PROCLAMAR DISCURSOS MENSAJES ENCICLICAS DIALOGO ORACIONES LINKS

Catequesis de Juan Pablo II

 1978 

 La virtud de la prudencia

 Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,  25 de octubre de 1978 

Cuando el miércoles 27 de septiembre el Santo Padre Juan Pablo I habló a los participantes en la audiencia general, a nadie se le podía ocurrir que aquella era la última vez. Su muerte después de 33 días de pontificado, ha sorprendido al mundo y lo ha invadido de profunda pena.

Él, que suscitó en la Iglesia un gozo tan grande e inundó el corazón de los hombres de tanta esperanza, consumó y llevó a término su misión en un tiempo muy breve. En su muerte se ha hecho realidad la palabra tan repetida del Evangelio: “...habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24, 44). Juan Pablo I estaba siempre en vela. La llamada del Señor no le ha cogido de sorpresa. Ha respondido a ésta con la misma alegría y trepidación con que había aceptado la elección a la Sede de Pedro el 26 de agosto.

 En la línea del Papa Luciani 

Hoy se presenta a vosotros por vez primera Juan Pablo II.

 A las cuatro semanas de aquella audiencia general, desea saludaros y hablar con vosotros. Se propone seguir los temas iniciados ya por Juan Pablo I.

Recordemos que había hablado de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Terminó con la caridad.

Esta virtud, que fue su última enseñanza, es aquí en la tierra la virtud más grande, como nos enseña San Pablo (cf. 1 Cor 13, 13); es la virtud que va más allá de la vida y de la muerte. Porque cuando termina el tiempo de la fe y de la esperanza, el Amor permanece.

La plenitud de la caridad 

Juan Pablo I  pasó ya por el tiempo de la fe, la esperanza y la caridad, que se manifestó tan magníficamente en esta tierra y cuya plenitud se revela sólo en la eternidad.

Hoy debemos hablar de otra virtud, porque he visto en los apuntes del Pontífice fallecido que tenía intención de hablar no sólo de las tres virtudes teologales fe, esperanza y caridad, sino también de las cuatro virtudes llamadas cardinales. Juan Pablo I quería hablar de las “7 lámparas” de la vida cristiana, como las llamaba el Papa Juan XXIII.

Pues bien, yo quiero seguir hoy el esquema que había preparado el Papa desaparecido, y hablar brevemente de la virtud de la prudencia.

 De esta virtud han dicho ya muchas cosas los antiguos. Les debemos profundo reconocimiento y gratitud por ello.

Según una cierta dimensión nos han enseñado que el valor del hombre debe medirse con el metro del bien moral que lleva a cabo en su vida. Esto precisamente sitúa en primer puesto la virtud de la prudencia. El hombre prudente, que se afana por todo lo que es verdaderamente bueno, se esfuerza por medirlo todo, cualquier situación y todo su obrar, según el metro del bien moral.

Prudente no es, por tanto -como frecuentemente se cree- el que sabe arreglárselas en la vida y sacar de ella el mayor provecho; sino quien acierta a edificar la vida toda según la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa.

De este modo la prudencia viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección del hombre mismo. Dios ha dado a cada uno su humanidad. Es necesario que nosotros respondamos a esta tarea programándola como se debe.

Pero el cristiano tiene el derecho y el deber de contemplar la virtud de la prudencia también con otra    visual.

El cristiano prudente 

Esta virtud es como una imagen y semejanza de la Providencia de Dios mismo en las dimensiones del hombre concreto. Porque el hombre -lo sabemos por el libro del Génesis- ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y Dios realiza su plan en la historia de lo creado y, sobre todo, en la historia de la humanidad.

El objetivo de este designio es el bien último del universo, como enseña Santo Tomás. Dicho designio se hace sencillamente designio de salvación en la historia de la humanidad, designio que nos abarca a todos nosotros. En el punto central de su realización se encuentra Jesucristo, en el que se ha manifestado el amor eterno y la solicitud de Dios mismo, Padre, por la salvación del hombre. Esta es a la vez la expresión plena de la Divina Providencia.

Exámen de conciencia 

Por consiguiente, el hombre que es imagen de Dios debe ser -como otra vez nos enseña Santo Tomás-, en cierto modo, la providencia. Pero en la medida de su propia vida. El hombre puede tomar parte en este gran caminar de todas las criaturas hacia el objetivo, que es el bien de la creación. Y, expresándonos aún más con el lenguaje de la fe, el hombre debe tomar parte en este designio divino de salvación; debe caminar hacia la salvación y ayudar a los otros a que se salven. Ayudando a los demás, se salva a sí mismo.

Ruego que quien me escucha piense ahora bajo esta luz en su propia vida. ¿Soy prudente? ¿Vivo consecuentemente y responsablemente? El programa que estoy cumpliendo, ¿sirve para el bien auténtico? ¿Sirve para la salvación que quieren para nosotros Cristo y la Iglesia?

Si hoy me escucha un estudiante o una estudiante, un hijo o una hija, que contemplen a esta luz los propios deberes de estudio, las lecturas, los intereses, las diversiones, el ambiente de los amigos y las amigas.

Si me oye un padre o una madre de familia, piensen un momento en sus deberes conyugales o de padres.

Si me escucha un ministro o un estadista, mire el conjunto de sus deberes y responsabilidades. ¿Persigue el verdadero bien de la sociedad, de la nación, de la humanidad? ¿O sólo intereses particulares y parciales?

Si me escucha un periodista o un publicista, un hombre que ejerce influencia en la opinión pública, que reflexione sobre el valor y la finalidad de esta influencia.

Pedir al Espíritu Santo el don de consejo para el Romano Pontífice  

También yo que os estoy hablando, yo, el Papa, ¿qué debo hacer para actuar prudentemente? Me vienen al pensamiento ahora las cartas a San Bernardo de Albino Luciani cuando era patriarca de Venecia. Respondiendo al cardenal Luciani el abad de Claraval, doctor de la Iglesia, recuerda con mucho énfasis que quien gobierna debe ser “prudente”.

¿Qué debe hacer, pues, el nuevo Papa para actuar prudentemente? No hay duda de que debe hacer mucho en este sentido. Debe aprender siempre y meditar incesantemente sobre los problemas. Pero, además de esto, ¿qué puede hacer? Debe orar y procurar tener el don del Espíritu Santo que se llama don de consejo.

Y cuantos desean que el nuevo Papa sea Pastor prudente de la Iglesia, imploren el don de consejo para él.

Y también para sí mismos pidan este don por intercesión especial de la Madre del Buen Consejo.

Porque hay que desear de veras que todos los hombres se comporten prudentemente, y que quienes ostentan el poder actúen con verdadera prudencia.

Para que la Iglesia -prudentemente, fortificándose con los dones del Espíritu Santo y, en particular, con el don de consejo- tome parte eficazmente en este gran camino hacia el bien de todos, y nos muestre a cada uno la vía de la salvación eterna.

 ----------------------------------------------------------------------------

La virtud de la justicia

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,

8 de noviembre de 1978 

Queridos hermanos y hermanas:

1. En estas primeras audiencias en que tengo la suerte de encontrarme con vosotros que venís de Roma, de Italia y de tantos otros países, deseo continuar desarrollando, como ya dije el 25 de octubre, los temas programados por Juan Pablo I, mi predecesor. El quería hablar no sólo de las tres virtudes teologales fe, esperanza y caridad, sino también de las cuatro cardinales prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Veía en ellas, en su conjunto, como siete lámparas de la vida cristiana. Como Dios lo llamó a la eternidad, pudo hablar sólo de las tres principales: fe, esperanza y caridad, que iluminan toda la vida del cristiano. Su indigno sucesor, al encontrarse con vosotros para reflexionar sobre las virtudes cardinales según el espíritu del llorado predecesor, en cierto modo quiere encender las otras lámparas junto a su tumba.

La lección evangélica del sermón de la montaña 

2. Hoy me toca hablar de la justicia. Y quizá va bien que sea éste el tema de la primera catequesis del mes de noviembre. Pues, en efecto, este mes nos lleva a fijar la mirada en la vida de cada hombre y, a la vez, en la vida de toda la humanidad con la perspectiva de la justicia final.

Todos somos conscientes en cierta manera de que no es posible llenar la medida total de la justicia en la transitoriedad de este mundo. Las palabras oídas tantas veces “no hay justicia en este mundo”, quizá sean fruto de un simplicismo demasiado fácil. Si bien hay en ellas también un principio de verdad profunda.

En un cierto modo la justicia es más grande que el hombre, más grande que las dimensiones de su vida terrena, más grande que las posibilidades de establecer en esta vida relaciones plenamente justas entre todos los hombres, los ambientes, la sociedad y los grupos sociales, las naciones, etc. Todo hombre vive y muere con cierta sensación de insaciabilidad de justicia porque el mundo no es capaz de satisfacer hasta el fondo a un ser creado a imagen de Dios, ni en lo profundo de la persona ni en los distintos aspectos de la vida humana. Y así, a través de este hambre de justicia el hombre se abre a Dios que “es la justicia misma”.

Jesús en el sermón de la montaña lo ha dicho de modo claro y conciso con estas palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos” (Mt 5, 6).

Los derechos del hombre 

3. Con este sentido evangélico de la justicia ante los ojos, debemos considerarla al mismo tiempo dimensión fundamental de la vida humana en la tierra: la vida del hombre, de la sociedad, de la humanidad. Esta es la dimensión ética. La justicia es principio fundamental del la existencia y coexistencia de los hombres, como asimismo de las comunidades humanas, de las sociedades y los pueblos. Además, la justicia es principio de la existencial de la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, y principio de coexistencia de la Iglesia y las varias estructuras sociales, en particular el Estado y también las Organizaciones Internacionales. En este terreno extenso y diferenciado, el hombre y la humanidad buscan continuamente justicia; es éste un proceso perenne y una tarea de importancia suma.

A lo largo de los siglos la justicia ha ido teniendo definiciones más apropiadas según las distintas relaciones y aspectos. De aquí el concepto de justicia conmutativa, distributiva, legal y social. Todo ello es testimonio de cómo la justicia tiene una significación fundamental en el orden moral entre los hombres en las relaciones sociales e internacionales. Puede decirse que el sentido mismo de la existencia del hombre sobre la tierra está vinculado a la justicia. Definir correctamente “cuanto se debe” a cada uno por parte de todos y, al mismo tiempo, a todos por parte de cada uno, “lo que se debe” (debitum) al hombre de parte del hombre en los diferentes sistemas y relaciones, definirlo y, sobre todo, ¡llevarlo a efecto!, es cosa grande por la que vive una nación y gracias a la cual su vida tiene sentido.

A través de los siglos de existencia humana sobre la tierra es permanente, por ello, el esfuerzo continuo y la lucha constante por organizar con justicia el conjunto de la vida social en sus aspectos varios. Es necesario mirar con respeto los múltiples programas y la actividad, reformadora a veces, de las distintas tendencias y sistemas. A la vez es necesario ser conscientes de que no se trata aquí sobre todo de los sistemas, sino de la justicia y del hombre. No puede ser el hombre para el sistema, sino que debe ser el sistema para el hombre. Por ello hay que defenderse del anquilosamiento del sistema. Estoy pensando en los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales que deben ser sensibles al hombre y a su bien integral; deben ser capaces de reformarse a sí mismos y reformar las propias estructuras según las exigencias de la verdad total acerca del hombre. Desde este punto de vista hay que valorar el gran esfuerzo de nuestros tiempos que tiende a definir y consolidar “los derechos del hombre” en la vida de la humanidad de hoy, de los pueblos y Estados.

La Iglesia de nuestro siglo sigue dialogando sin cesar en el vasto frente del mundo contemporáneo, como lo atestiguan muchas Encíclicas de los Papas y la doctrina del Concilio Vaticano II. El Papa de ahora ciertamente tendrá que volver sobre estos temas más de una vez. En la exposición de hoy hay que limitarse sólo a indicar este terreno amplio y diferenciado.

El mandamiento cristiano del amor 

4. Por tanto, es necesario que cada uno de nosotros pueda vivir en un contexto de justicia y, más aún, que cada uno sea justo y actúe con justicia respecto de los cercanos y de los lejanos, de la comunidad, de la sociedad de que es miembro... y respecto de Dios.

La justicia tiene muchas implicaciones y muchas formas. Hay también una forma de justicia que se refiere a lo que el hombre “debe” a Dios. Este es un tema fundamental, vasto ya de por sí. No lo desarrollaré ahora, si bien no he podido menos de señalarlo.

Detengámonos ahora en los hombres. Cristo nos ha dado el mandamiento del amor al prójimo. En este mandamiento está comprendido todo cuanto se refiere a la justicia. No puede existir amor sin justicia. El amor “rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre al amar a su hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también el amor corre peligro.

Ser justo significa dar a cada uno cuanto le es debido. Esto se refiere a los bienes temporales de naturaleza material. El ejemplo mejor puede ser aquí la retribución del trabajo y el llamado derecho al fruto del propio trabajo y de la tierra propia. Pero al hombre se le debe también reputación, respeto, consideración, la fama que se ha merecido. Cuanto más conocemos al hombre, tanto más se revela su personalidad, carácter, inteligencia y corazón. Y tanto más caemos en la cuenta -¡y debemos caer en la cuenta!- del criterio con que debemos “medirlo” y qué significa ser justos con él.

Por todo ello es necesario estar profundizando continuamente en el conocimiento de la justicia. No es ésta una ciencia teórica. Es virtud, es capacidad del espíritu humano, de la voluntad humana e, incluso, del corazón. Además, es necesario orar para ser justos y saber ser justos.

No podemos olvidar las palabras de Nuestro Señor: “Con la medida con que midiereis se os medirá”

(Mt 7, 2).  Hombre justo, hombre que “mide justamente”. Ojalá lo seamos todos. Que todos tendamosconstantemente a serlo. A todos, mi bendición.

La virtud de la fortaleza

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 15 de noviembre de 1978 

Queridísimos hermanos y hermanas:

 El Papa Juan Pablo I, hablando desde el balcón de la basílica de San Pedro al día siguiente de su elección recordó, entre otras cosas, que en el Cónclave del día 26 de agosto, cuando se veía ya claro que iba a ser elegido él precisamente, los cardenales que estaban a su lado le susurraron al oído: ¡Ánimo! Probablemente esta palabra la necesitaba en aquel momento y se le quedó grabada en el corazón, puesto que la recordó enseguida al día siguiente. Juan Pablo I me perdonará si ahora utilizo esta confidencia. Creo que a todos los aquí presentes podrá introducirnos del modo mejor en el tema que me propongo desarrollar. En efecto, deseo hablar hoy de la tercera virtud cardinal: la fortaleza. A esta virtud concreta nos referimos cuando queremos exhortar a alguien a tener valor, como lo hizo el cardenal que se encontraba cerca de Juan Pablo I en el Cónclave al decirle: ¡Ánimo!

Hombres y mujeres fuertes 

¿A quién tenemos nosotros por hombre fuerte, hombre valiente? De costumbre esta palabra evoca al soldado que defiende la patria exponiendo al peligro su incolumidad y hasta la vida en tiempo de guerra. Pero a la vez nos damos cuenta de que también en tiempo de paz necesitamos fortaleza Y por ello, sentimos estima grande de las personas que se distinguen por lo que se llama “coraje cívico”. Un testimonio de fortaleza nos lo ofrece quien expone la propia vida por salvar a alguno que está a punto de ahogarse, o también por el hombre que presta ayuda en las calamidades naturales: incendios, inundaciones, etc. Ciertamente se distinguía por esta virtud San Carlos, mi Patrono, que durante la peste de Milán seguía ejerciendo el ministerio pastoral entre los habitantes de dicha ciudad. Pero pensamos con admiración asimismo en los hombres que escalan las cimas del Everest y en los astronautas, que pusieron el pie en la luna por vez primera.

Como se deduce de todo esto, las manifestaciones de la virtud de la fortaleza son abundantes. Algunas son muy conocidas y gozan de cierta fama. Otras son más ignoradas, aunque exigen mayor virtud aún.

Como ya hemos dicho al comenzar, la fortaleza es una virtud, una virtud cardinal.

Permitidme que atraiga vuestra atención hacia ejemplos poco conocidos en general, pero que atestiguan una virtud grande, a veces incluso heroica. Pienso por ejemplo en una mujer, madre de familia ya numerosa, a la que muchos “aconsejan” que elimine la vida nueva concebida en su seno y se someta a una “operación” para interrumpir la maternidad; y ella responde con firmeza: “¡no!”. Ciertamente que cae en la cuenta de toda la dificultad que este “no” comporta: dificultad para ella, para su marido, para toda la familia; y sin embargo, responde: “no”. La nueva vida humana iniciada en ella es un valor demasiado grande, demasiado “sacro”, para que pueda ceder ante semejantes presiones.

Otro ejemplo: Un hombre al que se promete la libertad y hasta una buena carrera, a condición de que reniegue de sus principios o apruebe algo contra su honradez hacia los demás. Y también éste contesta “no”, incluso a pesar de las amenazas de una parte y los halagos de otra. ¡He aquí un hombre valiente!

Superar la debilidad humana y el miedo  

Muchas, muchísimas son las manifestaciones de fortaleza, heroica con frecuencia, de las que no se escribe en los periódicos y poco se sabe. Sólo la conciencia humana las conoce... y ¡Dios lo sabe!

Deseo rendir homenaje a todos estos valientes desconocidos. A todos los que tienen el valor de decir “no” o “sí” cuando ello resulta costoso. A los hombres que dan testimonio singular de dignidad humana y humanidad profunda. Justamente por el hecho de que son ignorados, merecen homenaje y reconocimiento especial.

Según la doctrina de Santo Tomás, la virtud de la fortaleza se encuentra en el hombre:  -que está dispuesto a aggredi pericula, a afrontar los peligros; que está dispuesto a sustinere mala, o sea, a soportar las adversidades por una causa justa, por la verdad, la justicia, etc.

La virtud de la fortaleza requiere siempre una cierta superación de la debilidad humana y, sobre todo, del miedo. Porque el hombre teme por naturaleza espontáneamente el peligro, los disgustos y sufrimientos. Pero no sólo en los campos de batalla hay que buscar hombres valientes, sino en las salas de los hospitales o en el lecho del dolor. Hombres tales podían encontrarse a menudo en campos de concentración y en lugares de deportación. Eran auténticos héroes.

El miedo quita a veces el coraje cívico a hombres que viven en clima de amenaza, opresión o persecución. Así, pues, tienen valentía especial los hombres que son capaces de traspasar la llamada barrera del miedo, a fin de rendir testimonio de la verdad y la justicia. Para llegar a tal fortaleza el hombre debe “superar” en cierta manera los propios límites y “superarse” a sí mismo, corriendo el “riesgo” de encontrarse en situación ignota, el riesgo de ser mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias desagradables, injurias, degradaciones, pérdidas materiales y hasta la prisión o las persecuciones. Para alcanzar tal fortaleza, el hombre debe estar sostenido por un gran amor a la verdad y al bien a que se entrega. La virtud de la fortaleza camina al mismo paso que la capacidad de sacrificarse. Esta virtud tenía ya perfil bien definido entre los antiguos. Con Cristo ha adquirido perfil evangélico, cristiano. El Evangelio va dirigido a hombres débiles, pobres, mansos y humildes, operadores de paz, misericordiosos; y al mismo tiempo, contiene en sí un llamamiento constante a la fortaleza. Con frecuencia repite: “No tengáis miedo” (Mt 14, 27). Enseña al hombre que es necesario saber “dar la vida” (Jn 15, 13) por una causa justa, por la verdad, por la Justicia.

El ejemplo de San Estanislao de Kostka 

Deseo referirme también a otro ejemplo que nos viene de hace 400 años, pero que sigue vivo y actual. Se trata de la figura de San Estanislao de Kostka, Patrono de la juventud, cuya tumba se encuentra en la iglesia de San Andrés al Quirinale de Roma. En efecto, aquí terminó su vida a los 18 años de edad, este Santo de natural muy sensible y frágil, y que sin embargo fue bien valiente. A él, que procedía de familia noble, la fortaleza lo llevó a elegir ser pobre siguiendo el ejemplo de Cristo, y a ponerse exclusivamente a su servicio. A pesar de que su decisión encontró fuerte oposición en su ambiente, con gran amor y gran firmeza a la vez, consiguió realizar su propósito condensado en el lema “Ad maiora natus sum: He nacido para cosas más grandes”. Llegó al noviciado de los jesuitas haciendo a pie el camino de Viena a Roma, huyendo de quienes le seguían y querían, por la fuerza, disuadir a aquel “obstinado” joven de sus intentos.

Sé que en el mes de noviembre muchos jóvenes de toda Roma, sobre todo estudiantes, alumnos y novicios, visitan la tumba de San Estanislao en la iglesia de San Andrés. Yo me uno a ellos porque también nuestra generación tiene necesidad de hombres que sepan repetir con santa “obstinación”: “Ad maiora natus sum”. ¡Tenemos necesidad de hombres fuertes!

Tenemos necesidad de fortaleza para ser hombres. En efecto, hombre verdaderamente prudente es sólo el que posee la virtud de la fortaleza, del mismo modo que hombre verdaderamente justo es sólo el que tiene la virtud de la fortaleza.

Pidamos este don del Espíritu Santo que se llama “don de fortaleza”. Cuando al hombre le faltan fuerzas para “superarse” a sí mismo con miras a valores superiores como la verdad, la justicia, la vocación, la fidelidad conyugal, es necesario que este “don de lo alto” haga de cada uno de nosotros un hombre fuerte y que en el momento oportuno nos diga “en lo íntimo”: ¡Ánimo!

--------------------------------------------------------------------------------

La virtud de la templanza

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 22 de noviembre de 1978 

1. En las audiencias de mi ministerio pontificio he procurado ejecutar el “testamento” de mi predecesor predilecto Juan Pablo I. Como ya es sabido, no ha dejado un testamento escrito, porque la muerte le acogió de forma inesperada y de repente; pero ha dejado algunos apuntes de los que resulta que se había propuesto hablar, en los primeros encuentros del miércoles, sobre los principios fundamentales de la vida cristiana, o sea, sobre las tres virtudes teologales -y esto tuvo tiempo de hacerlo él-, y después, sobre las cuatro virtudes cardinales -y esto lo está haciendo su indigno Sucesor-. Hoy ha llegado el turno de hablar de la cuarta virtud cardinal, la “templanza”, llevando así a término en cierto modo el programa de Juan Pablo I, en el que podemos ver como el testamento del Pontífice fallecido.

Ser moderados o sobrios 

2. Cuando hablamos de las virtudes -no sólo de estas cardinales, sino de todas o de cualquiera de las virtudes- debemos tener siempre ante los ojos al hombre real, al hombre concreto. La virtud no es algo abstracto, distanciado de la vida, sino que, por el contrario, tiene “raíces” profundas en la vida misma, brota de ella y la configura. La virtud incide en la vida del hombre, en sus acciones y comportamiento. De lo que se deduce que, en todas estas reflexiones nuestras, no hablamos tanto de la virtud cuanto del hombre que vive y actúa “virtuosamente”; hablamos del hombre prudente, justo, valiente, y por fin, hoy precisamente, hablamos del hombre “moderado” (o también “sobrio”).

