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EPÍSTOLA
ENCÍCLICA
AETERNI PATRIS
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA RESTAURACIÓN
DE LA FILOSOFÍA CRISTIANA
CONFORME A LA DOCTRINA
DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Venerables
Hermanos:
Salud y bendición apostólica.
El Hijo
Unigénito del Eterno Padre, que apareció sobre la tierra para
traer al humano linaje la salvación y la luz de la divina sabiduría
hizo ciertamente un grande y admirable beneficio al mundo cuando,
habiendo de subir nuevamente a los cielos, mandó a los apóstoles
que «fuesen a enseñar a todas las gentes» (Mt 28,19), y dejó a
la Iglesia por él fundada por común y suprema maestra de los
pueblos. Pues los hombres, a quien la verdad había libertado debían
ser conservados por la verdad; ni hubieran durado por largo tiempo
los frutos de las celestiales doctrinas, por los que adquirió el
hombre la salud, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido
un magisterio perenne para instruir los entendimientos en la fe.
Pero la Iglesia, ora animada con las promesas de su divino autor,
ora imitando su caridad, de tal suerte cumplió sus preceptos, que
tuvo siempre por mira y fue su principal deseo enseñar la religión
y luchar perpetuamente con los errores. A esto tienden los
diligentes trabajos de cada uno de los Obispos, a esto las leyes y
decretos promulgados de los Concilios y en especial la cotidiana
solicitud de los Romanos Pontífices, a quienes como a sucesores
en el primado del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles,
pertenecen el derecho y la obligación de enseñar y confirmar a
sus hermanos en la fe. Pero como, según el aviso del Apóstol, «por
la filosofía y la vana falacia» (Col 2,18) suelen ser engañadas
las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad
de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia
siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con
todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez
proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se
enseñasen en todas partes según la regla de la fe católica, y
en especial la filosofía, de la cual sin duda depende en gran
parte la recta enseñanza de las demás ciencias. Ya Nos,
venerables hermanos, os advertimos brevemente, entre otras cosas,
esto mismo, cuando por primera vez nos hemos dirigido a vosotros
por cartas Encíclicas; pero ahora, por la gravedad del asunto y
la condición de los tiempos, nos vemos compelidos por segunda vez
a tratar con vosotros de establecer para los estudios filosóficos
un método que no solo corresponda perfectamente al bien de la fe,
sino que esté conforme con la misma dignidad de las ciencias
humanas.
Si
alguno fija la consideración en la acerbidad de nuestros tiempos,
y abraza con el pensamiento la condición de las cosas que pública
y privadamente se ejecutan, descubrirá sin duda la causa fecunda
de los males, tanto de aquellos que hoy nos oprimen, como de los
que tememos, consiste en que los perversos principios sobre las
cosas divinas y humanas, emanados hace tiempo de las escuelas de
los filósofos, se han introducido en todos los órdenes de la
sociedad recibidos por el común sufragio de muchos. Pues siendo
natural al hombre que en el obrar tenga a la razón por guía, si
en algo falta la inteligencia, fácilmente cae también en lo
mismo la voluntad; y así acontece que la perversidad de las
opiniones, cuyo asiento está en la inteligencia, influye en las
acciones humanas y las pervierte. Por el contrario, si está sano
el entendimiento del hombre y se apoya firmemente en sólidos y
verdaderos principios, producirá muchos beneficios de pública y
privada utilidad. Ciertamente no atribuimos tal fuerza y autoridad
a la filosofía humana, que la creamos suficiente para rechazar y
arrancar todos los errores; pues así como cuando al principio fue
instituida la religión cristiana, el mundo tuvo la dicha de ser
restituido a su dignidad primitiva, mediante la luz admirable de
la fe, «no con las persuasivas palabras de la humana sabiduría,
sino en la manifestación del espíritu y de la virtud» (1Cor
2,4) así también al presente debe esperarse principalísimamente
del omnipotente poder de Dios y de su auxilio, que las
inteligencias de los hombres, disipadas las tinieblas del error,
vuelvan a la verdad. Pero no se han de despreciar ni posponer los
auxilios naturales, que por beneficio de la divina sabiduría, que
dispone fuerte y suavemente todas las cosas, están a disposición
del género humano, entre cuyos auxilios consta ser el principal
el recto uso de la filosofía. No en vano imprimió Dios en la
mente humana la luz de la razón, y dista tanto de apagar o
disminuir la añadida luz de la fe la virtud de la inteligencia,
que antes bien la perfecciona, y aumentadas sus fuerzas, la hace hábil
para mayores empresas. Pide, pues, el orden de la misma
Providencia, que se pida apoyo aun a la ciencia humana, al llamar
a los pueblos a la fe y a la salud: industria plausible y sabia
que los monumentos de la antigüedad atestiguan haber sido
practicada por los preclarísimos Padres de la Iglesia. Estos
acostumbraron a ocupar la razón en muchos e importantes oficios,
todos los que compendió brevísimamente el grande Agustín, «atribuyendo
a esta ciencia... aquello con que la fe salubérrima... se
engendra, se nutre, se defiende, se consolida» (1).
En
primer lugar, la filosofía, si se emplea debidamente por los
sabios, puede de cierto allanar y facilitar de algún modo el
camino a la verdadera fe y preparar convenientemente los ánimos
de sus alumnos a recibir la revelación; por lo cual, no sin
injusticia, fue llamada por los antiguos, «ora previa institución
a la fe cristiana» (2), «ora preludio y auxilio del cristianismo»
(3), «ora pedagogo del Evangelio» (4).
