CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ARTISTAS
1999
A los que con apasionada entrega
buscan nuevas « epifanías » de la belleza
para ofrecerlas al mundo
a través de la creación artística.
« Dios vio cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1, 31)
El artista, imagen de Dios Creador
1. Nadie mejor que vosotros, artistas, genia les constructores de
belleza,
puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la
creación,
contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha
reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual
que los
artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral
poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las
formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo
en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que
Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo
asociaros.
Por esto me ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las
del
Génesis para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes me
siento unido por experiencias que se remontan muy atrás en el tiempo
y han marcado de modo indeleble mi vida. Con este texto quiero
situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia con los
artistas que en dos mil años de historia no se ha interrumpido
nunca, y que se presenta también rico de perspectivas de futuro en
el umbral del tercer milenio.
En realidad, se trata de un diálogo no solamente motivado por
circunstancias históricas o por razones funcionales, sino basado en
la
esencia misma tanto de la experiencia religiosa como de la creación
artística. La página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi
como el
modelo ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre
artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone en
evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico
entre las
palabras stwóeca (creador) y twórcam (artífice).
¿Cuál es la diferencia entre « creador » y « artífice »? El que crea
da el
ser mismo, saca alguna cosa de la nada —ex nihilo sui et subiecti,
se dice
en latín— y esto, en sentido estricto, es el modo de proceder
exclusivo
del Omnipotente. El artífice, por el contrario, utiliza algo ya
existente,
dándole forma y significado. Este modo de actuar es propio del
hombre en cuanto imagen de Dios. En efecto, después de haber dicho
que Dios creó el hombre y la mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27),
la Biblia añade que les confió la tarea de dominar la tierra (cf. Gn
1, 28). Fue en el último día de la creación (cf. Gn 1, 28-31). En
los días precedentes, como
marcando el ritmo de la evolución cósmica, el Señor había creado el
universo. Al final creó al hombre, el fruto más noble de su
proyecto, al
cual sometió el mundo visible como un inmenso campo donde expresar
su capacidad creadora.
Así pues, Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole
la
tarea de ser artífice. En la « creación artística » el hombre se
revela
más que nunca « imagen de Dios » y lleva a cabo esta tarea ante todo
plasmando la estupenda « materia » de la propia humanidad y,
después,
ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El
Artista
divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista humano un
destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su
potencia creadora. Obviamente, es una participación que deja intacta
la distancia infinita entre el Creador y la criatura, como señalaba
el Cardenal Nicolás de Cusa: « El arte creador, que el alma tiene la
suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por esencia que es
Dios, sino que es solamente una comunicación y una participación del
mismo ».(1)
Por esto el artista, cuanto más consciente es de su « don », tanto
más se
siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con
ojos
capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de
alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia
vocación y misión.
La especial vocación del artista
2. No todos están llamados a ser artistas en el sentido específico
de la
palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre
se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto
modo, debe
hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.
Es importante entender la distinción, pero también la conexión,
entre
estas dos facetas de la actividad humana. La distinción es evidente.
En
efecto, una cosa es la disposición por la cual el ser humano es
autor de
sus propios actos y responsable de su valor moral, y otra la
disposición
por la cual es artista y sabe actuar según las exigencias del arte,
acogiendo con fidelidad sus dictámenes específicos.(2) Por eso el
artista
es capaz de producir objetos, pero esto, de por sí, nada dice aún de
sus
disposiciones morales. En efecto, en este caso, no se trata de
realizarse
uno mismo, de formar la propia personalidad, sino solamente de poner
en
acto las capacidades operativas, dando forma estética a las ideas
concebidas en la mente.
Pero si la distinción es fundamental, no lo es menos la conexión
entre
estas dos disposiciones, la moral y la artística. Éstas se
condicionan
profundamente de modo recíproco. En efecto, al modelar una obra el
artista se expresa a sí mismo hasta el punto de que su producción es
un reflejo singular de su mismo ser, de lo que él es y de cómo es.
Esto se confirma en la historia de la humanidad, pues el artista,
cuando realiza una obra maestra, no sólo da vida a su obra, sino que
por medio de ella, en cierto modo, descubre también su propia
personalidad. En el arte encuentra una dimensión nueva y un canal
extraordinario de expresión para su crecimiento espiritual. Por
medio de las obras realizadas, el artista habla y se comunica con
los otros. La historia del arte, por ello, no es sólo historia de
las obras, sino también de los hombres. Las obras de arte hablan de
sus autores, introducen en el conocimiento de su intimidad y revelan
la original contribución que ofrecen a la historia de la cultura.