Añadamos enseguida que todos estos atributos o, más bien, actitudes del hombre, provienen de cada una de las virtudes cardinales y están relacionadas mutuamente. Por tanto, no se puede ser hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte, si no se posee asimismo la virtud de la templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente a todas las otras virtudes; pero se debe decir también que todas las otras virtudes son indispensables para que el hombre pueda ser “moderado” (o “sobrio”).

El dominio de sí mismo 

3. El mismo término “templanza” parece referirse en cierto modo a lo que está fuera del hombre. En efecto, decimos que es moderado el que no abusa de la comida, la bebida o el placer; el que no toma bebidas alcohólicas inmoderadamente, no enajena la propia conciencia por el uso de estupefacientes, etc. Pero esta referencia a elementos externos al hombre tiene la base dentro del hombre. Es como si en cada uno de nosotros existiera un “yo superior” y un “yo inferior”. En nuestro “yo inferior” viene expresado nuestro cuerpo y todo lo que le pertenece: necesidades, deseos y pasiones, sobre todo las de naturaleza sensual. La virtud de la templanza garantiza a cada hombre el dominio del “yo superior” sobre el “yo inferior”. ¿Supone acaso dicha virtud humillación de nuestro cuerpo? ¿O quizá va en menoscabo del mismo? Al contrario, este dominio da mayor valor al cuerpo. La virtud de la templanza hace que el cuerpo y los sentidos encuentren el puesto exacto que les corresponde en nuestro ser humano.

El hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el “corazón”. ¡El hombre que sabe dominarse! Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza. Esta resulta nada menos que indispensable para que el hombre “sea” plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha llegado a ser “víctima” de las pasiones que lo arrastran, renunciando por sí mismo al uso de la razón (como por ejemplo un alcohólico, un drogado), y constatamos que “ser hombre” quiere decir respetar la propia dignidad y, por ello y además de otras cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza.

4. A esta virtud se la llama también “sobriedad”. Es verdaderamente acertado que sea así. Pues, en efecto, para poder dominar las propias pasiones: la concupiscencia de la carne, las explosiones de la sensualidad (por ejemplo, en las relaciones con el otro sexo), etc., no debemos ir más allá del límite justo en relación con nosotros mismos y nuestro “yo inferior”. Si no respetamos este justo límite, no seremos capaces de dominarnos.

Esto no quiere decir que el hombre virtuoso, sobrio, no pueda ser “espontáneo”, ni pueda gozar, ni pueda llorar, ni pueda expresar los propios sentimientos; es decir, no significa que deba hacerse insensible, “indiferente”, como si fuera de hielo o de piedra. ¡No! ¡De ninguna manera! Es suficiente mirar a Jesús para convencerse de ello.

El ejemplo de Jesús 

Jamás se ha identificado la moral cristiana con la estoica. Al contrario, considerando toda la riqueza de afectos y emotividad de que todos los hombres están dotados -si bien de modo distinto: de un modo el hombre y de otro la mujer, a causa de la propia sensibilidad-, hay que reconocer que el hombre no puede alcanzar esta espontaneidad madura, si no es a través de un laborío sobre sí mismo y una “vigilancia” particular sobre todo su comportamiento. En esto consiste, por tanto, la virtud de la “sobriedad”.

La belleza «interior» del hombre y de la mujer 

5. Pienso también que esta virtud exige de cada uno de nosotros una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en nuestra naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la “del corazón”. Esta humildad es condición imprescindible para la “armonía” interior del hombre, para la belleza “interior” del hombre. Reflexionemos bien sobre ello todos, y en particular los jóvenes y, más aún, las jóvenes en la edad en que hay tanto afán de ser hermosos o hermosas para agradar a los otros. Acordémonos de que el hombre debe ser hermoso sobre todo interiormente. Sin esta belleza todos los esfuerzos encaminados al cuerpo no harán -ni de él, ni de ella- una persona verdaderamente hermosa.

El testamento de Juan Pablo I 

Por otra parte, ¿no es precisamente el cuerpo el que padece perjuicios sensibles y con frecuencia graves para la salud, si al hombre le falta la virtud de la templanza, de la sobriedad? A este propósito podrían decir mucho las estadísticas y las fichas clínicas de todos los hospitales del mundo. También tienen gran experiencia de ello los médicos que trabajan en consultorios a los que acuden esposos, novios y jóvenes. Es verdad que no podemos Juzgar la virtud basándonos exclusivamente en criterios de la salud psico-física; pero sin embargo, hay pruebas abundantes de que la falta de virtud, de templanza, de sobriedad, perjudican a la salud.

6. Es necesario que termine aquí, aunque estoy convencido de que el tema queda interrumpido, más bien que agotado. A lo mejor un día se presente la ocasión de volver sobre él.

De este modo he tratado de ejecutar, como he podido, el testamento de Juan Pablo I.

A él pido que rece por mí cuando tenga que pasar a otros temas en las audiencias del miércoles.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- 

 El Adviento

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 29 de noviembre de 1978 

Dios y el hombre 

1. Si bien el tiempo litúrgico de Adviento no comienza hasta el domingo próximo, deseo empezar a hablaros hoy de este ciclo.

Estamos ya habituados al término “adviento”, sabemos qué significa: pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto.

Adviento quiere decir “venida”.

Por tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para qué viene?

Enseguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta, que se utilizaba como establo para el ganado.

Esto lo saben los niños, lo saben también los hombres que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad. Sin embargo, muchos son los interrogantes que se plantean. El hombre tiene el derecho e incluso el deber de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría.

Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo.

2. La verdad del cristianismo corresponde a dos realidades fundamentales que no podemos perder nunca de vista. Las dos están estrechamente relacionadas entre sí. Y justamente este vínculo íntimo, hasta el punto de que una realidad parece explicar la otra, es la nota característica del cristianismo. La primera realidad se llama “Dios”, y la segunda “el hombre”. El cristianismo brota de una relación particular entre Dios y el hombre. En los últimos tiempos -en especial durante el Concilio Vaticano II- se discutía mucho sobre si dicha relación es teocéntrica o antropocéntrica. Si seguimos considerando por separado los dos términos de la cuestión, jamás se obtendrá una respuesta satisfactoria a esta pregunta. De hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo singular.

El ateísmo 

Pero es cabalmente el misterio de la Encarnación el que explica por sí mismo esta relación.

Y justamente por esto el cristianismo no es sólo una “religión de adviento”, sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la vida misma del cristianismo. Se trata de una realidad profunda y sencilla a un tiempo, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: “Si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3).

3. Para comprender hasta el fondo esta doble realidad de la que late y palpita el cristianismo, hay que remontarse hasta los comienzos mismos de la Revelación o, mejor, hasta los comienzos casi del pensamiento humano.

En los comienzos del pensar humano pueden darse concepciones diferentes; el pensar de cada individuo tiene la propia historia en su vida ya desde la infancia. Sin embargo, hablando del “comienzo” no nos proponemos tratar propiamente de la historia del pensamiento. En cambio, queremos hacer constancia de que en las bases mismas del pensar, en sus fuentes, se encuentran el concepto de “Dios” y el concepto de “hombre”. A veces están recubiertos del estrato de muchos otros conceptos distintos (sobre todo en la actual civilización, de “cosificación materialista” e incluso “tecnocrática”); pero ello no significa que aquellos conceptos no existen o no están en la base de nuestro pensar. Incluso el sistema ateo más elaborado sólo tiene sentido en el caso de que se presuponga que conoce el significado de la idea “Theos”, Dios. A este propósito la Constitución Pastoral del Vaticano II nos enseña con razón que muchas formas de ateísmo se derivan de que falta la relación adecuada con este concepto de Dios. Por ello, dichas formas son o, al menos pueden serlo, negaciones de algo o, más bien, de Algún otro que no corresponde al Dios verdadero.

4. El Adviento, en cuanto tiempo litúrgico del año eclesial, nos remonta a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en los comienzos nos encontramos enseguida con la vinculación fundamental de estas dos realidades: Dios y el hombre.

En los comienzos de la revelación 

Tomando el primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis, se comienza leyendo estas palabras: “Beresit bara: Al principio creó...”. Sigue luego el nombre de Dios que en este texto bíblico suena “Elohim”. Al principio creó, y el que creó es Dios. Estas tres palabras constituyen como el umbral de la Revelación. Al principio del libro del Génesis, no sólo con el nombre de “Elohim” se define a Dios; otros pasajes de este libro utilizan también el nombre de “Yavé”. Habla de Él aún más claramente el verbo “creó”. En efecto, este verbo revela a Dios, quién es Dios. Expresa su sustancia, no tanto en sí misma cuanto en relación con el mundo, o sea, con el conjunto de las criaturas sujetas a la ley del tiempo y del espacio. El complemento circunstancial “al principio”, señala a Dios como Aquel que existe antes de este principio, Aquel que no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio, y que “crea”, es decir, que “da comienzo” a todo lo que no es Dios, lo que constituye el mundo visible e invisible (según el Génesis, el cielo y la tierra). En este contexto el verbo “creó” dice acerca de Dios, en primer lugar, que Él existe, que es, que Él es la plenitud del ser, que tal plenitud se manifiesta como Omnipotencia, y que esta Omnipotencia es a un tiempo Sabiduría y Amor. Esto es lo que nos dice de Dios la primera frase de la Sagrada Escritura. De este modo se forma en nuestro entendimiento el concepto de “Dios”, si nos queremos referir a los comienzos de la Revelación.

Sería significativo examinar la relación en que está el concepto “Dios”, tal y como lo encontramos en los comienzos de la Revelación, con el que encontramos en la base del pensar humano (incluso en el caso de la negación de Dios, es decir, del ateísmo). Pero hoy no nos proponemos desarrollar este tema.

Las bases del cristianismo 

5. En cambio, sí queremos hacer constar que en los comienzos de la Revelación -en el mismo libro del Génesis-, y ya en el primer capítulo, encontramos la verdad fundamental acerca del hombre que Dios (Elohim) crea a su “imagen y semejanza”. Leemos en él: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gén 1, 26), y a continuación: “Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gén 1, 27).

Sobre el problema del hombre volveremos el miércoles próximo. Pero hoy debemos señalar esta relación particular entre Dios y su imagen, que es el hombre.

Esta relación ilumina las bases mismas del cristianismo.

Nos permite además dar una respuesta fundamental a dos preguntas: primera, ¿qué significa el Adviento?; y segunda, ¿por qué precisamente el Adviento forma parte de la sustancia misma del cristianismo?

Estas preguntas las dejo a vuestra reflexión. Volveremos sobre ellas en nuestras meditaciones futuras y más de una vez. La realidad del Adviento está llena de la más profunda verdad sobre Dios y sobre el hombre.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

La realidad del hombre

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 6 de diciembre de 1978 

Hermanas y hermanos queridísimos:

 Empalmo con el tema del miércoles pasado.

1. Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que “remontarse” a los comienzos y al mismo tiempo “descender” en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras del libro del Génesis: “Al principio creó Dios” (Beresit bara Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en todo su significado hay que entrar también en el tema del “hombre”.

El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta es la Revelación primera y fundamental, y también la verdad primera y fundamental de nuestro Credo). Pero al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre. A esta segunda realidad que es el hombre, nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.

Imagen y semejanza de Dios 

2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis con las que se define hombre como “imagen y semejanza de Dios”. Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis que presenta la descripción de la creación del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de crear expresado con estas palabras: “Dijo Dios... hágase”; en cambio aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador (del Dios-Elohim); así leemos: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra “hágase”, sino que de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe “reflejar”, debe como reproducir en cierto modo “la sustancia” de su Modelo. El Creador dice además “a nuestra semejanza”. Es obvio que no se debe entender como un “retrato”, sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

Sólo después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del designio de Dios-Creador, la Biblia habla del acto mismo de la creación del hombre: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gén 1, 27).

Esta descripción se completa con la bendición. Por tanto constan aquí el designio, el acto mismo de la creación y la bendición: “Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” (Gén 1, 28).

Las últimas palabras de la descripción “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 28), parecen el eco de esta bendición.

3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos; según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe “para él”, y él “ejerce dominio” sobre aquél; aunque esté condicionado de varias maneras por la naturaleza, el hombre la “domina”. La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. Al definir al hombre como “ imagen de Dios”, pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

La narración del primer capítulo del Génesis 

Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho -y sigue haciendo- en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando ciertamente tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto “imagen de Dios”, da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido el Salmo 82, 6 dice: “Sois dioses”, palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).

4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu humano.

Es muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste -al primer creado, Adán- a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos a leer puede “escandalizar” a alguno por el modo arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante la actualidad de aquella narración, cuando se tiene en cuenta el meollo del problema.

He aquí el texto: “Formó Yavé Dios al hombre y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar y el árbol de la vida, y en medio del jardín el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos... Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase... Y se dijo Yavé Dios: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él. Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 7-20).

¿De qué somos testigos? De esto: el primer hombre realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, hombre, de todas las otras criaturas y, sobre todo, de quienes en cuanto “seres vivos” -dotados de vida vegetativa y sensitiva- muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, con el “hombre”, dotado también de vida vegetativa y sensitiva. Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la constatación de la diferencia fundamental y esencial: Soy diferente. Soy más “diferente” que “semejante”. La descripción bíblica termina diciendo: “No había para el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 20).

El misterio del Adviento 

5. ¿Par qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor hondura en nuestro cristianismo.

El Adviento significa “la Venida”.

Si Dios “viene” al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una “dimensión de espera” por cuyo medio el hombre puede “acoger” a Dios, es capaz de hacerlo.

Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo “creó... a su imagen” (Gén 1, 27).

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Por qué viene el Señor

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 13 de diciembre de 1978 

1. Por tercera vez ya en estos encuentros nuestros del miércoles vuelvo a tocar el tema del Adviento siguiendo el ritmo de la liturgia que nos introduce en la vida de la Iglesia del modo más sencillo y, a la vez, más profundo. El Concilio Vaticano II, que nos ha dado una doctrina rica y universal sobre la Iglesia, atrajo nuestra atención también hacia la liturgia. A través de ésta no sólo conocemos qué es la Iglesia, sino que experimentamos día a día de qué vive. También nosotros vivimos de ella, pues somos Iglesia: “La liturgia... contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina” (Sacrosanctum Concilium, 2).

La liturgia del Adviento 

La Iglesia ahora está viviendo el Adviento, y por ello nuestros encuentros del miércoles se centran en este período litúrgico. Adviento significa “venida”. Para penetrar en la realidad del Adviento, hasta ahora hemos procurado mirar en dirección de quién es el que viene y para quién viene. Hemos hablado, por tanto, de un Dios que al crear el mundo se revela a Sí mismo: un Dios Creador. Y el miércoles pasado hablamos del hombre. Hoy seguiremos adelante para hallar respuesta más completa a la pregunta: por qué el “Adviento”, por qué viene Dios, por qué quiere venir hasta el hombre.

La liturgia del Adviento se funda principalmente en textos de los Profetas del Antiguo Testamento. En ella habla casi todos los días el Profeta Isaías. En la historia del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, él era un “intérprete” particular de la promesa que este pueblo había recibido de Dios hacía tiempo en la persona del fundador de su estirpe: Abraham. Como todos los demás profetas, y quizá más que todos, Isaías reforzaba en sus contemporáneos la fe en las promesas de Dios confirmadas por la Alianza al pie del Monte Sinaí. Inculcaba sobre todo perseverancia en la expectación y fidelidad: “Pueblo de Sión, el Señor vendrá a salvar a los pueblos y hará oír su voz majestuosa para dar gozo a vuestro corazón”(cf. Is 30, 19. 30).

Cuando Cristo estaba en el mundo aludió una y otra vez a las palabras de Isaías. Decía claramente: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21).

Los primeros capítulos del libro del Génesis 

 2. La liturgia del Adviento es de carácter histórico. La expectación de la venida del Ungido (Mesías) fue un proceso histórico. De hecho impregnó toda la historia de Israel, que fue elegido precisamente para preparar la venida del Salvador.

Pero en cierto modo nuestras consideraciones van más allá de la liturgia diaria del Adviento. Volvamos pues a la pregunta fundamental: ¿Por qué viene Dios? ¿Por qué quiere venir hasta el hombre, hasta la humanidad? Busquemos respuestas adecuadas a estas preguntas; y busquémoslas en los orígenes mismos, es decir, antes de que comenzara la historia del pueblo elegido. Este año enfocamos la atención hacia los capítulos primeros del libro del Génesis. El Adviento “histórico” no sería inteligible sin la lectura cuidadosa y el análisis de esos capítulos.

Por tanto, buscando una respuesta a la pregunta ¿”por qué” el Adviento?, debemos volver a leer otra vez atentamente toda la descripción de la creación del mundo y, en particular, de la creación del hombre. Es significativo (y ya he tenido ocasión de aludir a ello) cómo cada uno de los días de la creación terminan constatando “vio Dios ser bueno”. Y después de la creación del hombre: “...vio ser muy bueno”. Como ya dije la semana pasada, esta constatación se enlaza con la bendición de la creación y, sobre todo, con la bendición explícita del hombre.

En toda esta descripción está ante nosotros un Dios que se complace en la verdad y en el bien, según la expresión de San Pablo (cf. 1 Cor 13, 6). Allí donde está la alegría que brota del bien, allí está el amor. Y sólo donde hay amor, existe la alegría que procede del bien. El libro del Génesis, desde los primeros capítulos, nos revela a Dios que es amor (si bien esta expresión la utilizará San Juan mucho más tarde). Es amor porque goza con el bien. Por consiguiente, la creación es a la vez donación auténtica: donde hay amor, hay don.

El libro del Génesis señala el comienzo de la existencia del mundo y del hombre. Al interpretarla, debemos ciertamente construir, como lo ha hecho Santo Tomás de Aquino, una consiguiente filosofía del ser, filosofía en la que quedará expresado el orden mismo de la existencia. Sin embargo, el libro del Génesis habla de la creación como don. Al crear el mundo visible, Dios es el donante, y el hombre es el que recibe el don. Es aquel para quien Dios crea el mundo visible, aquel a quien Dios introduce desde los comienzos no sólo en el orden de la existencia, sino también en el orden de la donación. El hecho de que el hombre es “imagen y semejanza” de Dios significa, entre otras cosas, que es capaz de recibir el don, que es sensible a este don y que es capaz de corresponder a él. Por esto precisamente establece Dios desde el principio con el hombre -y sólo con él- la alianza. El libro del Génesis nos revela no sólo el orden natural de la existencia, sino también, a la vez y desde el principio, el orden sobrenatural de la gracia. De la gracia podemos hablar sólo si admitimos la realidad del don. Recordemos el catecismo: la gracia es el don sobrenatural de Dios por el que llegamos a ser hijos de Dios y herederos del cielo.

Dios Salvador 

3. ¿Qué relación tiene todo esto con el Adviento?, podemos preguntarnos con razón. Contesto: El Adviento se delineó por vez primera en el horizonte de la historia del hombre cuando Dios se reveló a Sí mismo como Aquel que se complace en el bien, que ama y da. En este don al hombre Dios no se limitó a “darle” el mundo visible -esto está claro desde el principio-, sino que al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como “se da a sí mismo” a otro hombre: de persona a persona, es decir, darse a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a la participación en su vida. Esto se lleva a efecto de modo palpable en las relaciones familiares de marido y mujer, de padres e hijos. He aquí por qué los Profetas se refieren muy a menudo a tales relaciones para hacer ver la imagen auténtica de Dios.

El orden de la gracia es posible sólo “en el mundo de las personas”. Y se refiere al don que tiende siempre a la formación y comunión de las personas; de hecho, el libro del Génesis nos presenta tal donación. En él la forma de esta “comunión de personas” está delineada ya desde el principio. El hombre esta llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad (con su mismo Ser).

Para todo ello es necesaria la Venida de Dios y la expectación del hombre, la disponibilidad del hombre.

Sabemos que el primer hombre, que disfrutaba de esta inocencia virginal y de particular cercanía de su Creador, no mostró tal disponibilidad. La primera alianza de Dios con el hombre quedó interrumpida. Pero nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se quebrantó el orden de la gracia y, por eso, el Adviento dura siempre.

La realidad del Adviento está expresada, entre otras, en las palabras siguientes de San Pablo: “Dios... quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).

Este “Dios quiere”, es justamente el Adviento y se encuentra en la base de todo adviento.

-------------------------------------------------------------------------------

El Señor está cerca

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 20 de diciembre de 1978 

1. Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión para la cuarta y última meditación sobre el Adviento. El Señor está cerca, nos lo recuerda cada día la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor la sentimos todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las maravillosas “Antífonas mayores” del Adviento, como todos los cristianos que tratan de preparar el corazón y la conciencia para su venida. Sé que en este período los confesionarios de las iglesias de mi patria, Polonia, están asediados (no menos que en Cuaresma). Pienso que ocurra también así en Italia y dondequiera que un profundo espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el alma al Señor que está para venir. La alegría mayor de esta espera del Adviento es la que viven los niños. Recuerdo que precisamente ellos iban de prisa, muy contentos a las parroquias de mi patria para las Misas de la Aurora (llamadas “Rorate...” por la palabra con que se abre la liturgia: Rorate coeli, gotead, cielos, desde arriba, Is 45, 8). Ellos contaban día tras día los “peldaños” que todavía quedaban en la “escalera celeste” por la que Jesús bajaría a la tierra, para poderlo encontrar en la Noche Buena sobre el pesebre de Belén.

¡El Señor está cerca!

El pecado 

2. Hace ya una semana, hablábamos de este acercarse del Señor. Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones del miércoles, elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la humanidad, es decir, al libro del Génesis, las verdades fundamentales del Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación se revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, “refleja” a Dios en el mundo visible creado. Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras meditaciones durante el Adviento. Después, el tercer tema puede resumirse brevemente en la palabra: “gracia”. “Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe de su verdad, de su amor, de su misterio, para que pueda participar en la vida del mismo Dios. “El árbol de la vida” simboliza esta realidad ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura. Pero en estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol: el libro del Génesis lo llama “el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el fruto del árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Esta expresión puede sonar a leyenda arcaica. Pero profundizando más en “la realidad del hombre”, como nos es dado entenderla en su historia terrena -tal como a cada uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra conciencia moral-, nos damos cuenta mejor de que no podemos permanecer indiferentes, moviendo los hombros ante estas imágenes bíblicas primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia.

Ovidio, el antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dicho de manera explícita: “Video meliora proboque, deteriora sequor, Veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor” (Metamorfosis VII, 20)? Sus palabras no distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo: “No sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (cf. Rom 7, 15). El hombre mismo, después del pecado original, está entre “el bien y el mal”.

 “La realidad del hombre” -la más profunda “realidad del hombre”-, parece desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha sido definido como el “árbol de la vida” y “el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Por esto, en nuestras meditaciones sobre el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las realidades esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el que se expresa con la palabra: pecado.

La dimensión ética de la vida humana 

3. Pecado. El catecismo nos dice, de manera sencilla y fácil de recordar, que es la transgresión del mandamiento de Dios. Indudablemente el pecado es la transgresión de un principio moral, violación de una “norma” -y sobre esto todos están de acuerdo, aún los que no quieren oír hablar de “los mandamientos de Dios”-. También ellos están concordes en admitir que las principales normas morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son precisamente los que nosotros conocemos como “mandamientos de Dios”, (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres, se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su característica esencial, y es también la dimensión esencial de la cultura humana.