Y
en verdad, nuestro benignísimo Dios, en lo que toca a las cosas
divinas no nos manifestó solamente aquellas verdades para cuyo
conocimiento es insuficiente la humana inteligencia, sino que
manifestó también algunas, no del todo inaccesibles a la razón,
para que sobreviniendo la autoridad de Dios al punto y sin ninguna
mezcla de error, se hiciesen a todos manifiestas. De aquí que los
mismos sabios, iluminados tan solo por la razón natural hayan
conocido, demostrado y defendido con argumentos convenientes
algunas verdades que, o se proponen como objeto de fe divina, o
están unidas por ciertos estrechísimos lazos con la doctrina de
la fe. «Porque las cosas de él invisibles se ven después de la
creación del mundo, consideradas por las obras criadas aun su
sempiterna virtud y divinidad» (Rom 1, 20), y «las gentes que no
tienen la ley... sin embargo, muestran la obra de la ley escrita
en sus corazones» (Rom 11. 14, 15). Es, pues, sumamente oportuno
que estas verdades, aun reconocidas por los mismos sabios paganos,
se conviertan en provecho y utilidad de la doctrina revelada, para
que, en efecto, se manifieste que también la humana sabiduría y
el mismo testimonio de los adversarios favorecen a la fe
cristiana; cuyo modelo de obrar consta que no ha sido
recientemente introducido, sino que es antiguo, y fue usado muchas
veces por los Santos Padres de la Iglesia. Aun más: estos
venerables testigos y custodios de las tradiciones religiosas
reconocen cierta norma de esto, y casi una figura en el hecho de
los hebreos que, al tiempo de salir de Egipto, recibieron el
mandato de llevar consigo los vasos de oro y plata de los
egipcios, para que, cambiado repentinamente su uso, sirviese a la
religión del Dios verdadero aquella vajilla, que antes había
servido para ritos ignominiosos y para la superstición. Gregorio
Neocesarense (5) alaba a Orígenes, porque convirtió con
admirable destreza muchos conocimientos tomados ingeniosamente de
las máximas de los infieles, como dardos casi arrebatados a los
enemigos, en defensa de la filosofía cristiana y en perjuicio de
la superstición. Y el mismo modo de disputar alaban y aprueban en
Basilio el Grande, ya Gregorio Nacianceno (6), ya Gregorio Niseno
(7), y Jerónimo le recomienda grandemente en Cuadrato, discípulo
de los Apóstoles, en Arístides, en Justino, en Ireneo y otros
muchos (8). Y Agustín dice: «¿No vemos con cuánto oro y plata,
y con qué vestidos salió cargado de Egipto Cipriano, doctor suavísimo
y mártir beatísimo? ¿Con cuánto Lactancio? ¿Con cuánto
Victorino, Optato, Hilario? Y para no hablar de los vivos, ¿con
cuánto innumerables griegos?» (9). Verdaderamente, si la razón
natural dio tan ópima semilla de doctrina antes de ser fecundada
con la virtud de Cristo, mucho más abundante la producirá
ciertamente después que la gracia del Salvador restauró y
enriqueció las fuerzas naturales de la humana mente. ¿Y quién
no ve que con este modo de filosofar se abre un camino llano y
practicable a la fe?
No
se circunscribe, no obstante, dentro de estos límites la utilidad
que dimana de aquella manera de filosofar. Y realmente, las páginas
de la divina sabiduría reprenden gravemente la necedad de
aquellos hombres «que de los bienes que se ven no supieron
conocer al que es, ni considerando las obras reconocieron quien
fuese su artífice» (Sap 13,1). Así en primer lugar el grande y
excelentísimo fruto que se recoge de la razón humana es el
demostrar que hay un Dios: «pues por la grandeza de la hermosura
de la criatura se podrá a las claras venir en conocimiento del
Criador de ellas» (Sap 13,5). Después demuestra (la razón) que
Dios sobresale singularmente por la reunión de todas las
perfecciones, primero por la infinita sabiduría, a la cual jamás
puede ocultarse cosa alguna, y por la suma justicia a la cual
nunca puede vencer afecto alguno perverso; por lo mismo que Dios
no solo es veraz, sino también la misma verdad, incapaz de engañar
y de engañarse. De lo cual se sigue clarísimamente que la razón
humana granjea a la palabra de Dios plenísima fe y autoridad.
Igualmente la razón declara que la doctrina evangélica brilló
aun desde su origen por ciertos prodigios, como argumentos ciertos
de la verdad, y que por lo tanto todos los que creen en el
Evangelio no creen temerariamente, como si siguiesen doctas fábulas
(cf. 2Petr 1, 16), sino que con un obsequio del todo racional,
sujetan su inteligencia y su juicio a la divina autoridad. Entiéndase
que no es de menor precio el que la razón ponga de manifiesto que
la iglesia instituida por Cristo, como estableció el Concilio
Vaticano «por su admirable propagación, eximia santidad e
inagotable fecundidad en todas las religiones, por la unidad católica,
e invencible estabilidad, es un grande y perenne motivo de
credibilidad y testimonio irrefragable de su divina misión»
(10).
Puestos
así estos solidísimos fundamentos, todavía se requiere un uso
perpetuo y múltiple de la filosofía para que la sagrada teología
tome y vista la naturaleza, hábito e índole de verdadera
ciencia. En ésta, la más noble de todas las ciencias, es
grandemente necesario que las muchas y diversas partes de las
celestiales doctrinas se reúnan como en un cuerpo, para que cada
una de ellas, convenientemente dispuesta en su lugar, y deducida
de sus propios principios, esté relacionada con las demás por
una conexión oportuna; por último, que todas y cada una de ellas
se confirmen en sus propios e invencibles argumentos. Ni se ha de
pasar en silencio o estimar en poco aquel más diligente y
abundante conocimiento de las cosas, que de los mismos misterios
de la fe, que Agustín y otros Santos Padres alabaron y procuraron
conseguir, y que el mismo Concilio Vaticano (11) juzgó fructuosísima,
y ciertamente conseguirán más perfecta y fácilmente este
conocimiento y esta inteligencia aquellos que, con la integridad
de la vida y el amor a la fe, reúnan un ingenio adornado con las
ciencias filosóficas, especialmente enseñando el Sínodo
Vaticano, que esta misma inteligencia de los sagrados dogmas
conviene tomarla «ya de la analogía de las cosas que
naturalmente se conocen, ya del enlace de los mismos misterios
entre sí y con el fin último del hombre» (12).
Por
último, también pertenece a las ciencias filosóficas, defender
religiosamente las verdades enseñadas por revelación y resistir
a los que se atrevan a impugnarlas. Bajo este respecto es grande
alabanza de la filosofía el ser considerada baluarte de la fe y
como firme defensa de la religión. Como atestigua Clemente
Alejandrino, «es por sí misma perfecta la doctrina del Salvador
y de ninguno necesita, siendo virtud y sabiduría de Dios. La
filosofía griega, que se le une, no hace más poderosa la verdad;
pero haciendo débiles los argumentos de los sofistas contra
aquella, y rechazando las engañosas asechanzas contra la misma,
fue llamada oportunamente cerca y valla de la viña» (13).
