Catequesis
de Juan Pablo II
|
1978
La
virtud de la prudencia
Catequesis
del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
25
de octubre de 1978
Cuando el miércoles
27 de septiembre el Santo Padre Juan Pablo I habló a los
participantes en la audiencia general, a nadie se le podía ocurrir
que aquella era la última vez. Su muerte después de 33 días de
pontificado, ha sorprendido al mundo y lo ha invadido de profunda
pena.
Él, que
suscitó en la Iglesia un gozo tan grande e inundó el corazón de
los hombres de tanta esperanza, consumó y llevó a término su misión
en un tiempo muy breve. En su muerte se ha hecho realidad la palabra
tan repetida del Evangelio: “...habéis de estar preparados,
porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre”
(Mt 24, 44). Juan Pablo I estaba siempre en vela. La llamada del Señor
no le ha cogido de sorpresa. Ha respondido a ésta con la misma
alegría y trepidación con que había aceptado la elección a la
Sede de Pedro el 26 de agosto.
En
la línea del Papa Luciani
Hoy se
presenta a vosotros por vez primera Juan Pablo II.
A las cuatro semanas de aquella audiencia general, desea
saludaros y hablar con vosotros. Se propone seguir los temas
iniciados ya por Juan Pablo I.
Recordemos que
había hablado de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y
caridad. Terminó con la caridad.
Esta virtud,
que fue su última enseñanza, es aquí en la tierra la virtud más
grande, como nos enseña San Pablo (cf. 1 Cor 13, 13); es la virtud
que va más allá de la vida y de la muerte. Porque cuando termina
el tiempo de la fe y de la esperanza, el Amor permanece.
La plenitud de
la caridad
Juan Pablo I
pasó ya por el tiempo de la fe, la esperanza y la caridad, que se
manifestó tan magníficamente en esta tierra y cuya plenitud se
revela sólo en la eternidad.
Hoy debemos
hablar de otra virtud, porque he visto en los apuntes del Pontífice
fallecido que tenía intención de hablar no sólo de las tres
virtudes teologales fe, esperanza y caridad, sino también de las
cuatro virtudes llamadas cardinales. Juan Pablo I quería hablar de
las “7 lámparas” de la vida cristiana, como las llamaba el Papa
Juan XXIII.
Pues bien, yo
quiero seguir hoy el esquema que había preparado el Papa
desaparecido, y hablar brevemente de la virtud de la prudencia.
De esta virtud han dicho ya muchas cosas los antiguos. Les
debemos profundo reconocimiento y gratitud por ello.
Según una
cierta dimensión nos han enseñado que el valor del hombre debe
medirse con el metro del bien moral que lleva a cabo en su vida.
Esto precisamente sitúa en primer puesto la virtud de la prudencia.
El hombre prudente, que se afana por todo lo que es verdaderamente
bueno, se esfuerza por medirlo todo, cualquier situación y todo su
obrar, según el metro del bien moral.
Prudente no
es, por tanto -como frecuentemente se cree- el que sabe arreglárselas
en la vida y sacar de ella el mayor provecho; sino quien acierta a
edificar la vida toda según la voz de la conciencia recta y según
las exigencias de la moral justa.
De este modo
la prudencia viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea
fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección
del hombre mismo. Dios ha dado a cada uno su humanidad. Es necesario
que nosotros respondamos a esta tarea programándola como se debe.
Pero el
cristiano tiene el derecho y el deber de contemplar la virtud de la
prudencia también con otra
visual.
El cristiano
prudente
Esta virtud es
como una imagen y semejanza de la Providencia de Dios mismo en las
dimensiones del hombre concreto. Porque el hombre -lo sabemos por el
libro del Génesis- ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y
Dios realiza su plan en la historia de lo creado y, sobre todo, en
la historia de la humanidad.
El objetivo de
este designio es el bien último del universo, como enseña Santo
Tomás. Dicho designio se hace sencillamente designio de salvación
en la historia de la humanidad, designio que nos abarca a todos
nosotros. En el punto central de su realización se encuentra
Jesucristo, en el que se ha manifestado el amor eterno y la
solicitud de Dios mismo, Padre, por la salvación del hombre. Esta
es a la vez la expresión plena de la Divina Providencia.
Exámen
de conciencia
Por
consiguiente, el hombre que es imagen de Dios debe ser -como otra
vez nos enseña Santo Tomás-, en cierto modo, la providencia. Pero
en la medida de su propia vida. El hombre puede tomar parte en este
gran caminar de todas las criaturas hacia el objetivo, que es el
bien de la creación. Y, expresándonos aún más con el lenguaje de
la fe, el hombre debe tomar parte en este designio divino de salvación;
debe caminar hacia la salvación y ayudar a los otros a que se
salven. Ayudando a los demás, se salva a sí mismo.
Ruego que
quien me escucha piense ahora bajo esta luz en su propia vida. ¿Soy
prudente? ¿Vivo consecuentemente y responsablemente? El programa
que estoy cumpliendo, ¿sirve para el bien auténtico? ¿Sirve para
la salvación que quieren para nosotros Cristo y la Iglesia?
Si hoy me
escucha un estudiante o una estudiante, un hijo o una hija, que
contemplen a esta luz los propios deberes de estudio, las lecturas,
los intereses, las diversiones, el ambiente de los amigos y las
amigas.
Si me oye un
padre o una madre de familia, piensen un momento en sus deberes
conyugales o de padres.
Si me escucha
un ministro o un estadista, mire el conjunto de sus deberes y
responsabilidades. ¿Persigue el verdadero bien de la sociedad, de
la nación, de la humanidad? ¿O sólo intereses particulares y
parciales?
Si me escucha
un periodista o un publicista, un hombre que ejerce influencia en la
opinión pública, que reflexione sobre el valor y la finalidad de
esta influencia.
Pedir al Espíritu
Santo el don de consejo para el Romano Pontífice
También yo
que os estoy hablando, yo, el Papa, ¿qué debo hacer para actuar
prudentemente? Me vienen al pensamiento ahora las cartas a San
Bernardo de Albino Luciani cuando era patriarca de Venecia.
Respondiendo al cardenal Luciani el abad de Claraval, doctor de la
Iglesia, recuerda con mucho énfasis que quien gobierna debe ser
“prudente”.
¿Qué debe
hacer, pues, el nuevo Papa para actuar prudentemente? No hay duda de
que debe hacer mucho en este sentido. Debe aprender siempre y
meditar incesantemente sobre los problemas. Pero, además de esto,
¿qué puede hacer? Debe orar y procurar tener el don del Espíritu
Santo que se llama don de consejo.
Y cuantos
desean que el nuevo Papa sea Pastor prudente de la Iglesia, imploren
el don de consejo para él.
Y también
para sí mismos pidan este don por intercesión especial de la Madre
del Buen Consejo.
Porque hay que
desear de veras que todos los hombres se comporten prudentemente, y
que quienes ostentan el poder actúen con verdadera prudencia.
Para que la
Iglesia -prudentemente, fortificándose con los dones del Espíritu
Santo y, en particular, con el don de consejo- tome parte
eficazmente en este gran camino hacia el bien de todos, y nos
muestre a cada uno la vía de la salvación eterna.
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La
virtud de la justicia
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la
audiencia general del miércoles,
8 de noviembre de 1978
Queridos
hermanos y hermanas:
1. En estas
primeras audiencias en que tengo la suerte de encontrarme con
vosotros que venís de Roma, de Italia y de tantos otros países,
deseo continuar desarrollando, como ya dije el 25 de octubre, los
temas programados por Juan Pablo I, mi predecesor. El quería hablar
no sólo de las tres virtudes teologales fe, esperanza y caridad,
sino también de las cuatro cardinales prudencia, justicia,
fortaleza y templanza. Veía en ellas, en su conjunto, como siete lámparas
de la vida cristiana. Como Dios lo llamó a la eternidad, pudo
hablar sólo de las tres principales: fe, esperanza y caridad, que
iluminan toda la vida del cristiano. Su indigno sucesor, al
encontrarse con vosotros para reflexionar sobre las virtudes
cardinales según el espíritu del llorado predecesor, en cierto
modo quiere encender las otras lámparas junto a su tumba.
La lección
evangélica del sermón de la montaña
2. Hoy me toca
hablar de la justicia. Y quizá va bien que sea éste el tema de la
primera catequesis del mes de noviembre. Pues, en efecto, este mes
nos lleva a fijar la mirada en la vida de cada hombre y, a la vez,
en la vida de toda la humanidad con la perspectiva de la justicia
final.
Todos somos
conscientes en cierta manera de que no es posible llenar la medida
total de la justicia en la transitoriedad de este mundo. Las
palabras oídas tantas veces “no hay justicia en este mundo”,
quizá sean fruto de un simplicismo demasiado fácil. Si bien hay en
ellas también un principio de verdad profunda.
En un cierto
modo la justicia es más grande que el hombre, más grande que las
dimensiones de su vida terrena, más grande que las posibilidades de
establecer en esta vida relaciones plenamente justas entre todos los
hombres, los ambientes, la sociedad y los grupos sociales, las
naciones, etc. Todo hombre vive y muere con cierta sensación de
insaciabilidad de justicia porque el mundo no es capaz de satisfacer
hasta el fondo a un ser creado a imagen de Dios, ni en lo profundo
de la persona ni en los distintos aspectos de la vida humana. Y así,
a través de este hambre de justicia el hombre se abre a Dios que
“es la justicia misma”.
Jesús en el
sermón de la montaña lo ha dicho de modo claro y conciso con estas
palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia, porque ellos serán hartos” (Mt 5, 6).
Los derechos
del hombre
3. Con este
sentido evangélico de la justicia ante los ojos, debemos
considerarla al mismo tiempo dimensión fundamental de la vida
humana en la tierra: la vida del hombre, de la sociedad, de la
humanidad. Esta es la dimensión ética. La justicia es principio
fundamental del la existencia y coexistencia de los hombres, como
asimismo de las comunidades humanas, de las sociedades y los
pueblos. Además, la justicia es principio de la existencial de la
Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, y principio de coexistencia de la
Iglesia y las varias estructuras sociales, en particular el Estado y
también las Organizaciones Internacionales. En este terreno extenso
y diferenciado, el hombre y la humanidad buscan continuamente
justicia; es éste un proceso perenne y una tarea de importancia
suma.
A lo largo de
los siglos la justicia ha ido teniendo definiciones más apropiadas
según las distintas relaciones y aspectos. De aquí el concepto de
justicia conmutativa, distributiva, legal y social. Todo ello es
testimonio de cómo la justicia tiene una significación fundamental
en el orden moral entre los hombres en las relaciones sociales e
internacionales. Puede decirse que el sentido mismo de la existencia
del hombre sobre la tierra está vinculado a la justicia. Definir
correctamente “cuanto se debe” a cada uno por parte de todos y,
al mismo tiempo, a todos por parte de cada uno, “lo que se debe”
(debitum) al hombre de parte del hombre en los diferentes sistemas y
relaciones, definirlo y, sobre todo, ¡llevarlo a efecto!, es cosa
grande por la que vive una nación y gracias a la cual su vida tiene
sentido.
A través de
los siglos de existencia humana sobre la tierra es permanente, por
ello, el esfuerzo continuo y la lucha constante por organizar con
justicia el conjunto de la vida social en sus aspectos varios. Es
necesario mirar con respeto los múltiples programas y la actividad,
reformadora a veces, de las distintas tendencias y sistemas. A la
vez es necesario ser conscientes de que no se trata aquí sobre todo
de los sistemas, sino de la justicia y del hombre. No puede ser el
hombre para el sistema, sino que debe ser el sistema para el hombre.
Por ello hay que defenderse del anquilosamiento del sistema. Estoy
pensando en los sistemas sociales, económicos, políticos y
culturales que deben ser sensibles al hombre y a su bien integral;
deben ser capaces de reformarse a sí mismos y reformar las propias
estructuras según las exigencias de la verdad total acerca del
hombre. Desde este punto de vista hay que valorar el gran esfuerzo
de nuestros tiempos que tiende a definir y consolidar “los
derechos del hombre” en la vida de la humanidad de hoy, de los
pueblos y Estados.
La Iglesia de
nuestro siglo sigue dialogando sin cesar en el vasto frente del
mundo contemporáneo, como lo atestiguan muchas Encíclicas de los
Papas y la doctrina del Concilio Vaticano II. El Papa de ahora
ciertamente tendrá que volver sobre estos temas más de una vez. En
la exposición de hoy hay que limitarse sólo a indicar este terreno
amplio y diferenciado.
El mandamiento
cristiano del amor
4. Por tanto,
es necesario que cada uno de nosotros pueda vivir en un contexto de
justicia y, más aún, que cada uno sea justo y actúe con justicia
respecto de los cercanos y de los lejanos, de la comunidad, de la
sociedad de que es miembro... y respecto de Dios.
La justicia
tiene muchas implicaciones y muchas formas. Hay también una forma
de justicia que se refiere a lo que el hombre “debe” a Dios.
Este es un tema fundamental, vasto ya de por sí. No lo desarrollaré
ahora, si bien no he podido menos de señalarlo.
Detengámonos
ahora en los hombres. Cristo nos ha dado el mandamiento del amor al
prójimo. En este mandamiento está comprendido todo cuanto se
refiere a la justicia. No puede existir amor sin justicia. El amor
“rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su
verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre al amar a su
hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también
el amor corre peligro.
Ser justo
significa dar a cada uno cuanto le es debido. Esto se refiere a los
bienes temporales de naturaleza material. El ejemplo mejor puede ser
aquí la retribución del trabajo y el llamado derecho al fruto del
propio trabajo y de la tierra propia. Pero al hombre se le debe
también reputación, respeto, consideración, la fama que se ha
merecido. Cuanto más conocemos al hombre, tanto más se revela su
personalidad, carácter, inteligencia y corazón. Y tanto más
caemos en la cuenta -¡y debemos caer en la cuenta!- del criterio
con que debemos “medirlo” y qué significa ser justos con él.
Por todo ello
es necesario estar profundizando continuamente en el conocimiento de
la justicia. No es ésta una ciencia teórica. Es virtud, es
capacidad del espíritu humano, de la voluntad humana e, incluso,
del corazón. Además, es necesario orar para ser justos y saber ser
justos.
No podemos
olvidar las palabras de Nuestro Señor: “Con la medida con que
midiereis se os medirá”
(Mt
7, 2). Hombre justo,
hombre que “mide justamente”. Ojalá lo seamos todos. Que
todos tendamosconstantemente a serlo. A todos, mi bendición.
La virtud de
la fortaleza
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
15 de noviembre de 1978
Queridísimos
hermanos y hermanas:
El Papa Juan Pablo I, hablando desde el balcón de la basílica
de San Pedro al día siguiente de su elección recordó, entre otras
cosas, que en el Cónclave del día 26 de agosto, cuando se veía ya
claro que iba a ser elegido él precisamente, los cardenales que
estaban a su lado le susurraron al oído: ¡Ánimo! Probablemente
esta palabra la necesitaba en aquel momento y se le quedó grabada
en el corazón, puesto que la recordó enseguida al día siguiente.
Juan Pablo I me perdonará si ahora utilizo esta confidencia. Creo
que a todos los aquí presentes podrá introducirnos del modo mejor
en el tema que me propongo desarrollar. En efecto, deseo hablar hoy
de la tercera virtud cardinal: la fortaleza. A esta virtud concreta
nos referimos cuando queremos exhortar a alguien a tener valor, como
lo hizo el cardenal que se encontraba cerca de Juan Pablo I en el Cónclave
al decirle: ¡Ánimo!
Hombres y
mujeres fuertes
¿A quién
tenemos nosotros por hombre fuerte, hombre valiente? De costumbre
esta palabra evoca al soldado que defiende la patria exponiendo al
peligro su incolumidad y hasta la vida en tiempo de guerra. Pero a
la vez nos damos cuenta de que también en tiempo de paz necesitamos
fortaleza Y por ello, sentimos estima grande de las personas que se
distinguen por lo que se llama “coraje cívico”. Un testimonio
de fortaleza nos lo ofrece quien expone la propia vida por salvar a
alguno que está a punto de ahogarse, o también por el hombre que
presta ayuda en las calamidades naturales: incendios, inundaciones,
etc. Ciertamente se distinguía por esta virtud San Carlos, mi
Patrono, que durante la peste de Milán seguía ejerciendo el
ministerio pastoral entre los habitantes de dicha ciudad. Pero
pensamos con admiración asimismo en los hombres que escalan las
cimas del Everest y en los astronautas, que pusieron el pie en la
luna por vez primera.
Como se deduce
de todo esto, las manifestaciones de la virtud de la fortaleza son
abundantes. Algunas son muy conocidas y gozan de cierta fama. Otras
son más ignoradas, aunque exigen mayor virtud aún.
Como ya hemos
dicho al comenzar, la fortaleza es una virtud, una virtud cardinal.
Permitidme que
atraiga vuestra atención hacia ejemplos poco conocidos en general,
pero que atestiguan una virtud grande, a veces incluso heroica.
Pienso por ejemplo en una mujer, madre de familia ya numerosa, a la
que muchos “aconsejan” que elimine la vida nueva concebida en su
seno y se someta a una “operación” para interrumpir la
maternidad; y ella responde con firmeza: “¡no!”. Ciertamente
que cae en la cuenta de toda la dificultad que este “no”
comporta: dificultad para ella, para su marido, para toda la
familia; y sin embargo, responde: “no”. La nueva vida humana
iniciada en ella es un valor demasiado grande, demasiado
“sacro”, para que pueda ceder ante semejantes presiones.
Otro ejemplo:
Un hombre al que se promete la libertad y hasta una buena carrera, a
condición de que reniegue de sus principios o apruebe algo contra
su honradez hacia los demás. Y también éste contesta “no”,
incluso a pesar de las amenazas de una parte y los halagos de otra.
¡He aquí un hombre valiente!
Superar
la debilidad humana y el miedo
Muchas, muchísimas
son las manifestaciones de fortaleza, heroica con frecuencia, de las
que no se escribe en los periódicos y poco se sabe. Sólo la
conciencia humana las conoce... y ¡Dios lo sabe!
Deseo rendir
homenaje a todos estos valientes desconocidos. A todos los que
tienen el valor de decir “no” o “sí” cuando ello resulta
costoso. A los hombres que dan testimonio singular de dignidad
humana y humanidad profunda. Justamente por el hecho de que son
ignorados, merecen homenaje y reconocimiento especial.
Según la
doctrina de Santo Tomás, la virtud de la fortaleza se encuentra en
el hombre: -que está dispuesto a aggredi pericula, a afrontar los
peligros; que está dispuesto a sustinere mala, o sea, a soportar
las adversidades por una causa justa, por la verdad, la justicia,
etc.
La virtud de
la fortaleza requiere siempre una cierta superación de la debilidad
humana y, sobre todo, del miedo. Porque el hombre teme por
naturaleza espontáneamente el peligro, los disgustos y
sufrimientos. Pero no sólo en los campos de batalla hay que buscar
hombres valientes, sino en las salas de los hospitales o en el lecho
del dolor. Hombres tales podían encontrarse a menudo en campos de
concentración y en lugares de deportación. Eran auténticos héroes.
El miedo quita
a veces el coraje cívico a hombres que viven en clima de amenaza,
opresión o persecución. Así, pues, tienen valentía especial los
hombres que son capaces de traspasar la llamada barrera del miedo, a
fin de rendir testimonio de la verdad y la justicia. Para llegar a
tal fortaleza el hombre debe “superar” en cierta manera los
propios límites y “superarse” a sí mismo, corriendo el
“riesgo” de encontrarse en situación ignota, el riesgo de ser
mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias desagradables,
injurias, degradaciones, pérdidas materiales y hasta la prisión o
las persecuciones. Para alcanzar tal fortaleza, el hombre debe estar
sostenido por un gran amor a la verdad y al bien a que se entrega.
La virtud de la fortaleza camina al mismo paso que la capacidad de
sacrificarse. Esta virtud tenía ya perfil bien definido entre los
antiguos. Con Cristo ha adquirido perfil evangélico, cristiano. El
Evangelio va dirigido a hombres débiles, pobres, mansos y humildes,
operadores de paz, misericordiosos; y al mismo tiempo, contiene en sí
un llamamiento constante a la fortaleza. Con frecuencia repite:
“No tengáis miedo” (Mt 14, 27). Enseña al hombre que es
necesario saber “dar la vida” (Jn 15, 13) por una causa justa,
por la verdad, por la Justicia.
El
ejemplo de San Estanislao de Kostka
Deseo
referirme también a otro ejemplo que nos viene de hace 400 años,
pero que sigue vivo y actual. Se trata de la figura de San
Estanislao de Kostka, Patrono de la juventud, cuya tumba se
encuentra en la iglesia de San Andrés al Quirinale de Roma. En
efecto, aquí terminó su vida a los 18 años de edad, este Santo de
natural muy sensible y frágil, y que sin embargo fue bien valiente.
A él, que procedía de familia noble, la fortaleza lo llevó a
elegir ser pobre siguiendo el ejemplo de Cristo, y a ponerse
exclusivamente a su servicio. A pesar de que su decisión encontró
fuerte oposición en su ambiente, con gran amor y gran firmeza a la
vez, consiguió realizar su propósito condensado en el lema “Ad
maiora natus sum: He nacido para cosas más grandes”. Llegó al
noviciado de los jesuitas haciendo a pie el camino de Viena a Roma,
huyendo de quienes le seguían y querían, por la fuerza, disuadir a
aquel “obstinado” joven de sus intentos.
Sé que en el
mes de noviembre muchos jóvenes de toda Roma, sobre todo
estudiantes, alumnos y novicios, visitan la tumba de San Estanislao
en la iglesia de San Andrés. Yo me uno a ellos porque también
nuestra generación tiene necesidad de hombres que sepan repetir con
santa “obstinación”: “Ad maiora natus sum”. ¡Tenemos
necesidad de hombres fuertes!
Tenemos
necesidad de fortaleza para ser hombres. En efecto, hombre
verdaderamente prudente es sólo el que posee la virtud de la
fortaleza, del mismo modo que hombre verdaderamente justo es sólo
el que tiene la virtud de la fortaleza.
Pidamos este
don del Espíritu Santo que se llama “don de fortaleza”. Cuando
al hombre le faltan fuerzas para “superarse” a sí mismo con
miras a valores superiores como la verdad, la justicia, la vocación,
la fidelidad conyugal, es necesario que este “don de lo alto”
haga de cada uno de nosotros un hombre fuerte y que en el momento
oportuno nos diga “en lo íntimo”: ¡Ánimo!
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La virtud de la templanza
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
22 de noviembre de 1978
1. En las
audiencias de mi ministerio pontificio he procurado ejecutar el
“testamento” de mi predecesor predilecto Juan Pablo I. Como ya
es sabido, no ha dejado un testamento escrito, porque la muerte le
acogió de forma inesperada y de repente; pero ha dejado algunos
apuntes de los que resulta que se había propuesto hablar, en los
primeros encuentros del miércoles, sobre los principios
fundamentales de la vida cristiana, o sea, sobre las tres virtudes
teologales -y esto tuvo tiempo de hacerlo él-, y después, sobre
las cuatro virtudes cardinales -y esto lo está haciendo su indigno
Sucesor-. Hoy ha llegado el turno de hablar de la cuarta virtud
cardinal, la “templanza”, llevando así a término en cierto
modo el programa de Juan Pablo I, en el que podemos ver como el
testamento del Pontífice fallecido.
Ser moderados
o sobrios
2. Cuando
hablamos de las virtudes -no sólo de estas cardinales, sino de
todas o de cualquiera de las virtudes- debemos tener siempre ante
los ojos al hombre real, al hombre concreto. La virtud no es algo
abstracto, distanciado de la vida, sino que, por el contrario, tiene
“raíces” profundas en la vida misma, brota de ella y la
configura. La virtud incide en la vida del hombre, en sus acciones y
comportamiento. De lo que se deduce que, en todas estas reflexiones
nuestras, no hablamos tanto de la virtud cuanto del hombre que vive
y actúa “virtuosamente”; hablamos del hombre prudente, justo,
valiente, y por fin, hoy precisamente, hablamos del hombre
“moderado” (o también “sobrio”).
Añadamos
enseguida que todos estos atributos o, más bien, actitudes del
hombre, provienen de cada una de las virtudes cardinales y están
relacionadas mutuamente. Por tanto, no se puede ser hombre
verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente
fuerte, si no se posee asimismo la virtud de la templanza. Se puede
decir que esta virtud condiciona indirectamente a todas las otras
virtudes; pero se debe decir también que todas las otras virtudes
son indispensables para que el hombre pueda ser “moderado” (o
“sobrio”).
El dominio de
sí mismo
3. El mismo término
“templanza” parece referirse en cierto modo a lo que está fuera
del hombre. En efecto, decimos que es moderado el que no abusa de la
comida, la bebida o el placer; el que no toma bebidas alcohólicas
inmoderadamente, no enajena la propia conciencia por el uso de
estupefacientes, etc. Pero esta referencia a elementos externos al
hombre tiene la base dentro del hombre. Es como si en cada uno de
nosotros existiera un “yo superior” y un “yo inferior”. En
nuestro “yo inferior” viene expresado nuestro cuerpo y todo lo
que le pertenece: necesidades, deseos y pasiones, sobre todo las de
naturaleza sensual. La virtud de la templanza garantiza a cada
hombre el dominio del “yo superior” sobre el “yo inferior”.