Querría, sin embargo, que hoy nos centráramos sobre aquel “primer pecado” que -a pesar de cuanto se piensa comúnmente- está descrito con tanta precisión en el libro del Génesis, que demuestra toda la profundidad de la “realidad del hombre” encerrada en él. Este pecado “nace” al mismo tiempo “del exterior”, es decir, de la tentación, y “de dentro”. La tentación se expresa con las siguientes palabras del tentador: “Sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gén 3, 5). El contenido de la tentación toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre -porque, de hecho, ha sido creado a “semejanza de Dios”, que quiere decir “igual que Dios”-. Toca también al anhelo de conocer qué hay en el hombre y el anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer, como el de dignidad -es decir, la semejanza con Dios- en el hecho de la tentación son utilizados para contraponer al hombre con Dios. El tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios es su adversario, que intenta mantener al hombre en estado de “ignorancia”; que pretende “limitarlo” para subyugarlo. El tentador dice: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Según la antigua versión: “seréis como Dios”, Gén 3, 4-5).

El Adviento 

Es preciso meditar, más de una vez, esta descripción “arcaica“. No sé si aún en la Sagrada Escritura se pueden encontrar otros muchos pasajes en los que se describa la realidad del pecado no sólo en su forma de origen, sino también en su esencia, esto es, donde se presente la realidad del pecado en dimensiones tan plenas y profundas, demostrando cómo el hombre haya utilizado contra Dios, precisamente lo que en él había de Dios, lo que debía servir para acercarlo a Dios.

4. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Para comprender mejor el Adviento. Adviento quiere decir: Dios que viene, porque quiere que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia.

Pero viene “por causa del pecado”, viene “a pesar del pecado”, viene para quitar el pecado.

Por eso no nos extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).

Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado.

--------------------------------------------------------------------------------

La Navidad del Señor 

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 27 de diciembre de 1978 

Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María 

1. Nos encontramos en el tiempo litúrgico de Navidad. Deseo, por tanto, que las palabras que os dirija hoy respondan al gozo de esta fiesta y de esta octava. Deseo también que respondan a la sencillez y profundidad que la Navidad irradia en todos. Me aflora a la memoria espontáneamente el recuerdo de mis sentimientos y vivencias comenzando desde los años de mi infancia en la casa paterna, y siguiendo por los años difíciles de la juventud, durante el período de la segunda guerra, la guerra mundial. ¡Que no se repita jamás en la historia de Europa y del mundo! Y sin embargo, hasta en los peores años Navidad ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y este rayo penetraba incluso en las experiencias más duras de desprecio del hombre, de aplastamiento de su dignidad, y de crueldad. Para darse cuenta de ello basta tomar en las manos las memorias de los hombres que han pasado por cárceles o campos de concentración, por frentes de guerra o interrogatorios y procesos.

Este rayo de la noche de Navidad, rayo del nacimiento de Dios, no es sólo el recuerdo de las luces del árbol junto al pesebre en casa, en la familia o en la iglesia parroquial, sino algo más. Es la chispa de luz más profunda de la humanidad a quien Dios ha visitado, esta humanidad acogida de nuevo y asumida por Dios mismo; asumida en el Hijo de María en la unidad de la Persona divina: el Hijo Verbo. La naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en cada uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el Padre. La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos; alcanza también aquellas partes o esferas de la existencia de los hombres en las que todo pensamiento acerca de Dios ha sido como ofuscado, y parece estar ausente como si se hubiera quemado y apagado del todo. Y he aquí que con la noche de Navidad apunta un resplandor: ¿Acaso... a pesar de todo? Bienaventurado este “acaso... a pesar de todo”: es un indicio de fe y esperanza.

Buscar y encontrar a Cristo 

2. En la fiesta de Navidad leemos que los pastores de Belén fueron convocados los  primeros al pesebre a ver al recién nacido: “Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre” (Lc 2, 16).

Detengámonos en ese “encontraron”. Esta palabra indica búsqueda. En efecto, los pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño, no sabían que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo que habían anunciado desde hacía siglos los Profetas del pueblo al que ellos mismos pertenecían; y que iba a tener cumplimiento precisamente aquella noche; y que se realizaría en las proximidades del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni dónde había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el resultado de una búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido llevados y conducidos -según leemos- por la voz y la luz. Y si nos remontamos más en el pasado, los vemos guiados por la tradición de su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel habla recibido la promesa del Mesías.

Y he aquí que el Evangelio habla de los sencillos, los modestos, los pobres de Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle. Además, habla con toda sencillez, como si se tratara de un acontecimiento “exterior”; han buscado dónde podría estar y finalmente lo han encontrado. A la vez, este “encontraron” de Lucas, indica una dimensión interior, lo que se verificó en los hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de Belén: “Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre”, y después “...se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había dicho” (Lc 2, 16. 20).

3. “Encontraron” indica “búsqueda”.

El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente en la humanidad misma del ser humano.

Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su “¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con dificultades como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es sabido que incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho ver su rostro amenazador.

No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).

Esta es la verdad sobre el hombre.

No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar al hombre, porque lo define.

¿Qué decir del ateísmo frente a esta verdad? Es necesario decir muchas cosas, más de las que se pueden encerrar en el marco de este breve discurso mío. Pero es preciso decir al menos una cosa: es indispensable aplicar un criterio, el criterio de la libertad del espíritu humano. No va de acuerdo con este criterio -criterio fundamental- el ateísmo, ya sea cuando niega a priori que el hombre es el ser que busca a Dios, o también cuando mutila de diversas maneras esa búsqueda en la vida social, pública y cultural. Tal comportamiento es contrario a los derechos fundamentales del hombre.

La necesidad más profunda del alma humana 

4. Pero no quiero detenerme en esto. Si hago alusión a ello es para mostrar toda la belleza y la dignidad de la búsqueda de Dios.

Este pensamiento me lo ha sugerido la fiesta de Navidad.

¿Cómo ha nacido Cristo? ¿Cómo ha venido al mundo? ¿Por qué ha venido al mundo?

Ha venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres; los que lo buscan. Al igual que lo encontraron los pastores en la gruta de Belén.

Diré más todavía. Jesús ha venido al mundo para revelar toda la dignidad y nobleza de la búsqueda de Dios, que es la necesidad más profunda del alma humana, y para salir al encuentro de esta búsqueda.

La necesidad más profunda del alma humana   

----------------------------------------------------------------------------

1979 

La Sagrada Familia 

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 3 de enero de 1979 

La venida de Cristo 

1. La última noche de espera de la humanidad, que nos recuerda cada año la liturgia de la Iglesia con la vigilia y la fiesta de la Navidad del Señor, es al mismo tiempo la noche en que se cumplió la Promesa. Nace Aquel que era esperado, que era el fin del adviento y no cesa de serlo. Nace Cristo. Esto sucedió una vez, la noche de Belén, pero en la liturgia se repite cada año, en cierto modo se “actúa” cada año. Y asimismo cada año aparece rico de los mismos contenidos divinos y humanos; éstos hasta tal grado sobreabundan, que el hombre no es capaz de abarcarlos todos con una sola mirada; y es difícil encontrar palabras para expresarlos todos juntos. Incluso nos parece demasiado breve el período litúrgico de Navidad, para detenernos ante este acontecimiento que más presenta las características de mysterium fascinosum, que de mysterium tremendum. Demasiado breve para “gozar” en plenitud de la venida de Cristo, el nacimiento de Dios en la naturaleza humana. Demasiado breve para desenmarañar cada uno de los hilos de este acontecimiento y de este misterio.

Las lecciones de Belén y Nazaret 

2. La liturgia centra nuestra atención en uno de esos hilos y le da relieve particular. El nacimiento del Niño la noche de Belén dio comienzo a la familia. Por esto, el domingo dentro de la octava de Navidad es la fiesta de la Familia de Nazaret. Esta es la Santa Familia porque fue plasmada por el nacimiento de Aquel a quien incluso su “Adversario” se verá obligado a proclamarlo un día “Santo de Dios” (Mc 1, 24). Familia santa porque la santidad de Aquel que ha nacido se ha hecho manantial de santificación singular, tanto de su Virgen-Madre, como del Esposo de Esta, que como consorte legítimo venía considerado entre los hombres padre del Niño nacido en Belén durante el censo.

Esta Familia es al mismo tiempo familia humana y, por ello, la Iglesia se dirige en el período navideño a todas las familias humanas a través de la Sagrada Familia. La santidad imprime un carácter único, excepcional, irrepetible, sobrenatural, a esta Familia en la que ha venido el Hijo de Dios al mundo. Y al mismo tiempo, todo cuanto podemos decir de cada familia humana, de su naturaleza, deberes, dificultades, lo podemos decir también de esta Familia Sagrada. De hecho, esta Santa Familia es realmente pobre; en el momento del nacimiento de Jesús está sin casa, después se verá obligada al exilio, y una vez pasado el peligro, sigue siendo una familia que vive modestamente, con pobreza, del trabajo de sus manos.

Su condición es semejante a la de tantas otras familias humanas. Aquella es el lugar de encuentro de nuestra solidaridad con cada familia, con cada comunidad de hombre y mujer en la que nace un nuevo ser humano. Es una familia que no se queda sólo en los altares, como objeto de alabanza y veneración, sino que a través de tantos episodios que conocemos por el Evangelio de San Lucas y San Mateo, está cercana de algún modo a toda familia humana; se hace cargo de los problemas profundos, hermosos y, al mismo tiempo, difíciles que lleva consigo la vida conyugal y familiar. Cuando leemos con atención lo que los Evangelistas (sobre todo Mateo) han escrito sobre las vicisitudes experimentadas por José y María antes del nacimiento de Jesús, los problemas a que he aludido más arriba se hacen aún más evidentes.

El misterio de la Encarnación del Verbo y las vicisitudes del hombre 

3. La solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de la Sagrada Familia, nos resultan especialmente cercanas y entrañables, precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental de nuestra fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la dimensión no menos fundamental de las vivencias del hombre. Todos deben reconocer que esta dimensión esencial de las vivencias del hombre es cabalmente la familia. Y en la familia, lo es la procreación: un hombre nuevo es concebido y nace, y a través de esta concepción y nacimiento, el hombre y la mujer, en su calidad de marido y mujer, llegan a ser padre y madre, procreadores, alcanzando una dignidad nueva y asumiendo deberes nuevos. La importancia de estos deberes fundamentales es enorme bajo muchos puntos de vista. No sólo desde el punto de vista de la comunidad concreta que es su familia, sino también desde el punto de vista de toda comunidad humana, de toda sociedad, nación, estado, escuela, profesión, ambiente. Todo depende en líneas generales del modo como los padres y la familia cumplan sus deberes primeros y fundamentales, del modo y medida con que enseñen a “ser hombre” a esa criatura que gracias a ellos ha llegado a ser un ser humano, ha obtenido “la humanidad”. En esto la familia es insustituible. Es necesario hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada. Lo requiere no sólo el bien “privado” de cada persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación o estado de cualquier continente. La familia está situada en el centro mismo del bien común en sus varias dimensiones, precisamente porque en ella es concebido y nace el hombre. Es necesario hacer todo lo posible para que desde su momento inicial, desde la concepción, este ser humano sea querido, esperado, vivido como un valor particular, único e irrepetible. Este ser debe sentirse importante, útil, amado y valorado, incluso si está inválido o es minusválido; es más, por esto precisamente más amado aún.

Así nos enseña el misterio de la Encarnación. Esta es asimismo la lógica de nuestra fe. Esta es también la lógica de todo humanismo auténtico; pienso, en efecto, que no puede ser de otra manera. No estamos buscando aquí elementos de contraposición, sino puntos de encuentro que son simple consecuencia de la verdad total acerca del hombre. La fe no aleja a los creyentes de esta verdad, sino que los introduce en el mismo corazón de ella.

La vida es sagrada desde el momento de la concepción  

4. Algo más aún. La noche de Navidad, la Madre que debía dar a luz (Virgo paritura), no encontró un cobijo para sí. No encontró las condiciones en que se realiza normalmente aquel gran misterio divino y humano a un tiempo, de dar a la luz un hombre.

Permitidme que utilice la lógica de la fe y la lógica de un consecuente humanismo. Este hecho del que hablo es un gran grito, un desafío permanente a cada uno y a todos, acaso más en particular en nuestra época, en la que a la madre que espera un hijo se le pide con frecuencia una gran prueba de coherencia moral. En efecto, lo que viene llamado con eufemismo “interrupción de la maternidad” (aborto), no puede evaluarse con otras categorías auténticamente humanas que no sean las de la ley moral, esto es, de la conciencia. Mucho podrían decir a este propósito, si no las confidencias hechas en los confesionarios, sí ciertamente las hechas en los consultorios para la maternidad responsable.

Por consiguiente, no se puede dejar sola a la madre que debe dar a luz; no se la puede dejar con sus dudas, dificultades y tentaciones. Debemos estar junto a ella para que tenga el valor y la confianza suficientes de no gravar su conciencia, de no destruir el vínculo más fundamental de respeto del hombre hacia el hombre. Pues, en efecto, tal es el vínculo que tiene principio en el momento de la concepción; por ello, todos debemos estar de alguna manera con todas las madres que deben dar a luz, y debemos ofrecerles toda ayuda posible.

Miremos a María, virgo paritura (Virgen que va a dar a luz). Mirémosla nosotros Iglesia, nosotros hombres, y tratemos de entender mejor la responsabilidad que trae consigo la Navidad del Señor hacia cada hombre que ha de nacer sobre la tierra. Por ahora nos paramos en este punto e interrumpimos estas consideraciones; ciertamente deberemos volver de nuevo sobre ello. y no una vez sola.

-------------------------------------------------------------------------------

El significado de la maternidad en la sociedad y en la familia

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 10 de enero de 1979 

1. Ha llegado al final el tiempo de Navidad. Ha pasado también la fiesta de Epifanía. Pero las meditaciones de nuestros encuentros del miércoles seguirán haciendo referencia al contenido fundamental de las verdades que nos pone ante los ojos todos los años el tiempo navideño. Aparecen dichas verdades con densidad particular. Se necesita tiempo para contemplarlas con los ojos abiertos del espíritu, que tiene derecho y necesidad de meditar la verdad y contemplar toda su sencillez y profundidad.

María, Madre de Dios 

Durante la octava de Navidad, la Iglesia nos hace dirigir la mirada del espíritu al misterio de la Maternidad. El último día de la octava, que es el primero del año nuevo, es la fiesta de la Maternidad de la Madre de Dios. De este modo se resalta “el puesto” de la Madre, “la dimensión” materna de todo el misterio del nacimiento de Dios.

2. Esta Madre lleva el nombre de María. La Iglesia la venera de modo particular. Le rinde un culto que supera el de los otros santos (cultus iperduliae). La venera así, precisamente porque ha sido la Madre; porque ha sido elegido para ser la Madre del Hijo de Dios; porque a ese Hijo, que es el Verbo eterno, le ha dado en el tiempo “el cuerpo”, le ha dado en un momento histórico “la humanidad”. La Iglesia incluye esta veneración particular de la Madre de Dios en todo el ciclo del año litúrgico, durante el que se acentúa de modo discreto y a la vez solemne, el momento de la concepción humana del Hijo de Dios, a través de la Anunciación celebrada el 25 de marzo, nueve meses antes de Navidad. Se puede decir que, durante el período desde el 25 de marzo hasta el 25 de diciembre, la Iglesia camina con María que espera como toda madre el momento del nacimiento, el día de Navidad. Y contemporáneamente, durante este período, María “camina” con la Iglesia. Su expectación materna está inscrita de modo discreto en la vida de la Iglesia de cada año. Todo lo que sucedió en Nazaret, Ain Karim y Belén, es el tema de la liturgia de la vida de la Iglesia, de la plegaria -especialmente de la plegaria del Rosario- y de la contemplación. Hoy ha desaparecido ya del año litúrgico una fiesta particular dedicada a la Virgen paritura (que va a dar a luz), la fiesta de la “Expectación” materna de la Virgen, celebrada el 18 de diciembre.

Madre de todos los hombres 

3. Introduciendo de esta manera en el ritmo de su liturgia el misterio de la “Expectación materna de María”, sobre el trasfondo del misterio de aquellos meses que unen el momento del nacimiento con el momento de la Concepción, la Iglesia medita toda la dimensión espiritual de la Maternidad de la Madre de Dios.

Esta maternidad “espiritual” (quoad spiritum) comenzó al mismo tiempo que la maternidad física (quoad corpus). En el momento de la Anunciación, María tuvo este diálogo con el Anunciante: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?” (Lc 1, 34); respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el Hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). En concomitancia con la maternidad física (quoad corpus) comenzó su maternidad espiritual (quoad spiritum). Esta maternidad llenó así los nueve meses de espera a partir del momento del nacimiento y los treinta años pasados entre Belén, Egipto y Nazaret, así como también los años siguientes en que Jesús, después de dejar la casa de Nazaret, enseñó el Evangelio del reino, años que se concluyeron con los sucesos del Calvario y de la cruz. Allí la maternidad “espiritual” llegó en cierto sentido a su momento clave. “Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26). Así, de manera nueva, la vinculó a Ella, su propia Madre, al hombre: al hombre a quien transmitió el Evangelio. La ha vinculado a cada hombre. La ha vinculado a la Iglesia el día de su nacimiento histórico, el día de Pentecostés. Desde aquel día toda la Iglesia la tiene por Madre. Y todos los hombres la tienen por Madre. Estos entienden como dirigidas a cada uno, las palabras pronunciadas en lo alto de la cruz. Madre de todos los hombres. La maternidad espiritual no conoce límites. Se extiende en el tiempo y en el espacio. Alcanza a tantos corazones humanos. Alcanza a naciones enteras. La maternidad constituye tema predilecto y acaso el más frecuente de la creatividad del espíritu humano. Es un elemento constitutivo de la vida interior de tantos hombres. Es una clave de bóveda de la cultura humana. Maternidad: realidad humana grande, espléndida, fundamental, denominada desde el principio con el mismo nombre por el Creador. Acogida de nuevo en el misterio del nacimiento de Dios en el tiempo. En él, en este misterio, entrañada. Inseparablemente unida a él.

Una realidad grande, espléndida, fundamental 

4. En los primeros días de mi ministerio en la Sede romana de San Pedro, tuve el placer de encontrarme con un hombre que desde la primera entrevista me resultó especialmente cercano. Permitidme que no pronuncie aquí el nombre de esta persona, cuya autoridad es tan grande en la vida de la nación italiana, y cuyas palabras escuché yo también el último día del año con atención unida a gratitud. Eran palabras sencillas, profundas y rebosantes de interés por el bien del hombre, de la patria y de la humanidad entera; y en particular, de la juventud. Me perdonará mi egregio interlocutor si me permito referirme de algún modo, sin decir su nombre, a las palabras que le oí en aquel primer encuentro. Dichas palabras se referían a la madre, a su madre. Después de tantos años de vida, experiencia, luchas políticas y sociales, él recordaba a su madre como la persona a quien debía junto con la vida, también todo lo que constituye el comienzo y el armazón de la historia de su espíritu. Escuché aquellas palabras con emoción sincera. Las grabé en la memoria y no las olvidaré jamás. Eran para mí como un anuncio y, al mismo tiempo, como una llamada.

No hablo aquí de mi madre, porque la perdí demasiado pronto; si bien debo a ella las mismas cosas que mi egregio interlocutor manifestó con tanta sencillez. Por esto me permito hacer referencia a lo que le escuché.

Hacer todo lo posible para que la mujer sea merecedora de amor y veneración 

5. Y hablo hoy de esto para cumplir lo que anuncié hace una semana. Entonces dije que debemos estar al lado de cada madre que espera un hijo; que debemos rodear de atención particular la maternidad y el gran acontecimiento asociado a ésta, o sea, la concepción y el nacimiento del hombre, que se sitúan siempre en la base de la educación humana. La educación se apoya en la confianza en aquella que ha dado la vida. Esta confianza no puede exponerse a peligros. En el tiempo de Navidad la Iglesia proyecta ante los ojos de nuestra alma la Maternidad de María, y lo hace el primer día del año nuevo. Lo hace para poner en evidencia asimismo la dignidad de cada madre, para definir y recordar el significado de la maternidad, no sólo en la vida de cada hombre, sino igualmente en toda la cultura humana. La maternidad es la vocación de la mujer. Es una vocación eterna y, a la vez, contemporánea. “La Madre que comprende todo y con el corazón abraza a cada uno”, son palabras de una canción que canta la juventud en Polonia y que me vienen a la mente en este momento; la canción proclama seguidamente que hoy el mundo de modo particular “tiene hambre y sed” de esa maternidad, que constituye “física y espiritualmente” la vocación de la mujer, al igual que lo es de María.

Es necesario hacer lo imposible para que la dignidad de esta vocación espléndida no se destroce en la vida interior de las nuevas generaciones; para que no disminuya la autoridad de la mujer-madre en la vida familiar, social y pública, y en toda nuestra civilización: en toda nuestra legislación contemporánea, en la organización del trabajo, en las publicaciones, en la cultura de la vida diaria, en la educación y en el estudio. En todos los campos de la vida.

Este es un criterio fundamental.

Debemos hacer todo lo posible para que la mujer sea merecedora de amor y veneración. Debemos hacer lo imposible para que los hijos, la familia, la sociedad descubran en ella la misma dignidad que vio Cristo en la mujer.

“Mater genetrix, spes nostra!: ¡Madre que das la vida, esperanza nuestra!”.

------------------------------------------------------------------------------

La oración es el alma de todo el movimiento ecuménico

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 17 de enero de 1979 

Mañana comienza el Octavario mundial de Oración por la Unidad de los Cristianos. Por eso, querría hoy reflexionar junto con vosotros sobre este importante tema que compromete a cada uno de los bautizados, pastores y fieles (cf. Unitatis redintegratio, 5), a cada uno según su propia capacidad, su propia función y el puesto que ocupa en la Iglesia.

El Papa, servidor de la unidad 

1. Este problema compromete de modo especial al Obispo de esta antigua Iglesia de Roma, fundada sobre la predicación y el testimonio del martirio de San Pedro y San Pablo. El servicio a la unidad es el deber primordial del ministerio del Obispo de Roma.

Por eso estoy satisfecho al saber que en nuestra diócesis de Roma, como en tantas otras diócesis del mundo, se organiza este Octavario con esmero y con el fin de comprometer a todos, parroquias, comunidades religiosas, organizaciones católicas, escuelas, grupos juveniles, e incluso ambientes de sufrimiento, como los hospitales. Estoy satisfecho al saber que, donde es posible, se trata de organizar también plegarias en común con otros hermanos cristianos, en armonía de sentimientos, a fin de que, obedeciendo a la voluntad del Señor, podamos crecer en la fe, hacia la unidad plena, para edificación del Cuerpo de Cristo, “hasta que todos alcancemos la unidad de la fe -como escribe San Pablo a los primeros cristianos de Éfeso- y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la talla (que corresponde) a la plenitud de Cristo (Ef 4, 13).