Ciertamente, así como los enemigos del nombre cristiano para
pelear contra la religión toman muchas veces de la razón filosófica
sus instrumentos bélicos; así los defensores de las ciencias
divinas toman del arsenal de la filosofía muchas cosas con que
poder defender los dogmas revelados. Ni se ha de juzgar que
obtenga pequeño triunfo la fe cristiana, porque las armas de los
adversarios, preparadas por arte de la humana razón para hacer daño,
sean rechazadas poderosa y prontamente por la misma humana razón.
Esta
especie de religioso combate fue usado por el mismo Apóstol de
las gentes, como lo recuerda San Jerónimo escribiendo a Magno: «Pablo,
capitán del ejército cristiano, es orador invicto, defendiendo
la causa de Cristo, hace servir con arte una inscripción fortuita
para argumento de la fe; había aprendido del verdadero David a
arrancar la espada de manos de los enemigos, y a cortar la cabeza
del soberbio Goliat con su espada» (14). Y la misma Iglesia no
solamente aconseja, sino que también manda que los doctores católicos
pidan este auxilio a la filosofía. Pues el Concilio Lateranense
V, después de establecer que «toda aserción contraria a la
verdad de la fe revelada es completamente falsa, porque la verdad
jamás se opuso a la verdad» (15), manda a los Doctores de
filosofía, que se ocupen diligentemente en resolver los engañosos
argumentos, pues como testifica Agustino, «si se da una razón
contra la autoridad de las Divinas Escrituras, por más aguda que
sea, engañará con la semejanza de verdad, pero no puede ser
verdadera» (16).
Mas
para que la filosofía sea capaz de producir los preciosos frutos
que hemos recibido, es de todo punto necesario que jamás se
aparte de aquellos trámites que siguió la veneranda antigüedad
de los Padres y aprobó el Sínodo Vaticano con el solemne
sufragio de la autoridad. En verdad está claramente averiguado
que se han de aceptar muchas verdades del orden sobrenatural que
superan con mucho las fuerzas de todas las inteligencias, la razón
humana, conocedora de la propia debilidad, no se atreve a aceptar
cosas superiores a ella, ni negar las mismas verdades, ni medirlas
con su propia capacidad, ni interpretarlas a su antojo; antes bien
debe recibirlas con plena y humilde fe y tener a sumo honor el
serla permitido por beneficio de Dios servir como esclava y
servidora a las doctrinas celestiales y de algún modo llegarlas a
conocer. En todas estas doctrinas principales, que la humana
inteligencia no puede recibir naturalmente, es muy justo que la
filosofía use de su método, de sus principios y argumentos; pero
no de tal modo que parezca querer sustraerse a la divina
autoridad. Antes constando que las cosas conocidas por revelación
gozan de una verdad indisputable, y que las que se oponen a la fe
pugnan también con la recta razón, debe tener presente el filósofo
católico que violará a la vez los derechos de la fe y la razón,
abrazando algún principio que conoce que repugna a la doctrina
revelada.
Sabemos
muy bien que no faltan quienes, ensalzando más de lo justo las
facultades de la naturaleza humana, defiendan que la inteligencia
del hombre, una vez sometida a la autoridad divina, cae de su
natural dignidad, está ligada y como impedida para que no pueda
llegar a la cumbre de la verdad y de la excelencia. Pero estas
doctrinas están llenas de error y de falacia, y finalmente
tienden a que los hombres con suma necedad, y no sin el crimen de
ingratitud, repudien las más sublimes verdades y espontáneamente
rechacen el beneficio de la fe, de la cual aun para la sociedad
civil brotaron las fuentes de todos los bienes. Pues hallándose
encerrada la humana mente en ciertos y muy estrechos límites, está
sujeta a muchos errores y a ignorar muchas cosas. Por el
contrario, la fe cristiana, apoyándose en la autoridad de Dios,
es maestra infalible de la verdad, siguiendo la cual ninguno cae
en los lazos del error, ni es agitado por las olas de inciertas
opiniones. Por lo cual, los que unen el estudio de la filosofía
con la obediencia a la fe cristiana, razonan perfectamente,
supuesto que el esplendor de las divinas verdades, recibido por el
alma, auxilia la inteligencia, a la cual no quita nada de su
dignidad, sino que la añade muchísima nobleza, penetración y
energía. Y cuando dirigen la perspicacia del ingenio a rechazar
las sentencias que repugnan a la fe y a aprobar las que concuerdan
con ésta, ejercitan digna y utilísimamente la razón: pues en lo
primero descubren las causas del error y conocen el vicio de los
argumentos, y en lo último están en posesión de las razones con
que se demuestra sólidamente y se persuade a todo hombre prudente
de la verdad de dichas sentencias. El que niegue que con esta
industria y ejercicio se aumentan las riquezas de la mente y se
desarrollan sus facultades, es necesario que absurdamente pretenda
que no conduce al perfeccionamiento del ingenio la distinción de
lo verdadero y de lo falso. Con razón el Concilio Vaticano
recuerda con estas palabras los beneficios que a la razón presta
la fe: «La fe libra y defiende a la razón de los errores y la
instruye en muchos conocimientos» (17). Y por consiguiente el
hombre, si lo entendiese, no debía culpar a la fe de enemiga de
la razón, antes bien debía dar dignas gracias a Dios, y
alegrarse vehementemente de que entre las muchas causas de la
ignorancia y en medio de las olas de los errores le haya iluminado
aquella fe santísima, que como amiga estrella indica el puerto de
la verdad, excluyendo todo temor de errar.
Porque,
Venerables hermanos, si dirigís una mirada a la historia de la
filosofía, comprenderéis que todas las cosas que poco antes
hemos dicho se comprueban con los hechos. Y ciertamente de los
antiguos filósofos, que carecieron del beneficio de la fe, aun
los que son considerados como más sabios, erraron pésimamente en
muchas cosas, falsas e indecorosas, cuantas inciertas y dudosas
entre algunas verdaderas, enseñaron sobre la verdadera naturaleza
de la divinidad, sobre el origen primitivo de las cosas sobre el
gobierno del mundo, sobre el conocimiento divino de las cosas
futuras, sobre la causa y principio de los males, sobre el último
fin del hombre y la eterna bienaventuranza, sobre las virtudes y
los vicios y sobre otras doctrinas cuyo verdadero y cierto
conocimiento es la cosa más necesaria al género humano.