La vocación artística al servicio de la belleza
3. Escribe un conocido poeta polaco, Cyprian Norwid: « La belleza
sirve
para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir ».(3)
El tema de la belleza es propio de una reflexión sobre el arte. Ya
se ha
visto cuando he recordado la mirada complacida de Dios ante la
creación.
Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio también que era
bello.(4) La relación entre bueno y bello suscita sugestivas
reflexiones.
La belleza es en un cierto sentido la expresión visible del bien,
así como
el bien es la condición metafísica de la belleza. Lo habían
comprendido
acertadamente los griegos que, uniendo los dos conceptos, acuñaron
una
palabra que comprende a ambos: « kalokagathia », es decir «
belleza-bondad ». A este respecto escribe Platón: « La potencia del
Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello ».(5)
El modo en que el hombre establece la propia relación con el ser,
con la
verdad y con el bien, es viviendo y trabajando. El artista vive una
relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede
decirse que
la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don
del «
talento artístico ». Y, ciertamente, también éste es un talento que
hay
que desarrollar según la lógica de la parábola evangélica de los
talentos
(cf. Mt 25, 14-30).
Entramos aquí en un punto esencial. Quien percibe en sí mismo esta
especie de destello divino que es la vocación artística —de poeta,
escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor, etc.—
advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese talento,
sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de toda
la humanidad.
El artista y el bien común
4. La sociedad, en efecto, tiene necesidad de artistas, del mismo
modo que tiene necesidad de científicos, técnicos, trabajadores,
profesionales, así como de testigos de la fe, maestros, padres y
madres, que garanticen el crecimiento de la persona y el desarrollo
de la comunidad por medio de ese arte eminente que es el « arte de
educar ». En el amplio panorama cultural de cada nación, los
artistas tienen su propio lugar. Precisamente porque obedecen a su
inspiración en la realización de obras verdaderamente válidas y
bellas, non sólo enriquecen el patrimonio cultural de cada nación y
de toda la humanidad, sino que prestan un servicio social
cualificado en beneficio del bien común.
La diferente vocación de cada artista, a la vez que determina el
ámbito de su servicio, indica las tareas que debe asumir, el duro
trabajo al que
debe someterse y la responsabilidad que debe afrontar. Un artista
consciente de todo ello sabe también que ha de trabajar sin dejarse
llevar por la búsqueda de la gloria banal o la avidez de una fácil
popularidad, y menos aún por la ambición de posibles ganancias
personales. Existe, pues, una ética, o más bien una « espiritualidad
» del servicio artístico que de un modo propio contribuye a la vida
y al renacimiento de un pueblo.
Precisamente a esto parece querer aludir Cyprian Norwid cuando
afirma: « La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el
trabajo para resurgir
».
El arte ante el misterio del Verbo encarnado
5. La ley del Antiguo Testamento presenta una prohibición explícita
de
representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una «
imagen
esculpida o de metal fundido » (Dt 27, 25), porque Dios transciende
toda
representación material: « Yo soy el que soy » (Ex 3, 14). Sin
embargo, en el misterio de la Encarnación el Hijo de Dios en persona
se ha hecho
visible: « Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su
Hijo,
nacido de mujer » (Ga 4, 4). Dios se hizo hombre en Jesucristo, el
cual ha
pasado a ser así « el punto de referencia para comprender el enigma
de la existencia humana, del mundo creado y de Dios mismo ».(6)
Esta manifestación fundamental del « Dios-Misterio » aparece como
animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de la
creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la belleza
que ha
encontrado su savia precisamente en el misterio de la Encarnación.
En
efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la
historia
de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del bien,
y con
ella ha manifestado también una nueva dimensión de la belleza, de la
cual el mensaje evangélico está repleto.
La Sagrada Escritura se ha convertido así en una especie de «
inmenso
vocabulario » (P. Claudel) y de « Atlas iconográfico » (M. Chagall)
del
que se han nutrido la cultura y el arte cristianos. El mismo Antiguo
Testamento, interpretado a la luz del Nuevo, ha dado lugar a
inagotables
filones de inspiración. A partir de las narraciones de la creación,
del
pecado, del diluvio, del ciclo de los Patriarcas, de los
acontecimientos
del éxodo, hasta tantos otros episodios y personajes de la historia
de la
salvación, el texto bíblico ha inspirado la imaginación de pintores,
poetas, músicos, autores de teatro y de cine. Una figura como la de
Job,
por citar sólo un ejemplo, con su desgarradora y siempre actual
problemática del dolor, continúa suscitando el interés filosófico,
literario y artístico. Y ¿qué decir del Nuevo Testamento? Desde la
Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección,
desde los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los
acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles o los
descritos por el Apocalipsis en clave escatológica, la palabra
bíblica se ha hecho innumerables veces imagen, música o poesía,
evocando con el lenguaje del arte el misterio del « Verbo hecho
carne ».
