 8, 5).
La obra educadora de Dios se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y
toca
desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia
dinámica del
Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en la acción
educadora divina, bien en sí misma, bien en sus distintas
articulaciones y
manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados por la
Iglesia
y en la Iglesia, en una recíproca comunión y colaboración de todos
sus
miembros: sacerdotes, religiosos y fieles laicos.
Así la entera comunidad eclesial, en su diversos miembros, recibe la
fecundidad del Espíritu y coopera con ella activamente. En tal
sentido
Metodio de Olimpo escribía: «Los imperfectos (...) son llevados y
formados, como en las entrañas de una madre, por los más perfectos
hasta
que sean engendrados y alumbrados a la grandeza y belleza de la
virtud»;(217) como ocurrió con Pablo, llevado e introducido en la
Iglesia
por los perfectos (en la persona de Ananías), y después convertido a
su
vez en perfecto y fecundo en tantos hijos.
Educadora es, sobre todo, la Iglesia universal, en la que el Papa
desempeña el papel de primer formador de los fieles laicos. A él,
como
sucesor de Pedro, le compete el ministerio de «confirmar en la fe a
los
hermanos», enseñando a todos los creyentes los contenidos esenciales
de la
vocación y misión cristiana y eclesial. No sólo su palabra directa
pide
una atención dócil y amorosa por parte de los fieles laicos, sino
también
su palabra transmitida a través de los documentos de los diversos
Dicasterios de la Santa Sede.
La Iglesia una y universal está presente en las diversas partes del
mundo
a través de las Iglesias particulares. En cada una de ellas el
Obispo
tiene una responsabilidad personal con respecto a los fieles laicos,
a los
que debe formar mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de
la
Eucaristía y de los sacramentos, la animación y guía de su vida
cristiana.
Dentro de la Iglesia particular o diócesis se encuentra y actúa la
parroquia, a la que corresponde desempeñar una tarea esencial en la
formación más inmediata y personal de los fieles laicos. En efecto,
con
unas relaciones que pueden llegar más fácilmente a cada persona y a
cada
grupo, la parroquia está llamada a educar a sus miembros en la
recepción
de la Palabra, en el diálogo litúrgico y personal con Dios, en la
vida de
caridad fraterna, haciendo palpar de modo más directo y concreto el
sentido de la comunión eclesial y de la responsabilidad misionera.
Además, dentro de algunas parroquias, sobre todo si son extensas y
dispersas, las pequeñas comunidades eclesiales presentes pueden ser
una
ayuda notable en la formación de los cristianos, pudiendo hacer más
capilar e incisiva la conciencia y la experiencia de la comunión y
de la
misión eclesial. Puede servir de ayuda también, como han dicho los
Padres
sinodales, una catequesis postbautismal a modo de catecumenado, que
vuelva
a proponer algunos elementos del «Ritual de la Iniciación Cristiana
de
Adultos», destinados a hacer captar y vivir las inmensas riquezas
del
Bautismo ya recibido.(218)
En la formación que los fieles laicos reciben en la diócesis y en la
parroquia, por lo que se refiere en concreto al sentido de comunión
y de
misión, es particularmente importante la ayuda que recíprocamente se
prestan los diversos miembros de la Iglesia: es una ayuda que revela
y
opera a la vez el misterio de la Iglesia, Madre y Educadora. Los
sacerdotes y los religiosos deben ayudar a los fieles laicos en su
formación. En este sentido los Padres del Sínodo han invitado a los
presbíteros y a los candidatos a las sagradas Órdenes a «prepararse
cuidadosamente para ser capaces de favorecer la vocación y misión de
los
laicos».(219) A su vez, los mismos fieles laicos pueden y deben
ayudar a
los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y pastoral.
Otros ambientes educativos
62. También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica»,
constituye la escuela primigenia y fundamental para la formación de
la fe.
El padre y la madre reciben en el sacramento del Matrimonio la
gracia y la
responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos,
a los
que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y
religiosos.