¿Supone acaso dicha virtud humillación de nuestro cuerpo? ¿O quizá
va en menoscabo del mismo? Al contrario, este dominio da mayor valor
al cuerpo. La virtud de la templanza hace que el cuerpo y los
sentidos encuentren el puesto exacto que les corresponde en nuestro
ser humano.
El hombre
moderado es el que es dueño de sí. Aquel en que las pasiones no
predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el “corazón”.
¡El hombre que sabe dominarse! Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente
del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la
templanza. Esta resulta nada menos que indispensable para que el
hombre “sea” plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha
llegado a ser “víctima” de las pasiones que lo arrastran,
renunciando por sí mismo al uso de la razón (como por ejemplo un
alcohólico, un drogado), y constatamos que “ser hombre” quiere
decir respetar la propia dignidad y, por ello y además de otras
cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza.
4. A esta
virtud se la llama también “sobriedad”. Es verdaderamente
acertado que sea así. Pues, en efecto, para poder dominar las
propias pasiones: la concupiscencia de la carne, las explosiones de
la sensualidad (por ejemplo, en las relaciones con el otro sexo),
etc., no debemos ir más allá del límite justo en relación con
nosotros mismos y nuestro “yo inferior”. Si no respetamos este
justo límite, no seremos capaces de dominarnos.
Esto no quiere
decir que el hombre virtuoso, sobrio, no pueda ser “espontáneo”,
ni pueda gozar, ni pueda llorar, ni pueda expresar los propios
sentimientos; es decir, no significa que deba hacerse insensible,
“indiferente”, como si fuera de hielo o de piedra. ¡No! ¡De
ninguna manera! Es suficiente mirar a Jesús para convencerse de
ello.
El ejemplo de
Jesús
Jamás se ha
identificado la moral cristiana con la estoica. Al contrario,
considerando toda la riqueza de afectos y emotividad de que todos
los hombres están dotados -si bien de modo distinto: de un modo el
hombre y de otro la mujer, a causa de la propia sensibilidad-, hay
que reconocer que el hombre no puede alcanzar esta espontaneidad
madura, si no es a través de un laborío sobre sí mismo y una
“vigilancia” particular sobre todo su comportamiento. En esto
consiste, por tanto, la virtud de la “sobriedad”.
La belleza «interior»
del hombre y de la mujer
5. Pienso
también que esta virtud exige de cada uno de nosotros una humildad
específica en relación con los dones que Dios ha puesto en nuestra
naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la
“del corazón”. Esta humildad es condición imprescindible para
la “armonía” interior del hombre, para la belleza
“interior” del hombre. Reflexionemos bien sobre ello todos, y en
particular los jóvenes y, más aún, las jóvenes en la edad en que
hay tanto afán de ser hermosos o hermosas para agradar a los otros.
Acordémonos de que el hombre debe ser hermoso sobre todo
interiormente. Sin esta belleza todos los esfuerzos encaminados al
cuerpo no harán -ni de él, ni de ella- una persona verdaderamente
hermosa.
El
testamento de Juan Pablo I
Por otra
parte, ¿no es precisamente el cuerpo el que padece perjuicios
sensibles y con frecuencia graves para la salud, si al hombre le
falta la virtud de la templanza, de la sobriedad? A este propósito
podrían decir mucho las estadísticas y las fichas clínicas de
todos los hospitales del mundo. También tienen gran experiencia de
ello los médicos que trabajan en consultorios a los que acuden
esposos, novios y jóvenes. Es verdad que no podemos Juzgar la
virtud basándonos exclusivamente en criterios de la salud psico-física;
pero sin embargo, hay pruebas abundantes de que la falta de virtud,
de templanza, de sobriedad, perjudican a la salud.
6. Es
necesario que termine aquí, aunque estoy convencido de que el tema
queda interrumpido, más bien que agotado. A lo mejor un día se
presente la ocasión de volver sobre él.
De este modo
he tratado de ejecutar, como he podido, el testamento de Juan Pablo
I.
A él pido que
rece por mí cuando tenga que pasar a otros temas en las audiencias
del miércoles.
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El Adviento
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
29 de noviembre de 1978
Dios
y el hombre
1. Si bien el
tiempo litúrgico de Adviento no comienza hasta el domingo próximo,
deseo empezar a hablaros hoy de este ciclo.
Estamos ya
habituados al término “adviento”, sabemos qué significa: pero
precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá
no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto.
Adviento
quiere decir “venida”.
Por tanto,
debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para qué
viene?
Enseguida
encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que
es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una
noche en Belén, nace en una gruta, que se utilizaba como establo
para el ganado.
Esto lo saben
los niños, lo saben también los hombres que participan de la alegría
de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche
de Navidad. Sin embargo, muchos son los interrogantes que se
plantean. El hombre tiene el derecho e incluso el deber de preguntar
para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad
que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría.
Precisamente
para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos
penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de
nuevo.
2. La verdad
del cristianismo corresponde a dos realidades fundamentales que no
podemos perder nunca de vista. Las dos están estrechamente
relacionadas entre sí. Y justamente este vínculo íntimo, hasta el
punto de que una realidad parece explicar la otra, es la nota
característica del cristianismo. La primera realidad se llama
“Dios”, y la segunda “el hombre”. El cristianismo brota de
una relación particular entre Dios y el hombre. En los últimos
tiempos -en especial durante el Concilio Vaticano II- se discutía
mucho sobre si dicha relación es teocéntrica o antropocéntrica.
Si seguimos considerando por separado los dos términos de la cuestión,
jamás se obtendrá una respuesta satisfactoria a esta pregunta. De
hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es
plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a
su antropocentrismo singular.
El ateísmo
Pero es
cabalmente el misterio de la Encarnación el que explica por sí
mismo esta relación.
Y justamente
por esto el cristianismo no es sólo una “religión de
adviento”, sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el
misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta
realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la
vida misma del cristianismo. Se trata de una realidad profunda y
sencilla a un tiempo, que resulta cercana a la comprensión y
sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe
hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo
Jesús una vez: “Si no os volviereis y os hiciereis como niños,
no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3).
3. Para
comprender hasta el fondo esta doble realidad de la que late y
palpita el cristianismo, hay que remontarse hasta los comienzos
mismos de la Revelación o, mejor, hasta los comienzos casi del
pensamiento humano.
En los
comienzos del pensar humano pueden darse concepciones diferentes; el
pensar de cada individuo tiene la propia historia en su vida ya
desde la infancia. Sin embargo, hablando del “comienzo” no nos
proponemos tratar propiamente de la historia del pensamiento. En
cambio, queremos hacer constancia de que en las bases mismas del
pensar, en sus fuentes, se encuentran el concepto de “Dios” y el
concepto de “hombre”. A veces están recubiertos del estrato de
muchos otros conceptos distintos (sobre todo en la actual civilización,
de “cosificación materialista” e incluso “tecnocrática”);
pero ello no significa que aquellos conceptos no existen o no están
en la base de nuestro pensar. Incluso el sistema ateo más elaborado
sólo tiene sentido en el caso de que se presuponga que conoce el
significado de la idea “Theos”, Dios. A este propósito la
Constitución Pastoral del Vaticano II nos enseña con razón que
muchas formas de ateísmo se derivan de que falta la relación
adecuada con este concepto de Dios. Por ello, dichas formas son o,
al menos pueden serlo, negaciones de algo o, más bien, de Algún
otro que no corresponde al Dios verdadero.
4. El
Adviento, en cuanto tiempo litúrgico del año eclesial, nos remonta
a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en los comienzos
nos encontramos enseguida con la vinculación fundamental de estas
dos realidades: Dios y el hombre.
En los
comienzos de la revelación
Tomando el
primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis, se comienza
leyendo estas palabras: “Beresit bara: Al principio creó...”.
Sigue luego el nombre de Dios que en este texto bíblico suena
“Elohim”. Al principio creó, y el que creó es Dios. Estas tres
palabras constituyen como el umbral de la Revelación. Al principio
del libro del Génesis, no sólo con el nombre de “Elohim” se
define a Dios; otros pasajes de este libro utilizan también el
nombre de “Yavé”. Habla de Él aún más claramente el verbo
“creó”. En efecto, este verbo revela a Dios, quién es Dios.
Expresa su sustancia, no tanto en sí misma cuanto en relación con
el mundo, o sea, con el conjunto de las criaturas sujetas a la ley
del tiempo y del espacio. El complemento circunstancial “al
principio”, señala a Dios como Aquel que existe antes de este
principio, Aquel que no está limitado ni por el tiempo ni por el
espacio, y que “crea”, es decir, que “da comienzo” a todo lo
que no es Dios, lo que constituye el mundo visible e invisible (según
el Génesis, el cielo y la tierra). En este contexto el verbo “creó”
dice acerca de Dios, en primer lugar, que Él existe, que es, que Él
es la plenitud del ser, que tal plenitud se manifiesta como
Omnipotencia, y que esta Omnipotencia es a un tiempo Sabiduría y
Amor. Esto es lo que nos dice de Dios la primera frase de la Sagrada
Escritura. De este modo se forma en nuestro entendimiento el
concepto de “Dios”, si nos queremos referir a los comienzos de
la Revelación.
Sería
significativo examinar la relación en que está el concepto
“Dios”, tal y como lo encontramos en los comienzos de la
Revelación, con el que encontramos en la base del pensar humano
(incluso en el caso de la negación de Dios, es decir, del ateísmo).
Pero hoy no nos proponemos desarrollar este tema.
Las bases del
cristianismo
5. En cambio,
sí queremos hacer constar que en los comienzos de la Revelación
-en el mismo libro del Génesis-, y ya en el primer capítulo,
encontramos la verdad fundamental acerca del hombre que Dios
(Elohim) crea a su “imagen y semejanza”. Leemos en él: “Díjose
entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra
semejanza” (Gén 1, 26), y a continuación: “Creó Dios al
hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y
hembra” (Gén 1, 27).
Sobre el
problema del hombre volveremos el miércoles próximo. Pero hoy
debemos señalar esta relación particular entre Dios y su imagen,
que es el hombre.
Esta relación
ilumina las bases mismas del cristianismo.
Nos permite
además dar una respuesta fundamental a dos preguntas: primera, ¿qué
significa el Adviento?; y segunda, ¿por qué precisamente el
Adviento forma parte de la sustancia misma del cristianismo?
Estas
preguntas las dejo a vuestra reflexión. Volveremos sobre ellas en
nuestras meditaciones futuras y más de una vez. La realidad del
Adviento está llena de la más profunda verdad sobre Dios y sobre
el hombre.
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La realidad del hombre
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la
audiencia general del miércoles,
6 de diciembre de 1978
Hermanas
y hermanos queridísimos:
Empalmo
con el tema del miércoles pasado.
1.
Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado
del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que
“remontarse” a los comienzos y al mismo tiempo “descender”
en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado,
escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras
del libro del Génesis: “Al principio creó Dios” (Beresit bara
Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos
puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento
en todo su significado hay que entrar también en el tema del
“hombre”.
El
significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la
realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta
es la Revelación primera y fundamental, y también la verdad
primera y fundamental de nuestro Credo). Pero al mismo tiempo, el
significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda
sobre la realidad del hombre. A esta segunda realidad que es el
hombre, nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.
Imagen
y semejanza de Dios
2.
Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis
con las que se define hombre como “imagen y semejanza de Dios”.
Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que
hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis
que presenta la descripción de la creación del mundo en el
transcurso de siete días. La descripción de la creación del
hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones
precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de
crear expresado con estas palabras: “Dijo Dios... hágase”; en
cambio aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia
primeramente la intención y el designio del Creador (del
Dios-Elohim); así leemos: “Díjose entonces Dios: Hagamos al
hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gén 1, 26). Como
si el Creador entrase en sí mismo; como si al crear, no sólo
llamase de la nada a la existencia con la palabra “hágase”,
sino que de forma particular sacase al hombre del misterio de su
propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino
de la imagen. La imagen debe “reflejar”, debe como reproducir en
cierto modo “la sustancia” de su Modelo. El Creador dice además
“a nuestra semejanza”. Es obvio que no se debe entender como un
“retrato”, sino como un ser vivo que vive una vida semejante a
la de Dios.
Sólo
después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del
designio de Dios-Creador, la Biblia habla del acto mismo de la
creación del hombre: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a
imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gén 1, 27).
Esta
descripción se completa con la bendición. Por tanto constan aquí
el designio, el acto mismo de la creación y la bendición: “Y los
bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la
tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves
del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve
sobre la tierra” (Gén 1, 28).
Las
últimas palabras de la descripción “Y vio Dios ser muy bueno
cuanto había hecho” (Gén 1, 28), parecen el eco de esta bendición.
3.
Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos;
según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX
antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de
nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del
texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su
sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que
contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro
conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de
ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien
pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún
modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe
“para él”, y él “ejerce dominio” sobre aquél; aunque esté
condicionado de varias maneras por la naturaleza, el hombre la
“domina”. La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades
y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo
natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al
hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es
extraordinariamente preciso. Al definir al hombre como “ imagen de
Dios”, pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre,
aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas
del mundo visible.
La
narración del primer capítulo del Génesis
Son
conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho -y sigue
haciendo- en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del
hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de
inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies.
Respetando ciertamente tales investigaciones, no podemos limitarnos
a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser,
vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a
él se parece. En esta dirección caminan también la antropología
y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la
inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del
hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas
estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto
“imagen de Dios”, da a entender que la respuesta al misterio de
su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el
mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la
naturaleza. En este sentido el Salmo 82, 6 dice: “Sois dioses”,
palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).
4.
Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque
es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad
sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que
resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu
humano.
Es
muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia
descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste -al
primer creado, Adán- a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos
a leer puede “escandalizar” a alguno por el modo arcaico de
expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante
la actualidad de aquella narración, cuando se tiene en cuenta el
meollo del problema.
He
aquí el texto: “Formó Yavé Dios al hombre y le inspiró en el
rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó
luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al
hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra
toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar y
el árbol de la vida, y en medio del jardín el árbol de la ciencia
del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y
de allí se partía en cuatro brazos... Tomó, pues, Yavé Dios al
hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y
guardase... Y se dijo Yavé Dios: No es bueno que el hombre esté
solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él. Y Yavé Dios trajo
ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del
cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y
fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio
el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y
a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para
el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 7-20).
¿De
qué somos testigos? De esto: el primer hombre realiza el acto
primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo,
este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, hombre,
de todas las otras criaturas y, sobre todo, de quienes en cuanto
“seres vivos” -dotados de vida vegetativa y sensitiva- muestran
proporcionalmente mayor semejanza con él, con el “hombre”,
dotado también de vida vegetativa y sensitiva. Se podría decir que
el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos
los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta
quién es él.
Resultado
de dicho proceso cognoscitivo es la constatación de la diferencia
fundamental y esencial: Soy diferente. Soy más “diferente” que
“semejante”. La descripción bíblica termina diciendo: “No
había para el hombre ayuda semejante a él” (Gén 2, 20).
El
misterio del Adviento
5.
¿Par qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender
mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los
cimientos, y poder penetrar así con mayor hondura en nuestro
cristianismo.
El
Adviento significa “la Venida”.
Si
Dios “viene” al hombre, lo hace porque en su ser humano ha
puesto una “dimensión de espera” por cuyo medio el hombre puede
“acoger” a Dios, es capaz de hacerlo.
Ya
el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica
cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo “creó... a su
imagen” (Gén 1, 27).
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Por qué viene el Señor
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
13 de diciembre de 1978
1.
Por tercera vez ya en estos encuentros nuestros del miércoles
vuelvo a tocar el tema del Adviento siguiendo el ritmo de la
liturgia que nos introduce en la vida de la Iglesia del modo más
sencillo y, a la vez, más profundo. El Concilio Vaticano II, que
nos ha dado una doctrina rica y universal sobre la Iglesia, atrajo
nuestra atención también hacia la liturgia. A través de ésta no
sólo conocemos qué es la Iglesia, sino que experimentamos día a día
de qué vive. También nosotros vivimos de ella, pues somos Iglesia:
“La liturgia... contribuye en sumo grado a que los fieles expresen
en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la
naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de
la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de
elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación,
presente en el mundo y, sin embargo, peregrina” (Sacrosanctum
Concilium, 2).
La
liturgia del Adviento
La
Iglesia ahora está viviendo el Adviento, y por ello nuestros
encuentros del miércoles se centran en este período litúrgico.
Adviento significa “venida”. Para penetrar en la realidad del
Adviento, hasta ahora hemos procurado mirar en dirección de quién
es el que viene y para quién viene. Hemos hablado, por tanto, de un
Dios que al crear el mundo se revela a Sí mismo: un Dios Creador. Y
el miércoles pasado hablamos del hombre. Hoy seguiremos adelante
para hallar respuesta más completa a la pregunta: por qué el
“Adviento”, por qué viene Dios, por qué quiere venir hasta el
hombre.
La
liturgia del Adviento se funda principalmente en textos de los
Profetas del Antiguo Testamento. En ella habla casi todos los días
el Profeta Isaías. En la historia del Pueblo de Dios de la Antigua
Alianza, él era un “intérprete” particular de la promesa que
este pueblo había recibido de Dios hacía tiempo en la persona del
fundador de su estirpe: Abraham. Como todos los demás profetas, y
quizá más que todos, Isaías reforzaba en sus contemporáneos la
fe en las promesas de Dios confirmadas por la Alianza al pie del
Monte Sinaí. Inculcaba sobre todo perseverancia en la expectación
y fidelidad: “Pueblo de Sión, el Señor vendrá a salvar a los
pueblos y hará oír su voz majestuosa para dar gozo a vuestro corazón”(cf.
Is 30, 19. 30).
Cuando
Cristo estaba en el mundo aludió una y otra vez a las palabras de
Isaías. Decía claramente: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis
de oír” (Lc 4, 21).
Los
primeros capítulos del libro del Génesis
2. La liturgia del Adviento es de carácter histórico. La
expectación de la venida del Ungido (Mesías) fue un proceso histórico.
De hecho impregnó toda la historia de Israel, que fue elegido
precisamente para preparar la venida del Salvador.
Pero
en cierto modo nuestras consideraciones van más allá de la
liturgia diaria del Adviento. Volvamos pues a la pregunta
fundamental: ¿Por qué viene Dios? ¿Por qué quiere venir hasta el
hombre, hasta la humanidad? Busquemos respuestas adecuadas a estas
preguntas; y busquémoslas en los orígenes mismos, es decir, antes
de que comenzara la historia del pueblo elegido. Este año enfocamos
la atención hacia los capítulos primeros del libro del Génesis.
El Adviento “histórico” no sería inteligible sin la lectura
cuidadosa y el análisis de esos capítulos.
Por
tanto, buscando una respuesta a la pregunta ¿”por qué” el
Adviento?, debemos volver a leer otra vez atentamente toda la
descripción de la creación del mundo y, en particular, de la
creación del hombre. Es significativo (y ya he tenido ocasión de
aludir a ello) cómo cada uno de los días de la creación terminan
constatando “vio Dios ser bueno”. Y después de la creación del
hombre: “...vio ser muy bueno”. Como ya dije la semana pasada,
esta constatación se enlaza con la bendición de la creación y,
sobre todo, con la bendición explícita del hombre.
En
toda esta descripción está ante nosotros un Dios que se complace
en la verdad y en el bien, según la expresión de San Pablo (cf. 1
Cor 13, 6). Allí donde está la alegría que brota del bien, allí
está el amor. Y sólo donde hay amor, existe la alegría que
procede del bien. El libro del Génesis, desde los primeros capítulos,
nos revela a Dios que es amor (si bien esta expresión la utilizará
San Juan mucho más tarde). Es amor porque goza con el bien. Por
consiguiente, la creación es a la vez donación auténtica: donde
hay amor, hay don.
El
libro del Génesis señala el comienzo de la existencia del mundo y
del hombre. Al interpretarla, debemos ciertamente construir, como lo
ha hecho Santo Tomás de Aquino, una consiguiente filosofía del
ser, filosofía en la que quedará expresado el orden mismo de la
existencia. Sin embargo, el libro del Génesis habla de la creación
como don. Al crear el mundo visible, Dios es el donante, y el hombre
es el que recibe el don. Es aquel para quien Dios crea el mundo
visible, aquel a quien Dios introduce desde los comienzos no sólo
en el orden de la existencia, sino también en el orden de la donación.
El hecho de que el hombre es “imagen y semejanza” de Dios
significa, entre otras cosas, que es capaz de recibir el don, que es
sensible a este don y que es capaz de corresponder a él. Por esto
precisamente establece Dios desde el principio con el hombre -y sólo
con él- la alianza. El libro del Génesis nos revela no sólo el
orden natural de la existencia, sino también, a la vez y desde el
principio, el orden sobrenatural de la gracia. De la gracia podemos
hablar sólo si admitimos la realidad del don. Recordemos el
catecismo: la gracia es el don sobrenatural de Dios por el que
llegamos a ser hijos de Dios y herederos del cielo.
Dios
Salvador
3.
¿Qué relación tiene todo esto con el Adviento?, podemos
preguntarnos con razón. Contesto: El Adviento se delineó por vez
primera en el horizonte de la historia del hombre cuando Dios se
reveló a Sí mismo como Aquel que se complace en el bien, que ama y
da. En este don al hombre Dios no se limitó a “darle” el mundo
visible -esto está claro desde el principio-, sino que al dar al
hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal
como el hombre es capaz de darse, tal como “se da a sí mismo” a
otro hombre: de persona a persona, es decir, darse a Sí mismo a él,
admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a
la participación en su vida. Esto se lleva a efecto de modo
palpable en las relaciones familiares de marido y mujer, de padres e
hijos. He aquí por qué los Profetas se refieren muy a menudo a
tales relaciones para hacer ver la imagen auténtica de Dios.
El
orden de la gracia es posible sólo “en el mundo de las
personas”. Y se refiere al don que tiende siempre a la formación
y comunión de las personas; de hecho, el libro del Génesis nos
presenta tal donación. En él la forma de esta “comunión de
personas” está delineada ya desde el principio. El hombre esta
llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él.
Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus
designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle
feliz con su misma felicidad (con su mismo Ser).
Para
todo ello es necesaria la Venida de Dios y la expectación del
hombre, la disponibilidad del hombre.
Sabemos
que el primer hombre, que disfrutaba de esta inocencia virginal y de
particular cercanía de su Creador, no mostró tal disponibilidad.
La primera alianza de Dios con el hombre quedó interrumpida. Pero
nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se
quebrantó el orden de la gracia y, por eso, el Adviento dura
siempre.
La
realidad del Adviento está expresada, entre otras, en las palabras
siguientes de San Pablo: “Dios... quiere que todos los hombres
sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).
Este
“Dios quiere”, es justamente el Adviento y se encuentra en la
base de todo adviento.
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El Señor está cerca
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
20 de diciembre de 1978
1.
Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión para la cuarta y última
meditación sobre el Adviento. El Señor está cerca, nos lo
recuerda cada día la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor
la sentimos todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las
maravillosas “Antífonas mayores” del Adviento, como todos los
cristianos que tratan de preparar el corazón y la conciencia para
su venida. Sé que en este período los confesionarios de las
iglesias de mi patria, Polonia, están asediados (no menos que en
Cuaresma). Pienso que ocurra también así en Italia y dondequiera
que un profundo espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el
alma al Señor que está para venir. La alegría mayor de esta
espera del Adviento es la que viven los niños. Recuerdo que
precisamente ellos iban de prisa, muy contentos a las parroquias de
mi patria para las Misas de la Aurora (llamadas “Rorate...” por
la palabra con que se abre la liturgia: Rorate coeli, gotead,
cielos, desde arriba, Is 45, 8). Ellos contaban día tras día los
“peldaños” que todavía quedaban en la “escalera celeste”
por la que Jesús bajaría a la tierra, para poderlo encontrar en la
Noche Buena sobre el pesebre de Belén.
¡El
Señor está cerca!
El
pecado
2.
Hace ya una semana, hablábamos de este acercarse del Señor.
Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones del miércoles,
elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado
sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la
humanidad, es decir, al libro del Génesis, las verdades
fundamentales del Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación
se revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios, “refleja” a Dios en el mundo visible creado.
Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras
meditaciones durante el Adviento. Después, el tercer tema puede
resumirse brevemente en la palabra: “gracia”. “Dios quiere que
todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la
verdad” (1 Tim 2, 4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe
de su verdad, de su amor, de su misterio, para que pueda participar
en la vida del mismo Dios. “El árbol de la vida” simboliza esta
realidad ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura.
Pero en estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol:
el libro del Génesis lo llama “el árbol de la ciencia del bien y
del mal” (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el fruto del
árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol “de la
ciencia del bien y del mal”. Esta expresión puede sonar a leyenda
arcaica. Pero profundizando más en “la realidad del hombre”,
como nos es dado entenderla en su historia terrena -tal como a cada
uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra
conciencia moral-, nos damos cuenta mejor de que no podemos
permanecer indiferentes, moviendo los hombros ante estas imágenes bíblicas
primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca
del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia.
Ovidio, el
antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dicho de manera explícita:
“Video meliora proboque, deteriora sequor, Veo lo que es mejor y
lo apruebo, pero sigo lo peor” (Metamorfosis VII, 20)? Sus
palabras no distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo:
“No sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo
que aborrezco, eso hago” (cf. Rom 7, 15). El hombre mismo, después
del pecado original, está entre “el bien y el mal”.