Todo ello constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la
historia de
la cultura, del que se han beneficiado especialmente los creyentes
en su
experiencia de oración y de vida. Para muchos de ellos, en épocas de
escasa alfabetización, las expresiones figurativas de la Biblia
representaron incluso una concreta mediación catequética.(7) Pero
para
todos, creyentes o no, las obras inspiradas en la Escritura son un
reflejo
del misterio insondable que rodea y está presente en el mundo.
Alianza fecunda entre Evangelio y arte
6. La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben
los
sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio
escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana,
allí
donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada
por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de
las cosas.
Todos los artistas tienen en común la experiencia de la distancia
insondable que existe entre la obra de sus manos, por lograda que
sea, y
la perfección fulgurante de la belleza percibida en el fervor del
momento
creativo: lo que logran expresar en lo que pintan, esculpen o crean
es
sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos instantes ha
brillado
ante los ojos de su espíritu.
El creyente no se maravilla de esto: sabe que por un momento se ha
asomado al abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios.
¿Acaso debe sorprenderse de que el espíritu quede como abrumado
hasta el punto de no poder expresarse sino con balbuceos? El
verdadero artista está dispuesto a reconocer su limitación y hacer
suyas las palabras del apóstol Pablo, según el cual « Dios no habita
en santuarios fabricados por manos humanas », de modo que « no
debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata
o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano »
(Hch 17, 24.29). Si ya la realidad íntima de las cosas está siempre
« más
allá » de las capacidades de penetración humana, ¡cuánto más Dios en
la
profundidad de su insondable misterio!
El conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro
personal con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo,
puede
también enriquecerse a través de la intuición artística. Un modelo
elocuente de contemplación estética que se sublima en la fe son, por
ejemplo, las obras del Beato Angélico. A este respecto, es muy
significativa la lauda extática que San Francisco de Asís repite dos
veces
en la chartula compuesta después de haber recibido en el monte Verna
los estigmas de Cristo: « ¡Tú eres belleza... Tú eres belleza! ».(8)
San
Buenaventura comenta: « Contemplaba en las cosas bellas al Bellísimo
y, siguiendo las huellas impresas en las criaturas, seguía a todas
partes al Amado ».(9)
Una sensibilidad semejante se encuentra en la espiritualidad
oriental,
donde Cristo es calificado como « el Bellísimo, de belleza superior
a
todos los mortales ».(10) Macario el Grande comenta del siguiente
modo la belleza transfigurante y liberadora del Resucitado: « El
alma que ha sido plenamente iluminada por la belleza indecible de la
gloria luminosa del rostro de Cristo, está llena del Espíritu
Santo... es toda ojo, toda luz,
toda rostro ».(11)
Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la
realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye
un
acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud
humana
encuentra su interpretación completa. Este es el motivo por el que
la
plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el principio el
interés de
los artistas, particularmente sensibles a todas las manifestaciones
de la
íntima belleza de la realidad.
Los principios
7. El arte que el cristianismo encontró en sus comienzos era el
fruto
maduro del mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y, al
mismo tiempo, transmitía sus valores. La fe imponía a los
cristianos, tanto en el campo de la vida y del pensamiento como en
el del arte, un
discernimiento que no permitía una recepción automática de este
patrimonio. Así, el arte de inspiración cristiana comenzó de forma
silenciosa, estrechamente vinculado a la necesidad de los creyentes
de
buscar signos con los que expresar, basándose en la Escritura, los
misterios de la fe y de disponer al mismo tiempo de un « código
simbólico », gracias al cual poder reconocerse e identificarse,
especialmente en los tiempos difíciles de persecución. ¿Quién no
recuerda aquellos símbolos que fueron también los primeros inicios
de un arte pictórico o plástico? El pez, los panes o el pastor
evocaban el misterio, llegando a ser, casi insensiblemente, los
esbozos de un nuevo arte.
Cuando, con el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos
expresarse con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce
privilegiado de manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer
majestuosas basílicas, en las que se asumían los cánones
arquitectónicos del antiguo paganismo, plegándolos a su vez a las
exigencias del nuevo culto. ¿Cómo no recordar, al menos, las
antiguas Basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán, construidas
por cuenta del mismo Constantino, o ese esplendor del arte
bizantino, la Haghia Sophia de Constantinopla, querida por
Justiniano?
