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EL
CARDENAL BERGOGLIO
CONVOCA A LA AUDACIA APOSTÓLICA
Carta pastoral del arzobispo de Buenos Aires y Primado de la
Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, con motivo del inicio
de la Cuaresma
25 de
febrero de 2004 - Miércoles de Ceniza
Queridos hermanos:
Durante
el año 2003 les pedí dedicar la Misión Arquidiocesana a cuidar
la fragilidad de nuestro pueblo, haciéndonos cargo de
ella desde la misma fragilidad de Jesús, el Dios Encarnado, quien
siendo fuerte se hizo débil, siendo rico se hizo pobre, siendo
grande se hizo pequeño (cfr. Misal Romano). En este sentido en
algunas comunidades se han realizado acciones concretas: más oración,
gestos de cercanía, tareas solidarias... En otras es poco lo que se
ha hecho todavía. Pero ciertamente podemos decir que en la Arquidiócesis
se está instalando esta honda preocupación pastoral.
Querer
cuidar la fragilidad de nuestro pueblo es un anhelo de magnanimidad
que sólo podrá anidar en corazones generosos y solidarios,
sencillos y atentos.
Perseverar
en este propósito será el fruto de la gracia del Espíritu Santo
que nos impulsa a estar cerca de toda carencia y dolor y nos
sostiene en la constancia.
Vivimos
situaciones graves que desaniman y con frecuencia nos llevan al
desaliento. Acerca de ellas hemos reflexionado en cada comunidad
procurando que nos toquen el corazón. A quienes no hayan realizado
el itinerario elaborado por el Consejo Pastoral Arquidiocesano les
pido por favor que lo realicen durante este año para que
todos nos pongamos a tono con esta apertura del alma para
hacernos cargo de la fragilidad de nuestro pueblo. Nos hará bien
volver a recorrer desde dentro estas fragilidades: p. ej.
aquellas que tocan a la vida de la fe (¡cuántos chicos no
saben rezar!, ¡cuántos jóvenes sin horizontes...!), a la vida
familiar (la falta de diálogo, los ancianos abandonados...),
a la vida social (el desempleo, el hambre, la injusticia...).
Frente
al dolor y la decepción los cristianos somos llamados a la
esperanza. No como búsqueda de ilusión fantasiosa, sino con la
confianza del discípulo y apóstol de que “la esperanza no
quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”
(Rm. 5, 5). Esta esperanza es el ancla que ya está clavada en los
Cielos y a la cual nos aferramos para seguir caminando. El mismo Jesús
viene a nuestro encuentro para repetirnos con serenidad y firmeza:
“No tengan miedo” (Mc. 6, 50.) “yo estaré siempre
con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20) “Vayan y
anuncien” (Mt. 28, 19). Ir a anunciar, estar cerca de quien
sufre fragilidad, siendo uno mismo frágil, es posible solamente
confiando en esa promesa del Señor Resucitado “yo estaré
siempre con ustedes”. (Mt. 28, 20). Y porque no somos super-héroes,
ni luchadores valientes que presumen ciegamente de sus propias
fuerzas, actuamos con la audacia propia de los discípulos de Jesús,
miembros de su familia. Audacia de hermanos del
Señor.
Este
año les pido trabajar con esa audacia, con intenso fervor
apostólico. Al hacernos cargo de la fragilidad,
nuestra y de nuestro pueblo, queremos caminar con audacia,
esa actitud que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los
llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, coraje, hablar con
libertad, fervor apostólico... todo eso se incluye en
el vocablo parresía, palabra con la que San Pablo
significa “la libertad y el coraje de una existencia, que es
abierta en sí misma, porque se encuentra disponible para Dios y
para el prójimo”. Pablo VI mencionaba entre los obstáculos a la
evangelización precisamente la carencia de parresía: “la
falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de
dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la
fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el
desinterés y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza”
(Ev. Nunt., 80). Juan Pablo II nos habla de ardor, celo apostólico,
valentía, empuje misionero. (Redemptoris Missio, 30, 67, 91). Y
recordamos a los discípulos de Emaús en su encuentro
con el Señor Resucitado: “¿No ardía acaso nuestro corazón,
mientras nos hablaba en el camino?” (Lc. 24, 32). Convicción
en la obra del Espíritu y ardor que brota del encuentro con Cristo
vivo. Convicción y ardor que son necesarios en nosotros, los discípulos,
tanto para hacernos cargo de las fragilidades como para anunciar a
Cristo Resucitado.
Con
frecuencia sentimos la fatiga y el cansancio. Nos tienta el espíritu
de acedia, de pereza. También miramos todo lo que hay por hacer, y
lo poco que somos. Como los apóstoles le decimos al Señor: “¿qué
es esto para tanta gente?” (Jn. 6, 9), ¿qué somos nosotros
para cuidar tanta fragilidad? Y allí justamente radica nuestra
fortaleza: en la confianza humilde de quien ama y se sabe amado y
cuidado por el Padre, en la confianza humilde de quien se sabe
elegido gratuitamente y enviado. La experiencia de San Pablo fue
llevar un tesoro en vasija de barro (2 Cor. 4, 7), y nos la
transmite a todos nosotros. . Es la mirada sobre sí mismo y los demás.
No tiene miedo a mirar la vasija de barro porque precisamente el
tesoro que lleva dentro está fundamentado en Jesucristo, y de Él
le viene el coraje, la audacia, el fervor apostólico.
¡Cuántas
veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la
orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar
las redes en aguas más profundas (Lc. 5, 4). Nos llama a que lo
anunciemos con audacia y fervor apostólico,
a gastar nuestra vida en Su Servicio. Aferrados a Él nos animamos a
seguirlo de cerca, cada uno de nosotros poniendo nuestros carismas
al servicio de la comunidad en la Iglesia arquidiocesana. Lo haremos
utilizando diversos instrumentos pastorales armonizados por nuestro
Plan Pastoral que termina una nueva etapa al finalizar este año,
con las acciones propuestas para el trienio 2002-2004. En el Consejo
Episcopal hemos visto la conveniencia de realizar una Asamblea
Diocesana en el 2005, que nos permita crecer en sentido de
pertenencia eclesial y participar en la reelaboración de nuestro
Plan Pastoral, teniendo en cuenta las orientaciones de “Navega Mar
Adentro”. He pedido al Consejo Pastoral Arquidiocesano que elabore
un camino de preparación para esa Asamblea.
Quisiera
concluir exhortándolos una vez más al fervor apostólico
con las palabras de Pablo VI: “Conservemos la dulce y confortadora
alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas.
Hagámoslo -como
Juan
el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa
multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo
largo de la historia de la Iglesia- con un ímpetu interior
que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría
de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual... pueda
así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes
y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros
del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes
han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y
aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y
de implantar la Iglesia en el mundo” (Ev. Nunt. 80).
Pido
al Señor que todos nos sintamos apremiados por su amor (2 Cor. 5,
14) y podamos decir con San Pablo ¡”Ay de mí si no
evangelizo”! (1 Cor. 9, 16). La Madre del Señor, que
experimentó la peculiar fatiga del corazón (Redempt. Mater., 17),
nos acompañe y sostenga en nuestras fatigas cotidianas y nos
obtenga la gracia de la audacia evangelizadora y el fervor apostólico.
Les
pido, por favor, que recen por mí. Con fraternal afecto,
Card. Jorge Mario Bergoglio S.J.,arzobispo de
Buenos Aires
Buenos Aires, 25 de febrero de 2004
Miércoles
de Ceniza.
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