“La realidad del
hombre” -la más profunda “realidad del hombre”-, parece
desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha sido
definido como el “árbol de la vida” y “el árbol de la
ciencia del bien y del mal”. Por esto, en nuestras meditaciones
sobre el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las
realidades esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el
que se expresa con la palabra: pecado.
La dimensión ética de la vida humana
3. Pecado. El catecismo
nos dice, de manera sencilla y fácil de recordar, que es la
transgresión del mandamiento de Dios. Indudablemente el pecado es
la transgresión de un principio moral, violación de una
“norma” -y sobre esto todos están de acuerdo, aún los que no
quieren oír hablar de “los mandamientos de Dios”-. También
ellos están concordes en admitir que las principales normas
morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales
no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son
precisamente los que nosotros conocemos como “mandamientos de
Dios”, (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo
y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres,
se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su
característica esencial, y es también la dimensión esencial de la
cultura humana.
Querría, sin embargo,
que hoy nos centráramos sobre aquel “primer pecado” que -a
pesar de cuanto se piensa comúnmente- está descrito con tanta
precisión en el libro del Génesis, que demuestra toda la
profundidad de la “realidad del hombre” encerrada en él. Este
pecado “nace” al mismo tiempo “del exterior”, es decir, de
la tentación, y “de dentro”. La tentación se expresa con las
siguientes palabras del tentador: “Sabe Dios que el día que de
él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores
del bien y del mal” (Gén 3, 5). El contenido de la tentación
toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre -porque, de
hecho, ha sido creado a “semejanza de Dios”, que quiere decir
“igual que Dios”-. Toca también al anhelo de conocer qué hay
en el hombre y el anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se
falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer, como el de
dignidad -es decir, la semejanza con Dios- en el hecho de la
tentación son utilizados para contraponer al hombre con Dios. El
tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios es su
adversario, que intenta mantener al hombre en estado de
“ignorancia”; que pretende “limitarlo” para subyugarlo. El
tentador dice: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que
de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios,
conocedores del bien y del mal” (Según la antigua versión:
“seréis como Dios”, Gén 3, 4-5).
El
Adviento
Es preciso meditar,
más de una vez, esta descripción “arcaica“. No sé si aún en
la Sagrada Escritura se pueden encontrar otros muchos pasajes en los
que se describa la realidad del pecado no sólo en su forma de
origen, sino también en su esencia, esto es, donde se presente la
realidad del pecado en dimensiones tan plenas y profundas,
demostrando cómo el hombre haya utilizado contra Dios, precisamente
lo que en él había de Dios, lo que debía servir para acercarlo a
Dios.
4. ¿Por qué hablamos
hoy de todo esto? Para comprender mejor el Adviento. Adviento quiere
decir: Dios que viene, porque quiere que “todos los hombres sean
salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Viene
porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha
establecido el orden de la gracia.
Pero viene “por causa
del pecado”, viene “a pesar del pecado”,
viene para quitar el pecado.
Por eso no nos
extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en
las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que
servía de refugio a los animales).
Pero lo más importante
es el hecho de que Él viene.
El Adviento de cada
año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para
salvar al hombre, es más poderosa que el pecado.
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La Navidad del Señor
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
27 de diciembre de 1978
Jesús, Hijo de Dios e
Hijo de María
1. Nos encontramos en
el tiempo litúrgico de Navidad. Deseo, por tanto, que las palabras
que os dirija hoy respondan al gozo de esta fiesta y de esta octava.
Deseo también que respondan a la sencillez y profundidad que la
Navidad irradia en todos. Me aflora a la memoria espontáneamente el
recuerdo de mis sentimientos y vivencias comenzando desde los años
de mi infancia en la casa paterna, y siguiendo por los años
difíciles de la juventud, durante el período de la segunda guerra,
la guerra mundial. ¡Que no se repita jamás en la historia de
Europa y del mundo! Y sin embargo, hasta en los peores años Navidad
ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y este rayo penetraba
incluso en las experiencias más duras de desprecio del hombre, de
aplastamiento de su dignidad, y de crueldad. Para darse cuenta de
ello basta tomar en las manos las memorias de los hombres que han
pasado por cárceles o campos de concentración, por frentes de
guerra o interrogatorios y procesos.
Este rayo de la noche
de Navidad, rayo del nacimiento de Dios, no es sólo el recuerdo de
las luces del árbol junto al pesebre en casa, en la familia o en la
iglesia parroquial, sino algo más. Es la chispa de luz más
profunda de la humanidad a quien Dios ha visitado, esta humanidad
acogida de nuevo y asumida por Dios mismo; asumida en el Hijo de
María en la unidad de la Persona divina: el Hijo Verbo. La
naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en cada
uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el
Padre. La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos;
alcanza también aquellas partes o esferas de la existencia de los
hombres en las que todo pensamiento acerca de Dios ha sido como
ofuscado, y parece estar ausente como si se hubiera quemado y
apagado del todo. Y he aquí que con la noche de Navidad apunta un
resplandor: ¿Acaso... a pesar de todo? Bienaventurado este
“acaso... a pesar de todo”: es un indicio de fe y esperanza.
Buscar y encontrar a
Cristo
2. En la fiesta de
Navidad leemos que los pastores de Belén fueron convocados los
primeros al pesebre a ver al recién nacido: “Fueron con
presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un
pesebre” (Lc 2, 16).
Detengámonos en ese
“encontraron”. Esta palabra indica búsqueda. En efecto, los
pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño,
no sabían que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo
que habían anunciado desde hacía siglos los Profetas del pueblo al
que ellos mismos pertenecían; y que iba a tener cumplimiento
precisamente aquella noche; y que se realizaría en las proximidades
del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del
sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni
dónde había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el
resultado de una búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido
llevados y conducidos -según leemos- por la voz y la luz. Y si nos
remontamos más en el pasado, los vemos guiados por la tradición de
su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel habla recibido la
promesa del Mesías.
Y he aquí que el
Evangelio habla de los sencillos, los modestos, los pobres de
Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle.
Además, habla con toda sencillez, como si se tratara de un
acontecimiento “exterior”; han buscado dónde podría estar y
finalmente lo han encontrado. A la vez, este “encontraron” de
Lucas, indica una dimensión interior, lo que se verificó en los
hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de
Belén: “Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un
pesebre”, y después “...se volvieron glorificando y alabando a
Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había
dicho” (Lc 2, 16. 20).
3. “Encontraron” indica “búsqueda”.
El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo
confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua.
Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego
encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de
nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela
como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra
más íntimamente en la humanidad misma del ser humano.
Y es el más vinculado
al sentido de toda la vida humana.
El hombre es el ser que
busca a Dios.
Varios son los senderos
de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma humana
precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy
sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas,
alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su
“¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con dificultades
como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre
todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es
sabido que incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho
ver su rostro amenazador.
No son pocos los
hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la
propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando
como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido
en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo
han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.
El hombre es el ser que
busca a Dios.
Y hasta después de
haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente,
lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso
de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras
encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).
Esta es la verdad sobre
el hombre.
No se
la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar
al hombre, porque lo define.
¿Qué
decir del ateísmo frente a esta verdad? Es necesario decir muchas
cosas, más de las que se pueden encerrar en el marco de este breve
discurso mío. Pero es preciso decir al menos una cosa: es
indispensable aplicar un criterio, el criterio de la libertad del
espíritu humano. No va de acuerdo con este criterio -criterio
fundamental- el ateísmo, ya sea cuando niega a priori que el hombre
es el ser que busca a Dios, o también cuando mutila de diversas
maneras esa búsqueda en la vida social, pública y cultural. Tal
comportamiento es contrario a los derechos fundamentales del hombre.
La
necesidad más profunda del alma humana
4.
Pero no quiero detenerme en esto. Si hago alusión a ello es para
mostrar toda la belleza y la dignidad de la búsqueda de Dios.
Este
pensamiento me lo ha sugerido la fiesta de Navidad.
¿Cómo
ha nacido Cristo? ¿Cómo ha venido al mundo? ¿Por qué ha venido
al mundo?
Ha
venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres; los que lo
buscan. Al igual que lo encontraron los pastores en la gruta de
Belén.
Diré
más todavía. Jesús ha venido al mundo para revelar toda la
dignidad y nobleza de la búsqueda de Dios, que es la necesidad más
profunda del alma humana, y para salir al encuentro de esta
búsqueda.
La
necesidad más profunda del alma humana
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1979
La Sagrada Familia
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
3 de enero de 1979
La
venida de Cristo
1. La
última noche de espera de la humanidad, que nos recuerda cada año
la liturgia de la Iglesia con la vigilia y la fiesta de la Navidad
del Señor, es al mismo tiempo la noche en que se cumplió la
Promesa. Nace Aquel que era esperado, que era el fin del adviento y
no cesa de serlo. Nace Cristo. Esto sucedió una vez, la noche de
Belén, pero en la liturgia se repite cada año, en cierto modo se
“actúa” cada año. Y asimismo cada año aparece rico de los
mismos contenidos divinos y humanos; éstos hasta tal grado
sobreabundan, que el hombre no es capaz de abarcarlos todos con una
sola mirada; y es difícil encontrar palabras para expresarlos todos
juntos. Incluso nos parece demasiado breve el período litúrgico de
Navidad, para detenernos ante este acontecimiento que más presenta
las características de mysterium fascinosum, que de mysterium
tremendum. Demasiado breve para “gozar” en plenitud de la venida
de Cristo, el nacimiento de Dios en la naturaleza humana. Demasiado
breve para desenmarañar cada uno de los hilos de este
acontecimiento y de este misterio.
Las
lecciones de Belén y Nazaret
2. La
liturgia centra nuestra atención en uno de esos hilos y le da
relieve particular. El nacimiento del Niño la noche de Belén dio
comienzo a la familia. Por esto, el domingo dentro de la octava de
Navidad es la fiesta de la Familia de Nazaret. Esta es la Santa
Familia porque fue plasmada por el nacimiento de Aquel a quien
incluso su “Adversario” se verá obligado a proclamarlo un día
“Santo de Dios” (Mc 1, 24). Familia santa porque la santidad de
Aquel que ha nacido se ha hecho manantial de santificación
singular, tanto de su Virgen-Madre, como del Esposo de Esta, que
como consorte legítimo venía considerado entre los hombres padre
del Niño nacido en Belén durante el censo.
Esta
Familia es al mismo tiempo familia humana y, por ello, la Iglesia se
dirige en el período navideño a todas las familias humanas a
través de la Sagrada Familia. La santidad imprime un carácter
único, excepcional, irrepetible, sobrenatural, a esta Familia en la
que ha venido el Hijo de Dios al mundo. Y al mismo tiempo, todo
cuanto podemos decir de cada familia humana, de su naturaleza,
deberes, dificultades, lo podemos decir también de esta Familia
Sagrada. De hecho, esta Santa Familia es realmente pobre; en el
momento del nacimiento de Jesús está sin casa, después se verá
obligada al exilio, y una vez pasado el peligro, sigue siendo una
familia que vive modestamente, con pobreza, del trabajo de sus
manos.
Su
condición es semejante a la de tantas otras familias humanas.
Aquella es el lugar de encuentro de nuestra solidaridad con cada
familia, con cada comunidad de hombre y mujer en la que nace un
nuevo ser humano. Es una familia que no se queda sólo en los
altares, como objeto de alabanza y veneración, sino que a través
de tantos episodios que conocemos por el Evangelio de San Lucas y
San Mateo, está cercana de algún modo a toda familia humana; se
hace cargo de los problemas profundos, hermosos y, al mismo tiempo,
difíciles que lleva consigo la vida conyugal y familiar. Cuando
leemos con atención lo que los Evangelistas (sobre todo Mateo) han
escrito sobre las vicisitudes experimentadas por José y María
antes del nacimiento de Jesús, los problemas a que he aludido más
arriba se hacen aún más evidentes.
El
misterio de la Encarnación del Verbo y las vicisitudes del hombre
3. La
solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de la Sagrada
Familia, nos resultan especialmente cercanas y entrañables,
precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental
de nuestra fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la
dimensión no menos fundamental de las vivencias del hombre. Todos
deben reconocer que esta dimensión esencial de las vivencias del
hombre es cabalmente la familia. Y en la familia, lo es la
procreación: un hombre nuevo es concebido y nace, y a través de
esta concepción y nacimiento, el hombre y la mujer, en su calidad
de marido y mujer, llegan a ser padre y madre, procreadores,
alcanzando una dignidad nueva y asumiendo deberes nuevos. La
importancia de estos deberes fundamentales es enorme bajo muchos
puntos de vista. No sólo desde el punto de vista de la comunidad
concreta que es su familia, sino también desde el punto de vista de
toda comunidad humana, de toda sociedad, nación, estado, escuela,
profesión, ambiente. Todo depende en líneas generales del modo
como los padres y la familia cumplan sus deberes primeros y
fundamentales, del modo y medida con que enseñen a “ser hombre”
a esa criatura que gracias a ellos ha llegado a ser un ser humano,
ha obtenido “la humanidad”. En esto la familia es insustituible.
Es necesario hacer lo imposible para que la familia no sea
suplantada. Lo requiere no sólo el bien “privado” de cada
persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación o
estado de cualquier continente. La familia está situada en el
centro mismo del bien común en sus varias dimensiones, precisamente
porque en ella es concebido y nace el hombre. Es necesario hacer
todo lo posible para que desde su momento inicial, desde la
concepción, este ser humano sea querido, esperado, vivido como un
valor particular, único e irrepetible. Este ser debe sentirse
importante, útil, amado y valorado, incluso si está inválido o es
minusválido; es más, por esto precisamente más amado aún.
Así
nos enseña el misterio de la Encarnación. Esta es asimismo la
lógica de nuestra fe. Esta es también la lógica de todo humanismo
auténtico; pienso, en efecto, que no puede ser de otra manera. No
estamos buscando aquí elementos de contraposición, sino puntos de
encuentro que son simple consecuencia de la verdad total acerca del
hombre. La fe no aleja a los creyentes de esta verdad, sino que los
introduce en el mismo corazón de ella.
La
vida es sagrada desde el momento de la concepción
4.
Algo más aún. La noche de Navidad, la Madre que debía dar a luz
(Virgo paritura), no encontró un cobijo para sí. No encontró las
condiciones en que se realiza normalmente aquel gran misterio divino
y humano a un tiempo, de dar a la luz un hombre.
Permitidme
que utilice la lógica de la fe y la lógica de un consecuente
humanismo. Este hecho del que hablo es un gran grito, un desafío
permanente a cada uno y a todos, acaso más en particular en nuestra
época, en la que a la madre que espera un hijo se le pide con
frecuencia una gran prueba de coherencia moral. En efecto, lo que
viene llamado con eufemismo “interrupción de la maternidad”
(aborto), no puede evaluarse con otras categorías auténticamente
humanas que no sean las de la ley moral, esto es, de la conciencia.
Mucho podrían decir a este propósito, si no las confidencias
hechas en los confesionarios, sí ciertamente las hechas en los
consultorios para la maternidad responsable.
Por
consiguiente, no se puede dejar sola a la madre que debe dar a luz;
no se la puede dejar con sus dudas, dificultades y tentaciones.
Debemos estar junto a ella para que tenga el valor y la confianza
suficientes de no gravar su conciencia, de no destruir el vínculo
más fundamental de respeto del hombre hacia el hombre. Pues, en
efecto, tal es el vínculo que tiene principio en el momento de la
concepción; por ello, todos debemos estar de alguna manera con
todas las madres que deben dar a luz, y debemos ofrecerles toda
ayuda posible.
Miremos
a María, virgo paritura (Virgen que va a dar a luz). Mirémosla
nosotros Iglesia, nosotros hombres, y tratemos de entender mejor la
responsabilidad que trae consigo la Navidad del Señor hacia cada
hombre que ha de nacer sobre la tierra. Por ahora nos paramos en
este punto e interrumpimos estas consideraciones; ciertamente
deberemos volver de nuevo sobre ello. y no una vez sola.
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El significado de la maternidad en la sociedad y en la
familia
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
10 de enero de 1979
1. Ha
llegado al final el tiempo de Navidad. Ha pasado también la fiesta
de Epifanía. Pero las meditaciones de nuestros encuentros del
miércoles seguirán haciendo referencia al contenido fundamental de
las verdades que nos pone ante los ojos todos los años el tiempo
navideño. Aparecen dichas verdades con densidad particular. Se
necesita tiempo para contemplarlas con los ojos abiertos del
espíritu, que tiene derecho y necesidad de meditar la verdad y
contemplar toda su sencillez y profundidad.
María,
Madre de Dios
Durante
la octava de Navidad, la Iglesia nos hace dirigir la mirada del
espíritu al misterio de la Maternidad. El último día de la
octava, que es el primero del año nuevo, es la fiesta de la
Maternidad de la Madre de Dios. De este modo se resalta “el
puesto” de la Madre, “la dimensión” materna de todo el
misterio del nacimiento de Dios.
2.
Esta Madre lleva el nombre de María. La Iglesia la venera de modo
particular. Le rinde un culto que supera el de los otros santos
(cultus iperduliae). La venera así, precisamente porque ha sido la
Madre; porque ha sido elegido para ser la Madre del Hijo de Dios;
porque a ese Hijo, que es el Verbo eterno, le ha dado en el tiempo
“el cuerpo”, le ha dado en un momento histórico “la
humanidad”. La Iglesia incluye esta veneración particular de la
Madre de Dios en todo el ciclo del año litúrgico, durante el que
se acentúa de modo discreto y a la vez solemne, el momento de la
concepción humana del Hijo de Dios, a través de la Anunciación
celebrada el 25 de marzo, nueve meses antes de Navidad. Se puede
decir que, durante el período desde el 25 de marzo hasta el 25 de
diciembre, la Iglesia camina con María que espera como toda madre
el momento del nacimiento, el día de Navidad. Y
contemporáneamente, durante este período, María “camina” con
la Iglesia. Su expectación materna está inscrita de modo discreto
en la vida de la Iglesia de cada año. Todo lo que sucedió en
Nazaret, Ain Karim y Belén, es el tema de la liturgia de la vida de
la Iglesia, de la plegaria -especialmente de la plegaria del
Rosario- y de la contemplación. Hoy ha desaparecido ya del año
litúrgico una fiesta particular dedicada a la Virgen paritura (que
va a dar a luz), la fiesta de la “Expectación” materna de la
Virgen, celebrada el 18 de diciembre.
Madre
de todos los hombres
3.
Introduciendo de esta manera en el ritmo de su liturgia el misterio
de la “Expectación materna de María”, sobre el trasfondo del
misterio de aquellos meses que unen el momento del nacimiento con el
momento de la Concepción, la Iglesia medita toda la dimensión
espiritual de la Maternidad de la Madre de Dios.
Esta
maternidad “espiritual” (quoad spiritum) comenzó al mismo
tiempo que la maternidad física (quoad corpus). En el momento de la
Anunciación, María tuvo este diálogo con el Anunciante:
“¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?” (Lc 1,
34); respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud
del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el Hijo
engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). En
concomitancia con la maternidad física (quoad corpus) comenzó su
maternidad espiritual (quoad spiritum). Esta maternidad llenó así
los nueve meses de espera a partir del momento del nacimiento y los
treinta años pasados entre Belén, Egipto y Nazaret, así como
también los años siguientes en que Jesús, después de dejar la
casa de Nazaret, enseñó el Evangelio del reino, años que se
concluyeron con los sucesos del Calvario y de la cruz. Allí la
maternidad “espiritual” llegó en cierto sentido a su momento
clave. “Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba,
que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn
19, 26). Así, de manera nueva, la vinculó a Ella, su propia Madre,
al hombre: al hombre a quien transmitió el Evangelio. La ha
vinculado a cada hombre. La ha vinculado a la Iglesia el día de su
nacimiento histórico, el día de Pentecostés. Desde aquel día
toda la Iglesia la tiene por Madre. Y todos los hombres la tienen
por Madre. Estos entienden como dirigidas a cada uno, las palabras
pronunciadas en lo alto de la cruz. Madre de todos los hombres. La
maternidad espiritual no conoce límites. Se extiende en el tiempo y
en el espacio. Alcanza a tantos corazones humanos. Alcanza a
naciones enteras. La maternidad constituye tema predilecto y acaso
el más frecuente de la creatividad del espíritu humano. Es un
elemento constitutivo de la vida interior de tantos hombres. Es una
clave de bóveda de la cultura humana. Maternidad: realidad humana
grande, espléndida, fundamental, denominada desde el principio con
el mismo nombre por el Creador. Acogida de nuevo en el misterio del
nacimiento de Dios en el tiempo. En él, en este misterio,
entrañada. Inseparablemente unida a él.
Una
realidad grande, espléndida, fundamental
4. En
los primeros días de mi ministerio en la Sede romana de San Pedro,
tuve el placer de encontrarme con un hombre que desde la primera
entrevista me resultó especialmente cercano. Permitidme que no
pronuncie aquí el nombre de esta persona, cuya autoridad es tan
grande en la vida de la nación italiana, y cuyas palabras escuché
yo también el último día del año con atención unida a gratitud.
Eran palabras sencillas, profundas y rebosantes de interés por el
bien del hombre, de la patria y de la humanidad entera; y en
particular, de la juventud. Me perdonará mi egregio interlocutor si
me permito referirme de algún modo, sin decir su nombre, a las
palabras que le oí en aquel primer encuentro. Dichas palabras se
referían a la madre, a su madre. Después de tantos años de vida,
experiencia, luchas políticas y sociales, él recordaba a su madre
como la persona a quien debía junto con la vida, también todo lo
que constituye el comienzo y el armazón de la historia de su
espíritu. Escuché aquellas palabras con emoción sincera. Las
grabé en la memoria y no las olvidaré jamás. Eran para mí como
un anuncio y, al mismo tiempo, como una llamada.
No
hablo aquí de mi madre, porque la perdí demasiado pronto; si bien
debo a ella las mismas cosas que mi egregio interlocutor manifestó
con tanta sencillez. Por esto me permito hacer referencia a lo que
le escuché.
Hacer
todo lo posible para que la mujer sea merecedora de amor y
veneración
5. Y
hablo hoy de esto para cumplir lo que anuncié hace una semana.
Entonces dije que debemos estar al lado de cada madre que espera un
hijo; que debemos rodear de atención particular la maternidad y el
gran acontecimiento asociado a ésta, o sea, la concepción y el
nacimiento del hombre, que se sitúan siempre en la base de la
educación humana. La educación se apoya en la confianza en aquella
que ha dado la vida. Esta confianza no puede exponerse a peligros.
En el tiempo de Navidad la Iglesia proyecta ante los ojos de nuestra
alma la Maternidad de María, y lo hace el primer día del año
nuevo. Lo hace para poner en evidencia asimismo la dignidad de cada
madre, para definir y recordar el significado de la maternidad, no
sólo en la vida de cada hombre, sino igualmente en toda la cultura
humana. La maternidad es la vocación de la mujer. Es una vocación
eterna y, a la vez, contemporánea. “La Madre que comprende todo y
con el corazón abraza a cada uno”, son palabras de una canción
que canta la juventud en Polonia y que me vienen a la mente en este
momento; la canción proclama seguidamente que hoy el mundo de modo
particular “tiene hambre y sed” de esa maternidad, que
constituye “física y espiritualmente” la vocación de la mujer,
al igual que lo es de María.
Es
necesario hacer lo imposible para que la dignidad de esta vocación
espléndida no se destroce en la vida interior de las nuevas
generaciones; para que no disminuya la autoridad de la mujer-madre
en la vida familiar, social y pública, y en toda nuestra
civilización: en toda nuestra legislación contemporánea, en la
organización del trabajo, en las publicaciones, en la cultura de la
vida diaria, en la educación y en el estudio. En todos los campos
de la vida.
Este es un criterio fundamental.
Debemos
hacer todo lo posible para que la mujer sea merecedora de amor y
veneración. Debemos hacer lo imposible para que los hijos, la
familia, la sociedad descubran en ella la misma dignidad que vio
Cristo en la mujer.
“Mater genetrix,
spes nostra!: ¡Madre que das la vida, esperanza nuestra!”.
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La oración es el alma de todo el movimiento ecuménico
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
17 de enero de 1979
Mañana comienza el
Octavario mundial de Oración por la Unidad de los Cristianos. Por
eso, querría hoy reflexionar junto con vosotros sobre este
importante tema que compromete a cada uno de los bautizados,
pastores y fieles (cf. Unitatis redintegratio, 5), a cada uno según
su propia capacidad, su propia función y el puesto que ocupa en la
Iglesia.
El Papa, servidor de
la unidad
1. Este problema
compromete de modo especial al Obispo de esta antigua Iglesia de
Roma, fundada sobre la predicación y el testimonio del martirio de
San Pedro y San Pablo. El servicio a la unidad es el deber
primordial del ministerio del Obispo de Roma.
Por eso estoy
satisfecho al saber que en nuestra diócesis de Roma, como en tantas
otras diócesis del mundo, se organiza este Octavario con esmero y
con el fin de comprometer a todos, parroquias, comunidades
religiosas, organizaciones católicas, escuelas, grupos juveniles, e
incluso ambientes de sufrimiento, como los hospitales. Estoy
satisfecho al saber que, donde es posible, se trata de organizar
también plegarias en común con otros hermanos cristianos, en
armonía de sentimientos, a fin de que, obedeciendo a la voluntad
del Señor, podamos crecer en la fe, hacia la unidad plena, para
edificación del Cuerpo de Cristo, “hasta que todos alcancemos la
unidad de la fe -como escribe San Pablo a los primeros cristianos de
Éfeso- y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos,
a la medida de la talla (que corresponde) a la plenitud de Cristo
(Ef 4, 13).