Por
el contrario, los primeros Padres y Doctores de la Iglesia, que
habían entendido muy bien que por decreto de la divina voluntad
el restaurador de la ciencia humana era también jesucristo, que
es la virtud de Dios y su sabiduría (1Cor 1,24), y «en el cual
están escondidos los tesoros de la sabiduría» (Col 2,3),
trataron de investigar los libros de los antiguos sabios y de
comparar sus sentencias con las doctrinas reveladas, y con
prudente elección abrazaron las que en ellas vieron perfectamente
dichas y sabiamente pensadas, enmendando o rechazando las demás.
Pues así como Dios, infinitamente próvido, suscitó para defensa
de la Iglesia mártires fortísimos, pródigos de sus grandes
almas, contra la crueldad de los tiranos, así a los falsos filósofos
o herejes opuso varones grandísimos en sabiduría, que
defendiesen, aun con el apoyo de la razón el depósito de las
verdades reveladas. Y así desde los primeros días de la Iglesia
la doctrina católica tuvo adversarios muy hostiles que, burlándose
de dogmas e instituciones de los cristianos, sostenían la
pluralidad de los dioses, que la materia del mundo careció de
principio y de causa, y que el curso de las cosas se conservaba
mediante una fuerza ciega y una necesidad fatal y no era dirigido
por el consejo de la Divina Providencia. Ahora bien; con estos
maestros de disparatada doctrina disputaron oportunamente aquellos
sabios que llamamos Apologistas, quienes precedidos de la fe
usaron también los argumentos de la humana sabiduría con los que
establecieron que debe ser adorado un sólo Dios, excelentísimo
en todo género de perfecciones, que todas las cosas que han sido
sacadas de la nada por su omnipotente virtud, subsisten por su
sabiduría y cada una se mueve y dirige a sus propios fines. Ocupa
el primer puesto entre estos San Justino mártir, quien después
de haber recorrido las más célebres academias de los griegos
para adquirir experiencia, y de haber visto, como él mismo
confiesa a boca llena, que la verdad solamente puede sacarse de
las doctrinas reveladas, abrazándolas con todo el ardor de su espíritu,
las purgó de calumnias, ante los Emperadores romanos, y en no
pocas sentencias de los filósofos griegos convino con éstos. Lo
mismo hicieron excelentemente por este tiempo Quadrato y
Aristides, Hermias y Atenágoras. Ni menos gloria consiguió por
el mismo motivo Ireneo, mártir invicto y Obispo de la iglesia de
Lyón, quien refutando valerosamente las perversas opiniones de
los orientales diseminadas merced a los gnósticos por todo el
imperio romano, «explicó, según San Jerónimo, los principios
de cada una de las herejías y de qué fuentes filosóficas
dimanaron»(18). Todos conocen las disputas de Clemente
Alejandrino, que el mismo Jerónimo, para honrarlas, recuerda así:
«¿Qué hay en ellas de indocto? y más, ¿qué no hay de la
filosofía media?» (19). El mismo trató con increíble variedad
de muchas cosas utilísimas para fundar la filosofía de la
historia, ejercitar oportunamente la dialéctica, establecer la
concordia entre la razón y la fe. Siguiendo a éste Orígenes,
insigne en el magisterio de la iglesia alejandrina, eruditísimo
en las doctrinas de los griegos y de los orientales, dio a luz
muchos y eruditos volúmenes para explicar las sagradas letras y
para ilustrar los dogmas sagrados, cuyas obras, aunque como hoy
existen no carezcan absolutamente de errores, contienen, no
obstante, gran cantidad de sentencias, con las que se aumentan las
verdades naturales en número y en firmeza. Tertuliano combate
contra los herejes con la autoridad de las sagradas letras, y con
los filósofos, cambiando el género de armas filosóficamente, y
convence a éstos tan sutil y eruditamente que a las claras y con
confianza les dice: «Ni en la ciencia ni el arte somos igualados,
como pensáis vosotros» (20).
Arnovio, en los libros publicados contra los herejes, y Lactancio,
especialmente en sus instituciones divinas, se esfuerzan
valerosamente por persuadir a los hombres con igual elocuencia y
gallardía de la verdad de los preceptos de la sabiduría
cristiana, no destruyendo la filosofía, como acostumbran los académicos
(21), sino convenciendo a aquellos, en parte con sus propias
armas, y en parte con las tomadas de la lucha de los filósofos
entre sí (22).
Las
cosas que del alma humana, de los divinos atributos y otras
cuestiones de suma importancia dejaron escritas el gran Atanasio y
Crisóstomo el Príncipe de los oradores, de tal manera, a juicio
de todos, sobresalen, que parece no poderse añadir casi nada a su
ingeniosidad y riqueza. Y para no ser pesados en enumerar cada uno
de los apologistas, añadimos el catálogo de los excelsos varones
de que se ha hecho mención, a Basilio el Grande y a los dos
Gregorios, quienes habiendo salido de Atenas, emporio de las
humanas letras, equipados abundantemente con todo el armamento de
la filosofía, convirtieron aquellas mismas ciencias, que con
ardoroso estudio habían adquirido, en refutar a los herejes e
instruir a los cristianos. Pero a todos arrebató la gloria Agustín,
quien de ingenio poderoso, e imbuido perfectamente en las ciencias
sagradas y profanas, lucho acérrimamente contra todos los errores
de sus tiempos con fe suma y no menor doctrina. ¿Qué punto de la
filosofía no trató y, aun más, cuál no investigó diligentísimamente,
ora cuando proponía a los fieles los altísimos misterios de la
fe y los efendía contra los furiosos ímpetus de los adversarios,
ora cuando, reducidas a la nada las fábulas de los maniqueos o
académicos, colocaba sobre tierra firme los fundamentos de la
humana ciencia y su estabilidad, o indagaba la razón del origen,
y las causas de los males que oprimen al género humano? ¿Cuánto
no discutió sutilísimamente acerca de los ángeles, del alma, de
la mente humana, de la voluntad y del libre albedrío, de la
religión y de la vida bienaventurada, y aun de la misma
naturaleza de los cuerpos mudables? Después de este tiempo en el
Oriente Juan Damasceno, siguiendo las huellas de Basilio y
Gregorio de Nacianzo, y en Occidente Boecio y Anselmo, profesando
las doctrinas de Agustín, enriquecieron muchísimo el patrimonio
de la filosofía.