Es un don de Dios 

La búsqueda de la unidad debe penetrar todos los niveles de la vida de la Iglesia, comprometer a todo el Pueblo de Dios, para llegar finalmente a una profesión de fe concorde y unánime.

2. La oración es un medio privilegiado para la participación en la búsqueda de la unidad de todos los cristianos. Jesucristo mismo nos ha dejado su último deseo de unidad a través de una oración al Padre: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

El Concilio Vaticano II también nos ha recomendado fuertemente la oración por la unidad de los cristianos, definiéndola como “el alma de todo el movimiento ecuménico” (Unitatis redintegratio, 8). Lo mismo que el alma al cuerpo, así la oración da vida, coherencia, espíritu, finalidad al movimiento ecuménico.

La oración, ante todo, nos sitúa ante el Señor, nos purifica en las intenciones, en los sentimientos, en nuestro corazón, y produce aquella “conversión interior”, sin la cual no hay verdadero ecumenismo (cf. Unitatis redintegratio, 7).

La oración, además, nos recuerda que la unidad, en definitiva, es un don de Dios, don que debemos pedir y prepararnos a él para que nos sea concedido. La unidad, lo mismo que cada don, como cada gracia, depende “de Dios que tiene misericordia” (Rom 9, 16). Porque la reconciliación de todos los cristianos “supera las fuerzas y la capacidad humana” (Unitatis redintegratio, 24), la oración continua y ferviente manifiesta nuestra esperanza, que no engaña, y nuestra confianza en el Señor que hará nuevas todas las cosas (Cf. Rom 5, 5; Ap 21, 5).

Respuesta fiel de los cristianos 

3. Pero la acción de Dios exige nuestra respuesta, cada vez más fiel, cada vez más plena. Esto también y sobre todo para la construcción de la unión de todos los cristianos.

Este año, el tema del Octavario de Oración por la Unidad reclama nuestra atención precisamente sobre el ejercicio de algunas virtudes fundamentales de la vida cristiana: “Estad los unos al servicio de los otros para la gloria de Dios”. Este tema está tomado de un pasaje de la primera Carta de San Pedro (1 Pe 4, 7-11). El Apóstol se dirige a algunas comunidades de la diáspora, del Ponto, de Galacia, de Capadocia, de Bitinia, de Asia, en un momento de dificultades particulares. Llama a estas comunidades a la fe cristiana y afirma que el fin de todo está cercano” (1 Pe 4, 7). El tiempo en que vivimos es el tiempo escatológico, es decir, el tiempo que va desde la redención realizada por Cristo, hasta su retorno glorioso. Por esto, es preciso vivir en esperanza activa. En este contexto el Apóstol Pedro llama a la sobriedad para dedicarse a la oración, pide que se conserve la caridad, “una ferviente caridad”, que se practique la hospitalidad, y esto significa la apertura y la donación generosa a los hermanos, en particular, a los marginados, a los emigrantes, pide que se viva de acuerdo con el don recibido y que se ponga ese don al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.

La escucha fiel de estos consejos y su realización práctica, por una parte, purifica las relaciones entre las personas, porque “la caridad cubre la muchedumbre de los pecados” (1 Pe 4, 8), por otra, afianza a la comunidad, la refuerza y la hace crecer. Se trata de un verdadero ejercicio en la búsqueda de la unidad. El tema nos propone vivir juntos, en cuanto sea posible, la herencia común a los cristianos. Los contactos, la cooperación, el amor mutuo, el servicio recíproco, hacen que nos conozcamos mejor los unos a los otros, nos hacen descubrir lo que tenernos en común y nos hacen ver, además, cuanto hay todavía de divergente entre nosotros. Estos contactos nos impulsan también a encontrar caminos para superar tales divergencias.

Camino largo de esperanza 

El Concilio Vaticano II nos puso de relieve que con la cooperación se puede aprender fácilmente “cómo se allana el camino para la unión de los cristianos” (Unitatis redintegratio, 12). Efectivamente, la oración, la caridad mutua, el servicio de unos a otros, construyen la comunión entre los cristianos y los guían hacia la plena unidad.

4. En este Octavario nuestra oración por la unión de los cristianos debe ser, ante todo, oración de agradecimiento y de impetración. Sí, debemos dar gracias al Señor que ha suscitado entre todos los cristianos el deseo de la unión (cf. Unitatis redintegratio, 1), y que ha bendecido esta búsqueda que cada vez se extiende y se profundiza más.

La Iglesia católica, en estos últimos tiempos, ha entablado relaciones con todas las otras Iglesias y Comunidades eclesiales; relaciones que deseamos continuar y profundizar con esperanza y confianza. El diálogo de la caridad con las Iglesias ortodoxas del Oriente nos ha hecho descubrir una comunión casi plena, aunque todavía imperfecta. Es motivo de consuelo ver cómo esta nueva actitud de comprensión no se reduce sólo a los más altos responsables de las Iglesias, sino que penetra gradualmente en las Iglesias locales, porque el intercambio de relaciones a nivel local es indispensable para un progreso ulterior.

La práctica de las virtudes a las que nos invita este Octavario de Oración puede, además hacer surgir nuevas experiencias creadoras de unidad. A este propósito, quiero recordar que está para comenzar un diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias orientales de tradición bizantina, para eliminar las dificultades que aún impiden la concelebración eucarística y la plena unidad. Es fin momento importante y por eso imploramos la ayuda de Dios. Desde hace tiempo también están en curso diálogos con los hermanos de Occidente, anglicanos, luteranos, metodistas, reformados, y se han encontrado consoladoras convergencias sobre temas que en el pasado constituían profundas divergencias. Además, se han entablado relaciones fructuosas con el Consejo Ecuménico de las Iglesias y con otras Organizaciones cristianas confesionales e interconfesionales. Pero no ha terminado el camino, y debemos continuarlo para llegar a la meta. Por eso, renovamos nuestra oración al Señor a fin de que dé a todos los cristianos luz y fuerza para hacer cuanto sea posible por conseguir cuanto antes la plena unidad en la verdad, de manera que, “abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra Cabeza, Cristo, por quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y lo nutren según la operación de cada miembro, va obrando mesuradamente su crecimiento en orden a su conformación en la caridad” (Ef 4, 15-16).

Escúchanos, Señor 

5. Y ahora, queridos hermanos y hermanas, unámonos en la oración y hagamos nuestras las intenciones antes expuestas, con las siguientes invocaciones, a las que todos estáis invitados a responder: ¡Escúchanos, Señor!

-En el Espíritu de Cristo, Nuestro Señor, oremos por la Iglesia católica y por las otras Iglesias, por toda la humanidad.

-Todos: ¡Escúchanos, Señor!

-Oremos por todos los que sufren persecuciones por la justicia y por cuantos trabajan por la liberad y la paz.

-Todos: ¡Escúchanos, Señor!

-Oremos por los que ejercen algún ministerio en la Iglesia, por quienes tienen responsabilidades especiales en la vida social y por todos los que están al servicio de los pequeños y de los débiles.

-Todos: ¡Escúchanos, Señor!

-Pidamos a Dios para nosotros mismos el valor de perseverar en nuestro empeño por la realización de la unidad de todos los cristianos.

-Todos: ¡Escúchanos, Señor!

Señor Dios, confiamos en ti. Concédenos actuar como Tú quieres. Concédenos ser fieles servidores de tu gloria. Amén.

Con la esperanza de que, durante el Octavario por la Unidad continuaréis rezando por estas intenciones, os doy de corazón la bendición apostólica.

--------------------------------------------------------------------------------

Juan Pablo II, peregrino al santuario de la Virgen de Guadalupe

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 24 de enero de 1979 

1. En la fiesta de Epifanía leímos el pasaje del Evangelio de San Mateo que describe la llegada a Belén de unos Magos de Oriente: “Y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le adoraron, y abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11-12).

Aquí mismo hablamos ya un día de los pastores que encontraron al Niño, al Hijo de Dios nacido, que estaba en el pesebre (cf. Lc 2, 16).

Volvemos de nuevo hoy otra vez a aquellos personajes que eran tres, según dice la tradición, los Reyes Magos. El escueto texto de San Mateo refleja bien lo que forma parte de la sustancia misma del encuentro del hombre con Dios: “de hinojos le adoraron”. El hombre encuentra a Dios en el acto de veneración, de adoración, de culto. Conviene notar que la palabra “culto” (cultus) está en relación estrecha con el término “cultura”. A la sustancia misma de la cultura humana, de las varias culturas, pertenece la admiración, la veneración de lo que es divino, de lo que eleva al hombre hacia lo alto. Un segundo elemento del encuentro del hombre con Dios, puesto de relieve por el Evangelio, se contiene en las palabras “y abriendo sus cofres le ofrecieron dones...”. En estas palabras San Mateo apunta un factor que caracteriza profundamente la sustancia misma de la religión, entendida a un tiempo como conocimiento y encuentro. Un concepto sólo abstracto de Dios no constituye, no forma aún esta sustancia.

El hombre conoce a Dios en el encuentro con Él 

El hombre conoce a Dios encontrándose con Él y, viceversa, lo encuentra en el acto del conocimiento. Se encuentra con Dios cuando se abre ante Él con la entrega interior de su “yo” humano, para aceptar el don de Dios y corresponder a él.

En el momento en que se presentan ante el Niño, que estaba en brazos de su Madre, a la luz de la Epifanía los Reyes Magos aceptan el don de Dios Encarnado, su entrega inefable al hombre en el misterio de la Encarnación. Al mismo tiempo “abrieron sus cofres con los dones”; se trata de los dones concretos de que habla el Evangelista, pero sobre todo se abren a sí mismos ante Él por el don interior del propio corazón. Este es el verdadero tesoro ofrecido por ellos; y el oro, el incienso y la mirra constituyen sólo una expresión externa de aquél. En este don reside el fruto de la Epifanía: reconocen a Dios y se encuentran con Él.

2. Cuando medito así junto con vosotros aquí reunidos las palabras del Evangelio de Mateo, me vienen a la mente los textos de la Constitución Lumen gentium, que hablan de la universalidad de la Iglesia. El día de Epifanía es la fiesta de la universalidad de la Iglesia, de su misión universal. Pues bien, leemos en el Concilio: En todas las naciones de la tierra está enraizado un solo Pueblo de Dios, puesto que de todas las estirpes toma a los ciudadanos de su reino no terreno, sino celestial. Y de hecho, todos los fieles esparcidos por el mundo se comunican con los otros en el Espíritu Santo, y así, “quien está en Roma sabe que los indios son miembros suyos” (9). Y por tanto, puesto que el reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), la Iglesia, o sea el Pueblo de Dios, al implantar este reino no resta nada al bien temporal de los pueblos, antes al contrario, favorece y acoge todas sus capacidades, recursos y costumbres, en cuanto son buenos; y acogiéndolos los purifica, consolida y eleva. En efecto, la Iglesia recuerda bien que debe “cosechar” con el Rey al que todas las gentes le han sido dadas en herencia (cf. Sal 2, 8), y a cuya ciudad llevan sus dones y presentes (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60, 4-7; Ap 21, 24). Este carácter de universalidad que adorna y distingue al Pueblo de Dios es don del Señor mismo; y con este don la Iglesia católica tiende eficaz e incansablemente a centrar a la humanidad con todos sus bienes en Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu.

El intercambio de dones entre Dios y el hombre 

En virtud de esta catolicidad, “cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes crecen a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios... reúne a personas de pueblos diversos” (Lumen gentium, 13).

Aquí tenemos ante los ojos la misma imagen del Evangelio de San Mateo que se lee en la Epifanía; sólo que está ampliada. El mismo Cristo, que aceptó en Belén como Niño los dones de los tres Magos, sigue siendo siempre Aquel ante quien los hombres y pueblos enteros “abren sus tesoros”. En el acto de esta apertura ante Dios Encarnado, los dones del espíritu humano adquieren valor particular; se convierten en los tesoros de las diversas culturas, riqueza espiritual de pueblos y naciones, patrimonio común de la humanidad. Este patrimonio se forma y acrecienta siempre a través del “intercambio de dones” de que habla la Constitución Lumen gentium. El centro de este intercambio es Él, el mismo que aceptó los dones de los Reyes Magos. El mismo, que es el Don visible y encarnado, suscita la apertura de los espíritus y el intercambio de dones del que viven no sólo cada hombre individualmente, sino también los pueblos, las naciones, la humanidad entera.

La aportación del pueblo y de la Iglesia de México 

3. Toda la meditación anterior es, en cierto modo, introducción y prólogo de lo que quiero decir ahora.

Pues con la gracia de Dios mañana debo emprender un viaje a México, el primero de mi pontificado. Con ello quiero seguir las huellas del gran Papa Pablo y continuar la tradición que él inició. Voy a México, a Puebla, con ocasión de la Conferencia Episcopal de América Latina, que inaugura los trabajos el sábado próximo con la concelebración eucarística en el santuario de la Virgen de Guadalupe. Ya desde hoy quiero expresar mi gratitud a los representantes del Episcopado por su invitación; y a los representantes de las autoridades mexicanas, en especial al Presidente de la República, por su actitud acogedora ante este viaje que me permite cumplir un deber pastoral sumamente importante.

Hago referencia en este momento a la liturgia de la fiesta de Epifanía y también a las palabras de la Constitución Lumen gentium, que nos permiten echar una mirada a los dones particulares que el pueblo y la Iglesia que están en México han aportado y siguen aportando al tesoro común de la humanidad y de la Iglesia.

¿Quién no ha oído hablar al menos de los esplendores del antiguo México? De su arte, de sus conocimientos en el campo de la astronomía, de sus pirámides y templos, en los que se expresaba su ansia de lo divino, imperfecta ciertamente, y aún no iluminada.

Y, ¿qué decir de las catedrales e iglesias, palacios y casas consistoriales, construidos en México por artesanos mexicanos después de su cristianización? Dichos edificios son expresión elocuente de la maravillosa simbiosis que el pueblo mexicano ha sabido llevar a efecto entre los elementos mejores de su pasado y los de su futuro cristiano, en el que entonces se estaba introduciendo.

Pero México ha hecho grandes progresos también en época más reciente. Al lado de las famosas edificaciones del llamado estilo colonial, existen hoy en día rascacielos, grandes carreteras, impresionantes edificios públicos y complejos industriales del México moderno. Sin embargo -y aquí reside otro mérito suyo-, en medio del progreso político, técnico y civil moderno, el alma mexicana muestra claramente que quiere ser y permanecer cristiana; hasta en la música popular típica el mexicano canta su eterna nostalgia de Dios y su devoción a la Virgen Santa. Y en tiempos difíciles del pasado -ya felizmente superados-, el mexicano ha demostrado tener no sólo buenos sentimientos religiosos, sino también fortaleza y firmeza de una fe no indiferente, sino heroica por cierto, como muchos recordarán todavía.

Estoy convencido de que ante Cristo y su Madre se puede realizar aquella “apertura e intercambio de dones”, al que el Episcopado de América Latina, yo mismo y toda la Iglesia vinculamos tan grandes esperanzas para el futuro.

Ante Cristo y su Madre 

4. Volvamos una vez más aún a la descripción de San Mateo. El Evangelio dice que aquella “apertura de dones” de los Reyes Magos en Belén se llevó a cabo ante el Niño y su Madre.

Añadamos que esta situación sigue repitiéndose justamente así. ¿Acaso no lo demuestra la historia de México y la historia de la Iglesia en aquellas tierras? Al ir allá, me es motivo de gozo el poder pisar las huellas de tantos peregrinos que de toda América, y en especial de América Latina, caminan hacia el santuario de la Madre de Dios de Guadalupe.

Yo también vengo de una tierra y una nación cuyo corazón palpita en los grandes santuarios marianos, sobre todo en el santuario de Jasna Gora. Quisiera repetir de nuevo otra vez, como el día de la inauguración del pontificado, las palabras del mayor pacta poeta: “Virgen Santa, que defiendes la preclara Czestochowa y resplandeces en la Puerta Aguda...”.

Esto me permite entender al pueblo, a los pueblos, a la Iglesia, al continente cuyo corazón palpita en el santuario de la Madre de Dios de Guadalupe.

Espero también que ello me abra el camino hacia el corazón de aquella Iglesia, aquel pueblo y aquel continente.

 -------------------------------------------------------------------------------

Puebla, encarnación espléndida de la colegialidad

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 7 de febrero de 1979 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. La III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano es un acontecimiento sobre el que se concentra la atención de toda la Iglesia y suscita gran interés aún en ambientes extraeclesiásticos. El hecho de que ésta sea la III Conferencia testifica que su historia, aunque breve, es muy significativa y fructuosa.

En 1955 el Papa Pío XII quiso convocar la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano - celebrada en Río de Janeiro del 25 de julio al 4 de agosto de 1955 -, para examinar los problemas religiosos que también entonces levantaban angustias agudas por el continente entero; fue como escrutar los signos de los tiempos para sacar de ellos indicaciones de caminos cada vez más idóneos hacia la renovación y nuevo vigor de la actividad apostólica de la Iglesia. Especialmente la escasez del clero, surgida con evidencia dramática, impulsó a buscar colaboración más estrecha a nivel continental, cuyo instrumento iba a ser un consejo representativo de todos los Episcopados nacionales. La creación del CELAM fue el resultado primero y más relevante de la Conferencia: un resultado dinámico, abierto a desarrollos que adquirieron ritmo e importancia crecientes.

En 1968 el Papa Pablo VI, para poder adecuar mejor la misión de la Iglesia a las necesidades de América Latina a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, convocó la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín del 24 de agosto al 6 de septiembre de 1968. Objeto principal de este encuentro fue el estudio del tema: “La Iglesia en la transformación presente de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II”.

Los detalles arriba indicados ilustran suficientemente sobre el modo cómo se ha formado y desarrollado, a lo largo de decenios, este órgano espléndido de colegialidad del Episcopado actual en el continente latinoamericano y que en este momento es el protagonista del acontecimiento denominado brevemente “Puebla”.

Preparación de «Puebla» 

2. Como se sabe, esta abreviación proviene del nombre de la ciudad mexicana donde se desarrolla la III Conferencia General del Episcopado latinoamericano. He tenido la gran suerte de poderla inaugurar personalmente, presidiendo la con celebración en el santuario de la Madre de Dios de Guadalupe, el sábado 27 de enero, y pronunciando un discurso el domingo 28 de enero al comenzar las sesiones en el seminario mayor de Puebla. De todos modos, querría llamar la atención especialmente sobre el método de trabajo y sobre el modo tan perspicaz y preciso de la preparación de la misma Conferencia.

Antes de llegar a la formulación de las tesis principales contenidas en el “Documento de Trabajo”, que consta de un total de 172 páginas, cada Conferencia Episcopal de América Latina ha trabajado sobre la pauta del “Documento de Consulta”, preparando sus propios juicios, observaciones y propuestas en relación al tema de la III Conferencia, que se ha formulado así: “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”. Es fácil intuir que las fuentes de este tema se han buscado principalmente en los trabajos de las Asambleas ordinarias del Sínodo de los Obispos celebradas en Roma en los años 1974 y 1977: recordemos que el tema de estas Asambleas fue respectivamente: la “evangelización en el mundo contemporáneo” y la “catequesis con referencia especial a los jóvenes”.

El fruto del intercambio de experiencias, propuestas y sugerencias del Sínodo de los Obispos de 1974 fue la Exhortación Apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi, uno de los documentos más característicos, significativos y fructíferos de su pontificado.

Tal es la génesis -muy clara como se ve- de la actual Conferencia del CELAM, por lo que se  refiere al tema. La iniciativa de tratar este tema de carácter universal-eclesiástico, esto es, la “evangelización” con referencia a América Latina, se remonta al año 1976. En todo caso, el ciclo completo de su preparación ha ocupado dos años enteros. En este período las Conferencias Episcopales nacionales, aprovechando también las colaboraciones ofrecidas por cada uno de los sectores de las comunidades eclesiales locales, prepararon su aportación para la redacción del “Documento de Trabajo”, esto es, del documento que debía servir como punto de referencia para los trabajos de la Conferencia de Puebla, y sobre cuya pauta se debía proceder al intercambio de experiencias, propuestas y sugerencias: lo que justamente se está realizando ahora en Puebla.

Cada una de las Conferencias Episcopales, además de estar representadas por sus respectivos Presidentes, han nombrado un número de delegados proporcionado al número global de obispos que forman parte de la misma Conferencia. Más aún, han sido invitados a Puebla representantes de los diversos sectores del Pueblo de Dios: sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos y laicos.

Vínculo de unidad 

3. Puede ser que algunos de los que hoy me están escuchando conozcan ya los pormenores antes indicados referentes a la Conferencia de Puebla. Pero he creído oportuno sintetizarlos ahora por dos motivos:

Antes de nada, en atención a la importancia del acontecimiento que se llama “Puebla”. Al mismo tiempo, para expresar mi alegría por cuanto que las enseñanzas sobre la colegialidad del Episcopado, recordadas por el Concilio Vaticano II, se encarnan de manera tan espléndida en la vida y fructifican en nuestros días.

Valdría la pena abrir aquí de nuevo el texto de la Constitución Dogmática Lumen gentium, por el capítulo III, y releer con atención todos sus párrafos.

Sería necesario recordar muchos pasajes del Decreto Christus Dominus sobre los deberes pastorales de los obispos.

Detengámonos en algunas frases: “Así como por disposición del Señor San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de modo análogo se unen entre sí el Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles. Ya la disciplina más antigua, según la cual los obispos esparcidos por todo el orbe comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz, y también los Concilios convocados para decidir en común el tema que fuera, incluso muy importante, sometiendo la resolución al parecer de muchos, expresan la naturaleza y la forma colegial del orden episcopal, confirmada manifiestamente por los Concilios Ecuménicos celebrados a lo largo de los siglos” (Lumen gentium, 22).

El Concilio es la expresión más plena de la colegialidad del ministerio episcopal en la Iglesia. Sus otras manifestaciones no tienen significado tan fundamental. No obstante, son muy necesarias, útiles y a veces absolutamente indispensables. Esto se refiere tanto a instituciones colegiales -entre éstas se desarrollan ahora preferentemente en la Iglesia occidental las Conferencias Episcopales-, como también a diversas formas de actuación colegial.

La actual Conferencia de Puebla es cabalmente una de estas formas de actuación colegial del Episcopado latinoamericano. Ciertamente, cada una de las instituciones colegiales, así como las formas de la actuación colegial de los Episcopados, corresponden de manera particular a las exigencias de nuestros tiempos.

Jesús, presente en el servicio episcopal 

4. La Constitución Dogmática Lumen gentium utiliza precisamente la expresión corpus episcopale (cuerpo episcopal), cuando habla de la colegialidad de los obispos. Parece que aquí se encierra una analogía todavía más profunda en relación a toda la Iglesia, a la que como bien sabemos, San Pablo llamaba: “el Cuerpo de Cristo” (cf. Rom 12, 5; 1 Cor 1, 13; 6, 12-20; 10, 17; 12, 12. 27; Gál 3, 28; Ef 1, 2-23; 2, 16; 4, 4: Col 1, 24; 3, 15). Por medio de esta última analogía entramos ya profundamente en el misterio íntimo de la Iglesia: en la unión de vida que ella toma de Cristo.