Es un don de Dios
La búsqueda de la
unidad debe penetrar todos los niveles de la vida de la Iglesia,
comprometer a todo el Pueblo de Dios, para llegar finalmente a una
profesión de fe concorde y unánime.
2. La oración es un
medio privilegiado para la participación en la búsqueda de la
unidad de todos los cristianos. Jesucristo mismo nos ha dejado su
último deseo de unidad a través de una oración al Padre: “Para
que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para
que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has
enviado” (Jn 17, 21).
El Concilio Vaticano
II también nos ha recomendado fuertemente la oración por la unidad
de los cristianos, definiéndola como “el alma de todo el
movimiento ecuménico” (Unitatis redintegratio, 8). Lo mismo que
el alma al cuerpo, así la oración da vida, coherencia, espíritu,
finalidad al movimiento ecuménico.
La oración, ante
todo, nos sitúa ante el Señor, nos purifica en las intenciones, en
los sentimientos, en nuestro corazón, y produce aquella
“conversión interior”, sin la cual no hay verdadero ecumenismo
(cf. Unitatis redintegratio, 7).
La oración,
además, nos recuerda que la unidad, en definitiva, es un don de
Dios, don que debemos pedir y prepararnos a él para que nos sea
concedido. La unidad, lo mismo que cada don, como cada gracia,
depende “de Dios que tiene misericordia” (Rom 9, 16). Porque la
reconciliación de todos los cristianos “supera las fuerzas y la
capacidad humana” (Unitatis redintegratio, 24), la oración
continua y ferviente manifiesta nuestra esperanza, que no engaña, y
nuestra confianza en el Señor que hará nuevas todas las cosas (Cf.
Rom 5, 5; Ap 21, 5).
Respuesta
fiel de los cristianos
3. Pero la acción
de Dios exige nuestra respuesta, cada vez más fiel, cada vez más
plena. Esto también y sobre todo para la construcción de la unión
de todos los cristianos.
Este año, el tema
del Octavario de Oración por la Unidad reclama nuestra atención
precisamente sobre el ejercicio de algunas virtudes fundamentales de
la vida cristiana: “Estad los unos al servicio de los otros para
la gloria de Dios”. Este tema está tomado de un pasaje de la
primera Carta de San Pedro (1 Pe 4, 7-11). El Apóstol se dirige a
algunas comunidades de la diáspora, del Ponto, de Galacia, de
Capadocia, de Bitinia, de Asia, en un momento de dificultades
particulares. Llama a estas comunidades a la fe cristiana y afirma
que el fin de todo está cercano” (1 Pe 4, 7). El tiempo en que
vivimos es el tiempo escatológico, es decir, el tiempo que va desde
la redención realizada por Cristo, hasta su retorno glorioso. Por
esto, es preciso vivir en esperanza activa. En este contexto el
Apóstol Pedro llama a la sobriedad para dedicarse a la oración,
pide que se conserve la caridad, “una ferviente caridad”, que se
practique la hospitalidad, y esto significa la apertura y la
donación generosa a los hermanos, en particular, a los marginados,
a los emigrantes, pide que se viva de acuerdo con el don recibido y
que se ponga ese don al servicio de los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios.
La escucha fiel de
estos consejos y su realización práctica, por una parte, purifica
las relaciones entre las personas, porque “la caridad cubre la
muchedumbre de los pecados” (1 Pe 4, 8), por otra, afianza a la
comunidad, la refuerza y la hace crecer. Se trata de un verdadero
ejercicio en la búsqueda de la unidad. El tema nos propone vivir
juntos, en cuanto sea posible, la herencia común a los cristianos.
Los contactos, la cooperación, el amor mutuo, el servicio
recíproco, hacen que nos conozcamos mejor los unos a los otros, nos
hacen descubrir lo que tenernos en común y nos hacen ver, además,
cuanto hay todavía de divergente entre nosotros. Estos contactos
nos impulsan también a encontrar caminos para superar tales
divergencias.
Camino
largo de esperanza
El Concilio Vaticano
II nos puso de relieve que con la cooperación se puede aprender
fácilmente “cómo se allana el camino para la unión de los
cristianos” (Unitatis redintegratio, 12). Efectivamente, la
oración, la caridad mutua, el servicio de unos a otros, construyen
la comunión entre los cristianos y los guían hacia la plena
unidad.
4. En este Octavario
nuestra oración por la unión de los cristianos debe ser, ante
todo, oración de agradecimiento y de impetración. Sí, debemos dar
gracias al Señor que ha suscitado entre todos los cristianos el
deseo de la unión (cf. Unitatis redintegratio, 1), y que ha
bendecido esta búsqueda que cada vez se extiende y se profundiza
más.
La Iglesia
católica, en estos últimos tiempos, ha entablado relaciones con
todas las otras Iglesias y Comunidades eclesiales; relaciones que
deseamos continuar y profundizar con esperanza y confianza. El
diálogo de la caridad con las Iglesias ortodoxas del Oriente nos ha
hecho descubrir una comunión casi plena, aunque todavía
imperfecta. Es motivo de consuelo ver cómo esta nueva actitud de
comprensión no se reduce sólo a los más altos responsables de las
Iglesias, sino que penetra gradualmente en las Iglesias locales,
porque el intercambio de relaciones a nivel local es indispensable
para un progreso ulterior.
La práctica de las
virtudes a las que nos invita este Octavario de Oración puede,
además hacer surgir nuevas experiencias creadoras de unidad. A este
propósito, quiero recordar que está para comenzar un diálogo
teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias orientales de
tradición bizantina, para eliminar las dificultades que aún
impiden la concelebración eucarística y la plena unidad. Es fin
momento importante y por eso imploramos la ayuda de Dios. Desde hace
tiempo también están en curso diálogos con los hermanos de
Occidente, anglicanos, luteranos, metodistas, reformados, y se han
encontrado consoladoras convergencias sobre temas que en el pasado
constituían profundas divergencias. Además, se han entablado
relaciones fructuosas con el Consejo Ecuménico de las Iglesias y
con otras Organizaciones cristianas confesionales e
interconfesionales. Pero no ha terminado el camino, y debemos
continuarlo para llegar a la meta. Por eso, renovamos nuestra
oración al Señor a fin de que dé a todos los cristianos luz y
fuerza para hacer cuanto sea posible por conseguir cuanto antes la
plena unidad en la verdad, de manera que, “abrazados a la verdad,
en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra
Cabeza, Cristo, por quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos
los ligamentos que lo unen y lo nutren según la operación de cada
miembro, va obrando mesuradamente su crecimiento en orden a su
conformación en la caridad” (Ef 4, 15-16).
Escúchanos, Señor
5. Y ahora, queridos
hermanos y hermanas, unámonos en la oración y hagamos nuestras las
intenciones antes expuestas, con las siguientes invocaciones, a las
que todos estáis invitados a responder: ¡Escúchanos, Señor!
-En el Espíritu de
Cristo, Nuestro Señor, oremos por la Iglesia católica y por las
otras Iglesias, por toda la humanidad.
-Todos:
¡Escúchanos, Señor!
-Oremos por todos
los que sufren persecuciones por la justicia y por cuantos trabajan
por la liberad y la paz.
-Todos:
¡Escúchanos, Señor!
-Oremos por los que
ejercen algún ministerio en la Iglesia, por quienes tienen
responsabilidades especiales en la vida social y por todos los que
están al servicio de los pequeños y de los débiles.
-Todos:
¡Escúchanos, Señor!
-Pidamos a Dios para
nosotros mismos el valor de perseverar en nuestro empeño por la
realización de la unidad de todos los cristianos.
-Todos:
¡Escúchanos, Señor!
Señor Dios,
confiamos en ti. Concédenos actuar como Tú quieres. Concédenos
ser fieles servidores de tu gloria. Amén.
Con la esperanza de
que, durante el Octavario por la Unidad continuaréis rezando por
estas intenciones, os doy de corazón la bendición apostólica.
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Juan Pablo II, peregrino al santuario de la Virgen de Guadalupe
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
24 de enero de 1979
1. En la fiesta de
Epifanía leímos el pasaje del Evangelio de San Mateo que describe
la llegada a Belén de unos Magos de Oriente: “Y entrando en la
casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le
adoraron, y abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso
y mirra” (Mt 2, 11-12).
Aquí mismo hablamos
ya un día de los pastores que encontraron al Niño, al Hijo de Dios
nacido, que estaba en el pesebre (cf. Lc 2, 16).
Volvemos de nuevo
hoy otra vez a aquellos personajes que eran tres, según dice la
tradición, los Reyes Magos. El escueto texto de San Mateo refleja
bien lo que forma parte de la sustancia misma del encuentro del
hombre con Dios: “de hinojos le adoraron”. El hombre encuentra a
Dios en el acto de veneración, de adoración, de culto. Conviene
notar que la palabra “culto” (cultus) está en relación
estrecha con el término “cultura”. A la sustancia misma de la
cultura humana, de las varias culturas, pertenece la admiración, la
veneración de lo que es divino, de lo que eleva al hombre hacia lo
alto. Un segundo elemento del encuentro del hombre con Dios, puesto
de relieve por el Evangelio, se contiene en las palabras “y
abriendo sus cofres le ofrecieron dones...”. En estas palabras San
Mateo apunta un factor que caracteriza profundamente la sustancia
misma de la religión, entendida a un tiempo como conocimiento y
encuentro. Un concepto sólo abstracto de Dios no constituye, no
forma aún esta sustancia.
El hombre conoce a
Dios en el encuentro con Él
El hombre conoce a
Dios encontrándose con Él y, viceversa, lo encuentra en el acto
del conocimiento. Se encuentra con Dios cuando se abre ante Él con
la entrega interior de su “yo” humano, para aceptar el don de
Dios y corresponder a él.
En el momento en que
se presentan ante el Niño, que estaba en brazos de su Madre, a la
luz de la Epifanía los Reyes Magos aceptan el don de Dios
Encarnado, su entrega inefable al hombre en el misterio de la
Encarnación. Al mismo tiempo “abrieron sus cofres con los
dones”; se trata de los dones concretos de que habla el
Evangelista, pero sobre todo se abren a sí mismos ante Él por el
don interior del propio corazón. Este es el verdadero tesoro
ofrecido por ellos; y el oro, el incienso y la mirra constituyen
sólo una expresión externa de aquél. En este don reside el fruto
de la Epifanía: reconocen a Dios y se encuentran con Él.
2. Cuando medito
así junto con vosotros aquí reunidos las palabras del Evangelio de
Mateo, me vienen a la mente los textos de la Constitución Lumen
gentium, que hablan de la universalidad de la Iglesia. El día de
Epifanía es la fiesta de la universalidad de la Iglesia, de su
misión universal. Pues bien, leemos en el Concilio: En todas las
naciones de la tierra está enraizado un solo Pueblo de Dios, puesto
que de todas las estirpes toma a los ciudadanos de su reino no
terreno, sino celestial. Y de hecho, todos los fieles esparcidos por
el mundo se comunican con los otros en el Espíritu Santo, y así,
“quien está en Roma sabe que los indios son miembros suyos”
(9). Y por tanto, puesto que el reino de Cristo no es de este mundo
(cf. Jn 18, 36), la Iglesia, o sea el Pueblo de Dios, al implantar
este reino no resta nada al bien temporal de los pueblos, antes al
contrario, favorece y acoge todas sus capacidades, recursos y
costumbres, en cuanto son buenos; y acogiéndolos los purifica,
consolida y eleva. En efecto, la Iglesia recuerda bien que debe
“cosechar” con el Rey al que todas las gentes le han sido dadas
en herencia (cf. Sal 2, 8), y a cuya ciudad llevan sus dones y
presentes (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60, 4-7; Ap 21, 24). Este
carácter de universalidad que adorna y distingue al Pueblo de Dios
es don del Señor mismo; y con este don la Iglesia católica tiende
eficaz e incansablemente a centrar a la humanidad con todos sus
bienes en Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu.
El intercambio de
dones entre Dios y el hombre
En virtud de esta
catolicidad, “cada una de las partes colabora con sus dones
propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo
que el todo y cada una de las partes crecen a causa de todos los que
mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De
donde resulta que el Pueblo de Dios... reúne a personas de pueblos
diversos” (Lumen gentium, 13).
Aquí tenemos ante
los ojos la misma imagen del Evangelio de San Mateo que se lee en la
Epifanía; sólo que está ampliada. El mismo Cristo, que aceptó en
Belén como Niño los dones de los tres Magos, sigue siendo siempre
Aquel ante quien los hombres y pueblos enteros “abren sus
tesoros”. En el acto de esta apertura ante Dios Encarnado, los
dones del espíritu humano adquieren valor particular; se convierten
en los tesoros de las diversas culturas, riqueza espiritual de
pueblos y naciones, patrimonio común de la humanidad. Este
patrimonio se forma y acrecienta siempre a través del
“intercambio de dones” de que habla la Constitución Lumen
gentium. El centro de este intercambio es Él, el mismo que aceptó
los dones de los Reyes Magos. El mismo, que es el Don visible y
encarnado, suscita la apertura de los espíritus y el intercambio de
dones del que viven no sólo cada hombre individualmente, sino
también los pueblos, las naciones, la humanidad entera.
La aportación del
pueblo y de la Iglesia de México
3. Toda la
meditación anterior es, en cierto modo, introducción y prólogo de
lo que quiero decir ahora.
Pues con la gracia
de Dios mañana debo emprender un viaje a México, el primero de mi
pontificado. Con ello quiero seguir las huellas del gran Papa Pablo
y continuar la tradición que él inició. Voy a México, a Puebla,
con ocasión de la Conferencia Episcopal de América Latina, que
inaugura los trabajos el sábado próximo con la concelebración
eucarística en el santuario de la Virgen de Guadalupe. Ya desde hoy
quiero expresar mi gratitud a los representantes del Episcopado por
su invitación; y a los representantes de las autoridades mexicanas,
en especial al Presidente de la República, por su actitud acogedora
ante este viaje que me permite cumplir un deber pastoral sumamente
importante.
Hago referencia en
este momento a la liturgia de la fiesta de Epifanía y también a
las palabras de la Constitución Lumen gentium, que nos permiten
echar una mirada a los dones particulares que el pueblo y la Iglesia
que están en México han aportado y siguen aportando al tesoro
común de la humanidad y de la Iglesia.
¿Quién no ha oído
hablar al menos de los esplendores del antiguo México? De su arte,
de sus conocimientos en el campo de la astronomía, de sus
pirámides y templos, en los que se expresaba su ansia de lo divino,
imperfecta ciertamente, y aún no iluminada.
Y, ¿qué decir de
las catedrales e iglesias, palacios y casas consistoriales,
construidos en México por artesanos mexicanos después de su
cristianización? Dichos edificios son expresión elocuente de la
maravillosa simbiosis que el pueblo mexicano ha sabido llevar a
efecto entre los elementos mejores de su pasado y los de su futuro
cristiano, en el que entonces se estaba introduciendo.
Pero México ha
hecho grandes progresos también en época más reciente. Al lado de
las famosas edificaciones del llamado estilo colonial, existen hoy
en día rascacielos, grandes carreteras, impresionantes edificios
públicos y complejos industriales del México moderno. Sin embargo
-y aquí reside otro mérito suyo-, en medio del progreso político,
técnico y civil moderno, el alma mexicana muestra claramente que
quiere ser y permanecer cristiana; hasta en la música popular
típica el mexicano canta su eterna nostalgia de Dios y su devoción
a la Virgen Santa. Y en tiempos difíciles del pasado -ya felizmente
superados-, el mexicano ha demostrado tener no sólo buenos
sentimientos religiosos, sino también fortaleza y firmeza de una fe
no indiferente, sino heroica por cierto, como muchos recordarán
todavía.
Estoy convencido de
que ante Cristo y su Madre se puede realizar aquella “apertura e
intercambio de dones”, al que el Episcopado de América Latina, yo
mismo y toda la Iglesia vinculamos tan grandes esperanzas para el
futuro.
Ante Cristo y su
Madre
4. Volvamos una vez
más aún a la descripción de San Mateo. El Evangelio dice que
aquella “apertura de dones” de los Reyes Magos en Belén se
llevó a cabo ante el Niño y su Madre.
Añadamos que esta
situación sigue repitiéndose justamente así. ¿Acaso no lo
demuestra la historia de México y la historia de la Iglesia en
aquellas tierras? Al ir allá, me es motivo de gozo el poder pisar
las huellas de tantos peregrinos que de toda América, y en especial
de América Latina, caminan hacia el santuario de la Madre de Dios
de Guadalupe.
Yo también vengo de
una tierra y una nación cuyo corazón palpita en los grandes
santuarios marianos, sobre todo en el santuario de Jasna Gora.
Quisiera repetir de nuevo otra vez, como el día de la inauguración
del pontificado, las palabras del mayor pacta poeta: “Virgen
Santa, que defiendes la preclara Czestochowa y resplandeces en la
Puerta Aguda...”.
Esto me permite
entender al pueblo, a los pueblos, a la Iglesia, al continente cuyo
corazón palpita en el santuario de la Madre de Dios de Guadalupe.
Espero también que
ello me abra el camino hacia el corazón de aquella Iglesia, aquel
pueblo y aquel continente.
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Puebla,
encarnación espléndida de la colegialidad
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
7 de febrero de 1979
Queridísimos
hermanos y hermanas:
1. La III
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano es un
acontecimiento sobre el que se concentra la atención de toda la
Iglesia y suscita gran interés aún en ambientes
extraeclesiásticos. El hecho de que ésta sea la III Conferencia
testifica que su historia, aunque breve, es muy significativa y
fructuosa.
En 1955 el Papa Pío
XII quiso convocar la I Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano - celebrada en Río de Janeiro del 25 de julio al 4
de agosto de 1955 -, para examinar los problemas religiosos que
también entonces levantaban angustias agudas por el continente
entero; fue como escrutar los signos de los tiempos para sacar de
ellos indicaciones de caminos cada vez más idóneos hacia la
renovación y nuevo vigor de la actividad apostólica de la Iglesia.
Especialmente la escasez del clero, surgida con evidencia
dramática, impulsó a buscar colaboración más estrecha a nivel
continental, cuyo instrumento iba a ser un consejo representativo de
todos los Episcopados nacionales. La creación del CELAM fue el
resultado primero y más relevante de la Conferencia: un resultado
dinámico, abierto a desarrollos que adquirieron ritmo e importancia
crecientes.
En 1968 el Papa
Pablo VI, para poder adecuar mejor la misión de la Iglesia a las
necesidades de América Latina a la luz de las enseñanzas del
Concilio Vaticano II, convocó la II Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín del 24 de agosto
al 6 de septiembre de 1968. Objeto principal de este encuentro fue
el estudio del tema: “La Iglesia en la transformación presente de
América Latina a la luz del Concilio Vaticano II”.
Los detalles arriba
indicados ilustran suficientemente sobre el modo cómo se ha formado
y desarrollado, a lo largo de decenios, este órgano espléndido de
colegialidad del Episcopado actual en el continente latinoamericano
y que en este momento es el protagonista del acontecimiento
denominado brevemente “Puebla”.
Preparación
de «Puebla»
2. Como se sabe,
esta abreviación proviene del nombre de la ciudad mexicana donde se
desarrolla la III Conferencia General del Episcopado
latinoamericano. He tenido la gran suerte de poderla inaugurar
personalmente, presidiendo la con celebración en el santuario de la
Madre de Dios de Guadalupe, el sábado 27 de enero, y pronunciando
un discurso el domingo 28 de enero al comenzar las sesiones en el
seminario mayor de Puebla. De todos modos, querría llamar la
atención especialmente sobre el método de trabajo y sobre el modo
tan perspicaz y preciso de la preparación de la misma Conferencia.
Antes de llegar a la
formulación de las tesis principales contenidas en el “Documento
de Trabajo”, que consta de un total de 172 páginas, cada
Conferencia Episcopal de América Latina ha trabajado sobre la pauta
del “Documento de Consulta”, preparando sus propios juicios,
observaciones y propuestas en relación al tema de la III
Conferencia, que se ha formulado así: “La evangelización en el
presente y en el futuro de América Latina”. Es fácil intuir que
las fuentes de este tema se han buscado principalmente en los
trabajos de las Asambleas ordinarias del Sínodo de los Obispos
celebradas en Roma en los años 1974 y 1977: recordemos que el tema
de estas Asambleas fue respectivamente: la “evangelización en el
mundo contemporáneo” y la “catequesis con referencia especial a
los jóvenes”.
El fruto del
intercambio de experiencias, propuestas y sugerencias del Sínodo de
los Obispos de 1974 fue la Exhortación Apostólica de Pablo VI
Evangelii nuntiandi, uno de los documentos más característicos,
significativos y fructíferos de su pontificado.
Tal es la génesis
-muy clara como se ve- de la actual Conferencia del CELAM, por lo
que se refiere al tema.
La iniciativa de tratar este tema de carácter
universal-eclesiástico, esto es, la “evangelización” con
referencia a América Latina, se remonta al año 1976. En todo caso,
el ciclo completo de su preparación ha ocupado dos años enteros.
En este período las Conferencias Episcopales nacionales,
aprovechando también las colaboraciones ofrecidas por cada uno de
los sectores de las comunidades eclesiales locales, prepararon su
aportación para la redacción del “Documento de Trabajo”, esto
es, del documento que debía servir como punto de referencia para
los trabajos de la Conferencia de Puebla, y sobre cuya pauta se
debía proceder al intercambio de experiencias, propuestas y
sugerencias: lo que justamente se está realizando ahora en Puebla.
Cada una de las
Conferencias Episcopales, además de estar representadas por sus
respectivos Presidentes, han nombrado un número de delegados
proporcionado al número global de obispos que forman parte de la
misma Conferencia. Más aún, han sido invitados a Puebla
representantes de los diversos sectores del Pueblo de Dios:
sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos y laicos.
Vínculo
de unidad
3. Puede ser que
algunos de los que hoy me están escuchando conozcan ya los
pormenores antes indicados referentes a la Conferencia de Puebla.
Pero he creído oportuno sintetizarlos ahora por dos motivos:
Antes de nada, en
atención a la importancia del acontecimiento que se llama
“Puebla”. Al mismo tiempo, para expresar mi alegría por cuanto
que las enseñanzas sobre la colegialidad del Episcopado, recordadas
por el Concilio Vaticano II, se encarnan de manera tan espléndida
en la vida y fructifican en nuestros días.
Valdría la pena
abrir aquí de nuevo el texto de la Constitución Dogmática Lumen
gentium, por el capítulo III, y releer con atención todos sus
párrafos.
Sería necesario
recordar muchos pasajes del Decreto Christus Dominus sobre los
deberes pastorales de los obispos.
Detengámonos en
algunas frases: “Así como por disposición del Señor San Pedro y
los demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de modo
análogo se unen entre sí el Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, y
los obispos, sucesores de los Apóstoles. Ya la disciplina más
antigua, según la cual los obispos esparcidos por todo el orbe
comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma en el vínculo de la
unidad, de la caridad y de la paz, y también los Concilios
convocados para decidir en común el tema que fuera, incluso muy
importante, sometiendo la resolución al parecer de muchos, expresan
la naturaleza y la forma colegial del orden episcopal, confirmada
manifiestamente por los Concilios Ecuménicos celebrados a lo largo
de los siglos” (Lumen gentium, 22).
El Concilio es la
expresión más plena de la colegialidad del ministerio episcopal en
la Iglesia. Sus otras manifestaciones no tienen significado tan
fundamental. No obstante, son muy necesarias, útiles y a veces
absolutamente indispensables. Esto se refiere tanto a instituciones
colegiales -entre éstas se desarrollan ahora preferentemente en la
Iglesia occidental las Conferencias Episcopales-, como también a
diversas formas de actuación colegial.
La actual
Conferencia de Puebla es cabalmente una de estas formas de
actuación colegial del Episcopado latinoamericano. Ciertamente,
cada una de las instituciones colegiales, así como las formas de la
actuación colegial de los Episcopados, corresponden de manera
particular a las exigencias de nuestros tiempos.
Jesús, presente en
el servicio episcopal
4. La Constitución
Dogmática Lumen gentium utiliza precisamente la expresión corpus
episcopale (cuerpo episcopal), cuando habla de la colegialidad de
los obispos. Parece que aquí se encierra una analogía todavía
más profunda en relación a toda la Iglesia, a la que como bien
sabemos, San Pablo llamaba: “el Cuerpo de Cristo” (cf. Rom 12,
5; 1 Cor 1, 13; 6, 12-20; 10, 17; 12, 12. 27; Gál 3, 28; Ef 1, 2-23; 2, 16; 4, 4: Col 1, 24; 3, 15). Por
medio de esta última analogía entramos ya profundamente en el
misterio íntimo de la Iglesia: en la unión de vida que ella toma
de Cristo.
El corpus episcopale
se refiere a la estructura externa más importante de la Iglesia: su
unidad jerárquica. De todos modos, esta estructura externa está al
servicio del misterio interior de la Iglesia: del Cuerpo místico de
Cristo. Precisamente por esta razón y por este fin, ella, es decir,
esta estructura, es también “cuerpo”: el cuerpo, o sea, el
Colegio Episcopal.