Mientras la arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad
de
contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los
sencillos
suscitó progresivamente las primeras manifestaciones de la pintura y
la
escultura. Surgían al mismo tiempo los rudimentos de un arte de la
palabra y del sonido. Y, mientras Agustín incluía entre los
numerosos temas de su producción un De musica, Hilario, Ambrosio,
Prudencio, Efrén el Sirio, Gregorio Nacianceo y Paulino de Nola, por
citar sólo algunos nombres, se hacían promotores de una poesía
cristiana, que con frecuencia alcanzaba un alto valor no sólo
teológico, sino también literario. Su programa poético valoraba las
formas heredadas de los clásicos, pero se inspiraba en la savia pura
del Evangelio, como sentenciaba con acierto el santo poeta de Nola:
« Nuestro único arte es la fe y Cristo nuestro canto ».(12) Por su
parte, Gregorio Magno, con la compilación del Antiphonarium, ponía
poco después las bases para el desarrollo orgánico de una música
sagrada tan original que de él ha tomado su nombre. Con sus
inspiradas modulaciones el Canto gregoriano se convertirá con los
siglos en la expresión melódica característica de la fe de la
Iglesia en la celebración litúrgica de los sagrados misterios. Lo «
bello » se conjugaba así con lo « verdadero », para que también a
través de las vías del arte los ánimos fueran llevados de lo
sensible a lo eterno.
En este itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la
antigüedad conoció una áspera controversia sobre la representación
del
misterio cristiano, que ha pasado a la historia con el nombre de «
lucha
iconoclasta ». Las imágenes sagradas, muy difundidas en la devoción
del
pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta contestación. El
Concilio
celebrado en Nicea el año 787, que estableció la licitud de las
imágenes y
de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo para la fe,
sino
también para la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron
los
Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación:
si el
Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles,
tendiendo
un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma
análoga se puede pensar que una representación del misterio puede
ser
usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio.
El
icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto
representado.(13)
La Edad Media
8. Los siglos posteriores fueron testigos de un gran desarrollo del
arte
cristiano. En Oriente continuó floreciendo el arte de los iconos,
vinculado a significativos cánones teológicos y estéticos y apoyado
en la
convicción de que, en cierto sentido, el icono es un sacramento. En
efecto, de forma análoga a lo que sucede en los sacramentos, hace
presente el misterio de la Encarnación en uno u otro de sus
aspectos. Precisamente por esto la belleza del icono puede ser
admirada sobre todo dentro de un templo con lámparas que arden,
produciendo infinitos reflejos de luz en la penumbra. Escribe al
respecto Pavel Florenskij: « El oro, bárbaro, pesado y fútil a la
luz difusa del día, se reaviva a la luz temblorosa de una lámpara o
de una vela, pues resplandece en miríadas de centellas, haciendo
presentir otras luces no terrestres que llenan el espacio celeste
».(14)
En Occidente los puntos de vista de los que parten los artistas son
muy
diversos, dependiendo en parte de las convicciones de fondo propias
del
ambiente cultural de su tiempo. El patrimonio artístico que se ha
ido
formando a lo largo de los siglos cuenta con innumerables obras
sagradas de gran inspiración, que provocan una profunda admiración
aún en el observador de hoy. Se aprecia, en primer lugar, en las
grandes
construcciones para el culto, donde la funcionalidad se conjuga
siempre
con la fantasía, la cual se deja inspirar por el sentido de la
belleza y
por la intuición del misterio. De aquí nacen los estilos tan
conocidos en
la historia del arte. La fuerza y la sencillez del románico,
expresada en
las catedrales o en los monasterios, se va desarrollando
gradualmente en la esbeltez y el esplendor del gótico. En estas
formas, no se aprecia
únicamente el genio de un artista, sino el alma de un pueblo. En el
juego
de luces y sombras, en las formas a veces robustas y a veces
estilizadas,
intervienen consideraciones de técnica estructural, pero también las
tensiones características de la experiencia de Dios, misterio «
tremendo » y « fascinante ». ¿Cómo sintetizar en pocas palabras, y
para las diversas expresiones del arte, el poder creativo de los
largos siglos del medioevo cristiano? Una entera cultura, aunque
siempre con las limitaciones propias
de todo lo humano, se impregnó del Evangelio y, cuando el
pensamiento
teológico producía la Summa de Santo Tomás, el arte de las iglesias
doblegaba la materia a la adoración del misterio, a la vez que un
gran
poeta como Dante Alighieri podía componer « el poema sacro, en el
que han dejado su huella el cielo y la tierra »,(15) como él mismo
llamaba la
Divina Comedia.