El corpus episcopale se refiere a la estructura externa más importante de la Iglesia: su unidad jerárquica. De todos modos, esta estructura externa está al servicio del misterio interior de la Iglesia: del Cuerpo místico de Cristo. Precisamente por esta razón y por este fin, ella, es decir, esta estructura, es también “cuerpo”: el cuerpo, o sea, el Colegio Episcopal.

Durante el tiempo en que este Colegio, es decir, el “cuerpo” dedica sus trabajos al problema de la evangelización “en el presente y en el futuro” del continente sudamericano, es necesario desear que el mismo Señor Jesús esté presente en medio de sus miembros y a través de ellos. Porque, así leemos en la citada Constitución Lumen gentium:

“En la persona, pues, de los obispos a quienes ayudan los presbíteros, el Señor Jesucristo, Pontífice Supremo, está presente en medio de los fieles. Porque, sentado a la diestra del Padre, no está ausente de la congregación de sus pontífices, sino que, principalmente a través de su servicio eximio, predica la Palabra de Dios a todas las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf. 1 Cor 4, 15) va congregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar hacia la eterna felicidad. Estos Pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), a quienes está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rom 15, 16; .4ct 20, 24) y el glorioso ministerio del Espíritu y de la justicia” (cf. 2 Cor 3, 8-9) (Lumen gentium, 21).

A todos mi bendición apostólica.

-----------------------------------------------------------------------------

América Latina recibió la semilla del Evangelio en tierra fértil y generosa

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 14 de febrero de 1979 

Queridos hermanos y hermanas:

1. “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”. Sobre este tema ha trabajado la III Conferencia General del Episcopado de aquel continente desde el 27 de enero al 13 del corriente mes de febrero. Ayer la Conferencia terminó sus trabajos. Hoy quiero, en unión con mis hermanos en el Episcopado participantes en esa Conferencia, en unión de los Episcopados de todo el continente latinoamericano, dar gracias al Espíritu Santo por el conjunto de estos trabajos. Quiero dar gracias al Espíritu de nuestro Señor Jesucristo y a su Madre, Esposa del Espíritu Santo. Precisamente a sus pies en el santuario de Guadalupe iniciamos juntos la III Conferencia.

Cuando oímos la palabra “evangelización”, nos viene a la mente la frase de San Pablo: “Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Cor 9, 16). Estas palabras que brotan de lo más profundo del alma del Apóstol son el grito de la Iglesia de nuestros tiempos. Han venido a ser el testamento de Pablo VI, que encontró su expresión en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. Ahora vienen a ser las palabras de fe, esperanza y caridad del Episcopado latinoamericano. Porque la fe, esperanza y caridad deben ser traducidas a lenguaje de responsabilidad por el Evangelio, por su anunció tal como lo formuló San Pablo Apóstol.

El «ayer» del «Nuevo Mundo» 

2. La evangelización en el continente americano es ante todo herencia de siglos. Si hablamos del presente y del futuro de esta evangelización, no podemos olvidar su “ayer”, su pasado. De esto hablé, durante el reciente viaje, en la primera homilía que pronuncié en la Misa concelebrada en Santo Domingo. “Desde los primeros momentos del descubrimiento –decía-, la preocupación de la Iglesia se pone de manifiesto para hacer presente el Reino de Dios en el corazón de los nuevos pueblos, razas y culturas... El suelo de América estaba preparado por corrientes de espiritualidad propia para recibir la nueva sementera cristiana”.

Aquel “ayer” de la evangelización de los hombres y de los pueblos del continente latinoamericano se ha notado constantemente durante mi visita a México, y ha creado lo específico de todo el viaje. En todas partes encontré templos espléndidos que recordaban las primeras generaciones de la Iglesia y del cristianismo en aquella tierra. Pero sobre todo encontré hombres vivos que han aceptado como propio el Evangelio que les anunciaron en el Nuevo Mundo los misioneros provenientes del Viejo Mundo, e hicieron de él la sustancia de su propia vida. Ciertamente aquel encuentro de los recién llegados de Europa con los indígenas no fue fácil. Se tiene la impresión de que estos últimos no hayan aceptado del todo lo que es europeo; que, de alguna manera, trataron de esconderse en sus propias tradiciones y en la cultura nativa. Pero al mismo tiempo se tiene la impresión de que hayan aceptado a Jesucristo y a su Evangelio; que en aquella comunidad de fe se haya realizado un encuentro de lo “viejo” con lo “nuevo”, y esto se halla en la base no sólo de la vida de la Iglesia, sino de la misma sociedad mexicana. La continuidad de la fe ha pasado -como todos sabemos- pruebas graves y oposiciones duras. Es difícil resistir a la impresión, que se impone con insistencia, de que en el crisol de esas pruebas y oposiciones la comunidad se ha robustecido y ha profundizado. Lleva consigo las señales de una gran sencillez y de la victoria espiritual de la fe, a pesar de las circunstancias que podrían testificar en contra y que, considerando las cosas desde el punto de vista humano, podrían entristecer.

Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos 

3. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).

Los representantes del Episcopado reunidos en Puebla, reflexionando sobre la evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, eran conscientes del hecho que la Iglesia como Cuerpo de Cristo y fiel Esposa suya, la Iglesia como Pueblo de Dios, no puede romper jamás con el pasado, con la tradición, pero tampoco puede contentarse con mirar sólo al pasado: la Iglesia (“retrooculata: mirando atrás”), debe ser al mismo tiempo siempre la Iglesia que mira al futuro (Ecclesia “anteoculata: Iglesia mirando adelante”). A este futuro, a los hombres que ya existen y a los que vendrán, la Iglesia debe revelar siempre a Jesucristo, misterio de salvación pleno y no mermado. Este misterio es un misterio eterno en Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. El misterio que en el tiempo ha venido a ser una Realidad Divino-Humana, que se llama Jesucristo.

El es una realidad histórica y al mismo tiempo está sobre la historia, “es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).

Es una realidad que no queda fuera del hombre; la razón de su existir, ser y obrar en el hombre; construir la fuente y el fermento de la vida nueva en cada hombre.

Evangelizar significa actuar en esta dirección para que la fuente y el fermento de vida nueva brillen en los hombres y en las generaciones siempre nuevas.

Evangelizar no quiere decir sólo hablar “de Cristo”. Anunciar a Cristo significa obrar de tal manera que el hombre -a quien se dirige este anunció- “crea”, es decir, se vea a sí mismo en Cristo, encuentre en Él la dimensión adecuada de su propia vida; sencillamente, que se encuentre a sí mismo en Cristo.

El hombre que evangeliza, que anuncia a Cristo es el ejecutor de esta obra, pero sobre todo lo es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. La Iglesia que evangeliza permanece sierva e instrumento del Espíritu.

El hecho de encontrarse a sí mismo en Cristo, que es precisamente el fruto de la evangelización, viene a ser la liberación sustancial del hombre. El servicio al Evangelio es servicio a la libertad en el Espíritu. El hombre que se ha encontrado a sí mismo en Cristo, ha encontrado el camino de la consiguiente liberación de la propia humanidad a través de la superación de sus limitaciones y debilidades; a través de la liberación de la propia situación de pecado y de las múltiples estructuras de pecado que pesan sobre la vida de la sociedad y de los individuos.

Con no menor claridad debemos referirnos a esta verdad tan fuertemente expresada por San Pablo, en la misión evangelizadora en el continente americano y en todas partes.

El futuro de la evangelización 

4. El futuro de la evangelización se identifica con la realización del programa grande y múltiple delineado por el Concilio Vaticano II.

La Iglesia, para que pueda cumplir su misión con relación al “mundo”, debe reforzarse profundamente en el propio misterio, debe construir a fondo la propia comunidad, la comunidad del Pueblo de Dios, basada en la sucesión apostólica, en el ministerio jerárquico, en la vocación al servicio exclusivo a Dios en el sacerdocio y en la vida religiosa, en el laicado consciente de sus propios deberes apostólicos.

El mundo latinoamericano espera que la Iglesia cumpla su misión propia en sus confrontaciones. Lo espera también cuando en la confrontación de la Iglesia y el Evangelio, manifiesta contestación e indiferencia.

Todo esto no debe desalentar en su amor a los apóstoles de Cristo y a los servidores del Evangelio.

Mis queridos hermanos en el Episcopado del continente latinoamericano dan testimonio de que “el amor de Cristo los urge” (cf. 2 Cor 5, 14), de que están prontos a “predicar la palabra, a insistir a tiempo y a destiempo, a reprender, a vituperar y exhortar con toda longanimidad y doctrina” (cf. 2 Tim 4, 2), como dice San Pablo, para que las comunidades confiadas a su cuidado de pastores y maestros “no aparten los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas” (cf. 2 Tim 4, 4).

Mis hermanos en el Episcopado del continente latinoamericano están prontos, en unión con sus sacerdotes, religiosos y religiosas, con todo el laicado celoso, a interpretar los “signos de los tiempos” para formar a todo el Pueblo de Dios en la justicia, en la verdad y en el amor.

El Señor los bendiga en todo este trabajo.

Permítales ver los frutos de este celo y de esta cooperación, cuya prueba es la III Conferencia General de Puebla.

Que la Iglesia en el continente latinoamericano, fuerte por la tradición de la primera evangelización, se fortalezca de nuevo con la conciencia de todo el Pueblo de Dios, con la fuerza de las propias vocaciones sacerdotales y religiosas, con sentido profundo de responsabilidad por un orden social fundado en la justicia, en la paz, en el respeto a los derechos del hombre; en la adecuada distribución de los bienes, en el progreso de la instrucción pública y de la cultura.

Les deseamos todo esto.

Sigamos rogando sin cesar por tal intención de América Latina todos nosotros aquí reunidos y toda la Iglesia, invocando la intercesión de la Madre de Dios de Guadalupe, a cuyos pies dimos comienzo a nuestros trabajos.   Amén.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Liberación significa transformación interior

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 21 de febrero de 1979 

Evangelizar para que el hombre se descubra en Cristo 

1. También hoy quiero referirme al tema de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano: a la evangelización. Es un tema fundamental, un tema que siempre es de actualidad. La Conferencia que ha concluido sus trabajos en Puebla el día 13 del corriente mes de febrero da testimonio de ello. Es, además, tema del “futuro”, el tema que la Iglesia debe vivir continuamente y prolongar en el porvenir. Por eso el tema constituye la perspectiva permanente de la misión de la Iglesia.

Evangelizar quiere decir hacer presente a Cristo en la vida del hombre en cuanto persona, y al mismo tiempo en la vida de la sociedad. Evangelizar quiere decir hacer todo lo posible, según nuestra capacidad, para que el hombre “crea”; para que el hombre se descubra a sí mismo en Cristo, para que descubra en Él el sentido y la dimensión adecuada de la propia vida. Este descubrimiento es, al mismo tiempo, la fuente más profunda de la liberación del hombre. San Pablo lo expresa cuando escribe: “Para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres” (Gál 5, 1). Así, entonces, la liberación es ciertamente una realidad de fe, uno de los temas bíblicos fundamentales, inscritos profundamente en la misión salvífica de Cristo, en la obra de redención, en su enseñanza. Este tema nunca ha cesado de constituir el contenido de la vida espiritual de los cristianos. La Conferencia del Episcopado Latinoamericano atestigua que este tema retorna en un nuevo contexto histórico; por eso se debe tomar de nuevo en la enseñanza de la Iglesia, en teología y en pastoral. Debe ser tomado en su propia profundidad y en su autenticidad evangélica. Sí, muchas circunstancias hacen que sea tan actual. Es difícil mencionar aquí todas. Ciertamente lo reclama aquel “deseo universal de la dignidad” del hombre de que habla en Concilio Vaticano II. La “teología de la liberación” viene frecuentemente vinculada (alguna vez demasiado exclusivamente) a América Latina; pero es preciso dar la razón a uno de los grandes teólogos contemporáneos (Hans Urs von Balthasar), que exige justamente una teología de la liberación de alcance universal. Sólo los contextos son diversos, pero es universal la realidad misma de la libertad “con la que Cristo nos ha hecho libres” (Gál 5, 1). Tarea de la teología es encontrar su verdadero significado en los diversos y concretos contextos históricos y contemporáneos.

La fuerza de la verdad 

2. Cristo mismo vincula de modo particular la liberación con el conocimiento de la verdad: “Conoceréis la verdad, y la verdad os librará” (Jn 8, 32). Esta frase atestigua sobre todo el significado íntimo de la libertad por la que Cristo nos libera. Liberación significa transformación interior del hombre, que es consecuencia del conocimiento de la verdad. La transformación es, pues, un proceso espiritual en el que el hombre madura “en justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 24). El hombre así maduro internamente, viene a ser representante y portavoz de tal “justicia y santidad verdaderas” en los diversos ámbitos de la vida social. La verdad tiene importancia no sólo para el crecimiento de la sabiduría humana, profundizando de este modo la vida interior del hombre; la verdad tiene también un significado y una fuerza profética. Ella constituye el contenido del testimonio y exige un testimonio. Encontramos esta fuerza profética de la verdad en la enseñanza de Cristo. Como Profeta, como testigo de la verdad, Cristo se opone repetidamente a la no-verdad; lo hace con gran fuerza y decisión, y frecuentemente no duda en condenar lo falso. Volvamos a leer cuidadosamente el Evangelio; allí encontraremos no pocas expresiones severas, por ejemplo, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27), “guías ciegos” (Mt 23, 16), “hipócritas” (Mt 23, 13. 15. 23. 25. 27. 29), que Cristo pronuncia, consciente de las consecuencias que le esperan.

Por lo tanto, este servicio a la verdad, como participación en el servicio profético de Cristo, es un deber de la Iglesia, que trata de cumplirlo en diversos contextos históricos. Es necesario llamar por su propio nombre a la injusticia, a la explotación del hombre sobre el hombre, o bien, a la explotación del hombre por parte del Estado, de las instituciones, de los mecanismos de sistemas y regímenes que actúan algunas veces sin sensibilidad. Es necesario llamar por su nombre a toda injusticia social, discriminación, violencia infligida al hombre contra el cuerpo o el espíritu, contra su conciencia y sus convicciones. Cristo nos enseña una sensibilidad particular hacia el hombre, hacia la dignidad de la persona humana, hacia la vida humana, hacia el espíritu y el cuerpo humano. Esta sensibilidad da testimonio del conocimiento de aquella “verdad que nos hace libres” (Jn 8, 32). No está permitido al hombre ocultar esta verdad ante sí mismo. No le está permitido “falsificarla”. No le está permitido hacer de esta verdad un objeto de “subasta”. Es necesario hablar de ella de modo claro y sencillo. Y no para “condenar” a los hombres, sino para servir a la causa del hombre. La liberación, también en el sentido social, comienza por el conocimiento de la verdad.

Insertados en Cristo 

3. Nos detenemos en este punto. Es difícil expresar en un breve discurso todo lo que comporta este gran tema, que tiene muchos aspectos y sobre todo muchos niveles. Subrayo: muchos niveles, porque en este tema es necesario ver al hombre según los diversos componentes de toda la riqueza de su entidad personal y al mismo tiempo social: entidad “histórica y a la vez, de algún modo, “supratemporal”. (De esta “supratemporalidad” del hombre da testimonio, entre otros, la historia). La entidad que es la “caña pensante” (cf. B. Pascal, Pensées, 347) -se sabe cuán frágil es la caña-, precisamente porque es “pensante”, se supera siempre a sí misma; lleva dentro de sí el misterio trascendental y una “inquietud creativa” que dimana de él.

Por ahora nos detenemos en este punto. La teología de la liberación debe ser sobre todo fiel a toda la verdad sobre el hombre, para poner en evidencia, no sólo en el contexto latinoamericano, sino también en todos los contextos contemporáneos, qué realidad es esta libertad “con la que Cristo nos ha liberado”.

¡Cristo! Es necesario hablar de nuestra liberación en Cristo, es necesario anunciar esta liberación. Es necesario insertarla en toda la realidad contemporánea de la vida humana. Lo reclaman muchas circunstancias, muchas razones. Precisamente en estos tiempos en los que se pretende que la condición de la “liberación del hombre” sea su liberación “de Cristo”, esto es, de la religión; precisamente en estos tiempos debe llegar a ser cada vez más evidente y cada vez más plena para todos nosotros la realidad de nuestra liberación en Cristo.

Victoria del bien sobre el mal 

4. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).

La Iglesia, mirando a Cristo, que da testimonio de la verdad en todas partes y siempre, debe preguntarse a sí misma y en cierto sentido también al “mundo” contemporáneo, en qué modo hace surgir el bien del hombre, en qué modo libera las energías del bien en el hombre: a fin de que él sea más fuerte que el mal, que cualquier mal moral, social, etc. La III Conferencia del Episcopado Latinoamericano da testimonio de la disponibilidad para asumir este esfuerzo. Queremos no sólo encomendar a Dios este esfuerzo, sino también continuarlo para bien de la Iglesia y de toda la familia humana.

-------------------------------------------------------------------------------

La Cuaresma, camino hacia la Pascua - 28-2-1979 

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 28 de febrero de 1979 

Invitación a la penitencia 

1. Nos encontramos hoy en el primer día de Cuaresma, miércoles de ceniza. En esta jornada, al comenzar el período de cuarenta días de preparación a la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita a la penitencia. La palabra “penitencia” se repite en muchas páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de tantos Profetas y, en fin de modo particularmente elocuente, en la boca del mismo Jesucristo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 3, 2). Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo “ayunó cuarenta días y cuarenta noches” (Mt 4, 2), antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuadragesimal la Iglesia, en cierto sentido, está llamada cada año a seguir a su Maestro y Señor, si quiere predicar eficazmente su Evangelio. El primer día de Cuaresma -precisamente hoy- debe testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta llamada de Cristo y que desea cumplirla.

Convertirse a Dios 

2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo “conversión”. Bajo este aspecto es muy significativo el pasaje del Evangelio del miércoles de ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el modo puramente “externo” del cumplimiento de estos actos: limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto del corazón.

“Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas, para ser alabados de los hombres...; no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve lo oculto te premiará.

“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas..., para ser vistos de los hombres..., sino... entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.

“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas..., (sino) úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 2-6. 16-18).

Por lo tanto, el significado primero y principal de la penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste “en entrar en sí mismo”, en lo más profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos espera. El hombre “exterior” debe ceder –diría- en cada uno de nosotros al hombre “interior” y, en cierto sentido, “dejarle el puesto”. En la vida corriente el hombre no vive bastante “interiormente”. Jesucristo indica claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa son principalmente “interiores”, pueden ceder al “exteriorismo” corriente, y por lo tanto pueden ser falsificados. En cambio la penitencia, como conversión a Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo se llama “ascesis” (así lo llamaban ya los griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por las diversas corrientes “exteriores”, para permanecer así siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad.

Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice “entra en tu cámara y cierra la puerta”, indica un esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse. “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio “yo” interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.

Liberación espiritual 

3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo la voluntad humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de conversión y, al mismo tiempo, de perdón, y liberación espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden dar.

Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y circunstancias que es difícil analizar en los límites de este discurso. Nuestra civilización -sobre todo en Occidente- estrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores.

En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado, como la alegría que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la alegría de la conversión (metánoia), la alegría de la penitencia.

La liturgia austera del miércoles de ceniza y, después, todo el período de la Cuaresma es -como preparación a la Pascua- una llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo con paciencia: “Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas” (Lc 21, 19).

Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo.

-----------------------------------------------------------------------------

Meditación cuaresmal 

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 14 de marzo de 1979 

Oración, ayuno y limosna 

1. Durante la Cuaresma oímos frecuentemente las palabras: oración, ayuno, limosna, que ya recordé el miércoles de ceniza. Estamos habituados a pensar en ellas como en obras piadosas y buenas que todo cristiano debe realizar sobre todo en este período. Tal modo de pensar es correcto, pero no completo. La oración, la limosna y el ayuno requieren ser comprendidos más profundamente, si queremos insertarlos más a fondo en nuestra vida, y no considerarlos simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo. Con tal modo de pensar no llegaremos todavía al verdadero sentido y a la verdadera fuerza que la oración, el ayuno y la limosna tienen en el proceso de la conversión a Dios y de nuestra madurez espiritual. Una y otra van unidas: maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente.

Acaso convenga decir enseguida que aquí no se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo 40 días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caninos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado.

En las meditaciones que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en el hombre estos caminos: qué significan para él. El cristiano debe comprender el verdadero sentido de estos caminos, si quiere seguirlos.

Jesús enseña a sus discípulos a rezar 

2. Primero, pues, el camino de la oración. Digo “primero”, porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo “primero”, quiero añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico de “ayuno y limosna”. El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar, orando. El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: “y pasó la noche orando” (Lc 6, 12); otro día, como escribe San Mateo, “ subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14, 23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22, 39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el “Padrenuestro”.

Dado que es imposible encerrar en un breve discurso todo lo que se puede decir o lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy poner de relieve una sola cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo, no porque repitamos las palabras que Él nos enseñó una vez -palabras sublimes, contenido completo de la oración-, somos discípulos de Cristo incluso cuando no utilizamos esas palabras. Somos sus discípulos sólo porque oramos: “Escucha al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar” afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56, 5). Y un autor contemporáneo escribe: “Puesto que el fin del camino de la oración se pierde en Dios, y nadie conoce el camino excepto el que viene de Dios, Jesucristo, es necesario (...) fijar los ojos en Él sólo. Es el camino, la verdad y la vida. Sólo Él ha recorrido el camino en las dos direcciones. Es necesario poner nuestra mano en la suya y partir” (Y. Raguin, Chemins de la contemplation, Desclée de Brower, 1969, pág. 179). Orar significa hablar con Dios -o diría aún más-, orar significa encontrarse en el Único Verbo eterno a través del cual habla el Padre y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho carne, para que nos sea más fácil encontrarnos en Él también con nuestra palabra humana de oración. Esta palabra puede ser muy imperfecta a veces, puede tal vez hasta faltarnos, sin embargo esta incapacidad de nuestras palabras humanas se completa continuamente en el Verbo que se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística que forma con Él cada hombre que ora, que todos los que oran forman con Él. En esta particular unión con el Verbo está la grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su definición.

Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera haya un hombre que ora.

La plegaria del Padrenuestro 

3. Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: “Enséñanos a orar”, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del “pan de cada día”, del “perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, y al mismo tiempo de preservarnos de la “tentación” y de “librarnos del mal”?

Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos “enséñanos a orar”, pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

A través de la oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.

Dice la Sagrada Escritura:

“Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 10-11).

La oración es el camino del Verbo que abraza todo. Camino del Verbo eterno que atraviesa lo íntimo de tantos corazones, que vuelve a llevar al Padre todo lo que en Él tiene su origen.

La oración es el sacrificio de nuestros labios (cf. Heb 13, 15). Es, como escribe San Ignacio de Antioquía, “agua viva que susurra dentro de nosotros y dice: ven al Padre” (cf. Carta a los romanos VII, 2).

Con mi bendición apostólica.