Durante el tiempo en
que este Colegio, es decir, el “cuerpo” dedica sus trabajos al
problema de la evangelización “en el presente y en el futuro”
del continente sudamericano, es necesario desear que el mismo Señor
Jesús esté presente en medio de sus miembros y a través de ellos.
Porque, así leemos en la citada Constitución Lumen gentium:
“En la persona,
pues, de los obispos a quienes ayudan los presbíteros, el Señor
Jesucristo, Pontífice Supremo, está presente en medio de los
fieles. Porque, sentado a la diestra del Padre, no está ausente de
la congregación de sus pontífices, sino que, principalmente a
través de su servicio eximio, predica la Palabra de Dios a todas
las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los
creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf. 1 Cor 4, 15) va
congregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración
sobrenatural; finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia
dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar
hacia la eterna felicidad. Estos Pastores, elegidos para apacentar
la grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores
de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), a quienes está
encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf.
Rom 15, 16; .4ct 20, 24) y el glorioso ministerio del Espíritu y de
la justicia” (cf. 2 Cor 3, 8-9) (Lumen gentium, 21).
A todos mi
bendición apostólica.
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América Latina recibió la semilla del Evangelio en tierra fértil y
generosa
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
14 de febrero de 1979
Queridos hermanos y
hermanas:
1. “La
evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.
Sobre este tema ha trabajado la III Conferencia General del
Episcopado de aquel continente desde el 27 de enero al 13 del
corriente mes de febrero. Ayer la Conferencia terminó sus trabajos.
Hoy quiero, en unión con mis hermanos en el Episcopado
participantes en esa Conferencia, en unión de los Episcopados de
todo el continente latinoamericano, dar gracias al Espíritu Santo
por el conjunto de estos trabajos. Quiero dar gracias al Espíritu
de nuestro Señor Jesucristo y a su Madre, Esposa del Espíritu
Santo. Precisamente a sus pies en el santuario de Guadalupe
iniciamos juntos la III Conferencia.
Cuando oímos la
palabra “evangelización”, nos viene a la mente la frase de San
Pablo: “Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria,
sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí si no
evangelizara!” (1 Cor 9, 16). Estas palabras que brotan de lo más
profundo del alma del Apóstol son el grito de la Iglesia de
nuestros tiempos. Han venido a ser el testamento de Pablo VI, que
encontró su expresión en la Exhortación Apostólica Evangelii
nuntiandi. Ahora vienen a ser las palabras de fe, esperanza y
caridad del Episcopado latinoamericano. Porque la fe, esperanza y
caridad deben ser traducidas a lenguaje de responsabilidad por el
Evangelio, por su anunció tal como lo formuló San Pablo Apóstol.
El «ayer» del
«Nuevo Mundo»
2. La
evangelización en el continente americano es ante todo herencia de
siglos. Si hablamos del presente y del futuro de esta
evangelización, no podemos olvidar su “ayer”, su pasado. De
esto hablé, durante el reciente viaje, en la primera homilía que
pronuncié en la Misa concelebrada en Santo Domingo. “Desde los
primeros momentos del descubrimiento –decía-, la preocupación de
la Iglesia se pone de manifiesto para hacer presente el Reino de
Dios en el corazón de los nuevos pueblos, razas y culturas... El
suelo de América estaba preparado por corrientes de espiritualidad
propia para recibir la nueva sementera cristiana”.
Aquel “ayer” de
la evangelización de los hombres y de los pueblos del continente
latinoamericano se ha notado constantemente durante mi visita a
México, y ha creado lo específico de todo el viaje. En todas
partes encontré templos espléndidos que recordaban las primeras
generaciones de la Iglesia y del cristianismo en aquella tierra.
Pero sobre todo encontré hombres vivos que han aceptado como propio
el Evangelio que les anunciaron en el Nuevo Mundo los misioneros
provenientes del Viejo Mundo, e hicieron de él la sustancia de su
propia vida. Ciertamente aquel encuentro de los recién llegados de
Europa con los indígenas no fue fácil. Se tiene la impresión de
que estos últimos no hayan aceptado del todo lo que es europeo;
que, de alguna manera, trataron de esconderse en sus propias
tradiciones y en la cultura nativa. Pero al mismo tiempo se tiene la
impresión de que hayan aceptado a Jesucristo y a su Evangelio; que
en aquella comunidad de fe se haya realizado un encuentro de lo
“viejo” con lo “nuevo”, y esto se halla en la base no sólo
de la vida de la Iglesia, sino de la misma sociedad mexicana. La
continuidad de la fe ha pasado -como todos sabemos- pruebas graves y
oposiciones duras. Es difícil resistir a la impresión, que se
impone con insistencia, de que en el crisol de esas pruebas y
oposiciones la comunidad se ha robustecido y ha profundizado. Lleva
consigo las señales de una gran sencillez y de la victoria
espiritual de la fe, a pesar de las circunstancias que podrían
testificar en contra y que, considerando las cosas desde el punto de
vista humano, podrían entristecer.
Jesucristo es el
mismo ayer y hoy y por los siglos
3. “Jesucristo es
el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).
Los representantes
del Episcopado reunidos en Puebla, reflexionando sobre la
evangelización en el presente y en el futuro de América Latina,
eran conscientes del hecho que la Iglesia como Cuerpo de Cristo y
fiel Esposa suya, la Iglesia como Pueblo de Dios, no puede romper
jamás con el pasado, con la tradición, pero tampoco puede
contentarse con mirar sólo al pasado: la Iglesia (“retrooculata:
mirando atrás”), debe ser al mismo tiempo siempre la Iglesia que
mira al futuro (Ecclesia “anteoculata: Iglesia mirando
adelante”). A este futuro, a los hombres que ya existen y a los
que vendrán, la Iglesia debe revelar siempre a Jesucristo, misterio
de salvación pleno y no mermado. Este misterio es un misterio
eterno en Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad. El misterio que en el tiempo ha venido
a ser una Realidad Divino-Humana, que se llama Jesucristo.
El es una realidad
histórica y al mismo tiempo está sobre la historia, “es el mismo
ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).
Es una realidad que
no queda fuera del hombre; la razón de su existir, ser y obrar en
el hombre; construir la fuente y el fermento de la vida nueva en
cada hombre.
Evangelizar
significa actuar en esta dirección para que la fuente y el fermento
de vida nueva brillen en los hombres y en las generaciones siempre
nuevas.
Evangelizar no
quiere decir sólo hablar “de Cristo”. Anunciar a Cristo
significa obrar de tal manera que el hombre -a quien se dirige este
anunció- “crea”, es decir, se vea a sí mismo en Cristo,
encuentre en Él la dimensión adecuada de su propia vida;
sencillamente, que se encuentre a sí mismo en Cristo.
El hombre que
evangeliza, que anuncia a Cristo es el ejecutor de esta obra, pero
sobre todo lo es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. La
Iglesia que evangeliza permanece sierva e instrumento del Espíritu.
El hecho de
encontrarse a sí mismo en Cristo, que es precisamente el fruto de
la evangelización, viene a ser la liberación sustancial del
hombre. El servicio al Evangelio es servicio a la libertad en el
Espíritu. El hombre que se ha encontrado a sí mismo en Cristo, ha
encontrado el camino de la consiguiente liberación de la propia
humanidad a través de la superación de sus limitaciones y
debilidades; a través de la liberación de la propia situación de
pecado y de las múltiples estructuras de pecado que pesan sobre la
vida de la sociedad y de los individuos.
Con no menor
claridad debemos referirnos a esta verdad tan fuertemente expresada
por San Pablo, en la misión evangelizadora en el continente
americano y en todas partes.
El futuro de la
evangelización
4. El futuro de la
evangelización se identifica con la realización del programa
grande y múltiple delineado por el Concilio Vaticano II.
La Iglesia, para que
pueda cumplir su misión con relación al “mundo”, debe
reforzarse profundamente en el propio misterio, debe construir a
fondo la propia comunidad, la comunidad del Pueblo de Dios, basada
en la sucesión apostólica, en el ministerio jerárquico, en la
vocación al servicio exclusivo a Dios en el sacerdocio y en la vida
religiosa, en el laicado consciente de sus propios deberes
apostólicos.
El mundo
latinoamericano espera que la Iglesia cumpla su misión propia en
sus confrontaciones. Lo espera también cuando en la confrontación
de la Iglesia y el Evangelio, manifiesta contestación e
indiferencia.
Todo esto no debe
desalentar en su amor a los apóstoles de Cristo y a los servidores
del Evangelio.
Mis queridos
hermanos en el Episcopado del continente latinoamericano dan
testimonio de que “el amor de Cristo los urge” (cf. 2 Cor 5,
14), de que están prontos a “predicar la palabra, a insistir a
tiempo y a destiempo, a reprender, a vituperar y exhortar con toda
longanimidad y doctrina” (cf. 2 Tim 4, 2), como dice San Pablo,
para que las comunidades confiadas a su cuidado de pastores y
maestros “no aparten los oídos de la verdad para volverlos a las
fábulas” (cf. 2 Tim 4, 4).
Mis hermanos en el
Episcopado del continente latinoamericano están prontos, en unión
con sus sacerdotes, religiosos y religiosas, con todo el laicado
celoso, a interpretar los “signos de los tiempos” para formar a
todo el Pueblo de Dios en la justicia, en la verdad y en el amor.
El Señor los
bendiga en todo este trabajo.
Permítales ver los
frutos de este celo y de esta cooperación, cuya prueba es la III
Conferencia General de Puebla.
Que la Iglesia en el
continente latinoamericano, fuerte por la tradición de la primera
evangelización, se fortalezca de nuevo con la conciencia de todo el
Pueblo de Dios, con la fuerza de las propias vocaciones sacerdotales
y religiosas, con sentido profundo de responsabilidad por un orden
social fundado en la justicia, en la paz, en el respeto a los
derechos del hombre; en la adecuada distribución de los bienes, en
el progreso de la instrucción pública y de la cultura.
Les deseamos todo
esto.
Sigamos rogando sin
cesar por tal intención de América Latina todos nosotros aquí
reunidos y toda la Iglesia, invocando la intercesión de la Madre de
Dios de Guadalupe, a cuyos pies dimos comienzo a nuestros trabajos.
Amén.
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Liberación significa transformación interior
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
21 de febrero de 1979
Evangelizar para que el hombre se descubra en Cristo
1. También hoy
quiero referirme al tema de la III Conferencia del Episcopado
Latinoamericano: a la evangelización. Es un tema fundamental, un
tema que siempre es de actualidad. La Conferencia que ha concluido
sus trabajos en Puebla el día 13 del corriente mes de febrero da
testimonio de ello. Es, además, tema del “futuro”, el tema que
la Iglesia debe vivir continuamente y prolongar en el porvenir. Por
eso el tema constituye la perspectiva permanente de la misión de la
Iglesia.
Evangelizar quiere
decir hacer presente a Cristo en la vida del hombre en cuanto
persona, y al mismo tiempo en la vida de la sociedad. Evangelizar
quiere decir hacer todo lo posible, según nuestra capacidad, para
que el hombre “crea”; para que el hombre se descubra a sí mismo
en Cristo, para que descubra en Él el sentido y la dimensión
adecuada de la propia vida. Este descubrimiento es, al mismo tiempo,
la fuente más profunda de la liberación del hombre. San Pablo lo
expresa cuando escribe: “Para que gocemos de libertad, Cristo nos
ha hecho libres” (Gál 5, 1). Así, entonces, la liberación es
ciertamente una realidad de fe, uno de los temas bíblicos
fundamentales, inscritos profundamente en la misión salvífica de
Cristo, en la obra de redención, en su enseñanza. Este tema nunca
ha cesado de constituir el contenido de la vida espiritual de los
cristianos. La Conferencia del Episcopado Latinoamericano atestigua
que este tema retorna en un nuevo contexto histórico; por eso se
debe tomar de nuevo en la enseñanza de la Iglesia, en teología y
en pastoral. Debe ser tomado en su propia profundidad y en su
autenticidad evangélica. Sí, muchas circunstancias hacen que sea
tan actual. Es difícil mencionar aquí todas. Ciertamente lo
reclama aquel “deseo universal de la dignidad” del hombre de que
habla en Concilio Vaticano II. La “teología de la liberación”
viene frecuentemente vinculada (alguna vez demasiado exclusivamente)
a América Latina; pero es preciso dar la razón a uno de los
grandes teólogos contemporáneos (Hans Urs von Balthasar), que
exige justamente una teología de la liberación de alcance
universal. Sólo los contextos son diversos, pero es universal la
realidad misma de la libertad “con la que Cristo nos ha hecho
libres” (Gál 5, 1). Tarea de la teología es encontrar su
verdadero significado en los diversos y concretos contextos
históricos y contemporáneos.
La fuerza de la
verdad
2. Cristo mismo
vincula de modo particular la liberación con el conocimiento de la
verdad: “Conoceréis la verdad, y la verdad os librará” (Jn 8,
32). Esta frase atestigua sobre todo el significado íntimo de la
libertad por la que Cristo nos libera. Liberación significa
transformación interior del hombre, que es consecuencia del
conocimiento de la verdad. La transformación es, pues, un proceso
espiritual en el que el hombre madura “en justicia y santidad
verdaderas” (Ef 4, 24). El hombre así maduro internamente, viene
a ser representante y portavoz de tal “justicia y santidad
verdaderas” en los diversos ámbitos de la vida social. La verdad
tiene importancia no sólo para el crecimiento de la sabiduría
humana, profundizando de este modo la vida interior del hombre; la
verdad tiene también un significado y una fuerza profética. Ella
constituye el contenido del testimonio y exige un testimonio.
Encontramos esta fuerza profética de la verdad en la enseñanza de
Cristo. Como Profeta, como testigo de la verdad, Cristo se opone
repetidamente a la no-verdad; lo hace con gran fuerza y decisión, y
frecuentemente no duda en condenar lo falso. Volvamos a leer
cuidadosamente el Evangelio; allí encontraremos no pocas
expresiones severas, por ejemplo, “sepulcros blanqueados” (Mt
23, 27), “guías ciegos” (Mt 23, 16), “hipócritas” (Mt 23,
13. 15. 23. 25. 27. 29), que Cristo pronuncia, consciente de las
consecuencias que le esperan.
Por lo tanto, este
servicio a la verdad, como participación en el servicio profético
de Cristo, es un deber de la Iglesia, que trata de cumplirlo en
diversos contextos históricos. Es necesario llamar por su propio
nombre a la injusticia, a la explotación del hombre sobre el
hombre, o bien, a la explotación del hombre por parte del Estado,
de las instituciones, de los mecanismos de sistemas y regímenes que
actúan algunas veces sin sensibilidad. Es necesario llamar por su
nombre a toda injusticia social, discriminación, violencia
infligida al hombre contra el cuerpo o el espíritu, contra su
conciencia y sus convicciones. Cristo nos enseña una sensibilidad
particular hacia el hombre, hacia la dignidad de la persona humana,
hacia la vida humana, hacia el espíritu y el cuerpo humano. Esta
sensibilidad da testimonio del conocimiento de aquella “verdad que
nos hace libres” (Jn 8, 32). No está permitido al hombre ocultar
esta verdad ante sí mismo. No le está permitido
“falsificarla”. No le está permitido hacer de esta verdad un
objeto de “subasta”. Es necesario hablar de ella de modo claro y
sencillo. Y no para “condenar” a los hombres, sino para servir a
la causa del hombre. La liberación, también en el sentido social,
comienza por el conocimiento de la verdad.
Insertados en Cristo
3. Nos detenemos en
este punto. Es difícil expresar en un breve discurso todo lo que
comporta este gran tema, que tiene muchos aspectos y sobre todo
muchos niveles. Subrayo: muchos niveles, porque en este tema es
necesario ver al hombre según los diversos componentes de toda la
riqueza de su entidad personal y al mismo tiempo social: entidad
“histórica y a la vez, de algún modo, “supratemporal”. (De
esta “supratemporalidad” del hombre da testimonio, entre otros,
la historia). La entidad que es la “caña pensante” (cf. B.
Pascal, Pensées, 347) -se sabe cuán frágil es la caña-,
precisamente porque es “pensante”, se supera siempre a sí
misma; lleva dentro de sí el misterio trascendental y una
“inquietud creativa” que dimana de él.
Por ahora nos
detenemos en este punto. La teología de la liberación debe ser
sobre todo fiel a toda la verdad sobre el hombre, para poner en
evidencia, no sólo en el contexto latinoamericano, sino también en
todos los contextos contemporáneos, qué realidad es esta libertad
“con la que Cristo nos ha liberado”.
¡Cristo! Es
necesario hablar de nuestra liberación en Cristo, es necesario
anunciar esta liberación. Es necesario insertarla en toda la
realidad contemporánea de la vida humana. Lo reclaman muchas
circunstancias, muchas razones. Precisamente en estos tiempos en los
que se pretende que la condición de la “liberación del hombre”
sea su liberación “de Cristo”, esto es, de la religión;
precisamente en estos tiempos debe llegar a ser cada vez más
evidente y cada vez más plena para todos nosotros la realidad de
nuestra liberación en Cristo.
Victoria del bien
sobre el mal
4. “Yo para esto
he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la
verdad” (Jn 18, 37).
La Iglesia, mirando
a Cristo, que da testimonio de la verdad en todas partes y siempre,
debe preguntarse a sí misma y en cierto sentido también al
“mundo” contemporáneo, en qué modo hace surgir el bien del
hombre, en qué modo libera las energías del bien en el hombre: a
fin de que él sea más fuerte que el mal, que cualquier mal moral,
social, etc. La III Conferencia del Episcopado Latinoamericano da
testimonio de la disponibilidad para asumir este esfuerzo. Queremos
no sólo encomendar a Dios este esfuerzo, sino también continuarlo
para bien de la Iglesia y de toda la familia humana.
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La Cuaresma, camino hacia la Pascua - 28-2-1979
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
28 de febrero de 1979
Invitación a la
penitencia
1. Nos encontramos
hoy en el primer día de Cuaresma, miércoles de ceniza. En esta
jornada, al comenzar el período de cuarenta días de preparación a
la Pascua, la Iglesia nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos
invita a la penitencia. La palabra “penitencia” se repite en
muchas páginas de la Sagrada Escritura, resuena en la boca de
tantos Profetas y, en fin de modo particularmente elocuente, en la
boca del mismo Jesucristo: “Arrepentíos, porque el reino de los
cielos está cerca” (Mt 3, 2). Se puede decir que Cristo introdujo
la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de
la Iglesia, porque Él mismo “ayunó cuarenta días y cuarenta
noches” (Mt 4, 2), antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno
cuadragesimal la Iglesia, en cierto sentido, está llamada cada año
a seguir a su Maestro y Señor, si quiere predicar eficazmente su
Evangelio. El primer día de Cuaresma -precisamente hoy- debe
testimoniar de modo especial que la Iglesia acepta esta llamada de
Cristo y que desea cumplirla.
Convertirse a Dios
2. La penitencia en
sentido evangélico significa sobre todo “conversión”. Bajo
este aspecto es muy significativo el pasaje del Evangelio del
miércoles de ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de
penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el
pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica
el modo puramente “externo” del cumplimiento de estos actos:
limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la
finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de
penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse
encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto
del corazón.
“Cuando hagas,
pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como
hacen los hipócritas, para ser alabados de los hombres...; no sepa
tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta,
y el Padre que ve lo oculto te premiará.
“Cuando oréis, no
seáis como los hipócritas..., para ser vistos de los hombres...,
sino... entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que
está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te
recompensará.
“Cuando ayunéis
no aparezcáis tristes, como los hipócritas..., (sino) úngete la
cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino
tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto,
te recompensará” (Mt 6, 2-6. 16-18).
Por lo tanto, el
significado primero y principal de la penitencia es interior,
espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste “en
entrar en sí mismo”, en lo más profundo de la propia entidad,
entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto
sentido, Dios nos espera. El hombre “exterior” debe ceder
–diría- en cada uno de nosotros al hombre “interior” y, en
cierto sentido, “dejarle el puesto”. En la vida corriente el
hombre no vive bastante “interiormente”. Jesucristo indica
claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como
el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa
son principalmente “interiores”, pueden ceder al
“exteriorismo” corriente, y por lo tanto pueden ser
falsificados. En cambio la penitencia, como conversión a Dios,
exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa
liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior.
Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad
interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar
hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí
mismo. Tal trabajo se llama “ascesis” (así lo llamaban ya los
griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis
quiere decir esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por
las diversas corrientes “exteriores”, para permanecer así
siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad.
Pero el Señor
Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice “entra en tu
cámara y cierra la puerta”, indica un esfuerzo ascético del
espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese
cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón
humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto
debe realizarse. “Tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará”. Aquí se trata de recobrar la sencillez de
pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para
encontrarse con Dios en el propio “yo” interior. ¡Y Dios espera
esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez,
abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma
así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la
verdadera fuente.
Liberación
espiritual
3. Así, pues, la
corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre
interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el
esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo la voluntad
humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente
de conversión y, al mismo tiempo, de perdón, y liberación
espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino
también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu
humano, alegría que otros manantiales no pueden dar.
Parece que el hombre
contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta
alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo
espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la
verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y
circunstancias que es difícil analizar en los límites de este
discurso. Nuestra civilización -sobre todo en Occidente-
estrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la
técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico;
pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu,
cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores.
En fin, el hombre
que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy
frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de
la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el
esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado, como la alegría
que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del
encuentro, la alegría de la conversión (metánoia), la alegría de
la penitencia.
La liturgia austera
del miércoles de ceniza y, después, todo el período de la
Cuaresma es -como preparación a la Pascua- una llamada sistemática
a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del
descubrimiento de sí mismo con paciencia: “Con vuestra paciencia
compraréis (la salvación) de vuestras almas” (Lc 21, 19).
Que nadie tenga
miedo de emprender este esfuerzo.
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Meditación
cuaresmal
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
14 de marzo de 1979
Oración,
ayuno y limosna
1. Durante la
Cuaresma oímos frecuentemente las palabras: oración, ayuno,
limosna, que ya recordé el miércoles de ceniza. Estamos habituados
a pensar en ellas como en obras piadosas y buenas que todo cristiano
debe realizar sobre todo en este período. Tal modo de pensar es
correcto, pero no completo. La oración, la limosna y el ayuno
requieren ser comprendidos más profundamente, si queremos
insertarlos más a fondo en nuestra vida, y no considerarlos
simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo
algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo.
Con tal modo de pensar no llegaremos todavía al verdadero sentido y
a la verdadera fuerza que la oración, el ayuno y la limosna tienen
en el proceso de la conversión a Dios y de nuestra madurez
espiritual. Una y otra van unidas: maduramos espiritualmente
convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la
oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos
adecuadamente.
Acaso convenga decir
enseguida que aquí no se trata sólo de “prácticas” pasajeras,
sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra
conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo
40 días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto
significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma
debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe
renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo,
que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los
caninos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son
precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado.
En las meditaciones
que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en
el hombre estos caminos: qué significan para él. El cristiano debe
comprender el verdadero sentido de estos caminos, si quiere
seguirlos.
Jesús
enseña a sus discípulos a rezar
2. Primero, pues, el
camino de la oración. Digo “primero”, porque deseo hablar de
ella antes que de las otras. Pero diciendo “primero”, quiero
añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de
nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los
otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico
de “ayuno y limosna”. El camino de la oración quizá nos
resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que
sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con
Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin
duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que
tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios
aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto,
aprendemos a orar, orando. El Señor Jesús nos ha enseñado a orar
ante todo orando Él mismo: “y pasó la noche orando” (Lc 6,
12); otro día, como escribe San Mateo, “ subió a un monte
apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14,
23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y
animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas,
oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22,
39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles:
“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1), les dio el contenido
más sencillo y más profundo de su oración: el “Padrenuestro”.
Dado que es
imposible encerrar en un breve discurso todo lo que se puede decir o
lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy
poner de relieve una sola cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos
discípulos de Cristo, no porque repitamos las palabras que Él nos
enseñó una vez -palabras sublimes, contenido completo de la
oración-, somos discípulos de Cristo incluso cuando no utilizamos
esas palabras. Somos sus discípulos sólo porque oramos: “Escucha
al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró
Él, para enseñar a orar” afirma San Agustín (Enarrationes in
Ps. 56, 5). Y un autor contemporáneo escribe: “Puesto que el fin
del camino de la oración se pierde en Dios, y nadie conoce el
camino excepto el que viene de Dios, Jesucristo, es necesario (...)
fijar los ojos en Él sólo. Es el camino, la verdad y la vida.
Sólo Él ha recorrido el camino en las dos direcciones. Es
necesario poner nuestra mano en la suya y partir” (Y. Raguin,
Chemins de la contemplation, Desclée de Brower, 1969, pág. 179).
Orar significa hablar con Dios -o diría aún más-, orar significa
encontrarse en el Único Verbo eterno a través del cual habla el
Padre y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho carne, para que
nos sea más fácil encontrarnos en Él también con nuestra palabra
humana de oración. Esta palabra puede ser muy imperfecta a veces,
puede tal vez hasta faltarnos, sin embargo esta incapacidad de
nuestras palabras humanas se completa continuamente en el Verbo que
se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión
mística que forma con Él cada hombre que ora, que todos los que
oran forman con Él. En esta particular unión con el Verbo está la
grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su
definición.