Humanismo y Renacimiento
9. El fértil ambiente cultural en el que surge el extraordinario
florecimiento artístico del Humanismo y del Renacimiento, tiene
repercusiones significativas también en el modo en que los artistas
de
este período abordan el tema religioso. Naturalmente, al menos en
aquéllos más importantes, las inspiraciones son tan variadas como
sus estilos. No es mi intención, sin embargo, recordar cosas que
vosotros, artistas, sabéis de sobra. Al escribiros desde este
Palacio Apostólico, que es también como un tesoro de obras maestras
acaso único en el mundo, quisiera más bien hacerme voz de los
grandes artistas que prodigaron aquí las riquezas de su ingenio,
impregnado con frecuencia de gran hondura espiritual. Desde aquí
habla Miguel Ángel, que en la Capilla Sixtina, desde la Creación al
Juicio Universal, ha recogido en cierto modo el drama y el misterio
del mundo, dando rostro a Dios Padre, a Cristo juez y al hombre en
su fatigoso camino desde los orígenes hasta el final de la
historia. Desde aquí habla el genio delicado y profundo de Rafael,
mostrando en la variedad de sus pinturas, y especialmente en la «
Disputa
» del Apartamento de la Signatura, el misterio de la revelación del
Dios
Trinitario, que en la Eucaristía se hace compañía del hombre y
proyecta
luz sobre las preguntas y las expectativas de la inteligencia
humana.
Desde aquí, desde la majestuosa Basílica dedicada al Príncipe de los
Apóstoles, desde la columnata que arranca de sus puertas como dos
brazos abiertos para acoger a la humanidad, siguen hablando aún
Bramante, Bernini, Borromini o Maderno, por citar sólo los más
grandes, ofreciendo plásticamente el sentido del misterio que hace
de la Iglesia una comunidad universal, hospitalaria, madre y
compañera de viaje de cada hombre en la búsqueda de Dios.
El arte sagrado ha encontrado en este extraordinario complejo una
expresión de excepcional fuerza, alcanzando niveles de imperecedero
valor estético y religioso a la vez. Sea bajo el impulso del
Humanismo y del Renacimiento, sea por influjo de las sucesivas
tendencias de la cultura y de la ciencia, su característica más
destacada es el creciente interés por el hombre, el mundo y la
realidad de la historia. Este interés, por sí mismo, en modo alguno
supone un peligro para la fe cristiana, centrada en el misterio de
la Encarnación y, por consiguiente, en la valoración del hombre por
parte de Dios. Lo demuestran precisamente los grandes artistas
apenas mencionados. Baste pensar en el modo en que Miguel Ángel
expresa, en sus pinturas y esculturas, la belleza del cuerpo
humano.(16)
Por lo demás, en el nuevo ambiente de los últimos siglos, donde
parece que parte de la sociedad se ha hecho indiferente a la fe,
tampoco el arte
religioso ha interrumpido su camino. La constatación se amplía si,
de las
artes figurativas, pasamos a considerar el gran desarrollo que
también en este período de tiempo ha tenido la música sagrada,
compuesta para las celebraciones litúrgicas o vinculada al menos a
temas religiosos. Además de tantos artistas que se han dedicado
preferentemente a ella —¿cómo no recordar a Pier Luigi da Palestrina,
a Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria—, es bien sabido que
muchos grandes compositores —desde Händel a Bach, desde Mozart a
Schubert, desde Beethoven a Berlioz, desde Liszt a Verdi— nos han
dejado asimismo obras de gran inspiración en este campo.
Hacia un diálogo renovado
10. Es cierto, sin embargo, que en la edad moderna, junto a este
humanismo cristiano que ha seguido produciendo significativas obras
de cultura y arte, se ha ido también afirmando progresivamente una
forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con
frecuencia por la oposición a Él. Este clima ha llevado a veces a
una cierta separación entre el mundo del arte y el de la fe, al
menos en el sentido de un menor interés en muchos artistas por los
temas religiosos.
Vosotros sabéis que, a pesar de ello, la Iglesia ha seguido
alimentando un gran aprecio por el valor del arte como tal. En
efecto, el arte, incluso
más allá de sus expresiones más típicamente religiosas, cuando es
auténtico, tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe, de modo
que,
hasta en las condiciones de mayor desapego de la cultura respecto a
la
Iglesia, precisamente el arte continúa siendo una especie de puente
tendido hacia la experiencia religiosa. En cuanto búsqueda de la
belleza,
fruto de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su
naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando
escudriña
las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más
desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la
expectativa universal de redención.