-----------------------------------------------------------------------------

El ayuno penitencial

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,  21 de marzo de 1979 

Tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión  

1. “¡Proclamad el ayuno!” (Jl 1, 14). Son las palabras que escuchamos en la primera lectura del miércoles de ceniza. Las escribió el Profeta Joel, y la Iglesia, en conformidad con ellas, establece la práctica de la Cuaresma, disponiendo el ayuno. Hoy la práctica de la Cuaresma, determinada por Pablo VI en la Constitución Poenitemini, está notablemente mitigada respecto a la de tiempos pasados. En esta materia el Papa dejó mucho a la decisión de las Conferencias Episcopales de cada país, a las que corresponde, por tanto, el deber de adaptar las exigencias del ayuno según las circunstancias en que se encuentran las sociedades respectivas. Pero él recordó que la esencia de la penitencia cuaresmal está constituida no sólo por el ayuno, sino también por la oración y la limosna (obras de misericordia). Es preciso, pues, decidir, según las circunstancias, en qué puede ser “sustituido” el mismo ayuno por obras de misericordia y por la oración. El fin de este período particular en la vida de la Iglesia es siempre y en todas partes la penitencia, es decir, la conversión a Dios. En efecto, la penitencia, entendida como conversión, esto es, metánoia, forma un conjunto que la tradición del Pueblo de Dios ya en la Antigua Alianza y después el mismo Cristo han vinculado, en cierto modo, a la oración, a la limosna y al ayuno.

 ¿Por qué al ayuno?

En este momento quizá nos vienen a la mente las palabras con que Jesús respondió a los discípulos de Juan Bautista, cuando le preguntaban: “¿Cómo es que tus discípulos no ayunan?”. Jesús les contestó: “¿Por ventura pueden los compañeros del novio llorar mientras está el novio con ellos? Pero vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán” (Mt 9, 15). De hecho, el tiempo de Cuaresma nos recuerda que el esposo nos ha sido arrebatado. Arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado, flagelado, coronado de espinas, crucificado... El ayuno en el tiempo de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo. Tal ha sido el significado de la Cuaresma a través de los siglos y así permanece hoy.

“Mi amor está crucificado y no existe en mí más el fuego que desea las cosas materiales”, como escribía el obispo de Antioquía, Ignacio, en la Carta a los romanos (Ign. Antioq. Ad Romanos, VII, 2).

Actitud cristiana en la civilización del consumo 

2. ¿Por qué el ayuno?

Es necesario dar una respuesta más amplia y profunda a esta pregunta, para que quede clara la relación entre el ayuno y la “metánoia”, esto es, esa transformación espiritual que acerca el hombre a Dios. Trataremos, pues, de concentrarnos no sólo en la práctica de la abstinencia de comida o bebida -efectivamente, esto significa “el ayuno” en el sentido corriente-, sino en el significado más profundo de esta práctica que, por lo demás, puede y debe a veces ser “sustituida” por otras. La comida y la bebida son indispensables al hombre para vivir, se sirve y debe servirse de ellas; sin embargo, no le es lícito abusar de ellas de ninguna forma. El abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida, tiene como fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría definir “actitud consumística”. Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las características de la civilización, y en particular de la civilización occidental. ¡La actitud consumística! El hombre orientado hacia los bienes materiales, múltiples bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos. Cuando el hombre se orienta exclusivamente hacia la posesión y el uso de los bienes materiales, es decir, de las cosas, también entonces toda la civilización se mide según la cantidad y calidad de las cosas que están en condición de proveer al hombre, y no se mide con el metro adecuado al hombre. Esta civilización, en efecto, suministra los bienes materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar las actividades creativas y útiles, sino cada vez más... para satisfacer los sentidos, la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicidad de sensaciones cada vez mayor.

A veces se oye decir que el aumento excesivo de los medios audiovisuales en los países ricos no favorece siempre el desarrollo de la inteligencia, particularmente en los niños; al contrario, tal vez contribuye a frenar su desarrollo. El niño vive sólo de sensaciones, busca sensaciones siempre nuevas... Y así llega a ser, sin darse cuenta de ello, esclavo de esta pasión de hoy. Saciándose de sensaciones, queda con frecuencia intelectualmente pasivo; el entendimiento no se abre a la búsqueda de la verdad; la voluntad queda atada por la costumbre a la que no sabe oponerse.

De esto resulta que el hombre contemporáneo debe ayunar, es decir, abstenerse no sólo de la comida o bebida, sino de otros muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos: ayunar significa abstenerse, renunciar a algo.

Renuncia y mortificación 

3. ¿Por qué renunciar a algo? ¿Por qué privarse de ello? Ya hemos respondido en parte a esta cuestión. Sin embargo, la respuesta no será completa si no nos damos cuenta de que el hombre es él mismo también porque logra privarse de algo, porque es capaz de decirse a sí mismo: “no”. El hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma. Algunos escritores contemporáneos presentan esta estructura compuesta del hombre bajo la forma de estratos; hablan, por ejemplo, de estratos exteriores en la superficie de nuestra personalidad, contraponiéndolos a los estratos en profundidad. Nuestra vida parece estar dividida en tales estratos y se desarrolla a través de ellos. Mientras los estratos superficiales están ligados a nuestra sensualidad, los estratos profundos, en cambio, son expresión de la espiritualidad del hombre, es decir, de la voluntad consciente, de la reflexión, de la conciencia, de la capacidad de vivir los valores superiores.

Esta imagen de la estructura de la personalidad humana puede servir para comprender el significado para el hombre del ayuno. No se trata aquí solamente del significado religioso, sino de un significado que se expresa a través de la así llamada “organización” del hombre como sujeto-persona. El hombre se desarrolla normalmente cuando los estratos más profundos de su personalidad encuentran una expresión suficiente, cuando el ámbito de sus intereses y de sus aspiraciones no se limita sólo a los estratos exteriores y superficiales, unidos a la sensualidad humana. Para favorecer tal desarrollo, debemos a veces desprendernos conscientemente de lo que sirve para satisfacer la sensualidad, es decir de los estratos exteriores superficiales. Debemos, pues, renunciar a todo lo que los “alimenta”.

He aquí brevemente la interpretación del ayuno hoy día.

La renuncia a las sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo, allanar el camino para contenidos más profundos de los que “se alimenta” el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir los valores superiores, de los que está “hambriento” a su modo.

He aquí el significado “pleno” del ayuno en el lenguaje de hoy. Sin embargo, cuando leemos a los autores cristianos de la antigüedad o a los Padres de la Iglesia, encontramos en ellos la misma verdad, expresada frecuentemente con lenguaje tan “actual” que nos sorprende. Por ejemplo, dice San Pedro Crisólogo: “El ayuno es paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas” (Sermo VII: de ieiunio, 3), y más aún: “El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo” (Sermo VII: de ieiunio, 1). Y San Ambrosio responde así a las objeciones eventuales contra el ayuno: “La carne, por su condición mortal, tiene algunas concupiscencias propias: en sus relaciones con ella te está permitido el derecho de freno. Tu carne te está sometida (...): no seguir las solicitaciones de la carne hasta las cosas ilícitas, sino frenarlas un poco también por lo que respecta a las lícitas. En efecto, el que no se abstiene de ninguna cosa lícita, está muy cercano a las ilícitas” (Sermo de utilitate ieiunii III. V. VI). Incluso escritores que no pertenecen al cristianismo declaran la misma verdad. Esta verdad es de valor universal. Forma parte de la sabiduría universal de la vida.

El dominio de nuestro cuerpo 

4. Ahora ciertamente es más fácil para nosotros comprender por qué Cristo Señor y la Iglesia unen la llamada al ayuno con la penitencia, es decir, con la conversión. Para convertirnos a Dios es necesario descubrir en nosotros mismos lo que nos vuelve sensibles a cuanto pertenece a Dios, por lo tanto: los contenidos espirituales, los valores superiores que hablan a nuestro entendimiento, a nuestra conciencia, a nuestro “corazón” (según el lenguaje bíblico). Para abrirse a estos contenidos espirituales, a estos valores, es necesario desprenderse de cuanto sirve sólo al consumo, a la satisfacción de los sentidos. En la apertura de nuestra personalidad humana a Dios, el ayuno -entendido tanto en el modo “tradicional” como en el “actual”-, debe ir junto con la oración, porque ella nos dirige directamente hacia Él.

Por otra parte, el ayuno, esto es, la mortificación de los sentidos, el dominio del cuerpo, confieren a la oración una eficacia mayor, que el hombre descubre en sí mismo. Efectivamente, descubre que es “diverso”, que es más “dueño de sí mismo”, que ha llegado a ser interiormente libre. Y se da cuenta de ello en cuanto la conversión y el encuentro con Dios, a través de la oración, fructifican en él.

Resulta claro de estas reflexiones nuestras de hoy que el ayuno no es sólo el “residuo” de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de nuestro tiempo. Es necesario reflexionar profundamente sobre este tema, precisamente durante el tiempo de Cuaresma.

-------------------------------------------------------------------------------

La limosna

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 28 de marzo de 1979 

Recomendación del Señor en el Evangelio 

1. “Arrepentíos y dad limosna” (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33).

La palabra “limosna” no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema que debería ser cambiado con reformas adecuadas. Y si tales reformas no se realizasen, se delinearía en el horizonte de la vida social la necesidad de cambios radicales, sobre todo en el ámbito de las relaciones entre los hombres. Encontramos la misma convicción en los textos de los Profetas del Antiguo Testamento, a quienes recurre frecuentemente la liturgia en el tiempo de Cuaresma. Los Profetas consideran este problema a nivel religioso: no hay verdadera conversión a Dios, no puede existir “religión” auténtica sin reparar las injurias e injusticias en las relaciones entre los hombres, en la vida social. Sin embargo, en tal contexto los Profetas exhortan a la limosna.

Y tampoco emplean la palabra “limosna”, que, por lo demás, en hebreo es “sadaqah”, es decir, precisamente “justicia”. Piden ayuda para quienes sufren injusticia y para los necesitados: no tanto en virtud de la misericordia, cuanto sobre todo en virtud del deber de la caridad operante.

“¿Sabéis qué ayuno quiero yo?: romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos, y quebrantar todo yugo; partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante el hermano” (Is 58, 6-7).

La palabra griega “eleemosyne” se encuentra en los libros tardíos de la Biblia, y la práctica de la limosna es una comprobación de auténtica religiosidad. Jesús hace de la limosna una condición del acercamiento a su reino (cf. Lc 12, 32-33) y de la verdadera perfección (cf. Mc 10, 21 y paral.). Por otra parte, cuando Judas -frente a la mujer que ungía los pies de Jesús- pronunció la frase: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?” (Jn 12, 5), Cristo defiende a la mujer respondiendo: “Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre” (Jn 12, 8). Una y otra frase ofrecen motivo de gran reflexión.

2. ¿Qué significa la palabra “limosna”?

La palabra griega “eleemosyne” proviene de “éleos”, que quiere decir compasión y misericordia, inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados. Esta palabra transformada ha quedado en casi todas las lenguas europeas: en francés: “aumône”; en español: “limosna”; en portugués: “esmola”; en alemán: “Almosen”; en inglés: “Alms”.

Incluso la expresión polaca “ jalmuzna” es la transformación de la palabra griega.

Debemos distinguir aquí el significado objetivo de este término, del significado que le damos en nuestra conciencia social. Como resulta de lo que ya hemos dicho antes, atribuimos frecuentemente al término “limosna”, en nuestra conciencia social, un significado negativo. Son diversas las circunstancias que han contribuido a ello y que contribuyen incluso hoy. En cambio, la “limosna” en sí misma, como ayuda a quien tiene necesidad de ella, como “el hacer participar a los otros de los propios bienes”, no suscita en absoluto semejante asociación negativa. Podemos no estar de acuerdo con el que hace la limosna por el modo en que la hace. Podemos también no estar de acuerdo con quien tiende la mano pidiendo limosna, en cuanto que no se esfuerza para ganarse la vida por sí. Podemos no aprobar la sociedad, el sistema social, en el que haya necesidad de limosna. Sin embargo, el hecho mismo de prestar ayuda a quien tiene necesidad de ella, el hecho de compartir con los otros los propios bienes, debe suscitar respeto.

Vemos cuán necesario es liberarse del influjo de las varias circunstancias accidentales para entender las expresiones verbales: circunstancias con frecuencia impropias, que pesan sobre su significado corriente. Estas circunstancias, por lo demás, a veces son positivas en sí mismas (por ejemplo, en nuestro caso: la aspiración a una sociedad justa en la que no haya necesidad de limosna, porque reine en ella la justa distribución de bienes).

Cuando el Señor Jesús habla de limosna, cuando pide practicarla, lo hace siempre en el sentido de ayudar a quien tiene necesidad de ello, de compartir los propios bienes con los necesitados, es decir, en el sentido simple y esencial que no nos permite dudar del valor del acto denominado con el término “limosna”, al contrario, nos apremia a aprobarlo: como acto bueno, como expresión de amor al prójimo y como acto salvífico.

Además, en un momento de particular importancia, Cristo pronuncia estas palabras significativas: “Pobres siempre los tenéis con vosotros” (Jn 12, 8). Con tales palabras no quiere decir que los cambios de las estructuras sociales y económicas no valgan y que no se deban intentar diversos caminos para eliminar la injusticia, la humillación, la miseria, el hambre. Quiere decir sólo que en el hombre habrá siempre necesidades que no podrán ser satisfechas de otro modo sino con la ayuda al necesitado y con hacer participar a los otros de los propios bienes... ¿De qué ayuda se trata? ¿De qué participación? ¿Acaso sólo de “limosna”, entendida bajo la forma de dinero, de socorro material?

Don interior, actitud de apertura hacia el hermano 

3. Ciertamente Cristo no quita la limosna de nuestro campo visual. Piensa también en la limosna pecuniaria, material, pero a su modo. A este propósito, es más elocuente que cualquier otro, el ejemplo de la viuda pobre, que depositaba en el tesoro del templo algunas pequeñas monedas: desde el punto de vista material, una oferta difícilmente comparable con las que daban otros. Sin embargo, Cristo dijo: “Esta viuda... echó todo lo que tenía para el sustento” (Lc 21, 3-4). Por lo tanto, cuenta sobre todo el valor interior del don: la disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos.

Recordemos aquí a San Pablo: “Si repartiere toda mi hacienda... no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Cor 13, 3). También San Agustín escribe muy bien a este propósito: “Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada, en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna” (Enarrat. in Ps. CXXV, 5).

Aquí tocamos el núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la “metánoia”, esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien!, y ésta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps. XLII, 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna, como apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metánoia. Sólo con una actitud total -en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo- el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.

La “limosna” así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. Para convencerse de ello, basta recordar la imagen del juicio final que Cristo nos ha dado:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme. Y le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40).

Y los Padres de la Iglesia dirán después con San Pedro Crisólogo: “La mano del pobre es el gazofilacio de Cristo, porque todo lo que el pobre recibe es Cristo quien lo recibe” (Sermo VIII, 4), y con San Gregorio Nacianceno: “El Señor de todas las cosas quiere la misericordia, no el sacrificio; y nosotros la damos a través de los pobres” (De pauperum amore, XI).

Por tanto, esta apertura a los otros, que se expresa con la “ayuda”, con el “compartir” la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior ofrecido al otro llega directamente a Cristo, directamente a Dios. Decide el encuentro con Él. Es la conversión.

En el Evangelio, y aún en toda la Sagrada Escritura, podemos encontrar muchos textos que lo confirman. La “limosna” entendida según el Evangelio, según la enseñanza de Cristo, tiene un significado definitivo, decisivo en nuestra conversión a Dios. Si falta la limosna, nuestra vida no converge aún plenamente hacia Dios.

4. En el ciclo de nuestras reflexiones cuaresmales será preciso volver sobre este tema. Hoy, antes de concluir, detengámonos todavía un momento sobre el verdadero significado de la “limosna”. En efecto, es muy fácil falsificar su idea, como ya hemos advertido al comienzo. Jesús hacía reprensiones también respecto a la actitud superficial “exterior” de la limosna (cf. Mt 6, 2-4; Lc 11, 41). Este problema está siempre vivo. Si nos damos cuenta del significado esencial que tiene la “limosna” para nuestra conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la misericordia, de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su imagen en nosotros mismos. En este campo es muy importante cultivar la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo, para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle, y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don no cargado por el sentido ordinario negativo de la palabra “limosna”.

Vemos, pues, qué campo de trabajo -amplio y a la vez profundo- se abre ante nosotros, si queremos poner en práctica la llamada: “Arrepentíos y dad limosna” (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33). Es un campo de trabajo no sólo para la Cuaresma, sino para cada día. Para toda la vida.

-------------------------------------------------------------------------------

Solidaridad universal y fraternidad cristiana

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 4 de abril de 1979 

Oración, ayuno y limosna 

Hermanas y hermanos queridísimos:

1. Deseo volver una vez más a los temas de nuestras tres meditaciones cuaresmales: oración, ayuno y limosna, y sobre todo a esta última. Si la oración, el ayuno y la limosna forman nuestra conversión a Dios, conversión que se expresa de modo más exacto con el término griego metánoia, si constituyen el tema principal de la liturgia cuaresmal, un estudio penetrante de esta liturgia nos persuade que la “limosna” ocupa en ella un puesto particular. Tratamos de explicarlo brevemente el miércoles pasado, recurriendo a la enseñanza de Cristo y de los Profetas del Antiguo Testamento, que tiene resonancias frecuentes en la liturgia cuaresmal.

Pero es necesario actualizar este tema, traducirlo, por así decir, no sólo a un lenguaje de términos modernos, sino también al lenguaje de la actual realidad humana: interior y social a la vez. ¿Cómo se refieren a la realidad actual las palabras pronunciadas hace miles de años, en un contexto histórico-social completamente diverso, palabras dirigidas a hombres de una mentalidad tan distinta de la de hoy? ¿Cómo es posible, pues, aplicarlas a nosotros mismos? ¿A qué puntos neurálgicos de nuestra injusticia actual, de las iniquidades humanas, de las muchas desigualdades que no han desaparecido ciertamente de la vida de la humanidad -aunque tantas veces la palabra de orden “igualdad” se haya escoto en varias banderas- deben afectar estas palabras?

Resuenan con fuerza insólita las palabras discretas de Cristo dirigidas un día al apóstol traidor: “Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre” (Jn 12, 8).

“Siempre tendréis pobres entre vosotros”. Después del abismo de esta palabra, ningún hombre ha podido decir jamás qué es la pobreza. (...). Cuando se pregunta a Dios, responde que precisamente Él es el Pobre: Ego sum pauper (Léon Bloy, La femme pauvre, II, 1, Mercure de France, 1948).

Apertura interior hacia los hermanos 

2. La llamada a la penitencia, a la conversión significa llamada a la apertura interior “hacia los otros”. Nada puede sustituir a esta llamada ni en la historia de la Iglesia, ni en la del hombre. Esta llamada tiene destinos infinitos. Se dirige a cada uno de los hombres y se dirige a cada uno por motivos propios. Cada uno, pues, debe mirarse en los dos aspectos del destino de esta llamada. Cristo exige de mí una apertura hacia el otro. Pero, ¿hacia qué otro? ¡Hacia el que está aquí, en este momento! No se puede “aplazar” esta llamada de Cristo a un momento indefinido, en el que aparecerá el mendigo “calificado” y tenderá la mano.

Debo estar abierto a cada uno de los hombres, pronto a “ofrecerme”. A ofrecerme, ¿con qué? Es sabido que a veces con una sola palabra podemos “hacer un don” a otro, pero también podemos con una sola palabra atacarlo dolorosamente, injuriarlo, herirlo, podemos incluso “matarlo” moralmente. Es necesario, pues, acoger esta llamada de Cristo cada día en las situaciones ordinarias de convivencia y de contacto, donde cada uno de nosotros es siempre el que puede “dar” a los otros y, al mismo tiempo, el que sabe aceptar lo que los otros pueden ofrecerle.

Realizar la llamada de Cristo para abrirse interiormente a los otros, significa vivir siempre con la prontitud de encontrarse en la otra parte del destino de esta llamada. Yo soy el que da a los otros, también cuando sé aceptar, cuando soy agradecido por todo bien que me viene de los otros. No puedo ser cerrado y desagradecido. No puedo aislarme. Aceptar la llamada de Cristo a la apertura hacia los otros exige, como se ve, una reelaboración de todo el estilo de nuestra vida cotidiana. Es necesario aceptar esta llamada en las dimensiones reales de la vida. No aplazarla para condiciones y circunstancias distintas, para cuando se presente su necesidad. Es necesario perseverar continuamente en tal actitud interior. De otro modo, cuando se presente la ocasión “extraordinaria” podrá ocurrirnos que no tengamos una disposición adecuada.

Nuestra actitud ante las necesidades y sufrimientos de los hombres  

3. Entendiendo así, de modo práctico, el significado de la llamada de Cristo a “ofrecerse” a los otros en la vida de cada día, no queramos restringir el sentido de esta donación sólo a los hechos cotidianos, de pequeñas dimensiones, por así decirlo. Nuestro “prestarse” debe mirar también a los hechos lejanos, a las necesidades del prójimo con quien no estamos en contacto cada día, pero de cuya existencia somos conscientes. Sí, hoy conocemos mucho mejor las necesidades, los sufrimientos, las injusticias de los hombres que viven en otros países, en otros continentes. Estamos lejos de ellos geográficamente, estamos separados por barreras lingüísticas, por fronteras puestas por cada Estado... No podemos meternos directamente en su hambre, en su indigencia, en los malos tratos, en las humillaciones, en las torturas, en la prisión, en las discriminaciones sociales, en su condena a un “exilio exterior” o a la “proscripción”, sin embargo, sabemos que sufren y sabemos que son hombres como nosotros, hermanos nuestros. La “fraternidad” no se ha escrito sólo sobre las banderas y estandartes de las revoluciones modernas. Hace ya mucho tiempo la ha proclamado Cristo: “...todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8). Y aún más: Él ha dado un punto de referencia indispensable a esta fraternidad: nos ha enseñado a decir: “Padre nuestro”. La fraternidad humana presupone la paternidad divina.

La llamada de Cristo a abrirse “al otro”, al “hermano”, precisamente al hermano, tiene un radio de extensión siempre concreto y siempre universal. Mira a cada uno por que se refiere a todos. La medida de este abrirse no es sólo -y no es tanto- la cercanía del otro, cuanto precisamente sus necesidades: tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, en la cárcel, enfermo... Respondamos a esta llamada buscando al hombre que sufre, siguiéndolo hasta más allá de las fronteras de los Estados y continentes. De este modo se crea -a través del corazón de cada uno de nosotros- esa dimensión universal de la solidaridad humana. La misión de la Iglesia es custodiar esta dimensión: no limitarse a algunas fronteras, a algunas orientaciones políticas, a algunos sistemas. Custodiar la solidaridad humana universal sobre todo con quienes sufren; conservarla mirando a Cristo que precisamente ha formado de una vez para siempre tales dimensiones de solidaridad con el hombre: “La caridad de Cristo nos constriñe, persuadidos como estamos de que, si uno murió por todos, luego todos son muertos; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó” (2 Cor 5, 14 s.). Y nos la ha dado como tarea de una vez para siempre. La ha dado a todos. A cada uno. “¿Quién desfallece que no desfallezca yo? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase?”. Son las palabras de San Pablo(2 Cor 11, 29).