Es necesario sobre
todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la
oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia
orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la
oración. Dondequiera haya un hombre que ora.
La plegaria del
Padrenuestro
3. Es necesario orar
basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los
discípulos pidieron al Señor Jesús: “Enséñanos a orar”, Él
respondió pronunciando las palabras de la oración del
Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo
universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre
está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de
memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las
aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una
vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no
es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que
es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al
Padre? ¿No nos habla del “pan de cada día”, del “perdón de
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, y al mismo
tiempo de preservarnos de la “tentación” y de “librarnos del
mal”?
Cuando Cristo,
respondiendo a la pregunta de los discípulos “enséñanos a
orar”, pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las
palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos
tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe
abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo
suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz.
También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que
por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo.
La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la
barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros
y Dios.
A través de la
oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es,
la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo
objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos
convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es
la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al
mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.
Dice la Sagrada
Escritura:
“Como baja la
lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber
empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la
simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale
de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y
cumple su misión” (Is 55, 10-11).
La oración es el
camino del Verbo que abraza todo. Camino del Verbo eterno que
atraviesa lo íntimo de tantos corazones, que vuelve a llevar al
Padre todo lo que en Él tiene su origen.
La oración es el
sacrificio de nuestros labios (cf. Heb 13, 15). Es, como escribe San
Ignacio de Antioquía, “agua viva que susurra dentro de nosotros y
dice: ven al Padre” (cf. Carta a los romanos VII, 2).
Con mi bendición
apostólica.
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El
ayuno penitencial
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
21 de marzo de 1979
Tiempo
de Cuaresma, tiempo de conversión
1. “¡Proclamad el
ayuno!” (Jl 1, 14). Son las palabras que escuchamos en la primera
lectura del miércoles de ceniza. Las escribió el Profeta Joel, y
la Iglesia, en conformidad con ellas, establece la práctica de la
Cuaresma, disponiendo el ayuno. Hoy la práctica de la Cuaresma,
determinada por Pablo VI en la Constitución Poenitemini, está
notablemente mitigada respecto a la de tiempos pasados. En esta
materia el Papa dejó mucho a la decisión de las Conferencias
Episcopales de cada país, a las que corresponde, por tanto, el
deber de adaptar las exigencias del ayuno según las circunstancias
en que se encuentran las sociedades respectivas. Pero él recordó
que la esencia de la penitencia cuaresmal está constituida no sólo
por el ayuno, sino también por la oración y la limosna (obras de
misericordia). Es preciso, pues, decidir, según las circunstancias,
en qué puede ser “sustituido” el mismo ayuno por obras de
misericordia y por la oración. El fin de este período particular
en la vida de la Iglesia es siempre y en todas partes la penitencia,
es decir, la conversión a Dios. En efecto, la penitencia, entendida
como conversión, esto es, metánoia, forma un conjunto que la
tradición del Pueblo de Dios ya en la Antigua Alianza y después el
mismo Cristo han vinculado, en cierto modo, a la oración, a la
limosna y al ayuno.
¿Por qué al ayuno?
En este momento
quizá nos vienen a la mente las palabras con que Jesús respondió
a los discípulos de Juan Bautista, cuando le preguntaban:
“¿Cómo es que tus discípulos no ayunan?”. Jesús les
contestó: “¿Por ventura pueden los compañeros del novio llorar
mientras está el novio con ellos? Pero vendrán días en que les
será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán” (Mt 9, 15). De
hecho, el tiempo de Cuaresma nos recuerda que el esposo nos ha sido
arrebatado. Arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado,
flagelado, coronado de espinas, crucificado... El ayuno en el tiempo
de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo. Tal
ha sido el significado de la Cuaresma a través de los siglos y así
permanece hoy.
“Mi amor está
crucificado y no existe en mí más el fuego que desea las cosas
materiales”, como escribía el obispo de Antioquía, Ignacio, en
la Carta a los romanos (Ign. Antioq.
Ad Romanos, VII, 2).
Actitud
cristiana en la civilización del consumo
2. ¿Por qué el
ayuno?
Es necesario dar una
respuesta más amplia y profunda a esta pregunta, para que quede
clara la relación entre el ayuno y la “metánoia”, esto es, esa
transformación espiritual que acerca el hombre a Dios. Trataremos,
pues, de concentrarnos no sólo en la práctica de la abstinencia de
comida o bebida -efectivamente, esto significa “el ayuno” en el
sentido corriente-, sino en el significado más profundo de esta
práctica que, por lo demás, puede y debe a veces ser
“sustituida” por otras. La comida y la bebida son indispensables
al hombre para vivir, se sirve y debe servirse de ellas; sin
embargo, no le es lícito abusar de ellas de ninguna forma. El
abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida, tiene como
fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio
necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría
definir “actitud consumística”. Tal actitud ha venido a ser en
nuestro tiempo una de las características de la civilización, y en
particular de la civilización occidental. ¡La actitud
consumística! El hombre orientado hacia los bienes materiales,
múltiples bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos.
Cuando el hombre se orienta exclusivamente hacia la posesión y el
uso de los bienes materiales, es decir, de las cosas, también
entonces toda la civilización se mide según la cantidad y calidad
de las cosas que están en condición de proveer al hombre, y no se
mide con el metro adecuado al hombre. Esta civilización, en efecto,
suministra los bienes materiales no sólo para que sirvan al hombre
en orden a desarrollar las actividades creativas y útiles, sino
cada vez más... para satisfacer los sentidos, la excitación que se
deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicidad de
sensaciones cada vez mayor.
A veces se oye decir
que el aumento excesivo de los medios audiovisuales en los países
ricos no favorece siempre el desarrollo de la inteligencia,
particularmente en los niños; al contrario, tal vez contribuye a
frenar su desarrollo. El niño vive sólo de sensaciones, busca
sensaciones siempre nuevas... Y así llega a ser, sin darse cuenta
de ello, esclavo de esta pasión de hoy. Saciándose de sensaciones,
queda con frecuencia intelectualmente pasivo; el entendimiento no se
abre a la búsqueda de la verdad; la voluntad queda atada por la
costumbre a la que no sabe oponerse.
De esto resulta que
el hombre contemporáneo debe ayunar, es decir, abstenerse no sólo
de la comida o bebida, sino de otros muchos medios de consumo, de
estímulos, de satisfacción de los sentidos: ayunar significa
abstenerse, renunciar a algo.
Renuncia
y mortificación
3. ¿Por qué
renunciar a algo? ¿Por qué privarse de ello? Ya hemos respondido
en parte a esta cuestión. Sin embargo, la respuesta no será
completa si no nos damos cuenta de que el hombre es él mismo
también porque logra privarse de algo, porque es capaz de decirse a
sí mismo: “no”. El hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma.
Algunos escritores contemporáneos presentan esta estructura
compuesta del hombre bajo la forma de estratos; hablan, por ejemplo,
de estratos exteriores en la superficie de nuestra personalidad,
contraponiéndolos a los estratos en profundidad. Nuestra vida
parece estar dividida en tales estratos y se desarrolla a través de
ellos. Mientras los estratos superficiales están ligados a nuestra
sensualidad, los estratos profundos, en cambio, son expresión de la
espiritualidad del hombre, es decir, de la voluntad consciente, de
la reflexión, de la conciencia, de la capacidad de vivir los
valores superiores.
Esta imagen de la
estructura de la personalidad humana puede servir para comprender el
significado para el hombre del ayuno. No se trata aquí solamente
del significado religioso, sino de un significado que se expresa a
través de la así llamada “organización” del hombre como
sujeto-persona. El hombre se desarrolla normalmente cuando los
estratos más profundos de su personalidad encuentran una expresión
suficiente, cuando el ámbito de sus intereses y de sus aspiraciones
no se limita sólo a los estratos exteriores y superficiales, unidos
a la sensualidad humana. Para favorecer tal desarrollo, debemos a
veces desprendernos conscientemente de lo que sirve para satisfacer
la sensualidad, es decir de los estratos exteriores superficiales.
Debemos, pues, renunciar a todo lo que los “alimenta”.
He aquí brevemente
la interpretación del ayuno hoy día.
La renuncia a las
sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida
y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo,
allanar el camino para contenidos más profundos de los que “se
alimenta” el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación
debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir
los valores superiores, de los que está “hambriento” a su modo.
He aquí el
significado “pleno” del ayuno en el lenguaje de hoy. Sin
embargo, cuando leemos a los autores cristianos de la antigüedad o
a los Padres de la Iglesia, encontramos en ellos la misma verdad,
expresada frecuentemente con lenguaje tan “actual” que nos
sorprende. Por ejemplo, dice San Pedro Crisólogo: “El ayuno es
paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas”
(Sermo VII: de ieiunio, 3), y más aún: “El ayuno es el timón de
la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo” (Sermo VII:
de ieiunio, 1). Y San Ambrosio responde así a las objeciones
eventuales contra el ayuno: “La carne, por su condición mortal,
tiene algunas concupiscencias propias: en sus relaciones con ella te
está permitido el derecho de freno. Tu carne te está sometida
(...): no seguir las solicitaciones de la carne hasta las cosas
ilícitas, sino frenarlas un poco también por lo que respecta a las
lícitas. En efecto, el que no se abstiene de ninguna cosa lícita,
está muy cercano a las ilícitas” (Sermo de utilitate ieiunii
III. V. VI). Incluso escritores que no pertenecen al cristianismo
declaran la misma verdad. Esta verdad es de valor universal. Forma
parte de la sabiduría universal de la vida.
El dominio de
nuestro cuerpo
4. Ahora ciertamente
es más fácil para nosotros comprender por qué Cristo Señor y la
Iglesia unen la llamada al ayuno con la penitencia, es decir, con la
conversión. Para convertirnos a Dios es necesario descubrir en
nosotros mismos lo que nos vuelve sensibles a cuanto pertenece a
Dios, por lo tanto: los contenidos espirituales, los valores
superiores que hablan a nuestro entendimiento, a nuestra conciencia,
a nuestro “corazón” (según el lenguaje bíblico). Para abrirse
a estos contenidos espirituales, a estos valores, es necesario
desprenderse de cuanto sirve sólo al consumo, a la satisfacción de
los sentidos. En la apertura de nuestra personalidad humana a Dios,
el ayuno -entendido tanto en el modo “tradicional” como en el
“actual”-, debe ir junto con la oración, porque ella nos dirige
directamente hacia Él.
Por otra parte, el
ayuno, esto es, la mortificación de los sentidos, el dominio del
cuerpo, confieren a la oración una eficacia mayor, que el hombre
descubre en sí mismo. Efectivamente, descubre que es “diverso”,
que es más “dueño de sí mismo”, que ha llegado a ser
interiormente libre. Y se da cuenta de ello en cuanto la conversión
y el encuentro con Dios, a través de la oración, fructifican en
él.
Resulta claro de
estas reflexiones nuestras de hoy que el ayuno no es sólo el
“residuo” de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino
que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de
nuestro tiempo. Es necesario reflexionar profundamente sobre este
tema, precisamente durante el tiempo de Cuaresma.
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La limosna
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
28 de marzo de 1979
Recomendación del Señor en el Evangelio
1. “Arrepentíos y
dad limosna” (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33).
La palabra
“limosna” no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo
humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que
reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema
que debería ser cambiado con reformas adecuadas. Y si tales
reformas no se realizasen, se delinearía en el horizonte de la vida
social la necesidad de cambios radicales, sobre todo en el ámbito
de las relaciones entre los hombres. Encontramos la misma
convicción en los textos de los Profetas del Antiguo Testamento, a
quienes recurre frecuentemente la liturgia en el tiempo de Cuaresma.
Los Profetas consideran este problema a nivel religioso: no hay
verdadera conversión a Dios, no puede existir “religión”
auténtica sin reparar las injurias e injusticias en las relaciones
entre los hombres, en la vida social. Sin embargo, en tal contexto
los Profetas exhortan a la limosna.
Y tampoco emplean la
palabra “limosna”, que, por lo demás, en hebreo es
“sadaqah”, es decir, precisamente “justicia”. Piden ayuda
para quienes sufren injusticia y para los necesitados: no tanto en
virtud de la misericordia, cuanto sobre todo en virtud del deber de
la caridad operante.
“¿Sabéis qué
ayuno quiero yo?: romper las ataduras de iniquidad, deshacer los
haces opresores, dejar libres a los oprimidos, y quebrantar todo
yugo; partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo,
vestir al desnudo y no volver tu rostro ante el hermano” (Is 58,
6-7).
La palabra griega
“eleemosyne” se encuentra en los libros tardíos de la Biblia, y
la práctica de la limosna es una comprobación de auténtica
religiosidad. Jesús hace de la limosna una condición del
acercamiento a su reino (cf. Lc 12, 32-33) y de la verdadera
perfección (cf. Mc 10, 21 y paral.). Por otra parte, cuando Judas
-frente a la mujer que ungía los pies de Jesús- pronunció la
frase: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos
denarios y se dio a los pobres?” (Jn 12, 5), Cristo defiende a la
mujer respondiendo: “Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero
a mí no me tenéis siempre” (Jn 12, 8). Una y otra frase ofrecen
motivo de gran reflexión.
2. ¿Qué significa
la palabra “limosna”?
La palabra griega
“eleemosyne” proviene de “éleos”, que quiere decir
compasión y misericordia, inicialmente indicaba la actitud del
hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los
necesitados. Esta palabra transformada ha quedado en casi todas las
lenguas europeas: en francés: “aumône”; en español:
“limosna”; en portugués: “esmola”; en alemán:
“Almosen”; en inglés: “Alms”.
Incluso la
expresión polaca “ jalmuzna” es la transformación de la
palabra griega.
Debemos distinguir
aquí el significado objetivo de este término, del significado que
le damos en nuestra conciencia social. Como resulta de lo que ya
hemos dicho antes, atribuimos frecuentemente al término
“limosna”, en nuestra conciencia social, un significado
negativo. Son diversas las circunstancias que han contribuido a ello
y que contribuyen incluso hoy. En cambio, la “limosna” en sí
misma, como ayuda a quien tiene necesidad de ella, como “el hacer
participar a los otros de los propios bienes”, no suscita en
absoluto semejante asociación negativa. Podemos no estar de acuerdo
con el que hace la limosna por el modo en que la hace. Podemos
también no estar de acuerdo con quien tiende la mano pidiendo
limosna, en cuanto que no se esfuerza para ganarse la vida por sí.
Podemos no aprobar la sociedad, el sistema social, en el que haya
necesidad de limosna. Sin embargo, el hecho mismo de prestar ayuda a
quien tiene necesidad de ella, el hecho de compartir con los otros
los propios bienes, debe suscitar respeto.
Vemos cuán
necesario es liberarse del influjo de las varias circunstancias
accidentales para entender las expresiones verbales: circunstancias
con frecuencia impropias, que pesan sobre su significado corriente.
Estas circunstancias, por lo demás, a veces son positivas en sí
mismas (por ejemplo, en nuestro caso: la aspiración a una sociedad
justa en la que no haya necesidad de limosna, porque reine en ella
la justa distribución de bienes).
Cuando el Señor
Jesús habla de limosna, cuando pide practicarla, lo hace siempre en
el sentido de ayudar a quien tiene necesidad de ello, de compartir
los propios bienes con los necesitados, es decir, en el sentido
simple y esencial que no nos permite dudar del valor del acto
denominado con el término “limosna”, al contrario, nos apremia
a aprobarlo: como acto bueno, como expresión de amor al prójimo y
como acto salvífico.
Además, en un
momento de particular importancia, Cristo pronuncia estas palabras
significativas: “Pobres siempre los tenéis con vosotros” (Jn
12, 8). Con tales palabras no quiere decir que los cambios de las
estructuras sociales y económicas no valgan y que no se deban
intentar diversos caminos para eliminar la injusticia, la
humillación, la miseria, el hambre. Quiere decir sólo que en el
hombre habrá siempre necesidades que no podrán ser satisfechas de
otro modo sino con la ayuda al necesitado y con hacer participar a
los otros de los propios bienes... ¿De qué ayuda se trata? ¿De
qué participación? ¿Acaso sólo de “limosna”, entendida bajo
la forma de dinero, de socorro material?
Don interior,
actitud de apertura hacia el hermano
3. Ciertamente
Cristo no quita la limosna de nuestro campo visual. Piensa también
en la limosna pecuniaria, material, pero a su modo. A este
propósito, es más elocuente que cualquier otro, el ejemplo de la
viuda pobre, que depositaba en el tesoro del templo algunas
pequeñas monedas: desde el punto de vista material, una oferta
difícilmente comparable con las que daban otros. Sin embargo,
Cristo dijo: “Esta viuda... echó todo lo que tenía para el
sustento” (Lc 21, 3-4). Por lo tanto, cuenta sobre todo el valor
interior del don: la disponibilidad a compartir todo, la prontitud a
darse a sí mismos.
Recordemos aquí a
San Pablo: “Si repartiere toda mi hacienda... no teniendo caridad,
nada me aprovecha” (1 Cor 13, 3). También San Agustín escribe
muy bien a este propósito: “Si extiendes la mano para dar, pero
no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada, en cambio,
si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada
que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna” (Enarrat. in Ps.
CXXV, 5).
Aquí tocamos el
núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las
categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don
interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”.
Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la
“metánoia”, esto es, de la conversión, así como son también
indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien
San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de
quien obra el bien!, y ésta es la justicia del hombre en la vida
presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps.
XLII, 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como
expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el
decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna, como
apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este
cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metánoia. Sólo con
una actitud total -en relación con Dios, consigo mismo y con el
prójimo- el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de
conversión.
La “limosna”
así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo
para tal conversión. Para convencerse de ello, basta recordar la
imagen del juicio final que Cristo nos ha dado:
“Porque tuve
hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber;
peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis;
enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme. Y le
responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te
alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos
peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos
enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En
verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis
hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40).
Y los Padres de la
Iglesia dirán después con San Pedro Crisólogo: “La mano del
pobre es el gazofilacio de Cristo, porque todo lo que el pobre
recibe es Cristo quien lo recibe” (Sermo VIII, 4), y con San
Gregorio Nacianceno: “El Señor de todas las cosas quiere la
misericordia, no el sacrificio; y nosotros la damos a través de los
pobres” (De pauperum amore, XI).
Por tanto, esta
apertura a los otros, que se expresa con la “ayuda”, con el
“compartir” la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el
consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior
ofrecido al otro llega directamente a Cristo, directamente a Dios.
Decide el encuentro con Él. Es la conversión.
En el Evangelio, y
aún en toda la Sagrada Escritura, podemos encontrar muchos textos
que lo confirman. La “limosna” entendida según el Evangelio,
según la enseñanza de Cristo, tiene un significado definitivo,
decisivo en nuestra conversión a Dios. Si falta la limosna, nuestra
vida no converge aún plenamente hacia Dios.
4. En el ciclo de
nuestras reflexiones cuaresmales será preciso volver sobre este
tema. Hoy, antes de concluir, detengámonos todavía un momento
sobre el verdadero significado de la “limosna”. En efecto, es
muy fácil falsificar su idea, como ya hemos advertido al comienzo.
Jesús hacía reprensiones también respecto a la actitud
superficial “exterior” de la limosna (cf. Mt 6, 2-4; Lc 11, 41).
Este problema está siempre vivo. Si nos damos cuenta del
significado esencial que tiene la “limosna” para nuestra
conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a
toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la
misericordia, de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su
imagen en nosotros mismos. En este campo es muy importante cultivar
la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo,
para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle, y
cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su
vida, sea un don auténtico, un don no cargado por el sentido
ordinario negativo de la palabra “limosna”.
Vemos, pues, qué
campo de trabajo -amplio y a la vez profundo- se abre ante nosotros,
si queremos poner en práctica la llamada: “Arrepentíos y dad
limosna” (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33). Es un campo de trabajo no
sólo para la Cuaresma, sino para cada día. Para toda la vida.
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Solidaridad universal y fraternidad cristiana
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del
miércoles,
4 de abril de 1979
Oración,
ayuno y limosna
Hermanas y hermanos
queridísimos:
1. Deseo volver una
vez más a los temas de nuestras tres meditaciones cuaresmales:
oración, ayuno y limosna, y sobre todo a esta última. Si la
oración, el ayuno y la limosna forman nuestra conversión a Dios,
conversión que se expresa de modo más exacto con el término
griego metánoia, si constituyen el tema principal de la liturgia
cuaresmal, un estudio penetrante de esta liturgia nos persuade que
la “limosna” ocupa en ella un puesto particular. Tratamos de
explicarlo brevemente el miércoles pasado, recurriendo a la
enseñanza de Cristo y de los Profetas del Antiguo Testamento, que
tiene resonancias frecuentes en la liturgia cuaresmal.
Pero es necesario
actualizar este tema, traducirlo, por así decir, no sólo a un
lenguaje de términos modernos, sino también al lenguaje de la
actual realidad humana: interior y social a la vez. ¿Cómo se
refieren a la realidad actual las palabras pronunciadas hace miles
de años, en un contexto histórico-social completamente diverso,
palabras dirigidas a hombres de una mentalidad tan distinta de la de
hoy? ¿Cómo es posible, pues, aplicarlas a nosotros mismos? ¿A
qué puntos neurálgicos de nuestra injusticia actual, de las
iniquidades humanas, de las muchas desigualdades que no han
desaparecido ciertamente de la vida de la humanidad -aunque tantas
veces la palabra de orden “igualdad” se haya escoto en varias
banderas- deben afectar estas palabras?
Resuenan con fuerza
insólita las palabras discretas de Cristo dirigidas un día al
apóstol traidor: “Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a
mí no me tenéis siempre” (Jn 12, 8).
“Siempre tendréis
pobres entre vosotros”. Después del abismo de esta palabra,
ningún hombre ha podido decir jamás qué es la pobreza. (...).
Cuando se pregunta a Dios, responde que precisamente Él es el
Pobre: Ego sum pauper (Léon Bloy, La femme pauvre, II, 1, Mercure
de France, 1948).
Apertura
interior hacia los hermanos
2. La llamada a la
penitencia, a la conversión significa llamada a la apertura
interior “hacia los otros”. Nada puede sustituir a esta llamada
ni en la historia de la Iglesia, ni en la del hombre. Esta llamada
tiene destinos infinitos. Se dirige a cada uno de los hombres y se
dirige a cada uno por motivos propios. Cada uno, pues, debe mirarse
en los dos aspectos del destino de esta llamada. Cristo exige de mí
una apertura hacia el otro. Pero, ¿hacia qué otro? ¡Hacia el que
está aquí, en este momento! No se puede “aplazar” esta llamada
de Cristo a un momento indefinido, en el que aparecerá el mendigo
“calificado” y tenderá la mano.
Debo estar abierto a
cada uno de los hombres, pronto a “ofrecerme”. A ofrecerme,
¿con qué? Es sabido que a veces con una sola palabra podemos
“hacer un don” a otro, pero también podemos con una sola
palabra atacarlo dolorosamente, injuriarlo, herirlo, podemos incluso
“matarlo” moralmente. Es necesario, pues, acoger esta llamada de
Cristo cada día en las situaciones ordinarias de convivencia y de
contacto, donde cada uno de nosotros es siempre el que puede
“dar” a los otros y, al mismo tiempo, el que sabe aceptar lo que
los otros pueden ofrecerle.
Realizar la llamada
de Cristo para abrirse interiormente a los otros, significa vivir
siempre con la prontitud de encontrarse en la otra parte del destino
de esta llamada. Yo soy el que da a los otros, también cuando sé
aceptar, cuando soy agradecido por todo bien que me viene de los
otros. No puedo ser cerrado y desagradecido. No puedo aislarme.
Aceptar la llamada de Cristo a la apertura hacia los otros exige,
como se ve, una reelaboración de todo el estilo de nuestra vida
cotidiana. Es necesario aceptar esta llamada en las dimensiones
reales de la vida. No aplazarla para condiciones y circunstancias
distintas, para cuando se presente su necesidad. Es necesario
perseverar continuamente en tal actitud interior. De otro modo,
cuando se presente la ocasión “extraordinaria” podrá
ocurrirnos que no tengamos una disposición adecuada.
Nuestra
actitud ante las necesidades y sufrimientos de los hombres
3. Entendiendo así,
de modo práctico, el significado de la llamada de Cristo a
“ofrecerse” a los otros en la vida de cada día, no queramos
restringir el sentido de esta donación sólo a los hechos
cotidianos, de pequeñas dimensiones, por así decirlo. Nuestro
“prestarse” debe mirar también a los hechos lejanos, a las
necesidades del prójimo con quien no estamos en contacto cada día,
pero de cuya existencia somos conscientes. Sí, hoy conocemos mucho
mejor las necesidades, los sufrimientos, las injusticias de los
hombres que viven en otros países, en otros continentes. Estamos
lejos de ellos geográficamente, estamos separados por barreras
lingüísticas, por fronteras puestas por cada Estado... No podemos
meternos directamente en su hambre, en su indigencia, en los malos
tratos, en las humillaciones, en las torturas, en la prisión, en
las discriminaciones sociales, en su condena a un “exilio
exterior” o a la “proscripción”, sin embargo, sabemos que
sufren y sabemos que son hombres como nosotros, hermanos nuestros.
La “fraternidad” no se ha escrito sólo sobre las banderas y
estandartes de las revoluciones modernas. Hace ya mucho tiempo la ha
proclamado Cristo: “...todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8).