Se comprende así el especial interés de la Iglesia por el diálogo
con el
arte y su deseo de que en nuestro tiempo se realice una nueva
alianza con los artistas, como auspiciaba mi venerado predecesor
Pablo VI en su
vibrante discurso dirigido a los artistas durante el singular
encuentro en
la Capilla Sixtina el 7 de mayo de 1964.(17) La Iglesia espera que
de esta
colaboración surja una renovada « epifanía » de belleza para nuestro
tiempo, así como respuestas adecuadas a las exigencias propias de la
comunidad cristiana.
En el espíritu del Concilio Vaticano II
11. El Concilio Vaticano II ha puesto las bases de una renovada
relación
entre la Iglesia y la cultura, que tiene inmediatas repercusiones
también
en el mundo del arte. Es una relación que se presenta bajo el signo
de la
amistad, de la apertura y del diálogo. En la Constitución pastoral
Gaudium et Spes, los Padres conciliares subrayaron la « gran
importancia » de la literatura y las artes en la vida del hombre: «
También la literatura y el arte tienen gran importancia para la vida
de la Iglesia, ya que pretenden estudiar la índole propia del
hombre, sus problemas y su experiencia en el esfuerzo por conocerse
mejor y perfeccionarse a sí mismo y al mundo; se afanan por
descubrir su situación en la historia y en el universo, por iluminar
las miserias y los gozos, las necesidades y las capacidades de los
hombres, y por diseñar un mejor destino para el hombre ».(18)
Sobre esta base, al concluir el Concilio, los Padres dirigieron un
saludo
y una llamada a los artistas: « Este mundo en que vivimos —decían—
tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La
belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres;
es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a
las generaciones y las hace comunicarse en la admiración ».(19)
Precisamente en este espíritu de estima profunda por la belleza, la
Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia había
recordado la histórica amistad de la Iglesia con el arte y, hablando
más específicamente del arte sacro, « cumbre » del arte religioso,
no dudó en considerar « noble ministerio » a la actividad de los
artistas cuando sus obras son capaces de reflejar de algún modo la
infinita belleza de Dios y de dirigir el pensamiento de los hombres
hacia Él.(20) También por su aportación « se manifiesta mejor el
conocimiento de Dios » y « la predicación evangélica se hace más
transparente a la inteligencia humana ».(21) A la luz de esto, no
debe sorprender la afirmación del P. Marie Dominique Chenu, según la
cual el historiador de la teología haría un trabajo incompleto si no
reservara la debida atención a las realizaciones artísticas, tanto
literarias como plásticas, que a su manera no son « solamente
ilustraciones estéticas, sino verdaderos “lugares” teológicos ».(22)
La Iglesia tiene necesidad del arte
12. Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia
tiene
necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún,
fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de
Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí
mismo es inefable.
Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u
otro
aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que
ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto, sin
privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de
misterio.
La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar
todo
esto en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las
infinitas
posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones simbólicas.
Cristo
mismo ha utilizado abundantemente las imágenes en su predicación, en
plena coherencia con la decisión de ser Él mismo, en la Encarnación,
icono del Dios invisible.
La Iglesia necesita también de los músicos. ¡Cuántas piezas sacras
han
compuesto a lo largo de los siglos personas profundamente imbuidas
del
sentido del misterio! Innumerables creyentes han alimentado su fe
con las melodías surgidas del corazón de otros creyentes, que han
pasado a formar parte de la liturgia o que, al menos, son de gran
ayuda para el decoro de su celebración. En el canto, la fe se
experimenta como exuberancia de alegría, de amor, de confiada espera
en la intervención salvífica de Dios.
La Iglesia tiene necesidad de arquitectos, porque requiere lugares
para
reunir al pueblo cristiano y celebrar los misterios de la salvación.
Tras
las terribles destrucciones de la última guerra mundial y la
expansión de
las metrópolis, muchos arquitectos de la nueva generación se han
fraguado teniendo en cuenta las exigencias del culto cristiano,
confirmando así la capacidad de inspiración que el tema religioso
posee, incluso por lo que se refiere a los criterios arquitectónicos
de nuestro tiempo. En efecto, no pocas veces se han construido
templos que son, a la vez, lugares de oración y auténticas obras de
arte.
El arte, ¿tiene necesidad de la Iglesia?
13. La Iglesia, pues, tiene necesidad del arte. Pero, ?se puede
decir
también que el arte necesita a la Iglesia? La pregunta puede parecer
provocadora. En realidad, si se entiende de manera apropiada, tiene
una
motivación legítima y profunda. El artista busca siempre el sentido
recóndito de las cosas y su ansia es conseguir expresar el mundo de
lo
inefable. ¿Cómo ignorar, pues, la gran inspiración que le puede
venir de
esa especie de patria del alma que es la religión? ¿No es acaso en
el
ámbito religioso donde se plantean las más importantes preguntas
personales y se buscan las respuestas existenciales definitivas?