Por lo tanto, en nuestra conciencia -en la conciencia individual del cristiano-, en la conciencia social de los diversos ambientes, en las naciones, deben formarse, diría, zonas particulares de solidaridad precisamente con quienes sufren más. Debemos trabajar sistemáticamente para que las zonas de las particulares necesidades humanas, de los grandes sufrimientos, de los agravios, de las injusticias, sean zonas de solidaridad cristiana de toda la Iglesia y, a través de la Iglesia, de cada una de las sociedades y de toda la humanidad.

El problema del hambre y la falta de libertad sobre todo religiosa 

4. Si vivimos en condiciones de prosperidad o de bienestar, debemos ser tanto más conscientes de toda la “geografía del hambre” sobre el globo terrestre; debemos dirigir tanto más nuestra atención a la miseria humana, como fenómeno de masa: debemos despertar nuestra responsabilidad y estimular la prontitud para una ayuda activa y eficaz. Si vivimos en condiciones de libertad, de respeto a los derechos humanos, debemos sufrir tanto más por las opresiones de las sociedades que están privadas de libertad, de los hombres que están privados de los fundamentales derechos humanos. Y esto se refiere también a la libertad religiosa. De modo particular allí donde existe el respeto a la libertad religiosa, debemos participar en los sufrimientos de los hombres, a veces de comunidades religiosas enteras y de Iglesias enteras, a quienes se niega el derecho a la vida religiosa según la propia confesión o el propio rito.

¿Debo llamar a tales situaciones por su nombre? Ciertamente. Este es mi deber. Pero no podemos quedarnos sólo en esto. Es necesario que todos nosotros y en todo lugar nos esforcemos por asumir una actitud de solidaridad cristiana con nuestros hermanos en la fe, que sufren discriminaciones y persecuciones. Es necesario además buscar formas en las que esta solidaridad pueda expresarse. Esta ha sido siempre, desde los tiempos más antiguos, la tradición de la Iglesia. De hecho, es bien conocido que la Iglesia de Jesucristo no entró en la historia de la humanidad “en posición de fuerza”, sino a través de siglos de sufrir persecuciones. Y precisamente estos siglos han creado la más profunda tradición de la solidaridad cristiana.

También hoy esta solidaridad es la fuerza de una auténtica renovación. Es el camino indispensable para la autorrealización de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Es la prueba de nuestra fidelidad a Cristo que ha dicho: “Pobres los tenéis siempre con vosotros” (Jn 12, 8), y aún más: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Nuestra conversión a Dios se realiza sólo por el camino de esta solidaridad.

Os bendigo con mucho afecto.

Sentido y finalidades del viaje apostólico a Gran Bretaña y Mensaje a los fieles de Argentina Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 26 de mayo de 1982 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Ante todo, os dirijo mi saludo cordial y os recibo con afecto en esta audiencia general, que tiene lugar entre la Ascensión y Pentecostés. La liturgia de estos días nos recuerda las palabras con las que Jesús, confortando a sus Apóstoles a quienes iba a dejar, les prometió: "Cuando venga el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí; y vosotros daréis también testimonio" (Jn 15, 26 s.).

Queridísimos: Si el deber de dar testimonio de Cristo corresponde a todo fiel, compromete de modo especial a los sucesores de los Apóstoles, que son los obispos y, entre ellos, al Romano Pontífice que, en su calidad de Sucesor de Pedro, tiene una responsabilidad directa con relación a toda la Iglesia. Impulsado por esta conciencia, a lo largo de estos años he peregrinado por el mundo, para llevar a las diversas porciones de la grey de Cristo ayuda en las pruebas y ánimo para perseverar en la valiente adhesión a los valores perennes del Evangelio.

En línea con este programa, se pensó y preparó, desde hace tiempo, como sabéis, una visita pastoral a las Iglesias en Inglaterra, Escocia y Gales. Las recientes, dolorosas vicisitudes del conflicto en el Atlántico Sur, hicieron dudar sobre la realización de este viaje, que tantos cristianos no sólo católicos, sino también de otras confesiones, esperan con ansia. Después de profundas consultas con los mayores responsables de dichas Iglesias, he decidido realizar mi visita, aunque modificando un poco el programa.

Sin embargo, puesto que esta decisión podría crear algo de sorpresa o perplejidad entre los católicos de la Iglesia en Argentina, ciertamente no menos queridos y no menos cercanos a mi corazón, he sentido la necesidad de explicarles las razones que me han inducido a ello, después de prolongada y angustiosa reflexión.

Con este fin he dirigido a los hijos de esa querida nación una carta, que os leo ahora.

"A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina:

1. Os escribo por mi propia mano, porque siento que debo repetir el gesto paternal del Apóstol Pablo hacia sus hijos, afianzándoles en la fe (cf. Col 4, 18).

Os escribo esta carta impulsado por un sentimiento de afecto y de solicitud hacia la Iglesia una y universal, que está en toda la tierra, en todas las naciones y pueblos. Os escribo porque juzgo que es necesaria una particular aclaración a vosotros que vivís en tierra argentina. Requieren esa aclaración los problemas planteados por mi viaje apostólico y pastoral a Inglaterra, Escocia y Gales en el tiempo de Pentecostés del año en curso.

Si en las últimas semanas no se hubiesen verificado los trágicos acontecimientos que tienen su punto central en la región meridional del Océano Atlántico y que están relacionados con el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña, este viaje no requeriría explicación alguna, como no ha sido necesaria para cualquier otro viaje hecho para visitar las Iglesias que se hallan en los diversos países y continentes. Sin embargo, en vista de las dolorosas circunstancias actuales, debo daros esta aclaración, sabiendo que la queréis aceptar como testimonio leal de afecto, en el servicio evangélico al mundo.

2. El viaje del Papa a las Iglesias de Inglaterra, Escocia y Gales está programado desde hace dos años, y desde hace año y medio se está llevando a cabo una preparación intensa que se concreta en una serie de acciones de tipo pastoral. La expectativa surgida para cumplir el objetivo de estos preparativos es tal que no puedo menos de realizar esta visita que viene a coronar siglos de fidelidad de esos católicos a la Iglesia y al Papa. Por otra parte, a pesar de las insistencias que he hecho para tratar de aplazar mi viaje, los obispos de Gran Bretaña se han manifestado y continúan manifestándose unánimes en afirmar la absoluta imposibilidad de tal aplazamiento, que a su juicio equivaldría prácticamente a una cancelación.

La cancelación del viaje sería una desilusión no sólo para los católicos, sino también para muchísimos no católicos que lo consideran, como es en realidad, singularmente importante también por su significado ecuménico. Saben todos ellos bien, en efecto, que la visita del Papa tiene un carácter estrictamente pastoral y en ningún modo político.

Tal carácter estrictamente pastoral y ecuménico es tan esencial y prevalente que, dadas las circunstancias, los representantes del mundo gubernamental se han retirado espontáneamente de todos los contactos ya previstos y que normalmente han tenido lugar en otras circunstancias durante visitas semejantes.

El programa prevé un encuentro con los altos representantes de la Comunión anglicana y con los representantes de las otras Comunidades cristianas separadas de la Iglesia católica.

Está prevista asimismo una visita a la Reina Isabel que, como bien se sabe, tiene también una especialísima posición en la Iglesia de Inglaterra.

3. Al emprender este viaje -a pesar de todas las dificultades que van acumulándose y con mi ánimo cargado de dolor por las muertes que origina el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña- abrigo la firme esperanza de que se encuentre pronto, gradualmente, una solución honrosa por los caminos de una negociación pacífica. Por parte mía, no he dejado de esforzarme desde el principio, con todos los medios a mi alcance, en favor de una solución que, manteniendo el carácter de una decisión justa y conforme con el sentido del honor nacional, sea capaz de ahorrar a ambas partes, y quizá también a otras sociedades, derramamientos de sangre y otros efectos terribles de la guerra. Por esta intención he rogado asimismo muchas veces, en particular durante mi última peregrinación a Fátima y de modo especialísimo en la Misa concelebrada por mí, el día 22 del mes en curso, en la basílica de San Pedro, junto con los Pastores de la Iglesia en Argentina, en América Latina y los de la Iglesia en Inglaterra, Escocia y Gales. Quedan aún vivas, con toda su exigencia, las frases que en tan histórica ocasión pronuncié: la paz es posible, la paz es un deber imperioso.

Mis días de permanencia en Gran Bretaña seguirán siendo una incesante plegaria en favor de la paz, elevada junto con el Pueblo de Dios que lleva esculpidas en su corazón las palabras de Cristo: "¡Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).

4. Sobre todo durante esos días mi pensamiento y mi afecto estarán también con vosotros, amados hijos de Argentina. Es bien conocida mi predilección por vuestro país y por toda América Latina donde ya he realizado dos visitas que conservo vivas en mi corazón de Pastor universal. En mis proyectos entra realizar una tercera a principios del próximo año. No obstante, hondamente preocupado por la causa de la paz y movido por el amor a vosotros, tan probados en estos momentos de dolor, desearía dirigirme incluso directamente desde Inglaterra a Argentina y allí, entre vosotros y con vosotros, queridos hermanos y hermanas, elevar la misma plegaria por la victoria de la justa paz sobre la guerra. Abrigo la esperanza de que pronto os uniréis al Papa en el santuario de la Madre de Dios en Luján, consagrando vuestras familias y vuestra patria católica al Corazón maternal de la Madre de Dios. Este breve viaje no comportaría la renuncia a una visita pastoral a vosotros, hecha a su debido tiempo, con un programa apropiado y previa la debida preparación.

5. Os pido especialmente a vosotros, venerables hermanos en el Episcopado, que pongáis de manifiesto ante vuestra sociedad el verdadero significado del viaje apostólico del Obispo de Roma, sobre todo si tal significado fuera presentado bajo un prisma falso, para minar la credibilidad de su servicio universal. Sed a la vez, aún dentro de las justas exigencias del patriotismo, portavoces de esa unidad que en Cristo y ante Dios, Creador y Padre, abraza a todos los pueblo y naciones, por encima de lo que los distingue, divide o incluso opone recíprocamente.

La Iglesia, aún conservando el amor hacia cada nación particular, no puede menos de tutelar la unidad universal, la paz y la comprensión mutua. De esta manera, aún en medio de las tensiones políticas y de las calamidades que comporta la guerra, la Iglesia no deja de testimoniar la unidad de la gran familia humana y busca los caminos que ponen de manifiesto tal unidad, por encima de divisiones trágicas. Son los camino que conducen a la justicia, al amor y a la paz.

En prueba de mi afectuosa cercanía os envío, con la seguridad de mis oraciones, una especial bendición apostólica. (Vaticano, 25 de mayo de 1982)"

Este es el texto de la carta, que un representante mío ha llevado personalmente a Argentina.

Os pido a todos que os unáis a mí en la oración para obtener del Señor, por medio de la intercesión de la Virgen Santísima, que las finalidades del viaje pastoral que voy a emprender sean rectamente entendidas y generosamente secundadas, de manera que este viaje pueda ayudar al bien espiritual de los creyentes y a la misma causa de la paz en el Atlántico Austral.

El Papa dio el anuncio de su próxima peregrinación de paz a Argentina, al terminar la audiencia, con las siguientes palabras:

He recibido la noticia de que mi deseo de visitar Argentina ha sido acogido con gratitud y viva satisfacción por los obispos y las supremas autoridades de la Nación y del pueblo argentino. La fecha de partida para este viaje pastoral está prevista para el 10 del próximo mes de junio.

---------------------------------------------------------------------------

Viaje apostólico del Papa a Gran Bretaña - 9-6-1982 

Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 9 de junio de 1982 

1. Al celebrar, juntamente con el Episcopado de Inglaterra, Escocia y Gales, el Sacrificio eucarístico en la catedral de Westminster, Londres, di gracias a Cristo por este signo de unidad que abraza a todos los hombres: el signo en el que los pueblos, aun cuando divididos por conflictos temporáneos, no dejan de estar unidos en el misterio del Cuerpo de Cristo. Cristo "efectivamente es nuestra paz" (Ef 2, 14), a la que es necesario tender siempre con el pensamiento, con el corazón y con las obras, para que no domine sobre la humanidad "el espíritu del mundo" (1 Cor 2, 12) que lleva hacia las divisiones y las guerras.

2. El viaje pontificio a Gran Bretaña había sido programado desde hace tiempo: concordado hace dos años, y preparado con solicitud durante ocho meses en cada una de las diócesis y parroquias de Inglaterra, Escocia y Gales. Hoy, al hablar de la perspectiva de la visita ya terminada, no se puede por menos de subrayar sobre todo las dimensiones de esta preparación y de su alto nivel. Se trata aquí no solo de los medios materiales, sino sobre todo de la dimensión espiritual de este gran trabajo común. En él se ha manifestado algo más que la madurez actual del Pueblo de Dios. Se ha manifestado la heredad plurisecular, que en Inglaterra tiene sus orígenes históricos en la persona de San Agustín, primer obispo de Canterbury. En Escocia estos comienzos se vinculan a los nombres de los Santos Ninian, Columba y Kentigern: en Gales, en cambio, al de San David.

Esta heredad tiene tras sí no sólo lejanos comienzos (que por lo demás nos llevan aún más lejos de los nombres citados, hasta los tiempos del Imperio Romano), sino también una serie de siglos difíciles, sellados con la sanare de mártires modernos, de los que se habla con veneración, e incluso sin amargura alguna humana, igual que de los mártires de los primeros siglos. Se habla de ellos con un amor digno del que ellos mismos -por citar a San Juan Fischer, o a Santo Tomás Moro- dieron testimonio. Esta heredad está también en el último siglo, es la heredad vinculada al nombre del gran cardenal Newmann: la heredad de la laboriosa búsqueda de la verdad como camino de 1a unidad en la fe. El cristianismo en Gran Bretaña es un importante campo ecuménico. La Iglesia católica se halla en este terreno, aceptando como propio el camino de la unidad de los cristianos, que ha indicado el Concilio Vaticano II.

3. De la visita en sí misma, se puede decir que ha sido como una peregrinación a través de los siete santos sacramentos, en los que se forma y se desarrolla la vida del Pueblo de Dios. Esta forma teológica y, a la vez, pastoral, ha unido con trama uniforme toda la geografía de la visita, comenzando por la catedral de Westminster, donde el tema fue el Bautismo. Al día siguiente (vigilia de Pentecostés), en el estadio de Wembley, ante la estatua de la Virgen de Walsingham, tuvo lugar la renovación de las promesas bautismales. Estuvimos unidos en esta oración con la Madre de la Iglesia, igual que los Apóstoles en el Cenáculo cuando esperaban la venida del Espíritu Consolador. El mismo día, por la mañana, en la catedral de Canterbury, renovaron los votos bautismales todos los participantes en el encuentro: anglicanos y católicos.

También el primer día de la peregrinación, se celebró la liturgia solemne y profundamente emotiva de la Unción de los enfermos, en la catedral de Southwark, un gran encuentro con la Iglesia de los que sufren unidos a Cristo.

4. La Eucaristía, celebrada el mismo día de Pentecostés, ene un gran campo cerca de Coventry, hizo presente la venida del Paráclito sobre el lugar que sufrió una destrucción especial durante la segunda guerra mundial. El símbolo de esta destrucción es la catedral antigua; a cuyo lado se ha construida una nueva. El sacramento de la Confirmación, administrado durante la Santa Misa, manifestó la construcción de la Iglesia por medio de la fe y de las obras, que se derivan de ella, en la comunidad del Pueblo de Dios.

El mismo día de Pentecostés, por la tarde, fui a Liverpool, el mayor centro de católicos en Gran Bretaña. Hubo un saludo en el aeropuerto, ante la numerosa muchedumbre a lo largo de las calles de la ciudad que asistía a la visita que hice, primero, a la catedral anglicana y, luego, a la catedral católica, construida recientemente. El tema de la homilía fue el Sacramento de la  Penitencia y Reconciliación, de acuerdo con las palabras de la liturgia: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 23), y también de acuerdo con el gran esfuerzo que en esta ciudad hacen los cristianos católicos y anglicanos, en la dirección de la reconciliación recíproca, según el espíritu del Evangelio.

5. El lunes, el tema fue, ante todo, el Sacramento del Orden puesto de relieve mediante la administración de las ordenaciones sacerdotales durante la solemne Eucaristía en Manchester.

Y, luego, el Sacramento del Matrimonio, durante el encuentro con los representantes de las familias en un gran campo cerca de York. En sintonía con la liturgia de la Palabra y la homilía, los esposos y los miembros de las familias renovaron las promesas que constituyen el fundamento de su comunidad en Cristo y en la Iglesia.

En este contexto hay que añadir todo lo que durante la peregrinación ha hecho referencia a la vocación cristiana en general, y especialmente a la vocación sacerdotal y religiosa, mediante los encuentros con los sacerdotes, con los hermanos y hermanas de las órdenes y congregaciones religiosas, con los alumnos de los seminarios y noviciados: encuentros, palabra, oración.

6. La Eucaristía fue, en cierto sentido, un tema continuo, en el centro de cada uno de los encuentros. Sin embargo, de modo particular y detallado, este tema se puso de relieve en Cardiff, última etapa del viaje, donde tuvo lugar también la primera comunión de jóvenes cristianos.

La juventud ha tenido su lugar peculiar en esta peregrinación. Se dio un testimonio especial de su presencia en la Iglesia, dos veces: la primera, con ocasión del encuentro en Edimburgo (incluso con los más jóvenes). La segunda, al final de todo el programa de la visita, en Cardiff. Estos encuentros estaban llenos de espontaneidad juvenil y, a la vez, de profundo contenido cristiano. La última palabra dirigida a la Iglesia en Gran Bretaña versó sobre el tema de la oración esto precisamente hablando a la juventud, en Cardiff.

7. La visita a Escocia tuvo sus dos polos en Edimburgo y en Glasgow. Ello hizo que se reuniera y se hiciera ver la iglesia, que en tierra escocesa tiene una historia especial, un perfil propio, lo cual se manifestó en las dos ciudades, pero el principal encuentro litúrgico tuvo lugar en Glasgow, el martes por la tarde, con una enorme participación de fieles. El tema de la homilía fue sintético: el reino de Dios en su realización histórica y actual en tierra escocesa y en la historia de los hombres.

Entre otras cosas, tuve también oportunidad de visitar a la comunidad educadora en Glasgow; y también resultó inolvidable la visita a la comunidad de los enfermos en Edimburgo.

8. La Iglesia, que es el sacramento de la unión del hombre con Dios y el signo de la unidad de toda familia humana, se encuentra en las Islas Británicas, como ya he dicho, en un particular campo ecuménico. Ello se ha manifestado en todas las etapas de la visita. Pero, sobre todo, en Inglaterra, con el encuentro histórico en la catedral de Canterbury, que es la sede del Presidente de toda la Comunión anglicana.

Se puede decir que la preparación para este encuentro fue particularmente larga y laboriosa: doce años de trabajo de la Comisión Internacional Anglicana y Católica, que, finalmente, ha presentado al Papa y al Presidente de la Comunión anglicana los resultados de sus estudios. Estos resultados se han convertido en una base para la Declaración común, firmada la vigilia de Pentecostés. Y constituye un fundamento para la ulterior colaboración ecuménica, que tiene como finalidad abrir camino a la unidad plena.

Resultaría difícil decir algo más en esta concisa descripción. Solamente hay que dar gracias al Espíritu de unidad y de verdad, que ha guiado nuestros pasos en este encuentro y, esperamos, los seguirá guiando.

Desde el punto de vista ecuménico, también ha tenido importancia el encuentro con los Representantes del Consejo Británico de las Iglesias en Canterbury, y luego en Edimburgo el otro encuentro con los Representantes de las Comunidades cristianas de Escocia.

Sin embargo, hay que dar también una importancia particular al encuentro con el Moderador de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia (presbiteriana), en la misma ciudad de Edimburgo, que señala lo específico del camino ecuménico propio de Escocia.

9. Con ocasión de esta visita, que ha sido sobre todo pastoral, me he sentido honrado por el encuentro con la Reina Isabel II, el primer día de mi viaje.

Los Representantes de las autoridades políticas -dada la situación internacional surgida en las relaciones con Argentina- tomaron ellas mismas la iniciativa de retirarse del programa de la visita.

Dándome cuenta de todo lo que, en una preparación tan excelente para esta peregrinación a través de Inglaterra, Escocia y Gales, ha dependido de los diversos factores y de las instancias de las autoridades, deseo expresar a todos, una vez más, mi cordial gratitud.

10. La primera visita en la historia que el Obispo de Roma ha hecho a Gran Bretaña, tiene sin duda una singular elocuencia histórica Séame permitido colocarla en el Corazón de Aquel que es Señor de la historia, Rey de la paz, Príncipe del siglo futuro.

----------------------------------------------------------------------------

Sentido apostólico de la visita a la Organización Internacional del Trabajo y a otros organismos internacionales en Ginebra.

Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 16 de junio de 1982 

1. Ayer, cumpliendo un compromiso que había contraído desde el año pasado, con ocasión del 90 aniversario de la "Rerum novarum", fui a la ciudad de Ginebra, Suiza, para hacer una visita a la Conferencia Internacional del Trabajo, que celebra en estos días su 68 sesión. Visité, además, otros importantes Organismos internacionales, que tienen su sede en esa ciudad y, al finalizar la jornada, me encontré con la población de Ginebra y sus alrededores, reunida en Palexpo, para participar en la Santa Misa.

Así he podido realizar una parte del programa que hasta ahora había quedado suspendido con motivo de todo lo que sucedió el 13 de mayo del año pasado. A su debido tiempo, con la ayuda de Dios, pretendo realizar también el resto del programa, con una visita pastoral a la Iglesia que cree, ora y trabaja en Suiza, y un encuentro con los representantes de las otras Confesiones cristianas, visitando, además, el Consejo Ecuménico de las Iglesias.

Mientras tanto, ahora doy gracias a Dios por el deber pastoral que he podido cumplir en línea con la misión que la Iglesia está llamada a desarrollar en el mundo de hoy. Esta misión se refiere no sólo a los bienes eternos, sino que se dirige también con particular solicitud a las "realidades terrenas", esto es, a los bienes de la cultura, de la economía, de las artes, de las profesiones, de las instituciones políticas y sociales, en los que se compendia la vida del hombre sobre la tierra. El Concilio Vaticano II ha tratado de ellos con luminosa claridad, reconociendo, ante todo, que estos valores temporales tienen su legítima autonomía, pero afirmando, además, con fuerza que están destinados a armonizarse con los valores de la fe y a ponerse al servicio del hombre para la realización de su "vocación integral". (cf. Gaudium et spes, 34-36; Apostolicam actuositatem, 7).

Misión de la Iglesia es recordar a los hombres este horizonte más amplio, dentro del cual se mueve su actividad, poniéndoles en guardia contra las posibles desviaciones a que está expuesto continuamente su esfuerzo, y sosteniéndoles en el compromiso de generosa dedicación a la causa del auténtico progreso, de la paz y de la dignidad de la persona humana. creada a imagen y semejanza de Dios.(cf. Gaudium et spes, 37-39).

2. Consciente de esto, he querido, ante todo, ir a rendir homenaje a los representantes de la Organización Internacional del Trabajo, para tributar un justo agradecimiento a todo lo que dicha Organización ha hecho estos años en tutela del hombre que trabaja, de la dignidad que le es propia y de los derechos inalienables que lógicamente se derivan de ella. Ha sido un encuentro con el mundo del trabajo en su centro histórico y jurídico, rico de tanta significación asociativa y humana.