Y aún más: Él ha dado un punto de referencia indispensable a esta
fraternidad: nos ha enseñado a decir: “Padre nuestro”. La
fraternidad humana presupone la paternidad divina.
La llamada de Cristo
a abrirse “al otro”, al “hermano”, precisamente al hermano,
tiene un radio de extensión siempre concreto y siempre universal.
Mira a cada uno por que se refiere a todos. La medida de este
abrirse no es sólo -y no es tanto- la cercanía del otro, cuanto
precisamente sus necesidades: tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo,
en la cárcel, enfermo... Respondamos a esta llamada buscando al
hombre que sufre, siguiéndolo hasta más allá de las fronteras de
los Estados y continentes. De este modo se crea -a través del
corazón de cada uno de nosotros- esa dimensión universal de la
solidaridad humana. La misión de la Iglesia es custodiar esta
dimensión: no limitarse a algunas fronteras, a algunas
orientaciones políticas, a algunos sistemas. Custodiar la
solidaridad humana universal sobre todo con quienes sufren;
conservarla mirando a Cristo que precisamente ha formado de una vez
para siempre tales dimensiones de solidaridad con el hombre: “La
caridad de Cristo nos constriñe, persuadidos como estamos de que,
si uno murió por todos, luego todos son muertos; y murió por todos
para que los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por
ellos murió y resucitó” (2 Cor 5, 14 s.). Y nos la ha dado como
tarea de una vez para siempre. La ha dado a todos. A cada uno.
“¿Quién desfallece que no desfallezca yo? ¿Quién se
escandaliza que yo no me abrase?”. Son las palabras de San Pablo(2
Cor 11, 29).
Por lo tanto, en
nuestra conciencia -en la conciencia individual del cristiano-, en
la conciencia social de los diversos ambientes, en las naciones,
deben formarse, diría, zonas particulares de solidaridad
precisamente con quienes sufren más. Debemos trabajar
sistemáticamente para que las zonas de las particulares necesidades
humanas, de los grandes sufrimientos, de los agravios, de las
injusticias, sean zonas de solidaridad cristiana de toda la Iglesia
y, a través de la Iglesia, de cada una de las sociedades y de toda
la humanidad.
El
problema del hambre y la falta de libertad sobre todo religiosa
4. Si vivimos en
condiciones de prosperidad o de bienestar, debemos ser tanto más
conscientes de toda la “geografía del hambre” sobre el globo
terrestre; debemos dirigir tanto más nuestra atención a la miseria
humana, como fenómeno de masa: debemos despertar nuestra
responsabilidad y estimular la prontitud para una ayuda activa y
eficaz. Si vivimos en condiciones de libertad, de respeto a los
derechos humanos, debemos sufrir tanto más por las opresiones de
las sociedades que están privadas de libertad, de los hombres que
están privados de los fundamentales derechos humanos. Y esto se
refiere también a la libertad religiosa. De modo particular allí
donde existe el respeto a la libertad religiosa, debemos participar
en los sufrimientos de los hombres, a veces de comunidades
religiosas enteras y de Iglesias enteras, a quienes se niega el
derecho a la vida religiosa según la propia confesión o el propio
rito.
¿Debo llamar a
tales situaciones por su nombre? Ciertamente. Este es mi deber. Pero
no podemos quedarnos sólo en esto. Es necesario que todos nosotros
y en todo lugar nos esforcemos por asumir una actitud de solidaridad
cristiana con nuestros hermanos en la fe, que sufren
discriminaciones y persecuciones. Es necesario además buscar formas
en las que esta solidaridad pueda expresarse. Esta ha sido siempre,
desde los tiempos más antiguos, la tradición de la Iglesia. De
hecho, es bien conocido que la Iglesia de Jesucristo no entró en la
historia de la humanidad “en posición de fuerza”, sino a
través de siglos de sufrir persecuciones. Y precisamente estos
siglos han creado la más profunda tradición de la solidaridad
cristiana.
También hoy esta
solidaridad es la fuerza de una auténtica renovación. Es el camino
indispensable para la autorrealización de la Iglesia en el mundo
contemporáneo. Es la prueba de nuestra fidelidad a Cristo que ha
dicho: “Pobres los tenéis siempre con vosotros” (Jn 12, 8), y
aún más: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis
hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Nuestra
conversión a Dios se realiza sólo por el camino de esta
solidaridad.
Os bendigo
con mucho afecto.
Sentido y finalidades del viaje apostólico a Gran Bretaña y Mensaje a
los fieles de Argentina
Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del
miércoles,
26 de mayo de 1982
Queridísimos
hermanos y hermanas:
Ante todo, os dirijo
mi saludo cordial y os recibo con afecto en esta audiencia general,
que tiene lugar entre la Ascensión y Pentecostés. La liturgia de
estos días nos recuerda las palabras con las que Jesús,
confortando a sus Apóstoles a quienes iba a dejar, les prometió:
"Cuando venga el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre,
el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio
de mí; y vosotros daréis también testimonio" (Jn 15, 26 s.).
Queridísimos: Si el
deber de dar testimonio de Cristo corresponde a todo fiel,
compromete de modo especial a los sucesores de los Apóstoles, que
son los obispos y, entre ellos, al Romano Pontífice que, en su
calidad de Sucesor de Pedro, tiene una responsabilidad directa con
relación a toda la Iglesia. Impulsado por esta conciencia, a lo
largo de estos años he peregrinado por el mundo, para llevar a las
diversas porciones de la grey de Cristo ayuda en las pruebas y
ánimo para perseverar en la valiente adhesión a los valores
perennes del Evangelio.
En línea con este
programa, se pensó y preparó, desde hace tiempo, como sabéis, una
visita pastoral a las Iglesias en Inglaterra, Escocia y Gales. Las
recientes, dolorosas vicisitudes del conflicto en el Atlántico Sur,
hicieron dudar sobre la realización de este viaje, que tantos
cristianos no sólo católicos, sino también de otras confesiones,
esperan con ansia. Después de profundas consultas con los mayores
responsables de dichas Iglesias, he decidido realizar mi visita,
aunque modificando un poco el programa.
Sin embargo, puesto
que esta decisión podría crear algo de sorpresa o perplejidad
entre los católicos de la Iglesia en Argentina, ciertamente no
menos queridos y no menos cercanos a mi corazón, he sentido la
necesidad de explicarles las razones que me han inducido a ello,
después de prolongada y angustiosa reflexión.
Con este fin he
dirigido a los hijos de esa querida nación una carta, que os leo
ahora.
"A los queridos
hijos e hijas de la Nación Argentina:
1. Os escribo por mi
propia mano, porque siento que debo repetir el gesto paternal del
Apóstol Pablo hacia sus hijos, afianzándoles en la fe (cf. Col 4,
18).
Os escribo esta
carta impulsado por un sentimiento de afecto y de solicitud hacia la
Iglesia una y universal, que está en toda la tierra, en todas las
naciones y pueblos. Os escribo porque juzgo que es necesaria una
particular aclaración a vosotros que vivís en tierra argentina.
Requieren esa aclaración los problemas planteados por mi viaje
apostólico y pastoral a Inglaterra, Escocia y Gales en el tiempo de
Pentecostés del año en curso.
Si en las últimas
semanas no se hubiesen verificado los trágicos acontecimientos que
tienen su punto central en la región meridional del Océano
Atlántico y que están relacionados con el conflicto entre
Argentina y Gran Bretaña, este viaje no requeriría explicación
alguna, como no ha sido necesaria para cualquier otro viaje hecho
para visitar las Iglesias que se hallan en los diversos países y
continentes. Sin embargo, en vista de las dolorosas circunstancias
actuales, debo daros esta aclaración, sabiendo que la queréis
aceptar como testimonio leal de afecto, en el servicio evangélico
al mundo.
2. El viaje del Papa
a las Iglesias de Inglaterra, Escocia y Gales está programado desde
hace dos años, y desde hace año y medio se está llevando a cabo
una preparación intensa que se concreta en una serie de acciones de
tipo pastoral. La expectativa surgida para cumplir el objetivo de
estos preparativos es tal que no puedo menos de realizar esta visita
que viene a coronar siglos de fidelidad de esos católicos a la
Iglesia y al Papa. Por otra parte, a pesar de las insistencias que
he hecho para tratar de aplazar mi viaje, los obispos de Gran
Bretaña se han manifestado y continúan manifestándose unánimes
en afirmar la absoluta imposibilidad de tal aplazamiento, que a su
juicio equivaldría prácticamente a una cancelación.
La cancelación del
viaje sería una desilusión no sólo para los católicos, sino
también para muchísimos no católicos que lo consideran, como es
en realidad, singularmente importante también por su significado
ecuménico. Saben todos ellos bien, en efecto, que la visita del
Papa tiene un carácter estrictamente pastoral y en ningún modo
político.
Tal carácter
estrictamente pastoral y ecuménico es tan esencial y prevalente
que, dadas las circunstancias, los representantes del mundo
gubernamental se han retirado espontáneamente de todos los
contactos ya previstos y que normalmente han tenido lugar en otras
circunstancias durante visitas semejantes.
El programa prevé
un encuentro con los altos representantes de la Comunión anglicana
y con los representantes de las otras Comunidades cristianas
separadas de la Iglesia católica.
Está prevista
asimismo una visita a la Reina Isabel que, como bien se sabe, tiene
también una especialísima posición en la Iglesia de Inglaterra.
3. Al emprender este
viaje -a pesar de todas las dificultades que van acumulándose y con
mi ánimo cargado de dolor por las muertes que origina el conflicto
entre Argentina y Gran Bretaña- abrigo la firme esperanza de que se
encuentre pronto, gradualmente, una solución honrosa por los
caminos de una negociación pacífica. Por parte mía, no he dejado
de esforzarme desde el principio, con todos los medios a mi alcance,
en favor de una solución que, manteniendo el carácter de una
decisión justa y conforme con el sentido del honor nacional, sea
capaz de ahorrar a ambas partes, y quizá también a otras
sociedades, derramamientos de sangre y otros efectos terribles de la
guerra. Por esta intención he rogado asimismo muchas veces, en
particular durante mi última peregrinación a Fátima y de modo
especialísimo en la Misa concelebrada por mí, el día 22 del mes
en curso, en la basílica de San Pedro, junto con los Pastores de la
Iglesia en Argentina, en América Latina y los de la Iglesia en
Inglaterra, Escocia y Gales. Quedan aún vivas, con toda su
exigencia, las frases que en tan histórica ocasión pronuncié: la
paz es posible, la paz es un deber imperioso.
Mis días de
permanencia en Gran Bretaña seguirán siendo una incesante plegaria
en favor de la paz, elevada junto con el Pueblo de Dios que lleva
esculpidas en su corazón las palabras de Cristo:
"¡Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados
hijos de Dios" (Mt 5, 9).
4. Sobre todo
durante esos días mi pensamiento y mi afecto estarán también con
vosotros, amados hijos de Argentina. Es bien conocida mi
predilección por vuestro país y por toda América Latina donde ya
he realizado dos visitas que conservo vivas en mi corazón de Pastor
universal. En mis proyectos entra realizar una tercera a principios
del próximo año. No obstante, hondamente preocupado por la causa
de la paz y movido por el amor a vosotros, tan probados en estos
momentos de dolor, desearía dirigirme incluso directamente desde
Inglaterra a Argentina y allí, entre vosotros y con vosotros,
queridos hermanos y hermanas, elevar la misma plegaria por la
victoria de la justa paz sobre la guerra. Abrigo la esperanza de que
pronto os uniréis al Papa en el santuario de la Madre de Dios en
Luján, consagrando vuestras familias y vuestra patria católica al
Corazón maternal de la Madre de Dios. Este breve viaje no
comportaría la renuncia a una visita pastoral a vosotros, hecha a
su debido tiempo, con un programa apropiado y previa la debida
preparación.
5. Os pido
especialmente a vosotros, venerables hermanos en el Episcopado, que
pongáis de manifiesto ante vuestra sociedad el verdadero
significado del viaje apostólico del Obispo de Roma, sobre todo si
tal significado fuera presentado bajo un prisma falso, para minar la
credibilidad de su servicio universal. Sed a la vez, aún dentro de
las justas exigencias del patriotismo, portavoces de esa unidad que
en Cristo y ante Dios, Creador y Padre, abraza a todos los pueblo y
naciones, por encima de lo que los distingue, divide o incluso opone
recíprocamente.
La Iglesia, aún
conservando el amor hacia cada nación particular, no puede menos de
tutelar la unidad universal, la paz y la comprensión mutua. De esta
manera, aún en medio de las tensiones políticas y de las
calamidades que comporta la guerra, la Iglesia no deja de
testimoniar la unidad de la gran familia humana y busca los caminos
que ponen de manifiesto tal unidad, por encima de divisiones
trágicas. Son los camino que conducen a la justicia, al amor y a la
paz.
En prueba de mi
afectuosa cercanía os envío, con la seguridad de mis oraciones,
una especial bendición apostólica. (Vaticano, 25 de mayo de
1982)"
Este es el texto de
la carta, que un representante mío ha llevado personalmente a
Argentina.
Os pido a todos que
os unáis a mí en la oración para obtener del Señor, por medio de
la intercesión de la Virgen Santísima, que las finalidades del
viaje pastoral que voy a emprender sean rectamente entendidas y
generosamente secundadas, de manera que este viaje pueda ayudar al
bien espiritual de los creyentes y a la misma causa de la paz en el
Atlántico Austral.
El Papa dio el
anuncio de su próxima peregrinación de paz a Argentina, al
terminar la audiencia, con las siguientes palabras:
He recibido la
noticia de que mi deseo de visitar Argentina ha sido acogido con
gratitud y viva satisfacción por los obispos y las supremas
autoridades de la Nación y del pueblo argentino. La fecha de
partida para este viaje pastoral está prevista para el 10 del
próximo mes de junio.
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Viaje apostólico del Papa a Gran Bretaña - 9-6-1982
Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del
miércoles,
9 de junio de 1982
1. Al celebrar,
juntamente con el Episcopado de Inglaterra, Escocia y Gales, el
Sacrificio eucarístico en la catedral de Westminster, Londres, di
gracias a Cristo por este signo de unidad que abraza a todos los
hombres: el signo en el que los pueblos, aun cuando divididos por
conflictos temporáneos, no dejan de estar unidos en el misterio del
Cuerpo de Cristo. Cristo "efectivamente es nuestra paz"
(Ef 2, 14), a la que es necesario tender siempre con el pensamiento,
con el corazón y con las obras, para que no domine sobre la
humanidad "el espíritu del mundo" (1 Cor 2, 12) que lleva
hacia las divisiones y las guerras.
2. El viaje
pontificio a Gran Bretaña había sido programado desde hace tiempo:
concordado hace dos años, y preparado con solicitud durante ocho
meses en cada una de las diócesis y parroquias de Inglaterra,
Escocia y Gales. Hoy, al hablar de la perspectiva de la visita ya
terminada, no se puede por menos de subrayar sobre todo las
dimensiones de esta preparación y de su alto nivel. Se trata aquí
no solo de los medios materiales, sino sobre todo de la dimensión
espiritual de este gran trabajo común. En él se ha manifestado
algo más que la madurez actual del Pueblo de Dios. Se ha
manifestado la heredad plurisecular, que en Inglaterra tiene sus
orígenes históricos en la persona de San Agustín, primer obispo
de Canterbury. En Escocia estos comienzos se vinculan a los nombres
de los Santos Ninian, Columba y Kentigern: en Gales, en cambio, al
de San David.
Esta heredad tiene
tras sí no sólo lejanos comienzos (que por lo demás nos llevan
aún más lejos de los nombres citados, hasta los tiempos del
Imperio Romano), sino también una serie de siglos difíciles,
sellados con la sanare de mártires modernos, de los que se habla
con veneración, e incluso sin amargura alguna humana, igual que de
los mártires de los primeros siglos. Se habla de ellos con un amor
digno del que ellos mismos -por citar a San Juan Fischer, o a Santo
Tomás Moro- dieron testimonio. Esta heredad está también en el
último siglo, es la heredad vinculada al nombre del gran cardenal
Newmann: la heredad de la laboriosa búsqueda de la verdad como
camino de 1a unidad en la fe. El cristianismo en Gran Bretaña es un
importante campo ecuménico. La Iglesia católica se halla en este
terreno, aceptando como propio el camino de la unidad de los
cristianos, que ha indicado el Concilio Vaticano II.
3. De la visita en
sí misma, se puede decir que ha sido como una peregrinación a
través de los siete santos sacramentos, en los que se forma y se
desarrolla la vida del Pueblo de Dios. Esta forma teológica y, a la
vez, pastoral, ha unido con trama uniforme toda la geografía de la
visita, comenzando por la catedral de Westminster, donde el tema fue
el Bautismo. Al día siguiente (vigilia de Pentecostés), en el
estadio de Wembley, ante la estatua de la Virgen de Walsingham, tuvo
lugar la renovación de las promesas bautismales. Estuvimos unidos
en esta oración con la Madre de la Iglesia, igual que los
Apóstoles en el Cenáculo cuando esperaban la venida del Espíritu
Consolador. El mismo día, por la mañana, en la catedral de
Canterbury, renovaron los votos bautismales todos los participantes
en el encuentro: anglicanos y católicos.
También el primer
día de la peregrinación, se celebró la liturgia solemne y
profundamente emotiva de la Unción de los enfermos, en la catedral
de Southwark, un gran encuentro con la Iglesia de los que sufren
unidos a Cristo.
4. La Eucaristía,
celebrada el mismo día de Pentecostés, ene un gran campo cerca de
Coventry, hizo presente la venida del Paráclito sobre el lugar que
sufrió una destrucción especial durante la segunda guerra mundial.
El símbolo de esta destrucción es la catedral antigua; a cuyo lado
se ha construida una nueva. El sacramento de la Confirmación,
administrado durante la Santa Misa, manifestó la construcción de
la Iglesia por medio de la fe y de las obras, que se derivan de
ella, en la comunidad del Pueblo de Dios.
El mismo día de
Pentecostés, por la tarde, fui a Liverpool, el mayor centro de
católicos en Gran Bretaña. Hubo un saludo en el aeropuerto, ante
la numerosa muchedumbre a lo largo de las calles de la ciudad que
asistía a la visita que hice, primero, a la catedral anglicana y,
luego, a la catedral católica, construida recientemente. El tema de
la homilía fue el Sacramento de la
Penitencia y Reconciliación, de acuerdo con las palabras de
la liturgia: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados" (Jn 20, 23), y también de acuerdo con el gran
esfuerzo que en esta ciudad hacen los cristianos católicos y
anglicanos, en la dirección de la reconciliación recíproca,
según el espíritu del Evangelio.
5. El lunes, el tema
fue, ante todo, el Sacramento del Orden puesto de relieve mediante
la administración de las ordenaciones sacerdotales durante la
solemne Eucaristía en Manchester.
Y, luego, el
Sacramento del Matrimonio, durante el encuentro con los
representantes de las familias en un gran campo cerca de York. En
sintonía con la liturgia de la Palabra y la homilía, los esposos y
los miembros de las familias renovaron las promesas que constituyen
el fundamento de su comunidad en Cristo y en la Iglesia.
En este contexto hay
que añadir todo lo que durante la peregrinación ha hecho
referencia a la vocación cristiana en general, y especialmente a la
vocación sacerdotal y religiosa, mediante los encuentros con los
sacerdotes, con los hermanos y hermanas de las órdenes y
congregaciones religiosas, con los alumnos de los seminarios y
noviciados: encuentros, palabra, oración.
6. La Eucaristía
fue, en cierto sentido, un tema continuo, en el centro de cada uno
de los encuentros. Sin embargo, de modo particular y detallado, este
tema se puso de relieve en Cardiff, última etapa del viaje, donde
tuvo lugar también la primera comunión de jóvenes cristianos.
La juventud ha
tenido su lugar peculiar en esta peregrinación. Se dio un
testimonio especial de su presencia en la Iglesia, dos veces: la
primera, con ocasión del encuentro en Edimburgo (incluso con los
más jóvenes). La segunda, al final de todo el programa de la
visita, en Cardiff. Estos encuentros estaban llenos de espontaneidad
juvenil y, a la vez, de profundo contenido cristiano. La última
palabra dirigida a la Iglesia en Gran Bretaña versó sobre el tema
de la oración esto precisamente hablando a la juventud, en Cardiff.
7. La visita a
Escocia tuvo sus dos polos en Edimburgo y en Glasgow. Ello hizo que
se reuniera y se hiciera ver la iglesia, que en tierra escocesa
tiene una historia especial, un perfil propio, lo cual se manifestó
en las dos ciudades, pero el principal encuentro litúrgico tuvo
lugar en Glasgow, el martes por la tarde, con una enorme
participación de fieles. El tema de la homilía fue sintético: el
reino de Dios en su realización histórica y actual en tierra
escocesa y en la historia de los hombres.
Entre otras cosas,
tuve también oportunidad de visitar a la comunidad educadora en
Glasgow; y también resultó inolvidable la visita a la comunidad de
los enfermos en Edimburgo.
8. La Iglesia, que
es el sacramento de la unión del hombre con Dios y el signo de la
unidad de toda familia humana, se encuentra en las Islas
Británicas, como ya he dicho, en un particular campo ecuménico.
Ello se ha manifestado en todas las etapas de la visita. Pero, sobre
todo, en Inglaterra, con el encuentro histórico en la catedral de
Canterbury, que es la sede del Presidente de toda la Comunión
anglicana.
Se puede decir que
la preparación para este encuentro fue particularmente larga y
laboriosa: doce años de trabajo de la Comisión Internacional
Anglicana y Católica, que, finalmente, ha presentado al Papa y al
Presidente de la Comunión anglicana los resultados de sus estudios.
Estos resultados se han convertido en una base para la Declaración
común, firmada la vigilia de Pentecostés. Y constituye un
fundamento para la ulterior colaboración ecuménica, que tiene como
finalidad abrir camino a la unidad plena.
Resultaría difícil
decir algo más en esta concisa descripción. Solamente hay que dar
gracias al Espíritu de unidad y de verdad, que ha guiado nuestros
pasos en este encuentro y, esperamos, los seguirá guiando.
Desde el punto de
vista ecuménico, también ha tenido importancia el encuentro con
los Representantes del Consejo Británico de las Iglesias en
Canterbury, y luego en Edimburgo el otro encuentro con los
Representantes de las Comunidades cristianas de Escocia.
Sin embargo, hay que
dar también una importancia particular al encuentro con el
Moderador de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia
(presbiteriana), en la misma ciudad de Edimburgo, que señala lo
específico del camino ecuménico propio de Escocia.
9. Con ocasión de
esta visita, que ha sido sobre todo pastoral, me he sentido honrado
por el encuentro con la Reina Isabel II, el primer día de mi viaje.
Los Representantes
de las autoridades políticas -dada la situación internacional
surgida en las relaciones con Argentina- tomaron ellas mismas la
iniciativa de retirarse del programa de la visita.
Dándome cuenta de
todo lo que, en una preparación tan excelente para esta
peregrinación a través de Inglaterra, Escocia y Gales, ha
dependido de los diversos factores y de las instancias de las
autoridades, deseo expresar a todos, una vez más, mi cordial
gratitud.
10. La primera
visita en la historia que el Obispo de Roma ha hecho a Gran Bretaña,
tiene sin duda una singular elocuencia histórica Séame permitido
colocarla en el Corazón de Aquel que es Señor de la historia, Rey
de la paz, Príncipe del siglo futuro.
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Sentido apostólico de la visita a la Organización Internacional del
Trabajo y a otros organismos internacionales en Ginebra.
Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles,
16 de junio de 1982
1. Ayer, cumpliendo
un compromiso que había contraído desde el año pasado, con ocasión
del 90 aniversario de la "Rerum novarum", fui a la ciudad
de Ginebra, Suiza, para hacer una visita a la Conferencia
Internacional del Trabajo, que celebra en estos días su 68 sesión.
Visité, además, otros importantes Organismos internacionales, que
tienen su sede en esa ciudad y, al finalizar la jornada, me encontré
con la población de Ginebra y sus alrededores, reunida en Palexpo,
para participar en la Santa Misa.
Así he podido
realizar una parte del programa que hasta ahora había quedado
suspendido con motivo de todo lo que sucedió el 13 de mayo del año
pasado. A su debido tiempo, con la ayuda de Dios, pretendo realizar
también el resto del programa, con una visita pastoral a la Iglesia
que cree, ora y trabaja en Suiza, y un encuentro con los
representantes de las otras Confesiones cristianas, visitando, además,
el Consejo Ecuménico de las Iglesias.
Mientras tanto,
ahora doy gracias a Dios por el deber pastoral que he podido cumplir
en línea con la misión que la Iglesia está llamada a desarrollar
en el mundo de hoy. Esta misión se refiere no sólo a los bienes
eternos, sino que se dirige también con particular solicitud a las
"realidades terrenas", esto es, a los bienes de la
cultura, de la economía, de las artes, de las profesiones, de las
instituciones políticas y sociales, en los que se compendia la vida
del hombre sobre la tierra. El Concilio Vaticano II ha tratado de
ellos con luminosa claridad, reconociendo, ante todo, que estos
valores temporales tienen su legítima autonomía, pero afirmando,
además, con fuerza que están destinados a armonizarse con los
valores de la fe y a ponerse al servicio del hombre para la
realización de su "vocación integral". (cf.
Gaudium et spes, 34-36; Apostolicam actuositatem, 7).