Enseguida
los Doctores de la Edad Media, llamados escolásticos, acometieron
una obra magna, a saber: reunir diligentemente las fecundas y
abundantes mieses de doctrina, refundidas en las voluminosas obras
de los Santos Padres, y reunidas, colocarlas en un solo lugar para
uso y comodidad de los venideros. Cuál sea el origen la índole y
excelencia de la ciencia escolástica, es útil aquí, Venerables
hermanos, mostrarlo más difusamente con las palabras de sapientísimo
varón, nuestro predecesor, Sixto V: «Por don divino de Aquél,
único que da el espíritu de la ciencia, de la sabiduría y del
entendimiento, y que enriquece con nuevos beneficios a su Iglesia
en las cadenas de los siglos, según lo reclama la necesidad, y la
provee de nuevos auxilios fue hallada por nuestros santísimos
mayores la teología escolástica, la cual cultivaron y adornaron
principalísimamente dos gloriosos Doctores, el angélico Santo
Tomás y el seráfico San Buenaventura, clarísimos Profesores de
esta facultad... con ingenio excelente, asiduo estudio, grandes
trabajos y vigilias, y la legaron a la posteridad, dispuesta óptimamente
y explicada con brillantez de muchas maneras. Y, en verdad, el
conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, que fluye de
las abundantísimas fuentes de las diversas letras, Sumos Pontífices,
Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar grande
auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y
sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más
segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir los
varios errores y herejías; pero en estos últimos días, en que
llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, y
hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen en maldad,
errando e induciendo a otros a error, es en verdad sumamente
necesaria para confirmar las dogmas de la fe católica y para
refutar las herejías.» (23)
Palabras
son éstas que, aunque parezcan abrazar solamente la teología
escolástica, está claro que deben entenderse también de la
filosofía y sus alabanzas. Pues las preclaras dotes que hacen tan
temible a los enemigos de la verdad la teología escolástica,
como dice el mismo Pontífice «aquella oportuna y enlazada
coherencia de causas y de cosas entre sí, aquel orden y aquella
disposición como la formación de los soldados en batalla,
aquellas claras definiciones y distinciones, aquella firmeza de
los argumentos y de las agudísimas disputas en que se distinguen
la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, las mentiras de
los herejes envueltas en muchas apariencias y falacias, que como
si se les quitase el vestido aparecen manifiestas y desnudas»
(24); estas excelsas y admirables dotes, decimos, se derivan únicamente
del recto uso de aquella filosofía que los maestros escolásticos,
de propósito y con sabio consejo, acostumbraron a usar
frecuentemente aun en las disputas filosóficas. Además, siendo
propio y singular de los teólogos escolásticos el haber unido la
ciencia humana y divina entre sí con estrechísimo lazo, la
teología, en la que sobresalieron, no habría obtenido tantos
honores y alabanzas de parte de los hombres si hubiesen empleado
una filosofía manca e imperfecta o ligera.
Ahora
bien: entre los Doctores escolásticos brilla grandemente Santo
Tomás de Aquino, Príncipe y Maestro de todos, el cual, como
advierte Cayetano, «por haber venerado en gran manera los
antiguos Doctores sagrados, obtuvo de algún modo la inteligencia
de todos» (25). Sus doctrinas, como miembros dispersos de un
cuerpo, reunió y congregó en uno Tomás, dispuso con orden
admirable, y de tal modo las aumentó con nuevos principios, que
con razón y justicia es tenido por singular apoyo de la Iglesia
católica; de dócil y penetrante ingenio, de memoria fácil y
tenaz, de vida integérrima, amador únicamente de la verdad, riquísimo
en la ciencia divina y humana, comparado al sol, animó al mundo
con el calor de sus virtudes, y le iluminó con esplendor. No hay
parte de la filosofía que no haya tratado aguda y a la vez sólidamente:
trató de las leyes del raciocinio, de Dios y de las substancias
incorpóreas, del hombre y de otras cosas sensibles, de los actos
humanos y de sus principios, de tal modo, que no se echan de menos
en él, ni la abundancia de cuestiones, ni la oportuna disposición
de las partes, ni la firmeza de los principios o la robustez de
los argumentos, ni la claridad y propiedad del lenguaje, ni cierta
facilidad de explicar las cosas abstrusas.
Añádese
a esto que el Doctor Angélico indagó las conclusiones filosóficas
en las razones y principios de las cosas, los que se extienden muy
latamente, y encierran como en su seno las semillas de casi
infinitas verdades, que habían de abrirse con fruto abundantísimo
por los maestros posteriores. Habiendo empleado este método de
filosofía, consiguió haber vencido él solo los errores de los
tiempos pasados, y haber suministrado armas invencibles, para
refutar los errores que perpetuamente se han de renovar en los
siglos futuros. Además, distinguiendo muy bien la razón de la
fe, como es justo, y asociándolas, sin embargo amigablemente,
conservó los derechos de una y otra, proveyó a su dignidad de
tal suerte, que la razón elevada a la mayor altura en alas de Tomás,
ya casi no puede levantarse a regiones más sublimes, ni la fe
puede casi esperar de la razón más y más poderosos auxilios que
los que hasta aquí ha conseguido por Tomás.
Por
estas razones, hombres doctísimos en las edades pasadas, y dignísimos
de alabanza por su saber teológico y filosófico, buscando con
indecible afán los volúmenes inmortales de Tomás, se
consagraron a su angélica sabiduría, no tanto para
perfeccionarle en ella, cuanto para ser totalmente por ella
sustentados. Es un hecho constante que casi todos los fundadores y
legisladores de las órdenes religiosas mandaron a sus compañeros
estudiar las doctrinas de Santo Tomás, y adherirse a ellas
religiosamente, disponiendo que a nadie fuese lícito impunemente
separarse, ni aun en lo más mínimo, de las huellas de tan gran
Maestro. Y dejando a un lado la familia dominicana, que con
derecho indisputable se gloria de este su sumo Doctor, están
obligados a esta ley los Benedictinos, los Carmelitas, los
Agustinos, los Jesuitas y otras muchas órdenes sagradas, como los
estatutos de cada una nos lo manifiestan.