De hecho, los temas religiosos son de los más tratados por los
artistas de
todas las épocas. La Iglesia ha recurrido a su capacidad creativa
para
interpretar el mensaje evangélico y su aplicación concreta en la
vida de
la comunidad cristiana. Esta colaboración ha dado lugar a un mutuo
enriquecimiento espiritual. En definitiva, ha salido beneficiada la
comprensión del hombre, de su imagen auténtica, de su verdad. Se ha
puesto de relieve también una peculiar relación entre el arte y la
revelación cristiana. Esto no quiere decir que el genio humano no
haya sido incentivado también por otros contextos religiosos. Baste
recordar el arte antiguo, especialmente griego y romano, o el
todavía floreciente de las antiquísimas civilizaciones del Oriente.
Sin embargo, sigue siendo verdad que el cristianismo, en virtud del
dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios, ofrece al artista
un horizonte particularmente rico de
motivos de inspiración. ¡Cómo se empobrecería el arte si se
abandonara el filón inagotable del Evangelio!
Llamada a los artistas
14. Con esta Carta me dirijo a vosotros, artistas del mundo entero,
para
confirmaros mi estima y para contribuir a reanudar
una más provechosa cooperación entre el arte y la Iglesia. La mía es
una
invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión espiritual y
religiosa que ha caracterizado el arte en todos los tiempos, en sus
más
nobles formas expresivas. En este sentido os dirijo una llamada a
vosotros, artistas de la palabra escrita y oral, del teatro y de la
música, de las artes plásticas y de las más modernas tecnologías de
la
comunicación. Hago una llamada especial a los artistas cristianos.
Quiero
recordar a cada uno de vosotros que la alianza establecida desde
siempre entre el Evangelio y el arte, más allá de las exigencias
funcionales, implica la invitación a adentrarse con intuición
creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el
misterio del hombre.
Todo ser humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo.
Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que « manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre ».(23) En Cristo, Dios ha
reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados a
dar testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y mujeres
que habéis dedicado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de
vuestra genialidad que en Cristo el mundo ha sido redimido: redimido
el hombre, redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera,
de la cual san Pablo ha escrito que espera ansiosa « la revelación
de los hijos de Dios » (Rm 8, 19). Espera la revelación de los hijos
de Dios también mediante el arte y en el arte. Ésta es vuestra
misión. En contacto con las obras de arte, la humanidad de todos los
tiempos —también la de hoy— espera ser iluminada sobre el propio
rumbo y el propio destino.
Espíritu creador e inspiración artística
15. En la Iglesia resuena con frecuencia la invocación al Espíritu
Santo:
Veni, Creator Spiritus... – « Ven, Espíritu creador, visita las
almas de
tus fieles y llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo
creaste
».(24)
El Espíritu Santo, « el soplo » (ruah), es Aquél al que se refiere
el
libro del Génesis: « La tierra era caos y confusión y oscuridad por
encima
del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas »
(1, 2).
Hay una gran afinidad entre las palabras « soplo - espiración » e «
inspiración ». El Espíritu es el misterioso artista del universo. En
la
perspectiva del tercer milenio, quisiera que todos los artistas
reciban
abundantemente el don de las inspiraciones creativas, de las que
surge
toda auténtica obra de arte.
Queridos artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos,
interiores y exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No
obstante, en toda
inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel « soplo »
con el
que el Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra de la
creación. Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan el
universo, el soplo divino del Espíritu creador se encuentra con el
genio
del hombre, impulsando su capacidad creativa. Lo alcanza con una
especie de iluminación interior, que une al mismo tiempo la
tendencia al bien y a lo bello, despertando en él las energías de la
mente y del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y
darle forma en la obra de arte. Se habla justamente entonces, si
bien de manera análoga, de « momentos de gracia », porque el ser
humano es capaz de tener una cierta experiencia del Absoluto que le
transciende.
La « Belleza » que salva
16. Ya en los umbrales del tercer milenio, deseo a todos vosotros,
queridos artistas, que os lleguen con particular intensidad estas
inspiraciones creativas. Que la belleza que transmitáis a las
generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la
sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del
universo, la única actitud apropiada es el asombro.