Misión de la
Iglesia es recordar a los hombres este horizonte más amplio, dentro
del cual se mueve su actividad, poniéndoles en guardia contra las
posibles desviaciones a que está expuesto continuamente su
esfuerzo, y sosteniéndoles en el compromiso de generosa dedicación
a la causa del auténtico progreso, de la paz y de la dignidad de la
persona humana. creada a imagen y semejanza de Dios.(cf.
Gaudium et spes, 37-39).
2. Consciente de
esto, he querido, ante todo, ir a rendir homenaje a los
representantes de la Organización Internacional del Trabajo, para
tributar un justo agradecimiento a todo lo que dicha Organización
ha hecho estos años en tutela del hombre que trabaja, de la
dignidad que le es propia y de los derechos inalienables que lógicamente
se derivan de ella. Ha sido un encuentro con el mundo del trabajo en
su centro histórico y jurídico, rico de tanta significación
asociativa y humana.
Entre las muchas
cosas que hubiera querido decir sobre un tema tan importante, he
elegido una que considero particularmente urgente en la presente
situación internacional: he insistido sobre el deber de la
solidaridad, ya que me parece que esta dimensión está impresa en
la naturaleza misma del trabajo y hoy todo impulsa hacia su
realización cada vez más plena. El trabajo une porque es idéntica
su realidad profunda en todas las partes del mundo y porque es idéntica
su relación con el sentido de la vida humana, dondequiera que se
desarrolle.
Esta realidad
profunda y esta relación esencial pueden expresarse en palabras
sencillas y breves: el trabajo debe estar en función del hombre, y
no el hombre en función del trabajo. Afirmación aparentemente
clara y que se da por supuesta. Sin embargo, la desmiente con
frecuencia la realidad concreta cuando surgen situaciones en las que
se valora al hombre a base de la utilidad que está en disposición
de ofrecer a las estructuras productivas, y, en cambio, no se
valoran estas últimas basándose en la utilidad que pueden ofrecer
a la plena realización de cada uno de los hombres.
Es necesaria una
humanización cada vez mayor del trabajo, que tiene un vínculo tan
profundo con el problema del sentido de la vida humana.
3. En Ginebra está
el "Centro Europeo de Investigaciones Nucleares", que reúne
estudiosos de diversas nacionalidades y coordina sus esfuerzos al
servicio de una causa nobilísima: la de la investigación pura. ¿No
es ésta también una "realidad terrena" de importancia
fundamental para la vida y para el futuro del hombre? No podía
menos de visitar una asamblea tan calificada de personas, que
trabajan en las fronteras más avanzadas de la ciencia, para
expresarles, en nombre de la Iglesia y de la misma humanidad, el
sincero aprecio por los progresos que, gracias a su esfuerzo y al de
sus colegas de todo el mundo, se han podido llevar a cabo en el
conocimiento del misterio del universo.
Al mismo tiempo, he
sentido el deber de recordar que la investigación científica no
agota todos los aspectos de la realidad, sino que más bien exige,
para no quedar reducida a una visión reductora y deformante, ser
integrada con las aportaciones que provienen del conocimiento filosófico
y, en particular, con las verdades superiores de la Revelación
divina, acogida en la fe.
Precisamente,
gracias a las más amplias perspectivas que ofrecen estas diversas
formas de conocimiento, pueden evitarse los riesgos de desarrollos
de la investigación científica y de la utilización de los
resultados que alcanza, en sentido contrario al verdadero bien del
hombre. ¿Quién no está preocupado hoy por las consecuencias
nocivas, más aún, catastróficas, que una aplicación de los
frutos de la investigación científica, una aplicación llevada de
modo irresponsable, podría provocar?
Creo que el gran
reto impuesto al hombre de hoy por el grado avanzado de desarrollo
de sus conocimientos, es precisamente éste: armonizar los valores
de la ciencia y de la tecnología con los valores de la conciencia.
4. En este sentido
pueden ofrecer una aportación pacífica las Organizaciones
Internacionales Católicas, a las que corresponde un papel de
mediación entre el Evangelio y la sociedad contemporánea, planteándose
como tema de reflexión profunda, por ejemplo, los elementos
fundamentales de una antropología cristiana a la luz de los datos
de las ciencias modernas, las exigencias de la moral aplicada al
orden económico internacional, la incidencia que la ley de la
caridad tiene en materia de relaciones internacionales, etc.
Considerando estas
importantes funciones suyas, he querido llevar a los representantes
de estas Organizaciones con sede en Ginebra, el testimonio de mi
estima, mi estimulo y la seguridad de mi apoyo.
5. No se puede
hablar de Suiza y, en particular, de Ginebra, sin que el pensamiento
vaya también a la benéfica institución, conocida en todo el
mundo, que tuvo su origen en esa querida nación y que tiene en esta
ciudad su sede central: la Cruz Roja. No hay calamidad natural, no
hay desgracia de alguna dimensión, no hay conflicto doloroso entre
las naciones, que no estimule inmediatamente a los representantes de
este organismo para llevar socorro a las víctimas, para aliviar los
sufrimientos, favorecer la reconciliación y la paz. También en los
recientes, tristes acontecimientos bélicos del Atlántico Austral y
del Líbano, la Cruz Roja no ha dejado de intervenir oportunamente
con su obra humanitaria.
Con gran alegría,
pues, e incluso con emoción, he llevado mi saludo al Presidente del
Comité Internacional de la Cruz Roja y a sus colaboradores,
juntamente con la expresión de mi cordial apoyo a la acción que
desarrollan con encomiable solicitud y generosidad para tutelar a
toda persona humana, socorrer a quien tiene necesidad, promover la
amistad, la cooperación y la paz duradera entre los pueblos. Se
trata de ideales que deben interesar profundamente a todo cristiano.
Al llevar este
testimonio de solidaridad, estaba seguro de interpretar el
pensamiento de todos los hijos de la Iglesia, los cuales, en la
escuela de Cristo, como vértice y coronamiento de todos los valores
que se pueden alcanzar aquí abajo, han aprendido a apreciar el del
amor. ¡Que esta lección evangélica pueda penetrar cada vez más
profundamente en los corazones de los hombres y convencerlos a
comprometerse generosamente en la construcción de la que mi
predecesor Pablo VI calificó, con expresión inolvidable, como
"la civilización del amor"!
En la
construcción de esta civilización del amor en favor del hombre,
la cual se rige por los valores del trabajo, de la ciencia, de la
solidaridad en las necesidades y de la fraternidad, corresponde a
los Organismos Internacionales una misión particular, que merece
un aprecio profundo, así como estímulo y apoyo. Aquí está
precisamente la razón de mi visita de ayer.
Visita pastoral del Santo Padre a Uruguay, Chile y Argentina
Catequesis del Papa Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles,
15 de abril de 1987
1. Hoy, miércoles
de la Semana Santa, nos reunimos tras el regreso de mi viaje
pastoral a dos países limítrofes de América Latina: Chile y
Argentina.
Como es sabido, al
comenzar mi ministerio en la Sede de Pedro, estas dos naciones se
encontraban, en diciembre de 1978, al borde de una guerra, que
hubiera podido extenderse luego a otros países de América del Sur.
Considero un signo de la Providencia de Dios el que se pudieran
parar los pasos de la guerra y que Chile y Argentina propusieran a
la Sede Apostólica su Mediación en la controversia sobre la zona
austral. Deseo expresar una vez más mi profundo agradecimiento al
señor cardenal Antonio Samoré, que en diciembre de 1978 dio los
primeros pasos para impedir la guerra y guió luego, hasta su muerte
ocurrida en febrero de 1983, los trabajos de los expertos de ambas
partes. Estos trabajos se vieron coronados al fin -gracias también
a quien continuó la obra del cardenal Samoré- por un Tratado de
Paz y Amistad entre Chile y Argentina, firmado en el Vaticano el 29
de noviembre de 1984.
2. La finalidad de
mi visita ha sido sobre todo dar gracias. Junto con estos dos
pueblos, quería dar gracias a Dios por la solución pacifica de la
controversia, solución que ahorró a Argentina y a Chile pérdidas
incalculables, sobre todo de jóvenes vidas humanas, que se habrían
producido como consecuencia dolorosa de las actividades bélicas.
En este contexto
deseo agradecer la invitación a realizar este viaje que me fue
dirigida por las autoridades estatales de Argentina y Chile y por
los Episcopados de estos dos países. Al mismo tiempo doy las
gracias a cuantos han contribuido a la preparación de esta visita y
han facilitado su desarrollo.
Puesto que la decisión
bilateral de la suspensión del recurso a las armas y del inicio del
proceso de Mediación fue tomada en Montevideo, capital de Uruguay,
pareció oportuno comenzar desde esa ciudad el viaje de acción de
gracias. Expreso vivo agradecimiento a las autoridades civiles de
Uruguay, al arzobispo de Montevideo, a los demás obispos del país,
así como a los sacerdotes, religiosos, religiosas y a todos los
fieles, por la acogida que se me dispensó en esa capital y por la
numerosa participación en la Eucaristía de acción de gracias en
la gran explanada "Tres Cruces".
3. La visita a Chile
y Argentina ha tenido al mismo tiempo un carácter pastoral análogo
al de otros muchos viajes que he podido hacer anteriormente a
diversos países de los cinco continentes, realizando así el
ministerio de Sucesor de Pedro. La visita a Chile duró del 1 al 6
de abril: habla sido configurada de acuerdo con la geografía de ese
país que se extiende por más de 4 mil kilómetros como una franja
estrecha entre las cadenas de los Andes y la costa del Océano Pacífico.
La parte más
notable de la visita se concentró en la capital, Santiago de Chile
(en la que vive más de un tercio de la población total del país)
y, tras un gran encuentro en Valparaíso, se desarrolló a través
de las siguientes ciudades, de Sur a Norte: Punta Arenas, Puerto
Montt, Concepción, Temuco, La Serena y Antofagasta.
Paralelo a este
programa "geográfico", se desarrolló también el
programa "temático" sobre los aspectos fundamentales de
la misión de la Iglesia en Chile.
En el encuentro con
el Episcopado de Chile, exhorté a los amados hermanos, obispos a
contribuir con todo empeño a la afirmación de la concordia y de la
paz, dentro del respeto de los derechos fundamentales del hombre.
A los sacerdotes les
recordé que Cristo ha puesto en sus manos el inmenso tesoro de la
redención y los exhorté a impulsar la acción pastoral, que
conduce a la conversión y a una auténtica vida cristiana.
A la multitud
innumerable de las "poblaciones", en la periferia de
Santiago así como a los "campesinos" y a los indígenas
"mapuches" en la ciudad de Temuco, les manifesté la
solicitud plena y cordial de la Iglesia, subrayando los derechos de
los más pobres y de las minorías, e invitando al diálogo
constructivo y a la solidaridad.
En el santuario de
Maipú consagré Chile a María, Virgen del Carmen. Patrona de la
nación y Madre de la esperanza.
En la Universidad
Católica de Santiago tuve un encuentro con el mundo de la cultura y
con los intelectuales chilenos. Recibí además, a petición suya, a
un grupo de dirigentes políticos de diversos partidos, a los cuales
recordé los principios éticos cristianos que deben constituir la
base de toda convivencia social.
Sobre la paz
nacional e internacional hablé en Punta Arenas; sobre la familia y
el matrimonio, en Valparaíso, sobre la evangelización de los
pueblos, en Puerto Montt; sobre el trabajo y el desempleo, en
Concepción; sobre el valor de las culturas locales, en el mensaje
radiotelevisado a las poblaciones de la Isla de Pascua. Por último,
en Antofagasta, llevé el consuelo de la fe y de la amistad
cristiana a los presos, reafirmando la importancia del camino de la
evangelización en el V centenario del primer anuncio del Evangelio
en América Latina
4. El punto
culminante de la visita a Chile fue la beatificación de sor Teresa
de los Andes, carmelita. Es la primera hija de la Iglesia en Chile
que es elevada a la gloria de los altares.
Esta ceremonia de
beatificación, durante la cual hablé en la homilía de la
reconciliación, resultó especialmente elocuente en el trasfondo de
la difícil situación interna de la nación.
Hay que expresar una
gratitud particular a la comunidad eclesial de Santiago que no se
dejó provocar en ningún momento, manteniendo una actitud
verdaderamente digna de una gran manifestación religiosa.
¡Ciertamente el
amor es mas fuerte! Confío en que la visita haya reforzado la
solidaridad cristiana de toda la Iglesia con nuestros hermanos y
hermanas en Chile, país con una gran herencia cultural, marcado por
siglos de intensa vitalidad cristiana y plenamente consciente de su
identidad también en el campo social y político.
5. La visita a Argentina duró del 6 al 12 de abril. Comenzando en la
capital, Buenos Aires, el viaje se desarrolló a través de las
siguientes ciudades: Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán,
Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.
Por lo que se refiere a los temas el programa se desarrolló según el
carácter específico de las distintas regiones. Dicho programa
contempló de forma prevalente la temática catequética y pastoral,
de acuerdo con las necesidades de toda la Iglesia en Argentina y del
progreso social de esa nación dentro del respeto a los derechos de
toda persona humana.
En el encuentro con el mundo rural en Bahía Blanca, exhorté a lograr
que el trabajo, elevándose en Cristo a la categoría de redención,
contribuya a consolidar las bases de un auténtico humanismo
cristiano; en Viedma se conmemoró el V centenario de la
Evangelización de América Latina y la obra heroica de los primeros
misioneros en Patagonia; en Mendoza, la maravillosa ciudad rodeada
por las vetas nevadas del Aconcagua y de las otras montañas de la
Cordillera, se desarrolló el tema: "La paz, don de Dios, que
se conquista cada día"; en Córdoba, el tema fue el matrimonio
en la doctrina católica, que lo presenta como indisoluble, fundado
en el amor de los cónyuges, y ordenado a la familia; en Tucumán,
la ciudad cuna de la Independencia, traté el tema de la libertad y
de la piedad, entendida también como amor a la patria; en Salta
hablé de los valores de las culturas locales, exhortando a la
esperanza que nace de la realidad del bautismo; en Corrientes el
tema central fue la devoción a María Santísima en el marco de la
religiosidad popular; en Paraná desarrollé el tema de la emigración
y de los problemas sociales y religiosos que lleva consigo;
finalmente en Rosario traté de la vocación y de la misión de los
laicos en la Iglesia.
Los problemas del trabajo y la orientación para su gradual solución
fueron tratados en los encuentros con los trabajadores, en el
"Mercado Central" de Buenos Aires, y con los empresarios,
mientras que en el "Teatro Colón" tuvo lugar una reunión
significativa con el mundo de la cultura.
No faltó un encuentro con la comunidad ucrania, en cuya catedral de
Buenos Aires oré recordando el próximo milenio del bautismo de sus
antepasados. Hubo además encuentros de carácter inter-religioso y
ecuménico.
6. El acontecimiento final -y al mismo tiempo culminante- del programa
de la visita a Argentina fue la Jornada mundial de la Juventud, que
se celebró el Domingo de Ramos.
Los años anteriores esta fiesta había tenido su epicentro en la basílica
de San Pedro en Roma. Esta vez se eligió la ciudad de Buenos Aires,
donde en una gran explanada se reunió una multitud innumerable de jóvenes:
jóvenes procedentes, ante todo, de Argentina y además de toda América
Latina, e incluso de otros continentes. Se hallaba presente asimismo
una nutrida delegación italiana, cerca de 500 jóvenes, sobre todo
de Roma. Tema de la Jornada fueron las palabras de San Juan:
"Nosotros hemos reconocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él" (Jn 4, 16).
La solemne ceremonia terminó con el acto de consagración de Argentina
a la Virgen de Luján.
Tanto la vigilia nocturna del sábado anterior y la liturgia del mismo
Domingo de Ramos, como el programa en su totalidad, fueron muy bien
preparados por los organizadores, y los participantes vivieron
intensamente los distintos momentos del mismo.
7. Queridísimos hermanos y hermanas:
Con el Domingo de Ramos hemos entrado en el período de la Semana Santa.
Que sea fuente de renovación pascual para toda la Iglesia en el
mundo entero y, de forma especial, en Chile, Argentina y Montevideo,
como tuve ocasión de subrayar sobre todo en los distintos
encuentros con los enfermos.
A todos, y en particular a cuantos han venido a Roma para la Semana
Santa, les deseo la gracia de la unión con Cristo crucificado y
resucitado: la muerte redentora que Él sufrió por amor a todos y a
cada uno produzca siempre en nosotros frutos de nueva vida:
"Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito,
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida
eterna" (Jn 3, 16).
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Jesucristo, Mesías,
y la Sabiduría divina
Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
22 de marzo de 1987
1. En el Antiguo
Testamento se desarrolló y floreció una rica tradición de
doctrina sapiencial. En el plano humano, dicha tradición manifiesta
la sed del hombre de coordinar los datos de sus experiencias y de
sus conocimientos para orientar su vida del modo más provechoso y
sabio. Desde este punto de vista, Israel no se aparta de las formas
sapienciales presentes en otras culturas de la antigüedad, y
elabora una propia sabiduría de vida, que abarca los diversos
sectores de la existencia: individual, familiar, social, político.
Ahora bien, esta
misma búsqueda sapiencial no se desvinculó nunca de la fe en el Señor,
Dios del éxodo; y ello se debió a la convicción que se mantuvo
siempre presente en la historia del pueblo elegido, de que sólo en
Dios residía la Sabiduría perfecta. Por ello, el “temor del Señor”,
es decir, la orientación religiosa y vital hacia Él, fue
considerado el “principio”, el “fundamento”, la
“escuela” de la verdadera sabiduría (Prov 1, 7; 9, 10; 15, 33).
2. Bajo el influjo
de la tradición litúrgica y profética, el tema de la sabiduría
se enriquece con una profundización singular, llegando a empapar
toda la Revelación. De hecho, tras el exilio se comprende con mayor
claridad que la sabiduría humana es un reflejo de la Sabiduría
divina, que Dios “derramó sobre todas sus obras, y sobre toda
carne, según su liberalidad” (Eclo 1, 9-10). El momento más alto
de la donación de la Sabiduría tiene lugar con la revelación al
pueblo elegido, al que el Señor hace conocer su palabra (Dt 30,
14). Es más, la Sabiduría divina, conocida en la forma más plena
de que el hombre es capaz, es la Revelación misma, la “Tora”,
“el libro de la alianza de Dios altísimo” (Eclo 24, 32).
3. La Sabiduría
divina aparece en este contexto como el designio misterioso de Dios
que está en el origen de la creación y de la salvación. Es la luz
que lo ilumina todo, la palabra que revela, la fuerza del amor que
une a Dios con su creación y con su pueblo. La Sabiduría divina no
se considera una doctrina abstracta, sino una persona que procede de
Dios: está cerca de Él “desde el principio” (Prov 8, 23), es
su delicia en el momento de la creación del mundo y del hombre,
durante la cual se deleita ante él(Prov 8, 22-31).
El texto de Ben Sira
recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo la Sabiduría
divina que encuentra su lugar de “descanso” en Israel y se
establece en Sión (Eclo 24, 3-12), indicando de ese modo que la fe
del pueblo elegido constituye la vía más sublime para entrar en
comunión con el pensamiento y el designio de Dios. El último fruto
de esta profundización en el Antiguo Testamento es el libro de la
Sabiduría, redactado poco antes del nacimiento de Jesús. En él se
define a la Sabiduría divina como “hálito del poder de Dios,
resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios,
imagen de su bondad”, fuente de a amistad divina y de la misma
profecía” (Sab 7, 25-27).
4. A este nivel de símbolo
personalizado del designio divino, la Sabiduría es una figura con
la que se presenta la intimidad de la comunión con Dios y la
exigencia de una respuesta personal de amor. La Sabiduría aparece
por ello como la esposa (Prov 4, 6-9), la compañera de la vida
(Prov 6, 22; 7, 4). Con las motivaciones profundas del amor, la
Sabiduría invita al hombre a la comunión con ella y, en
consecuencia, a la comunión con el Dios vivo. Esta comunión se
describe con la imagen litúrgica del banquete: “Venid y comed mi
pan y bebed mi vino que he mezclado” (Prov 9, 5): una imagen que
la apocalíptica volverá a tomar para expresar la comunión eterna
con Dios, cuando Él mismo elimine la muerte para siempre (Is 25,
6-7).
5. A la luz de esta
tradición sapiencial podemos comprender mejor el misterio de Jesús
Mesías. Ya un texto profético del libro de Isaías habla del espíritu
del Señor que se posará sobre el Rey-Mesías y caracteriza ese Espíritu
ante todo como “Espíritu de sabiduría y de inteligencia” y
luego como “Espíritu de entendimiento y de temor de Yahvé” (Is
11, 2).
En el Nuevo
Testamento son varios los textos que presentan a Jesús lleno de la
Sabiduría divina. El Evangelio de la infancia según San Lucas
insinúa el rico significado de la presencia de Jesús entre los
doctores del templo, donde “cuantos le oían quedaban estupefactos
de su inteligencia” (Lc 2, 47), y resume la vida oculta en Nazaret
con las conocidas palabras: “Jesús crecía en sabiduría y edad y
gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).
Durante los años
del ministerio de Jesús, su doctrina suscitaba sorpresa y admiración:
“Y la muchedumbre que le oía se maravillaba diciendo: “¿De dónde
le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha
sido dada?” (Mc 6, 2).
Esta Sabiduría, que
procedía de Dios, confería a Jesús un prestigio especial:
“Porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus
doctores” (Mt 7, 29); por ello se presenta como quien es “más
que Salomón” (Mt 12, 42). Puesto que Salomón es la figura ideal
de quien ha recibido la Sabiduría divina, se concluye que en esas
palabras Jesús aparece explícitamente como la verdadera Sabiduría
revelada a los hombres.
6. Esta identificación
de Jesús con la Sabiduría a afirma el Apóstol Pablo con
profundidad singular. Cristo, escribe Pablo, “ha venido a ser para
nosotros, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y
redención” (1 Cor 1, 30). Es más, Jesús es la “sabiduría que
no es de este siglo... predestinada por Dios antes de los siglos
para nuestra gloria” (1 Cor 2, 6-7). La “Sabiduría de Dios”
es identificada con el Señor de la gloria que ha sido crucificado.
En la cruz y en la resurrección de Jesús se revela, pues, en todo
su esplendor, el designio misericordioso de Dios, que ama y perdóna
al hombre hasta el punto de convertirlo en criatura nueva. La
Sagrada Escritura haba además de otra sabiduría que no viene de
Dios, la “sabiduría de este siglo”, la orientación del hombre
que se niega a abrirse al misterio de Dios, que pretende ser el artífice
de su propia salvación. A sus ojos la cruz aparece como una locura
o una debilidad; pero quien tiene fe en Jesús, Mesías y Señor,
percibe con el Apóstol que “la locura de Dios es más sabia que
los hombres, y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”
(1 Cor 1, 25).
7. A Cristo se le
contempla cada vez con mayor profundidad como la verdadera
“Sabiduría de Dios”. Así, refiriéndose claramente al lenguaje
de los libros sapienciales, se le proclama “imagen del Dios
invisible”, “primogénito de toda criatura”, Aquel por medio
del cual fueron creadas todas las cosas y en el cual subsisten todas
las cosas (cf. Col 1, 15-17); Él, en cuanto Hijo de Dios, es
“irradiación de su gloria e impronta de su sustancia y el que con
su poderosa palabra sustenta todas las cosas” (Heb 1, 3).
La fe en Jesús,
Sabiduría de Dios, conduce a un “conocimiento pleno” de la
voluntad divina, “con toda sabiduría e inteligencia
espiritual”, y hace posible comportarse “de una manera digna del
Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra
buena y creciendo en el comportamiento de Dios” (Col 1, 9-10).
8. Por su parte, el
Evangelista Juan, evocando la Sabiduría descrita en su intimidad
con Dios, habla del Verbo que estaba en el principio, junto a Dios,
y confiesa que “el Verbo era Dios” (Jn 1, 1). La Sabiduría, que
el Antiguo Testamento había llegado a equiparar a la Palabra de
Dios, es identificada ahora con Jesús, el Verbo que “se hizo
carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Como la Sabiduría,
también Jesús, Verbo de Dios, invita al banquete de su palabra y
de su cuerpo, porque Él es “el pan de vida” (Jn 6, 48), da el
agua viva del Espíritu (Jn 4, 10; 7, 37-39), tiene “palabras de
vida eterna” (Jn 6, 68). En todo esto, Jesús es verdaderamente
“más que Salomón”, porque no sólo realiza de forma plena la
misión de la Sabiduría, es decir, manifestar y comunicar el
camino, la verdad y la vida, sino que Él mismo es “el camino, la
verdad y la vida” (Jn 14, 6), es la revelación suprema de Dios en
el misterio de su paternidad(Jn 1, 18; 17, 6).
9. Esta fe en Jesús,
revelador del Padre, constituye el aspecto más sublime y consolador
de la Buena Nueva. Este es precisamente el testimonio que nos llega
de las primeras comunidades cristianas, en las cuales continuaba
resonando el himno de alabanza que Jesús había elevado al Padre,
bendiciéndolo porque en su beneplácito había revelado “estas
cosas” a los pequeños.
La Iglesia ha
crecido a través de los siglos con esta fe: “Nadie conoce al Hijo
sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). En definitiva, revelándonos
al Hijo mediante el Espíritu, Dios nos manifiesta su designio, su
sabiduría, la riqueza de su gracia “que derramó
superabundantemente sobre nosotros con toda sabiduría e
inteligencia” (Ef 1, 8).
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