Y
en este lugar, con indecible placer recuerda el alma aquellas
celebérrimas Academias y escuelas que en otro tiempo florecieron
en Europa, a saber: la parisiense, la salmanticense, la
complutense, la duacense, la tolosana, la lovaniense, la patavina,
la boloniana, la napolitana, la coimbricense y otras muchas. Nadie
ignora que la fama de éstas creció en cierto modo con el tiempo,
y que las sentencias que se les pedían cuando se agitaban gravísimas
cuestiones, tenían mucha autoridad entre los sabios. Pues bien,
es cosa fuera de duda que en aquellos grandes emporios del saber
humano, como en su reino, dominó como príncipe Tomás, y que los
ánimos de todos, tanto maestros como discípulos, descansaron con
admirable concordia en el magisterio y autoridad del Doctor Angélico.
Pero
lo que es más, los Romanos Pontífices nuestros predecesores,
honraron la sabiduría de Tomás de Aquino con singulares elogios
y testimonios amplísimos. Pues Clemente VI (26), Nicolás V (27),
Benedicto XIII (28) y otros, atestiguan que la Iglesia universal
es ilustrada con su admirable doctrina; San Pío V (29), confiesa
que con la misma doctrina las herejías, confundidas y vencidas,
se disipan, y el universo mundo es libertado cotidianamente;
otros, con Clemente XII (30), afirman que de sus doctrinas
dimanaron a la Iglesia católica abundantísimos bienes, y que él
mismo debe ser venerado con aquel honor que se da a los Sumos
Doctores de la Iglesia Gregorio, Ambrosio, Agustín y Jerónimo;
otros, finalmente, no dudaron en proponer en las Academias y
grandes liceos a Santo Tomás como ejemplar y maestro, a quien debía
seguirse con pie firme. Respecto a lo que parecen muy dignas de
recordarse las palabras del B. Urbano V: «Queremos, y por las
presentes os mandamos, que adoptéis la doctrina del
bienaventurado Tomás, como verídica y católica, y procuréis
ampliarla con todas vuestras fuerzas» (31). Renovaron el ejemplo
de Urbano en la Universidad de estudios de Lovaina Inocencio XII
(32), y Benedicto XIV (33), en el Colegio Dionisiano de los
Granatenses. Añádase a estos juicios de los Sumos Pontífices,
sobre Tomás de Aquino, el testimonio de Inocencio VI, como
complemento: «La doctrina de éste tiene sobre las demás,
exceptuada la canónica, propiedad en las palabras, orden en las
materias, verdad en las sentencias, de tal suerte, que nunca a
aquellos que la siguieren se les verá apartarse del camino e la
verdad, y siempre será sospechoso de error el que la impugnare»
(34).
También
los Concilios Ecuménicos, en los que brilla la flor de la sabiduría
escogida en todo el orbe, procuraron perpetuamente tributar honor
singular a Tomás de Aquino. En los Concilios de Lyón, de Viene,
de Florencia y Vaticano, puede decirse que intervino Tomás en las
deliberaciones y decretos de los Padres, y casi fue el presidente,
peleando con fuerza ineluctable y faustísimo éxito contra los
errores de los griegos, de los herejes y de los racionalistas.
Pero la mayor gloria propia de Tomás, alabanza no participada
nunca por ninguno de los Doctores católicos, consiste en que los
Padres tridentinos, para establecer el orden en el mismo Concilio,
quisieron que juntamente con los libros de la Escritura y los
decretos de los Sumos Pontífices se viese sobre el altar la Suma
de Tomás de Aquino, a la cual se pidiesen consejos, razones y oráculos.
Últimamente,
también estaba reservada al varón incomparable obtener la palma
de conseguir obsequios, alabanzas, admiración de los mismos
adversarios del nombre católico. Pues está averiguado que no
faltaron jefes de las facciones heréticas que confesasen públicamente
que, una vez quitada de en medio la doctrina de Tomás de Aquino,
«podían fácilmente entrar en combate con todos los Doctores católicos,
y vencerlos y derrotar la Iglesia» (35). Vana esperanza,
ciertamente, pero testimonio no vano.
Por
esto, venerables hermanos, siempre que consideramos la bondad, la
fuerza y las excelentes utilidades de su ciencia filosófica, que
tanto amaron nuestros mayores, juzgamos, que se obró
temerariamente no conservando siempre y en todas partes el honor
que le es debido; constando especialmente que el uso continuo, el
juicio de grandes hombres, y lo que es más el sufragio de la
Iglesia, favorecían a la filosofía escolástica. Y en lugar de
la antigua doctrina presentóse en varias partes cierta nueva
especie de filosofía, de la cual no se recogieron los frutos
deseados y saludables que la Iglesia y la misma sociedad civil habían
anhelado. Procurándolo los novadores del siglo XVI, agradó el
filosofar sin respeto alguno a la fe, y fue pedida
alternativamente la potestad de escogitar según el gusto y el
genio de cualesquiera cosas. Por cuyo motivo fue ya fácil que se
multiplicasen más de lo justo los géneros de filosofía y
naciesen sentencias diversas y contrarias entre sí aun, acerca de
las cosas principales en los conocimientos humanos. De la multitud
de las sentencias se pasó frecuentísimamente a las vacilaciones
y a las dudas, y desde la lucha, cuán fácilmente caen en error
los entendimientos de los hombres, no hay ninguno que lo ignore.
Dejándose arrastrar los hombres por el ejemplo, el amor a la
novedad pareció también invadir en algunas partes los ánimos de
los filósofos católicos, los cuales, desechando el patrimonio de
la antigua sabiduría, quisieron, mas con prudencia ciertamente
poco sabia y no sin detrimento de las ciencias, hacer cosas
nuevas, que aumentar y perfeccionar con las nuevas las antiguas.