Aprendiendo las primeras palabras, los hijos aprenden también a
alabar a
Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y providente;
aprendiendo
los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también a abrirse a
los
otros, captando en la propia entrega el sentido del humano vivir. La
misma
vida cotidiana de una familia auténticamente cristiana constituye la
primera «experiencia de Iglesia», destinada a ser corroborada y
desarrollada en la gradual inserción activa y responsable de los
hijos en
la más amplia comunidad eclesial y en la sociedad civil. Cuanto más
crezca
en los esposos y padres cristianos la conciencia de que su «iglesia
doméstica» es partícipe de la vida y de la misión de la Iglesia
universal,
tanto más podrán ser formados los hijos en el «sentido de la
Iglesia» y
sentirán toda la belleza de dedicar sus energías al servicio del
Reino de
Dios.
También son lugares importantes de formación las escuelas y
universidades
católicas, como también los centros de renovación espiritual que hoy
se
van difundiendo cada vez más. Como han hecho notar los Padres
sinodales,
en el actual contexto social e histórico, marcado por un profundo
cambio
cultural, ya no basta la participación —por otra parte siempre
necesaria e
insustituible— de los padres cristianos en la vida de la escuela;
hay que
preparar fieles laicos que se dediquen a la acción educativa como a
una
verdadera y propia misión eclesial; es necesario constituir y
desarrollar
«comunidades educativas», formadas a la vez por padres, docentes,
sacerdotes, religiosos y religiosas, representantes de los jóvenes.
Y para
que la escuela pueda desarrollar dignamente su función de formación,
los
fieles laicos han de sentirse comprometidos a exigir de todos y a
promover
para todos una verdadera libertad de educación, incluso mediante una
adecuada legislación civil.(220)
Los Padres sinodales han tenido palabras de aprecio y de aliento
hacia
todos aquellos fieles laicos, hombres y mujeres, que con espíritu
cívico y
cristiano desarrollan una tarea educativa en la escuela y en los
institutos de formación. También han puesto de relieve la urgente
necesidad de que los fieles laicos maestros y profesores en las
diversas
escuelas, católicas o no, sean verdaderos testigos del Evangelio,
mediante
el ejemplo de vida, la competencia y rectitud profesional, la
inspiración
cristiana de la enseñanza, salvando siempre —como es evidente— la
autonomía de las diversas ciencias y disciplinas. Es de particular
importancia que la investigación científica y técnica llevada a cabo
por
los fieles laicos esté regida por el criterio del servicio al hombre
en la
totalidad de sus valores y de sus exigencias. A estos fieles laicos
la
Iglesia les confía la tarea de hacer más comprensible a todos el
íntimo
vínculo que existe entre la fe y la ciencia, entre el Evangelio y la
cultura humana.(221)
«Este Sínodo —leemos en una proposición— hace un llamamiento al
papel
profético de las escuelas y universidades católicas, y alaba la
dedicación
de los maestros y educadores —hoy, en su gran mayoría, laicos— para
que en
los institutos de educación católica puedan formar hombres y mujeres
en
los que se encarne el "mandamiento nuevo". La presencia
contemporánea de
sacerdotes y laicos, y también de religiosos y religiosas, ofrece a
los
alumnos una imagen viva de la Iglesia y hace más fácil el
conocimiento de
sus riquezas (cf. Congregación para la Educación Católica, El laico
educador, testigo de la fe en la escuela)».(222)
También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su
lugar en
la formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la
posibilidad, cada
uno con sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente
injertada en la misma experiencia de vida apostólica, como también
la
oportunidad de completar, concretar y especificar la formación que
sus
miembros reciben de otras personas y comunidades.
La formación recibida y dada recíprocamente por todos
63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y
un
deber de todos. Al respecto, los Padres sinodales han dicho: «Se
ofrezca a
todos la posibilidad de la formación, sobre todo a los pobres, los
cuales
pueden ser —ellos mismos— fuente de formación para todos», y han
añadido:
«Para la formación empléense medios adecuados que ayuden a cada uno
a
realizar la plena vocación humana y cristiana».(223)
Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y eficaz hay que
desarrollar la formación de los formadores, poniendo en
funcionamiento los
cursos oportunos o escuelas para tal fin. Formar a los que, a su
vez,
deberán empeñarse en la formación de los fieles laicos, constituye
una
exigencia primaria para asegurar la formación general y capilar de
todos
los fieles laicos.
En la labor formativa se deberá reservar una atención especial a la
cultura local, según la explícita invitación de los Padres
sinodales: «La
formación de los cristianos tendrá máximamente en cuenta la cultura
humana
del lugar, que contribuye a la misma formación, y que ayudará a
juzgar
tanto el valor que se encierra en la cultura tradicional, como aquel
otro
propuesto en la cultura moderna. Se preste también la debida
atención a
las diversas culturas que pueden coexistir en un mismo pueblo y en
una
misma nación. La Iglesia, Madre y Maestra de los pueblos, se
esforzará por
salvar, donde sea el caso, la cultura de las minorías que viven en
grandes
naciones.
Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas
en la
labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da
formación
verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo
la
responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura
esencialmente como «auto-formación».
Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término
y a la
vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más
sentimos la
exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también
cuanto
más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
Es de particular importancia la conciencia de que la labor
formativa, al
tiempo que recurre inteligentemente a los medios y métodos de las
ciencias
humanas, es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción
de
Dios: sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da
más
fruto para sí y para los demás.
Llamamiento y oración
64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a
dirigiros, una
vez más, la invitación del «dueño de casa» del que nos habla el
Evangelio:
Id también vosotros a mi viña. Se puede decir que el significado del
Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos está precisamente en
este
llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en
particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres.
Los trabajos sinodales han constituido para todos los participantes
una
gran experiencia espiritual: la de una Iglesia atenta —en la luz y
en la
fuerza del Espíritu— para discernir y acoger el renovado llamamiento
de su
Señor; y esto para volver a presentar al mundo de hoy el misterio de
su
comunión y el dinamismo de su misión de salvación, captando en
particular
el puesto y papel específico de los fieles laicos. El fruto del
Sínodo
—que esta Exhortación tiene intención de urgir como el más abundante
posible en todas las Iglesias esparcidas por el mundo— estará en
función
de la efectiva acogida que el llamamiento del Señor recibirá por
parte del
entero Pueblo de Dios y, dentro de él, por parte de los fieles
laicos.
Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y
fieles, a no
cansaros nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez
más
—en la mente, en el corazón y en la vida— la conciencia eclesial; es
decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo,
partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y
misionera.
Es particularmente importante que todos los cristianos sean
conscientes de
la extraordinarta dignidad que les ha sido otorgada mediante el
santo
Bautismo. Por gracia estamos llamados a ser hijos amados del Padre,
miembros incorporados a Jesucristo y a su Iglesia, templos vivos y
santos
del Espíritu. Volvamos a escuchar, emocionados y agradecidos, las
palabras
de Juan el Evangelista: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1 Jn 3, 1).
Esta «novedad cristiana» otorgada a los miembros de la Iglesia,
mientras
constituye para todos la raíz de su participación al oficio
sacerdotal,
profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el
amor, se
manifiesta y se actúa en los fieles laicos según la «índole secular»
que
es «propia y peculiar» de ellos.
La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común
dignidad
cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la Iglesia
Comunión. Es
éste un aspecto fundamental y decisivo para la vida y para la misión
de la
Iglesia. La ardiente oración de Jesús en la última Cena: «Ut unum
sint!»,
ha de convertirse para todos y cada uno, todos los días, en un
exigente e
irrenunciable programa de vida y de acción.
El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu Santo que
urge
nuestra libre respuesta, tendrá como fruto precioso la valoración
armónica, en la Iglesia «una y católica», de la rica variedad de
vocaciones y condiciones de vida, de carismas, de ministerios y de
tareas
y responsabilidades, como también una más convencida y decidida
colaboración de los grupos, de las asociaciones y de los movimientos
de
fieles laicos en el solidario cumplimiento de la común misión
salvadora de
la misma Iglesia. Esta comunión ya es en sí misma el primer gran
signo de
la presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo,
favorece
y estimula la directa acción apostólica y misionera de la Iglesia.
En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, Pastores y
fieles, ha
de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato
de
Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la
creación» (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande,
comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la
de
una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran
necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y
responsable de
esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio
en el
servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la
sociedad.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el
Año
Mariano, ha confiado sus trabajos, de modo muy especial, a la
intercesión
de María Santísima, Madre del Redentor. Y ahora confío a la misma
intercesión la fecundidad espiritual de los frutos del Sínodo. Al
término
de este documento postsinodal me dirijo a la Virgen, en unión con
los
Padres y fieles laicos presentes en el Sínodo y con todos los demás
miembros del Pueblo de Dios. La llamada se hace oración:
Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
Virgen Madre,
guíanos y sosténnos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre, fiesta de
la
sagrada Familia de Jesús, María y José, del año 1988, undécimo de mi
Pontificado. |