De esto, desde el asombro, podrá surgir aquel entusiasmo del que
habla
Norwid en el poema al que me refería al comienzo. Los hombres de hoy
y de mañana tienen necesidad de este entusiasmo para afrontar y
superar los desafíos cruciales que se avistan en el horizonte.
Gracias a él la
humanidad, después de cada momento de extravío, podrá ponerse en pie
y reanudar su camino. Precisamente en este sentido se ha dicho, con
profunda intuición, que « la belleza salvará al mundo ».(25)
La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una
invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza
de las
cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana
nostalgia de
Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido
interpretar de manera inigualable: « ¡Tarde te amé, belleza tan
antigua y tan nueva, tarde te amé! ».(26)
Os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos
conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que
el asombro se
convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible.
Que el misterio de Cristo resucitado, con cuya contemplación exulta
en
estos días la Iglesia, os inspire y oriente.
Que os acompañe la Santísima Virgen, la « tota pulchra » que
innumerables artistas han plasmado y que el gran Dante contempla en
el fulgor del Paraíso como « belleza, que alegraba los ojos de todos
los otros santos ».(27)
« Surge del caos el mundo del espíritu ». Las palabras que Adam
Michiewicz escribía en un momento de gran prueba para la patria
polaca,(28) me sugieren un auspicio para vosotros: que vuestro arte
contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi
como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia,
abriendo las almas al sentido de lo eterno.
Con mis mejores deseos.
Vaticano, 4 de abril de 1999, Pascua de Resurrección.
(1) Dialogus de ludo globi, Lib. II: Philosophisch-Theologische
Schriften,
Viena 1967, III, p. 332.
(2) Las virtudes morales, y entre ellas en particular la prudencia,
permiten al sujeto obrar en armonía con el criterio del bien y del
mal
moral, según la recta ratio agibilium (el justo criterio de la
conducta).
El arte, al contrario, es definido por la filosofía como recta ratio
factibilium (el justo criterio de las realizaciones).
(3) Promtehidion: Bogumil vv. 185-186: Pisma wybrane, Varsovia 1968,
vol.
2, p. 216.
(4) La versión griega de los Setenta expresó adecuadamente este
aspecto,
traduciendo el término t(o-)b (bueno) del texto hebreo con kalón
(bello).
(5) Filebo, 65 A.
(6) Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 80: AAS 91
(1999), 67.
(7) San Gregorio Magno formuló magistralmente este principio
pedagógico en
una carta del 599 al Obispo de Marsella, Sereno: « La pintura se usa
en
las iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las
paredes,
puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices »,
Epistulae, IX, 209: CCL 140 A, 1714.
(8) Alabanzas al Dios altísimo, vv. 7 y 10: Fonti Francescane, n.
261,
Padua 1982, p. 177.
(9) Legenda maior, IX, 1: Fonti Francescane, n. 1162, l. c., p. 911.
(10) Enkomia del Orthós del Santo y Gran Sábado.
(11) Homilía, I, 2: PG 34, 451.
(12) « At nobis ars una fides et musica Christus »: Carmen 20, 31:
CCL
203, 144.
(13) Cf. Carta ap. Duodecimum saeculum, al cumplirse el XII
centenario del
II Concilio de Nicea (4 diciembre 1987), 8-9: AAS 80 (1988),
247-249.
(14) La prospettiva rovesciata ed altri scritti, Roma 1984, p. 63.
(15) Paraíso XXV, 1-2.
(16) Cf. Homilía durante la Santa Misa al término de los trabajos de
restauración de los frescos de Miguel Ángel (8 abril 1994):
L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 15 abril 1994, 12.
(17) Cf. AAS 56 (1964), 438-444.
(18) N. 62.
(19) Mensaje a los artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf. n. 122.
(21) Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual,
62.
(22) La teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia
en el mundo actual, 22.
(24) Himno de Vísperas de Pentecostés.
(25) F. DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) « Sero te amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te
amavi!
»: Confesiones, 10, 27, 38: CCL 27, 251.
(27) Paraíso, XXXI, 134-135.
(28) Oda do mlodosci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p.
63.
rescos de Miguel Ángel (8 abril 1994): L'Osservatore Romano, ed.
semanal
en lengua española, 15 abril 1994, 12.
(17) Cf. AAS 56 (1964), 438-444.
(18) N. 62.
(19) Mensaje a los artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf. n. 122.
(21) Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual,
62.
(22) La teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia
en el mundo actual, 22.
(24) Himno de Vísperas de Pentecostés.
(25) F. DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) « Sero te amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te
amavi!
»: Confesiones, 10, 27, 38: CCL 27, 251.
(27) Paraíso, XXXI, 134-135.
(28) Oda do mlodosci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p.
63.
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