Pues esta múltiple regla de doctrina, fundándose en la autoridad
y arbitrio de cada uno de los maestros, tiene fundamento variable,
y por esta razón no hace a la filosofía firme, estable ni
robusta como la antigua, sino fluctuante y movediza, a la cual, si
acaso sucede que se la halla alguna vez insuficiente para sufrir
el ímpetu de los enemigos, sépase que la causa y culpa de esto
reside en ella misma. Y al decir esto no condenamos en verdad a
aquellos hombres doctos e ingeniosos que ponen su industria y
erudición y las riquezas de los nuevos descubrimientos al
servicio de la filosofía; pues sabemos muy bien que con esto
recibe incremento la ciencia. Pero se ha de evitar diligentísimamente
no hacer consistir en aquella industria y erudición todo o el
principal ejercicio de la filosofía. Del mismo modo se ha de
juzgar de la Sagrada Teología, la cual nos agrada que sea ayudada
e ilustrada con los múltiples auxilios de la erudición; pero es
de todo punto necesario que sea tratada según la grave costumbre
de los escolásticos, para que unidas en ella las fuerzas de la
revelación y de la razón continúe siendo «defensa invencible
de la fe» (36).
Con
excelente consejo no pocos cultivadores de las ciencias filosóficas
intentaron en estos últimos tiempos restaurar últimamente la
filosofía, renovar la preclara doctrina de Tomás de Aquino y
devolverla su antiguo esplendor.
Hemos
sabido, venerables hermanos, que muchos de vuestro orden, con
igual deseo han entrado gallardamente por esta vía con grande
regocijo de nuestro ánimo. A los cuales alabamos ardientemente y
exhortamos a permanecer en el plan comenzado; y a todos los demás
de entre vosotros en particular os hacemos saber, que nada nos es
más grato ni más apetecible que el que todos suministréis
copiosa y abundantemente a la estudiosa juventud los ríos purísimos
de sabiduría que manan en continua y riquísima vena del Angélico
Doctor.
Los
motivos que nos mueven a querer esto con grande ardor son muchos.
Primeramente, siendo costumbre en nuestros días tempetuosos
combatir la fe con las maquinaciones y las astucias de una falsa
sabiduría, todos los jóvenes, y en especial los que se educan
para esperanza de la Iglesia, deben ser alimentados por esto mismo
con el poderoso y robusto pacto de doctrina, para que, potentes
con sus fuerzas y equipados con suficiente armamento se
acostumbren un tiempo a defender fuerte y sabiamente la causa de
la religión, dispuesto siempre, según los consejos evangélicos,
«a satisfacer a todo el que pregunte la razón de aquella
esperanza que tenemos» (1Pet 3,15), y «exhortar con la sana
doctrina y argüir a los que contradicen» (Tit 1,9). Además,
muchos de los hombres que, apartando su espíritu de la fe,
aborrecen las enseñanzas católicas, profesan que para ella es sólo
la razón maestra y guía. Y para sanar a éstos y volverlos a la
fe católica, además del auxilio sobrenatural de Dios, juzgamos
que nada es más oportuno que la sólida doctrina de los Padres y
de los escolásticos, los cuales demuestran con tanta evidencia y
energía los firmísimos fundamentos de la fe, su divino origen,
su infalible verdad, los argumentos con que se prueban, los
beneficios que ha prestado al género humano y su perfecta armonía
con la razón, cuanto basta y aun sobra para doblegar los
entendimientos, aun los más opuestos y contrarios.
La
misma sociedad civil y la doméstica, que se halla en el grave
peligro que todos sabemos, a causa de la peste dominante de las
perversas opiniones, viviría ciertamente más tranquila y más
segura, si en las Academias y en las escuelas se enseñase
doctrina más sana y más conforme con el magisterio de la enseñanza
de la Iglesia, tal como la contienen los volúmenes de Tomás de
Aquino. Todo lo relativo a la genuina noción de la libertad, que
hoy degenera en licencia, al origen divino de toda autoridad, a
las leyes y a su fuerza, al paternal y equitativo imperio de los
Príncipes supremos, a la obediencia a las potestades superiores,
a la mutua caridad entre todos; todo lo que de estas cosas y otras
del mismo tenor es enseñado por Tomás, tiene una robustez grandísima
e invencible para echar por tierra los principios del nuevo
derecho, que, como todos saben, son peligrosos para el tranquilo
orden de las cosas y para el público bienestar. Finalmente, todas
las ciencias humanas deben esperar aumento y prometerse grande
auxilio de esta restauración de las ciencias filosóficas por Nos
propuesta. Porque todas las buenas artes acostumbraron tomar de la
filosofía, como de la ciencia reguladora, la sana enseñanza y el
recto modo, y de aquélla, como de común fuente de vida, sacar
energía.
Una
constante experiencia nos demuestra que, cuando florecieron
mayormente las artes liberales, permaneció incólume el honor y
el sabio juicio de la filosofía, y que fueron descuidadas y casi
olvidadas, cuando la filosofía se inclinó a los errores o se
enredó en inepcias. Por lo cual, aún las ciencias físicas que
son hoy tan apreciadas y excitan singular admiración con tantos
inventos, no recibirán perjuicio alguno con la restauración de
la antigua filosofía, sino que, al contrario, recibirán grande
auxilio. Pues para su fructuoso ejercicio e incremento, no
solamente se han de considerar los hechos y se ha de contemplar la
naturaleza, sino que de los hechos se ha de subir más alto y se
ha de trabajar ingeniosamente para conocer la esencia de las cosas
corpóreas, para investigar las leyes a que obedecen, y los
principios de donde proceden su orden y unidad en la variedad, y
la mutua afinidad en la diversidad. A cuyas investigaciones es
maravillosa cuanta fuerza, luz y auxilio da la filosofía católica,
si se enseña con un sabio método.