Entre las muchas cosas que hubiera querido decir sobre un tema tan importante, he elegido una que considero particularmente urgente en la presente situación internacional: he insistido sobre el deber de la solidaridad, ya que me parece que esta dimensión está impresa en la naturaleza misma del trabajo y hoy todo impulsa hacia su realización cada vez más plena. El trabajo une porque es idéntica su realidad profunda en todas las partes del mundo y porque es idéntica su relación con el sentido de la vida humana, dondequiera que se desarrolle.

Esta realidad profunda y esta relación esencial pueden expresarse en palabras sencillas y breves: el trabajo debe estar en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo. Afirmación aparentemente clara y que se da por supuesta. Sin embargo, la desmiente con frecuencia la realidad concreta cuando surgen situaciones en las que se valora al hombre a base de la utilidad que está en disposición de ofrecer a las estructuras productivas, y, en cambio, no se valoran estas últimas basándose en la utilidad que pueden ofrecer a la plena realización de cada uno de los hombres.

Es necesaria una humanización cada vez mayor del trabajo, que tiene un vínculo tan profundo con el problema del sentido de la vida humana.

3. En Ginebra está el "Centro Europeo de Investigaciones Nucleares", que reúne estudiosos de diversas nacionalidades y coordina sus esfuerzos al servicio de una causa nobilísima: la de la investigación pura. ¿No es ésta también una "realidad terrena" de importancia fundamental para la vida y para el futuro del hombre? No podía menos de visitar una asamblea tan calificada de personas, que trabajan en las fronteras más avanzadas de la ciencia, para expresarles, en nombre de la Iglesia y de la misma humanidad, el sincero aprecio por los progresos que, gracias a su esfuerzo y al de sus colegas de todo el mundo, se han podido llevar a cabo en el conocimiento del misterio del universo.

Al mismo tiempo, he sentido el deber de recordar que la investigación científica no agota todos los aspectos de la realidad, sino que más bien exige, para no quedar reducida a una visión reductora y deformante, ser integrada con las aportaciones que provienen del conocimiento filosófico y, en particular, con las verdades superiores de la Revelación divina, acogida en la fe.

Precisamente, gracias a las más amplias perspectivas que ofrecen estas diversas formas de conocimiento, pueden evitarse los riesgos de desarrollos de la investigación científica y de la utilización de los resultados que alcanza, en sentido contrario al verdadero bien del hombre. ¿Quién no está preocupado hoy por las consecuencias nocivas, más aún, catastróficas, que una aplicación de los frutos de la investigación científica, una aplicación llevada de modo irresponsable, podría provocar?

Creo que el gran reto impuesto al hombre de hoy por el grado avanzado de desarrollo de sus conocimientos, es precisamente éste: armonizar los valores de la ciencia y de la tecnología con los valores de la conciencia.

4. En este sentido pueden ofrecer una aportación pacífica las Organizaciones Internacionales Católicas, a las que corresponde un papel de mediación entre el Evangelio y la sociedad contemporánea, planteándose como tema de reflexión profunda, por ejemplo, los elementos fundamentales de una antropología cristiana a la luz de los datos de las ciencias modernas, las exigencias de la moral aplicada al orden económico internacional, la incidencia que la ley de la caridad tiene en materia de relaciones internacionales, etc.

Considerando estas importantes funciones suyas, he querido llevar a los representantes de estas Organizaciones con sede en Ginebra, el testimonio de mi estima, mi estimulo y la seguridad de mi apoyo.

5. No se puede hablar de Suiza y, en particular, de Ginebra, sin que el pensamiento vaya también a la benéfica institución, conocida en todo el mundo, que tuvo su origen en esa querida nación y que tiene en esta ciudad su sede central: la Cruz Roja. No hay calamidad natural, no hay desgracia de alguna dimensión, no hay conflicto doloroso entre las naciones, que no estimule inmediatamente a los representantes de este organismo para llevar socorro a las víctimas, para aliviar los sufrimientos, favorecer la reconciliación y la paz. También en los recientes, tristes acontecimientos bélicos del Atlántico Austral y del Líbano, la Cruz Roja no ha dejado de intervenir oportunamente con su obra humanitaria.

Con gran alegría, pues, e incluso con emoción, he llevado mi saludo al Presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja y a sus colaboradores, juntamente con la expresión de mi cordial apoyo a la acción que desarrollan con encomiable solicitud y generosidad para tutelar a toda persona humana, socorrer a quien tiene necesidad, promover la amistad, la cooperación y la paz duradera entre los pueblos. Se trata de ideales que deben interesar profundamente a todo cristiano.

Al llevar este testimonio de solidaridad, estaba seguro de interpretar el pensamiento de todos los hijos de la Iglesia, los cuales, en la escuela de Cristo, como vértice y coronamiento de todos los valores que se pueden alcanzar aquí abajo, han aprendido a apreciar el del amor. ¡Que esta lección evangélica pueda penetrar cada vez más profundamente en los corazones de los hombres y convencerlos a comprometerse generosamente en la construcción de la que mi predecesor Pablo VI calificó, con expresión inolvidable, como "la civilización del amor"!

En la construcción de esta civilización del amor en favor del hombre, la cual se rige por los valores del trabajo, de la ciencia, de la solidaridad en las necesidades y de la fraternidad, corresponde a los Organismos Internacionales una misión particular, que merece un aprecio profundo, así como estímulo y apoyo. Aquí está precisamente la razón de mi visita de ayer.

Visita pastoral del Santo Padre a Uruguay, Chile y Argentina

Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 15 de abril de 1987 

1. Hoy, miércoles de la Semana Santa, nos reunimos tras el regreso de mi viaje pastoral a dos países limítrofes de América Latina: Chile y Argentina.

Como es sabido, al comenzar mi ministerio en la Sede de Pedro, estas dos naciones se encontraban, en diciembre de 1978, al borde de una guerra, que hubiera podido extenderse luego a otros países de América del Sur. Considero un signo de la Providencia de Dios el que se pudieran parar los pasos de la guerra y que Chile y Argentina propusieran a la Sede Apostólica su Mediación en la controversia sobre la zona austral. Deseo expresar una vez más mi profundo agradecimiento al señor cardenal Antonio Samoré, que en diciembre de 1978 dio los primeros pasos para impedir la guerra y guió luego, hasta su muerte ocurrida en febrero de 1983, los trabajos de los expertos de ambas partes. Estos trabajos se vieron coronados al fin -gracias también a quien continuó la obra del cardenal Samoré- por un Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina, firmado en el Vaticano el 29 de noviembre de 1984.

2. La finalidad de mi visita ha sido sobre todo dar gracias. Junto con estos dos pueblos, quería dar gracias a Dios por la solución pacifica de la controversia, solución que ahorró a Argentina y a Chile pérdidas incalculables, sobre todo de jóvenes vidas humanas, que se habrían producido como consecuencia dolorosa de las actividades bélicas.

En este contexto deseo agradecer la invitación a realizar este viaje que me fue dirigida por las autoridades estatales de Argentina y Chile y por los Episcopados de estos dos países. Al mismo tiempo doy las gracias a cuantos han contribuido a la preparación de esta visita y han facilitado su desarrollo.

Puesto que la decisión bilateral de la suspensión del recurso a las armas y del inicio del proceso de Mediación fue tomada en Montevideo, capital de Uruguay, pareció oportuno comenzar desde esa ciudad el viaje de acción de gracias. Expreso vivo agradecimiento a las autoridades civiles de Uruguay, al arzobispo de Montevideo, a los demás obispos del país, así como a los sacerdotes, religiosos, religiosas y a todos los fieles, por la acogida que se me dispensó en esa capital y por la numerosa participación en la Eucaristía de acción de gracias en la gran explanada "Tres Cruces".

3. La visita a Chile y Argentina ha tenido al mismo tiempo un carácter pastoral análogo al de otros muchos viajes que he podido hacer anteriormente a diversos países de los cinco continentes, realizando así el ministerio de Sucesor de Pedro. La visita a Chile duró del 1 al 6 de abril: habla sido configurada de acuerdo con la geografía de ese país que se extiende por más de 4 mil kilómetros como una franja estrecha entre las cadenas de los Andes y la costa del Océano Pacífico.

La parte más notable de la visita se concentró en la capital, Santiago de Chile (en la que vive más de un tercio de la población total del país) y, tras un gran encuentro en Valparaíso, se desarrolló a través de las siguientes ciudades, de Sur a Norte: Punta Arenas, Puerto Montt, Concepción, Temuco, La Serena y Antofagasta.

Paralelo a este programa "geográfico", se desarrolló también el programa "temático" sobre los aspectos fundamentales de la misión de la Iglesia en Chile.

En el encuentro con el Episcopado de Chile, exhorté a los amados hermanos, obispos a contribuir con todo empeño a la afirmación de la concordia y de la paz, dentro del respeto de los derechos fundamentales del hombre.

A los sacerdotes les recordé que Cristo ha puesto en sus manos el inmenso tesoro de la redención y los exhorté a impulsar la acción pastoral, que conduce a la conversión y a una auténtica vida cristiana.

A la multitud innumerable de las "poblaciones", en la periferia de Santiago así como a los "campesinos" y a los indígenas "mapuches" en la ciudad de Temuco, les manifesté la solicitud plena y cordial de la Iglesia, subrayando los derechos de los más pobres y de las minorías, e invitando al diálogo constructivo y a la solidaridad.

En el santuario de Maipú consagré Chile a María, Virgen del Carmen. Patrona de la nación y Madre de la esperanza.

En la Universidad Católica de Santiago tuve un encuentro con el mundo de la cultura y con los intelectuales chilenos. Recibí además, a petición suya, a un grupo de dirigentes políticos de diversos partidos, a los cuales recordé los principios éticos cristianos que deben constituir la base de toda convivencia social.

Sobre la paz nacional e internacional hablé en Punta Arenas; sobre la familia y el matrimonio, en Valparaíso, sobre la evangelización de los pueblos, en Puerto Montt; sobre el trabajo y el desempleo, en Concepción; sobre el valor de las culturas locales, en el mensaje radiotelevisado a las poblaciones de la Isla de Pascua. Por último, en Antofagasta, llevé el consuelo de la fe y de la amistad cristiana a los presos, reafirmando la importancia del camino de la evangelización en el V centenario del primer anuncio del Evangelio en América Latina

4. El punto culminante de la visita a Chile fue la beatificación de sor Teresa de los Andes, carmelita. Es la primera hija de la Iglesia en Chile que es elevada a la gloria de los altares.

Esta ceremonia de beatificación, durante la cual hablé en la homilía de la reconciliación, resultó especialmente elocuente en el trasfondo de la difícil situación interna de la nación.

Hay que expresar una gratitud particular a la comunidad eclesial de Santiago que no se dejó provocar en ningún momento, manteniendo una actitud verdaderamente digna de una gran manifestación religiosa.

¡Ciertamente el amor es mas fuerte! Confío en que la visita haya reforzado la solidaridad cristiana de toda la Iglesia con nuestros hermanos y hermanas en Chile, país con una gran herencia cultural, marcado por siglos de intensa vitalidad cristiana y plenamente consciente de su identidad también en el campo social y político.

5. La visita a Argentina duró del 6 al 12 de abril. Comenzando en la capital, Buenos Aires, el viaje se desarrolló a través de las siguientes ciudades: Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.

Por lo que se refiere a los temas el programa se desarrolló según el carácter específico de las distintas regiones. Dicho programa contempló de forma prevalente la temática catequética y pastoral, de acuerdo con las necesidades de toda la Iglesia en Argentina y del progreso social de esa nación dentro del respeto a los derechos de toda persona humana.

En el encuentro con el mundo rural en Bahía Blanca, exhorté a lograr que el trabajo, elevándose en Cristo a la categoría de redención, contribuya a consolidar las bases de un auténtico humanismo cristiano; en Viedma se conmemoró el V centenario de la Evangelización de América Latina y la obra heroica de los primeros misioneros en Patagonia; en Mendoza, la maravillosa ciudad rodeada por las vetas nevadas del Aconcagua y de las otras montañas de la Cordillera, se desarrolló el tema: "La paz, don de Dios, que se conquista cada día"; en Córdoba, el tema fue el matrimonio en la doctrina católica, que lo presenta como indisoluble, fundado en el amor de los cónyuges, y ordenado a la familia; en Tucumán, la ciudad cuna de la Independencia, traté el tema de la libertad y de la piedad, entendida también como amor a la patria; en Salta hablé de los valores de las culturas locales, exhortando a la esperanza que nace de la realidad del bautismo; en Corrientes el tema central fue la devoción a María Santísima en el marco de la religiosidad popular; en Paraná desarrollé el tema de la emigración y de los problemas sociales y religiosos que lleva consigo; finalmente en Rosario traté de la vocación y de la misión de los laicos en la Iglesia.

Los problemas del trabajo y la orientación para su gradual solución fueron tratados en los encuentros con los trabajadores, en el "Mercado Central" de Buenos Aires, y con los empresarios, mientras que en el "Teatro Colón" tuvo lugar una reunión significativa con el mundo de la cultura.

No faltó un encuentro con la comunidad ucrania, en cuya catedral de Buenos Aires oré recordando el próximo milenio del bautismo de sus antepasados. Hubo además encuentros de carácter inter-religioso y ecuménico.

6. El acontecimiento final -y al mismo tiempo culminante- del programa de la visita a Argentina fue la Jornada mundial de la Juventud, que se celebró el Domingo de Ramos.

Los años anteriores esta fiesta había tenido su epicentro en la basílica de San Pedro en Roma. Esta vez se eligió la ciudad de Buenos Aires, donde en una gran explanada se reunió una multitud innumerable de jóvenes: jóvenes procedentes, ante todo, de Argentina y además de toda América Latina, e incluso de otros continentes. Se hallaba presente asimismo una nutrida delegación italiana, cerca de 500 jóvenes, sobre todo de Roma. Tema de la Jornada fueron las palabras de San Juan: "Nosotros hemos reconocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (Jn 4, 16).

La solemne ceremonia terminó con el acto de consagración de Argentina a la Virgen de Luján.

Tanto la vigilia nocturna del sábado anterior y la liturgia del mismo Domingo de Ramos, como el programa en su totalidad, fueron muy bien preparados por los organizadores, y los participantes vivieron intensamente los distintos momentos del mismo.

7. Queridísimos hermanos y hermanas:

Con el Domingo de Ramos hemos entrado en el período de la Semana Santa. Que sea fuente de renovación pascual para toda la Iglesia en el mundo entero y, de forma especial, en Chile, Argentina y Montevideo, como tuve ocasión de subrayar sobre todo en los distintos encuentros con los enfermos.

A todos, y en particular a cuantos han venido a Roma para la Semana Santa, les deseo la gracia de la unión con Cristo crucificado y resucitado: la muerte redentora que Él sufrió por amor a todos y a cada uno produzca siempre en nosotros frutos de nueva vida: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

------------------------------------------------------------------------------

Jesucristo, Mesías, y la Sabiduría divina  

Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 22 de marzo de 1987 

1. En el Antiguo Testamento se desarrolló y floreció una rica tradición de doctrina sapiencial. En el plano humano, dicha tradición manifiesta la sed del hombre de coordinar los datos de sus experiencias y de sus conocimientos para orientar su vida del modo más provechoso y sabio. Desde este punto de vista, Israel no se aparta de las formas sapienciales presentes en otras culturas de la antigüedad, y elabora una propia sabiduría de vida, que abarca los diversos sectores de la existencia: individual, familiar, social, político.

Ahora bien, esta misma búsqueda sapiencial no se desvinculó nunca de la fe en el Señor, Dios del éxodo; y ello se debió a la convicción que se mantuvo siempre presente en la historia del pueblo elegido, de que sólo en Dios residía la Sabiduría perfecta. Por ello, el “temor del Señor”, es decir, la orientación religiosa y vital hacia Él, fue considerado el “principio”, el “fundamento”, la “escuela” de la verdadera sabiduría (Prov 1, 7; 9, 10; 15, 33).

2. Bajo el influjo de la tradición litúrgica y profética, el tema de la sabiduría se enriquece con una profundización singular, llegando a empapar toda la Revelación. De hecho, tras el exilio se comprende con mayor claridad que la sabiduría humana es un reflejo de la Sabiduría divina, que Dios “derramó sobre todas sus obras, y sobre toda carne, según su liberalidad” (Eclo 1, 9-10). El momento más alto de la donación de la Sabiduría tiene lugar con la revelación al pueblo elegido, al que el Señor hace conocer su palabra (Dt 30, 14). Es más, la Sabiduría divina, conocida en la forma más plena de que el hombre es capaz, es la Revelación misma, la “Tora”, “el libro de la alianza de Dios altísimo” (Eclo 24, 32).

3. La Sabiduría divina aparece en este contexto como el designio misterioso de Dios que está en el origen de la creación y de la salvación. Es la luz que lo ilumina todo, la palabra que revela, la fuerza del amor que une a Dios con su creación y con su pueblo. La Sabiduría divina no se considera una doctrina abstracta, sino una persona que procede de Dios: está cerca de Él “desde el principio” (Prov 8, 23), es su delicia en el momento de la creación del mundo y del hombre, durante la cual se deleita ante él(Prov 8, 22-31).

El texto de Ben Sira recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo la Sabiduría divina que encuentra su lugar de “descanso” en Israel y se establece en Sión (Eclo 24, 3-12), indicando de ese modo que la fe del pueblo elegido constituye la vía más sublime para entrar en comunión con el pensamiento y el designio de Dios. El último fruto de esta profundización en el Antiguo Testamento es el libro de la Sabiduría, redactado poco antes del nacimiento de Jesús. En él se define a la Sabiduría divina como “hálito del poder de Dios, resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad”, fuente de a amistad divina y de la misma profecía” (Sab 7, 25-27).

4. A este nivel de símbolo personalizado del designio divino, la Sabiduría es una figura con la que se presenta la intimidad de la comunión con Dios y la exigencia de una respuesta personal de amor. La Sabiduría aparece por ello como la esposa (Prov 4, 6-9), la compañera de la vida (Prov 6, 22; 7, 4). Con las motivaciones profundas del amor, la Sabiduría invita al hombre a la comunión con ella y, en consecuencia, a la comunión con el Dios vivo. Esta comunión se describe con la imagen litúrgica del banquete: “Venid y comed mi pan y bebed mi vino que he mezclado” (Prov 9, 5): una imagen que la apocalíptica volverá a tomar para expresar la comunión eterna con Dios, cuando Él mismo elimine la muerte para siempre (Is 25, 6-7).

5. A la luz de esta tradición sapiencial podemos comprender mejor el misterio de Jesús Mesías. Ya un texto profético del libro de Isaías habla del espíritu del Señor que se posará sobre el Rey-Mesías y caracteriza ese Espíritu ante todo como “Espíritu de sabiduría y de inteligencia” y luego como “Espíritu de entendimiento y de temor de Yahvé” (Is 11, 2).

En el Nuevo Testamento son varios los textos que presentan a Jesús lleno de la Sabiduría divina. El Evangelio de la infancia según San Lucas insinúa el rico significado de la presencia de Jesús entre los doctores del templo, donde “cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia” (Lc 2, 47), y resume la vida oculta en Nazaret con las conocidas palabras: “Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

Durante los años del ministerio de Jesús, su doctrina suscitaba sorpresa y admiración: “Y la muchedumbre que le oía se maravillaba diciendo: “¿De dónde le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?” (Mc 6, 2).

Esta Sabiduría, que procedía de Dios, confería a Jesús un prestigio especial: “Porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus doctores” (Mt 7, 29); por ello se presenta como quien es “más que Salomón” (Mt 12, 42). Puesto que Salomón es la figura ideal de quien ha recibido la Sabiduría divina, se concluye que en esas palabras Jesús aparece explícitamente como la verdadera Sabiduría revelada a los hombres.

6. Esta identificación de Jesús con la Sabiduría a afirma el Apóstol Pablo con profundidad singular. Cristo, escribe Pablo, “ha venido a ser para nosotros, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). Es más, Jesús es la “sabiduría que no es de este siglo... predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor 2, 6-7). La “Sabiduría de Dios” es identificada con el Señor de la gloria que ha sido crucificado. En la cruz y en la resurrección de Jesús se revela, pues, en todo su esplendor, el designio misericordioso de Dios, que ama y perdóna al hombre hasta el punto de convertirlo en criatura nueva. La Sagrada Escritura haba además de otra sabiduría que no viene de Dios, la “sabiduría de este siglo”, la orientación del hombre que se niega a abrirse al misterio de Dios, que pretende ser el artífice de su propia salvación. A sus ojos la cruz aparece como una locura o una debilidad; pero quien tiene fe en Jesús, Mesías y Señor, percibe con el Apóstol que “la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres” (1 Cor 1, 25).

7. A Cristo se le contempla cada vez con mayor profundidad como la verdadera “Sabiduría de Dios”. Así, refiriéndose claramente al lenguaje de los libros sapienciales, se le proclama “imagen del Dios invisible”, “primogénito de toda criatura”, Aquel por medio del cual fueron creadas todas las cosas y en el cual subsisten todas las cosas (cf. Col 1, 15-17); Él, en cuanto Hijo de Dios, es “irradiación de su gloria e impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas” (Heb 1, 3).

La fe en Jesús, Sabiduría de Dios, conduce a un “conocimiento pleno” de la voluntad divina, “con toda sabiduría e inteligencia espiritual”, y hace posible comportarse “de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el comportamiento de Dios” (Col 1, 9-10).

8. Por su parte, el Evangelista Juan, evocando la Sabiduría descrita en su intimidad con Dios, habla del Verbo que estaba en el principio, junto a Dios, y confiesa que “el Verbo era Dios” (Jn 1, 1). La Sabiduría, que el Antiguo Testamento había llegado a equiparar a la Palabra de Dios, es identificada ahora con Jesús, el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Como la Sabiduría, también Jesús, Verbo de Dios, invita al banquete de su palabra y de su cuerpo, porque Él es “el pan de vida” (Jn 6, 48), da el agua viva del Espíritu (Jn 4, 10; 7, 37-39), tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). En todo esto, Jesús es verdaderamente “más que Salomón”, porque no sólo realiza de forma plena la misión de la Sabiduría, es decir, manifestar y comunicar el camino, la verdad y la vida, sino que Él mismo es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), es la revelación suprema de Dios en el misterio de su paternidad(Jn 1, 18; 17, 6).

9. Esta fe en Jesús, revelador del Padre, constituye el aspecto más sublime y consolador de la Buena Nueva. Este es precisamente el testimonio que nos llega de las primeras comunidades cristianas, en las cuales continuaba resonando el himno de alabanza que Jesús había elevado al Padre, bendiciéndolo porque en su beneplácito había revelado “estas cosas” a los pequeños.

La Iglesia ha crecido a través de los siglos con esta fe: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). En definitiva, revelándonos al Hijo mediante el Espíritu, Dios nos manifiesta su designio, su sabiduría, la riqueza de su gracia “que derramó superabundantemente sobre nosotros con toda sabiduría e inteligencia” (Ef 1, 8).

 

 

 Página realizada por Eldama: info@eldama.com.ar

www.juanpablosegundo.com.ar