Acerca
de lo que debe advertirse también que es grave injuria atribuir a
la filosofía el ser contraria al incremento y desarrollo de las
ciencias naturales. Pues cuando los escolásticos, siguiendo el
sentir de los Santos Padres, enseñaron con frecuencia en la
antropología, que la humana inteligencia solamente por las cosas
sensibles se elevaba a conocer las cosas que carecían de cuerpo y
de materia, naturalmente que nada era más útil al filósofo que
investigar diligentemente los arcanos de la naturaleza y ocuparse
en el estudio de las cosas físicas mucho y por mucho tiempo. Lo
cual confirmaron con su conducta, pues Santo Tomás, el
bienaventurado Alberto el Grande, y otros príncipes de los escolásticos
no se consagraron a la contemplación de la filosofía, de tal
suerte, que no pusiesen grande empeño en conocer las cosas
naturales, y muchos dichos y sentencias suyos en este género de
cosas los aprueban los maestros modernos, y confiesan estar
conformes con la verdad. Además, en nuestros mismos días muchos
y muy insignes Doctores de las ciencias físicas atestiguan clara
y manifiestamente que entre las ciertas y aprobadas conclusiones
de la física más reciente y los principios filosóficos de la
Escuela, no existe verdadera pugna.
Nos,
pues, mientras manifestamos que recibiremos con buena voluntad y
agradecimiento todo lo que se haya dicho sabiamente, todo lo útil
que se haya inventado y escogitado por cualquiera, a vosotros
todos, venerables hermanos, con grave empeño exhortamos a que,
para defensa y gloria de la fe católica, bien de la sociedad e
incremento de todas las ciencias, renovéis y propaguéis latísimamente
la áurea sabiduría de Santo Tomás. Decimos la sabiduría de
Santo Tomás, pues si hay alguna cosa tratada por los escolásticos
con demasiada sutileza o enseñada inconsideradamente; si hay algo
menos concorde con las doctrinas manifiestas de las últimas
edades, o finalmente, no laudable de cualquier modo, de ninguna
manera está en nuestro ánimo proponerlo para ser imitado en
nuestra edad. Por lo demás procuren los maestros elegidos
inteligentemente por vosotros, insinuar en los ánimos de sus discípulos
la doctrina de Tomás de Aquino, y pongan en evidencia su solidez
y excelencia sobre todas las demás. Las Academias fundadas por
vosotros, o las que habéis de fundar, ilustren y defiendan la
misma doctrina y la usen para la refutación de los errores que
circulan, Mas para que no se beba la supuesta doctrina por la
verdadera, ni la corrompida por la sincera, cuidad de que la
sabiduría de Tomás se tome de las mismas fuentes o al menos de
aquellos ríos que, según cierta y conocida opinión de hombres
sabios, han salido de la misma fuente y todavía corren íntegros
y puros; pero de los que se dicen haber procedido de éstos y en
realidad crecieron con aguas ajenas y no saludables, procurad
apartar los ánimos de los jóvenes.
Muy
bien conocemos que nuestros propósitos serán de ningún valor si
no favorece las comunes empresas, Venerables hermanos, Aquel que
en las divinas letras es llamado «Dios de las ciencias» (I Reg
2, 3) en las que también aprendemos «que toda dádiva buena y
todo don perfecto viene de arriba, descendiendo del Padre de las
luces» (Iac. 1, 17). Y además; «si alguno necesita de sabiduría,
pida a Dios que da a todos abundantemente y no se apresure y se le
dará» (Iac 1, 5).
También
en esto sigamos el ejemplo del Doctor Angélico, que nunca se puso
a leer y escribir sin haberse hecho propicio a Dios con sus
ruegos, y el cual confesó cándidamente que todo lo que sabía no
lo había adquirido tanto con su estudio y trabajo, sino que lo
había recibido divinamente; y por lo mismo roguemos todos
juntamente a Dios con humilde y concorde súplica que derrame
sobre todos los hijos de la Iglesia el espíritu de ciencia y de
entendimiento y les abra el sentido para entender la sabiduría. Y
para percibir más abundantes frutos de la divina bondad,
interponed también delante de Dios el patrocinio eficacísimo de
la Virgen María, que es llamada asiento de la sabiduría, y a la
vez tomad por intercesores al bienaventurado José, purísimo
esposo de la Virgen María, y a los grandes Apóstoles Pedro y
Pablo, que renovaron con la verdad el universo mundo corrompido
por el inmundo cieno de los errores y le llenaron con la luz de la
celestial sabiduría.
Por
último, sostenidos con la esperanza del divino auxilio y
confiados en vuestra diligencia pastoral, os damos amantísimamente
en el Señor a todos vosotros, Venerables hermanos, a todo el
Clero y pueblo, a cada uno de vosotros encomendado, la apostólica
bendición, augurio de celestiales dones y testimonio de nuestra
singular benevolencia.
Dado
en Roma, en San Pedro a 4 de Agosto de 1879. En el año segundo de
nuestro Pontificado.
León
Papa XIII.
Notas
(1)
De Trin. lib. XIV, c. 1.
(2)
Clem. Alex. Strom. lib. 1, c. 16; l. VII, c. 3.
(3)
Orig. ad Greg. Thaum.
(4)
Clem. Alex., Strom. I, c. 5.
(5)
Orat. paneg. ad Orenig.
(6)
Vit. Moys.
(7)
Carm. 1, Iamb. 3.
(8)
Epist. ad Magn.
(9)
De doctr. christ. I. 11, c. 40.
(10)
Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 3.
(11)
Const. dogm. de Fid. Cath. cap. 4.
(12)
ibid.
(13)
Strom. lib. 1, c. 20.
(14)
Epist. ad Magn.
(15)
Bulla Apostolicis Regiminis.
(16)
Epist. 143 (al 7) ad Marcellin, n. 7.
(17)
Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 4.
(18)
Epis. ad Magn.
(19)
Epist. ad Magn.
(20)
Apologet. §46.
(21)
Inst. VII, cap. 7.
(22}
De opif. Dei, cap. 21.
(23)
Bulla Triumphantis, an. 1588.
(24)
Bulla Triumphantis, an. 1588.
(25)
In 2ª, 2ª, q. 148, a. 4, in fin.
(26)
Bulla In Ordine.
(27)
Breve ad FF. ad. Praedit. 1451.
(28)
Bulla Pretiosus.
(29)
Bulla Mirabilis.
(30)
Bulla Verbo Dei.
(31)
Const. 5ª dat die 3 Aug. 1368 ad Cancell. Univ. Tolos.
(32)
Litt. in form. Brer., die 6 Febr. 1694.
(33)
Litt. in form. Brer., die 21 Aug. 1752.
(34)
Serm. de S. Tom.
(35)
Beza Bucerus.
(36)
Sixtus V, Bull. cit.
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